cómics y furgo de campaña

miércoles, 1 abril 2020. Oeste y yo entramos en una biblioteca. En el mostrador de entrada tienen dos pilas de cómics para que la gente se los lleve. Nos llevamos un montón como si fuéramos niños.
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Camino con una niña que, se supone, es una poeta extraordinaria a pesar de su juventud. Llegamos a un aparcamiento improvisado. Nos despedimos. La niña se mete en una furgoneta. La furgoneta está hecha con un armazón de listones de madera sobre los que han colocado tela plastificada de mantel. Al subir la niña se desmorona como una tienda de campaña. La madre de la niña y sus amigas (que parecen venir de jugar al baloncesto), me pregunta que qué hacía con su hija. Le explico que su hija escribe y hemos estado... no me deja terminar y se lanza hacia a mí para pegarme. Sus amigas la detienen. Les digo que podemos acercarlas a su casa ya que se han quedado sin furgo. En ese momento, en segundo plano, veo que Alberto, cansado de esperar, se marcha en el coche. Corro tras él. Nada. La niñas, su madre, las amiga y yo nos quedamos en el aparcamiento sin saber qué hacer.

yo quería un sofá

martes, 31 marzo 2020. Entro al salón y Alberto ha unido los dos sillones (quitándoles un brazo a cada uno) para que parezcan un sofá. Está tan ilusionado con su invento, que no le digo nada.

en obras

domingo, 29 marzo 2020. Mi padre es joven y fuerte de nuevo y ha hecho obra en toda la casa. Ha tirado tabiques y distribuido en otro orden las habitaciones. Donde antes estaba el cuarto de baño, ahora hay una habitación para un bebé con estanterías llenas de juguetes. Las estanterías también las ha fabricado él. Ha cambiado los muebles de cocina por módulos que parecen jaulas. Está rara, parece una tienda de todo a cien, pero no digo nada, lo animo. En otra habitación ha puesto cuatro colchonetas en el suelo para durmamos mis primas, mi hermana y yo. Una de mis primas me cuenta que es muy desgraciada. Mientras, habla, me fijo en que tiene la piel completamente quemada por el sol. Cuando termina de hablar le digo: la única manera de llevarse bien es no siendo dramáticos.

el bar del perro

sábado, 28 marzo 2020. Espero a la entrada de un bar. Está hasta arriba. Mientras, le regaño a una niña (que se parece mucho a mi hermana), por estar todo el día pegada al móvil. Entramos. Las mesas están muy juntas. Cada dos minutos pasa un perro enrome entre el hueco que queda entra las mesas y se frota en las piernas de una pareja muy cursi. Aguanto la risa. Una señora muy mayor, igualita a Pauline Kael, se ríe a carcajadas. Nos llevaríamos bien, pienso.

raíces

lunes, 23 marzo 2020. Pasmos por delante de un caserón abandonado. En el jardín hay dos árboles, uno enorme y frondoso, y otro completamente seco con forma de garra. Le explico a una pareja de extranjeros y sus tres hijos que el seco no es un verdadero árbol, son las raíces del otro, que han salido de la tierra. La mujer quiere entrar. Alberto y ella se suben a la verja para colarse. Les digo que aunque esté abandonada, ahora hacen visitas guiadas y cobran una entrada. Si os pillan tendría que vivir con este (señalo al extranjero) y viste muy mal (lleva un pantalón de cuadros por la rodilla y un chaleco lleno de bolsillos).
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Al llegar a casa me encuentro a varios vecinos. Como no quieren subir juntos en el ascensor por culpa del virus, se apelotonan en el portal. Sólo Sandra, la vecina del segundo, lleva mascarilla.

entrada

sábado, 21 marzo 2020. He quedado con mis padres. Abro el armario y es una pequeña terraza acristalada. Saco la ropa y pongo dos cojines. Este será mi rincón, me digo feliz. A la entrada del cuarto de baño hay una chica que me entrega una llave (esto, en el sueño, me parece de lo más normal). Elige la que quieras. Parece que han convertido la casa en un hotel. Las habitaciones no están a lo largo de un pasillo sino en una especie de laberinto, como si hubieran aprovechado la distribución del piso.  Entro en una, la cama está deshecha y parece que hay alguien duchándose. Salgo con cuidado y se lo digo a la chica. Elige otra. Prefiero marcharme sin duchar. Me miro en un espejo y veo que llevo un vestido de punto plateado años 60. Bailo un poco para ver qué tal me queda. Me pongo un cinturón. Pruebo a ponerme otro igual sobre el pecho para que parezca que estoy plana. Oigo a mi madre que dice a lo lejos: ¡Te estamos esperando!
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Voy hacia un estadio de fútbol, parece que es un gran partido. Muchos padres con sus hijos y todos con sus bufandas, camisetas y hasta bubucelas. Llevo a un niño de la mano. Sólo tengo una entrada y un papelito medio roto que pone con mala letra "Entrada". El portero, que va vestido de sacerdote, me habla en inglés. Dice que el papelito debo canjearlo en taquilla. Cuando estoy a punto de marcharme oigo que se le escapa un deje andaluz. ¡Tú eres más andaluz que yo!, le digo. No se lo digas a nadie, por favor. Toma mi papelito y nos deja entrar.

mi vaso

jueves, 19 marzo 2020. Restaurante algo destartalado con mesas enormes donde tardan en servir. Los manteles llegan hasta el suelo o están mal colocados, pienso. Estoy sentada entre dos personas que no conozco. Pienso que mi asiento era más allá porque mi vaso está a unos metros. Alguien me lo pone delante. No bebo por si no era el mío. No comemos, sólo esperamos. La chica que salía en la película que vi anoche, La caótica vida de Nada Kadic, actúa para nosotros (mitad danza, mitad mimo). Después todos aplauden se levantan. Se reparten en los coches. Cuando voy a entrar en uno, la chica de la película se cuela. Todos se van. Espero junto a las mesas. Suena un teléfono. Me comunican que ha habido un accidente y los que iban en el coche que yo iba a coger han muerto.

cal

lunes, 16 marzo 2020. Alberto y yo nos hemos metido a investigar una residencia de ancianos. Pasamos por salas y pasillos casi como si fuéramos invisibles. Esto no es lo que enseñaban en la tele, dice Alberto. Yo le digo que no hable, que camine sin llamar la atención. Llegamos al final, pero la puerta está cerrada, temo que nos pillen. Hay una puerta de madera muy sucia, la empujo y llegamos a una sala enorme en obras con montones de cal, tierra y cemento. Levanto una tabla, pero detrás sólo hay un pequeño agujero por el que no quepo. Alguien desde fuera abre una puerta oculta que da a la calle. Es un guarda jurado regordete muy amable. ¿Podemos salir por aquí? Pasen, pasen, responde sonriente. Una vez a salvo en la calle me sacudo la cal de la ropa y le digo a Alberto que seguro que el vigilante era vasco, si no, nos hubiese denunciado.

una copa

domingo, 15 marzo 2020. Estoy en la barra en curva de un bar. Es un arco de madera muy pulida, me gusta el tacto, pongo las palmas de las manos abiertas para notarla mejor. Desde mi extremo, veo a Oeste que mira su copa. Una copa, pienso, no me lo esperaba. Yo tengo delante un vaso de Duralex enorme. Escribo algo en un trocito de cartón y se lo enseño disimuladamente, pero no me mira. Doy golpecitos sobre la barra para que mire hacia mí. Nada. Sólo veo cómo mira vibrar el líquido de su copa.

de tacones, maletas y toboganes

sábado, 14 marzo 2020. Estoy escribiendo en el ordenador. Llaman a la puerta. Sigo a lo mío. De repente se abre y entran varias chicas con shorts y tacones arrastrando sus maletas. Miran el piso calibrándolo. No está mal, dice una. ¿Y la terraza?, pregunta otra. Ya os podéis largar, les digo, me estáis rayando el parqué con tanto tacón y tanta maleta. Las empujo fuera, se quejan, dicen que han alquilado el piso para vacaciones.
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Un tipo me sigue por calle María. Calle María se va convirtiendo en una cuesta empinadísima que acaba en una especie de laberinto por el que lanzarse, tipo los toboganes de un parque acuático. Una señora que barre la puerta de su casa le dice al tipo que me deje en paz, que de dónde ha salido y cómo se llama. Le pone la escoba a modo de parapeto. Aprovecho para lanzarme por el laberinto-tobogán. Pero el tipo empuja a la señora y consigue lanzarse detrás de mí. Mientras bajo a toda velocidad me olvido del tipo y pienso en esa señora, y en que no me conoce de nada. Qué maravilla que todavía queden personas así, me digo. 

a oscuras

martes, 10 marzo 2020. Salgo de casa. El rellano está a oscuras. La vecina se ha dejado la puerta abierta. Puedo ver su casa a contraluz y como una de sus gatas viene hacia mí. Le acaricio la cabeza y el lomo. Me parece mucho más áspero que otras veces. Veo la silueta de la vecina en su puerta. ¡Deja en paz a mi abuelo!, grita.

público

domingo, 8 marzo 2020. Parece un bar. Estoy a la mesa con mi tía Paqui y mi tío Juan (que murieron). Llega mi sobrino Abel. Todo es muy blanco (paredes, mesa, luz) y estamos muy callados. Pienso que han "vuelto" por un rato para conocer a su nieto. Les cuento lo divertido e inteligente que es. Nadie nos sirve nada. Solo hablamos, todos con la misma postura: muy rectos con las palmas de las manos sobre el mantel de papel. Mi tía parece muy feliz.
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Oeste tiene que inaugurar un acto. Habla desde un salón. Yo estoy en el jardín. Han abierto un toldo que no me permite ver ni oír nada. Intento bajar, pero la escalera está llena de periodistas con enormes cámaras que me impiden el paso. Temo que se vaya y no poder saludarlo de lejos siquiera.
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Estoy en la casa de mis padres. Al correr la cortina veo que en todas las terrazas hay un montón de personas mirando hacia nuestra casa. Hay tanta gente que algunos están sentados en el suelo y les cuelgan las piernas. Pienso que alguien habrá colocado una pantalla en nuestra fachada y están viendo un partido, o algo así. Se les ve muy felices. Algunos llevan traje y corbata. En un momento determinado todos brindan con copas altas de champán. Y desaparecen. En las terrazas solo quedan camisas y corbatas amontonadas en el suelo.

psicosis

martes, 3 marzo 2020. Estoy esperando algo/alguien en la acera, apoyada en una barandilla de rayas roja y blanca. Una chica en patinete frena y me pregunta si ya ha sido la lectura. Sé que pregunta por mi lectura pero me da vergüenza decirle que soy yo. Le digo que se ha anulado porque todo está vacío, la sala, el centro comercial y las calles. Las dos miramos la calle como si fuera la primera vez que las vemos. Hay que irse, dice. Tira el patinete y corre. Corro tras ella. Un chico y un niño nos llaman desde un hueco en un muro. El hueco tiene forma de puerta pero no hay puerta. La imagen se ve desde arriba: es una habitación perfectamente cuadrada sin techo, con dos huecos sin puerta y el suelo de tierra. Tenemos que esperar, dice el chico. Tenemos que huir, dice la chica. Salimos por el otro hueco y llegamos a una habitación "blanda" donde sólo hay una salida: un agujero pequeño por donde no creo que quepamos. Todos salen porque el agujero también es blando. Temo que mis hombros no quepan, así que meto primero los pies. Consigo salir medio descoyuntándome. En la calle hay grupos en fila que rocían con esas manqueras finas y metálicas que se usan para fumigar. Volvamos atrás, les grito, conozco una peluquería donde nos dejarán escondernos.

iglú de arena

sábado, 29 febrero 2020. Sala de espera (que en realidad es una cancha de baloncesto). Se supone que van a operar a Alberto. Unas enfermeras entran y salen. Dicen que los acompañantes pueden entrar. Otra pareja y nosotros. La siguiente sala es un bar. Otras parejas terminan de comer y van levantando la mano para pedir permiso e irse. Alberto se ha transformado en mi madre. Mi madre dice que si no la operan hoy no vuelve más, y abre la boca para enseñarme los dientes. ¿Lo ves?, dice. Le faltan dos o tres piezas, pero las que tiene están blanquísimas. Pues así me quedo, no vuelvo, dice.
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Llego a casa de mis padres. En la puerta hay un montón de arena con forma de iglú. Dentro, un par de gatos dando vueltas sobre sí mismos antes de echarse a dormir. Hay otro montón de arena cerca donde ha gente deja las cosas que no quiere y otros pueden aprovechar. Dejo un libro de tapas duras. Un chico aparece de la nada y me pregunta de qué es. Ciencia ficción. Lo recupera de la arena y se va contentísimo.

veinte rusos

viernes, 28 febrero 2020. Alberto yo esperamos el ascensor. Cuando se abren las puertas está lleno de rusos (por lo menos veinte), todos colocados de frente a nosotros, marciales. Alberto entra y se coloca entre ellos de espaldas a mí. Temo que se cierren las puertas y no vuelva a verlo. Quiero decirle que salga o agarrarlo y sacarlo, pero no puedo hablar ni moverme.

tonto

jueves 27 de febrero de 2020. Josemari nos ha reunido para ponernos unas películas. Ha montado una especie de cine en su calle. Me siento al fondo por si me aburro y quiero marcharme. También ha montado una especie de barra de bar. Allí están algunos poetas que conozco y dejé de tratar. Uno de ellos me señala y hace muecas y burlas mientras los demás lo miran con caras serias. Pienso en sus caras de incomodidad. Aunque ya no son mis amigos sé que no se burlarían de mí, que el único que hace el ridículo es él.

culotte

miércoles, 26 febrero 2020. Mi sobrina me encarga un culotte-falda porque todas sus amigas tienen uno. Me explica cómo se pone: como un pantalón ciclista con la cintura muy alta que se dobla hacia abajo en la cintura y se convierte en falda. Que uno negro y otro amarillo. Dice que solo lo venden en zapaterías. No entiendo nada.
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Estamos comiendo en una mesa muy larga con mantel muy blanco. Josemari le explica a su hijo que tiene más de dos apellidos pero no sabe cuáles. Le explicó a Josemari que solo tiene que ir poniendo en orden los apellidos de sus padres, abuelos, bisabuelos, etc. Llega su hija y se pone a comer. Nos mira. Conmigo no contéis, dice.

muy mal todo

martes, 25 febrero 2020. Salgo de casa a todo correr porque pierdo el tren. Veo que llega el bus, cruzo entre los coches sin esperar al semáforo. En el bus sólo quedan libres unas piezas metálicas donde su supone que antes había asientos. Es bus está a oscuras. Parece que nos lleven al matadero. Llamo a Iván para decirle que voy para allá, pero el móvil es nuevo y no sé usarlo. Cada vez que intento marcar aparecen imágenes borrosas como las de aquella película de Wenders, "Hasta el fin del mundo". Al fin lo consigo. No lo dice pero noto por el tono de su voz que está muy decepcionado. Al parecer no la ha llegado algo que tenía que haberle enviado. Dice que mire un enlace. Aparecen varias escritoras con sus hijos o sus madres, bailando, cantando, haciendo alguna gracia especial. En uno de ellos Eva Vaz baila de maravilla con su hijo (en la vida real tiene una hija). Pienso que, efectivamente, yo no puedo enviarle algo ni remotamente parecido. Son las siete, cuando llegue me voy directamente al acto y hablamos, necesito hablarte mirándote a los ojos, ¿a qué hora empieza?, le digo. Empezó a las cuatro, responde. Estas son las únicas fotos que tenemos tuyas, dice y cuelga. Miro las fotos que me envía. Aparezco en grupos, todo el mundo posando con sus mejores sonrisas. Yo de negro, con la camiseta levantada tapándome la cara.

gallinero

lunes, 24 febrero 2020. Se supone que estamos en Nueva York porque hemos encontrado unos billetes a 300 euros. Estoy en un parque, sentada entre el público, donde una mujer mal disfrazada con gasas y collares cuenta el parto de su hija. Su hija está presente. Su nieta, que ya tiene unos cinco años, también. Toda su familia está en primera fila. Alguien me señala y grita: ¡Se aburre! Toda la familia y hasta el público me miran con odio. Cuando te aburres te pican las piernas, dicen. Les digo que el micrófono no funciona y aprovecho para escabullirme, pero la hija me acorrala en una habitación que parece un gallinero. Voy a leerte la mano, dice y comienza a clavarme una de sus uñas que se ha convertido en una navaja. Consigo escapar. Me encuentro a una chica que se alegra mucho de verme. Te llamé el lunes pero no me lo cogiste, dice. Nunca cojo el teléfono. Subimos por una calle muy fea con parterres con animales muy raros (no sé si son gatos, ratas o gallinas). Qué pena de viaje, le digo y le cuento mi episodio con la familia de los velos, me hubiera gustado ver otras cosas. Podemos venir la semana que viene, dice ella muy contenta. Pienso que, si vuelvo, le diré a mis padres que el billete cuesta 30 euros, no 300.

melena envidiable

sábado, 22 febrero 2020. No sé si estamos en una casa, un bar o una peluquería (quizá sea las tres cosas). Daniel va hacia la barra/lavadero. Lo sigo. El pelo le llega más abajo del culo. Una melena rubia y lisa envidiable. Se lo digo señalando sobre mi cuerpo: el pelo te llega por aquí. Dice que no sabe si cortárselo. Podrías donarlo, Omar el dejo así de largo para poder donarlo. Le dibujo en la espalda una línea por dónde podría cortar.



equilibrios

jueves, 20 febrero 2020. Se supone que estoy en Valencia. Después de un festival de cortos, no sé cómo he ido a parar a un piso que comparten Parreño y una pareja. No hay ascensor y para llegar al piso no se pueden pisar la mayoría de las baldosas porque dan descargas eléctricas. Un vecino baja dando saltos, haciendo equilibrios. También la escalera donde, además, hay que esquivar varias macetas enormes. Dos chicos bajan como si hicieran parkour. Decido que es más fácil subir como una funambulista por la barandilla de hierro. Una vez en casa hablamos de generalidades como ocurre cuando se está con alguien a quien no conoces. Criticamos a las parejas que se pasan la tarde en el bar cada uno mirando su móvil, por ejemplo. Se me sale el móvil del bolsillo. Se ríen al verlo. ¡No tiene ni cámara!, exclaman. No puedo recibir fotos siquiera, añado. Tengo varias llamadas perdidas. Una es del novio de mi hermana donde me explica cómo abrir una lata de sardinas sin mancharse los dedos de aceite. La otra es de Alberto. Dice que por fin ha podido grabar no sé qué programa de la tele. La chica llama a Alberto para gastarle una broma. Después de un rato hablando me lo pasa. No eres Alberto, le digo. Cierro el móvil. Parreño dice si quiero hacer algo, ir a algún sitio. Quiero irme a casa y dormir, le digo, pero antes debo pasar por el festival porque me he dejado las maletas.

sólo por escrito

martes, 18 febrero 2020. Camino junto a Diyán, buscamos un bar. Todos están llenos. Le preguntó la hora, las 15.20. Debía estar en casa a las 15, ¡tengo que marcharme volando!, le digo. Me abraza, dice que lo llame alguna vez. No sé hablar por teléfono, todo el mundo lo sabe, le digo y me echo a llorar.

bonitas piernas

lunes, 17 febrero 2020. Mi madre llora mientras friega unos platos. Me extraña muchísimo porque nunca la he visto llorar. Le pregunto qué le pasa. Dice que una vez, el marido de una prima de mi padre se propasó con ella. Estoy segura de que eso no ha pasado, pero no le digo nada. La abrazo, la consuelo. Intento no despeinarla.
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Tengo que recoger una radio. La chica de la tienda me da explicaciones que no necesito. Incluso cuenta chistes. Alberto me espera fuera y pienso que estará hasta las narices. Le digo a la chica que tengo que irme, pero ella sigue hablando y riendo. En un descuido escapo (sin llevarme la radio). Alberto y yo corremos porque no llegamos al cine. Mientras corro, me fijo en que no llevo pantalones, solo una camiseta de rayas que apenas me cubre las piernas. Me gustan mis piernas, pienso mientras corro. Cuando llegamos, hay revistas bien ordenadas en el suelo. Cojo una de cada mes. Entramos a una sala. Afortunadamente la película no ha empezado.

derviche en calzoncillos

domingo, 16 febrero 2020. Llego a lo que parece un restaurante muy elegante. No voy vestida para la ocasión. Un hombre (no lo conozco de nada), con faldón negro y túnica color hueso, se pone tan contento de verme que se quita la ropa y baila en calzoncillos dando vueltas sobre sí mismo. Me quedo tranquila al pensar que él va peor vestido que yo.
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De camino a casa nos encontramos con varios individuos muy borrachos. Por ejemplo el dueño de un bar, una señora que cae al suelo y su copa rueda por el césped hasta la acera (le pregunto si quiere que llame un taxi), un tipo sin camiseta (el dueño del bar sale a disculparse y me pregunta si quiero que llame a la policía). Al llegar a casa (que no es en realidad nuestra casa) miro la hora y son las 4:30 de la mañana.

servilletas

sábado, 15 febrero 2020. Mi padre dice que no volverá a comer servilletas blancas porque ha visto que llevan varios es. A partir de hoy solo comeré estás amarillas, dice y me enseña un paquete de servilletas de papel donde puede leerse "Sin conservantes ni colorantes". Pienso que las amarillas llevarán más colorantes que las blancas, pero no digo nada.

siete con cinco

viernes, 14 febrero 2020. Un perro negro enorme se me pone justo delante. Su cabeza es tan grande como la mía. No vayas a chuparme la cara, le digo. El perro se tumba a mis pies. Aparece Joaquín Reyes, se sienta a mi lado, me pregunta por mi madre. De 0 a 10, está 7,5. Hazme una foto con el perro como si fuésemos amigos, le digo. De repente estoy con mi madre viendo un álbum de fotos. En algunas aparece Carlos muy abrigado, posando de noche en una calle de Buenos Aires, y en otras de niño vestido de cocinero. Oeste está a mi lado. Mi madre saca un álbum con prospectos de películas antigua. Estos te van a gustar, le dice. También saca una caja con condecoraciones de mi abuelo. Dice que puedo ponérmelas cuando presente algún libro. No me parece muy buena idea, le digo. Me fijo en que a Oeste le crece el pelo por segundos.

escala oxidada y hombre tosco

viernes, 7 febrero 2020. Se supone que estoy en Bilbao (aunque no se parece en nada). He llegado en tren. Mientras paseo, pienso que no sé por qué no lo hago más veces (como si estuviera a media hora de casa). Para pasar de la estación a la ciudad hay dos caminos, uno cruzando una autovía inmensa y un barrio muy peligroso y otro bajando por una escala de hierro muy oxidada. Escalas hay cuatro y están en un hueco cuadrado en mitad de la calle. Están cubiertas de plantas trepadoras. Una madre y un hijo intentan bajar, temo que caigan. Le pregunto si está segura, si no prefiere que vayamos juntas por la autovía. nada de eso, dice. Cruzo y llego a una zona de naves y charcos de grasa. Una especie de banda me observa (están apoyados en un muro, sin hacer nada). Cuando paso discuten, se empujan. Aprovecho para escabullirme. Entro en una especie de hotel con un acuario. A simple vista parece lujoso, pero si uno se fija todo es muy cutre. Unos niños ensayan un baile. Uno de ellos dice que todavía tienen grabada mi actuación. No sé de qué me habla. En una pantalla enorme aparece una grabación donde bailo con una falda flamenca. Me muero de vergüenza. Pienso en cómo largarme de allí y en que no volveré a Bilbao.
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Se supone que un tipo (grande y tosco, mal afeitado) nos ha alquilado un piso (aunque estamos en el dormitorio de mis padres). Alberto hace agujeros con el guarrito para colgar algunos cuadros. Por hablar de algo, le digo que hacerle agujeros a una pared me duele tanto como si me hicieran un agujero en la oreja, que menos mal que me los hicieron de niña porque ahora no sería capaz. Veo que él lleva un arito y se lo señalo. Este me lo hice con quince años, cuando me fui de casa, dice. ¿Y dónde vive un niño de quince años cuando se va de casa? Dormía en la playa de la Misericordia. De repente me da mucha pena y me entran ganas de abrazarlo. No le digo nada. Pienso que de todos modos le ha ido bien, ya que ahora nos alquila un piso. Alberto termina con los agujeros y cuelga, lo que parece, una hoja de calendario de taco donde aparece un santo con una bandera sudista. ¿La reconoces?, me pregunta el hombre tosco. Hasta ahí llegamos, le digo.

parabrisas

miércoles, 5 febrero 2020. Subo al asiento de atrás de un coche enorme tipo americano. Conductor y copiloto discuten sobre el camino que debemos tomar. En vez de sacar un plano, el plano se "enciende" en el parabrisas. No se ve la carretera. No siento miedo, pienso que saben lo que hacen. Cuando por fin lo apagan vemos que tenemos delante una carretera muy estrecha, oscura y con montones de nieve a los lados.

dragones

martes, 4 febrero 2020. Se supone que llega mi suegra y todo tiene que estar limpio y ordenado. Las sillas están sobre las mesas y las alfombras enrolladas y apoyadas sobre la pared. No sé de dónde han salido tantas alfombras ni tantos muebles. Entro al despacho y donde debía estar la mesa, hay una especie de terrario con lo que parecen caracolas. Cuando me acerco veo que son pequeños dragones que abren la boca y me atacan. Esto no le va a gustar nada a tu madre, le digo a Alberto.

hamaca

viernes, 30 enero 2020. Llego a una sala enorme con muchos pupitres vacíos. Imagino que es el cambio de clase. Veo a Eduardo al fondo, muy serio, metido en sus papeles. Mientras avanzo hacia él van saliéndome al paso amigos (también desconocidos) que me entretienen con tonterías. Cuando estoy a tan solo un metro, su madre (está tumbada en una hamaca) me echa los brazos para saludarme. ¿Cómo te llamabas?, me dice. Me abraza, me da las gracias por cuidar de su hijo. Él sigue con sus papeles como si no nos viera, como si no estuviéramos allí. Llega un profesor. Vicente salta de su asiento y dice que me esconda (abre una puerta). Es una habitación larga forrada de madera (paredes, suelo, techo) con letrinas japonesas. Desde las ventanas se ve un bosque. Me quedo allí, esperando a que termine la clase. 

fotos frías

martes, 28 enero 2020. Camino por la calle. Suena varias veces el móvil. Alberto me hace una señal para que lo coja. Es Isabel, dice que necesita fotos frías para una lectura de poemas. Le digo que tengo fotos de edificios a medio construir, fotos de nubes o fotos de charcos. Alberto me dice que la felicite porque ha ganado el Premio Planeta. ¡No lo sabía, qué alegría más grande!, le digo. Pero Isabel dice que eso ahora da lo mismo, que necesita las fotos cuanto antes.

la noche del manhattan

lunes, 27 enero 2020. Camino por una calle llena de gente, temo perderme. La calle se convierte en un centro comercial. Un chico que va delante de mí, se vuelve, me coge de la mano. Nunca me había fijado en tus manos, son muy pequeñas, le digo. Te he comprado un regalo, dice. Llegamos a una escalera mecánica que se convierte en una estantería de libros. Tenemos que ir bajando estante a estante. Me dejo caer. En los estantes de abajo hay ordenadores y temo aplastarlos. Por fin llegamos al suelo, que es una playa. Voy a por un Manhattan, te espero en la orilla, dice el chico y desaparece entre la gente. Me cuesta caminar por la playa porque hay montones de arena. De repente es de día, el chico camina de la mano de su novia por la calle. Yo voy detrás. Se supone que ha pasado mucho tiempo desde la noche de la playa. El chico se vuelve y sonríe. Los veo caminar, me pregunto si se acordará de aquella noche.

gato vago

miércoles, 22 enero 2020. Mi madre me pone un gato enorme en el regazo. Dice que tengo que enseñarlo a andar. Le doy un empujoncito y el gato cae al suelo como una ardilla voladora. Después rueda de nuevo hacia donde estoy y, de otro salto, se vuelve a sentar en mi regazo.

retrato con guepardo

lunes, 20 enero 2020. Voy por la calle con mi tía Encarna, que va con la cabeza hacia atrás para ver las copas de los árboles. Cruza sin mirar y temo que se caiga o la atropelle un coche. Mientras camina, no deja de decir: si todo fuera marrón.
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Concierto de dos chicas muy ñoñas en un local muy desangelado. El público comienza a marcharse. Las chicas ni se dan cuenta. Una de ellas se sienta en el suelo sobre una trapo blanco y sigue cantando. Hasta yo me voy.
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Mi hermana me pasa el teléfono muy sonriente. Un tipo que no conozco (me habla con condescendencia de vendedor) me cuenta que ha quedado con mi hermana en que yo le envíe el retrato de mi hermana con el guepardo para hacer los carteles. Ni sé quién eres ni tenemos ningún retrato, le digo. Mi hermana se enfada muchísimo y dice que le he fastidiado el plan.
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Javi me enseña una agenda con la funda de piel. Está quemada y mojada. Dice que es de Antonio, pero en todas las páginas reconozco mi letra.

puerta inútil

domingo, 19 enero 2020. Estoy en una cocina muy estrecha. A fondo hay una ventana (una mesa y dos sillas) que da a un árbol. Pienso que sí tuviera que escapar de un incendio podría huir bajando por el tronco. La cocina tiene justo a la mitad una puerta de cristal que separa los electrodomésticos de la zona de la ventana. Lo miro todo con desgana, pensando que no sé bien dónde estoy, si esta es mi casa y desde cuándo. Si lo es, tengo que hacer reformas ya, pienso.

versalles de barrio

sábado, 18 enero 2020. Terraza de bar. Nos sirven gomas de borrar Milán. Andrés dice si se la puede llevar de recuerdo. Le digo que las ponen para eso, que después le cuento la de cosas que nos hemos llevado de ese bar.
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Camino Conde Ureña abajo. Tengo prisa. Cuando voy a echar a correr, me elevo a cámara lenta y avanzo sin rozar las aceras. Llegó a Ferrándiz y busco la casa de Elena. Un grupo de chicas buscan un piso para alquilar. ¿Puedo ayudaros?, digo. El piso que buscan está junto al puerto. No me creen. Subimos hasta la casa de Elena, pero ahora hay un palacio con jardín y fuentes muy parecido a Versalles.
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Mi hermana da de comer galletas a unos animales peludos y enanos. No se sabe bien si son gatos o ratas. Algunos no se mueven. Son de peluche, pienso, y está haciendo pantomima. Tiene un montón de galletas, pero dice que se le han acabado las de chocolate y que alguien debería ir a comprarlas. No se mueve. Le hago una seña a mi madre y a mí tía para que no vayan. Le digo muy serenamente que los peluches pueden comer galletas normales, a no ser que en realidad sean para ella. Sale de casa dando un portazo.
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Vuelvo a casa. Llevo gafas de sol. Veo a un tipo en la otra acera sosteniendo a un bebé. Lo lleva bien envuelto en una mantita. Su mujer lleva otro. Pienso si habrán tenido gemelos. Al levantarme las gafas veo que son cerditos. Hago una prueba: con gafas son bebés, sin gafas cerditos. Uno de ellos se escapa y cruza la calle. Lleva botitas de agua de color rojo, como el cerdito que vi hace poco en una foto.

tormenta de arena

lunes, 13 enero 2020. Hay una fiesta caótica en la que se supone es la nueva casa de mi prima. Primero salen unas niñas de una iglesia vestidas de novias o princesas, pero sin parejas. Llego tarde porque he ido a cortarme el pelo (a tazón). Saludo y doy besos a toda la familia, entre ellos el primo Miguel al que hace cuarenta años que no veo. Lleva el pelo largo, teñido de caoba. Te pareces a Camilo Sesto, le digo. Entramos a la cocina de la nueva casa para llevar bebidas, no encuentro el cubo de basura, todo está desordenado. A pesar de todo hago bromas con Miguel, nos reímos. En la fiesta, Andrés me dice que mire el mail, que me ha enviado un montón de fotos. Son fotos mías en la ceremonia. No entiendo nada, porque no fui a la ceremonia. Por las fotos, parece que fue en la playa y yo ya llevaba el pelo corto. De repente tengo el pelo muy largo y mojado, voy a secármelo a una casa anexa igual de caótica. Cuando salgo a la calle para volver, me cruzo a un tipo que sale de la fiesta con un guardapolvos militar hasta los pies, un pasamontañas y unas gafas de sol. Adiós, dice y levanta la mano. También lleva guantes negros. No sé quién eres, le digo. El tipo se enfada, cruza la calle y desaparece. Se levanta entonces una tormenta de arena. Uso un cesto que llevo para protegerme la cara.

líquido azul

domingo, 12 enero 2020. Estoy en la casa de mis padres. Hay cierto trajín porque se están preparando para salir y no están acostumbrados. Se supone que vamos de visita a casa de Gabriel. No sé cómo decirles si no se acuerdan de que Gabriel está muerto. Me siento a ver la tele. Entro al cuarto de baño. Mi padre ha embadurnado el váter de un líquido azul, imagino que para desinfectarlo. Intento abrir la tapa sin mancharme, pero el líquido me salta a los ojos.

cerdito con coca-cola

viernes, 10 enero 2020. Camino por la calle con una mochila y una bandera del Atlético de Bilbao a modo de capa. Por todos los bares que paso veo gente con polos azules y la banderita de España en el borde de las mangas y el cuello. Estoy muy cansada. Me siento en una de las terrazas, aunque todo el mundo me mira mal. Una señora se sienta en la mesa de al lado y pide "Cerdito con Coca-Cola". Me suena fatal pero, para no llamar la atención, pido lo mismo.

parkour de pueblo

jueves, 9 enero 2020. Villagrasa, Montse (una niña del colegio a la que no veo hace cuarenta años) y yo avanzamos por un pueblo escalando fachadas, recolgándonos de las rejas de las ventanas.

invisible y sin duchar

martes, 7 enero 2020. Estoy en pijama delante del ordenador. Se abre la puerta y entra una pareja con maletas. No los conozco. Detrás entra Alberto que les enseña la casa como si yo no estuviera. Como parece que no me han visto (aunque han pasado a menos de medio metro de mí) aprovecho para ir al baño, ducharme y vestirme. Intento calcular por el tamaño de sus equipajes cuánto tiempo se quedarán en casa.

roscón y edredones

lunes, 6 enero 2020. Madrugada. me despierto sobresaltada porque no tengo roscón de reyes para el desayuno. Corro por la calle como si volara, dándome pequeños impulsos con las puntas de las pies sobre la acera. La calle está vacía, sin luz. Empujo la puerta del supermercado y entro. Cojo un ronscón y me voy. Mañana volveré a pagarlo, me digo.
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Estoy en una habitación con varias camas deshechas, las sábanas y edredones amontonados. Le digo a Iker que he encontrado sus fotos. Tengo tres cajas, en una hay fotos, en otra pendrives y en otra lápices. En los pendrives están todos tus escritos, y los lápices, cada uno lleva el título del libro que escribiste con él. Mientras se lo enseño, noto en su cara que piensa que soy una loca de orden. Como toda explicación, le señalo en lío de sábanas y edredones que hay sobre las camas.

amigo

domingo, 5 enero 2020. Todo transcurre sin palabras y (diría que) en blanco y negro: Estoy muy triste, me cruzo con Salvatore por la calle, pongo la cabeza sobre su pecho.

invitados

viernes, 3 enero 2020. Estoy en una habitación de hotel, arreglándome para asistir a una boda. Cada vez que me pongo una prenda me doy cuenta de que me he equivocado por ejemplo, unos calcetines de rayas con un vestido de flores). Elisa y Nadia me ayudan. Llaman a la puerta. Es el novio con varios invitados, entre ellos Oeste, para preguntarme por qué no he bajado a la ceremonia ni a la comida. ¿Qué hora es?, pregunto. Las seis y media, dicen (la boda era por la mañana). Oeste dice que al menos participe en la quiniela comunal que han hecho, y me tiende una especie de ticket de compra arrugado. Al cogerla, los resultados que habían apuntado los demás se borran entre mis dedos porque estaban escritos a lápiz.