lunes, 8 junio 2026. Hemos quedado con Jorge en lo que parece el claustro de un parador. Me sorprende y alegra que venga andando (lo esperaba en silla de ruedas). Lo acompaña Jota (pinta de maniquí, pelo tieso y cara rígida). Me alegro muchísimo de verlo, me contengo de darle un abrazo, nos damos dos besos. No me esperabas así, dice. Sí (le miento), solo que no me pega el perfume (huele a una colonia deportiva horrible). Llegan varias personas más y nos sentamos alrededor de una mesita a tomar algo. Estoy impaciente por poder hablar a solas con él. Voy al servicio (tardo en encontrarlo). El váter es tan pequeño que me orino por fuera. La orina es fluorescente y mancha hasta las paredes. Lo limpio como puedo y me voy. Espero que no haya cámaras, pienso. Cuando vuelvo, Jota está en el parking a punto de marcharse. Le hablo de los amigos de entonces, de Biguri, de Masip, de Purranki. Le pregunto si llegó a conocer a Larsen. Como lo veo relajado, me atrevo a preguntarle si el pelo es suyo o una peluca. Se ríe, dice que se ha dejado esa coleta por mí (en realidad no es una coleta, es un mechón mal cortado en la nuca). Le cuento que yo antes me arreglaba, pero que desde que cuido a mis padres no tengo tiempo para nada, ni tiempo ni ganas, que he perdido la personalidad, que ya no me pongo nada especial, que antes me hacía la ropa yo. Te lo voy a enseñar, le digo y sacó una libreta con dibujos de modelos que hice hace años. Me recomienda una tienda donde puedo comprar ropa muy bonita, se llama "Chrisburg". Cristina Burgos, supongo. Me mira con admiración. Ponte aquí delante, le digo. No eres tan alto como decías, aunque es verdad que tu nuez está a la altura de mis ojos. Nos reímos.