venecia y reciclaje

sábado, 16 noviembre 2019. Oeste y yo hablamos de  unas fotos que hice hace muchos años. Los retratados miran directamente al objetivo. Oeste me pregunta si sé lo que estaban pensando en ese momento. Lo sé, querían comerme. ¿Y te comieron? Sólo una vez: me comieron el corazón, pasé todo un invierno sin corazón, pero lo recuperé en primavera, le cuento. Mientras hablamos él no está (como si lo hiciéramos por telepatía) y yo camino por una ciudad que parece Venecia, pero con el agua sobre mi cabeza, es decir: como si la ciudad completamente inundada fuera el cielo y todo ese líquido se mantuviera ahí arriba, sin dejar caer una gota. De vez en cuando pasan flotando sobre mi cabeza estatuas de mármol.
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Estoy en lo que se supone es la casa de mis padres aunque no se parece en nada. Le pregunto a mi hermana qué talla de sujetador usa porque le sienta muy bien. 700 dice. El mío me queda pequeño, así que busco en la bolsa del reciclaje la caja y la etiqueta para cambiarlo por una 700. Encuentro periódicos muy antiguos, fotos en blanco y negro, cuentos infantiles de los años 40 y tarjetas perforadas de las que traía mi padre del trabajo. Pienso que mi padre ha tirado todos sus recuerdos. Los cuentos son preciosos, muy pequeños con la letra diminuta. Hay varios con forma de instrumentos que enseñan solfeo, otros con formas de árboles que enseñan biología. Hay una foto de una chica rubia muy guapa sentada en el un prado. Pienso que quizá fue su primer amor. No comprendo cómo ha podido tirarlo todo. Según voy encontrando lo escondo bajo un cojín para llevármelo a casa.

vichy

jueves, 14 noviembre 2019. Voy camino de casa de mis padres. Barcos se acerca por detrás, me abraza, me da una gran sorpresa. Entramos en el ascensor a trompicones, muertos de la risa, como si fuéramos niños que vuelven del colegio. El ascensor se va parando entre plantas, temo que se descuelgue. Le digo que en el momento que se pare aprovechemos par saltar fuera. Ahora, le digo. Saltamos a un descansillo desconocido para mí, con viviendas sin puerta. Nos miramos sin saber qué hacer. En ese momento me doy cuenta de que vamos vestidos igual, con camisas de cuadros blancos y amarillos.

anillo heredado

miércoles, 13 noviembre 2019. Mi madre y yo esperamos que quede una mesa libre en un restaurante. Mientras esperamos, le digo lo bien que le ha sentado el viaje, que parece más joven. Toma, llama a mi hermana y cuéntale cosas, le digo tendiéndole el teléfono. La pierdo sólo un segundo de vista y ya no está. Una señora señala hacia la calle. Le veo a lo lejos con un tipo junto a un camión. Mi madre le ha dado el teléfono. El tipo le ha borrado todos los datos y hasta le ha cambiado el aspecto. Le digo que me lo devuelva como esté. Me da uno que parece de juguete. El tipo tiene una camioneta y varios nietos muy sucios con gafas (las gafas de todos llevan gomilla para que no se les caigan, el más sucio lleva además un parche). ¡No le da vergüenza robar delante de sus nietos!, le grito. El niño del parche defiende a su abuelo. Me da pena. Le saco fotos a la matrícula, intento llamar a la policía desde el móvil de plástico. Una chica muy amable dice que sabe quién soy, que estuvo en una de mis lecturas, que hablé con ella. "Soy la del anillo heredado de su tía", dice. No sé de qué me habla. Cojo a mi madre del brazo y nos vamos. Les deseo suerte a los niños. Nos tiran piedras.

jabón de leche

martes, 12 noviembre 2019. Estoy en unos grandes almacenes. No tengo que comprar nada, pero no quiero salir con las manos vacías. Encuentro unos jabones escondidos bajo unas cajas. Son blancos y cuadrados. Cuestan más de 70 euros. Una de las cajas está abierta, le saco un papel en acordeón donde se supone dice de qué están hechos. Camino por los pasillos del supermercado que de repente se ha convertido en un parque. He perdido el papel. Intento deshacer el camino. Un montón de niñas, todas iguales, colocadas en una grada como si fueran un coro, llenan unos sacos de café. Frente a ellas, un montón de madres con bebés vestidas tipo años 60, las admiran y animan. Junto al parque-supermercado hay una venta muy antigua que he visto en fotos. Todo eso empieza a parecerme de lo más siniestro, pero no sé dónde y, sobre todo, no sé cómo volver a casa.

seguridad

viernes, 8 noviembre 2019. Estoy en lo que parece el hall de un hotel. Es un patio con columnas y bancos corridos pegados a la pared. Se me acerca una chica. Lleva una bolsa de basura y otra de reciclaje. Me las da. Varios envases de yogur caen al suelo. Mientras los recojo, me pregunta qué me parece que la Seguridad Social tome muestras de nuestra sangre para tenernos fichados. Le digo que ya nos fichamos solos subiendo datos a la Redes Sociales. La chica intenta atacarme con un reloj de bolsillo. Veo en segundo plano a Alberto Garzón con una mochila y varios libros.  Explica a un grupo de chicas que no ha vendido ni un solo libro de poemas. Me acerco, le digo que si quiere ganar las elecciones tiene que hablar con más seguridad. ¡Seguridad, eso es!, dice como si hubiese descubierto la pólvora.

copos de puré

martes, 5 noviembre 2019. Camino con mucho cuidado por una calle donde han alicatado calzada y acera con baldosas rojas. El alicatado está muy mal hecho, como si las hubieran puesto sobre montones de tierra. Además ha llovido y resbala. Temo que mi suegra se caiga, pero pasa grácilmente sobre ellas. ¿No notas que han alicatado la calle? Ella no nota nada nuevo. Mientras bajamos una escalera también alicatada, me dice que no nos reunimos en navidad por mi culpa. Le digo que invité a todos (su hija, sus nietos), pero no apareció nadie. Llegamos a una terraza con grada de obra. Hay gente animada, comiendo y bebiendo. Charlan entre ellos. Alberto está en primera fila. Cuando voy a coger algo del buffet, mi suegra me señala una especie de bola forrada de tela que cuelga de las barras del toldo y me da un vaso de plástico. Esa es tu comida, dice. Se supone que la bola está mojada y en el vaso hay copos crudos de puré Maggi. Me muestra cómo se usa: acerca el vaso con copos a la bola, al estar mojada quedan pegados. Y ahora chupas la bola, dice. Esa es tu comida, sentencia. Miro a Alberto con gesto de "pero, y ¿esto?". Él me sonríe feliz y levanta su copa como si brindara.

zapatos rotos

lunes, 4 noviembre 2019. Estamos con Eski y Charo en la terraza de un bar. Llega su hija muy arreglada y con los zapatos rotos, como si le hubieran dado tijeretazos. Acaba de llegar del desierto, dicen sus padres a modo de disculpa.

payasadas

domingo, 3 noviembre 2019. Estamos en una plaza, en una especie de palco a ras del suelo. Dos tipos hacen una especie de teatro. Corren de arriba a abajo. Somos su único público. Miro el reloj de la torre. ¿A qué hora habíamos quedado? A las siete, dice Alberto. Son las siete y veinte. Nos da corte irnos, al ser su único público. Les enseño unas entradas azules con forma de gota, como explicación a nuestra huida. Corremos. Voy a llevarte por el camino más corto, le digo a Alberto.

quinielas

sábado, 2 noviembre 2019. Es sábado y todavía no he echado la quiniela. Llego corriendo a la ventanilla y, sin mediar palabra, el tipo me da un boleto con solo cuatro casillas. Le digo que prefiero uno normal. Me da otro con una quiniela ya hecha, donde en vez de 1x2 alguien ha marcado 6 y 0.

documental

jueves, 31 octubre 2019. Entro a un salón de actos donde se proyecta un documental. No estoy muy atenta. Me siento cerca de la puerta para poder escapar llegado el caso. Alguien nombra en pantalla a Eduardo Laporte. Aparecen en pantalla unos textos suyos. Pienso que tengo que contárselo, que se pondrá muy contento. Se encienden las luces. Una chica s acerca como si me conociera. me cuenta que ha venido expresamente a ver ese documental, aunque después de caminar juntas hacia un rato descubro que ha venido a conocer a alguien. Ha estado tonteando con una chica por internet y ha venido a conocerla, pasará el fin de semana en su casa. Como si yo fuera una experta, después de escuchar su historia, le digo que mi conclusión es que esa chica es sólo un capricho, mientras que la chica está enamorada de verdad. Se encoge de hombros. Entramos en un restaurante donde cenan los poetas del salón de actos. Afortunadamente no conozco a nadie. Le digo a la chica que lo ha hecho muy mal, que tenía que haber tensado un poco más, que quizá si hubiera esperado un par de meses, se habría enamorado de esa pobre chica. Ella come con los ojos en blanco, haciendo gestos teatrales. No me gusta, no sé qué hago allí. Sólo quiero largarme y contarle a Eduardo que sus poemas salían en un documental.

begoña y yo

martes 29 octubre 2019. Begoña y yo vamos en un taxi hacia el aeropuerto. Me enseña cosas que lleva en la maleta, unos papelitos pequeños, escritos en papelitos muy pequeños detrás de unas fotos muy pequeñas. El taxista (un chico muy joven con ojos desmesuradamente grandes y azules) nos dice que tiene un restaurante y que nos da tiempo a ir. Bajamos a tomar algo. Me fijo en que Begoña lleva un vestido muy bonito de florecitas (y que no lleva nada debajo). Le digo que es muy bonito. Dice que se lo ha comprado en "mi tienda" (se supone que mi tienda favorita que es Natura). Está delgadísima, casi se le transparentan las costillas bajo el vestido. Entramos un momento en el restaurante. El chico se mete en la cocina y nosotras pensamos que no nos va a dar tiempo a llegar al aeropuerto y nos despedimos. Salimos corriendo hacia la puerta porque preferimos irnos andando antes que molestar al chico. Tenemos que dar toda la vuelta al pueblo. Begoña decide tomar un atajo y saltar por una tapia. Intento detenerla porque la tapia está como unos 15 metros de la acera. Begoña dice que se dejará resbalar, pero en vez de resbalar cae. Corro a ver si se ha hecho daño, pero no está en ña cera de abajo, solo está su maleta. Me lanzo como ella, caigo de pie, corro por las calles buscándola. Nada. Cojo su maleta roja, finalmente, y me vuelvo al restaurante. Pregunto al chico (y a la gente que hay por allí) si la han visto, si ha vuelto. Todo el mundo me dice que no con cara de pocos amigos. No sé qué hacer. Pienso que a lo mejor me ha dejado alguna pista en su bolsa. Miro esos papelitos otra vez, pero solo encuentro un papelito que es como una nota de despedida en la hay escrito: HS.
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Voy con mi tía Encarna por la calle. Al llegar a Beatas está a oscuras. Vamos hacia la Plaza de la Merced por Álamos. Mi tía empieza a asustarse (no hay luz ni acera, pasan coches a toda velocidad). Para que no tenga miedo la cojo en la mano porque mi tía se ha convertido en una especie de bocadillo envuelto en una servilleta. Cuando llegamos a la parada de autobús la devuelvo al suelo y se convierte otra vez en mi tía. Decide que se queda con un grupo de gente (parecen muy animados). Le digo que yo me vuelvo a casa en el nocturno. Cruzo Alcazabilla (ahora es peatonal, pero en el sueño está igual que en los 70) y en la parada hay una pareja con un niño. Parecen extranjeros, aunque ella habla un andaluz muy gracioso. Se lo digo. La parada se transforma en su casa. Estamos en el salón de su casa (parece una librería), hacen collares y bisutería con cables de la tele. Todo está lleno de expositores con libros (sobre todo cómics). Charlamos: dos amigas, un señor mayor que dice que es escritor y un chico que no dice nada. El chico me sienta sobre sus rodillas empieza a restregarse conmigo. Me levanto, le digo que vaya al cuarto de baño y, cuando esté relajadito que vuelva. El resto no sabe si estoy en serio o en broma. Pienso que defenderán a su amigo, pero se ponen de mi parte. Ya era hora que alguien se lo dijera, dicen. Una de las chicas se mete un caramelo enorme en la boca. Le digo que parece un caramelo de Willy Wonka, de aquellos que no se gastaban nunca. El señor mayor me pregunta si sé si los hicieron de verdad. Le cuento que hicieron las chocolatinas, y que si alguien hiciera esos caramelos se haría millonario. Todos nos reímos y miramos la boca de la chica, que azorada dice: Esto es un chicle. El señor mayor quiere contarnos una historia sobre Wonka que nadie conoce, dice. Pero la chica del acento andaluz lo interrumpe y cuenta cómo entró en una secta donde tenía que arrodillarse y ondear una bandera en círculo sobre su cabeza. Oigo que empieza a llover. Salgo a la terraza (es la de mi casa). El suelo está lleno de charcos y cubierto de hojas de la portulacaria y de pinzas de la ropa. Barro haciendo montoncitos aquí y allá. Al fondo de la terraza veo a alguien que también barre. Es el chico al que mandé al cuarto de baño.

el sueño más bonito del mundo

sábado, 26 octubre 2019. Estoy sentada en el suelo, delante de la tele, en la que parece la casa de mi abuelo. Como si tuviera mucha hambre devoro un vaso de leche con gofio. Está tan espeso que lo como a cucharadas. Por allí están Alberto y sus padres. Vemos un programa de que me resulta insoportable, pero no digo nada. En ese momento ponen un vídeo musical donde la cabeza de Ringo Star (versión dibujo animado) va cambiando (ahora bigote, después barba, con y sin pelo, etc). No comprendo cómo lo aguantan porque tanta psicodelia marea. Voy al dormitorio a cambiarme de ropa porque, se supone, que después vamos a salir. Mientras me estoy vistiendo el padre de Alberto dice que tiene que irse. Estoy desnuda y busco cualquier cosa para cubrirme (pañuelos de gasa que me enrollo alrededor del cuerpo). Abro la puerta, mi suegro me abraza, me da muchos besos, me pregunta si estoy bien. Le digo que si, que no se preocupe. No pude despedirme de ti la otra vez, dice. Pienso que quizá se refiera a cuando murió. No te preocupes, no te preocupes por nada, repito.

mesa compartida

miércoles, 23 octubre 2019. Voy con varias personas (no sé quiénes son). Llegamos a un bar pero no hay mesas libres. Un grupo se levanta. Cuando vamos a sentarnos, un padre y un hijo dicen que es su mesa. La mesa es para ocho. Les pregunto si podemos sentarnos con ellos. Por hablar de algo les digo que en el extranjero se suelen compartir las mesas con desconocidos. Al cabo de un rato me levanto y me voy. El hijo también. No sé por qué me sigue. Camina callado a mi lado. No hago ningún esfuerzo para entablar conversación. Espero que se aburra y me deje en paz.

en orden

martes, 22 octubre 2019. Se supone que es nochevieja y el barrio de mi abuela se llena de familia que quieren aparcar. La gente deja sus coches en cualquier sitio y entran en el garaje caminando en dos ordenadas filas.

cúter

lunes, 21 octubre 2019. Alejandro estrena su primera película. No hay personajes, solo la cámara mostrando el recorrido de un laberinto de madera. Alejandro está sentado en primera fila, muy nervioso.
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Casa de mi abuela. Hay una reunión de poetas. Llaman para comer. Aprovecho que todos se han ido para cortar en tiras muy finas, con un cúter, mis poemas (como lo haría una maquina para destruir documentos). Las llevo al contenedor de papel que hay en la acera de enfrente. Justo cuando voy a cruzar aparecen dos coches a toda velocidad. Quiero subir a la acera, pero no puedo moverme. Pienso que voy a morir. Los coches pasan rozándome. Vuelvo a la casa. Cierro las contras de la puerta. La casa está vacía y a oscuras.

la siesta de los gorilas

viernes, 18 octubre 2019. Tengo que ir al zoo a preguntar si admiten personas. No encuentro la puerta. Cuando la encuentro está cerrada. En la escalinata de entrada están Salvatore y Cantos disfrazados de mujer, con los labios pintados de un rojo escandaloso. Están sentados con las rodillas muy juntas para que no se les vea nada y sostienen unos bolsos ridículamente pequeños sobre las rodillas. Lo hacéis muy bien, les digo. Salvatore me manda callar. Shh, dice, no vayas a despertar a los gorilas.

teatros

domingo, 13 octubre 2019. Estoy sentada en mitad de la calle. Miro el bloque de cuatro plantas que han construido donde estaba la casa de mi abuela. Hay cuatro terrazas idénticas y cuatro personas sentadas en cada una. Me miran, yo las miro desde abajo como si fueran un teatro. Espero que hagan algo. Ellas también parecen esperar. Empiezo a dudar si el teatro son esas personas o yo.

motores oxidados

sábado, 12 octubre 2019. La cocina de mi madre da a una terraza. Es la primera vez que la veo. Soleada, buenas vistas. Tiene una lavadora de turbina en el centro y, alrededor, atados a la barandilla un montón de motores oxidados. Le digo a mi madre que podría cambiar los motores por plantas y tomar el sol. No me toques nada, dice. Me da mucha pena, no sé qué hacer.

recena

jueves, 10 octubre 2019. Hemos terminado de cenar. Se supone que es un restaurante de lujo. Digo se supone porque nos estamos levantando y no sé qué hemos cenado, ni se ve nada a nuestro alrededor. Al salir, una camarero aparece con mis cosas. Me he dejado la chaqueta y el bolso. Así tengo la cabeza, le digo al camarero que se no se inmuta en su papel de sirviente serio. La puerta de salida es un marco de madera con una tela metálica, como si fuera un gallinero. Salgo a un descampado irregular de tierra y pedruscos. A la vuelta de la esquina Alberto ha montado un escenario para sorprenderme. Hay zapatos colgados de hilos invisibles. Es muy bonito, pero un coche pasa varias veces muy despacio por delante de nosotros y le digo a Alberto que quiero irme de allí. Entramos en un mercado con tiendas y bares. Las paredes están alicatadas estilo Lisboa. Alberto pide un ponche y una tapa de sardina marinada. Acabamos de cenar, pero no le digo nada. Pregunto al camarero si tiene palo cortado. Me mira con cara de pocos amigos. Tengo otras cosas, dice. Pues entonces lo mismo que él, le digo señalando a Alberto. Alberto no está y el camarero mira el vacío donde he señalado.

definición de barro

domingo, 6 octubre 2019. Jurdi y yo estamos sentados en el escaclón de entrada de una casa en ruinas. Está envuelto en una manda raída. Se parece mucho al Joker de Joaquin Phoenix. Todo va a salir bien, le digo con convencimiento (aunque no convencida). Sonría, respira hondo, se levanta con ánimo y se aleja caminando erguido, con una confianza fuera de lo normal, pienso al verlo alejarse. Antes de entrar a la casa, me doy cuenta de que voy descalza y la calle no está asfaltada. Tengo los pies llenos de barro. El barro nos es más que una mentira piadosa, pienso.

puntos suspensivos

yo quería que me preguntaran por ti
para poder decirles que estabas muerto
como si estar muerto
fuera un premio que te habían concedido

yo hablaba como nunca he hablado,
colocando puntos suspensivos
en lugar de decir tu nombre

un chico que regalaba agua con gas
me apartó de él como apartaría a una mosca

mi dolor no necesita burbujas, me dije
y seguí caminando

una niña escapó de la mano de su madre
grité su nombre
la policía me hizo callar

alguien me empujó hacia una calle en fiestas

la madre de la niña bailaba
con los ojos cerrados
con el abrigo puesto

mi dolor no necesita abrigo, me dije
y seguí caminando


[viernes, 4 octubre 2019]

cajita muy pequeña y bolsa enorme

miércoles, 2 octubre 2019. Estoy en un teatro algo desvencijado donde nos dan clases de algo. He olvidado mis apuntes. Una chica llega con su hijo en un cochecito y se sienta a mi lado, se la ve sofocada. La conozco de algo. Le pregunto al tipo que está mi lado si sabe cómo se llama. Para que vea que no es por cotilleo, que de verdad la conozco, le digo que una vez le di una cajita muy pequeña y no supo abrirla. El tipo me hace un montón de preguntas sobre la cajita. Para quitármelo de encima, me invento que era de madera y dentro llevaba dentro una cinta casete de contestador. Eso hace que se interese aún más. Decido cambiarme de sitio, pero me doy cuenta de que no llevo sujetador. Voy a los servicios, pero el suelo está cubierto de agua y voy descalza, además ningún servicio tiene puertas y son unisex. Intento ponérmelo sin sacarme el jersey. Comienza a llegar gente sin parar.
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Parece una casa de estudiantes. Sobre una mesa hay un papel con mis datos, incluso mi número de cuenta. Me la guardo y decido irme de allí. Una chica me rapea al oído. Ahora con música, le digo en inglés. Responde, en inglés, que no me entiende. Al entrar al ascensor para subir a por mis cosas, hay un montón de ropa sucia y un chico en el suelo. Subo por las escaleras. Le cuento a Alberto todo lo que está pasando abajo. Me manda callar porque está mirando el móvil. Recojo todas mis cosas y le digo que me largo. Mientras lleno una bolsa de deporte enorme, pienso que la próxima vez viajaré con lo puesto. Ni me despido. Alberto baja detrás de mí, lleva papel para reciclar. Le digo que ya lo tiro yo. Se da la vuelta y lo veo subir la escalera alegremente. Al salir veo una fila de turistas que miran el escaparate de una pastelería. Un tipo bajito y calvo con acento francés dice que la gente es idiota por buscar el lujo. Lo miro y nos reímos.

homenaje

viernes, 27 septiembre 2019. Estoy en una parada de autobús. Tengo prisa. Llegan dos buses, pero no consigo ver qué números son, solo veo en cada uno una eñe. Pregunto a una señora. Se ríe. Todo el mundo sabe que son los gusanitos, dice. No sé cómo he llegado a cada de mis padres. Participo en un homenaje a Jorge Villalmanzo y o llego a tiempo. Busco libros y apuntes, pero me los he dejado en la parada del bus. Mi padre dice que no me preocupe, que todo saldrá bien. Confiamos en ti, dice en un tono solemne. Por mucho que confiéis es que lo he perdido todo y no recuerdo ni un solo poema, ni mío ni suyo, le digo al borde del llanto.

al trapo

miércoles, 25 septiembre 2019. Me llama a su despacho la directora de un periódico donde se supone que trabajo. Me pregunta si he escrito ya el artículo sobre Jaime. No sé de qué me habla. Otra chica dice que ya ha escrito la nota de prensa, que yo debo escribir la biografía para el día siguiente. Le explico que soy muy lenta escribiendo, que de mi novela sólo llevo una página desde el año 2000. No parecen hacerme caso. Me pasan un trocito de papel mal cortado con dos títulos de libros. Dice que los tengo que incluir en la biografía, que es la manera soterrada de meter publicidad. Por ejemplo, me explican, ¿qué opinaría Jaime de estos libros? Hablan de él pero no saben lo que dicen, como que Jaime siempre vestía de beige. ¡Pero si siempre vestía de negro!, les grito indignada. Jaime no estudió nada, dicen. ¡Estudió protésico dental!, vuelvo a entrar al trapo. Me doy cuenta de que quieren provocarme y que me ponga a escribir. Pienso que desde luego yo lo haré mejor que ellas.

tapia

lunes, 23 septiembre 2012. Centro comercial. Intento elegir una postal, pero todas están desenfocadas. Una chica me observa. Le explico que busco un regalo de comunión. Me da consejos. No le presto atención aunque asiento todo el tiempo. Le doy las gracias, me despido. La calle está llena de gente. No sé bien qué celebran, pero se los ve locos o borrachos. Una señora cierra el portón de su casa. Le pido que me deje entrar para salir por la puerta trasera y no cruzarme con la marea de borrachos que baja la calle. Entramos y cerramos. La casa parece un palacete. Le digo que he oído que toda esa masa iba hacia un bar que no es más grande que la entrada de su casa. Será una tragedia, dice. Abre la puerta de atrás. Da a un puente y un río de una ciudad tranquila. Toma el autobús, dice. Pasa uno de dos pisos, subo al de arriba. Chivite va sentado a mi lado, pero no parece reconocerme. Intento caerle bien. Desde el bus vemos una casa con la tapia cubierta de limones y jacarandas cubiertas de flores. Al llegar a la Iglesia de la Victoria, donde debería empezar la escalera, empieza el mar. Ya sé qué haré hoy, le digo, haré fotos y escribiré una novela. Nada, no reacciona. Me despido, bajo, las calles vuelven a ser grises. Pienso que tengo que llegar a casa de mis padres antes de que sean totalmente oscuras.

embudo

miércoles, 18 septiembre 2019. Salimos de un restaurante. Como teníamos prisa me llevo la bebida (una lata de un líquido vegetal al que han puesto un embudo dorado para que parezca una copa de champán). Por la calle me doy cuenta de que me he llevado el embudo. Vuelvo, se lo doy a la chica de la barra. Me mira asombrada y me da las gracias. Al salir, la calle ha cambiado. No hay aceras, los edificios parecen montones de escombros. Hay grupos de despedida de soltero disfrazados de flamenca (disfraces muy cutres). Míchel dice que Alberto tenía prisa y se ha marchado. La luz es triste, como si lo mirara todo desde detrás de un cristal tintado sepia. De repente, sobre un solara, hay un montón de piedras imitando una playa. Incluso hay niños en bañador jugando con cubos y palas. Míchel y yo no nos lo pensamos: nos ponemos de rodillas a rebuscar entre los montones la piedra negra más bonita. Detrás de un montículo (que no sabemos bien si son piedras verdes o pimientos fosilizados) hay esqueletos de erizos. Decepción: son de cerámica. También hay muñecos Dunkin. Busco el oso, para regalárselo a Begoña. Nada. Va pasando el tiempo, no consigo decidir cuál me llevo. Miro a mi alrededor. No queda nadie, Míchel también se ha ido. Comienza a anochecer. Me voy sin piedra, sin erizo y sin muñeco.

meta

martes, 17 septiembre 2019. Hay una carrera nocturna. Miro hacia atrás y veo a lo lejos a algunos corredores. Pienso que voy la primera. Al doblar para subir la cuesta de calle Carrión, veo a Cumpián en una silla baja de anea. ¡Voy a ganar!, le digo entusiasmada. Los primeros llegaron ya hace un rato, dice.

de cornisas

lunes, 16 septiembre 2019. Intento cortar el pelo a mi madre, pero sólo dispongo un cuchillo japonés para cortar verduras.
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Jaqueca. Para no pensar, doy puntadas a un trozo de fieltro burdeos. Mis tías insisten en que me tome una pastilla, pero sólo me queda una y quiero dejarla para más adelante. Al final acabo a gritos con ellas.
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Una chica en una moto o su esqueleto. Va perdiendo piezas hasta que solo le queda el motor. De repente soy yo quien va en el motor, que además pierde gasolina. No sé cómo he llegado a lo alto de un monte. Al volverme veo que estoy en la cornisa de una torre de alta tensión. No sé cómo bajar. Hay una fila de torres pintadas de rojo, un bosque y, al fondo, un lago con una mancha amarilla en el centro. Pienso en qué hacer: ¿una foto?, ¿esperar a que alguien venga a rescatarme?, ¿tirarme al vacío?

sospechas y especias

domingo, 15 septiembre 2019. Salgo de casa de mis padres y al llegar a la parada de bus, veo que pasa un vagón de tranvía de lado. Miro la calle, me parece un decorado, como si algo malo estuviera a punto de pasar. Llega el C2, pero por dentro es un autocar con la tapicería de los asientos muy gastada. Voy al fondo. Todo es oscuro y gris. Y sospechoso.
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Se supone que estamos en casa de Maxi. Intento preparar la cena, pero toda mi familia está por allí molestando. Cada vez que cojo un cuenco con especias, están mezcladas con cuentas de collar muy pequeñas.

familia

sábado, 14 septiembre 2019. Mi sobrino Diego me enseña unos tenis naranjas que acaba de comprarse. Me parecen horribles, pero no le digo nada. mi madre dice algo inconveniente e intento hacerla callar con buena palabras, pero acabo gritándole.