romper cosas

jueves, 22 junio 2017. Llego a casa de mis padres. Mi padre me abraza como si hubiera muerto alguien. Mi madre va de un lado para otro, dice que tiene que salir a comprar vino blanco. Alberto se fija en mis piernas (y yo me fijo en que no llevo pantalones). Hay una hendidura en el gemelo interior. La toca, pero no dice nada. A eso me refería cuando te dije que estoy perdiendo masa muscular. Se encoge de hombros. Tengo ganas de romper cosas. Miro los cuadros, los descolgaría de las paredes y los rompería todos uno por uno estrellándolos sobre las sillas. Mi madre, como si pudiera leerme el pensamiento, me dice: Cuando quiero romper cosas tiro ropa al suelo como si fueran platos, el efecto es el mismo, pero después no hay destrozos.

charlas de café

domingo, 18 junio 2017. Antonio y yo tenemos que leer poemas en un salón de actos. Lee muy serio. Mientras, busco en mi libro qué leer, pero las páginas están sueltas y el libro se me deshace entre las manos. Cuando lo recompongo, me fijo en que son instrucciones de electrodomésticos. Llega mi turno. Recuerdo unas frases de "Charlas de café" de Ramón y Cajal e intento decirlas de memoria. Hago creer que las estoy leyendo.

futuro

sábado, 17 junio 2017. Llego a casa. Noto el ascensor distinto. Pienso que es igual que hace unos años. La puerta de casa también h cambiado, la llave no entra. Llamo con los nudillos. Abre mi suegra, parece muy contenta de verme. Tenía muchas ganas de volver a verte, estaba preparando la cena, ¿te quedas?, dice. Sobre la encimera hay lechugas muy verdes. Me enseña unos filetes de pollo relucientes. He viajado en el tiempo, pienso. Me miro al espejo, estoy igual, no comprendo que no note que tengo 30 años más. A ella, sin embargo, se la ve joven y ágil, con el pelo rubio recogido en un moño italiano. No sé qué hacer, si quedarme a esperar a Alberto que tendrá 17 años o marcharme con cualquier excusa. Pero, ¿marcharme dónde, si esa casa es mi futura casa?

convalecientes

viernes, 16 junio 2017. Sobre la mesa del comedor de mis padres hay una caja de madera con letras chinas. Al abrirla se despliega. Dentro hay retales de telas, trozos de tizas y cosas rotas. Se supone que es un regalo de mi hermana a mi padre. Mi padre mira esas cosas sin interés. Hago comentarios para intentar darles valor. Quizá sean telas antiguas, le digo. Nada. ¿Y qué tal sienta llegar a los 90?, le pregunto y me acerco para abrazarlo. De repente reacciona. Comienza a hablar vehementemente de algo pero no entiendo nada de lo que dice, como si hablara en otro idioma, pero por sus gestos está enfadadísimo.
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En calle Comedias, me cruzo con un chico que lleva una botella de plástico cortada llena de monedas. Suenan a cada paso. Yo también llevo una botella cortada, pero con agua y hormigas muertas. Camino más rápido para darle esquinazo. Sé, por el sonido de las monedas, que ha dado la vuelta y me sigue. Me meto por calle Convalecientes y me lo encuentro de frente. He inventado una bicicleta, me dice, mira. Aparece una chica cobre un aro naranja con forma de silueta de gota. No tiene manillar, sillín ni ruedas, sin embargo la chica va muy deprisa. Tienes que probarla, me dice. Niego con la cabeza y sigo andando. Tiro por un sumidero el agua con hormigas. El chico me sigue, camina a mi lado. Vale, no te gustan las bicicletas, dice. ¿Nunca te lavas la cara?, me pregunta. Se refiere a que tengo pecas. Me hace gracia. Lo miro por primera vez a los ojos. Su cara también está llena de pecas. Empieza a caerme bien, pero de todos modos quiero irme a casa. Mira, ahí brilla algo, le digo para distraerlo. Mete la mano en un agujero y saca una especie de tijera enorme. Se sienta en el asfalto y comienza a cortar chapas de hierro. Aprovecho para marcharme.

salitre

jueves, 15 junio 2017. Llaman al portero. Un tipo me dice que es quien nos hizo la obra (no sé de qué obra habla). Dice que habrá que hacer más, cambiar todos los cables. Llaman a la puerta, le digo que espere, corto el cable del portero y lo dejo sobre el sofá. Una pareja de extranjeros viene a ver la casa. Les enseño las habitaciones. Dicen que el cuarto de baño es pequeño (yo lo veo enorme) y que en su país no se usa jabón líquido porque contamina. Levantan la tapa del váter. Dentro ha crecido una planta de hojas muy verdes y brillantes. Les digo que desde el dormitorio se ve el río y el museo. Oh, dice a la vez sin mucha convicción. Pienso que son actores. Los guío a la puerta y cierro antes de despedirme. Ya se han ido, le digo a una niña que dibuja junto a la cristalera. Me fijo en que no hay cortinas. Ha empezado a llover y la lluvia traspasa los cristales. Los dibujos se mojan. le digo a la niña que se dé prisa, que recoja todo. No hacemos nada. Miramos la lluvia como si nada.

traje mostaza

lunes, 12 junio 2017. Intento hacerle unas fotos a Ferran, pero está a contraluz. Alberto dice que es hora de irse. Ha quedado en acompañar a dos chicas. Ferran dice que por el camino tenemos que comprar tabaco o volver al bar donde lo ha olvidado. Si tú no fumas, le digo. Las chicas llegan en un descapotable que parece de juguete. Llevan caso, pero debajo de la piel. Se les ve unas cabezas enormes. Las llevan rapadas con unas guedejas teñidas de rosa. Dan un poco de asco y pena. Alberto dice que mejor me vaya con ellas. El coche tiene en el salpicadero un GPS tamaño tele grande, pero aparecen pocas calles y sin nombre. Una de las chicas dice que tiene que parar a comprar tabaco. Fumo "Lion", dice muy contenta. Qué casualidad, el mismo que quería comprar Ferran, pienso. Se supone que Alberto debía guiarlas, pero somos nosotras las que vamos delante.
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Voy en bus. David Leo pasa lista por si ya estamos todos, aunque en realidad estamos llegando a una estación. Bajo cargada de ropa de invierno y varias maletas. Me despido de David Leo. Ya te llamaré, aunque no sé si tengo tu teléfono, le digo. Busco a Daniel en la estación. Lo veo acercarse desde el fondo. Lleva un traje mostaza, le queda grande. Lo abrazo, me alegro muchísimo de verlo. Estamos en su casa y, mientras trajina, le leo una carta de Vicente. Daniel no para de hacer cosas en la cocina. Se ha puesto una toalla sobre la cabeza que también le cubre la cara. Prepara una especie de puré blanco en una especie de termomix. No me hace ningún caso. No estoy segura de si la toalla en la cabeza es para que no caigan pelos en la comida o para no verme.

negar la lluvia

sábado, 10 junio 2017. Una niña quiere que vaya a comer a su casa. Le digo que llevo mi comida en la mochila, que podemos compartirla. Su casa está en el último piso un edificio muy alto. Comienza una tormenta, vemos llover a cántaros sobre una explanada enorme. En la tele dicen que nadie salga de sus casas. Llamo a mi madre para decirle que estoy bien, que no iré a comer. El teléfono es muy pequeño, negro con los número también negros, no se distinguen y están desordenados. Marco el número varias veces, pero siempre me equivoco. He llamado a otra casa. Una madre me echa en cara que su hijo estaba enfermo y no fui a visitarlo. Le digo que he estado cuidando de mi familia. El hijo se pone, me insulta, oigo a su madre gritar que cuando me vea me matará de un golpe en el estómago. Cuelgo. Intento llamar a mi madre, pero siempre son esa madre y su hijo. Al fin descuelga alguien desde la casa de mis padres, alguien que me habla de pamplinas. Le pido que, por favor, se ponga mi madre. Nada, me habla de si he visto cómo llueve. Miro la lluvia desde la ventana, preciosa, pero le digo que no. Cuelgo. Me duele muchísimo el estómago como si alguien me hubiera pegado de verdad.

No sé cómo he llegado a un cuarto de baño enorme. Hay tres mujeres en una bañera. Desde la ventana se ve que están rodando una película en la calle. Les digo que me duele mucho el estómago. Una sale, para que yo entre. La bañera es de pizarra y está vacía. No entiendo qué hacen allí sin agua. Te ha venido la regla, me dice una señalando el agua que se va por el desagüe. (Me despierto y, efectivamente, me ha venido la regla.)

dientes

miércoles, 7 junio 2017. Noto algo en la boca. Escupo en la mano y veo una tira de dientes muy blancos unidos. Les doy la vuelta. Por el otro lado están negro, quemados. Pienso que son de mentira, pero al pasar la lengua por la encía noto que me faltan. Corro al espejo a mirarme. Sonrío. Quiero comprobar si se me nota que me faltan varios dientes. Me veo la cara hundida como un globo que hubiera perdido el aire. No entiendo nada.

costras

lunes, 5 junio 2017. Parece un cine, pero las luces están encendidas. Puede que sea el descanso de una película. Algunos comen en unas mesitas plegables que hay delante de sus asientos. Emilio y Salvador están al otro lado del pasillo. Hablamos de que deberíamos ir al Chorro en tiendas de campaña, como antes. El chico que está sentado delante de mí, gira su asiento cuando me oye hablar. Es Antonio. Mientras come en su bandeja plegable, le cuento que desde el año 81 vamos cada septiembre al Chorro. Aparecen mi madre y mi hermana en camisón. Mi madre dice que Antonio debería irse a su casa, ya que acaba de ser padre. ¿Acabas de ser padre?, le pregunto asombrada. Una niña de quince meses, dice mi madre mientras Antonio sigue comiendo. Lo miro. El abre las manos como si sostuviera una sandía invisible y que significa: Mi hija está así de enorme. Cuando termina de masticar y tragar, le pregunta a mi hermana por qué va en camisón y si tiene costras en las rodillas. Mi madre responde por ella: Mi hija no tiene costras. Pues entonces no eres malagueña, todas las niñas malagueñas tienen costras en las rodillas.

estores

domingo, 4 junio 2017. Una chica me enseña su pueblo. Me habla de su familia, me lleva a su casa. Es una casa enorme con habitaciones donde sólo hay camas. Incluso las hay en los pasillos. En la casa sólo hay mujeres. Me presenta a su novia. Pienso que debe de ser es un gran paso para ella. Me abraza, nos despedimos. Llego a una especie de hotel donde Alberto me espera para hacer la cama. Le cuento lo que ha pasado mientras estiramos las sábanas. Después paseamos por un pueblo. Hay unas calle-tubo cerradas con estores blancos por donde está prohibido pasar, pero entramos. Son tubos encalados luminosos muy empinados. Desembocamos en la plaza del ayuntamiento. Miro por el hueco que hay entre el techo y el estor. Espero a que no haya nadie en la plaza para salir.