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bañera y rastas

sábado, 3 enero 2026. Llego a casa, me recibe mi suegra. Le digo que tengo que entrar urgente mente al baño. Cuando estoy bajándome los pantalones abre la puerta. De repente estoy en la bañera. Me da pena gastar agua, pero me duele mucho la espalda. Pienso que si dentro estuviéramos dos personas se llenaría antes. De repente marcos está dentro de la bañera, frente a mí, y me habla de aquella camarera de la que se enamoró. Me pregunta si creo que todavía estará a tiempo de conquistarla. De repente Marcos se transforma en Javi. Dice que tiene que preparar las clases de la Universidad, que está harto, pero a la vez le divierte (los papeles que lee están blanco.
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Estoy en un piso tipo años 70 (ladrillo visto y barandilla negra). El dueño de la casa (se parece mucho a Crespo Massieu) sube y baja ágilmente por unos andamios que parecen de juguete (tubos de plástico de colores). Dice que baje, que el agua está fría pero eso es buenísimo para la salud. Me asomo al andamio y el agua queda justo debajo. Bajo con facilidad, pero agua no hay, hay un camino enrevesado de callejones que parecen Chauen. Al fin llego a una playa pero la arena está llena de basura. Hay grupos de ingleses celebrando algo, han roto botellas y temo cortarme. No consigo llegar a la orilla. Vuelvo tras mis pasos, pero no doy con el camino. Me cruzo con un tipo desnudo cubierto de barro, con rastas hasta la cintura. Se ofrece amablemente a ayudarme a volver. Por el camino me cuenta que todo ese pelo le ha crecido solo en doce meses. Hace justo un año tenía el pelo así, dice y señala un centímetro entre índice y pulgar.

albornoz amarillo

domingo, 13 abril 2025. Estoy arreglándome para salir. El cuarto de mi hermana está manga por hombro, no encuentro nada. Busco mi antiguo albornoz y está hecho una bola entre los zapatos. Como tengo prisa me pongo el primer jersey que veo, uno rojo muy ancho que no es mío. Alberto, Sonia y Míchel me esperan. Se ponen a andar muy rápido, no puedo seguirlos. Todo se vuelve negro, como si me hubiera quedado completamente ciega. Camino a tientas. Les grito para que paren. Nada. Pienso que ellos sí podrán verme gracias al jersey rojo. Recupero la vista. Un acantilado y abajo una playa enorme de arena dorada. Veo a Alberto que sigue avanzando. Sonia se vuelve, me hace señas con la mano para que los siga. No sé por dónde bajar.
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Alberto y yo vamos en coche por una ciudad que no conocemos. Las calles son de adoquines y todavía están húmedas por la lluvia. Paramos un momento sobre una acera en curva para orientarnos. Menos mal que nunca hemos atropellado a nadie, pienso y en ese momento un niño en bicicleta se estrella contra nosotros. Iba despacio, podría habernos esquivado, pero lo ha hecho a propósito. Te tira sobre el capó, hace grandes aspavientos. Demasiado teatro, pienso. Pero la gente que pasa por la calle lo cree y nos culpa. Le digo a Alberto que no salga del coche, que yo lo arreglo. Hablo con ellos tratos de convencerlos de que el niño está bien. El niño ríe cuando no lo mira nadie. ¡Se está tiendo!, les digo. Una camarera rubia con pelo frito le dice a Alberto que tiene que pagar por estacionar sobre la acera. Alberto le da su tarjeta de crédito. ¡Qué haces!, le digo y corro tras ella. La chica ni siquiera trabajaba en el bar. Doy con ella escondida en una pizzería. Solo tengo que mirarla con ira para que me devuelva la tarjeta, pero está rota. Corro de nuevo hacia el coche pero ya no está. Intento llamar a Alberto pero nunca he conseguido aprenderme su número. Aparece con un señor, se supone que su abogado. Estoy va a ser fácil, dice el supuesto abogado, que de repente se transforma en Crespo-Massieu, me toma del brazo y dice que tenemos que hablar de Pedro Salinas.

cono amarillo

lunes, 4 julio 2022. Se supone que estoy en Sevilla e intento salir de una cafetería muy barroca. Llegó a una especie de estación antigua con tiendas. Una chica dice que mire al techo, que es artesonado auténtico, pero yo miro al suelo porque tengo que bajar unas gradas que en vez de escalones tienen barrotes de madera. Pienso que a Alberto le gustaría mucho este sitio. Una vez abajo, otra chica me pregunta si me gusta. Le digo que me sorprende seguir descubriendo lugares así en una ciudad que he visitado tantas veces. No me hace caso, quiere venderme algo. Al salir hay un descampado con hierbas muy secas. El aire también es seco y caliente, me cuesta respirar. Veo a una chica sentada entre los matojos, intento acercarme pero el descampado se empina y casi caigo. Aparece un grupo de excursionistas. Les pregunto si el camino por el que han venido se llega a la ciudad. Dicen que les acompañe. Llegamos a unas ruinas de piedra donde hay un servicio sin puertas. Mientras una señora orina a la vista de todos, el resto espera en sillas, a lo suyo, y nadie se extraña de nada. Me alejo con disimulo. En otro descampado con escombros que fueron casas, veo a Alberto y a Francis. Me alegro mucho de verlos. Antes de que pueda decir nada, Francis hace un gesto con el índice hacia su oreja como para que oiga algo. Se oye música a lo lejos. Una verbena, le digo. Francis se lleva el índice a los labios para que me calle. Estamos junto a unos bidones. Alguien ha tirado juguetes. Quiero llevarme alguno, pero todos están rotos y pegajosos. De nuevo estoy sola. Sigo l sonido de la música y llego a una especie de museo. Hay estanterías con objetos de vidrio. Aparecen Carmen, Enrique y Antonio Crespo Massieu. Antonio dice que como las vitrinas no tienen cristal podemos llevarnos lo que queramos. Si coges algo debes dejar algo, le digo. Coge un pato de cristal y deja un cono amarillo en su lugar. Su mujer se enfada mucho y sale del museo. La seguimos y nos sentamos a tomar algo en una terraza que es una grada de piedra muy empinada. La camarera nos da la carta. La carta está impresa en una servilleta de papel muy fino que se lleva el viento.