diógenes

domingo, 18 septiembre 2016. Mi madre llega al portal de su casa acompañada por tres personas a las que no conozco. Les digo que suban en ascensor. Mientras tanto yo corro escaleras arriba para llegar antes que ellos y ordenar la casa. En el salón hay un montón de cosas variopintas en el suelo. Intento separarlas por temas (ropa, collares, ovillos de lana, juguetes viejos). Empiezo a no querer tirar cosas porque cada una me recuerda a algo. Cuantos más objetos separo del resto, más crece el montón de basura.

del revés

sábado, 17 septiembre 2016. Parece un festival de música, pero todo sucede en una especie de garaje cutre. Hay dos puertas de metal mal pintadas por donde sale y entra una banda de la que cuentan que su mérito es cantar canciones al revés. Si caminan hacia delante, entiendes la letra. Si caminan hacia atrás, es que están cantando al revés. No le veo ningún sentido a nada, no comprendo como eso vuelve locos a los fans. A un lado del garaje hay una bañera enorme. Estoy tan aburrida que decido ducharme. Como hay mucha gente en el festival, me ducho vestida.

hamacas

jueves, 15 septiembre 2016. Daniel y yo estamos tumbados en unas hamacas de lona. Sé que tengo que contarle muchas cosas, pero estamos tan bien callados al sol, que prefiero no romper el silencio. Como si él pudiera leer mis pensamientos, dice de repente: no hables.

flashmode

miércoles, 14 septiembre 2016. Laura ha preparado un flashmode en la estación del tren de cercanías. Lleva una falda negra de vuelo. Al bailar, levanta las piernas y deja ver una pañuelo atado al muslo, como si fuera una liga. Hay otras chicas que bailan, pero ella, sin duda, es la mejor.

el peso de la fe

lunes, 5 septiembre 2016. Encuentro unas hojas sueltas esparcidas en la Plaza del Obispo. Pertenecen a los Evangelios apócrifos, que presté a alguien y nunca me devolvieron. Recupero todas las páginas, las ordeno, les pongo cola. Levanto los primeros escalones de la catedral como si fueran una alfombra, y dejo que todo ese peso ayude a pegarlos.

barbas

domingo, 4 agosto 2016. Una cama en un patio de luces. La vecina lo ha cubierto de tierra y observo que lo que parecía una cuna cuna de juguete es una tumba. Primero pienso que quizá se la haya muerto un hijo, después que quizá sea la tumba de su perro. Junto a la tumba hay cajas con juguetes ordenados por temas. Me sobrecoge una caja llena de brazos y piernas de muñecas, otra con las cabezas. Algunas cabezas de muñecas llevan mal pintada una barba. Intento dormir, pero no puedo.

robar copas

sábado, 3 agosto 2016. Parece una clase con pupitres, pero los pupitres son mesitas de noche. Una chica levanta la voz, hace que baila y la expulsan del colegio, si es que eso es un colegio. En una terraza adosada hay una fiesta. Salgo por la ventana. Hay vasos y copas abandonadas junto a las macetas, sobre la baranda de obra. Pienso en cómo podría robarlas todas.

mudanza

lunes, 29 agosto 2016. Parece que acabo de mudarme. La casa no tiene muebles y los marcos de las puertas están separados unos centímetros de la pared. Puedo ver al vecino. Al abrir las ventanas los cristales se rompen. Veo una calle que me recuerda a la calle donde vivía mi abuelo.
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Alberto viene con alguien. No distingo bien quién es. Al subir las escaleras y verlo de cerca, reconozco a José Antonio, 35 años después. Lleva barba. Lo abrazo, me alegro muchísimo de verlo.

horquilla

miércoles, 24 agosto 2016. Primero parece que hago autoestop en un camino de tierra con eucaliptos. Después parece que intentan secuestrarme. En el coche van unas cuantas personas más. El coche no arranca y soy la única que sabe andar entre zanjas de barro. Me mandan comprar una horquilla. No sólo hay zanjas, también vallas de alambre. Una calle que parece Marruecos, con muchas tiendas pequeñas y ninguna ferretería. Un chico que también busca algo. Recorremos la calle juntos, pero no encontramos nada. Todo el tiempo llevo la horquilla rota en la mano y la mano en alto para que nadie la roce o no se me pierda. En ningún momento pienso en escapar, sólo en comprar otra horquilla.

una niña

martes, 23 agosto 2016. Recibo una carta donde dice que ha llegado la niña que pedimos. No sé a qué se refieren. Como la si la carta dialogara conmigo, me responde: "Sí, la niña que pediste para ser su madre, ahí están los documentos que firmasteis". Los documentos son servilletas de bar donde Juan y yo hemos escrito, con mala letra, que queremos que nos envíen una niña. Llamo a Juan por teléfono, no sé cómo se tomará la noticia ni cómo nos arreglaremos para cuidar de ella, cada uno en una ciudad diferente.

huida

domingo, 21 agosto 2016. Exposición de un neón con forma de osito que cambia de postura cada dos minutos. Intento hacerle una foto. A pesar de estar sola en la sala, que es enorme, una chica siempre se pone delante. Desisto, salgo. La chica me sigue, me cuenta cosas de su compañera de piso y su exnovio. Yo ni la escucho. Intento salir de allí a toda prisa porque debo llegar a una comida familiar. Corro, la chica me sigue. Entro en los camerinos de un teatro, le pido ayuda. Me esconden en un servicio donde hay un lavabo con latas de berberechos. No sé cómo he conseguido zafarme de ella y cojo un autobús que me lleva en sentido contrario. El conductor y los pasajeros me acusan de pulsar el botón en todas las paradas, pero yo no veo ningún botón. Salgo, corro de nuevo. Alguien me empuja y acabo haciendo un test en una perfumería, donde me preguntan la edad de mis padres y si me gustan los perros. El chico que me hace el test dice que mejor vuelva otro día porque empiezan sus vacaciones.

charcos celestes

sábado, 20 agosto 2016. Entro en un local muy pequeño donde, se supone, que está durmiendo Perkins. Mi intención es limpiarlo. Intento no hacer ruido. Sólo hay una silla de peluquería y un lavabo empotrado en la pared. En el suelo hay charcos celestes. Al intentar secarlos con toallas, veo que son láminas de plástico. Las tiro a la basura. Perkins sale y me mira con gesto de no comprender. Siento haberte despertado, le digo.

botella rota

jueves, 18 agosto 2016. Salimos de un autobús con unas maletas enormes. En la parada hay mucha gente y hay que hacer malabares para poder pasar por la acera. Subimos una cuesta escalonada. Un grupo de chicas quiere hacerse una foto con Alberto. Las chicas discuten porque todas quieren salir en la foto. Me ofrezco a hacerla. Dejo el bolso en un escalón. La cámara está pegajosa y tienes unos botones diminutos que no sé usar. Junto al  bolso hay un perfume que alguien ha olvidado. Lo meto en el bolso, pero empieza a rezumar. El frasco se ha roto, pero ahora es una botella de Cointreau. Las chicas quieren que cenemos con ellas. Entran en una pensión muy cutre. Hay que pasar por un bar con barra en forma de herradura. Está lleno de parroquianos medio borrachos. En camarero, muy viejo, me ofrece una gamba cruda. La pelo, me da asco, se la ofrezco a Alberto. Tampoco la quiere. No sé qué hacer. No sé qué pintamos allí.

atar

lunes, 15 agosto 2016. Alberto quiere acordonar una calle. Lleva un rollo de cinta roja y blanca como la que usa la policía. La ata a una farola y me dice que cruce la calle. Un coche pasa a toda velocidad, pero en vez de romper la cinta, se le queda enganchada. La cinta estira doscientos metros sin romperse. La corto con los dientes. Cuando voy a atarla a otra farola, en realidad estoy atando bolsas de plástico a una cortina de una cristalera en un primer piso. Hay que unir las cortinas para que no pase luz, dice Alberto. Las bolsas son ahora muestras de tapicería. Las cortinas han quedado muy bien, a pesar de todo. Parece una casa nueva, por habitar. No hay muebles. Desde la cristalera veo una jardín donde juegan unas niñas. Me gusta esto, pienso.

brócoli

domingo, 14 agosto 2016. Mi hermana quiere comprar árboles. Cuando lo dice, soy capaz de ver, como si tuviera Rayos-x, árboles dentro de su pecho. Le crecen desde el esternón hacia los lados y hacia abajo, dentro de los pulmones. Más que árboles me parecen brócoli.

cartera de cartero

martes, 9 agosto 2016. Se supone que es la casa de mis padres, pero las habitaciones no tienen ventanas. Sobre la cama de mi cuarto hay una cartera de cartero muy vieja. Alguien la ha remendado con piezas de lana tejida y el asa está cosida en el interior. Siempre quise una cartera de cartero y cuando por fin tengo una es un desastre, pienso. En uno de los bolsillos laterales de lana hay retales. Parece que alguien dejara a medio coser varias prendas. Me las pongo sobre el cuerpo por si puedo sacar algo de ellas. Mi padre entra, dice que se van con mi hermana a pasear y tomar algo. ¿Los tres? Sí, tú te quedas, adiós.

zapatos de bruja

viernes, 5 agosto 2016. La puerta de servicio está entreabierta. Pienso que alguien se ha colado. Pienso en coger el rodillo de la cocina y mirar se ha escondido en el cuarto rosa. Oigo voces. Por la puerta principal oigo a mi suegra hablar con alguien. Le dice que la niña ha subido al descansillo de la azotea. Pienso en quién será la niña, si mi sobrina o su hija. Pienso que quizá haya alguien escondido allí. La niña baja, es una desconocida. Lleva un zapato de cada color. Pienso que efectivamente hay alguien arriba y que le ha hecho algún tipo de brujería.

paraguas

miércoles, 3 agosto 2016. Estoy sentada en la terraza de un bar. En realidad no es una terraza, es la acera, donde sólo cabe una mesa con dos sillas. Estoy sentada mirando hacia el frente, esperando. Antonio sube por la acera sonriente. Cuando está delante de mí, antes de sentarse, dice: Te he comprado un paraguas.

barandilla

sábado 30 julio 2016. La puerta de la calle da directamente al dormitorio o bien hay una cama en el recibidor. Los muebles son muy antiguos, pesados, de madera oscura. La cama está revuelta, Jonás está tumbado leyendo. Hola, le digo. Me mira, no me reconoce. Hueles a isabelbono, dice así, todo seguido. Me quito una gorra de cheviot, que parece a juego con los muebles y que no sé de dónde ha salido. ¡Sí, eres tú!, dice contento. El espacio cambia. Estamos en la casa de mis padres. Tengo que arreglarme porque vamos a salir. Llevo una falda de flores y unos zapatos de flores, pero los estampados son distintos, no pegan nada. Me pongo la yukata que compré en Varsovia. Parezco un fantoche. Mi madre y mis tías me gritan, me dicen que no tengo tiempo, que me dé prisa y que, además, tengo que ordenar la terraza. La terraza no tiene barandilla. Miro hacia abajo, reprimo las ganas de lanzarme al vacío. Entro. Hago que busco algo en un cajón, de espaldas a todos, para que vean que estoy llorando de rabia. Jonás se acerca y habla de cualquier cosa para cambiar de tema y nadie note nada.

bónor

jueves, 28 julio 2016. Parece un colegio convertido en centro de exposiciones, pero exposiciones no hay. En una sala hacen teatro. Reconozco a varios de ellos cuando eran jóvenes. Pienso que son hologramas que se activan al cantar una sintonía antigua. Yo iba cantándole a Marcos "Todo es posible en domingo". Alberto y Antonio nos acompañan. Antonio dice que no quiere encontrare con la chica de la cara quemada. De repente, recuerdo que tengo que subir a casa para algo, pero hay una chica con su hija viviendo en ella. Han convertido el comedor en una pocilga. Les pregunto si bajo el reciclaje. Nosotras no reciclamos, dice muy ofendida. Bajo las escaleras a todo correr. Hay escalones cubiertos de nieve pegajosa. Una niña china me dice en chino que es nieve de azúcar y no la pise. Intenta barrerla como puede. En uno de los pisos veo a Andrés con una guitarra. Va a cantar canciones de iglesia a unos niños. No comprendo nada. Lo acompañan unos tipos raros con mascarillas de plástico transparente que les cubren nariz y boca. Alguien dice que ahora todos los poetas tienen nombre raros. Les digo, en broma, que voy a cambiarme el apellido por Bónor para que parezca nombre de rapero. Andrés abre un mapa dibujado en papel de seda y dice que debe ponerse al día para vender también 30.000 ejemplares. Busutil, que está desayunando una ensalada de piña con arándanos, se vuelve y dice que 15.000 ya le parecen más que suficientes. Me despido, intento meter una banqueta plegable en el bolso, le abro la puerta del portal a una chica embarazadísima. El felpudo de la puerta es un sujetador azul enorme, tipo abuela. Una vez salgo a la calle, no reconozco nada, no sé dónde estoy.