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manualidades

viernes, 26 abril 2024. Marcos me cuenta a lo que quiere dedicarse (no recuerdo qué) mientras nos acercamos a un muro. Le digo (mitad indignada, mitad con sorna y para que reaccione), que mejor gasta su tiempo en hacerme una de esas garrafas de agua que están envueltas en mimbre o, mejor, en tubo de goma. Dedícate a eso, ¿no? Al llegar al muro no paramos, seguimos moviendo los pies y dándonos con la cabeza contra él.
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Mi tía E y yo estamos solas en la sala de espera de un médico. Hay un sofá enorme y cómodo. Miro revistas. Empieza a llegar gente. De repente la sala está llena. Estoy en un extremo del sofá, espachurrada por otros pacientes, y mi tía frente a mí en una silla muy incómoda. La enfermera va llamando a todos menos a nosotras. Cuantos más llaman más se llena la sala. Me fijo en que mi tía lleva el vestido remangado, no lleva ropa interior y se le ve todo. Me acerco y le pregunto. ¿No te has puesto ropa interior? No me acuerdo y creo que me he orinado encima, dice y nos reímos. La levanto y nos vamos disimuladamente. En la calle le pregunto si se vistió ella o la vistió mi tía M. No se acuerda, cree que ella, dice. Nos reímos mucho, tenemos que agarrarnos la una a la otra, para no caer en la acera.
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Un señor mayo y yo volvemos de algún sitio. Es muy alto, se parece a Beckett, camina muy rápido delante de mí, me cuesta alcanzarlo. Mientras avanza me va contando cosas. A veces pierdo palabras porque va unos metros delante de mí. Al llegar a una calle llena de gente, tenemos que andar sobre lo que parecen ruinas romanas. Intento poner bien los pies sobre las piedras que forman una especie de laberinto de lo que fue una casa, para no caer. Lo oigo decir, unos pasos más allá, que le gusta ponerse mucho perfume y que, precisamente por eso, no se pone ninguno. Yo le digo que no llevo bien los olores, que me afectan mucho. De repente se hace de noche y se pone a llover intensamente. Corremos acera arriba. Tengo la sensación de que cuanto más hacemos por refugiarnos más fuerte cae la lluvia. Oigo que sigue hablando, pero ya no lo escucho, solo pienso en que, como voy siguiéndolo, estamos cerca de la casa de mi abuela y no sé si allí tendrán secador.
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Mirando cosas en Youtube, llego por casualidad a un vídeo donde se ve a Chivite (y a toda su familia y amigos) en una fiesta. Unos en el público y otros en el escenario. Primero canta su hija Laura y Chivite (y otros) tocan distintos instrumentos. Chivite toca la guitarra y hace los coros. Cuando la canción se acaba, Chivite continúa solo con un punteo y cantando como un profesional. Le escribo a Marcos, le mando el enlace y escribo: Ves, esto es lo que te dije, Chivite se ha desmelenado.

la pregunta

jueves, 19 diciembre 2019. Hay una especie de verbena, pero en vez de en una plaza, en una habitación con paredes mal encaladas. Mi madre dice de repente: ¿Qué le preguntarías a Beckett si pudieras que entrevistarlo? Después de pensar un rato, le digo que no se me ocurre nada. ¿No le preguntarías por qué no se suicidó?, dice.

chanclas

martes, 23 mayo 2017. Desde mi terraza veo la terraza de Beckett. La miro con unos prismáticos. El suelo está cubierto de césped falso. Aparece y riega lentamente unas macetas. Me pongo muy contenta al ver que lleva unas chanclas de goma negras iguales a las mías.

playas en pamplona

miércoles, 17 febrero 2016. El escritor Chivite ha venido con su familia a Málaga para enseñarme su nuevo proyecto: una app para encontrar playas en Pamplona. Dice que nadie ha tenido antes esa idea. No me extraña, pienso, pero no digo nada. En el sueño, además de sus dos hijas, tiene dos hijos. Un bebé de poco más de un año y otro muy alto y delgado que se parece a Beckett. Me llamo Nevado, dice, aunque todos me llaman Sam. Entramos en un bar. La mesa es muy larga y todos estamos muy separados. Tenemos que hablar a gritos. Nos vamos, dice Chivite. Habrá que pagar, les digo. Salimos con prisa por una puerta que hay junto a los servicios. ¿Hemos hecho un "simpa"?, pregunto, pero nadie me responde. Llegamos a casa de mis padres. No sé qué hacemos allí, no quiero estar allí, pero Chivite pasea observándolo todo como si estuviera en un museo. Me gustan mucho los cuadros que hay en el dormitorio de tus padres. Asiento, y espero que no haya visto el caracol de peluche que hay sobre la cama. Este era mi cuarto, le digo. Pero de repente me doy cuenta de que todos han desaparecido.

de paseo con sam

domingo, 1 enero 2012. Voy callejeando con unos amigos. Entre ellos, Beckett. Caminamos muy juntos, a veces me agarra del brazo para no caer. Se le ve muy frágil y algunas calles están mal empedradas. Me pregunta por mi nueva casa. ¿Qué tal es la luz? Le digo que la luz es lo mejor, lo único. Quiero hacerle muchísimas preguntas, pero pensar que lo llevo agarrado del brazo me deja sin palabras. Pregunta, dice como si me leyera el pensamiento. ¿Lees a escritores más jóvenes que tú? ¿Has leído a Stamm? ¡Es buenísimo!, dice levantando las manos. Por momentos parece un anciano y al segundo siguiente un niño. A veces me pone la mano en la espalda para empujarme un poco si hay que subir una cuesta. Ahí es justo donde me duele, le digo y él deja la mano apoyada un rato. Nos sentamos en una terraza. Los amigos se ríen, cuchichcean. Pienso que en cualquier momento se marchará y no volveré a verlo. Al pensarlo, desaparece. Andrés lleva una cámara enorme. Podrías habernos hecho una foto de espaldas, mientras caminábamos. La he hecho, dice Andrés muy sonriente.

pésame y mentiras

jueves, 8 mayo 08. Estoy sentada en el suelo de la terraza, poniendo a secar unos kleenex. No tengo piernas.
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Daniel lleva un abrigo tan largo que parece un personaje de Beckett. Sale de una casa en ruinas, me cojo de su brazo y nos reímos.
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Sobrevuelo un montón de cómics y álbumes antiguos, voy pasando muy rápido a menos de una cuarta. Pienso que me gustaría parar y mirarlos uno a uno.
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La madre de Ayllón llama a casa para dar el pésame por la muerte de mi tía Paqui. El pésame en cuestión es una cifra de cuatro números. Rallo la cifra en la tapa del buró de mi cuarto. La cifra es a la vez el pésame y la noticia de que acaba de morir. Mi prima Cristina, al ver la cifra que he escrito, sale de casa. Dice que tiene que avisar al resto de la familia.
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Trabajo de azafata en un supermercado, promociono una crema antimanchas para mujeres de color. Mientras explico sus características a una mujer negra guapísima, tengo la sensación de estar engañándola.

sobre hijos y tumbas

jueves, 24 enero 2008. Joaquín Reyes y yo estamos sentados es el sofá del salón de casa de mis padres. Me enseña las fotos que lleva en la cartera. ¿Por qué llevas una foto de mi suegro?, le pregunto. Imposible, es mi padre, responde. Saco de mi cartera una foto de mi suegro y se la enseño. En ese momento entra un hombre acompañado de una pareja. Ahora que conocéis el secreto, tengo que casaros, dice. Nos ponemos de pie, frente a la tele y entre la pareja. Cuando el hombre nos pregunta eso de Aceptas como esposo..., no sabemos qué decir. La pareja responde por nosotros: Sí queremos.
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María Victoria Pérez, a la que no veo hace 35 años, viene a buscarme para salir a pasear. Hay que adelgazar, dice, aunque yo la veo tan delgada como siempre. Pasamos por solares donde los edificios están marcados en el suelo con pintura blanca, como en la película Dogville. Ella va diciendo: Aquí había un cine, allí una farmacia, etc. Pero que viejunas estamos, le digo y nos echamos a reír exageradamente. Tanto me río, que caigo en un agujero que han cavado en uno de los solares. La tierra a mi alrededor es blanda y negra. Estoy tumbada boca arriba y veo asomar su cabeza. Sigo riéndome mientras le digo: Mira, por fin he encontrado mi tumba.
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Estoy de visita en casa de Cova. Me cuenta que después de los dos partos el cuerpo le ha cambiado. Me desnudo y le muestro que yo también estoy bastante gorda, sólo que la ropa me hace parecer delgada. Pero al quitarme la ropa, veo que sólo tengo huesos y piel, así que me vuelto a vestir antes de que pueda mirarme. Entro en el cuarto de los niños. Están dormidos. Los sacamos de sus cunas y los ponemos sobre la moqueta para que jueguen. Mientras Cova persigue a Paula para darle de comer, yo le hago cosquillas a Gorka. Algo falla porque, según mis cálculos, Paula tiene unos siete años y Gorka cuatro. He viajado en el tiempo, pienso. No sé cómo voy a volver. En ese momento, como si Gorka leyera mis pensamientos, me agarra muy fuerte la mano y niega con la cabeza.
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Iker está asomado a una ventana que da a un pasillo encalado. Veo que una araña baja por su hilo. La cojo antes de que le caiga en la cabeza. Se la pongo en la palma de la mano, pero ahora es un caracol sin concha del tamaño de un gato.
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Estoy esperando a Alberto en la habitación de un hotel. Ha ido a por limonada. Mientras, Andrés me dice que suba al tejado porque los dueños del hotel nos van dejar caminar por las cornisas. Los dueños son tres ancianos que se mueven como auténticos profesionales del circo. Yo me agarro bien a las tejas y a los adornos de hierro para no caer. Andrés, Elisa y yo, conseguimos sentarnos a caballo en uno de los muros. Elisa dice que ha decidido tener otro hijo para pasar las dos bajas maternales juntas. Nos ponemos a buscar nombres. Elisa dice que el primero todavía no tiene. Pues entonces al primero deberías ponerle un nombre que hiciera juego con el del segundo, le digo. Mientras decimos nombres hago equilibrios para no caer. Me agarro a una lámpara, la rompo y los pedazos caen en la cabeza de los ancianos, que están unos metros por debajo de nosotros. Los tres ancianos miran al cielo como si fuera a llover. Yo disimulo abriendo un paraguas rosa de niña. Héctor aparece trepando el muro. No os mováis, dice y saca su cámara. Desde su perspectiva debo parecer la protagonista de "Los días felices" de Beckett, pienso. Después se sienta en el muro con nosotros y, mientras nos enseña su agenda, llena de anotaciones y dibujos, Andrés se lanza cabeza abajo desde la cornisa del edificio. Miramos cómo cae. Son unos veinte pisos. No te preocupes, le digo a Elisa, abajo hay un foso con agua. Lo tenía planeado, dice ella. Sí, he visto que hacía fotos con mi cámara según iba cayendo, añade Héctor. Elisa y yo bajamos a la puerta del hotel con toallas, para recibir a Andrés, pero quien llega es Francisco Rivera, el torero. Nos saluda y entra. Elisa no se ha dado cuenta porque sigue recitando nombres para sus hijos. Dime un nombre de niña, me dice. Celia. No, Celia no puede ser porque yo no soy tan guapa, dice. Le digo que es muy guapa, que no diga tonterías. Eso se te quita comiendo, le digo y la empujo dentro de un taxi. Desde el taxi vemos una exposición de fotos enormes al aire libre. En una de ellas aparece Hero, mi cuñado, ahogando a un mendigo con sus propias manos. Tenemos que hacer fotos de la exposición, se pondrá muy contento de ver que ya es famoso, digo. Llegamos al paseo marítimo, el taxista dice en portugués que son 2.80 euros. Obrigada, digo al cerrar la puerta.

beckett y la mujer del oso

viernes, 4 enero 08. Estoy con Óscar en una librería. Las paredes son de cristal y dan a una biblioteca de varios pisos. Le digo que me recuerda a una biblioteca que visité en Buenos Aires, y que lo que más me gustaría en ese momento sería estar allí, tomando un café, en la cafetería de la biblioteca. Me mira sorprendido y me señala con la mirada que es ahí donde estamos. Me fijo en los estudiantes que nos rodean y, efectivamente, tienen acento argentino. Debajo del mostrador descubro algunos ejemplares de un libro descatalogado de Beckett. Aunque yo ya lo tengo, compro dos: uno para Óscar y otro para Juan. Cuando voy a enseñárselos, Óscar ha desaparecido. (Todo este sueño transcurre en blanco y negro).
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Una chica hace performances en su casa, con aceitunas, cables y platos rotos. Por la ropa que lleva parecen los años veinte, y yo, desde donde miro, pienso que es una adelantada a su tiempo. Aunque sólo soy observadora, intervengo en algunas cosas, por ejemplo, si se ha dejado las aceitunas sobre la tapa del váter, las devuelvo a su sitio y apago la luz del cuarto de baño. También intervengo cuando descubro a la chica enterrada en nieve bajo un árbol. Aparto la nieve y descubro que tiene todo el cuerpo ensartado en flechas. No hay sangre, no se queja. Llamo a gritos a otra chica que pasa por allí. La chica se acerca y le arranca una a una todas las flechas. Después cubre las heridas con hojas secas y, muy dulcemente, le dice que no debería dormir a la intemperie sino buscarse, como hizo ella, un buen oso que la cuidara.