caos familiar

domingo, 23 julio 2017. Una familia de gatos entra por la barandilla de la terraza. Temo que caigan. Intento no moverme para no asustarlos. Cuando me ven me atacan. Después se acoplan en el suelo, sobre una toalla. Pienso en cómo podremos deshacernos de siete gatos. Mientras, mi familia ha llegado. Se supone que tendría que estar todo listo, pero la casa (que no es la mía) está desordenada. Intento vestirme, pero en cada habitación hay alguien haciendo algo. Mi padre me va siguiendo haciendo preguntas absurdas, como, ¿cuántos colores tienen los bolígrafos de cuatro colores? Mi hermana está encerrada en el baño recortando revistas, mis primas se prueban zapatos, mi madre quiere saber si pone o no la mesa. Una de mis tías dice que debo ir al médico porque tengo mal el empeine. Lo dice y me clava un tenedor en el empeine derecho. Mi padre se tumba en un sofá rígido, dice que va a desfallecer de hambre, pero no piensa comer hasta que los maridos de mis primas lleguen porque no se fía de la comida que han dejado sobre la mesa. Seguro que tiene hormigas, que la coman ellos antes, dice y cierra los ojos. La comida que hay sobre la mesa está encima de papel de estraza. Parece soja texturizada. La otra, gelatina rosa. Pruébala, dice mi madre. Tomo un pedacito muy pequeño. La escupo con asco. ¡Es grasa mejicana!, dice mi madre con gesto de felicidad. 

lluvia

sábado, 22 julio 2017. Espero a Alberto a las puertas de un hotel. Hay un chico parado en mitad de la calle. Comienza a llover. El chico sigue inmóvil. Decido no moverme. La lluvia nos va empapando. El chico se sienta en una especie de sofá sin armazón que no sé de dónde ha salido. ¿Y Jaime?, me pregunta, me dijiste que me parecía a él. No os parecéis en nada, ya te mandaré una foto. Me despido. Alberto y una señora a la que no conozco están en la habitación haciendo la maleta. Veo que la señora ha metido el pijama de Alberto en su bolso. Después de una conversación absurda, resulta que Alberto tenía en la suya el pijama del marido de la señora.

fotos gastadas

viernes, 21 julio 2017. Recibo una carta de Federico del Barrio. Dentro hay cuatro fotos muy gastadas en sepia. En dos, me parece reconocer a su padre de joven, muy guapo, con bigote y gesto serio. En las otras, Federico tiene a lo sumo 16 años. Me fijo en que están tomadas en el jardín de la casa de mi abuela, junto a la verja. Pienso en si vivirían allí antes que nosotros. No sé por qué me las ha enviado. De repente, recuerdo que se va a Nueva York. ¿Será que teme que le pase algo y quiere que alguien conserve esas fotos?, pienso.

desayuno

miércoles, 19 julio 2017. El escritor Fernando Aramburu está en la terraza de un bar. Está desayunando. En la mesa hay un montón de papeles. Me indica que me acerque con un gesto. Junta las manos y me mira. Escribir y vivir son la misma cosa, le digo. Bien, pues ya tienes la respuesta, dice. Siempre la he tenido, le digo antes de sentarme a desayunar con él.

la hora de las peluqueras

martes, 18 julio 2017. Pueblo en fiestas. Algunos van disfrazados. Mi familia está en la terraza de un bar mirando pasar gente. De repente, mi madre, como si acabara de recordar algo, se levanta y camina muy rápido hacia la carretera. Corro detrás de ella pero no logro alcanzarla. La busco por todas partes, pregunto a todo el mundo. Nada. Subo al castillo. El castillo es un hotel. Está vacío, me dice una camarera apoyada en la barra con los brazos cruzados. Me cuenta que no son Fiestas Patronales, que una empresa se lo ha inventado todo para llenar el restaurante, pero nadie ha subido. Tendrán que cerrarlo, dice encogiéndose de hombros. Le pregunto si ha visto a mi madre. Las peluqueras salen ahora del trabajo, dice. Corro carretera abajo. Pregunto a un grupo de peluqueras por si mi madre ha ido a peinarse. Nada. Vuelvo al bar. Mi familia sigue allí charlando. ¿No habéis salido a buscarla? Estábamos esperándote para volver a casa. ¿Sin ella?, ¡cabrones!, les grito.

patio de butacas

viernes, 14 julio 2017. Se supone que la que era casa de mi abuela ahora es mi casa. Hay alguien en el patio. Me asomo por la ventana del cuarto de baño. Un grupo de adolescentes se mojan con la manguera y toman el sol. Dicen que son nuestras nuevas vecinas, pero que les guata más mi casa. Les digo que se vayan. Una me pregunta si de verdad soy la dueña de la casa. Las amenazo con llamar a la policía. Una de ellas me dice, muy preocupada, que las perdone, pero que no consigue convencer a las demás de que se vayan.
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Estoy muy cansada. Me siento, pongo los brazos sobre una mesa, la cabeza sobre los brazos, y me quedo dormida. Me despiertan unos aplausos. Estoy en un escenario sentada en un taburete. Me he quedado dormida sobre un piano.

café

miércoles, 12 julio 2017. Estoy en el jardín de una casa con la que ya he soñado otras veces. Aparece un montón de gente que no conozco, dicen que iremos a tomar café a un bar. Todos van en pijama. No quiero ir, pero no discuto. Se adelantan, los pierdo de vista. Me entretengo mirando unas postales y unos comics que hay en un expositor.

un petit peu

lunes, 10 julio 2017. Una pareja me hace señas desde su mesa. Parece un restaurante italiano muy acogedor. Él me pregunta en francés si hablo francés. Oui. Aplaude como si tuviera seis años. Et, ¿anglais? Un petit peu. Se ríe. Dice que no entiende cómo todo el mundo se ha creído que "un petit peu" significa algo, que a alguien se le ocurrió que significaba "un poqutio", pero que es mentira, que sólo lo hizo para reírse de los demás. Lo veo tan satisfecho que no le respondo. De repente el local se ha convertido en una habitación blanca y fea con las paredes desnudas. El mantel de vichy rojos es ahora de papel blanco. Tengo delante un plato de sopa verde. Como, está buena. Aparece una pareja de periodistas muy jóvenes. La chica se sienta frente a mí y enciende una grabadora. Por romper el hielo, les digo señalando el plato de sopa: Soy la antimafalda. Ya tenemos titular, dice la chica. El chico menea la cabeza, dudando. ¿Qué es más difícil, escribir poesía o prosa?, pregunta. Igual. Por un lado, a veces, es difícil que llegue la inspiración. En prosa, lo difícil es ser constante. Se miran. Mi respuesta no les ha convencido. Miro a lo largo de la mesa para que alguien me apoye, pero todos comen sopa verde sin levantar la vista de sus platos.

la mujer morsa

miércoles, 5 julio 2017. Estoy en unos grandes almacenes destartalados con los que ya he soñado otras veces. Hay muy pocas cosas. Me gusta un bolso de fiesta plano. No veo el precio ni a ninguna dependienta para preguntar. Bajo las escaleras, pero ya estoy en la calle. Pienso en lo fácil que sería robar. Vuelvo a subir. Encuentro a dos chicas junto al ascensor. Les pregunto por el precio. ¿Es que no sabe leer?, dice y abre el bolso. Saca una pegatina diminuta con el precio. Ahora tiene el veinte por ciento de descuento, haga la cuenta, rápido, me dice. Llega el ascensor. Las dos chicas entran y no dejan pasar a una limpiadora cargada con un carro. Protesto, les digo que la chica tiene más derecho que ellas a usar el ascensor. La chica entra. El ascensor parece un dormitorio. Ya en la calle, veo a una señora muy gorda tumbada en la acera, exactamente igual que las morsas de los documentales. Lleva una bata de colores chillones. Menos mal, pienso, si no le pasarían por encima. Un hombre muy alto se le acerca, la arrastra como puede hacia una camioneta. Pienso que va a secuestrarla. Cojo una barra metálica de una papelera y me voy hacia él. La mujer morsa me detiene con un gesto. El hombre saca algo de la camioneta y se lo da. Parece que sólo quería ayudarla.

pastelitos mojados

martes, 4 julio 2017. Parece un bar. Todos miran hacia el mismo sitio, como si hubiera un espectáculo, pero yo no veo nada. Lavo unos pastelitos antes de comérmelos. Aparece una de mis tías. No sé qué hace allí. Caigo en la cuenta de que estoy en India. Qué bien te lo pasas, dice con cara de reproche. Bajo mi mesa hay un charco. La pareja de la mesa de al lado me dice que tenían miedo a que los mojara. No sé qué hago allí.

delfines

domingo, 2 julio 2017. Camino por un paseo marítimo elevado con mis padres. Amanece. Mi padre pregunta dónde esta el sol. El sol parece medio balón flotando sobre el mar, se mueve con las olas, aparece y desaparece. Lo señalo. No es el sol, es un delfín, dice mi madre. El balón se ha convertido en una especie de nariz muy afilada. Poco a poco aparece el delfín completo y llega a la orilla, salta al paseo y se coloca en pie en mitad del asfalto. Hay gente detrás de unas vallas. Un hombre salta y se abraza a él. No sabemos muy bien si quiere devolverlo al agua o matarlo. Al parecer, la pareja de ese delfín está en una jaula de agua como reclamo para una carrera urbana, y el delfín ha venido a liberarla.  

música de desembarco

sábado, 1 julio 2017. El porche del recreo del colegio es la terraza de un bar. Estoy con Alberto, mis padres y mi sobrino Abel. En la mesa de al lado se sientan tres miembros de "Danza invisible". Los miro de reojo, los noto muy viejos. Incluso Ojeda tiene muy poco pelo, esconde la cabeza entre las manos. En otra mesa está Antonio con un portátil. Me dice desde lejos que tengo que oír algo. Pone una canción que va sobre un desembarco. Te la mandé yo, ¿no te acuerdas?, pregunto. Claro, dice. No le digo que se la mandé aun sabiendo que está muerto. No le digo que a veces le escribo mails, aunque sepa que ya no los puede leer. El camarero trae la vuelta. Hay dos monedas negra. Mi padre se enfada muchísimo, dice que quieren engañarnos. Es sólo pintura, publicidad, mira, le digo para tranquilizarlo. Mientras, Abel se queda con el cambio. Mi padre vuelve a enfadarse muchísimo. Nos vamos. Lo ayudo a bajar una escalera de madera rota. Al llegar a la carretera, mi padre se ha convertido en mi abuela. Camina de mi brazo como si fuese más joven que yo. Un par de periodistas nos graban caminando por el arcén. Esta noche saldremos en las noticias, le digo.