polvo de agua

domingo, 22 octubre 2017. Mi madre dice que tengo que ir a limpiar el polvo al piso de un vecino. El piso está justo debajo del de mis padres, sin embargo la distribución de las habitaciones es distinta y lo que se ve desde el balcón es otra calle. Paso el dedo por un mueble. El polvo son minúsculas gotas de agua. Hay un pájaro negro muy pequeño suelto por la casa. Sobre una mecedora hay un cojín que se transforma en una especie de osito. Se me agarra a la pierna como un koala. Entre uno y otro no me dejan trabajar. A pesar de que los tres vamos de un sitio a otro, todo sucede como en una película muda. Empiezo a pensar que el vecino está escondido en alguna de las habitaciones. ¡Sal!, le digo al pájaro moviendo los labios, sin emitir ningún sonido. El pájaro sale por la ventana de la cocina. ¡Vuelve a tu mecedora!, le digo al osito. Al soltarse de mi pierna, un cojín cae al suelo.

jardines inundados

viernes, 20 octubre 2017. Me encuentro a Juano por la calle. Corre con mucha dificultad. Parece que huyera de alguien. Miro hacia atrás, pero las calles están vacías. Ven si quieres, dice. Corro tras él. Subimos cuestas empinadas hasta llegar a una urbanización de casas con jardín. Juano salta las tapias, enchufa las mangueras, abre los grifos para que se inunden los jardines. Después caminamos lentamente de vuelta a casa.

orden gris

lunes, 16 octubre 2017. Un hombre con abrigo gris me enseña su casa. Hay fotos enmarcadas con su familia hasta en la cocina. Abre incluso los armarios para que compruebe lo ordenados y felices que son. Se quita el abrigo, intenta besarme. ¿No eras tan feliz con tu mujer, tus hijos y tus armarios ordenados? El hombre se vuelve a poner el abrigo y me acompaña a la puerta para que me vaya.

canción

domingo, 15 octubre 2017. Alberto quiere leer algo que ha escrito contra los obispos en una iglesia. Dejamos el coche en un parking improvisado. Llegan autobuses llenos de feligreses. La iglesia está a oscuras. Los asientos son pequeños muros hechos con piedras, simplemente puestas una sobre las otras. Tienen agujeros. Parecen letrinas. Alberto despliega un rollo de papel enorme. No sé si va a leer o a cantar. Pienso en que el coche está demasiado lejos si es que tenemos que huir.

gato sin orejas

jueves, 12 octubre 2017. Voy en el tren de cercanías. La última parada cerrada por obras. Bajamos en un túnel. Me despisto del grupo y llego  a un descampado con montones gigantescos de tierra muy negra. Unos operarios me ayudan a subir a uno de los montones con forma de esfera. La tierra es tan compacta que puedo subir como si escalara una pared de piedra, pero al ser una esfera uno acaba por resbalar. La vista es impresionante, valió la pena, pienso mientras caigo.
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Purranki quiere por su cumpleaños una cámara nueva para rodar cortos. ¿Eso no es una cámara?, le digo señalando la que tiene en la mano. Sí, pero esta sólo graba historias de los dedos de mis pies.
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Estoy en una casa-cubo muy blanca con las paredes translúcidas. Un gato sin orejas que mira con cara de pena. ¿Tienes hambre? Y el gato asiente con la cabeza. Salgo a todo correr porque es tarde. Al llegar al supermercado me doy cuenta de que no llevo dinero. ¿A qué hora cerráis?, pregunto a dos niñas que hacen pan. No cerramos, dice una echando la persiana. Vuelvo a casa a toda velocidad, pero llevo botas de agua y se me salen al correr. ¿Me da uno?, dice un chico con el que me cruzo en la acera. Me miro el brazo. Llevo varios Donuts rosas a modo de pulsera. Le doy dos. Al llegar a casa cojo al gato en brazos y se transforma en un bebé con los ojos verdes, preciosos. Me pregunta si los Donuts son para él. Me sorprende que sepa hablar porque no pasará de 3 meses. Llega Manuel con un montón de gente. Al parecer hay una fiesta en marcha. Manuel tiene los ojos del mismo color que el bebé. Me pregunto si será suyo. Como si pudiera leerme el pensamiento, el bebé me dice que sí, que es su padre, pero desde ahora vivirá conmigo.

metamorfosis de ida y vuelta

martes, 10 octubre 2017. Estoy con mi abuela en el patio del Palacio Episcopal como si fuera la terraza de un bar. Aparece Enrique. Le digo a mi abuela que se fije en sus ojos. Los ojos de Enrique son negros al sol y verdes a la sombra. Enrique se transforma en Chivite. Su mujer saca de un aparador dos tortillas. Si tenéis invitados no vamos, le digo. Chivite se transforma en un teléfono de baquelita. Me cuenta que lo pasó muy mal cuando lo echaron de todos los foros de internet. Lo borraron todo, se queja, pero ahora estoy muy bien. Le digo que noto perfectamente cundo está bien o mal. El teléfono vuelve a ser Enrique. Le pregunto si conoce la canción "Los mil chinos de Murphy". Me explica que, en realidad, Murphy estaba en un concierto y aparecieron, por error, mil chinos con pancartas protestando por algo. Ahora todo el mundo usa el término "los mil chinos de Murphy" para cualquier cosa y sin ningún sentido, dice. Ahí al lado, por ejemplo, hay un restaurante que se llama así. Voy a ver el restaurante. Bajo por un túnel vertical hecho en la acera agarrándome a una escala. Al llegar abajo, llego a un pasillo igual de estrecho donde hay que andar a gatas. Las paredes están empapeladas en tonos verdes. Oscuridad, humedad, calor. A pesar de todo está lleno. En las mesas hay cuencos con fideos. Subo muy lentamente porque me queda muy justo y casi no puedo respirar.

mudanza

domingo, 8 octubre 2017. Tengo que mover unas estanterías y ordenar los muebles del que, se supone, será mi cuarto. Las estanterías son enormes y pesadas. Llega Francis y se sienta en una silla plegable. No me has abrazado, dice mientras muevo una mesa enorme. Aparece Cumpián. Está más delgado que nunca, parece un alfiler la lado de esas enormes estanterías. Anda ve, me dice, yo me encargo de mover esto.

tres pesadillas

jueves, 5 octubre 2017. Vamos en el coche. Supongo que Alberto se ha pasado la calle a la que íbamos porque da marcha atrás y circula a una velocidad enorme. Tanto es así, que caigo en el asiento de atrás. Lo espero mientras sale a hacer algo. La ventanilla tiene una cortina retráctil oscura. Eso llama la atención de unas niñas que se acercan a mirar. La levanto, les digo que se vayan. Una se sienta en el lugar del conductor. Comienza a tocarlo todo. Temo que quite el freno de mano y el coche ruede cuesta abajo. No consigo que salga. La agarro de los pelos, la amenazo. Me dicen que volverán con su familia a matarme.
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Un niño pone sobre la mesa una jaula con un animal adorable. Me fijo en que también hay un tigre del tamaño de un gato. Lleva una especie de salchichón en la boca. Se acerca a uno de los animales a adorables y se queda muy quieto. El animal adorable saca una lengua de camaleón que se queda pegada al salchichón. El tigre aprovecha para meterse la cabeza del animal en la boca. Se lo come. Le grito al niño que haga algo. El niño mete la mano en la jaula y el tigre también se la come.
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Llego corriendo a la estación. Avisan de que el tren saldrá en dos minutos. Elijo destino, meto las monedas y el billete sale partido en tres. Se lo llevo a un hombre con pinta de vago que hay en una taquilla. Pongo el billete roto sobre el mostrador. El hombre me da un paquete de chicles y me hace un gesto mafioso para que me calle y me largue. Oigo que llega el tren. Elijo destino de nuevo, meto los chicles por la ranura de las monedas y sale un billete para un viaje por valor de 600 euros. A mi lado, un padre y un hijo leen un plano y dicen no tener dinero para sus billetes. Les doy el mío y le digo que corran, que el tren sale ya. El tren ya se ha ido, me dicen señalando el tren todavía parado en la estación.

falso tren

miércoles, 4 octubre 2017. Voy en un tren sin asientos. Por las ventanas se ve Bangkok. Unos niños suben y bajan a lo loco. Les digo que tengan cuidado. Se ríen. Uno me dice que el tren no es un tren, es un vagón varado en la playa, y lo que veo por las ventanas una película. Decepción. Me bajo del falso tren y entro en un bungalow. Mis padre acaba de llegar del trabajo, mi madre pone la mesa. Parecen muy jóvenes. Mi hermana habla por teléfono sentada en el brazo del sofá. Está desnuda. Le digo que debería vestirse. Si no le da vergüenza estar desnuda delante de papá. Me mira sin comprender. Se pone un albornoz y dice que va a bañarse a la playa. Es de noche. Estoy agotada. Me tumbo en una especie de catre que hay en mitad de la habitación. Veo a un tipo enorme ir y venir por la playa, hablando a gritos por su móvil. Da miedo. Viene hacia el bungalow, cierro los ojos, se sienta al borde del catre y me sopla al oído. Me hago la dormida. Tintinea unas llaves. Es Emilio. He traído el coche, dice. Veo que ha aparcado dentro del bungalow, que ahora está decorado como el comedor de la casa de mi abuela. Alberto me espera dentro del coche. El catre se ha convertido en una bañera. Emilio dice que antes de irnos tiene que cortarme las uñas de los pies.

ciénaga

lunes, 2 octubre 2017. El parque de Málaga es una ciénaga. Hay excursiones guiadas en autobús. Los árboles no dejan que la luz del sol llegue al suelo. Desde la ventanilla distingo a unos niños desnudos jugando entre el lodo. El recorrido termina junto a una cancha de baloncesto. Alguien me dice que necesitan ayuda. Al parecer, las lluvias lo inundaron todo y hay que retirar la gravilla que cubre el suelo. De entra la gravilla sale un caimán enorme. Me quedo muy quieta, pasa de largo y se mete bajo un catre que hay en un rincón. No sé cómo resbalo y quedo tumbada en el suelo con los pies bajo el catre. ¡He pisado al caimán, no puedo moverme, tirad de mí!, les digo. Pero no queda nadie.

cazuela horno

domingo, 1 octubre 2017. Le llevo a Míchel una bolsa con regalos. No son regalos, en realidad son amuletos para que apruebe un examen. Voy sacándolos uno a uno. Primero una cazuela-horno. Después otras cosas pequeñas, entre ellas un anillo con clavos y una figurita de San Pancracio. Debes meterlo todo en la cazuela-horno y ponerla al fuego, le digo. Pero el San Pancracio es de goma y se derretirá, protesta. De eso se trata, San Pancracio dará la consistencia necesaria a tu suerte. Míchel sonríe y me da las gracias, pero no parece muy convencido.

sarria

viernes, 29 septiembre 2017. Participo en una gincana que se celebra en Sarria. La finalidad es encontrar al padre de Sonia. No sé por dónde empezar. Todo el mundo va de un lado a otro sin mucho tino. Me fijo en que en las yemas de los dedos tengo diez escudos en relieve. Pienso que, quizá, si voy encontrando las casas que tengan en la puerta cada escudo correspondiente, podría usar cada una de las yemas de mis dedos como llave.

niñatas

jueves, 28 septiembre 2017. Agustín y yo llegamos a un edificio de oficinas. Preguntamos a una chica dónde es la lectura de poemas. La chica nos da largas explicaciones sobre nada. Buscamos la sala por pasillos que parecen de hospital. En una que parece una tetería, hay un montón de chicas jóvenes sentadas en cojines. Hay mucho ruido de fondo a pesar de que cada una mira su móvil. Alejandro me llama desesperado. Dice que Sora está llorando y tenemos que ir a por ella. Me alegro de tener que irme porque no me apetece nada leer para esas niñatas con móvil.

bic naranja

miércoles, 27 septiembre 2017. Entro a una papelería y pido un boli Bic de cuatro colores de punta fina. Dos personas lo piden a la vez que yo. La dependienta apoya los brazos sobre el mostrador y la cabeza sobre los brazos, como si durmiera la siesta. Al cabo de un rato dice que volvamos al día siguiente, a las doce. Los tres le recalcamos que debe ser el boli antiguo, sin dibujos ni adornos. La chica casi se echa a llorar. Bueno, trae cualquiera y ya haré un apaño con uno gastado que tengo en casa, le digo para no agobiarla.

chinchetas, alfileres y julian barnes

sábado, 23 septiembre 2017. Chivite y yo miramos en un tablón los resultados de un test que, se supone, nos hicieron. Chivite se ríe al no reconocer su letra (escrita a toda prisa) y también de las respuestas. Ahora no contestaría lo mismo, se queja. Le digo que a mí me gustan los tests, que siento que necesito que alguien desde fuera me diga cómo soy. ¿Será inseguridad?, le pregunto. Chivite se encoge de hombros. El escritor Julian Barnes saca la cabeza por una ventanilla en forma de media luna que hay en la pared. ¡Todos los tests son mentira!, ¿quién podría responder lo mismo, dos veces seguidas, si le preguntan qué hora es? Chivite le da la razón. Yo me pongo muy seria y digo: Yo respondería lo mismo en dos casos: A) Si el reloj no tiene segundero. B) Si damos por supuesto que el tiempo es sólo una aproximación. Barnes cierra la persiana del ventanuco de un golpe. En el colegio me hicieron varios tests y fue un desastre, las monjas me echaron el cante porque el test decía "percentil 98" y yo suspendía todo, le cuento a Chivite mientras recogemos para irnos. Barnes ha dejado junto a la ventanilla unos papeles y dos cajitas circulares (parecen jaboneras) para nosotros. Las cajitas son blancas con un logo esquemático en negro de dos novios vestidos de boda cogidos del brazo. Debajo han escrito en minúsculas "matrimonio". Cuando Chivite se la guarda en el bolsillo, se oye chocar algo metálico. ¿Guardas chinchetas? Chivite mira hacia otro lado, esconde la cajita y la cabeza. No te preocupes, yo en la mía guardo alfileres, le digo.

time to go

jueves, 21 septiembre 2017. Javier, José Antonio y yo llegamos a una celebración. A la entrada nos piden las invitaciones. Cada uno entrega un palillo de dientes. Nos sientan en una mesa redonda enorme con mantel blanco. No hay nada más, ni cubiertos, ni adornos, ni comida. Miro las demás mesas. Mientras oigo de fondo hablar a Javier. Todas tienen de todo menos la nuestra, les digo. Javier calla de repente, José Antonio llora.
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Mi tía le dice a mi hermana que ya tiene listos los papeles que debe presentar para saber si es hija de mis padres. Mi hermana dice que pasa. Mi tía insiste en que es muy fácil. Le digo al oído a mi hermana que no tiene por qué hacerlo. Mi hermana no parece mi hermana, lleva el pelo recogido en una trenza muy larga.
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Voy en un coche con gente que no conozco. Vamos muy apretados. También van Ferran y Sonia. Una señora comienza a cantar. Quiere que todos cantemos. Es lo que se hace en los viajes, dice. Cantamos sin ganas. El coche se ha convertido en un salón de actos. La señora canta micrófono en mano. Nos mira, quiere que cantemos el estribillo de uno en uno y nos pasa el micro. Cuando llega el turno del tipo que está a mi lado, se hace pasar por Alberto, dice que no piensa cantar y me pasa el micrófono. El micrófono tiene flecos, me da asco. Me enfado muchísimo. Cuando llega el turno de Sonia, se echa todo el pelo hacia la cara, dice que no quiere cantar, que no sabe qué hace allí, que no conoce a nadie. Time to go, le digo. Antes debo recoger en el guardarropa un montón de folios que se supone son muy importantes.
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Alberto quiere llegar a tiempo a algo. Camina delante de mí con una mochila. Yo camino junto a varias señoras mayores, temo dejarlas solas, no avanzan. Alberto desaparece. Las señoras, en vez de caminar por la acera, trepan por contenedores de basura y se meten en charcos de lodo. Alguien nos tira cañas de pescar como si fuesen jabalinas.

dragón

miércoles, 20 septiembre 2017. He madrugado para ir a correr. Todavía no ha salido el sol En el parque me cruzo con mi madre y mi hermana que vuelven a casa. Al parecer han pasado la noche en una cola para comprar una figura de un dragón. Mi madre señala al cielo. se la ve agotada. En el cielo hay un holograma de la cabeza roja de un dragón. Miro a mi hermana, no sé bien qué decirle. Mi madre se arruga en el el suelo a dormir. Es que si compraba el dragón hoy era más barato, dice mi hermana.
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Mi padre corta tomate en un tabla de madera. Me extraña verlo en la cocina. Me pregunta si iré a la comunión de Abel. Lo había olvidado, le digo. Es a las nueve, dice. Corro hacia mi casa, tengo que arreglarme. Mi casa está en obras. Las distribución de las habitaciones ha cambiado. Al abrir una puerta, hay dos albañiles liados. Cierro con cuidado. Encuentro unos tacones en una alacena. Son morados (no sé de dónde han salido). No me gusta el morado. Veo en un reloj de pared (que tampoco sé de dónde ha salido) que ya son las nueve y media. Vuelvo a casa de mis padres. El ascensor no funciona. Llegan vecinos, apilan sillas de guardería, dicen que suelen usarlas cuando el ascensor se rompe. Trepo, casi me caigo. Los niños jalean, quieren que cante una copla. ¿Dónde habéis aprendido copla? los niños nombran unas cuántas, pelean por cuál debo cantar. No pienso cantar, digo y me bajo de las sillas. Mi padre sigue en la cocina. Masculla algo sobre la soledad y el desorden de la casa. Los muebles están cambiados de sitio.

verbena

martes, 19 septiembre 2017. Tengo que llegar a tiempo a la casa de mis padres. Intento un atajo de calles que no conozco. No hay nadie a quien preguntar si me pierdo, pienso. Eso me tranquiliza y me agobia a la vez. Las calles se quedan sin calles y debo avanzar recolgándome de una reja a otra. Un chico llora junto a la ventana de un bar. No me abren, dice. Está borracho, pienso. Dice que quiere acompañarme. Al dar la vuelta a la esquina hay una gran verbena. Un tipo nos pregunta si lo conocemos. Hago un tubo con las manos para taparle el pelo. Tu cara me suena, el pelo no, le digo. Seguimos buscando un atajo, pero acabamos en un descampado donde varios camiones descargan arena.

diamantes

domingo, 17 septiembre 2017. Camino por una explanada de tierra. Al fondo hay una iglesia enorme. Se supone que hay una reunión de alumnos. Veo que, los que se van a cercando, llevan el atuendo de su religión. Saco un paño de cocina (no sé de dónde) y me lo pongo a modo de toca. Es un paño de Ikea (blanco con unas bandas azules). Pienso que debo parecer la Madre Teresa de Calcuta. Me río para mis adentros. Entro en la iglesia. Está hasta arriba. Busco a Jota. Pienso que lo reconoceré aunque nunca nos hayamos visto. Sólo sé que es alto. Lo imagino con gafas y cara de sueño. Nada. Me largo, pienso. En una especie de sacristía sin muebles hay un tipo bajito con gafas y gorra. Parece un golfillo de película muda. Fuma sin parar de andar de una pared a otra. ¿Caína?, pregunto sorprendida. No dice nada. Jota no está dentro, le digo y me voy.

Llego a lo que parece una sala de despiece. Marcos está sentado detrás de una mesa de despacho enorme. ¿Qué desea?, dice en tono profesional. Imagino que estamos jugando a las profesiones. Me siento delante de él y le expongo mi problema. Verá, tengo estos diamantes (y pongo un puñado de cuentas de cristal de colores sobre la mesa) y mi problema es que tengo un saco lleno y no sé cómo unirlos para que me quede una buena novela. ¡Eso es!, dice marcos emocionado. ¡Escriba una novela! ¡Siguiente!

doraemon el estilita

viernes, 15 septiembre 2017. Paseo con Alberto y Marcos por una calle llena de barecillos. En uno de ellos hay un pájaro en una jaula. Marcos se acerca, la abre y deja que el pájaro vuelve por el bar. Alguien le grita que hay niños durmiendo y que el pájaro los despertará. Marcos corre tras el pájaro, tropieza con sillas y mesas. Pienso que el grito de advertencia y los trompicones de Marcos sí que habrán despertado a todos los niños del barrio.
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Mi madre, por hacer una gracia, ha colocado a un Doraemon (que, se supone, es mío) sobre una columna muy estrecha de unos cinco metros que hay delante de unas ruinas (se supone que estamos en Grecia). Se ríe, se la ve orgullosa de su hazaña. Para recuperarlo golpea la columna. Es tan fina que temo que se parta (y parece muy antigua). El Doraemon, que tiene el tamaño de uno niño de seis años, cae, rebota y vuelve a rebotar sobre una carretera, para acabar sobre un grupo que hace camping entre eucaliptos. Desde arriba, veo cómo lo esconden bajo un banco de madera. Bajo por un terraplén de guijarros muy resbaladizos. Mi madre me sigue. Le digo que me espere arriba. Nada. Por una parte estoy enfadada con ella, por otro, me hace gracia que sea tan osada. La familia me recibe sonriente, quieren invitarme a comer. Les digo (sabiendo que lo esconden) si han visto un gato azul cabezón. Niegan. Insisto. Nos ha caído un oso del cielo, dicen finalmente. Les explico quién es Doraemon y que es mío. Como respuesta, una señora abre una caja enorme de bambú y me explica que es una barbacoa que ella misma ha inventado. ¡Y no pesa nada!, jalean todos felices.
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Enrique nos espera a la salida de una casa que se parece a la que yo iba en verano de niña. El jardín da directamente a la arena de la playa. Hay mucha luz. Caminamos pegados a un muro encalado que se vuelve amarillo con el sol. Casi no hablamos, se está bien.