embudo

miércoles, 18 septiembre 2019. Salimos de un restaurante. Como teníamos prisa me llevo la bebida (una lata de un líquido vegetal al que han puesto un embudo dorado para que parezca una copa de champán). Por la calle me doy cuenta de que me he llevado el embudo. Vuelvo, se lo doy a la chica de la barra. Me mira asombrada y me da las gracias. Al salir, la calle ha cambiado. No hay aceras, los edificios parecen montones de escombros. Hay grupos de despedida de soltero disfrazados de flamenca (disfraces muy cutres). Míchel dice que Alberto tenía prisa y se ha marchado. La luz es triste, como si lo mirara todo desde detrás de un cristal tintado sepia. De repente, sobre un solara, hay un montón de piedras imitando una playa. Incluso hay niños en bañador jugando con cubos y palas. Míchel y yo no nos lo pensamos: nos ponemos de rodillas a rebuscar entre los montones la piedra negra más bonita. Detrás de un montículo (que no sabemos bien si son piedras verdes o pimientos fosilizados) hay esqueletos de erizos. Decepción: son de cerámica. También hay muñecos Dunkin. Busco el oso, para regalárselo a Begoña. Nada. Va pasando el tiempo, no consigo decidir cuál me llevo. Miro a mi alrededor. No queda nadie, Míchel también se ha ido. Comienza a anochecer. Me voy sin piedra, sin erizo y sin muñeco.

meta

martes, 17 septiembre 2019. Hay una carrera nocturna. Miro hacia atrás y veo a lo lejos a algunos corredores. Pienso que voy la primera. Al doblar para subir la cuesta de calle Carrión, veo a Cumpián en una silla baja de anea. ¡Voy a ganar!, le digo entusiasmada. Los primeros llegaron ya hace un rato, dice.

de cornisas

lunes, 16 septiembre 2019. Intento cortar el pelo a mi madre, pero sólo dispongo un cuchillo japonés para cortar verduras.
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Jaqueca. Para no pensar, doy puntadas a un trozo de fieltro burdeos. Mis tías insisten en que me tome una pastilla, pero sólo me queda una y quiero dejarla para más adelante. Al final acabo a gritos con ellas.
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Una chica en una moto o su esqueleto. Va perdiendo piezas hasta que solo le queda el motor. De repente soy yo quien va en el motor, que además pierde gasolina. No sé cómo he llegado a lo alto de un monte. Al volverme veo que estoy en la cornisa de una torre de alta tensión. No sé cómo bajar. Hay una fila de torres pintadas de rojo, un bosque y, al fondo, un lago con una mancha amarilla en el centro. Pienso en qué hacer: ¿una foto?, ¿esperar a que alguien venga a rescatarme?, ¿tirarme al vacío?

sospechas y especias

domingo, 15 septiembre 2019. Salgo de casa de mis padres y al llegar a la parada de bus, veo que pasa un vagón de tranvía de lado. Miro la calle, me parece un decorado, como si algo malo estuviera a punto de pasar. Llega el C2, pero por dentro es un autocar con la tapicería de los asientos muy gastada. Voy al fondo. Todo es oscuro y gris. Y sospechoso.
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Se supone que estamos en casa de Maxi. Intento preparar la cena, pero toda mi familia está por allí molestando. Cada vez que cojo un cuenco con especias, están mezcladas con cuentas de collar muy pequeñas.

familia

sábado, 14 septiembre 2019. Mi sobrino Diego me enseña unos tenis naranjas que acaba de comprarse. Me parecen horribles, pero no le digo nada. mi madre dice algo inconveniente e intento hacerla callar con buena palabras, pero acabo gritándole.

antiguas alumnas

martes, 10 septiembre 2029. Corro la cortina y veo que hay una verbena en la calle. Mi madre dice que espere un poco, que todavía es pronto para salir. Unas chicas esperan en el patio. Estabais en mi clase. Las nombro. Se sorprenden. Dicen que irán a una reunión de antiguas alumnas. Nunca he ido a ninguna, les digo. Mientras hacemos tiempo, oigo a mi madre trastear en la lavadora. La ha puesto sin cerrar el bombo y a una temperatura altísima. Le regaño: Cuando te quise enseñar a ponerla dijiste que no, y mira ahora. Se marcha como si nada. Desenchufo, saco la ropa, el agua quema. Las compañeras se han ido a la fiesta. Decido ir. Casi me atropella un coche. En una isleta veo a Megan Markle respirando con dificultad. Me acerco a preguntarle si está bien. Dice que le ha sobrado un bocadillo, si lo quiero. No, gracias. Adiós, vecina, dice. Mientras me alejo, pienso que ya estoy a sólo un grado de la Reina de Inglaterra. Se ha hecho de noche. Una chica con gabardina intenta cruzar. Es otra antigua alumna, dice que nunca ha ido a una reunión. Le digo que yo tampoco, pero que he soñado toda la semana con antiguas compañeras y por eso me he decidido. Al entrar en el local nos miramos, nos parece muy cutre. Reconozco sólo a Yolanda por su pelo rojo. La chica de la gabardina dice que vayamos a ver la "escape room". No es más que un cuartucho con una tabla sobre dos borriquetes donde han colocado juguetes viejos y rotos.

el congreso

lunes, 9 septiembre 2019. Se supone que hay un congreso de poetas y editores en un hotel. El hotel es un edificio enorme que abarca todo el perímetro de una plaza. En cada esquina hay una torre de unos cuarenta pisos. Mi habitación está en una de esas torres, pero no recuerdo cuál. Llego en escalera mecánica al centro de la plaza. Al salir, en cada escalera, hay una bolsa de plástico con pinzas de madera. Tomo dos para poder tender la toalla, cuando la use. De los que pasan sin coger pinzas, pienso: Novatos. Atravieso el comedor para llegar a los ascensores. No he comido, pero no quiero sentarme con nadie. Paso mirando al suelo. Delante de los ascensores está Masip (pero físicamente no es él). Se supone que todo esto transcurre en un tiempo paralelo en el que Masip y yo no nos hemos conocido, por eso él no me reconoce. Va con una chica. Me hablan de que son editores, publican libros muy antiguos libres de derechos. Les digo que conozco sus libros, que tengo algunos. No se lo creen. Se los describo. Tapa dura, lomos amarillos con cuadradito negro abajo. Se ponen muy contentos. Antes de salir ella me da un papelito donde ha escrito mi nombre. ¿Sabes cómo me llamo?, le digo sorprendida. Te vi en el periódico, dice y se van. Una chica entra al ascensor que se convierte en una cama con edredón voluminoso. Nos tapamos. La chica me pregunta si he probado los "nosequé" (ni entiendo el nombre ni lo recuerdo), que son de su pueblo y están buenísimos. Bajamos del ascensor como si lo hiciéramos de un tren, porque ahora el ascensor se desplaza horizontalmente. Entramos a un bar que parece una frutería y que muestra rodajas de chacina como si fueran frutas. Me da un poco de asco que todo esté a la intemperie, cogiendo polvo. La chica toma dos rodajas del "nosequé" de su pueblo y le dice al tendero que están rancios. Subimos al primer piso. Se supone que es su casa, pero parece un bar lleno de mesas de playa. La casa no tiene techo ni dejado, pero tampoco es una azotea. Pregunto por el servicio. Un chico con gafas de sol, sin mediar palabra, me da un papel con un plano e instrucciones complicadísimas. Mientras lo leo, a menos de dos metros en segundo plano, veo una puerta que dice "Toilette".

motera

jueves, 5 septiembre 2019. Entramos en un bar. Está hasta arriba. Va a comenzar una lectura. Nos sentamos en el suelo. Llevo mucha ropa de invierno y empiezo a quitármela. Las luces se encienden. Vemos que el bar es muy grande y muy blanco, de paredes desnudas. La gente se dispersa y nos quedamos solos en el suelo delante de la chica que va a leer. N es la chica que esperábamos y nos vamos. Al salir, en los escalones del bar y en la acera, están las tarjetas y documentos que llevaba Alberto en su cartera. Aparece Raquel, que también ha huido de la lectura. Pasa una moto enorme. Raquel pone el pie en un lado y recorre unos metros en la moto, haciendo figuras de bailarina. Cuando vuelve, le pregunto cómo sabía que la moto tenía una bandeja para poner el pie. Dice que tiene una moto igual, y me guiña. En ese momento, un hombre con un mono naranja nos grita desde la acera de enfrente: "Tened cuidado con los niños holandeses".

almendras

lunes, 2 septiembre 2019. Parece una clase de cocina. Un tipo me dice que pique todos los frutos secos que tenga y los eche a la sartén, sobre unos filetes. Lo hago. Se lleva las manos a la cabeza. ¡Tenías que haber puesto avellanas, no almendras!, grita como si fuera una gran tragedia. Ahora tienes que sacarlas. Miro la sartén llena de pedacitos minúsculos de almendras.

asador

domingo, 1 septiembre 2019. Mi madre ha encargado un pollo asado y voy a recogerlo. Me acerco al mostrador donde hay una niña (parecida a la de la última película de Tarantino) que me dice en un susurró que la ayude a configurar su nuevo móvil. Mientras, veo cómo preparan mi pedido: las patatas son congeladas. No sé si decirle que no me las ponga. Alguien se pone detrás de mí. Es Aramburu. No dice nada. Saca un papel y con una seña me indica que le diga dónde hay una clínica. ¿Estás enfermo? No dice nada. Mientras la chica corta patatas congeladas en cuatro y las echa a la sartén. Tan grandes no van a freírse nunca, pienso.

rampa

sábado, 31 agosto 2019. Voy en un tren. Puedo ver la vía, como si el tren fuera transparente. Sobre la vía hay un camión parado. Pienso que vamos a chocar, pero tiene una rampa y el tren sube al camión. Un chico nos dice que podemos salir y busquemos en el hueco que ha quedado bajo el tren. Lo dice como si fuera un concurso. Algunos se ponen muy contentos porque encuentran monedas antiguas y joyas. Cuando las miro de cerca, veo que son de plástico.

piedra, cartel y salsa rosa

lunes, 26 agosto 2019. Sonia camina a zancadas por la calle. Pasa Carlos Salem. Sonia me pregunta si es poeta. Sí, le digo. Se enfurece, coge una piedra enorme del suelo y se la lanza. Afortunadamente cae a sus pies.
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Entro en un edificio que se parece a "El Pimpi". Un tipo quita de un cristal un cartel de la semana santa de 1973 y lo tira. Lo recojo. El tipo me lo quita de las manos y lo rompe en varios pedazos. Dice que no quiere que me ría de la semana santa. Le digo que sólo lo quería de recuerdo porque era antiguo. Me mira muy serio. Seguro que te gusta leer, dice. Claro. Y seguro que también escribes. Pues sí.
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Zayas y Oeste hacen cola en un bar. Cada uno sale  con un plato de gambas con salsa rosa. Se sientan en una mesa que hay en la acera. Dicen que esa noche hay un acto de nosequé, que tengo que ir. Es que no me gusta la salsa rosa, respondo. Se ríen. Oeste lleva una camisa color salmón, pero la camisa tiene cuello alto como si fuera un jersey. Me siento con ellos. Me fijo en que oeste lleva el ojo izquierdo morado. Ellos comen, yo no digo nada.

chistes

domingo 25 agosto 2019. Estoy en un bar con varias personas que no conozco. Joaquín Reyes hace chistes. Todos se ríen. De repente agarra una jarra de agua y me la echa por la cabeza.

cicatrices

sábado, 24 agosto 2019. Alejandro está regalado perritos. Me da un cocker marrón. Pienso que no sabré cuidarlo, así que se lo llevo a Juan Luis. Juan Luis tiene heridas en los ojos. Dice que no me preocupe, que sólo son las cicatrices de haberse operado las bolsas de los ojos.

ochos grises

miércoles, 21 agosto 2019. Llegamos a un restaurante que, se supone, está de moda y se llama "La pecera". Al entrar, no parece más que el hall de un hotel de montaña venido a menos. El camarero, como si nos leyera el pensamiento, dice con pena y solemnidad: Sí, esto es todo, tomen asiento. No queremos quedarnos, pero nos sentamos al rededor de una enorme mesa de madera. Una chica teje una bufanda de lana gris. Para su sorpresa, saco mis agujas y bufanda gris del bolso y me pongo a tejer a su lado. La mía tiene ochos, le digo por toda explicación. Una serie de personajes se va sentando delante de nosotras y nos confiesan algo. Uno de ellos, Joaquín Reyes. No he leído tu novela, dice mientras la chica y yo tejemos.

manos rupestres

lunes, 19 agosto 2019. Hay dos escritores firmando libros. Me acerco a ellos. Están resguardados detrás de un cristal y hay que pasarles el libro por un espacio muy estrecho entre el cristal y la mesa. Mientras les paso el libro, pienso que nada de esto merece la pena.
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Cruzo una calle que parece recién asfaltada. Llevo la silla roja pequeña al hombro. Unos niños juegan a la pelota. El asfalto se convierte en una playa, camino sobre el agua hasta la orilla. En la orilla hay piedras en las que alguien ha dibujado manos con carbón. Si no estuvieran tan bien hechas parecerían rupestres, pienso.

abuelo

domingo, 18 agosto 219. Se supone que he viajado en el tiempo para avisar al abuelo de Alberto de que van a matarlo. Voy con un tipo por calles adoquinadas. Un coche nos persigue. Corremos cada uno hacia un lado. Cuando creo que le he dado esquinazo, me apunta con una pistola. Pienso que sí me mata no llegaré a conocer a Alberto, pero si salvo a su abuelo tampoco.

zapatos tristes

sábado, 17 agosto 2019. Alejandro está sentado en un cojín grande, en el suelo, con la espalda pegada a la pared. Parece muy triste. Miro los zapatos de los que están a mi alrededor: tristes. Miro los míos: unas sandalias de hombre muy feas que me quedan grandes. Pienso si podría hacerlo reír si pasara delante de él con ellas, pero decido pasar descalza. Cuando paso ya no está.

todos al cine

martes, 13 agosto 2019. Veo a mi madre caminando por el paseo marítimo. La playa está llena de gente joven armada que ha quedado para una batalla. Corro tras ella, la alcanzo y, para que no se preocupe, le digo que entremos al cine. El cine es un edificio de oficinas. No quedan entradas, le digo que se siente en unos sillones cuadrados enormes. Intento llamar a casa, pero no tengo batería. Enchufo el móvil a una madeja de cables que sale de la pared. Temo electrocutarme. Cuando me vuelvo, mi madre ha desaparecido. Salgo a la calle por una ventana. Mi madre ayuda a mi padre y a mi tía a salir de un taxi. ¡Todos al cine!, dice muy contenta.

cubitos perfectos

martes, 6 agosto 2019. Virginia y yo pasamos varias peripecias (calles con escalones casi insalvables, policías locos en bicis, etc), hasta llegar a una cafetería donde Alberto nos espera cargado de maletas. Incluso cruzamos por una casa para no dar un rodeo. Allí viven tres estudiantes (uno de ellos es Francis, muy joven; no me reconoce), que no se extrañan de que entremos sin llamar. La casa me recuerda a la de mis padres, salvo que en esta no hay cuadros en las paredes. Uno de ellos me pregunta si me gusta Ródchenko. Le digo que no (aunque en realidad me gusta), y que tampoco me gustan los surrealistas. Pregúntame cuál es el pintor que menos me gusta, le digo. Nada, los tres siguen sin levantar la vista de sus ordenadores. Antes de marcharnos, les digo: Era Dalí, a Dalí lo odio, y no me habéis preguntado cuál es mi pintor favorito. Ni se inmutan. Llegamos a la cafetería en taxi. Alberto nos hace una señal para que no corramos, tenemos tiempo de sobra. Masip sale de la cafetería con un vaso ancho. Dentro hay dos cubitos perfectos, uno transparente y otro del color del patxarán. Me lo ofrece. Le digo que preparé uno igual días atrás y no me gustó nada. Continúa hacia su mesa. Pienso que si Francis era un estudiante y no me ha reconocido, quizá estemos viajando en el tiempo.

bergen y los colores mutantes

sábado, 3 agosto 2019. Se supone que visito un apartamento para ver si lo alquilo. Es pequeño y funcional, en tonos grises. Hay más gente de visita. Salgo, todos me siguen. Les doy esquinazo y bajo por la escalera. Encuentro en el suelo del portal unas tarjetas de aparcamiento. Las dejo sobre un escalón por si son de algún vecino. Al salir, un cielo enorme sobre casas de madera de colores perfectamente ordenadas. ¿Estoy en Bergen?, pienso y me pongo de buen humor. En una explanada naranja hay una excavadora naranja. Intento hacer una foto, pero cada vez que voy a disparar aparecen otros colores. A mi lado, una explanada amarilla del mismo color que mi mochila. La pongo en el suelo y al ir a disparar pasa lo mismo.

tablones vengativos

viernes, 2 agosto 2019. Camino por la calle. Paso por delante de varias tiendas de ropa. Todas sin clientes. Pienso en qué pena tener una tienda y que nadie entre a comprar. De repente la acera se llena de parejas (la mayoría con bebés) que salen de una tienda de souvenirs que también vende vestidos blancos tipo "La casa de la pradera". Todas salen de la tienda con los vestidos puestos. Ellos llevan traje gris. Imagino que es una boda tonta, de esas que piden a los invitados a vestir de un determinado color. Sigo mi camino, pero me cuesta avanzar porque ocupan acera y calzada. Al llegar a una calle más ancha, hay adolescentes de la mano haciendo un cordón para que pasen los novios. Van vestidas de amarillo y rojo. Me fijo en que voy de morado. Pienso que les estropeo la fiesta, porque por donde paso parecemos una bandera republicana. Me río para mis adentros y hasta dudo si pedir a alguien que nos haga una foto. No me atrevo. Empiezan a mirarme mal y decido darles esquinazo. Entro a una calle empedrada. Dos chicas vestidas de azul tiffany, se quitan la ropa. Debajo llevan shorts de cuero. La calle se convierte en un río. Las chicas comienzan a besarse y montan una escena porno. Mientras una le fustiga los pechos, la otra mira hacia un montón de tablones amontonados, como si fueran su público. De repente, como si hubiera pasado el tiempo, las chicas están en su casa y los objetos construidos con aquella madera que las observaba, las atacan.

ictus

miércoles, 31 julio 2019. Daniel camina hacia nosotros con dificultad. Lleva taje negro y camisa blanca. La chaqueta en la mano. Se le ve delgadísimo. Se alegra de verme, se apoya en mi hombro, me cuenta algo. Miro a Alberto que, con una seña, me dice que debe de haber sufrido un ictus.
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Llego a casa de Elisa. Se supone que acaban de mudarse al edificio de mis padres. El dormitorio es enorme. Han puesto un colchón en el suelo con una colcha azul. Me pongo junto a la cama para ver el conjunto. La cama parece muy pequeña. La luz es preciosa. No comprendo que sea la misma casa que la de mis padres y esta parezca mucho más grande. Elisa me cuenta que han apuntado a Darío para que salga en una procesión. Le pregunto si le han dejado elegir una de las piezas que acompañará al trono. Sí. ¿Y ha tenido que tararearla por teléfono en vez de decir el título? Sí. ¡A mi padre le han hecho lo mismo!, le digo indignada.

licor

lunes, 29 julio 2019. Estoy con un grupo de personas en lo que parece una habitación de hotel. Parece que celebramos algo, aunque no hacemos nada, sólo hablar de banalidades. No estamos sentados, estamos en pie, al rededor de una mesa de madera muy limpia y muy brillante. Llaman a la puerta, pequeño revuelo como si supieran qué va a pasar. Un repartidor trae una botella con etiqueta muy historiada y la pone en el centro de la mesa con cuidado. Todos se admiran con tímidos ¡Oh!, ¡ah! ¡Mira la tarjeta, me dicen excitados. Es una felicitación por algo que no llego a entender. El regalo lo envía Javier. Sólo dice "Felicidades desde Adra". El repartidor me hace una seña con los dedos para que le dé una propina. le digo que sólo tengo cincuenta céntimos, pero al sacarlos del bolsillo veo que es una moneda inglesa de cinco céntimos. El repartidor se enfada muchísimo, hace ademán de llevarse la botella, pero las personas que están en la habitación (y ya se han bebido casi media botella) lo empujan hasta sacarlo de la habitación.

okupas

sábado, 27 julio 2019. Marcos y Juan están tumbados en la cama de mis padres. La cama está revuelta, no duermen ni hablan ni hacen nada. No sé qué hacen allí. Mi padre aparece por la puerta en calzoncillos y con unos calcetines negros hasta las rodillas. Mira su cama ocupada.  Nadie me cuida, se queja.

perro teñido

martes, 23 julio 2019. Estoy con Daniel y una chica que lleva la mitad del pelo moreno y la mitad rubio. Le digo que cuando lo llevaba azul me gustaba más (su perro lo sigue llevando azul). Subimos a casa de Javier. Nos lleva a su dormitorio para escuchar música. Hay dos camas enormes. Le pregunto cuánto miden. Dos metros cada una, dice. Alrededor de la cama hay huecos de madera con tubos de cremas hidratantes. Su mujer sonríe, no dice nada, se sienta en la terraza. Pienso que es tarde y quizá quiera dormir. Javier pone una canción de los 80 muy oscura y escodne la cabeza entre las manos. Le digo que me recuerda a momentos de bajonazo cuando era joven. Se ríe, pone una más alegre. Le hago una seña a Daniel para que nos vayamos. Salimos al pasillo, es larguísimo, hay unas niñas jugando. Son sus hijas, le explico a Daniel y a su amiga. Tiene siete hijos y siete hijas. Una de las niñas nos pregunta desde lejos si somos alemanes. Ich spreche kein deutsch, le respondo. Lo sabía, dice y todas se ríen. Soy checa, le digo. Di algo. Stul pro ctyri, digo y vuelven a reír. ¿Desde cuándo hablas checo?, pregunta mi madre (no sé de dónde ha salido). Una de las hijas mayores de Javier se da a conocer diciendo su nick de Facebook. La amiga de Daniel se sorprende. ¡Yo te conozco!, dice. Las dejo hablando, cuando voy a marcharme Javier dice que quiere enseñarme algo. Entramos en un cuarto con tres camas (de sus hijas mayores, supongo). Me enseña un presupuesto para unas gafas. Me parecen carísimas, donde yo me las hago te saldrían por la mitad, le digo. Un señor vestido con levita, sombrero, monóculo, maletín y bastón, le dice que me haga caso. ¿Te vas a ir sin cenar?, me pregunta. Le muestro una manzana a medio comer (que no sé de dónde ha salido). En el pasillo me esperan mis padres y el perro teñido de azul. Salgamos de uno en uno, les digo, el perro no puede escaparse. Es difícil avanzar porque el suelo está lleno de zapatos. Cuando ya lo he recorrido y estamos a punto de salir, vuelvo hacia atrás porque me he dejado la luz encendida. Apago la luz del techo y enciendo una lamparita que hay sobre una mesita baja. Esa gasta menos, le digo a mis padres. Por fin salimos. Mis padres desaparecen. Un grupo de chicas dice que si no se dan prisa perderán el bus a Estepona. Las miro, me hacen gracia. Les digo que si se dan prisa pueden visitar algo increíble, y señalo hacia un portalón de lo que parece una iglesia. Ahí dentro hay otra ciudad (se supone que es una parte de ruinas que uso para cruzar la ciudad acortando camino). Han cambiado la entrada, han construido un muro encalado, hay que rellenar unos papeles y saltar una tapia para entrar. veo como el hombre del monóculo de antes salta con facilidad. Me acerco a la chica, me pide el número del DNI y de mi tarjeta de crédito, también la mochila para pasarla por el escáner. En la mochila llevo un cuchillo patatero. Si me pide explicaciones le diré que lo uso para comer manzanas, pienso. Todavía deben quedar restos de manzana en la hoja. Escribo mi DNI y la chica aplaude mientras dice: ¡Qué velocidad y qué buena letra! No recuerdo el número de mi tarjeta. Se está formando cola, empiezan a enfadarse. Cojo mis cosas y me voy. En vez de mochila arrastro una maleta. Comienza a llover a cántaros. Corro. Las calles están vacías. Me siento completamente feliz. La lluvia ha arrancado todas las buganvillas y cubierto la calzada. Se ve preciosa, cubierta de amarillo y púrpura. Pienso en la imagen que debo dar, corriendo cola por la calle bajo la lluvia arrastrando una maleta. Imagino que alguien me hace una foto desde su ventana. Imagino que algún día veré esa foto en una exposición y diré: ¡Ey, esa era yo!

libro rojo

sábado, 20 julio 2019. Oeste y yo hablamos con las cabezas muy juntas. Trata de convencerme de algo. Me da un libro rojo del tamaño de un misal. Dice que es sólo una prueba, pero veo que junto a él  hay una caja con unos cien libros más. Se supone que ha publicado mi última novela. Ya tiene la fecha de presentación y al presentador, Emir Kusturica. Dice que estaría bien que mi padre asistiera. Le digo que la novela no va de mi padre. En ese momento, mi padre sale de una habitación e intenta dar una carrera. De repente estamos sentados en la escalinata del hall de un hotel muy lujoso. A la entrada un montón de periodistas rodean a Kusturica, que acaba de llegar. De repente tengo una melena larga y espesa. Oeste tiene que hundir la cabeza en mi pelo para poder seguir hablándome al oído.

barro

martes, 16 julio 2019. Llego a la calle de mis padres. Está cubierta de barro. Un vecino se ofrece a llevarme en su coche. La chica que va de copiloto protesta celosa. El vecino frena y me deja aún más lejos. Tengo que caminar sobre barro y hojas secas enormes (no sé de dónde han salido porque no hay ningún árbol). Al llegar al portal veo que mi tía se ha instalado allí con todas sus cosas, incluso hay ropa tendida sobre los botones del portero automático. Pregunto si la ayudo a recoger y subirlo todo (una manera diplomática de decirle que no puede quedarse a vivir allí). No hay tiempo, dice, ¡tu hermana sale de viaje ya!

asfalto

viernes, 12 julio 2019. Subimos a un autobús. Mi sobrina Elena se retrasa y queda atrapada entre las puertas. Le digo al conductor que las vuelva a abrir. Elena cae hacia atrás y queda tendida en el asfalto. Su hija se tira en marcha y también cae. Alberto baja de un salto a pesar de que el autobús ya está en marcha. Le grito al conductor que pare. Para y abre las puestas después de un rato. Al fin puedo bajarme. La calle está desierta.

nevado

miércoles, 10 julio 2019. Mi padre me pregunta si arreglé el brasero. Pienso que estamos en pleno verano, pero no le digo nada, lo desarmo, lo arreglo y lo pongo bajo la mesa camilla. Veo que son las cuatro y media. ¿A qué hora se entra al instituto?, mi madre se encoge de hombros. Mi tía dice que llego a tiempo. Corro al cuarto de baño a lavarme la cara. Veo al muñeco Nevado sobre el bidé. ¡Estabas ahí!, le digo. Corro a mi cuarto, no sé qué ponerme, no reconozco mi ropa. No sé qué clase habrá a primera hora. Si es gimnasia no tengo ropa de deporte, podría no ir, pero ¿cómo me enteraría de qué tengo que examinarme?, pienso mientras me pongo un jersey de rayas verdes. Corro al ascensor. Para en el segundo. Entra una niña con una mochila enorme. Su madre le dice que salga. La niña sale a cámara lenta., me entran ganas de empujarla. Al llegar al portal veo que han cambiado la puerta por una giratoria y alguien intenta sacar un armario enorme. Hay una fila de vecinos para salir y otra para entrar. Veo que en la calle hay un mercadillo de frutas y verduras. Me resulta sospechosos que los que venden lleven traje y corbata. Como sigo en la cola del portal para poder salir, los observo. No venden, fingen que venden. A veces hasta se dan codazos entre ellos para que hagan bien su papel.