botones

martes, 13 noviembre 2018. Camino con una chica que me recuerda a Conchi (una compañera del instituto a la que hace años que no veo). Para acortar, cruzamos por una tienda de adornos de cerámica. Hay una familia con niños. Pienso que alguno acabará rompiendo algo. Al salir por la otra puerta, uno de los niños se pega a mí. Para cruzar lo cojo del brazo. Parece un fideo de plastilina. Tienes que hacer deporte, con estos brazos no vas a ningún sitio, le digo. Uno de sus hermanos viene a buscarlo. Hay un camión aparcado con muestras de tela. Pensamos que son para la basura y cojo algunas. Llegan dos chicas, dicen que el camión es suyo. No me lo creo pero no tengo ganas de discutir. Llegamos a una escalera encalada muy empinada de más de cien escalones. Imposible, le digo a la supuesta Conchi, aquí me quedo. Veo un rastro de botones en el suelo. Los sigo, los voy cogiendo. Son iguales a los que le cosí ayer (en la vida real) a un abrigo. Pienso que me servirán si pierdo alguno. Me llevan a un cine también muy empinado. Alberto está en la segunda fila. Bajo a sentarme con él, pero todo está ocupado. Vuelvo arriba con gran esfuerzo. Miro hacia atrás: la puerta. Si entrara un loco me mataría a mí la primera, pienso. Al momento llega Alberto y se sienta a mi lado.

tsumani vertical

domingo, 11 noviembre 2018. Voy con mi tía y mi madre en una caja/coche de plástico azul. Mi tía no tiene carnet de conducir. Se mete con espacios muy estrechos y pendientes que dan al mar. Miro hacia abajo y pienso: Ya está, nos matamos. Pero la caja/coche no cae, aparca en el jardín de una casa y bajamos. La casa se parece al castillo de Gibralfaro. Hay muchos turistas. Mi madre ve una cola para la cafetería y allá que va feliz. Todos son ancianos, pienso que estará acompañada y salgo a mirar el paisaje. Alguien grita: ¡Corran! ¡Tsunami vertical! No sé de dónde sale tanta agua. Baja a toda velocidad. Antes de empezar a correr, pienso que mi madre ya estará en casa y que la llamaré cuando baje el monte. Según avanzo voy pensando a qué árbol podría agarrarme si el agua llegara a mí. Un grupo me hace señas desde detrás de una verja. Aquí estaremos al salvo, dicen. Pienso que el agua traspasará los barrotes, pero no les digo nada. Miro hacia arriba. Una gran ola arrastra a todos los turistas que había en un mirador. No caen, quedan ordenados unos sobre otros. Piden ayuda a gritos, les digo con señas que los de arriba se vayan quitando para no aplastar a los de abajo. Otra ola. Grito, ¡No! y me despierto.

microteatro

jueves, 8 noviembre 2018. Al encender el portátil aparece una chica pelirroja con trenzas. Se hace llamar "Mi pequeña canadiense". En su página hace comentarios sobre Antonio Muñoz Quintana (entre otras cosas le llama "mi perrito"). Me irrita tanto que lanzo el portátil a la bañera. Alberto me consuela. No sé cómo estoy en la puerta del Hotel Sauce de Zaragoza. Voy a reservar para la semana que viene, le digo a Alberto, y entro. Un chico muy amable me pregunta si he llamado hace un momento para decir que mi era estaba ardiendo. Sin darme tiempo a contestar llama a los bomberos y a la policía. Alberto ha desaparecido. Me siento en el la cafetería del hotel. Dos señoras me miran fijamente las pecas. Ellas tiene el cutis perfecto. Hacen una pequeña exhibición para que les diga cuál tiene mejor tipo. Salgo a la calle. Se me acerca una familia disfrazada de tuaregs. Pasa un trono sin virgen. A mi lado, dos chicas. Me fijo en que una es Ruth Gabriel (de la otra no recuerdo el nombre). Le digo a Ruth que hace poco coincidí con su madre en Madrid y estuvimos hablando de San Fernando. Ruth desaparece de repente. Le cuento a la otra chica que es la segunda desaparición esa noche y que, como siempre olvido coger el móvil, no sé cómo voy a encontrar a nadie. Entramos en una sala de microteatro. El hall es una habitación de hotel. Todas mis cosas están sacadas de la maleta y esparcidas sobre la cama. Las recojo de malos modos y escondo la maleta bajo la cama. Empiezan a llegar actores. Se sientan en la cama, lían cigarrillos. Quiero irme de allí.

pelapatatas

miércoles, 7 noviembre 2018. Mi madre ve que estoy pelando patatas. se acerca sigilosamente y dice que mi padre no se entere de que no las pelo con cuchillo. ¿Qué tiene de malo el pelador? Nada, pero dice que si no están peladas con cuchillo no se las come. Uso un cuchillo enorme. Las patatas se me quedan en nada.

rublos como pañuelos

martes, 6 noviembre 2018. Retransmito desde un palco (tipo los picapiedra) el paso fugaz de una atracción (tipo los autos locos). A pesar de verse muy mal porque es de noche, la gente se agolpa, grita y aplaude cada vez que creen ver algo. Por fin llegan. Comienzo a contar con emoción fingida lo que veo. Todos gritan aún más fuerte y sacan sus móviles para grabarlo. ¡No estáis mirando! ¿Preferís verlo después mal grabado en casa!, les grito por los altavoces y me voy. Llego a una estación del cercanías. Un extranjero saca varios billetes para él y sus hijas. Todos son rubios y enormes. Cuando es mi turno, no sólo no sale mi billete sino que, como si se tratara de una tragaperras, comienzan a salir rublos. Llamo al extranjero y se los doy porque pienso que se le ha olvidado recoger el cambio. Pero siguen saliendo rublos. Son bonitos, cuadrados, con estampados, parecen pañuelos. Dudo si correr hacia el tren sin billete (es muy tarde y no sé si habrá otro) o llevarle todos los rublos al chico de la taquilla. Dejo que el tren se vaya. Le cuento al chico lo sucedido y le doy un puñado enorme de rublos-pañuelo. Llama a una compañera. Dicen que es imposible que la máquina no me haya dado mi billete ni que esos rublos hayan salido de allí. Me hacen meter la mano en una especie de cámara fotográfica antigua para demostrarlo. Meto la mano y saco más rublos. El chico me da un billete para el próximo tren. Seguro que te has quedado con algunos rublos, dice. Lo miro con absoluto desprecio. Qué decepción, le digo. El chico se pone pálido y, para arreglarlo, dice que me invita a lo que quiera. ¿Unas Ruffles?, dice. No está de broma, es un simple, el pobre. Después, para hacer las paces, me da un paseo por el pueblo mientras llega el tren. Me cuenta que está muy orgulloso porque su novia está en Gran Hermano. Como ve que ningún tema me motiva, me dice entusiasmado: ¿Sabías que han descubierto que Dios es de Murcia?

óptica china

domingo, 4 noviembre 2018. Camino por la calle con un grupo. Lo lidera el poeta Irazoki. Dice que tiene una sorpresa para nosotros. Entran en una óptica. Me quedo atrás mirando las enormes aceras. Me fijo en que todos son chinos. ¿Cuándo llegamos a China?, pienso. Al entrar en la óptica un chino me dice con gestos que me dé prisa y que pase detrás de una cortina. Hay una grada de bancos que casi no se sostiene. Todo el grupo de ha colocado para una foto. Irazoki en el centro. Solo queda un sitio en la última fila. Al subir, casi caigo. Me agarró a la cortina y la descuelgo. Un chino sube rápidamente a engancharla y me dice algo al oído. Se ríe. Después de la foto todos desaparecen. Me quedo rezagada otra vez, mirando el suelo de la óptica. La han construido directamente sobre la acera. Al salir, subo una cuesta empinadísima. Se levanta viento, arranca una persiana y me agarró a ella pensando que si sale volando podré violar también. Dicho y hecho. Vuelo sobre la ciudad y sobre el mar. Cuando me canso, me suelto. Deberían aparecer unos delfines, como en las películas, y llevarme hasta la orilla. Así sucede, pero son tan pequeños que temo hacerles daño si me agarró a sus aletas.

guiños

miércoles, 31 octubre 2018. Parece un festival de música. Estoy sentada en el borde de lo que parece una roca. Buenas vistas. Veo pasar a Camilo con dos chicas. Camilo va vestido como Homer Simpson en el capítulo que, por estar gordo, trabaja desde casa. El público empieza a acoplarse a mi lado. Me empujan (como anoche en el "Bar Víctor"). Temo caer. Pienso que ojalá estuviera a medio metro del suelo para poder marcharme de allí. Dicho y hecho. Pongo los pies en el suelo, que antes era vacío, y me voy. Llego a la puerta de un bar. A una señora muy arreglada se le cae una etiqueta de cerveza al suelo. La recojo y se la doy. Quédatela, dice y me guiña. Veo que la señora entrega al portero una etiqueta como la mía y pasa. Hago lo mismo. Dentro hay una playa y piscinas naturales donde todos se bañan desnudos y se besan unos a otros. El portero/camarero que me abrió la puerta me guiña. Qué manía, pienso.

saco de cebollas

lunes, 29 octubre 2018. Llego a casa de mi abuela. La puerta está abierta. En el último cuarto están mi prima con sus hijos, mi madre y mi abuela. Al parecer, mi padre ha dicho que va a gastar todo el dinero que tiene en reunir a sus amigos para que vayan a su entierro. Mi madre enfurece y pega a mi prima y a mí abuela. Mi abuela, al llorar, se convierte en un saco pequeño lleno de cebollas. La consuelo, al ser cebollas, me hace llorar a mí.
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Jurdi y yo dormimos en el que era mi cuarto en la casa de mis padres. Donde estaba la puerta hay una ventana. Puedo ver edificios con ventanas e incluso lo que pasa dentro de esas casas. ¿Nos verán?, pienso. Salgo de la cama intentando no despertar a Jurdi y bajo a la calle. Alguien me dice que para cruzar al otro lado tengo que pasar por encima de una furgoneta y que es realmente difícil. La furgoneta tiene una escala hecha con grapas enormes. No tardó más de cinco segundos. Al otro lado hay campo. Han puesto jaimas y tenderetes donde venden ropa jipi/medieval. Intentan que me vista como ellos. Les cuento que de joven vestía de negro y me pintaba ojeras, dándoles a entender que no me va nada su rollo. Mientras les hablo, pienso en cómo podría largarme de allí cuanto antes y volver con Jurdi.

regañás y pinzas de madera

domingo, 28 octubre 2018. Veo dos piscinas enormes desde el cielo. Al ir bajando me fijo en que en una hay sólo niños y en otras sus padres jugando con una pelota. Pienso que preferiría estar en la de los niños, cada uno a lo suyo. En la de los niños hay una piscina adosada para bebés con apenas un palmo de agua. Está llena de "regañás". Están hinchadas y blandas. Las saco al bordillo. Llegan los padres de los niños y se las comen.
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Mi hermana me pasa un plato lleno de huesos de aceitunas que acabad de comerse. Ponme más, dice. Le sirvo un puñado de pinzas de la ropa.

muro, gusanos y tiza

sábado, 27 octubre 2018. La casa tiene es una sola habitación de planta cuadrada. Los muebles, incluidos los de la cocina, están pegados a la pared, dejando en el centro un espacio enorme. Organizarán bailes, pienso. Estoy sentada en una de las sillas y una señora se afana en limpiarlo todo concienzudamente pero con prisa. Le digo que se vaya, que yo me encargaré de todo. Me da las gracias y un trapo mojado, y desaparece. Miro a mi alrededor. Me gusta la luz que entra desde la calle. L ventana está apenas a dos metros de la acera. Entro y salgo por la ventana varias veces porque me gusta el roce del muro caliente cuando me dejo resbalar. Una pareja aparca su furgoneta y me hacen señas. Me dan un saco enorme. Súbelo a casa, es la comida de los niños, dice sonrientes. El saco está lleno de gusanos vivos. Intento que no escapen. Cuando me ven trepar por la ventana tengo que explicarles ue me gusta notar el muro caliente, etc. Estoy fascinado, dice el chico. Lo miro, pienso que es guapo. Al entrar, la casa ha cambiado de aspecto. Tiene habitaciones. Delante del dormitorio hay un mapa en el suelo y, sobre el mapa, unos gusanos verdes fluorescentes que en nada se parecen a los marrones que llevo en el saco. El chico los aplasta con la mano. El líquido verde brillante que desprenden tiñe algunas partes del mapa, ordenadamente (los ríos, los lagos). Abro una puerta y aparece un dormitorio con muebles verdes (muy bonitos) a los que les han pintado flores blancas y rojas (muy feas). El chico me mira orgulloso. Deja de gustarme en ese instante. Si me das una tiza lo arreglo en un momento, le digo. El dormitorio se convierte en una pizarra que ocupa toda la pared. La cuadriculo. El chico me mira desde un rincón. No sé bien si está enfadado o feliz.

última generación

miércoles, 24 octubre 2018. Se supone que viajamos en avión, pero en realidad es un autobús. El conductor, un hombre muy tosco, nos dice que bajemos a ver el paisaje y dentro de unas horas nos llevará al aeropuerto para continuar el viaje. El paisaje es precioso, desde luego, pero preferiría quedarme esperando en mi asiento. Me alejo del grupo, llego a un bar en mitad de la nada. Reconozco a David González. Me siento a su lado, pero parece no reconocerme. Sus amigos están arremolinados sobre un móvil de última generación. Me hace un gesto de "Son tontos". Saco mi móvil tipo castañuela. Con esto no hay quien se distraiga del trabajo, le digo. Nos reímos. De repente recuerdo que tengo que volver al bus que me llevará al aeropuerto. Ya se ha ido, dice David, sin dejar de escribir sobre el mantel de papel que cumbre la mesa.
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Salgo del coche. En el suelo del garaje hay una bolsa de plástico. Un vecino me pregunta si es mía como si la quisiera. Puedes quedártela, le digo. Está rota, responde y se va.  La tiro a una papelera. Salgo a la terraza de un bar. En las mesas sólo hay niños tomando refrescos. Hacen que fuman, pero en los ceniceros hay muñecos de goma. En uno veo a un Ideafix gris. Dudo si será el mío. En otro cenicero está mi llavero de osito. Me lo llevo sin ceremonias y muy mosqueada. Al entrar en el bar, se convierte en la cubierta de un barco, y está enmoquetada. Hay cientos de muñecos en el suelo,  parecen comestibles. Pruebo uno, sabe a cartón. Busco entre las escobas una que sea para alfombras. Todas están muy gastadas. Al barrer, los muñecos se deshacen y ensucian la moqueta. Siento una tristeza y una rabia enormes.

libélula

martes, 23 octubre 2018. Se supone que he dormido en casa de mis padres porque todos estamos en pijama. ¿Qué tal estás hoy?, pregunto a mi padre (parece que haya encogido durante la noche). ¡Genial!, responde y se retrepa en el sillón verde. Cuenta que una vez vino a casa la policía, le entregaron un ramo de flores mientras sonaba el himno nacional. Pienso que ha perdido la cabeza. En la cocina está todo manga por hombro. Hay que limpiar y hacer la comida, le digo a mi hermana, que aprovecha ese momento para desaparecer porque ha visto una araña. Es una libélula, le digo. Nada. Detrás del frigorífico descubro una alacena con otro frigorífico. La puerta del congelador no cierra porque está atiborrado de cajas de comida precocinada. Llevo unos cuántos al otro frigorífico y consigo cerrar la puerta. Habría que descongelarlo, pienso, pero no sé cómo apagarlo. Hay un enjambre de cables negros y amarillos. Mi hermana asoma la cabeza. Y se sorprende (para bien) de tanta comida en cajas. Si vieras mi congelador sabrías te darías cuenta de lo poco que nos parecemos, le digo.

bebé por gato

domingo, 21 octubre 2018. Caminamos por una pasarela estrecha construida con tablas de madera y cuerdas. Hay mucha gente caminando en ambos sentidos. A ratos hay que parar para dejar que pasen y no caer. Abajo hay vegetación, pero no estoy segura de si es muy profunda. Alguien dice "¡Dejen paso!", como si llevara a un enfermo, pero solo lleva un gato blanco peludo muy pequeño entre las manos. Al mirarlo fijamente, el gato se convierte en un bebé que me echa los brazos.

copilota

sábado, 20 octubre 2018. Me tienen que sacar sangre. Una enfermera va de un lado para otro con un par de tubitos en la mano. Me dice que la siga. No me fío un pelo. No parece un hospital, parece un banco o un edificio de oficinas con el que ya he soñado otras veces. Salimos a la calle. Veo a Eva, conduce un coche, le hago señas para que me rescate. Se baja para saludarme. No sé cómo, estoy dentro del coche en marcha. Ella corre para alcanzarme. Voy en el asiento del copiloto y nadie conduce. Al abrir puerta para que pueda subirse en marcha le doy un golpe al coche que circula a mi lado. El golpe me despierta.

muebles lacados

viernes, 19 octubre 2018. Entro con un grupo de personas al cuarto de estar de una casa. No sé dónde estoy, sin embargo sí sé que han cambiado los muebles (antes de madera, ahora lacados en negro). Todos se sientan alrededor de la mesa para jugar a las cartas. Parecen felices. No me gustan los juegos de mesa, así que salgo disimuladamente. Al fondo de la cocina hay una puerta que da al baño. Me extraña que estén juntos y recuerdo que en la casa donde veraneaba de niña era exactamente igual. Pero esa casa la tiraron, pienso. Entro al cuarto de baño para comprobarlo, pero las piezas no están en el mismo sitio. Está todo muy sucio. Al pasar junto al váter cae dentro una toalla pequeña. o sé cómo sacarla. Uso el mango de un cepillo de dientes. Después no sé dónde tirar el cepillo porque no hay papelera. Mientras tanto la cocina se ha ido llenado de gente joven que ha comenzado una fiesta.

el extraño viaje

jueves, 18 octubre 2018. Voy en un autobús o un vagón atestado de gente. No hace falta ni agarrarse ara no caer porque es imposible. Miro a mi alrededor pero no conozco a nadie. Casi no puedo respirar. Cierro los ojos. Cuando los abro, estoy sola.

tips

miércoles, 17 octubre 2018. Carmen y yo subimos por Alcazabilla. Demasiada gente y demasiada lluvia. No llevamos paraguas. Ella pelea por llevar una bolsa de plástico con libros (que son míos). Por su gesto sé que piensa que si los llevo yo acabarán mojándose. Durante todo el camino debemos de sortear, además de gente que parece estar de fiesta, un reguero de envases de detergente. Le cuento que he visto en youtube cómo hacer embudos con botellas de suavizando o, incluso, como hacer un tope de puerta con un chicle masticado. Ella pone cara de asco. Vemos pasar a Salvatore a toda velocidad. Lo seguimos, lo llamamos. Lleva una gabardina en plan inspector Gadget y la barba muy espesa y oscura. Se lamenta de que el hotel que iba a reservar está completo. Carmen se pone tremendamente triste y, por fin, me da la bolsa con los libros.

calcetines

lunes, 15 octubre 2018. Tengo un acto en el que fue mi colegio. No hay nadie en casa, no ha sonado el despertador. Alberto me llama para decirme que ha tenido que ir a regar y no llegará a tiempo para acompañarme. Abro un cajón y no encuentro dos pares de calcetines iguales. Llegó tarde. No pasa ningún taxi. Subo con trabajo la cuesta del colegio. Llegas tarde, me dice Julia, una chica que estaba en mi clase. La reconozco, pero la veo muy vieja. ¿Ella me verá igual de vieja?, pienso. Cuando llego al colegio me han preparado una sorpresa: mis tías y mi madre también están allí. Hablan a gritos, cuentan anécdotas que no vienen al caso. Deseo desaparecer.

gaseosa de bolita

domingo, 14 octubre 2018. Estoy en casa de mis padres. Tengo que volver a mi casa, pero me he mudado y no recuerdo cómo se llega. Cada vez es más tarde, cada vez está más oscuro. Llega mi prima Elisa, pero no sé cómo pedirle que me lleve a casa. De repente estamos en una especie de cine donde ruedan una película. Una actriz le ofrece a una gaseosa de las antiguas, de aquellas que llevaban una bolita. Le explica cómo se abre (forma parte de su papel). Elisa tiene que improvisar el diálogo.

hablar

miércoles, 10 octubre 2018. Antonio está sentado delante de mí. Dice que tengo que reaccionar de una vez, ponerme en marcha. Después de un rato de silencio, le digo que no es lo mismo que él hable de historia, por ejemplo, a que yo hable de historia. Tienes que hacerlo, dice. Y allí seguimos un rato, callados, frente a frente.