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descalza

sábado, 21 septiembre 2024. Parece un bar o el jardín de una casa. Un tipo llega con su bebé. Al bebé lo sienta a ras del suelo y se desentiende. Me siento a su lado, lo tomo en brazos, le doy de comer.
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Voy por una urbanización de chalecitos bajos con jardín. Los muros son blancos con barrotes de obra de entre los que salen plantas con flores muy delicadas. No hay nadie. Anochece. Me fijo en que voy descalza y en camisón. Noto la acera templada. Me gusta esa sensación de serenidad. Recuerda esto, me digo. No te olvides de esta felicidad, recurre a ella cada vez que la necesites. De repente estoy dentro de un coche en marcha (en esa misma calle) y voy a estrellarme contra la puerta de un garaje. Intento pisar el freno pero no llego porque voy en el asiento del copiloto. Moviendo el cuerpo consigo enderezar la trayectoria y el coche solo roza la puerta y un muro.
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Estoy con unos amigos en un descampado. A un lado hay eucaliptos y un arriate. Lo recorro. Dentro hay juguetes, cintas de casete y libros rotos, baratijas... Pienso que me gustaría llevarme algo de recuerdo. Aparece Pateta, quiere que le digitalice unos libros que le gustaban mucho de niño. Señala el arriate. Por más que miro no los veo. Me fijo en que también hay cajas de cerillas. Me pregunto si dentro guardarán algún tesoro.

chéster verde y autobuses de dos pisos

sábado, 7 enero 2023. Estoy con un grupo de amigos en un sitio que no sé qué es pero donde ya he estado en otros sueños (un edificio de una sola planta, muy blanco, años 70, con gotelé exterior de pegotes de cemento). En la entrada hay tiendas con muy pocas cosas. Quiero comprarle un regalo a Javi, pero o veo nada que me guste. Entro y espero en un chéster verde imitación piel. Llega Pateta muy sonriente, me cuenta cosas sin parar. Llega Javi con el casco de la moto en la mano. Me alegra que pateta y él por fin se conozcan. Se sientan cada uno a un lado (yo en medio), y hablan.
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Tenemos billetes para el autobús de las 07:30h. Alberto va a cruzar. le digo que la parada es en esa misma acera, pero cruza. Cuando estamos en la acera de enfrente, cruza de nuevo a la que estábamos. Cuando voy a seguirlo aparecen un montón de coches (como en el episodio de la Pantera Rosa). Logro cruzar, pero Alberto ha desaparecido calle arriba. Tiro de la maleta como puedo. De repente no reconozco las calles ni la ciudad. Entro en lo que parece una estación, pero por dentro es una torre con solo escaleras mecánicas. Pregunto por la estación a dos señoras gemelas muy rubias que van delante de mí. Prueba por ahí, dicen y señalan una puerta metálica. La puerta está rota y da a un montacargas desvencijado. Subo. Va lentísimo. Miro la hora, pero mi reloj es de juguete, lleva las 10:30h dibujadas. Intento llamar a Alberto. Primero, me equivoco porque no recuerdo su número; segundo, me sale un mensaje de bienvenida larguísimo donde recomienda una canción; tercero, después de su mensaje hay una llamada de una chica que le da las gracias por dedicarle la canción y que ya quedarán para comentarla. Si hay un verbo que detesto es comentar. Parece que también lo es en sueños porque me enfado muchísimo. me pongo muy triste. Recorro calles que no reconozco y subo cuestas sin parar en busca de la estación. Miro todos los autobuses que pasan (algunos de dos pisos) por si él fuera dentro y me viera, y pararan y me recogieran.

tres chupitos de tequila y un coloquio

lunes, 3 mayo 2021. Salgo de lo que parece un bar. Las callejuelas están encaladas, son estrechas y oscuras. Otras personas también vuelven con prisa a sus casas. Será por el toque de queda, pienso. La ropa que llevo no sé si es mía (una falda corta de florecillas y unas botas de tacón). Como no sé dónde estoy decido volver. Elisa y Andrés están en el porche de una casa. Les pregunto dónde estamos y qué ha pasado porque no recuerdo nada. Andrés me da un papel escrito a máquina. No sé si es un poema o un jeroglífico. Se supone que está escrito entre varias personas (Blanco, Pateta, Purranki). No entiendo ni recuerdo nada. Elisa resume: tres chupitos de tequila. ¿Tanto hacen?, pregunto. Si nunca tomas tequila, sí. Tengo que volver a casa. Me acompañan. En vez de ir por la calle atravesamos tiendas. Una de ellas por encima de un expositor con cerámica y vidrio. Parecemos gatos, no rompemos nada. El vendedor intenta que compremos algo. Nos ofrece un jarrón de Sargadelos. En ese momento me suena el móvil y lo uso como excusa. Salimos por una ventana a la acera, frente al Málaga Palacio. Abro el móvil y en vez de ver quién me llama aparece un plano con una luz amarilla parpadeante. Andrés dice que eso significa que la persona que me llama está muy cerca. Tengo que volver a casa cuanto antes, le digo.
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Paso por una cafetería y veo a Luciano en una mesa, solo. Está de espaldas, tiene el pelo completamente blanco. ¿Tanto hace que no nos vemos?, pienso. Me siento a unos metros, quiero que se vuelva, me reconozca y que se lleve una sorpresa. Lo hace, viene a mi mesa, abre su portátil y participamos en un coloquio sobre literatura creativa. El moderador, desde la pantalla, pregunta si creemos que todo es autobiográfico. Los dos asentimos. De algún modo, cualquier cosa que escribamos se convierte en autobiografía, decimos casi al unísono.

toldo

jueves, 18 marzo 2021. Estamos en la casa del campo de Pateta. Han separado la piscina de la casa con un toldo. Pacho sale de la piscina se alegra mucho de verme. Me cuenta cosas para ponerme al día mientras se seca con el toldo en vez de con una toalla.

jaqueca

jueves, 10 noviembre 2016. Estoy con Joan esperando para subir a un avión. Me doy cuenta de que voy en pijama y me ha venido la regla. Temo manchar los asientos. Joan me mira como diciendo: No pasa nada.
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Parece que visitamos un museo de piezas de cristal. Lo raro es que en la tienda de souvenires vendan morcillas, unas morcillas gelatinosas que saben a carne cruda. Camino con los amigos por la calle, les pregunto dónde iremos la próxima vez. Después de darle un bocado a la morcilla, la escupo en la acera. Repugnante.
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Parece un palacete abandonado. En los salones sólo hay restos de molduras doradas y papel despegado sobre los desconchones de las paredes. Empezaré por arreglar el jardín, dice Alberto muy animado. Lleva puesto una especie de mono de lana muy viejo. Pienso que se enredará en las matas secas. Como si pudiera escuchar mis pensamientos, se quita el mono y me tiende la mano, sonriente, para que lo ayude.

siempre hacia abajo

lunes, 20 junio 2016. Salgo de un dormitorio en una pensión en un primer piso (donde ya he estado en otros sueños). Camino por una calle, pero la calle está en alto. Se supone que es otra manera de volar, o sobrevolar la ciudad. Veo el asfalto bajo mis pies, pero también a través de él, la calle de verdad con su asfalto de verdad. Al llegar al tronco de un árbol se acaba la calle del aire y debo bajar a la auténtica. Pienso que voy a matarme porque no hay de dónde agarrarse, pero por otro pienso que es un sueño y no puede pasarme nada malo.
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Hay un descampado con unas casetas de obra con bañeras individuales. Todas están ocupadas y todas por mujeres. Llego a pensar que se trata de una prisión. Una chica me azuza con una vara, quiere que baje a unas duchas. Debo bajar por un agujero en el suelo, de donde pende una barra que no está sujeta  nada. Me niego. Hay mujeres esperando para bajar. Pienso que si todas nos negáramos no podría obligarnos. Otra chica dice que ella tampoco baja. La barra cae al vacío.
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Anochece y observo la casa de mi abuela, y la de sus vecinos, desde el jardín. Están a punto de desmoronarse, aunque en la casa de los vecinos hay luz. Sale Paquito, que se ha hecho mayor. Me saluda con cariño, le pregunto por su hermana. Me pregunta si volví a ver a José Miguel. Le digo que no. Caminamos, nos alejamos.
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Estoy con un grupo de amigos, pero parece que no sepan quién soy. Quieren ir a un restaurante que parece una cueva. Hay que entrar por un túnel vertical muy estrecho. Todas las mesas están ocupadas. Una pareja nos dice que tengamos paciencia, que las mesas se quedan libres constantemente. Mientras esperamos, les cuento un chiste: ¿Sabéis que han descubierto un cuadro nuevo de Van Gogh? Se titula "El piponazo". Pateta dice que es muy malo. Nadie se ríe.

chupitos, exfoliante dulce y columpios

domingo, 22 mayo 2011. Alberto, Caína y yo estamos sentados en un escalón de un portal. Sergio se acerca, reparte unos vasos de chupito. Como sólo tiene tres a mí me da el tapón de la botella del revés, los llena y brindamos por su cumpleaños. Tiene prisa, se marcha. ¿Seguro que es su cumpleaños?, pregunta Caína. No, en realdiad es el cumpleaños de Pateta, pero tampoco iba a quitarle la ilusión, le digo.
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Alberto, Antonio y yo compartimos una habitación de hotel. Mientras Alberto se viste, me explica dónde quedaremos luego. Se va. Una camarera llama a la puerta para limpiar. Le digo que todavía estamos allí, pero entra de todos modos. La camarera es una niña de unos ocho años y lleva un bebé en los brazos. Lo deja sobre la moqueta y se pone a trabajar. Alberto vuelve porque se ha dado cuenta de que ha salido con chaqueta y el pantalón de pijama. La camarera abre una caja. Antonio se despierta, dice que era un regalo para su novia. Dice que ya que la hemos abierto tenemos que probarlo. En la caja pone exfoliante, pero parece tierra negra. La pruebo, sabe dulce.
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Estoy en al puerta de un bar con un grupo de chicas que no conozco. En el bar de enfrente veo a Carmen y a Sonia , les hago señas. No me ve, Jacinto se me acerca, dice que tengo suerte de vivir en el centro, rodeada de tantos bares. Le digo que fue idea de mi padre que, como nunca quiso tener coche, compró una céntrica. En el parque que hay frente a los bares se proyectan fotos. Son realmente buenas. La gente las ve sentados en columpios. Veo uno libre y corro hacia él. Cuando tomo velocidad, me doy cuenta de que el columpio tiene las cadenas elásticas. Da un vértigo muy agradable. Acabo sentada en una mesa viendo las fotos. A algunos expectadores les cae harina sobre la cabeza. Es parte del espectáculo. En mi mesa hay un tipo enharinado. Me pregunta qué me parecen als fotos. Le digo que son extraordinarias. Me da un álbum donde aparece la madre del artista en una mesa de operaciones. A pesar de ser desagradables siguen siendo buenas, le digo. El espectáculo termina y el tipo que estaba conmigo se levanta a saludar. Era el artista. Me guiña, me da las gracias. ¿Alguna pregunta?, me dice. Sí, ¿tu columpio también tenía las cadenas elásticas?