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paradas

lunes, 6 julio 2026. Salgo de un edifico con paredes de cristal. En una de las salas veo a Vicente dando una clase. Me saluda desde lejos. Salgo a toda prisa porque pierdo el autobús. Las paradas están llenas de gente esperando. Por las aceras no se puede avanzar. En ninguna parada aparece el número del bus que debo coger.


bañera

domingo, 23 julio 2023. Parece la antigua casa de la abuela de Odila. Bajo la escalera veo a Chivite. Lleva el pelo largo (me extraña porque me dijo que su madre se lo había cortado.) Está sentado en un taburete y lleva la cartera en bandolera, como si fuera a marcharse de repente. Buenos días, caballero, ¿me esperaba?, le digo en tono de broma. No dice nada, solo gira el asiento de vez en cuando. A su lado hay una estantería que, en vez de libros, tiene distintos tipos de pasta. El paquete de las espirales de colores está roto. Intento cerrarlo, pero cuanto más lo intento más caen al suelo. No sé qué hacer. Meto algunos en mi mochila, en los bolsillos, amontono otros sobre la mesa. Nada, como en un programa de humor, cuanto más intento ordenar más y más espirales caen de la nada.
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Estoy en casa de mis padres. Encuentro una nota de mi hermana que dice que volverá después de comer con una amiga. Miro la hora, la una y media. Voy al dormitorio y les digo a mis padres que es hora de levantarse, que se les va a juntar el desayuno con la comida. En ese momento aparece mi hermana con su amiga. Me echa en cara que mis padres sigan durmiendo y dice que vaya a comprar. De repente estoy en la calle con mi prima Elisa. Llevamos bolsas del supermercado. Unos pasos por delante vemos a mi hermana con una botella de agua de cinco litros en una mano y un bolso que parece pesar también cinco kilos en la otra. Vemos cómo deja el bolso en la acera y sigue andando. Lo recogemos. Al llegar al portal aparece mi tía Encarna muy joven paseando dos perros. Mira, mi Vicentito, dice. Veo a Vicente cruzar el portal. aparece Cristina. Me abraza, me pregunta si tengo tiempo. Tengo de todo menos tiempo, le digo. Pienso que mi padre se pondrá de mal humor cuando vea a los perros.
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Estoy en una clase con un montón de niños de unos diez años. La profesora me entretiene dibujando en un papel una cuadrícula con los nombres de los alumnos y un calificativo debajo. Se demora tanto que los niños empiezan a marcharse. Otros dibujan a lo suyo. Pienso que tendría que estar hablándoles de libros y poesía. Suena un móvil y la profesora me mira con mala cara. El mío no es, digo. Lo saco del bolso y se lo enseño (está partido por la mitad). Mi madre está en primera fila, y noto que se aburre. Cuando volvamos a casa tendré que comprar un móvil nuevo, le digo. Noto que no se encuentra bien, tiene arcadas. Le pongo delante una papelera para que vomite, pero es de rejilla. La dejo delante de una bañera que hay a un lado de la clase y me alejo unos segundos a por una toalla mojada para ponérsela en la frente. Al volver, la bañera está llena de agua y mi madre tiene la cabeza dentro. Se la saco. Pienso que se pondrá de mal humor al ver que el peinado se le ha deshecho. Le digo que escupa, que respire. Nada. De repente estamos en la calle. Pido ayuda. Nada. Le hago el boca a boca. Le digo que respire (primero a gritos, después se lo pido por favor muy flojito muchas veces).

hamaca

viernes, 30 enero 2020. Llego a una sala enorme con muchos pupitres vacíos. Imagino que es el cambio de clase. Veo a Eduardo al fondo, muy serio, metido en sus papeles. Mientras avanzo hacia él van saliéndome al paso amigos (también desconocidos) que me entretienen con tonterías. Cuando estoy a tan solo un metro, su madre (está tumbada en una hamaca) me echa los brazos para saludarme. ¿Cómo te llamabas?, me dice. Me abraza, me da las gracias por cuidar de su hijo. Él sigue con sus papeles como si no nos viera, como si no estuviéramos allí. Llega un profesor. Vicente salta de su asiento y dice que me esconda (abre una puerta). Es una habitación larga forrada de madera (paredes, suelo, techo) con letrinas japonesas. Desde las ventanas se ve un bosque. Me quedo allí, esperando a que termine la clase. 

traje mostaza

lunes, 12 junio 2017. Intento hacerle unas fotos a Ferran, pero está a contraluz. Alberto dice que es hora de irse. Ha quedado en acompañar a dos chicas. Ferran dice que por el camino tenemos que comprar tabaco o volver al bar donde lo ha olvidado. Si tú no fumas, le digo. Las chicas llegan en un descapotable que parece de juguete. Llevan caso, pero debajo de la piel. Se les ve unas cabezas enormes. Las llevan rapadas con unas guedejas teñidas de rosa. Dan un poco de asco y pena. Alberto dice que mejor me vaya con ellas. El coche tiene en el salpicadero un GPS tamaño tele grande, pero aparecen pocas calles y sin nombre. Una de las chicas dice que tiene que parar a comprar tabaco. Fumo "Lion", dice muy contenta. Qué casualidad, el mismo que quería comprar Ferran, pienso. Se supone que Alberto debía guiarlas, pero somos nosotras las que vamos delante.
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Voy en bus. David Leo pasa lista por si ya estamos todos, aunque en realidad estamos llegando a una estación. Bajo cargada de ropa de invierno y varias maletas. Me despido de David Leo. Ya te llamaré, aunque no sé si tengo tu teléfono, le digo. Busco a Daniel en la estación. Lo veo acercarse desde el fondo. Lleva un traje mostaza, le queda grande. Lo abrazo, me alegro muchísimo de verlo. Estamos en su casa y, mientras trajina, le leo una carta de Vicente. Daniel no para de hacer cosas en la cocina. Se ha puesto una toalla sobre la cabeza que también le cubre la cara. Prepara una especie de puré blanco en una especie de termomix. No me hace ningún caso. No estoy segura de si la toalla en la cabeza es para que no caigan pelos en la comida o para no verme.

recién nacido

miércoles, 25 mayo 2016. Estoy ante una mesa de camping. Dos mesas más allá distingo a Vicente. Le enseña a un tipo que está a su lado unas fotos de su bebé. Cuando el tipo se vuelve, veo que es Jesús Gea, al que no veo desde hace más de treinta años. Me pregunto de qué se conocerán. Podría saludar desde lejos, pero prefiero que me reconozca él.

el fumigador y los bombones

miércoles, 1 agosto 2012. Vicente tiene una prueba de teatro. Va vestido de fumigador. Espera su turno en la que fue mi clase de 8ºEGB. Le digo que no se preocupe que lo hará de maravilla. Él pasea de un lado a otro por la clase vacía. En una especie de entreplanta hay varias cajas de bombones. Pienso si comiendo algunos se le pasarán los nervios. Trepo como puedo y alcanzo una caja. Cuando bajo, Vicente ya no está.

coche de choque y marcapáginas

domingo, 20 marzo 2011. Daniel mira una foto en la que aparece Vicente con sus dos hermanos. Noto que se va enfureciendo. Al cabo de unos segundos grita: ¡Por qué no se acercan!, ¿es que les da miedo rozarse?, ¡Que se acerquen, joder!, ¡que se acerquen!, ¿es que nos se quieren? Le digo que es un exagerado, que sólo es una foto y que además no conoce a Vicente de nada. Vicente quiere mucho a sus hermanos, ni digas ni una palabra sobre él, le digo y me alejo.
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Alberto deja el coche en el parking de Económicas y dice que lo espere. De repente el coche se pone en marcha solo, me paso al asiento del conductor, pero los pedales no funcionan, sólo puedo girar el volante para no golpearme con otros coches. De repente el volante deja de girar y el coche avanza rapidísimo marcha atrás. Choco con unos contenedores. Una señora me da las gracias, piensa que he chocado a propósito para no atropellarla. Pienso que quizá Alberto me está gastando una broma y teledirige el coche. Alberto llega en ese momento y le explico lo ocurrido. Alberto está tan agobiado con lo que ha ocurrido, que no le digo que va en pijama.
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Mi prima Elisa y yo estamos escondidas detrás de la puerta abatible de lo que parece un restaurante lujo. Las dos llevamos vestidos de fiesta. Me siento muy insegura porque mi vestido deja un hombro fuera y no me gustan nada las asimetrías. Elisa dice que le daremos un susto a la primera persona que entre. Por la rendija veo llegar a mi madre. Intento decirle a mi prima que no la asuste, pero la voz no me sale. Elisa levanta los brazos y lanza un rugido de ogro. ¡Nooooooo!, grito, todo lo fuerte que soy capaz, pero mi grito no se oye.
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Noto que el bolso me pesa, lo abro y veo que dentro alguien ha metido varias latas de alubias y lentejas. Pienso si se habrán arrugado los marcapáginas que me regaló Nuria. Efectivamente. En el sobre hay marcapáginas que no recordaba, varios más pequeños con poemas de Gallero y de Karmelo. Este es el poema que te dije, el mejor de los que he escrito, dice una nota. El poema dice algo así como que la primera vez que la vio no intercambiaron palabra alguna, y que al subir a su casa y poner un disco, decidió que le llamaría como la canción. Al leer el poema veo una habitación con libros y elepés por todas partes, parece un piso de estudiante de los años 70. Pienso que la canción es "Misty". Pienso que le enviaré a Chivite el único marcapáginas que no se ha arrugado.

demasiados muertos

domingo, 6 marzo 2011. Mi madre dice que ha llegado un paquete para mí. Ya sé lo que es, le digo con pena. Hay fotos plastificadas y un carnet. Mi madre me mira muy seria. No deberías meterte en esas cosas, me dice. En el sueño consta que pertenezco a una asociación clandestina de suicidas. Cada suicida elige al siguiente y el siguiente deberá ser el que reciba el paquete. Miro la foto del tipo, se parece a Cat Stevens. El carnet lleva una cadenita a modo de llavero. Sé que debo colgarla del bolso o de dónde sea, pero siempre llevarla a la vista para que los demás suicidas clandestinos vivan tranquilos, sepan que es a mí a quien le toca morir.
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Preparo lentejas en una cocina estrecha. Toda la encimera es una vitrocerámica, temo que llegue mi hermana, no se dé cuenta y se queme. Cocino intranquila. Mi madre se asoma, coge un puñado de clavos y los echa a la olla. No le digo nada, pero cuando se va los saco y los escondo. La oigo hablar desde la otra habitación, dice algo sobre un programa de la tele en el que resucitan a los muertos en directo. Me asomo y veo una especie de cuerpo momificado color tierra sentado en una silla. Los presentadores hablan a cámara como si nada. Pienso que el muerto tiene el mismo color que las lentejas que estoy preparando. Siento un asco inmenso.
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Vicente Ortiz me dice que han abierto un local clandestino para que cada cual haga lo que mejor sepa. Sabré llegar porque han colocado señales en algunas aceras. Las señales son círculos divididos en cuartos. Depende del color de los cuartos y del dibujo que formen, entiendo. Veo círculos en verde por las aceras. Se parecen a los test de inteligencia que nos hacían en el colegio. Sólo si adivinas cómo es la siguiente figura encontrarás el local. El local es blanco. Lo mismo hay un tipo pintando en una pared que una chica muy joven amamantando a su bebé. Las habitaciones están separadas por paneles de vinilo transparente. Veo a Vicente en una sala con un cesto de pinzas de tender. Lo has encontrado a la primera, me dice muy sonriente. Esto se parece demasiado a estar muerto, le digo.

naipes

viernes, 28 mayo 2010. El poeta Vicente Ortiz da una lectura sobre un ring de barro. Según va leyendo lanza los poemas al suelo, pero en vez de caer folios caen naipes. Me entretengo en contar cuántos caen hacia arriba y cuántos hacia abajo.
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Parece que vamos a la playa porque acarreamos una sombrilla y un cesto, pero en el cesto hay una manta. Una chica tira a su bebé al agua como si fuera una red de bajura. Dice que es la única manera de que un niño aprenda a nadar. Yo no digo nada, pero la imagen del niño bajo el agua se acerca a mí a toda velocidad. Alguien nos dices que podemos dejar la manta dentro. Dentro es una cabaña de madera que huele a salitre. En la cabaña de al lado un matrimonio discute. Alberto se tumba sobre la manta y se queda dormido de inmediato. No hay puerta, así que veo y oigo gritar al matrimonio toda la noche.

uñas

sábado, 16 agosto 2008. Alberto y yo estamos en una fiesta con varias supermodelos. Me fijo en las uñas de sus pies, larguísimas y pintadas en tonos nacarados. Una de ellas me dice que el peinado que llevo no me favorece. Es la hora, dice Alberto, y entramos en una clase donde el profesor es Vicente Ortiz. Lo saludamos y pasamos al servicio. Allí nos cepillamos los dientes, mientras yo meto los pies en un cubo de agua con hielo.
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Salvador dice que irá al fútbol con sus dos hijos, cuando en realidad tiene uno. Alberto me hace una seña para que no diga nada. Me enfado muchísimo porque irá con la entrada de Alberto.