caras

martes, 29 diciembre 2020. Les cuento algo a mi madre y a mi hermana. Están sentadas sobre un murete de piedra y se parecen mucho (en la vida real, nada). Según hablo, mi madre va rejuveneciendo y mi hermana envejeciendo. Pruebo a hablar más lento, incluso a hablar hacia atrás para devolverlas a su estado. Nada.
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Jason Segel me ofrece un bocado de su bocadillo (una especie de perrito caliente dulce). No, gracias. Se enfada y entristece a partes iguales. Lo persigo para pedirle disculpas. Lo encuentro en la terraza doblando la ropa que estaba tendida.

salamanquesa

lunes, 28 diciembre 2020. Subimos por Fernando el Católico. Hay mucho tráfico y muy lento. A pesar de todo es complicado cruzar. Los coches tienen aspecto de Lego. Al llegar a Gordón una madre tira de su hijo para que entre en casa. Veo como una salamanquesa intenta meterse en uno de sus zapatos. El niño protesta, patalea y la salamanquesa huye por las rendijas de una alcantarilla. La madre le grita para que se quite los zapatos. Le digo que no se preocupe, que he visto cómo el bicho ha huido. Ya en calle Cristo, Alberto me regaña por meterme donde no me llaman. Me enfado muchísimo, le digo que es mi manera de ser, que debería ser la manera de ser de todo el mundo.

café

domingo, 27 diciembre 2020. Oeste me pone un café con leche. El vaso está hasta arriba. Yo pensaba: Verás que no voy a dormir en toda la noche... Pero no le decía nada porque me lo había puesto con mucha ilusión.

premio

lunes, 14 diciembre 2020. Estoy en lo que parece la terraza de un hotel. Sonia y Míchel me llaman desde la calle. Están muy contentos, me lanzan un pedazo triangular de baldosa. Dale la vuelta, dicen. Por detrás alguien ha escrito "Primer premio". ¡Has ganado!, gritan. Por la calle pasa Garriga Vela que saluda y me felicita. No sé de qué premio hablan. Vuelvo a la habitación, meto con prisa mis cosas en una bolsa de viaje. Quiero irme de allí lo antes posible.

andamio

domingo, 13 diciembre 2020. Estoy en un país del este y parece que soy la encargada de enseñar el interior de un edificio. Me acompañan tres personas. Llegamos a una puerta metálica pintada de blanco. Busco la llave entre el marco y la pared. Entramos por un pasillo cutre hasta un gran salón de actos donde están entregando premios. Todos nos miran. Tenemos que irnos, digo. Mis acompañantes ya no están. Salgo a la calle donde Alberto, Juan Francisco y otro chico muy delgado esperan. Me alegro muchísimo de ver a Juan Francisco (murió hace unos años). Alberto dice que tenemos que pasar por casa a recoger algo (miro a mí alrededor y seguimos en esa ciudad del este, pero no digo nada). Alberto dice que va a ir sacando el coche. Mientras, meto a toda prisa ropa en una maleta. No encuentro ninguno de mis zapatos y me pongo unas alpargatas estampadas que no sé de dónde han salido. Al marcharme veo que están haciendo obra en el rellano (ahora es enorme). Han cambiado el ascensor por un andamio y no hay escaleras. No sé cómo bajar. Pienso que Alberto igual se ha hartado de esperar y se ha ido.

mono albino

sábado, 12 diciembre 2020. Estoy en un jardín destartalado con muebles de jardín hechos con tablas mal pintadas. Un perro paralítico de las dos patas traseras me persigue. Consigo que se tumbe sobre un cojín muy sucio. Alguien, desde atrás, me pone un gorro de tela que me tapa hasta la ojos. Noto algo más que un gorro. Un tipo que pasa por la calle me señala y grita: ¡Un mono albino! Intento quitármelo de encima. El perro me mira y se ríe.
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Mi madre quiere salir de casa sin mascarilla. Intento detenerla. En el rellano veo que la puerta del ascensor está entreabierta y me da mala espina. Mientras pienso si salir a cerrarla o meterme en casa, mi madre se prueba cosas a modo de mascarilla, un cenicero, un delantal, un cesto de mimbre...

juguemos a exagerar

domingo, 6 diciembre 2020. Entro en un autobús. Los asientos están mal colocados y todos ocupados. La conductora me dice que no puedo viajar de pie porque no es seguro, que me siente en el alféizar, y señala el borde de la ventanilla que, efectivamente tiene una especie de saliente, pero está muy alto y no tengo dónde agarrarme. Subo como puedo, los pies quedan colgando y, cuando arranca, casi caigo de bruces. Apenas hemos recorrido veinte metros cuando dice con un entusiasmo excesivo: ¡Hemos llegado! Alberto está esperándome. Nos reímos de ese viaje tan corto y seguimos el juego de abrazarnos y saludarnos como si yo hubiera hecho un viaje de doce horas.

molécula

sábado, 5 diciembre 2020. Se supone que estamos de visita en casa de una señora que se parece a Kristin Scott Thomas. Me lleva a su dormitorio y me dice que la bese. La beso. Su boca es blanda y llena de saliva. Siento asco. Me retiro, le digo que la boca le sabe a tabaco. Sí, fumo, dice bajando la mirada. Dibujo en el aire, con el dedo, la molécula de la nicotina (que efectivamente queda dibujada como con tiza en el aire). Oh, dice ella. Creo que exagera el tono dramático, pero le sigo el cuento para librarme de ella. Sí, sé que parece preciosa, que parece la Osa Mayor, pero esta osa te mata. Además la saliva te sabe muy mal. Se tapa la boca con las dos manos, me pide disculpas, se va. Pienso que por fin me he librado de ella.
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Sheldon me observa mientras hago la maleta. ¿No ibas a ayudarme?, le digo. No puedo hacerlo mejor que tú, me dice. Mientras doblo camisetas y las coloco ordenadamente dentro, él se ha transformado en mi amigo Juan Luis y cose algo a máquina. Así terminamos antes, me dice muy sonriente.

mochila

viernes, 4 diciembre 2020. Hay muchísima gente en casa de mis padres. Lo que en principio me pareció una fiesta es en realidad una asamblea. Hay que decidir algo pero no sé qué es ni me interesa. Encuentro un tubo de maquillaje y voy al baño a probármelo. Es espeso como el cemento y tengo que lavarme la cara. No hay toalla. Una chica se ofrece a ayudarme. Le digo que no volveré a ponerme maquillaje nunca. Cuando salgo no queda nadie. Antonio llega de la calle con la cara muy seria. Blanco dice que acaba de oír por la radio que han puesto una bomba. Por su gesto serio sé que ha sido Antonio. Meto cuatro cosas en la mochila y le digo que me voy con él. Dice que el sitio más seguro es Santander. Caminamos por la calle, no hay nadie, todos los escaparates están rotos. ¿Y no te gusta más San Sebastián?, le digo.

colchas de croché

jueves, 3 enero 2020. Compartimos una habitación de hotel con varios amigos. Descubro que la habitación de al lado está vacía y la puerta abierta. La decoración es distinta, casera (colchas de croché, cestos con juguetes, una cuna de madera hecha a mano). Me quedo dormida. Unas voces me despiertan. Pienso que viene a ocuparla y hago las camas a toda velocidad. Repaso si el cuarto de baño está en orden. Abro la ventana para ventilar. Un tipo con traje y sombrero lee una especie de manifiesto en verso muy cutre que hace que la gente que pasa por la calle se pare y aplauda. Al salir encuentro un descansillo de un bloque de pisos. Me vuelvo a mirar la habitación y los muebles han cambiado. Hay una estantería con libros, apuntes y fotos de una pareja sudamericana. El chico de la foto está sentado a la mesa tomando café. Me saluda con la mano, me dice que ha venido a estudiar medicina. Se levanta y sale a despedirme. Una chica deja cartas en los buzones. Él la invita a café, ella dice que no, él saca un extintor y la rocía. Del extintor ha salido pintura plateada. Ella parece una estatua de metal. Cuando se marcha, vemos su silueta en negativo en la pared, sobre los buzones.

que me des la llave

lunes, 30 noviembre 2020. Una chica toma el sol sentada sobre el asfalto, entre dos coches. Llega alguien que quiere aparcar y la golpea. Ella pide perdón y se levanta. Le digo que quien debería disculparse o, al menos, preocuparse por si le ha hecho daño, es el conductor. Dos chicos nórdicos salen del coche hablando en su idioma. Les digo que pidan perdón a la chica. La miran, se ríen, se van.
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Llego al portal de la que fue mi casa en calle Salitre (aunque no es exactamente igual). Como hace años que no paso por allí, el que era mi buzón está lleno de cartas y paquetes. Incluso han colocado un buzón extra con mi nombre. Me pongo contentísima. Pregunto a Alberto si conserva la llave del buzón. No, dice y se aleja. Aparece una chica con más paquetes para mí. Corro tras Alberto para que me ayude. La llave debes encontrarla tú, me dice. me enfado muchísimo.
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Una familia con un montón de hijos, primos, nietos, quiere construir una casa para poder vivir todos juntos. Se supone que yo pertenezco a esa familia. Veo cómo hablan hacen planes desde una silla de playa que hay pegada a una fachada (a una distancia considerable de la acera). Mientras lo observo todo desde arriba, pienso que la silla se va a caer (y yo con ella). Efectivamente caemos. En la caída pienso que quizás sea capaz de amortiguar el golpe haciendo el amago de levantarme de la silla justo en el momento que vayamos a estrellarnos en la acera. Así sucede. Una vez en la calle, empujo la silla hacia un lado con gesto de Charlot e intento pasar desapercibida.

botas

jueves, 26 noviembre 2020. Llego a casa de mis padres. El ascensor, como en otros sueños, empieza a subir más pisos de los que hay en realidad. Lo paró entre dos plantas, salgo como puedo y decido bajar por las escaleras hasta la casa de mis padres. Las escaleras están llenas de ropa amontonada, bolsas y zapatos de otros vecinos. Sobre todo zapatos y botas. Tropiezo y lo desordeno todo aún más. Sale una vecina, pienso que me va a echarme la bronca pero me pide perdón por tanto desorden.

ascensor

miércoles, 25 noviembre 2020. Estamos en una especie de salón de actos donde Fernando Fernán Gómez (muy joven) canta micrófono en mano mientras se mueve entre el público haciendo bromas. Para que diga mi madre que era antipático, y fíjate qué guapo es, le digo a Alberto. Se parece a Neil Young, dice. Se parece a Sam Shepard pero con los ojos verdes, respondo.
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Llego a casa de mis padres. Han cambiado los buzones de sitio. Entro en el ascensor y noto que después de subir tres pisos comienza a bajar. Lo paro y vuelvo a darle para subir. Se pasa del piso y sigue hacia arriba. Ya estamos como siempre pasa en los sueños, pienso. El ascensor sigue subiendo. Lo malo es que esta vez no es un sueño, pienso. (Me despierto).

rizos tipo annie

domingo, 15 noviembre 2020. Cruzo una estación de tren enorme (se parece mucho a Grand Central de NY). Una chica con el pelo rojo rizado me para. Dice que no me entretendrá mucho. Me suelta una parrafada sobre nosequé producto. Asombroso, le digo. La chica se sonroja. ¿Por qué no estudias una carrera?, le digo. No sé. Con esa memoria que tienes podríais estudiar lo que quisieras. Me abraza, me da las gracias, dice que va a dejar ese trabajo de mierda y a ponerse a estudiar. Siempre quise ser peluquera, dice con una sonrisa enorme y se toca el pelo. Se nota, se nota.

sardinas

miércoles, 11 noviembre 2020. Se supone que estoy en Tenerife y tengo que volver a casa. Llego a la parada del bus del aeropuerto. Sólo hay mujeres. Un tipo quiere cobrar por dejarnos subir aunque ya tengamos el billete. Me niego, una chica me secunda. Podemos ir a pie, le digo. La chica va cargada con un cesto enorme.
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Hablo por teléfono con mi madre y a la vez puedo verla como si estuviera delante de mí. Mi hermana y ella van en bañador. Me doy cuenta de que yo también. Mi padre le quita el teléfono, me cuenta que mi madre había escondido una figura de porcelana que él quería regalarme. Mi madre se lo quita a él, me cuenta que mi padre ha roto no sé qué cosa y la ha escondido detrás de un mueble. Les digo que no se preocupen. Me entra muchísimo sueño. Cuelgo y me meto en la cama. Desde la cama oigo un chisporroteo. Creo que me dejé sardinas en el fuego, pienso pero no me muevo.
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Sonia y Michel nos esperan en doble fila en la rotonda de Fuente Olletas. Hay mucho tráfico. A Alberto se le rompe la mascarilla y la deja colgando de un árbol. Se ha hecho de noche. Cruzamos a las bravas. Los coches van muy rápido, las luces parecen fuegos artificiales. Al llegar, en el coche nos esperan Sonia al volante, Michel detrás y en el asiento del copiloto Salvatore que, al salir, se convierte en el padre de Alberto. Me alegro muchísimo de verlo (murió en 2001). Dice que se alegra de que me vaya tan bien escribiendo, les cuenta a los demás que yo era la única que escuchaba sus historias. Dice que se va a casa. Lo acompaño al portal. Adiós palomita, me dice.

pendientes

martes, 10 noviembre 2020. Espero a Eduardo en la terraza de una bar en una plaza porticada. Lleva unos pendientes largos de plata. No le digo nada. Parece muy feliz, me cuenta cosas moviendo la cabeza como si quisiera lucirlos. Cuando te conocí te estabas desprendiendo de cosas, la alianza, el pelo largo, y ahora sumas, le digo. Se encoge de hombros, sonríe, no dice nada, sabe que me he fijado en los pendientes. Pienso en el momento de comprarlos, si le dijo a la dependienta que eran para él o pidió que se los envolviera para regalo. Un tipo se sienta en nuestra mesa. Nos pregunta si alguien nos ha pedido alguna vez que matemos a alguien. Claro, somos agentes secretos, responde Eduardo. En ese momento me fijo en que los dos llevamos gabardina.

frailes tortuga

lunes, 9 noviembre 2020. Un fraile muy alto intenta ponerle una sonda a Homer Simpson. Cuando al fin lo consigue lo encierra en una alacena. Antes de que cierre la puerta le digo a Homer con gestos que huya mientras entretengo al fraile. Le pregunto con voz dulce por su comunidad, le digo que me han hablado de la felicidad y paz que se respira. El fraile se ofrece a enseñarme el edificio. Miro de reojo la puerta de la alacena, esperando que Homer pueda escapar. De repente, lo que parecía una comunidad con voto de pobreza se convierte en salones recargados de obras de arte y vitrinas con joyas. Pasamos por una iglesia exageradamente grade. Mas grande que la cualquiera del mundo, dice orgulloso como si me hubiera leído el pensamiento. Los fieles van a lo suyo, caminan como drogados, como si tuvieran que hacer alguna tarea en necesitara mucha concentración, pero no hacen nada, sólo ir de un lado a otro con la mirada perdida. ¿Quienes son?, pregunto. El fraile me manda callar. Salimos a un prado lleno de mesas bien vestidas donde cientos de personas comen y beben. Me fijo en sus platos. Todos comen carnes con una pinta estupenda y platos de jamón. Comen con los ojos cerrados, disfrutan cada bocado. Nadie habla con nadie. El silencio incluso molesta, no parece real. Estamos al aire libre y no se oye ni un pájaro, ni una ráfaga de aire. Llegamos a la zona de celdas, un pasillo donde delante de cada puerta hay, lo que parece un fraile arrodillado y plegado con la cabeza entre las rodillas, pero al acercarnos son tortugas enormes. ¿Son de verdad?, pregunto. No las despiertes, responde, son los frailes tortuga preparándose para dormir. Corre, me dice. Llegamos a una salón con chimenea, está a oscuras. Casi nos pillan, dice. Se nos ha hecho tarde y si te encuentran aquí acabarán con nosotros. El fraile se arrodilla frente ala chimenea y me indica con un gesto que lo imite en todo. Me pliego como él. Cuando abra la trampilla, salta dentro y huye, me dice. Pienso si apareceré en la sala donde encerró a Homer y habrá conseguido escapar. Escapa conmigo, le digo al fraile, pero ya se ha convertido en tortuga. De repente la luz me ciega. Estoy en una calle en obras y voy en moto. Los coches me pitan. Arranco, pero no sé hacia dónde ir, no sé en qué ciudad estoy. En un semáforo en rojo oigo decir a alguien que todas las calles están cortadas, que sólo se puede salir e la ciudad por la circunvalación, pero que todos se pierden. Miro el sol, pienso que tengo que llegar como sea a casa antes de que se haga de noche.

lemon curd

domingo, 8 noviembre 2020. Estamos en casa de Begoña. Comienza a llegar gente y se van sentando a comer en distintas mesas que hay en un salón enorme. Alberto se acerca a la ventana y alguien desde la calle dispara. Él no se hace nada, pero el cristal queda esparcido por el suelo. Nadie si inmuta, todos siguen comiendo.
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Se supone que seguimos en Galicia y hemos salido al campo a caminar. Nos acompaña Carlos. Llegamos a l borde de un acantilado, vemos un rayo en el cielo y comienza a granizar. Alberto y Carlos corren, a mí me cuesta porque hay barro y se me pegan los pies. En la línea del acantilado aparece la figura de un nazareno con capirote que abre los brazos para asustarme. Me río, pienso que está de broma. Carlos me grita desde lejos que huya, que es la salamandra. Es verdad, hoy es la noche de la salamandra, pienso. Alberto y Carlos ya ha desaparecido. No puedo correr, la salamandra me atrapa. Grito y me despierto.
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Se supone que estoy en un hotel, pero se parece a la casa de mis padres. Tengo que ir al cuarto de baño, pero está ocupado. Busco un táper en el armario y orino dentro. Lo lleno hasta el borde. Pienso, si fuera espeso no se volcaría y mi deseo se cumple: parece que esté lleno de lemon curd. Llega gente y lo escondo bajo la cama. Dos chicos cambian las sábanas y colocan champús y jabones sobre las mesillas de noche. Uno de ellos me pregunta: ¿Eres la del zorrito? (se supone que a una compañera que me ayudó a algo le regalé un zorrito rojo de cerámica). Sí, soy yo. Nadie nunca nos regala nada, dice y me abraza. Y no te dio miedo el perro, añade. El perro sólo me llegaba por la rodilla, no tuve que hacer nada sólo ladrarle como él a mí. El chico es tan amable que no quiero dejarle mi lemon curd bajo la cama. En un descuido lo saco, lo tiro por el lavabo y limpio el táper. De repente ya estoy caminando por la calle. Llevo un frasco de perfume vacío en la mano.
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Estamos cenando con los amigos en un restaurante. Tenemos delante un montón de platos con queso morcilla y otras porciones pequeñas que no sé de qué son. Como sé que no podré con todo, le ofrezco a Francis que está frente a mí, pero tan alejado que no me oye. Emilio, a mi derecha, pone su comida en mi plato. Qué raro, pienso, él suele comerse lo que le sobra a los demás.
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Alberto dice que debemos devolver las piedras que cogí. Llevamos el maletero lleno. Después quiere ir al La Rosaleda para ver el primer partido que se jugará sobre adoquines. Me señala el arcén, hay montones de adoquines amontonados. Tiraremos las piedras en la playa, dice, pero aparcamos delante de lo que parece los servicios de una gasolinera. Transportamos las piedras sobre unas alfombrillas enormes y las dejamos sobre la tierra. Alberto se sienta, parece muy triste, no se mueve. Dice que no iremos al partido. ¿Qué te pasa? me he roto el tobillo, dice.

un mazo y el camino más corto

jueves, 5 noviembre 2020. Un grupo de personas uniformadas (hombres y mujeres, se dedica aplastar la cabeza de algunas personas con un mazo enorme. Las cabezas no sangran, parecen de plastilina, quedan con la forma del mazo en mitad de la cara. Lo hacen todo de manera mecánica., sin cambiar el gesto. Tumban en camillas a esas personas y cada camina en un coche fúnebre que van ordenando en un parking al aire libre. Pienso que cuando dejen todos los coches ordenados entraré, les inflaré la cabeza a todas esas personas y escaparemos. Pero los coches quedan aparcados con sus conductores dentro. me escondo debajo de uno de los coches. Alguien acciona un botón y los coches empiezan a arder. Intento pegarme al suelo para no quemarme, pero me quemo.
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Ordeno una casa donde se supone que vivo. Cuando voy a la cocina veo que mi hermana ha tapado lo que yo dejé cocinando con dos platos de plástico (que se han fundido) y un paño de cocina (que se ha quemado). Monto en cólera. Le grito, le echo en cara un montón de cosas que no tienen que ver con la cocina. No dice nada. Me voy, le digo, tenía todo eso acumulado. Entro a calmarme en un dormitorio, La cama está deshecha, hay ropa, zapatos, fotos, polvo y tierra en el sueño. Como si hubiera habido un tornado. No digo nada y me pongo a ordenar. Busco una escoba y un recogedor. Mi hermana me trae un palo de fregona sin fregona. No sido nada. Intento separar las fotos de la ropa. Entre las fotos hay cristales rotos. Llega mi prima Elisa con su hija Nadia. Encuentro un monedero amarillo con forma de mochila y se lo doy a Nadia para que se entretenga, se vaya no se corte con los cristales. En esa foto Fede y tú parecéis novios, dice Elisa. Le digo que nunca hubiéramos sido novios, que para mí es un hermano y él me llama amiga del alma. Elisa me cuenta que en una boca de metro de Madrid vio a un chico cantando ópera y se enamoró. Es bonito enamorarse así, por unos segundos, le digo. De repente estoy en una especie de desguace donde va a haber una lectura de poemas. Alguien me entrega un dossier con fotos y poemas. Entre las fotos está esa en la que salimos Federico y yo. Alguien me dice al oído que el chico que cantaba ópera era... (no dice nada, hace muecas). ¿Negro?, pregunto. Se lleva las manos a la cabeza. ¡Estoy harta de lo políticamente correcto!, ¡hay que hablar siempre por el camino más corto si queremos comunicarnos!, le grito.

decorado

lunes, 2 noviembre 2020. Busco un supermercado y faltan 10 minutos para que cierren. Cruzo un pueblo que parece un decorado para película del oeste. Subo una cuesta de tierra muy empinada hasta llegar a una cantera. Ni rastro del supermercado. Empieza a anochecer y decido bajar. La cuesta está aún más empinada así que me dejo caer como si fuera un tobogán. Ojalá estas piedras fueran blandas, pienso y mi deseo se cumple. Parecen de gomaespuma y me chorro tan a gusto hasta llegar a bajo donde me frena Joan. Nos alegramos muchísimo de vernos, caminamos abrazados sin decir nada.

silla plegable

sábado, 31 octubre 2020. Llego tarde a la presentación de mi libro. Mesa Toré y Cristina ya están sentados detrás de la mesa, en el escenario. A su lado hay una silla plegable que parece de juguete. La abro, me siento. Es muy pequeña y temo caerme, pero pienso que eso le daría un tono divertido al acto. El público está separado y ordenado de cuatro en cuatro por mesas (de chiringuito, con manteles de papel). Comen y beben animadamente. Mientras Cristina y Mesa Toré hablan, como veo que nadie les hace caso, bajo al patio de butacas. Veo al fondo a Rafa Soler y me acerco a saludarlo. Está con dos niños pequeños. Dice que la novela le ha gustado mucho a sus hijos. Los señala: un niño y una niña de unos cinco años, disfrazados, él de pirata y ella de princesa.

mochilas y broches

miércoles, 28 octubre 2020. Hemos ido de excursión y es hora de volver a casa. Esperamos en una sala con cristalera. Veo de lejos a Jesús Gea. Pienso si se acordará de mí. Pasa por mi lado sin saludar. De repente Emilio y Salva desaparecen. Los veo meter las mochilas en el coche y marchar. No sé cómo volveré a casa. Intento llamar a mi madre, pero el teléfono no tiene teclas y, como si fuera un transformer, se convierte en una cámara del tamaño de una nuez. Araceli dice que llame a Alberto con su móvil. No quiero molestarlo y que tenga que venir a recogerme. Jesús pasa dos o tres veces más delante de mí. No sé si darme a conocer, decirle que me acerque a casa.
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Mi hermana dice que ha perdido unos pendientes, que se los quitó mientras veía la tele y han desaparecido. De repente cambia la historia. Dice que es una pulsera y la perdió en la iglesia. La acompaño. Al cruzar una plaza vemos a un chico pelirrojo que se para a saludarnos. Cuando se va, me dice: a ese pelirrojo le gustas. Llegamos a la iglesia, están en misa, me quedo al fondo. Mi hermana se sienta en uno de los bancos molestando a varias personas que rezan. Se tumba en los bancos buscando la pulsera. Vuelve. Ahora dice que lo que perdió era un broche. Me da una caja con retales. Voy encontrando broches enormes de plata repujada en forma de letras.

escritorio y colegio

martes, 27 octubre 2020. Mi padre ha fabricado un escritorio para el cuarto mi hermana. Me parece demasiado grande. Lo mido, llegará hasta la puerta y no podrá entrar. Se lo digo. ¡Eso es completamente imposible!, dice enfadadísimo.
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Se supone que nos hemos mudado. Me arreglo para salir, entro en el cuarto de baño. Combina baldosas amarillas y con otras de flores que me recuerdan a unas calcomanías que tenía de niña. Preferiría un baño más simple y moderno, pero me da pena cambiarlo. Desde la ventana se ve el patio del que fue mi colegio. De repente estoy sentada en sobre la grava del patio, mirando la que hora es mi casa desde abajo. Pienso en cómo era todo antes, pienso en quiénes vivían allí. Siento una tremenda tristeza.

valkiria

sábado, 24 octubre 2020. Mati juega con dos niñas. Perkins, al fondo, parece aburrido. Las niñas marchan con su madre y Mati se entristece de repente. La saludo, pero no dice nada. ¿Os habéis peleado?, pregunto a Perkins. Tampoco responde.
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Llegamos a un restaurante que al entrar parece muy pequeño. Alberto descubre una puerta que da a un pasillo con múltiples salas. Todas las mesas vacías. Los asientos son de porcelana, como si hubieran cortado bañeras por la mitad. Vamos con alguien (que no recuerdo). Elegimos mesa, esperamos, pero no aparece ningún camarero. Alberto se enfada y dice que nos vamos. Le digo que tenga paciencia, que yo misma iré a por la comida. En ese momento entra el camarero con unos platos enormes de estofado.
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Estoy jugando con una trenza de esparto. Dos chicos me la piden. Sospecho que la quieren para secuestrar a una chica rubia que pasea con su novio. Me la quitan. El supuesto novio lanza un vaso de agua a la cara de su novia para aturdirla. Pienso que estaba compinchado con los otros dos. Aparece la madre de la chica, una especie de valkiria, que acaba con los tres en un pispás. Mientras, yo tomo apuntes de todo lo ocurrido.

maquillaje

viernes, 23 octubre 2020. Oigo ruido en el cuarto del final del pasillo. Entro despacio esperando encontrar a un ladrón. Es Juano. Va en pijama. Se está instalando. Sobre la cama, la maleta abierta, libros y una botella de vino. Me ofrece una copa. Ha colocado pósters de grupos de los 70 en las paredes. Parece muy feliz.
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Veo una noticia sobre la Semana Negra de Gijón. Ponen imágenes del Tren Negro de hace uno años. Veo a poetas que conozco. Me veo a mí misma, muy joven y muy maquillada, alejando al cámara con la mano porque quiero dormir. Me tapo la cara con una toquilla negra. En otra imagen me entrevistan contando el sueño que he tenido, una pesadilla, digo, mi madre estaba a punto de morir y yo no podía hacer nada. Mientras miro las imágenes sólo puedo pensar en por qué aparezco tan maquillada.

peliculita

martes, 20 octubre 2020. Parece una iglesia enorme y muy blanca. En vez de bancos hay mesas redondas cubiertas por manteles también blancos. Entre las mesas hay muchísima distancia. Si achino los ojos, las mesas se mimetizan con el espacio y parece un vacío. Dos tipos manipulan algo en la pared. Yo espero a alguien que no llega. Ya hemos esperado suficiente, dice una chica. Le digo que esperaré un poco más. La chica se enfada y se va. Comienza a llegar gente y a ocupar las mesas. Me voy cambiando de sitio hasta que quedo en un rincón, junto a una puerta. La abro. Hay una bañera de porcelana. Junto a la puerta hay un monitor colgado en la pared. Lo enciendo. Película de Inga Lindström. Es la hora de la peliculita, les digo a los operarios muy contenta.

déjà vu

sabado, 17 octubre 2020. Salgo de la casa de mi abuela a toda prisa, subo a un autobús y cuando voy por la mitad del recorrido me doy cuenta de que me he dejado el bolso. Pienso si bajarme a mitad de ruta y volver, pero perdería un barco que, se supone, debo coger. Llego al puerto de una ciudad (se parece mucho a Melilla), y busco una cabina telefónica para decirle a Alberto que me traiga el bolso. Nada. Bajo unas escaleras metálicas y llego a un calabozo bajo tierra. Pregunto a uno de los hombres que están allí si me presta su móvil. Se ríe. Somos ladrones, aquí no nos dejan tener nada, mucho menos teléfono. Y al decirlo me pasa un móvil que suena en ese momento. Es Mariángeles. Le explico mi situación, dice que no entiende qué le quiero decir. Le digo que se olvide, que sólo le diga a Alberto que venga a buscarme. Uno de los ladrones me pide que lo ayude. Hay una cómoda en la celda. Dice que habrá uno de los cajones mientras vacía dentro una carretilla de tierra. ¡Acabo de tener un déjà vu!, le digo muy contenta.

sanchesky y orellas de carnaval

miércoles, 14 octubre 2020. Me despierto en que fue mi cuarto en casa de mis padres. Llega Purranki y, sin mediar palabra, se pone a ordenar la habitación. Dobla mi ropa con cuidado y la va colocando sobre una silla. ¿Recuerdas que te regalé una tele?, dice. No sé si quiere que se la devuelva o que le dé algo a cambio. Me arreglo deprisa y salgo de la casa. Es de noche. Detrás de mí bajan un montón de adolescentes en monopatín. Una chica me dice que no tenía que haber salido, que ya sé de sobra que de 10 a 12 la calle es para ellos. Por que tú lo digas, pienso. No os molesto, si fuera en coche o en moto..., le digo. Intento congraciarme con ella contándole que yo tenía un Sanchesky naranja (mentira, era de mi amigo Paco). Le recomiendo varias películas mientras llegamos a una furgoneta donde venden comida. Una Mirinda, pide. Varias chicas chinas buscan y van enseñando distintas bebidas. La Mirinda ya no existe, le digo. La chica se enfada muchísimo y desaparece. Se ha hecho de día, llego a calles que no conozco (con las que he soñado otras veces). He olvidado el móvil, no puedo a avisar a Alberto para decirle que me he perdido. Pienso que si cierro los ojos la intuición de mis pies me llevará a casa de mi abuela. Así es. Mi abuela está en la cocina preparando orellas de carnaval. La casa huele a bolitas de anís. En la entrada hay un teléfono góndola que nunca había visto. Intento llamar a casa de mis padres, pero me equivoco de número varias veces. Una de mis tías se pega a mí para cotillear. Acabó insultándola para que me deje en paz. El teléfono se ha desarmado. Decido irme. Busco mis gafas. Mi hermana, cuando nadie la ve, me dice que mi tía me las ha escondido, y señala el cajón de una mesita de noche. Mi tía al ver que las he encontrado se enfada muchísimo, más que la chica del monopatín. Pienso que Alberto debe de estar preocupado porque no he podido llamarlo en todo el día. Salgo a la calle, no sé volver a casa.

spa, sombrilla y columpios

martes, 13 octubre 2020. Subo por el Camino Nuevo hacia mi colegio, por la acera de enfrente. Las dos aceras están en obras y valladas. Han puesto un semáforo Cuando llego a la que era la casa del jardinero, veo que la han convertido en un spa. Eduardo está esperando su turno. Lleva un kimono hasta los pies y el pelo largo peinado de peluquería, como si fuera uno de los ángeles de Charlie de los años 70. Nos alegramos mucho de vernos, nos abrazamos. La chica dice que nos demos prisita porque puede perder su turno (dice prisita y a los dos nos sienta muy mal, como si hubiera sido el mayor de los insultos). Eduardo me cuenta cosas atropelladamente mientras mira el reloj que hay en la pared. Yo no sé lo que dice, sólo tengo ojos para su pelo.
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Al salir a la terraza veo que han construido un bloque justo al lado y han colocado una sombrilla enorme que da sombra a toda la calle. En la azotea han colocado mesas y sillas metálicas como las que había antiguamente en el kiosco del parque. Una pareja con muy mala pinta bebe Fanta. No comprendo cómo una sola barra puede sostener una sombrilla tan grande. Me fijo en que la han adosado a nuestra pared. Pienso que no la han sellado bien y cuando llueva nos entrará agua. En la acera de enfrente también han construido. En el último piso se agolpan tres filas de niños que miran hacia abajo. Aplauden y jalean. Las cornisas que tienen justo delante empiezan a caer. Los niños de la primera fila están a unos centímetros del vacío. Les grito desde casa, pero no me sale la voz.
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Caminamos por un camino de eucaliptos con Carmen y Enrique. De cada árbol cuelgan, alrededor del tronco, cuatro columpios muy rudimentarios (tablas cuadradas con cadenas). Casi todas las cadenas están rotas, y vueltas a unir con cuerda. Pienso que si nos sentamos se romperán. Sería mejor haber puesto jaulas, dice Enrique muy serio.

hueso ibérico y chorradas

domingo, 11 octubre 2020. Tenemos que irnos. En ese justo momento mi madre quiere enseñarme algo del frigorífico y en vez de esperar a que yo vaya, lo arranca y me lo trae. Empieza a salir gas. Pienso en cómo se enfadará mi padre. Nos vamos, antes de cerrar la puerta miro hacia atrás. Parece una casa abandonada.
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Parece un museo, Míchel y yo vamos mirando las vitrinas. Dice algo (no recuerdo qué) y nos partimos de la risa. Yo incluso caigo a suelo de tanto reírme.
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Mi madre está en la cama, pero la cama es la estantería de las bandejas de carne de un supermercado. Dice que no puede hacerle ningún encargo a la vecina porque si le pide hueso le trae zanahorias y le dice que el hueso no existe. Miro a su alrededor, hay bandejas con hueso, morcillas. Hay de todo, le digo, yo te lo traigo, ¿quieres hueso o hueso ibérico? Sí, y tocino de beta. Mi madre se pone muy contenta. Mi padre dice que buscó el número de Bosch en la guía y ya no atienden al teléfono, que seguramente sólo venden por internet. Está muy enfadado, señala un rincón del dormitorio. Lo ves, ya faltan tres cosas, el frigorífico, la tele y el teléfono. Dice que el teléfono se lo ha llevado mi hermana y que se pasa el día comprando a través de su número. Mira, dice y me da varios folios con lo que se supone son compras de mi hermana. Hay pedidos de comida, ropa y chorradas. Al lado de cada pedido, como si fuera un diario, la descripción de cómo estaba de ánimo (feliz, triste, aburrida, etc). Cuando está feliz pide ropa, cuando está triste comida. Le digo a mi padre que no entiendo qué quiere que haga, que hable él con mi hermana. Por lo bajo, le digo a mi hermana que cuando vaya a la psicóloga, e vez de contarle que le tiene fobia a las arañas, le diga que tiene un problema de comprar compulsivamente.

taxi caja y casa colmena

viernes, 9 octubre 2020. Estoy en la cola del supermercado. Se me cuela todo el mundo. No tengo prisa, pienso. Al llegar a la caja, es un taxi en el que todos están sentados a los lados, como si fuera una camioneta, pero muy apretados. Sobre todo hay ancianos. Uno de ellos me dice que vaya sacando lo que he comprado. Como no hay cinta, le enseño cada producto y él apunta el precio con un lápiz en un papel que ha sacado de su cartera. Zapatos de caballero 103 euros, dice en alto. Vuelvo a guardarlos. Así con todo. El taxi caja va a toda velocidad hacia el aeropuerto. Supongo que después dará la vuelta para dejarme en casa, pienso. De repente estoy en casa y Alberto se está probando los zapatos. Son muy cómodos, no me gustan, dice.
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Estoy en el balcón de una casa colmena. Veo otros balcones. En cada uno hay familias chinas tomando el fresco. Algunas tienen el suelo pintado de verde y otras de color ladrillo. Pienso que esos colores me dan mucha paz, que podría vivir en una de esas casas. La familia con la que estoy sonríe todo el tiempo, me ofrecen dulces, las niñas van vestidas con trajecitos de encajes y volantes. Entre ellas está Julia, la hija de Pepe Domínguez. Nos abrazamos, nos alegramos mucho de vernos. Le pregunto qué hace allí y dónde está su padre. Se lleva el índice a los labios para que no diga nada. Empiezo a sospechar que tanta sonrisa y tanto dulce no era normal, que la han secuestrado y maquino un plan para rescatarla.

famosos

miércoles, 7 octubre 2020. Llegamos a un restaurante. En la entrada hay una fuente enorme de ensalada. Pienso que es de adorno, pero Alberto se sirve un plato. También uno de alubias y un trozo enorme de tarta que no sé de dónde ha sacado. Al ver las caras atónitas de los camareros, les pregunto si es autoservicio. No es. Alberto ya está sentado en una mesa. Menudas raciones se ha puesto, me dice uno. Voy a sentarme con él. Hay unas vistas impresionantes de Madrid. Junto a la mesa hay unas estanterías llenas de libros. Entre ellos veo los poemas de Klee editados en tamaño cuentos de Calleja. Mientras Alberto come me levanto a mirar libros. Hay una circunferencia hecha de piedra. Para ver lo que hay dentro hay que escalarlo y saltar. Veo a Carmen Borrego intentándolo. Lleva un vestido muy ajustado y no puede. Tengo vértigo, dice. Yo paseo alegremente por el filo del muro. Dentro está Terelu, dice que quiere comprar un libro que se titula Guarra, pero no sabe el nombre de la autora. Da igual, me dice, sólo lo quiero para decirle a la dependienta: "Quiero ese libro, Guarra". Su propio chiste le parece tan divertido que se ríe a carcajadas. Veo llegar a Fernando Simón en un mini amarillo. Más que un mini parece un coche de juguete. Aparca delante del restaurante, abre la puerta del coche y pone un tenderete donde vende unos libritos sobre el coronavirus (parecen fotocopias dobladas a tamaño cuartilla con una grapa). Me acerco, le digo que debe de ser muy raro que lo quieran desconocidos, que hasta yo lo veo como de la familia. Dice que no es así, se queja de que lo convirtieran en un héroe y de repente en villano, y señala el coche como diciendo: Mira a lo que he llegado. Aparece marcos, me dice al oído que tenemos que ayudarlo comprándole algún librito.

hielo contemporáneo

domingo, 4 octubre 2020. Entro en lo que se supone es un museo de arte contemporáneo. Es enorme, sin paredes ni obras. La obra que se expone, se supone, es el suelo de hielo por el que me deslizo. Avanzo sin dificultad. Hay flechas bajo el hielo que se iluminan para indicar el camino. Alguien me sigue. Estoy completamente sola, pero sé que alguien me sigue.

acomodador

sábado, 3 octubre 2020. Mi padre quiere que haga la lista de la compra. Le digo que no hace falta, que de la última vez que se hizo quedó en la memoria de la página del supermercado. Se enfada muchísimo, comienza a dictarla en voz muy alta. Guiño a mi madre y hago como que la escribo en una revista.
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Estoy en la escena y, a la vez, la veo desde fuera: Zona superior de un teatro. Acaba de terminar una obra o una película. La sala de va vaciando. Uno de los acomodadores mira intensamente a una chica (la chica también soy yo; estoy con mi madre y con un chico que, se supone es mi novio). Al salir, mi madre cuenta que ha estado en un curso de cocina y ha aprendido a preparar de todas las maneras posibles las albóndigas según el canon catalán. Las nombra. Mi supuesto novio, se enfada, le corrige cada pronunciación. Ella saca una libreta y pide que se las deletree. El acomodador nos sigue. Al llegar a una calles estrechas, pierdo de vista a mi madre y a mi novio. Lo llamo a gritos. Temo que el acomodador lo haya matado. Intento buscar ayuda pero, parece, me vuelto invisible.

colegio

viernes, 2 octubre 2020. Se supone que soy profesora en el que fue mi colegio. Me veo andando por los pasillos. Llevo una ropa muy sosa, una falda gris recta hasta la rodilla y un jerseicito beige de cuello redondo. Entro en mi clase, pero ya hay una profesora. Veo al fondo a Jorge, Iker y Joan. Voy a sentarme con ellos sin llamar demasiado la atención. No hay asiento, me pongo de rodillas delante de mi mesa, pero no veo la pizarra. Joan me pasa un sobre acolchado lleno de regalos. Al abrirlo, varias cosas salen rodando: tubos de negativos y canicas.

cabeza celeste

miércoles, 30 septiembre 2020. No sé de dónde he sacado una cabeza celeste de peluche. Se me acerca un tipo. Le digo que el celeste le sienta de maravilla. Se la pone. Las personas con las que se cruza huyen pensando que es un monstruo. Eso me da la oportunidad de escapar (aunque en el sueño no consta de qué escapo). Me encuentro ante una chapa de cobre con forma de gran ola. Tomo carrerilla y logro agarrarme a la cresta. El tipo de antes hace lo mismo. Los dos allí colgados. Me cuenta que la diseñó él para un concurso de la tele, que no hay nada al otro lado, que no les gustó y se la rechazaron. Me dejo caer, me deslizo hasta el suelo. Me uno a varias familias que marchan a casa. Se van metiendo en sus coches (coches de época). Hay unos zapatos en la acera. Falta Juan, les digo. Todos empiezan a buscarlo.

profesor

martes, 29 septiembre 2020. Sonia lleva una carpeta enorme. Se supone que está aprendiendo a dibujar. Me habla de su profesor de dibujo y, por lo que me cuenta, se parece mucho a uno que tuve. Le digo que le pregunté si se acuerda de mí.

lasagna familiar

lunes, 28 septiembre 2020. Mi padre le dice a alguien (sin mirarme, aunque estoy entre los dos), que debería quedarme a dormir. Le digo que no va a hacerme chantaje emocional poniendo cara de pena. Cojo mis cosas para irme. Pienso en que seguramente ya no haya trenes. + Estoy preparando una lasagna y me doy cuenta de que no hay láminas de pasta. Intento hacerla usando fideos. Mi madre se ofrece a ayudar. Salgo un momento de la cocina. Cuando vuelvo, mi madre ha mezclado un montón de ingredientes sin ton ni son y los ha puesto en bolsas de plástico. Hay incluso granos de maíz que explotaran al meterlos en el horno. También una pasta azul que no sé lo que es. Le digo a mi hermana que me ayude, que vaya encendiendo el horno o no vamos a cenar nunca. Mientras, intento separar los granos de la pasta azul. Cuándo voy a meter la fuente en el horno veo que mi hermana ha recubierto todas las paredes con bolsas. ¿Pero no te das cuenta que el plástico se va a fundir y puede hasta arder?, le digo. Como no teníamos queso, he usado bolsas de plástico, dice.

taxi a ninguna parte

domingo, 27 septiembre 2020. Estamos en el asiento trasero del coche. Dos tipos (se supone que son mecánicos) van delante. Han aparcado en una parada de taxis. Se vuelven a charlar con nosotros. Pienso que no deberíamos estar ahí. En ese momento aparece un policía, le dice al del asiento del copiloto que nos va a multar. Él le explica que estamos esperando a que el coche arranque. Pues cierre la puerta, le dice.

semillas azules

sábado, 26 septiembre 2020. Preparamos una fiesta en casa de Juan Luis (no es su casa, pero ya he soñado varias veces con ella como si lo fuera). Mis padre están en una mesa grande con un tipo que se parece a Anguita, que les explica por qué es Troskista. Mi padre, para cambiar de tema, dice: ¿Eso que sonaba era Metálica? El falso Anguita se va. Mi madre explica el porqué le ha cogido asco a la tortilla de patatas. Salgo al jardín. Hay un montón de gente, parece que la fiesta es allí. Hay alguien sentado en una silla de jardín y todos se arremolinan a su alrededor para hacerse fotos con él. Es Perkins. ¡Has venido!, le digo y lo abrazo. Nos hacemos fotos con todos y el erizo César. También está Carmen con uno de sus vestidos de flores hasta los pies. Tengo que contarte un sueño, le digo. En ese momento se pone a llover arroz y semillas azules. ¡Este era el sueño!, le digo sorprendidísima. Hago un cartucho con un folio y lo lleno de semillas. Carmen las recoge en la falda de su vestido. Mi madre se asoma, dice que podremos hacer un potaje. Jamás comería algo azul, le digo. Y todos se ríen como si hubiera contado un chiste buenísimo. Una chica me da su vaso y me manda a por hielo. La casa es enorme y me pierdo por pasillos y habitaciones. Una chica me acompaña a una especie de garaje que hay fuera. Sale agua por debajo de la puerta. ¿Esto es normal?, pregunto. ¿Tú qué crees? ¡Corre!, dice. Corremos delante de un tsunami casero. Pienso que nos va a pillar, que sería mejor agarrarse a algo en vez de correr.

jarramplas en bañador

viernes, 25 septiembre 2020. Alberto no consigue encontrar Radio Clásica en un ratio-casete muy antiguo. Le sintonizo todas las emisoras. Llaman a la puerta (es la casa de mis padres). Abro y veo a Luciano agachado. Quería darte una sorpresa y que no vieras a nadie por la mirilla, dice. Nos reímos. Hace mucho que no nos vemos, le doy un beso. Dame uno más grande, dice. Estamos los dos agachados y al darle el segundo cae de culo. Nos reímos. Me cuenta que ahora es vegetariano y se inyecta la carne. Supongo que quiere decir que se inyecta vitamina B. Le digo que yo como la mínima carne posible, pero que la vitamina B es necesaria. Aparece Pepe. Justo esta mañana estuve viendo las fotos de Cáceres y Londres (viajes que hicimos juntos). Entro a avisar a Alberto (está en la cama con los auriculares puestos). Cuando le digo que Luciano y Pepe están en el descansillo, se pone el bañador y una bolsa de papel cubriendo la cabeza. Si quieres asustarlos de verdad, ponte la cabeza de Jarramplas, le digo.

tiempo

martes, 22 septiembre 2020. Carmen mis la hora en una cajetilla de cigarros. Por cuántos quedan sabe la hora que es. Aunque no se los fume, cada vez que la abre, quedan menos.

tejados y tiza

lunes, 21 septiembre 2020. Grupo de poetas, parece. Azotea. Tabla que hace de mesa. Por hablar de algo, les digo a tres de ellas que tienen mucho en común: las tres han perdido a sus padres y hermanos. Una se enfada muchísimo y desaparece escaleras abajo. Me subo al tejado (los tejados están mal colocados, como si fuesen rocas) para darle una voz y que vuelva. Alguien me dice que Biguri ha convencido a Masip de que venga a leer. Me alegro un montón, pero para mis adentros pienso que Masip no leerá.
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Mi madre dice que se ha dejado algo en la casa de la vecina. Empujo la puerta y entramos. En la habitación del fondo hay una mesa de costura. Ayudo a mi madre a limpiar de tiza una cinturilla de pantalón que ha cosido. Ha quedado estupenda, dice muy contenta. Llaman a la puerta, veo a mi padre a través de la mirilla. Dice que mi madre ha desaparecido. Mi madre me hace señas para que no le diga que está conmigo.

viaje aplazado y libro muy feo

domingo, 20 septiembre 2020. Se supone que me iba a Madrid, pero mi abuela llama para decir que se va a Madrid a recoger a mi tía Encarna porque sospecha que está enferma. Mientras me habla, pienso que no debería ir sola. Le digo que mi madre irá con ella y yo me quedaré esos días con mi padre. No le digo que tendré que anular mi viaje.
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Enrique quiere que le les el último capítulo de un libro. El libro es muy feo, no tiene solapas, está impreso en papel satinado. Estamos sentados en unos escalones. Comienzo a leer en alto. Me río de lo malo que es el libro. Miro la portada. Es mío.

ojos verdes

sábado, 19 septiembre 2020. Mesa vacía y descompuesta de lo que parece una celebración. Solo quedamos Alberto, Javi y yo. Le digo a Javi que nunca me había fijado en que tenía los ojos verdes. Me mira muy fijo desde muy cerca. Nunca los he tenido verdes, dice.

flúor

miércoles, 16 septiembre 2020. Un tipo (se supone que es dentista, pero no lo parece) me dice que me cepille los dientes con polvos translúcidos Chanel. Le digo que no creo que funcione. Me insiste con un gesto. Me cepillo. De los dientes se desprende una telilla transparente que deja ver unas manchas amarillas. Vale, no ha funcionado, ahora tienes pecas en los dientes, dice. Prueba con la palabra Flúor. Me da un trozo de cartón de una caja de dentífrico donde pone Flúor. Intento deshacer el cartón en la boca. Paso, le digo. Voy al cuarto de baño. Hay alguien duchándose. Llamo. Es mi prima Elisa. Pasa, dice. ¿Dónde está el neceser de mi hermana? Ahí, dice pero no veo nada porque hay un vapor muy denso. Lo encuentro a tientas. Cojo su pasta de dientes blanqueante. Creo que esto lo arreglará todo, le digo.

quesitos

domingo, 13 septiembre 2020. Entro en la que era la cocina de mi abuela. Sobre la mesa hay una caja redonda de quesitos en porciones con un dibujo de unos niños comiendo queso. Pregunto si puedo comerme uno. Mi hermana dice que no, que son de su novio holandés. Mi abuela está sentada abanicándose. Me extraña que esté vestida de negro no parece ella. Este año nada de ir a Alhaurín, tenéis que venir a verme a Oslo. Mi madre y yo le decimos exagerando los gestos, para chincharla: ¡Nos encanta Alhaurín! De repente caminamos por la calle. De frente viene Scarlett Johansson con dos actores. Le han maquillado la cara de marrón oscuro. Mi abuela pregunta qué le pasa. En su próxima película hace un papel de gitana. A mi abuela le da un ataque de risa. Ya no saben que inventar, dice.

sudadera

sábado, 12 septiembre 2020. Estoy en lo que parece una librería. Pregunto a una chica si tiene algún libro de filosofía. Me da un caleidoscopio tamaño linterna por el que no se ve nada, solo unos rombos en blanco y negro. La tienda se convierte en un portal. Hay dos chicos. Uno se parece a Eduardo Laporte. Les cuento que durante el confinamiento estuve entrenando con él saques de tenis en el salón de la casa de mis padres y casi rompemos las lámparas. De repente me doy cuenta de la ropa que llevo: una sudadera gris que me llega hasta los pies. Salimos a la calle. Miramos hacia atrás. Elena Matamala va haciendo tonterías. Los chicos miran a Elena con condescendencia. Les digo que no se fíen de las apariencias, que cuando necesiten una abogada Elena es la mejor.

el episodio del taxista

martes, 8 septiembre 2020. Las calles del centro son como antes: no peatonales con las aceras estrechas. Las aceras están mojadas. Caminamos en fila. La señora que va delante mí intenta esquivar las baldosas sueltas para no salpicarse. Yo llevo las sandalias planas rojas y temo mojarme los pies. Llego a una parte de la ciudad que no conozco (y que suele salir en los sueños). Se ha hecho de noche de repente y las calles no están iluminadas. Un taxista me pregunta si me lleva. Avanzamos tan solo unos metros. La calle está cortada por obras. Le digo que no dé la vuelta, que en cinco minutos andando llegaré a casa. Son 200 pesetas, dice. Me extraña que hable de pesetas pero no le digo nada. También me extraña que en mi bolso, en vez de monedero, llevé una bolsa de plástico con cierre hermético con un billete de 500 pesetas. Se lo doy. Dice que no tiene cambio, que no me va a cobrar nada. ¿Esto es un taxi o una ONG?, pregunto. Se ríe. Dice que su novia está harta de que no cobre a los clientes, que en casa no tienen ni para comprar electrodomésticos. Mi único electrodoméstico es una paella para hacer el arroz, dice y nos reímos. Le cuento que lo primero que compré cuando iba a casarme fue una olla a presión. Me pregunta cómo funciona. Se lo explico, poniéndole de ejemplo cómo se hace un estofado. Dice que no le interesa un aparato así. Me hace gracia que le llame aparato. De repente estoy en una habitación decimonónica con muebles muy oscuros de tantas capas de barniz. Luciano está sentado en un sofá viendo una tele en blanco y negro. ¿Nos vamos?, esta habitación me da mal rollo, le digo. Luciano dice que quiere quedarse para ver cómo acaba el episodio del taxista. Miro la tele: somos el taxista y yo.

la prisa no es buena

viernes, 4 septiembre 2020. Alberto y yo vamos con prisa. Al dar vuelta a una esquina, se hace de noche de repente. Aparece una especie de presa. Alberto gira hacia la izquierda y cae al agua. Pienso (en el propio sueño) que no tengo de qué preocuparme porque como es un sueño me despertaré. No me despierto. Me asomo, a pesar de que el agua queda muy lejos del borde, se nota que es muy profunda. Dudo si lanzarme a por él o buscar ayuda. Como no debe de ver nada por la oscuridad, le digo que ande hacia su derecha, donde hay una plataforma de cemento, y que se quite la ropa para no enfriarse. Mientras, corro a por ayuda. Intento decirle a varias personas lo que ha pasado pero me salen otras palabras. Intento llamar por teléfono pero cada persona me dice un número diferente. Discuten entre ellos si es mejor el 112 o el 091. Finalmente decido tirarme yo al agua. Cuando lo hago, como si la superficie estuviera cubierta por una cama elástica, me rebota hacia arriba más de 100 metros. Desde esa altura veo a Alberto envuelto en una toalla naranja y pienso que está a salvo y, además, como es un sueño no puede pasarnos nada malo, así que me dispongo a disfrutar mi momento "vuelo". Eso lo pienso mientras voy subiendo, cuando empiezo a caer a toda velocidad, pienso que si no es un sueño voy a darme un buen golpe.

proteo

miércoles, 2 septiembre 2020. Se supone que hemos ido al cine, cada uno a una película, la mía ha terminado antes y me he vuelto a casa. Alberto me llama, dice que ya ha salido, se ha ido a la librería Proteo y ha hecho algo muy loco. Nos vemos en la puerta de Proteo, dice. Le digo que voy a acostar a los sobrinos (son pequeños en el sueño) y voy para allá. Mientras acuesto a Diego oigo ruidos. La casa está a oscuras. Al abrir la puerta del baño veo a mi suegra desnuda, afeitando el grifo del lavabo. Su piel parece de cuero (no me extraña porque murió hace tiempo; tampoco me extraña que esté allí). ¿Qué haces? Está todo muy sucio, responde sin mirarme. Le digo que no se preocupe, que ya lo limpiaré yo mañana y que se vuelva a la cama. ¿Por qué tendrías que limpiar tú mi casa?, dice muy ofendida. No le digo que ahora su casa es mi casa. En ese momento llega a mi sobrina Elena (es un bebé con pijama de ositos) y nos dice que dejemos de hacer ruido, que no puede dormir. Visto el panorama, intento llamar a Alberto para decirle que no podré ir a Proteo, pero no me su número.

arroz de saltamontes

miércoles, 26 agosto 2020. Entro con dos personas más en el ascensor de la casa de mis padres. Bajamos hasta el garaje. Un tipo abre desde fuera la puerta, nos encañona con una pistola y nos dice que salgamos. Están desguazando un coche. El cabecilla, se supone, dice que le dé mi teléfono. Te vas a a reír, le digo. Escondo el "normal" y le ofrezco un Alcatel de los antiguos. Desconfía. Le digo que es justo el que necesita porque no tiene GPS. Es el que usan los narcotraficantes, le digo poniendo cierto entusiasmo en mis palabras. Se pone tan contento que anuncia a sus compinches que va a casarse conmigo.
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Mis amigos están acampados en una playa. Para llegar debo bajar un pared completamente vertical de unos 15 metros. Me dejo caer. Voy cayendo en vertical muy lentamente. Al pisar la arena apenas se me hunden los pies unos centímetros. Entre donde estoy y la zona de baño debo atravesar una charca rodeada de gusanos de 20 centímetros. Intento cruzarla por los bordes sin aplastar ninguno. Cuando llego, mis amigos están recogiendo para marcharse.
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Mi familia está sentada en el suelo al rededor de una mesa muy baja, dispuestos a comer. Les voy sirviendo platos. Son platos exóticos, están avisados, pero no e han creído. Por ejemplo, la tarta que parece de fresas está hecha con coágulo de sangre. Y el arroz con saltamontes. Todo está muy bueno, dicen. Les repito que es comida exótica. Se ríen. Mi padre dice que está tan contento que va a volver a pintar.
+
Me hacen fotos para la revista Hola con un tenista porque han descubierto que somos medio hermanos.
+
Sigo a una chica disfrazada de árbol hasta los servicios de una especie de instituto con las paredes forradas de madera. Quiere saber de qué habla su novio con sus amigos, quiere saber si se drogan. Espera junto a la puerta. Yo espero a unos metros sólo por saber qué va a pasar. Después de un rato dice que los chicos se cubren entre ellos, no como las mujeres. Esto se lo cuenta a otra chica que le lava el pelo (está boca abajo, como si hiciera el pino sin manos). Salgo del edificio. Tres chicos llevan una lámpara que emite un círculo de luz plana. Intentan atacarme. Le grito a la cara ¡Noooooooooooo!, y empiezo a correr por las calles. No hay nadie. Me persiguen unos metros y me toman por loca. Llego a una zona de bares. Mis amigos están en una terraza a punto de comer. Les cuento que he descubierto que si gritas y corres como una loca te dejan en paz. No me hacen caso, hablan de un anuncio de leche condensada que, parece, les ha entusiasmado. La hija de uno de ellos lleva ropa de invierno y botas del mismo color que la piel: marrón. Les pregunto si se han dado cuenta de que la niña se ha torrado al sol. Ni caso.

jamones de verdad y pluma de mentira

martes, 25 agosto 2020. Gonper nos ha regalado un cerdo inflable azul enorme. El cerdo lleva una palabra (no la recuerdo) pintada en el culo. Gonper me ofrece un cuchillo. Temo que el cerdo explote pero, al clavárselo, saco con facilidad dos jamones (de verdad, no de plástico) enormes.
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Carmen y Enrique discuten (muy educadamente) por una pluma que ella le ha regalado a él. Él le reprocha que no tiene punta de oro. Ella le da una explicación. Él insiste en que no puede escribir sin punta y que además no es una pluma de tinta sino de aceite. Para demostrarlo, la pone sobre un trozo de tela y una mancha amarillenta comienza a expandirse.

turismo siniestro

lunes, 24 agosto 2020. Grupo desconocido. Llegamos a una especie de iglesia en construcción. Mientras el guía va comentando cada cosa que vemos, todos cogen una piedra de recuerdo y la esconden en la mochila. En una especie de balcón sin barandilla hay piedras de cristal ovaladas. Todos cogen una. Cuando llega mi turno el guía dice que está prohibido tocar nada. Miro al resto con asombro, se hacen los locos, el guía vio cómo las cogían. No digo nada. El suelo va retrocediendo hasta llegar donde estoy. Voy a caer, les digo. No dicen nada, no mueven un dedo por ayudarme. Comienzo a caer al vacío. No sé cómo consigo dar marcha atrás y vuelo a estar donde estaba. Sigamos con la visita, dice el guía como si nada.

carroña

viernes, 21 agosto 2020. Vemos una especie de pista de atletismo enorme por donde pasea la gente. Una chica me cuenta que pasean como si se tratara de una pista de hielo. Se ríe. Le digo que donde vivo la gente también pasea en un sólo sentido desde que hay virus. La chica se queja de que nunca digo la palabra Amiga. Le recuerdo que una vez le dije que ella era lo más parecido a una mejor amiga. Dice que esas palabras sólo son carroña. Pienso que no sabe lo que es la carroña. Me dice que bajemos. Lo dice y ya estamos en el centro de la pista de atletismo, quiere enseñarme dónde entrena. Una especie de cabina del tamaño de un ascensor donde guarda una pelota de Pilates, pesas y ropa de deporte. También veo en un estante dos edredones y algunos trastos. Mientras defiende jugar al fútbol sobre tierra batida, pienso en que tiene la casa tan ordenada porque usa la cabina como armario. Cuando termina de hablar me mira esperando una respuesta. Yo prefiero el fútbol sobre césped, le digo.

lino

lunes, 17 agosto 2020. Voy por la calle con un grupo de personas a las que no conozco. Llevo a una niña de la mano. Alguien me pregunta quién es. Le dijo que es hija de un poeta madrileño de quien no recuerdo el nombre. Como si sólo hubiera dos, respondo: de Juan marqués no, del otro. Comienza a llover y nos resguardamos bajo un árbol con hojas enormes. Aparece Francis muy joven y muy contento. Lleva un pantalón de lino de rayas y un blusón de bambula. Saluda a todos efusivamente. Después corre hacia mí. A quién quiero más y te saludo la última, dice.

masoquista

domingo, 9 agosto 2020. Llegamos a lo que parece una estación de tren abandonada, aunque sigue funcionando. Vamos con una chica y su hijo. La chica quiere usar los servicios pero no los encontramos. Por un ventanuco se ven unos servicios sucios y abandonados. Alberto y su hijo le dicen que no entre. Ella escarba un hueco de la pared para poder entrar. Si entra queda demostrado que es masoquista, dice Alberto y su hijo asiente.

platónicas

sábado, 8 agosto 2020. Se supone que he hecho un viaje exprés a Madrid para hablar con Aloma. Llego a su casa. Parece un caserón de la Habana vieja. Me dice que se alegra de que nos hayamos enamorado. Le digo que mi amor es sólo platónico. No entiendes nada, me grita. Se enfada muchísimo. Cojo mi bolsa de viaje y me voy en silencio. Ella me llama desde una ventana, no sé bien si me grita que me quede o que no vuelva más.

detergente

jueves, 6 agosto 2020. Llego a casa de mis padres con la compra. Dejo las bolsas en la cocina para no contaminar nada. Mi madre saca una botella de detergente, la rompe y la vuelca sobre las bolsas y el suelo. Se ríe. Pienso que ha perdido la cabeza. Se lo cuento a mi padre preocupada. Mi padre gira sentado sobre un taburete y se ríe como nunca lo he visto reír. Me enfado muchísimo, intento recoger mis cosas del que fue mi cuarto y largarme de allí, pero alguien las ha escondido por toda la casa. Tengo que ir abriendo puertas y cajones para dar con ellas.

una de zombies

miércoles, 5 agosto 2020. Me persiguen unos zombies que parecen muñecos enormes de Barrio Sésamo. Hay que fijarse bien en los ojos para saber quiénes son zombies y quiénes no. Los zombies tienen los ojos fijos y rojos. Una zombie se hace pasar por una mujer a la que persiguen. Me doy cuenta, pero la hago pasar a casa de todos modos. Una vez dentro intenta atacarme. Cojo un puñado de lápices para defenderme. La zombie dice que será mejor que le clave un bolígrafo. Tiene un agujero enorme en la frente por donde se cuelan los lápices. Ella insiste: O me clavas un boli en le pecho o nunca te librarás de mí. Lo hago. (Es la primera vez que mato a alguien en un sueño).

talón

martes, 4 agosto 2020. David Leo necesita una tirita. Se la doy. Escribe algo en ella y me la devuelve. Me la pongo en el talón. Llevo un poema en el talón y eso me hará más fuerte, pienso.

soñé contigo

no sé qué
pero sé que eras tú

me preguntabas algo

respondí algo
que te hizo reír dulcemente
y marcharte

volviste la cabeza dos veces


(jueves, 30 julio 2020)

próxima estación ángel exterminador

miércoles, 22 julio 2020. Llego (tarde) a la proyección de una película en un salón de actos enorme y a oscuras. Alguien me dice que sólo hay sitio en la primera fila, me acerco, pero no me dejan pasar. Les digo que formo parte del jurado. Nada. Salgo. Camino por una calle igual de oscuras que la sala. Podrían dar miedo (incluidas algunas personas que acechan en cada esquina, pero son ellas quienes parecen temerme y se apartan. Llego a una explanada en mitad del campo. Parece una estación de metro. Alguien dice que me dé prisa y suba a la plataforma porque el metro va a salir. Se supone que no hay vagón y, aunque la plataforma no se mueva , ya estamos viajando (aunque el paisaje tampoco cambie). Van sucediéndose personajes. Entre ellos Sr. Chinarro que, como en todos los sueños, intenta cuidar de mí. Dice que su amigo tiene un plano y podrá indicarme cuál mi parada. El amigo no tiene ni idea, da vueltas al plano (me recuerda a Woody Allen haciendo de las suyas). Finalmente dice que estamos muy lejos de donde quiero ir y que no hay línea que llegue hasta allí. Pues me voy andando, le digo. No puedes, llevas zuecos de claqué. Me miro los pies. Efectivamente llevo unos zuecos (que vi antes de ayer en Natura). Una chica se acerca, al parecer se ha enterado de que era jurado y me hace la pelota para que la película de su amiga gane. Incluso se ofrece a llevarme en su coche donde yo quiera si antes nos tomamos algo. ¿Después de beber me vas a llevar en tu coche? Están todos sentados alrededor de una mesa, bebe y se ríen. Empiezo a sospechar que eso no es un vagón ni estamos moviéndonos. Intento bajar pero hay algo, como en El Ángel exterminador, que no me lo permite.

abrazo

sábado, 4 julio 2020. Enrique y yo estamos en lo que parece un apartamento turístico. La puerta da directamente a la acera. Estoy recogiendo las cosas para marcharnos cuando, de pronto, empieza a entrar gente con mochilas y sacos de dormir. Se instalan. Les digo que tienen que marcharse porque tengo que entregar la llave antes de las doce, pero nadie se mueve. Enrique me abraza. Dice que no me preocupe por nada.

momia

martes, 23 junio 2020. Se supone que otra chica y yo volvemos a casa en bus después de ensayar una lectura. Uno de los organizadores me dice que le ha gustado más cómo lee la otra autora, que yo leo como una momia. Se me escapa una risotada que hace que el conductor pierda el control y el bus acabe en la playa.

papel de patata

sábado, 20 junio 2020. Parece una fiesta al aire libre, pero es una especie de reunión de escritores. Eduardo dice que tiene una gran noticia. Le digo que aproveche el escenario vacío y que el micrófono está encendido. Primero prefiero contártelo a ti para saber si merece las pena, dice. Me cuenta que el político que había prometido comerse un periódico si había mentido (y se lo comió en público), había encargado días antes que le fabricaran un periódico de papel de patata. ¡Tienes que contarlo, es un notición!, le digo. Y si puedes conseguir la receta, te lo agradecería, añado.

medio tomate cherry y pinzas moradas

jueves, 11 junio 2020. Parece un colegio. Las clases parecen peceras, con las paredes de cristal. En una de ellas han organizado un concurso de cómics. Los dibujos de los cinco finalistas están sobre la mesa. Alguien me pregunta cuál es el que más me gusta. Hoy me ha pasado algo rarísimo, lo más raro que me ha pasado en la vida, les digo. No quieren saber nada, sólo que diga cuál me gusta más. Me siento muy triste. Eso tan raro que me había pasado era que al apretarme el pecho había salido medio tomate cherry y no sabía si dentro quedaba el otro medio. No les cuento nada, sigo mirando los dibujos sin ganas.
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Vamos en una autocaravana. Mi padre va en el asiento del copiloto. Le pregunto si está bien, si le gusta esta manera de volver a ver mundo. Hace un gesto de sí pero no. Le digo que así podrá volver a ver un campo de amapolas. En vez de mirar el paisaje me dice que levante el cojín del asiento. Debajo hay un montón de pinzas de plástico. Sepáralas por colores, dice, y me das las moradas.

el inventor de partituras

lunes, 8 junio 2020. Me encuentro a Paco mientras camino por la calle. Hace más de veinte años que no nos vemos (en el sueño y en la vida real). Seguimos andando mientras nos ponemos al día. Al preguntarle si sabe algo de Josemiguel, aparece. Me doy cuenta de que los tres llevamos sombrero. Paco uno de vaquero, Josemiguel un gorro de ducha y yo una gorra de golfillo. Le digo a Josemiguel que, por su bien, no salga así a la calle. Hacemos un pacto: ninguno de los tres volveremos a llevar sombreros/gorros nunca más. Al quitarme la gorra aparece como en los anuncios una melena larga y rizada. Les cuento la última vez que nos vimos y él no me reconoció. Se sorprende de mi memoria. Mientras hablo, en paralelo, se suceden imágenes de cómo habría sido mi vida con él (por ejemplo: va de compras en patinete, cargado de bolsas, y no se baja ni para entrar en las tiendas). Mientras le hablo, pienso que de buena me he librado.
+
Cruzo la calle en patinete, no soy capaz de frenar y choco con un chico que estaba agachado haciéndole una foto a su mujer. Les pido disculpas y le agradezco que me haya frenado. Se lo toman bien, se ríen. Resulta que somos vecinos. Me preguntan si soy la amiga de Blanco. Dicen que nos conocimos en su cumpleaños. Vivimos en el tercero. Yo en el quinto. ¿Desde tu piso ves al inventor de partituras? Me cuentan que el inventor de partituras al principio molaba mucho, pero desde que le ha dado por la música dodecafónica vuelve locos a los vecinos y que, como las inventa en la terraza, le tiran nueces y cubitos de hielo a ver quién le da en la cabeza. A veces le tiran hasta patatas, dicen en voz baja. Quieren que conozca a sus hijos. Al entrar, los amigos de Blanco se han convertido en Irene Montero y Pablo Iglesias. La casa está muy desordenada. En vez de sofá hay una cama deshecha. La abuela de los niños juega con ellos. La alfombra está llena de juguetes. Me enseñan la terraza del inventor de partituras. Les digo que desde la mía se ven las piscinas, que suban cuando quieran. El niño mayor se pone muy contento y me abraza. Les digo que el mayor es igual a ella y el pequeño idéntico al él. Pablo se mete en la cama (vestido y calzado) a leer. Aparecen otros amigos. Voy a la cocina. Por la ventana veo el patio del inventor de partituras. Al ver que tiene una barra de bar de madera me cae bien. Pienso en si les sentará mal que me vaya sin despedirme.
+
Estoy en el vagón de un tren muy antiguo. Alguien se dejó la ventana abierta. Al intentar cerrarla se me vuela el periódico. Salgo a por él. Cuando intento volver a entrar, la puerta del tren (que es metálica y muy pesada) está demasiado alta. Me agarro como puedo con las yemas de los dedos, como si hiciese escalada. El tren silba, la puerta se cierra, me pilla los dedos. Me duele muchísimo pero no quiero soltarme porque mis cosas están dentro. El tren toma velocidad, pienso que si me concentro puedo viajar así (recolgada de dos dedos) hasta que lleguemos a la siguiente estación. Veo que nos acercamos a un túnel. No sé si conseguiré pegarme lo necesario para no chocar con la pared. Cierro los ojos. (Me despierto).

carcasa

sábado, 6 junio 2020. Salón de actos vacío. Todos acaban de marcharse. Paso la mano por la mesa, como si fuera a recoger migas de pan y arrastro un puñado de letras de papel metalizado. También hay un cuenco con pendrives y dos cámaras de fotos. Recuerdo que mi hermana olvidó la suya en algún sitio. Le llevo una. En casa, vemos que no era la suya. Esta contiene una película de una chica que cuenta su viaje a Italia. Vuelvo al salón de actos, pero se ha transformado en un restaurante. Todo está a oscuras, limpian el sueño con cubos y fregonas de los años 60. Le Explico que me llevé una cámara y era la otra. Me la cambian. La que me dan es una carcasa vacía. Al tomarla entre las manos se desvencija como si fuera un pelele.

contubernio

jueves, 4 junio 2020. Hemos quedado con Perkins en la puerta de la librería Teseo. Lo vemos desde lejos pero no podemos avanzar porque hay un atasco en la acera. Le hacemos señas con los brazos, no nos ve y se va. La calle se transforma en un autobús. Vamos de pie en el pasillo. Algunos protestan porque hay quien no lleva mascarilla. Se cambian de asiento para no estar a su lado. Al bajar, notamos que nos vigilan e intentamos huir. Llegamos a un barrio con edificios a los que les falta la pared frontal. Están amueblados, parecen casas de muñecas. Entramos en una que acaba en una calle sin salida con una pared que baja unos 20 metros. Le digo a Alberto que podemos descolgarnos uniendo sábanas, como los presos de dibujos animados. Dice que él se queda, que yo me esconda bajo la cama. Bajo la cama no hay suelo. Me escondo entre el colchón y el somier. Entra una pareja de nuestra edad. Hablan con nombres en clave. Veo cómo le enseñan a Alberto fotos de sus padres con círculos en la cabeza. En esta lo tuvieron a 17 centímetros, debería tener más cuidado, le dice. Veo cómo comienza a entrar y salir gente, parece que trabajan allí. Lo que parecía un armario de cocina contiene carpetas e informes. Entra Garzón y me saluda con naturalidad. No entiendo cómo conoce mi nombre. Me habéis descubierto, les digo. Sabíamos que estabas ahí todo el tiempo, pensamos que dormías, dicen.  Entra un chico, me suena haberlo visto haciendo de monaguillo en Semana Santa y me cubro con un edredón. Cuando se va les digo que es un espía. Lo sabemos, dicen y sonríen. Me preguntan de dónde viene mi nombre en clave. Les cuento que me lo puso un novio noruego de mi tía M, que es el nombre de una constelación. Mientras lo digo, recuerdo que no fue así. No, no, fue mi abuelo, les digo, pero el novio noruego existió de verdad. Habrás leído a Hamsun, dice uno. Claro. ¿Y tú has leído a Ingvar Ambjornsen? Se va cabizbajo. ¡Cuando lo leas te va a encantar!, le grito mientras se aleja.

desorden

martes, 2 junio 2020. En la mesa hay restos de lo que parece haber sido una comilona. Cuando voy a retirar los platos, mi padre dice que no toque nada, que aún falta por llegar mi tía E. Le digo que ha ido al hospital a cuidar a alguien y no creo que vuelva hasta el día siguiente. Ordeno la casa (que no se parece en nada a la de mis padres). Al abrir un armario, veo entre la ropa jamón york, costilla de cerdo y bacon. Pienso que alguien ha confundido el armario con el frigorífico y habrá que tirarlo todo.

revisión

lunes, 1 junio 2020. Estoy en lo que parece un cuartel. Tenía cita para que me hicieran la revisión de los ojos, pero hasta las 20h no puedo salir del barracón. Salgo. En la enfermería no hay nadie. Pasillos vacíos, papeles tirados por el suelo, como si todos hubieran huido de repente. Un chico asoma la cabeza desde detrás de un mostrador. Me explica que no hay nadie. Tenía revisión le digo. El chico sonríe, se encoge de hombros.

comanche

sábado, 30 mayo 2020. Daniel había tenido un hijo y había puesto un nombre que sonaba a comanche. Me lo contaba por teléfono, desde una cabina. Yo quería decirle que estaba muy triste y no sabía dónde ir, pero no me parecía bien estropearle su buena noticia.

yogur

jueves, 28 mayo 2020. Carmen tiene tres niñas en vez de dos. La más pequeña me tira del jersey, dice que quiere un yogur. Le digo que su madre está muy ocupada porque ahora es fotógrafa. Veo a Carmen al final de la calle, detrás de una barandilla haciendo fotos. Si hay yogur en la mochila te lo doy yo, le digo a la niña.

piedras con pelo

viernes, 22 mayo 2020. Parece un restaurante de lujo que, según van marchándose los invitados, va convirtiéndose en un chiringuito de playa. Alguien lo retransmite por megafonía: "Ahora salen los padres de los novios, ahora los padrinos, algunos invitados han bebido de más, podrán identificarlos fácilmente por...", etc. Algunos invitados llevan una tira de plumas blancas en la cabeza. Los que la llevan (tanto hombres como mujeres, parecen avergonzados). El chiringuito ha desaparecido por completo, queda la playa. Las damas de honor se quitan los vestidos y se lanzan al agua. Me llama la atención que llevaban debajo el bikini. Mientras todo esto sucedía Joan jugaba con las piedras de la orilla. Le pregunto si nos bañamos o el agua estará muy fría. En ese momento una ola llega hasta nosotros y moja a Joan hasta la cintura. Muy fría, dice. Le digo que a pesar de tener ya la piedra perfecta, me gustaría llevarme otra, pero no sé cuál. Joan me lanza una piedra gris con forma de romboide. Es preciosa, pero sigo buscando. Miro las piedras que tengo a mi alrededor y observo que a algunas les están creciendo pelos. Siento un asco infinito. No quiero decirle nada a Joan para no estropearle el día. Quiero marcharme de allí.

chispas

jueves, 21 mayo 2020. Parece que la fue la primera casa de mis padres. Mi padre sale de la cama muy enfadado. Dice que no ha podido dormir toda la noche por mi culpa, porque al hacer la cama dejé muy corto el embozo de la sábana. Lo dice a gritos y se vuelve a acostar. Al momento vuelve y enciende el calentador. Le digo que parece que bombona está vacía. Para demostrárselo la levanto con un dedo. Enfurece y llena un esto de mimbre de trozos de madera y le prende fuego. La madera suelta chispas, saltan hacia los muebles. Temo que provoquen un incendio. Me vuelvo a la cama y si se incendia la casa será culpa tuya, dice mi padre.

cuatro peras y un cuhillo

lunes, 18 mayo 2020. Se supone que acabamos de salir de una lectura de poemas y estamos decidiendo a qué bar vamos. Jorge me dice algo que no llego a entender, mientras un chico muy alto sale de su coche y se acerca a nosotros. Pienso que me ha advertido de que es Jota, pero estoy segura de que se ha equivocado porque no se parece a Jota. El chico se acerca a nosotros, saluda, me da dos besos. Le digo a Begoña que se acerque, que debemos decidir dónde vamos. Di ce que ella se va a su casa. Caigo en la cuenta de que estamos en A Coruña. Como si se tratara de una obra de teatro, les digo: Vamos a empezar desde el principio.
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Alberto, Iker, Joan y yo, estamos en una terraza de un bar. La mesa es muy pequeña y nuestros codos chocan cuando comemos. Nos reímos todo el tiempo de la situación. A la hora del postre, sólo hay un cuchillo y debemos esperar a que otro termine de usarlo. Además, el cuchillo no es de postre, es de mantequilla. Cuando por fin me toca, Joan dice: Cuatro peras y un cuchillo. Como si fuera la frase más graciosa del mundo, nos reímos todos a carcajadas.

círculo de teletransporte

sábado, 16 mayo 2020. He quedado con Elías a las 15.15h. Para no llegar tarde a ninguna cita he construido un círculo de teletransporte en el parque. He colocado piedras negras formando un círculo sobre un empedrado blanco, si camino de derecha a izquierda sobre ellas y rápidamente me coloco en el centro, me llevan al lugar al que quiero ir en ese mismo instante. Lo hago, pero no sucede nada. Repito la maniobra varias veces. No funciona. Veo a unos chicos trabajando. Le pregunto si han tocado las del círculo. Uno de ellos me dice que los contrataron para arreglar el empedrado y como estaba perfecto, para no quedarse sin trabajo, sacaron todas las piedras y las volvieron a recolocar. ¿La piedras del círculo son las mismas? No, están desperdigadas por el parque, dice. Pienso que ahora cada una de las piedra que formaba parte del círculo de ha convertido en miniteletransporte y que quizá por eso aparezcan hormigas en sitios insospechados. Me dirijo a la parada de bus y veo a mi madre en la cola. Me sorprende muchísimo que haya salido sola, pienso que quizá se haya perdido. La abrazo. Dice que lleva tres cuartos de hora y el bus no aparece. Miro el reloj, son las 15.45h. Seguro que Elías sigue esperándome, pero no puedo dejar sola a mi madre. Le pregunto dónde va. Dice que ha encontrado el álbum de fotos de mi abuela y que hay fotos de todas sus nietas menos mías. Que iba a casa de mi abuela a buscar mis fotos. Pienso que se ha olvidado de que la casa de mi abuela es ahora un bloque feo de pisos. Le digo que yo saqué mis fotos del álbum, que las tengo guardadas, que no se preocupe.

escoba de bruja y dos caballos

lunes, 11 mayo 2020. Estoy en una iglesia, hay mucho trasiego, parece que va a empezar la misa. Veo cómo una chica mira a su alrededor para salir de allí. La sigo. Llegamos al servicio, pero está ocupado. Otra chica se cuela, abre la puerta antes de que nos de tiempo a decirle que hay un tipo dentro. La chica sale avergonzada, pidiendo perdón. Pienso que no me gusta que el servicio sea unisex. Cuando me toca entrar, el servicio es una habitación enorme, mal encalada y vacía. El inodoro está al fondo, en un rincón, inestable sobre dos ladrillos. El aro de la tapa está roto y sucio. No sé cómo hacerlo para no rozar nada. Me mojo los pantalones. Pienso que no puedo volver a la iglesia. Me estiro la camiseta para que nadie vea que me he mojado. Al salir hay un parque de tierra. Un chico barre las hojas de los plátanos con una escoba de bruja de dibujos animados. Intenta ligar conmigo. Le quito la escoba y lo amenazo con el palo.
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Estoy en la pista de un circo. Hay cierto revuelo: buscan a un niño que, dicen, ha colocado varias cargas de dinamita. El niño está escondido detrás de un poste de rayas azules y blancas en espiral. Tiene cara de susto. Voy a sacarte de aquí, le digo. Le pongo un disfraz de soldado (parece el soldadito de plomo del cuento) y me lo llevo de la mano, simulando tranquilidad. Llegamos a un dos caballos celeste que hay aparcado. Antonio Cantos nos espera en el asiento del conductor. Llega Antonio Montes y mi abuela (que va vestida igual que la madre de Isabel II de Inglaterra). Cada uno trae a un niño de la mano. Pienso que también los han rescatado de alguna fechoría. No podemos ir tantos, le digo a Cantos. Mi abuela parece un dibujo animado, da un salto y se deja hundir en mitad del asiento de atrás. Parecen muy contentos. Cantos se cambia al asiento del copiloto. Le digo que no pienso conducir. Dice que entre de una vez, que tiene reserva en un restaurante para celebrar mi cumpleaños.

una sartén muy pesada

domingo, 10 mayo 2020. Estoy en un supermercado y alguien me dice que mi carrito está ya en la caja. Me pongo en la cola. Soy la única sin carrito. Los demás los llevan exageradamente llenos. Cuando llega mi turno hay dos carritos junto a la cajera. Están cubiertos por una tela blanca. Por el volumen, sé que ninguno es el mío. Su carrito está en el almacén, me dice. Para no salir con las manos vacías, ni haber hecho la cola en balde, compro unas carrilleras de cerdo y una sartén que pesa muchísimo. Camino del almacén, pienso que no podré con todo y que sería mejor dejar la bolsa en casa. Además, no sé cómo, en la bolsa también hay cuatro botellas de vino. Llego a la casa de mi abuela, mi madre sale, le pregunto si quiere acompañarme a recoger la compra al almacén del súper. Mi madre se convierte en Alberto y dice que salía en ese momento a comprar un metro. En casa hay dos, le digo. Pero los has cambiado de sitio y no doy con ellos. Si me ayudas a traer la compra, te digo dónde están.

autoconfinamiento

miércoles, 6 mayo 2020. Hay una fiesta popular en la playa para celebrar que acabó el confinamiento. Todo el pueblo va disfrazado y están subidos de cuatro en cuatro en unas plataformas de madera muy inestables. Cada uno dice una frase, todos se ríen, aplauden y le dan la palabra a otro grupo. Uno de ellos se burla de otro grupo, hacen intento de bajar de las plataformas para pelear, pero justo en ese momento alguien grita ¡La ola! y todos corren hacia el mar. Yo voy a con Alberto y dos niñas. No sabemos qué hacer con nuestras cosas y las escondo debajo de una silla de playa. Una vez en el mar todos cantan y bailan felices. Una de las niñas llora, dice que borró sin querer todas mis cintas de casete. Me da igual, le digo (aunque no me da igual). Vuelvo al hotel donde se supone que estamos alojados. La puerta no se cierra, mi móvil está roto. Estoy hasta las narices de todo. Hago la maleta para largarme. Llegan los de la habitación de al lado. Como la puerta está abierta de par en par, oigo y veo que una se burla poniendo los ojos en blanco: Claro, a ella le han dado la suite. La llamo para que vea mi habitación. Es igual que la tuya pero tiene tres camas. La chica, que se parece mucho a Lidia Lozano, se vuelva a su cuarto avergonzada. Cuando por fin llego a la calle hay otra fiesta. Todo el pueblo va disfrazado de una mezcla de Alaska y Frida Kahlo. Espero a que pase un desfile mientras pienso que no vuelvo a salir de casa nunca más.

animales hidratados

martes, 5 mayo 2020. Estamos en un bar. Sobre la mesa de al lado hay una fuente con lo que parecen muñecos de plástico. Al fijarme veo que son dos animales de verdad, solo tienen huesos y piel. Uno parece una nutria. Les pongo agua y patatas fritas de sobre (lo único que tengo). Se hidratan como esponjas y empiezan a tomar su forma original. De repente se transforman en dos dinosaurios, uno amarillo y otro celeste. Ahora sí que parecen de plástico, pienso. Unos niños se acercan, los cogen, les digo que son de verdad y pueden morderles. Se ríen de mí, se los llevan. Les echo agua y maldiciones.

gestos en inglés

lunes, 4 mayo 2020. He inventado unos zapatos para bebé. Llevan una pulsera de bolas cuadradas de goma muy suave al tobillo. Le pregunto a una bebé si son cómodas, si le hacen daño. El bebé y yo mantenemos una charla con gestos. Alguien me pregunta cómo puedo comunicarme con ella. Es que son gestos en inglés, le digo.

montacargas, vagón cafetería y calcetín perdido

domingo, 3 mayo 2020. Creo que voy por los pasillos (estrechos y oscuros) de un hospital. Quiero salir cuanto antes. Entro en una especie de montacargas donde los pulsadores son unas pestañas metálicas con letras que no me dicen nada. Le doy a una de ellas y aparezco en una tienda de telas (donde ya he estado en otros sueños). Ni siquiera me bajo. Pulso otra pestaña y veo que se ha colado un chico. No digas nada, me dice. Ahora las paredes son transparentes y todo el mundo puede vernos. Golpean la puerta para que abramos. El chico se acerca a mí para que lo proteja. El montacargas se pone en posición horizontal y caemos a un extremo. Desde el otro nos fumigan con un gas que nos adormece. (Me despierto tosiendo).
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Estoy en lo que parece el vagón cafetería de un tren. Mi hermana es una niña de cuatro años y está sobre un taburete. Yo hablo con Oeste de horario tan apretado que nos espera cuando lleguemos. Mi hermana comienza a desinflarse como si fuera un globo, hasta que queda arrugada en el suelo. Aguanta, le digo, sigue respirando que ya mismo llegamos.
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He ido a casa de oeste a cuidar de sus hijos (en el sueño tiene hijo e hija, no dos hijas como en la realidad). También tiene un perro enorme que se nos echa encima cada vez que intentamos ordenar la casa. La casa es una especie de cabaña enorme de madera donde todo gira alrededor de la cocina. Los niños quieren jugar a disfrazarse y van sacando un montón de ropa que tengo que ir recogiendo y doblando para cuando llegue su madre esté todo en orden. En el centro de la cocina hay una cama elástica que lo hace todo más difícil. Oeste y yo nos sentamos a descansar un momento, agotados, sobre un montón de ropa con forma de sofá. Me doy cuenta de que he perdido un calcetín. ¡Hay que encontrarlo antes de la media noche!, le digo, y volvemos al trabajo.

minibús a ninguna parte

sábado, 2 mayo 2020. Llego al antiguo edificio de telefónica en el lateral de la catedral donde antes se cogía el autobús. Los asientos están oxidados. Después de un buen rato sin llegar a movernos, el conductor dice que hemos llegado. Todos salen dócilmente. Los sigo. Montan en una furgoneta blanca que me recuerda al minibús del colegio. Una monja en el asiento del conductor nos dice que paguemos con tarjeta y que dejemos sitio en el centro porque tiene que recoger a un niño que vendrá con su cama y a todo sexto curso. Los asientos están puestos alrededor, con los respaldos pegados a las ventanillas. Me siento y espero más por curiosidad que porque crea que me llevará a algún sitio.
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Entro en el cuarto de baño de la casa de mis padres y veo que el nivel del agua del váter comienza a subir. Llamo a mi hermana para que me traiga una fregona. El agua, tal como de desborda, desaparece. El váter se convierte en una fuente cuadrada en mitad del un patio de una iglesia. Sigo limpiándola. Por donde paso la fregona, el mármol negro se transforma en blanco resplandeciente. Unos tipos me miran trabajar, dicen que le pase la fregona también a las columnas. Las columnas son unas torres de madera que adornan un retablo que la fuente tiene a modo de cabecero. Una de las torres se desprende, hago malabares con la fregona para que no caiga al suelo y se rompa. ¿Habéis visto lo que he hecho?, les digo satisfecha. Pero ellos ya están a otra cosa, fumando en un rincón del patio, sin hacerme caso. Cuando vuelvo a mirar la fuente se ha convertido en una cama.

lógica de plástico

viernes, 1 mayo 2020. Mi tía Encarna (tiene 89 años) conduce muy rápido hacia el aeropuerto. Quiero preguntarle cuándo se ha sacado el carnet, pero no le digo nada para no distraerla. Cuando por fin llegamos, el aeropuerto es la piscina de un hotel. Pienso que no nos dejarán entrar. Déjame a mí, dice mi tía, y saca del bolsillo unos muñecos de plástico con juguetes diminutos de playa (cubo, palas, cernidores). Venimos con niños, dice muy segura, y nos dejan pasar. Los muñecos, al ver la piscina (que está acordonada con cinta blanca y roja), cobran vida y escapan al agua. Temo que se ahoguen. No entres en su lógica, dice mi tía tumbada felizmente en una hamaca, ¿no ves que son de plástico?
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Bajamos directamente de un avión al un hall muy parecido al del Museo del Louvre. Me pongo en una cola (no sé para qué es) mientras Alberto baja con una maleta muy pesada. Veo desde lejos que se la deja a una chica con dos niños, y desaparece. Veo cómo la chica, cansada de esperar, se va con la maleta. Cuando vuelve le regaño. ¡Cómo se te ocurre dejar mi maleta a una desconocida! No te preocupes, será muy fácil dar con ella. Caminamos por calles muy anchas completamente vacías. No la vamos a encontrar porque no recuerdo su cara, dice Alberto. De repente, una chica sale de un portal con sus dos niños. Lleva el mismo vestido que la chica del museo-aeropuerto. ¡Es ella!, digo. Nos acercamos despacio como si no quisiéramos asustarla. La chica no sabe de qué maleta le hablamos.
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Se supone que mi padre y yo acabamos de ver una película, y la canción de los títulos de créditos era Hear Somebody Whistle. Empezamos a ver otra, que comienza con el mismo tema. Mi padre y yo nos miramos. Están abusando demasiado ya de este temita, decimos a la vez. (Creo que es la primera vez que oigo claramente música en un sueño.)

curva amarilla

miércoles, 29 abril 2020. Dibujo un sistema de coordenadas en una pizarra tipo velleda. Después trazo una curva amarilla ascendente hasta el número 100. La miró satisfecha. Se supone que es la curva de la vida de Pablo y todos los años que le quedan por vivir.

pelo de regaliz

martes, 28 abril 2020. Entro en el cuarto de baño de la casa de mis padres. Veo en el espejo que tengo el pelo muy largo, pero en realidad no es pelo, parecen cables negros del grosor de un dedo, o regaliz blando.

síndrome del batallón

domingo 26 abril 2020. Hay varios bares y en todos hay poetas muy jóvenes a punto de comenzar una lectura. La calle es estrecha y desde un bar se puede ver y oír a los poetas de enfrente. Comienzan a leer, me aburro, veo a Elena entrar al bar de enfrente con un chico muy joven. Cruzo para saludarla. Le dice al chico que subamos a su casa. El chico vive en el último piso del edificio donde yo vivía hace diez años, pero la distribución de las habitaciones es diferente. Elena manda al chico a su cuarto, lo trata como si fuera su madre, pienso. No recuerdo de qué hablamos. Alguien hace señas desde la calle para que le abra el portal. Recuerdo que quedé en ir a comer a casa de mis padres. Me despido de Elena, el chico sale de su cuarto, le doy dos besos. Me llamo Isabel encantada de conocerte. El chico no comprende. No nos habían presentado, le digo. En el portal hay un batallón con uniformes de gala. Me abro paso, corro para llegar a tiempo a casa de mis padres. Mi madre abre la puerta malhumorada. Me han dicho que prefieres pasar el tiempo con soldados que con nosotros. Si es así tienes un problema muy grande, me he informado y se llama "Síndrome del batallón", deberías ir al psicólogo, me dice en el descansillo, sin dejarme siquiera entrar en casa.

fogonazos

sábado, 25 abril 2020. Camino con mi sobrino Darío. Es tan alto como yo. Me cuenta que su padre le pega. No le digo nada porque pienso que se solucionará cuando tenga la altura de su padre.
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Estoy con Iker y Joan en un hotel. Cada uno se su habitación, deshaciendo las maletas. Hablamos a través de la pared, como si en realidad no quisiéramos vernos.

peña el gato

jueves, 23 mayo 2020. Tengo que hacer la maleta y no encuentro mi ropa porque alguien la ha desordenado (como es habitual en mis sueños). Se supone que llegué con una maleta pequeña y ahora me falta espacio. Decido no llevarme nada. Espero al autobús en una especie de cueva/bar. Unos chicos preguntan por mi camiseta (amarilla con la cabeza de un burro, donde debajo pone "Peña el gato, San Marcos 2004"). Les cuento que inventamos una peña para ir a las fiestas de San Marcos. Les hace tanta gracia que no quieren que me vaya, quieren que un amigo la vea. Llaman a la puerta de una cueva más pequeña que hay en la propia cueva porque su amigo está dentro, durmiendo. Mientras, les explico que la blusa que llevo sobre la camiseta era de mi abuela y que tuve que hacerle unos ojales de más para poder ponérmela. Les explico cómo se hacen los ojales. Me escuchan extasiados.
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Sala de ordenadores. Llevo una vía en el brazo. Van a instalarme un programa para morir sin dolor, desapareciendo como si me esfumara en el aire. Unas chicas tratan de impedirlo a toda costa. Veo cómo se esconden bajo la mesa para cazarme. Cojo un armario para protegerme y camino hacia el ascensor. Al llegar a la calle es carnaval. Hay puestos vendiendo disfraces. Cojo del suelo un trozo grande de plástico blanco y me cubro con él como si fuera un fantasma. Una chica que lleva una cámara me dice que necesitaré algo más para mi disfraz (no sabe que sólo estoy escondiéndome). Le pregunto si puedo acompañarla a hacer fotos. Claro, serás mi iluminadora personal, responde.
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Mi madre cuenta que su médico era muy malo. No entiendo nada. Siempre dijo que no había tenido un médico mejor. No le digo nada, estoy distraída. Mientras oigo su voz de fondo no puedo apartar la vista de uno de esos artilugios que ponen en los bancos para que nos roben los bolígrafos que hay tirado en la acera, entre hojas secas.

sèvres

martes, 21 abril 2020. Manuel le hace fotos a una chica sobre una tarima forrada de tela color burdeos. La chica va contando cosas, dice que es su novia, pone poses provocativas. Le pregunto a Sonia si a ella también le hizo fotos en la tarima. Sí, pero yo no hice el tonto, responde. Nos miramos como diciendo: Qué pena. Después, la chica reparte regalos. A mí me da una libreta (en realidad es un tomo Dumbo de los 70 encuadernado en gusanillo). Es la tercera libreta que me regalan hoy, le digo contentísima. Mi hermana le sirve a Manuel un café en una taza antigua de mi madre que. Al levantarla se rompe en varios pedazos. ¿La has metido en el microondas? No dice nada. Le cuento a Manuel cuando un amigo rompió unas tazas de mi suegra y esta le dijo con ironía: No te preocupes, sólo eran de Sèvres.
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Llego a casa de mi prima Elisa y los niños me llevan de la mano hasta el patio (se ha convertido en un enorme descampado). Hay un tobogán, cunitas y dos columpios. Las cunitas arrastran y no se pueden usar, los columpios están mojados. Hay charcos de barro por todas partes. Les digo que sería mejor jugar dentro de casa. Mi sobrina Nadia escapa y cae por un agujero que hay en la acera. Le pregunto a gritos si está bien. Aguanta, ya bajo a por ti, le digo. Veo que de un salto se encarama a unas flores enormes de plástico que hay en el agujero y se queda dormida.
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Estoy cosiendo. Oeste llega con sus hijas y bailan. A cada movimiento su ropa se agranda hasta tal punto que el cuello de la camiseta le atrapa los brazos. Le ayudo a ponérsela en su sitio. Me cuesta mucho trabajo porque no deja de bailar.