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pillapilla

jueves, 24 noviembre 2022. Juego al pillapilla con Sheldon y Howard (de Big Bang Theory) en una habitación pequeña donde han marcado un recorrido con cinta de policía. Jugamos a gatas y Sheldon lleva los ojos vendados. He llegado al final y estoy contra la pared. Howard se mete por medio para que lo pille a él en vez de a mí. Sheldon se marcha eufórico, diciendo que ha ganado. Howard y yo nos quedamos un rato sentados en el suelo, frente a frente. Le doy las gracias. Alguien me te la cabeza en el cuarto y dice: Se ha quedado viudo.
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Al salir del dormitorio de mis padres cierro bien a puerta porque mi padre no quiere que se meta el gato. El gato está en el pasillo. Lo empujo con el pie hacia el salón. En el salón hay varios gatos de distintos colores y tamaños (el más pequeño estrecho como un lápiz). ¿De dónde han salido?, pregunto a mi madre. No dice nada. Le digo a mi prima Elisa que hay que deshacerse de ellos antes de que los vea mi padre. Elisa dice que ella se encarga. Mi padre aparece y le enseño unas monedas para distraerlo. Coge también una que hay sobre el taquillón. ¡Esa no!, le grito, ¡Son cinco yenes y te traerán mala suerte!

gelatina

viernes, 19 marzo 2021. Tengo que leer poemas en unos jardines. Los jardines son extensísimos (me recuerdan a Versalles). Hay sillas blancas de tijera y todas están ocupadas. Pienso que tardaré una eternidad en llegar al escenario. En ese momento aparece Sheldon Cooper en un coche de caballos. Me invita a subir tendiéndome la mano. Me dice, emocionado, que leyó en uno de mis blogs que los garbanzos estaban muy buenos, que los ha probado y no están muy buenos. Lo dice con entusiasmo, sonriente y en un correctísimo español. Mientras habla maravillas de mis blogs, el coche de caballos avanza hacia el escenario. Por el camino, mi padre se acerca, intenta tirar de mí para que me baje. Necesito que me compres pilas y bombillas, dice. El coche sigue avanzando y me da pena dejarlo atrás. Al llegar, una chica (la organizadora, supongo), me entrega un regalo muy mal envuelto. Sheldon dice que tiene muchas ganas de oírme leer, pero mientras habla se quita con prisas el elegante traje de lino color hueso (a juego con la tapicería del coche de caballos), se pone una camiseta de tirantes y unos minishorts muy ajustados (y muy gays) y se pone a bailar a lo loco con otros chicos que no sé de dónde han salido. Aparece Carmen. Ya te dije que no vendría a mi lectura, le digo. Carmen se encoge de hombros, también tiene prisa, y me empuja hacia el escenario para que lea. Los jardines han desaparecido, el escenario es un patio nueve metros cuadrados entre las paredes de tres bloques de pisos. En primera fila me parece reconocer a mis padre y a mi abuela pero, cuando me fijo, no son más que tres maniquíes disfrazados con su ropa. En uno de los bajos han abierto la ventana para oírme leer. Karina (la cantante), me saluda moviendo los brazos, me grita que ha llevado a todos sus alumnos de música para que oigan mis poemas. Los veo a todos amontonados tras la reja de la ventana. Son los únicos a los que parece que les importo. Me acerco al micrófono, el público ni se inmuta. Sospecho que todos son maniquíes. Se acerca la presentadora. Es Belén Esteban. Mientras habla me siento en una silla de playa de la que voy resbalando como si fuera una muñeca de gelatina. Intento gritar, pedir ayuda, nada. Caigo al suelo y la gelatina que soy se va volviendo un charco. Cuando soy totalmente un charco intento moverme, llegar a casa, pero me doy cuenta de que no llevo zapatos. Los charcos no tienen zapatos, pienso y siento una enorme tristeza.

molécula

sábado, 5 diciembre 2020. Se supone que estamos de visita en casa de una señora que se parece a Kristin Scott Thomas. Me lleva a su dormitorio y me dice que la bese. La beso. Su boca es blanda y llena de saliva. Siento asco. Me retiro, le digo que la boca le sabe a tabaco. Sí, fumo, dice bajando la mirada. Dibujo en el aire, con el dedo, la molécula de la nicotina (que efectivamente queda dibujada como con tiza en el aire). Oh, dice ella. Creo que exagera el tono dramático, pero le sigo el cuento para librarme de ella. Sí, sé que parece preciosa, que parece la Osa Mayor, pero esta osa te mata. Además la saliva te sabe muy mal. Se tapa la boca con las dos manos, me pide disculpas, se va. Pienso que por fin me he librado de ella.
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Sheldon me observa mientras hago la maleta. ¿No ibas a ayudarme?, le digo. No puedo hacerlo mejor que tú, me dice. Mientras doblo camisetas y las coloco ordenadamente dentro, él se ha transformado en mi amigo Juan Luis y cose algo a máquina. Así terminamos antes, me dice muy sonriente.

alcorques y fardos de carne

domingo, 30 junio 2019. Subo por una calle. A los lados hay alcorques sin árboles. En su lugar, unas pequeñas cajas blancas con juguetes. Cuando veo la primera pienso que se le habrá caído a algún niño. Es una goma de borrar con forma de conejito (como la que encontré en la calle, pero en blanco). Al ver que en cada caja hay distintos juguetes, pero todos blancos, pienso que no puede ser casualidad. me los llevaría todos, pero me parece mal. No sé cuál elegir.
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Sobre una cama hay cuadro bloques de carne picada con forma de almohadas. Toco una con el dedo, está blanda y fría. Son fardos de carne, dice alguien. Al volverme veo que es Sheldon Cooper. Voy a ayudarte a deshacerte de ellos, dice. No entiendo nada porque no son míos. Entra en un ultramarinos y pregunta si alguien quiere unos fardos de carne. Un hombre sale de la tienda y me dice: Esto no va por buen camino.