sándwich de anchoas

lunes, 31 marzo 2025. En casa de mis padres se celebra un concurso de canto. Una chica en pijama, pero muy maquillada, canta ópera. El organizador jalea para que el público aplauda. Después, una chica muy joven canta canciones muy cortitas (de unos cinco segundos) con una voz muy fina. El organizador dice que queda descalificada porque sus canciones son muy cortas. La chica casi llora. Protesto, le digo que sumadas hacen una, y además ha cantado de maravilla y con gran sensibilidad. La chica asume su derrota y va hacia la cocina. Voy tras ella. Me dice que pensaba que pasaría a la segunda fase y había preparado un sándwich para mí, que no deje que se los quede ese tipo y me los lleve. Señala al suelo: hay tres rebañadas de pan de molde sobre una bolsa de plástico, llevan mantequilla y una anchoa cada rebanada. Me da asco y pena porque se ve que lo ha hecho con buena intención. La chica se va. Recojo las rebanadas del suelo y las meto en un táper (aunque no creo que me las coma). Cuando vuelvo al salón no hay nadie. Mi padre pregunta cuándo vuelve mi madre. No lo sé, le digo y voy al baño. Desde el baño oigo la voz cantarina de mi madre. Salgo a saludarla. Trae un bebé en los brazos, lo acuna (como hacía Isabelle Huppert en una película que vi ayer). Se lo voy a presentar a la gata, le digo. Pero al acercarle el bebé la gata intenta arañarle la cara (me despierto agobiada).

rugby de salón

sábado, 29 marzo 2025. Estoy en una habitación pequeña. No hay muebles, solo algunas entanterías atiborradas de jarrones y piezas de porcelana. Daniel y dos amigos más juegan a pasarse una pelota de rugby. A veces me la lanzan a mí y temo romper algo.

funeraria

miércoles, 26 marzo 2025. Nos despedimos de Isa y Jose igual que nos despedimos anoche, pero de repente Alberto dice que quiere ir al baño. Entramos en un garito muy oscuro, Alberto entra al baño y sale disfrazado de Drácula. La gente de repente también está disfrazada. Pienso que tenía que haberme traído, al menos, una careta de casa. Les digo que tengo que ir a llevar a mi padre de la cama y vuelvo. Mis padres están levantados. Le digo a mi madre que voy a ducharla. No quiere, se ríe, hace que forcejea conmigo sin dejar de reír. Dice que hará falta un pimiento y cebolla para la ensalada. Ahora vengo, le digo. Salgo corriendo hacia el supermercado. Nada está en su sitio. No encuentro las verduras. Cojo unas toallas de bidé y trapos de cocina. Para ganar tiempo voy a las cajas de autopago, pero son cintas de aeropuerto y se llevan mi compra y mi bolso. No sé dónde acabarán. Busco por todo el centro comercial. Salgo a la calle varias veces y vuelvo a entrar. En uno de los locales hay una funeraria, veo a dos chicas (me suenan de algo), les pregunto quién ha muerto. Rubén nosequé, un actor muy querido, me dicen. Sospechamos que se ha suicidado, añaden. No lo conozco, pero de repente me siento completamente abatida y salgo de allí sin despedirme. Salgo del edificio dando por perdida mi compra y el bolso de tapicería que me hice (y tanto me gustaba). En la calle me encuentro mi tía M, quiere enseñarme el lugar donde mataron a unos anarquistas. Le digo que no tengo tiempo y que estoy muy triste. Muy mal tienes que estar para no querer verlo, dice. Vuelvo a entrar en el centro comercial, pero todo está cambiado de sitio.

tierra blanca

martes, 25 marzo 2025. Masip y yo salimos de un edificio, nos cruzamos con tres señores que van disfrazados de libros. Mira, van de Código civil, le digo a Masip. Oigo unas risitas. Detrás de nosotros van sus mujeres. Me vuelvo y les digo me encantan los disfraces de sus maridos. Se sienten orgullosas, supongo, porque los han hecho ellas. Cuando estamos fuera, de repente la calle es un camino de tierra blanca (entre montones de tierra) muy ancho, que da una explanada. Se supone que vamos a pilotar una nave espacial. Le digo a Masip que se dé prisa, que vienen esos señores vestidos de libro y nos quieren ganar, y tenemos que ganarles como la otra vez. Corremos hacia la nave, pero de repente Masip se convierte en Antonio y la nave en una casa donde tenemos que robar algo. Tenemos muy poco tiempo, le digo a Antonio (buscamos un motor o algo así). Oímos llegar un coche. Antonio, con una agilidad pasmosa, dale a la terraza y salta una valla. Salgo tras él, pero antes me llamo las manos para no dejar huellas. Una vez fuera, pienso que el dueño se dará cuenta de que alguien ha entrado porque verá gotas en el lavabo y la puerta de la terraza no está cerrada desde dentro.

espárragos

lunes, 24 marzo 2025. Estoy con una pareja y Chivite. Estamos sentados frente a ellos, no dejan de hablar contando bobadas. Yo saco un papelito y escribo palabras sueltas, hago algunos dibujos, y tacho palitos como hacen los presos en sus celdas. Chivite me pregunta al oído si estoy dibujando. Asiento. Dice muy sorprendido que él hace lo mismo cuando no le interesa una conversación. Pienso que a ver si se da cuenta, al fin, de cuánto nos parecemos. Saca una caja cuadrada y plana de la mochila. Es un pañuelo estampado con los mismos palitos de preso que yo había dibujado. Lo abrazo. De repente estamos en un coche con Alberto, Salvatore y Emilio. Os esperamos aquí, dice Emilio. Salimos del coche muy decididos y entramos en una columna de ladrillo. Subimos por una rampa. Cruzamos un puente sobre un lago o río enorme y volvemos a bajar por otra columna igual a la otra. Chivite me lleva ventaja, no lo veo delante de mí. Yo llevo un montón de ropa sucia en los brazos. Date prisa porque el cura se ha dado cuenta. Al salir dejo la ropa en una terraza, junto a unas lavadoras. De repente estamos comiendo, supuestamente, con el cura. El cura preside la mesa. Lo rodeamos, su mujer, mi prima Elisa frente a mí, yo, Chivite y Carlos Pérez (un amigo de la pandilla al que hace años que no veo). Sé que tenemos una misión, pero todavía no sé cuál. Elisa dice que para que nos vayamos antes va a ayudarme e intenta quitarme unos espárragos. Le doy un manotazo porque los espárragos me gustan. Coge patatas, le digo. Carlos le dice a Chivite que estudió medicina (medicina estudió su hija, pero no digo nada; pienso que quizá están hablando en clave). Me levanto discretamente como si fuera al baño, pero mi intención es huir. En una de las habitaciones de la casa veo a Juano y Andrés. No sé si están presos (la ventana tiene rejas) o felizmente instalados. Las camas están revueltas y ellos recostados sin zapatos. Andrés me dice que piense en frases creativas para nosequé, que las espera y confía en mí. Juano me da un sobre y dice que lo envíe, por favor. Marcho sin preguntarles qué hacen allí. Al salir, veo mi montón de ropa (ya está limpia, pero hecha una bola como antes). La cojo, me llega hasta los ojos. Corro por la calle para llegar cuanto antes a las columnas de antes. Recuerdo que tengo que echar la carta de Juano. Entro un bar. La pongo sobre la barra. Una señora le grita a su marido: ¡Un sello para los árabes! Son 59,59. No sé por qué hago la suma y pienso que tengo que pagar 118. Saco un montón de monedas sobre el mostrador (parecen monedas de chocolate) y no me llega. Una chica extranjera que también ha llegado para echar una carta, le dice a su padre que me preste dinero. La señora de la barra le dice que tengo más que suficiente y ella misma se cobra. Salgo de nuevo con mi montón de ropa y llego a un bar con terraza de madera muy oscura y gastada donde me esperan Alberto, Salvatore y Emilio. En el suelo hay tapones de corcho enormes. Pregunto qué son (dicen el nombre de un licor). Algún día tengo que probarlo, les digo y por fin me siento. Supongo que esperan que les cuente con todo detalle, pero yo solo quiero cerrar los ojos y que me dé el sol en la cara.

barro

viernes, 21 marzo 2025. Estoy en un banco con Rosamari. Parece que esperemos algo. De repente se levanta y se va. Pienso qué habré hecho para decepcionarla.
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Me encuentro a Manuel por la calle. Nos alegramos mucho de vernos. Le dice a alguien que fuimos vecinos un tiempo sin saberlo (no sé de qué habla, pero no le digo nada). Todo eso ocurre deslizándonos por las aceras como si fuesen toboganes acuáticos.
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Voy por una acera muy estrecha. Me cruzo con dos enfermeras con uniformes blancos (parecen de los años 40). Como la acera está llena de barro las dejo pasar por el lado más limpio para que no se manchen. Me dan las gracias con acento inglés. En el extremo de la calle una señora, que está sacando la compra del maletero, me pregunta quiénes eran esas chicas. Son voluntarias, hacen obras de caridad. La señora saca un papel para apuntarlo. Un chico se me acerca, me dice al oído que esa señora no tiene pinta de pasar necesidad, y señala sus compras. De repente el chico y yo estamos en un autobús, no hay donde agarrarse y, para que no me caiga, me sujeta por detrás. Noto el calor de su cuerpo. Pienso que es lo mejor que me ha pasado en toda la semana.

infusión

lunes, 20 marzo 2025. Estoy en casa de mi abuela. Me extraña que la luz del comedor esté encendida. Me acerco a apagarla con una infusión en la mano. Suena el móvil, no lo veo por ninguna parte. Noto que sale del vaso. El móvil está dentro. Los saco y lo seco lo más rápido que puedo. Respondo y, milagrosamente, sigue funcionado. Es Chivite. Le cuento lo ocurrido como una gracia, para que se ría, pero no hace ningún comentario. Con voz seria me dice que tiene que entregar un trabajo y necesita ayuda. Vanessa y yo vamos a su casa para ayudarlo. La mesa está desordenada, llena de papeles. Escribo varios folios, Vanessa hace dibujos. Él no para, de un lado a otro, se levanta mil veces, se le ve preocupado. Llega su hija Bea y se sientan a charlar. Le digo que así no podemos trabajar. Responde que da igual, que nos paga y nos acompaña a la parada del bus. Le digo que no pienso cobrar a un amigo, que lo he hecho solo por ayudar. Salimos a la calle. Como es muy tarde, decido ir quitándome los pantalones para, cuando llegue a casa meterme directamente en la cama. En semáforo cambia. Ellos cruzan. Yo tengo los pantalones atascados en los tobillos. Me los subo a toda prisa para poder cruzar, pero no me da tiempo. Ellos se alejan. Yo me quedo esperando que el semáforo cambie de nuevo.

sueño que sueño

lunes, 17 marzo 2025. Estoy en un hotel. Me levanto y voy al baño. Al mirarme en el espejo veo que me ha crecido pelo en la cara (el sábado vi en la tele una noticia de un niño perro). Intento cortar mechones, pero cada vez que corto uno cae un árbol en el jardín. Voy a recepción para pedir disculpas. Le explico la situación, le digo que todo está conectado (anoche hablamos de que los árboles se comunican), que lo que puedo hacer es quitarme la cara y dejársela en recepción para que no caigan más árboles (ayer leí un relato de Shepard de un sicario que tenía que desollar a un tipo), pero que no se preocupe porque tengo la sensación de que es un sueño, y cuando me despierte todo va a volver a la normalidad. Vuelvo a mi habitación dejando mi cara en recepción. Cuando me despierto en el sueño todo sigue igual.

leotardos

sábado, 15 marzo 2025. Estoy en un piso con una pareja. La chica me propone que me quede con ellos, y me insinúa que hagamos un trío (hace un gesto de dinero con los dedos). De repente me doy cuenta de que estoy desnuda de cintura para abajo. Veo pasar hacia el dormitorio a un tipo viejo, bajito y muy feo. Va desnudo. Me pongo las botas a toda prisa. Me doy cuenta de que me estoy poniendo los leotardos encima de las botas. La chica dice que si me voy, de qué van a vivir. Ahora pienso que, con el gesto, pretendía que yo le pagara por acostarme con ellos. Cojo mi ropa hecha una bola y huyó. En el descansillo empiezo a vestirme a toda prisa. Desde el edificio de oficinas de enfrente un tipo me mira con curiosidad. 


carretilla

jueves, 13 marzo 2025. Me encuentro a Cristina (compañera de colegio a la que no veía en años, y ahora vive frente a la casa de mis padres). Me pide que la acompañe al banco. Llegamos a una ventanilla como de taquilla de cine (un hueco en una pared blanca encalada. Le dice al chico directamente que quiere sacar todo su dinero y cambiar de banco. El chico, con su mejor sonrisa falsa, le pregunta por qué y a qué banco quiere irse. Quiero mi dinero, responde sin explicaciones. El chico se va y vuelve con unos papeles tamaño folio y cuatro monedas (una de ellas como si le hubieran dado un bocado). Ahora la ventanilla está a ras del suelo. ¿¡Esto qué es!?, me das calderilla, quiero todo mi dinero, to-do, repite ella. El chico desaparece. Veo a una chica temblando de miedo dentro (quizá piensa que peligra su trabajo). Le pregunto qué es esa moneda a la que falta un trozo. Me tenían que dar diecisiete céntimos y le han quitado tres a una moneda de veinte, ¿te gusta?, quédatela, dice. Antes de irnos intento consolar al chico, le digo que me gusta su banco porque es color naranja, que tengo algo de dinero con ellos pero me gusta más Triodos. Me llevo a Cristina tumbada en una carretilla (lleva todo el dinero sobre la tripa). Me pregunta qué es eso de Triodos. Le digo que se autodefinen como banca sostenible y ética. Aunque yo no creo en los bancos, añado. ¿Me recomiendas que meta mi dinero en varios? Le digo que lo primero que me dijeron en Económicas, el primer día de clase, fue que no hay que meter todos los huevos en la misma cesta. Mientras empujo la carretilla, pienso que eso que lleva encima no es dinero, son folios amarillentos, pero no digo nada. Pasan a nuestro lado una fila de monjas como si estuviéramos en una película de Fellini (pero estas son grotescas). Cristina dice desde la carretilla que está cansada. Nos sentamos en unos sofás que hay junto a un muro. Entre los cojines encuentro una cadenita que llevaba mi padre en el bolsillo hace años. Se lo cuento a Cristina y le pregunta a un tipo con muy mala pinta si es suya. ¿No le acabo de decir que era de mi padre?, pienso y me la guardo. El tipo se baja los pantalones y nos enseña el culo. Quiero irme de allí. Entre los cojines también hay un broche rectangular con cositas incrustadas (una tortuga, una espiral, un cartel diminuto de cine...). Cristina dice que me lo quede, que este año se llevan mucho las incrustaciones. De repente Cristina se ha convertido en mi hermana. Mi hermana dice que perdió un dado en ese sofá. Era azul con los puntos blancos. Le digo que no se preocupe, que lo tengo guardado y se lo daré cuando lleguemos a casa. De repente estamos en casa. Quiero enseñarle la cadenita a mi padre. Nada más llegar mi hermana le grita a mi padre: ¡Mentiroso!, ¡no sabes más que mentir! Me voy a la cocina asustada. Mi tía M y mi abuela están cocinando. Me dicen que cada día es igual, que lo trata fatal. Las mando callar para que no las oiga. Las ha oído. Entra en la cocina hecha un basilisco, nos grita, dice que está harta, que se larga de casa. Yo aprieto el dado en el puño. (Me despierto con el corazón a mil).

algeciras

miércoles, 12 marzo 2025. Entramos con Sonia y Míchel a un bar. Me da la impresión de que están cerrando, pero no digo nada. Atravesamos un salón, pero no hay nadie ni hay salida. Volvemos a la terraza donde un camarero saca brillo a los vasos con un paño de cuadros rojos y blancos. Otro tipo se lía un cigarrillo. No me gusta nada, todo está sucio o roto. En otra terraza reconozco a Enrique (un compañero de la facultad al que no veo desde hace años). ¡Henry!, le digo y abro los brazos. Se vuelve, se alegra mucho de verme pero no se levanta (pienso que quizá en estos años haya tenido un accidente y esté en silla de ruedas, pero no digo nada). Le pide a Alberto que nos haga una foto para enviársela a Elías (otro compañero de Económicas). Henry vive en Algeciras, le digo muy contenta a Alberto, como si eso fuera lo mejor del mundo.

losas hidráulicas

martes, 11 marzo 2025. Bajo la calle hacia casa. Veo subir a Marcos con un tipo. Marcos va comiéndose un bocadillo enorme. Se le ve feliz, hace gestos de dibujo animado. El portal está en obras (cambian el suelo de losas hidráulicas de los años 60 por baldosas feas de cuarto de baño). Pregunto a un albañil si me da una de recuerdo. Dice de muy malos modos que has ha roto todas. Varias vecinas esperan el ascensor. Veo un trozo de una en el suelo y cuando voy a cogerla, una vecina le da una patada para acercarla a su lado, pero otra se le adelanta y se la mete en el bolsillo. La de la patada dice que en realidad no la quería, que tiene demasiadas cosas, que debería deshacerse de todo. Pelean. Decido subir por las escaleras. No las reconozco, los descansillos son enormes, cada puerta es distinta, algunas parecen puertas de cuadras (algunas están abiertas o no tienen puerta). Una vecina habla con su novio. La saludo desde lejos, me hace un gesto para que entre. Le digo que la encuentro muy bien, más joven, mucho más guapa con el pelo rubio. Se pone muy contenta (demasiado). Me fijo en su casa. Hay alfombras por todas partes, hasta en las paredes y en el techo. También en que hay una escalera que baja. ¿Tiene un dúplex?, pienso. Me despido, bajo un piso para comprobar lo del dúplex. La puerta está abierta. Veo a una chica en una cama enrome de metal dorado muy vieja, arropada por muchos edredones arrugados y sucios. Le pregunto si está bien. La chica se despereza. Aparecen de debajo de los edredones dos chicas más. El piso es un desastre, una acumulación de cahivaches sacados de la basura. ¿Sois okupas?, le pregunto. Aparecen un montón de cabezas aquí y allá (como lo harían animalillos del bosque en una serie de dibujos animados). Una de las cabezas dice "esa hija de puta nos va a denunciar". Le digo que no debe juzgarme tan a la ligera, que yo propuse que la pareja de aparcacoches, que vive en calle, vivieran en el rellano de los motores del ascensor al menos los días de lluvia y que una vez durmió un niño marroquí, pero cuando fui a llevarle el desayuno había ido asustado. Me echo a llorar, le pido disculpas a la chica de la cama, le digo que estoy muy sensible porque tengo jaqueca cada día (las cabezas van asomando más de sus agujeros). Una de ellas se me acerca (como lo hace Larry David en su serie) para comprobar si las lágrimas son verdaderas. Me creen. Me ofrecen lo que parece un mosaico, pero son trocitos de caramelo que ellos mismos hacen. Otro chico me dice que es poeta. ¿Has leído Utz? (no sé por qué le pregunto eso). Se miran entre ellos casi asustados. Una chica me quiere regalar dos jerseys de rayas. Me dice que ha observado que siempre voy vestida igual y eso es que tengo poca ropa. Me sorprende que ellos me quieran regalar cosas cuando debería ser al revés. Le digo que deberían hacer algo, que tienen un piso enorme, que podrían hacer dulces y venderlos, o poner una imprenta. Eso haría ruido y nos echarían, dice uno. Les digo que conozco a un tipo que lleva el tema okupa. Se ríen, dicen que ya saben quién es y que está loco. Les digo que deben hacer algo, que los veo pasivos, conformistas, que hay que moverse. Me miran como si les hablara en chino. Decido irme a casa. Les digo desde el descansillo que ya se me ocurrirá algo para que no los echen. El chico poeta me da un montón de folios. Son mis poemas, dice. Ya te bajaré uno de mis libros. Ya, ya, dice no creyendo que yo pueda haber publicado nada. Subo por las escaleras, me pesan mucho las piernas y me duele mucho la cabeza. (Me despierta una jaqueca explosiva. Por una parte me da pena que todo eso fuera un sueño, porque me gusta estar allí con ellos; por otra me alegro infinito de que no fuera verdad).

sin salida

lunes, 10 marzo 2025. Estoy en lo que parece un congreso de poetas. Estamos todos en una habitación alargada pequeña sentados en el suelo o en cojines. De lejos veo a Ferran Fernández, pero hay mucha gente y no puedo acercarme a él. En el suelo está sentado Chivite. Le preguntó si se va a quedar a la cena o se quiere venir con nosotros por su cuenta. No me contesta. En un rincón veo a Isabel Pérez Montalbán, María Eloy-García y Carmen López. Están sentadas en el suelo. Me acerco, las tres llevan camisetas de rayas, les digo que yo tengo una igual en otro color. Por la ventana veo que han llegado Isabel Pantoja y Julián Muñoz, y se están haciendo una foto delante de un coche. En la foto se han colado algunos poetas, y Alberto y Javi se ponen detrás y les hacen los cuernos. Cuando vuelvo a mirar la sala está vacía, solo queda Carmen López. Empezamos a andar, vamos muy rápido, como si quisiera enseñarme el pueblo tirándome de la manga. No sé dónde estamos, nos metemos por unas calles sin asfaltar y una de las veces entramos en un callejón sin salida. Nos persigue una moto. Le digo a Carmen que corra. Cuando por fin estamos fuera de peligro, me vuelvo para decirle que de buena nos hemos librado, pero tampoco está. Estoy sola en una plaza vacía.

la chica del elefante

domingo, 9 marzo 2025. Veo unos zapatos en mitad del salón y los saco a la terraza. Al ponerlos juntos, junto al escalón, me doy cuenta de que son distintos. También veo a alguien fuera. Por la seriedad con la que hablan parece que estén decidiendo algo muy importante (son un chico y una chica). No me atrevo a salir aunque es mi propia casa. De repente el chico mete la cabeza entre las cortinas y me dice que ya puedo salir, que ya está todo decidido. La chica se hará cargo del elefante y tú escribirás los artículos, dice. No sé de qué está hablando, pero tampoco me atrevo a preguntar. Yo te conozco, le digo, eres Atencia. Se ríe.

candado

viernes, 7 marzo 2025. Voy con Francis, Cocó y otra chica por la calle. Les enseñó el barrio de mis padres. Cuando llegamos a la plaza que hay delante del que fue mi instituto les cuento, aquel era mi instituto, aquello era magisterio, este edificio era peritos. Recuerdo que Javi dejaba la moto con un junto al edificio y el candado sigue allí. Lo busco por todas partes, pero no doy con él. Pregunto a alumnos, pero no saben de qué hablo. Entramos en una clase y le digo a Francis que nos quedemos. El profesor nos pregunta quiénes somos. Le cuento que estábamos buscando un candado. Se ríe. Dice que no podemos quedarnos. ¿Qué clase toca hoy?, pregunto. La tabla periódica. ¡Me la sé! Entonces no necesitas quedarte, dice, me empuja hacia afuera y cierra la puerta. Lo hace todo dulcemente y sonriendo.

zapatos plegables

jueves, 6 marzo 2025. Estoy en una casa destartalada (se parece a la casa de mi bisabuela en Estepona) con habitaciones de techos altos y muebles antiguos y viejos. Las camas están deshechas y hay ropa amontonada por todas partes. Se supone que varios actores y actrices  (de las películas de Jonás Trueba) la han alquilado para ensayar y a la vez pasar unos días de vacaciones. Mi hermana dice que el tren sale en una hora. Le digo que ya tengo la maleta hecha, pero no la encuentro. Pregunto a todo el mundo si han visto una bolsa de Pippi comiendo espaguetis. Un señor mayor me dice que mejor coja otra cualquiera para no perder el tren. Lleva una insignia republicana. Cojo una chapa con la bandera republicana y me la pongo. Al señor se le ilumina la cara, dice que desde que se fue de la residencia y vive en esa casa con esos jóvenes es muy feliz. Se aleja con su andador. Encuentro una maleta de plástico transparente, pero por más que miro en los armarios, hay ropa parecida a la mía, pero no es la mía. Voy descalza, no encuentro mis zapatos. Pregunto si alguien los ha visto. Son unos zapatos especiales de viaje que se pliegan y no ocupan más que una hoja de papel, explico. Francesco Carril se me acerca enfadado, está molesto porque no le he hecho caso en todas las vacaciones.  Le digo que no estaba segura de si se acordaba de mí, por eso no le dije nada. Dice que cómo he podido hacerle eso con la manera tan bonita en que nos vimos por primera vez. Intento recordar vagamente y me viene la imagen de un decorado de película del oeste, era de noche, él iba andando solo por las calles desiertas y yo lo reconocía y le decía que se viniera conmigo a cenar. Imagino que se refiere a eso. Me echo a llorar. Lo abrazo, le pido disculpas. De repente suena el móvil, mi hermana dice que no lo coja, que perdemos el tren. Es Aghata Ruíz de la Prada. Me pregunta dónde puede comprar mi último libro de poemas. En la Alberti lo tienen seguro. Y ahí empieza a  hacerme preguntas sobre el neoliberalismo y el porqué las novelas históricas se venden más que los libros de poesía. Le digo que pierdo el tren y voy a colgarle, que la llamaré cuando llegue a casa. De repente me doy cuenta de que me he dejado la maleta en casa. Vuelvo corriendo a la casa, pero no avanzo. En ese momento las farolas se apagan y todo queda completamente negro. No veo nada, no sé hacia dónde corro.

zorrilla

martes, 4 marzo 2025. Se supone que todos sabemos que mi hermana está embarazada. Mi abuela y mi madre charlan tranquilamente de donde pondrán la cuna o como se llamara el bebé. Me parece que todas se han vuelto locas. Llevo a mi hermana al que fue mi cuarto (ahora parece una leonera) y le pregunto cómo ha podido dejar que le pasara. No sabe. Le pregunto si el padre que saber algo del tema. Que no. Voy al dormitorio de mis padres y le digo a mi abuela y a mi madre que el bebé debe llamarse como mi padre y llevar el apellido de mi hermana. Mi abuela dice que de ninguna manera, que un hijo debe llevar el apellido del padre. Mi madre dice que ahora está de moda echarlo a suertes. No entiendo nada, no sé cómo están tan tranquilas. Supongo que sabéis que el padre se apellida Zorrilla, les digo.

el ascensor

lunes, 3 marzo 2025. Entro en el ascensor de la casa de mis padres. Detrás de mí entra un chico. Es nacho (parece más joven que hace veinte años). Pienso que debe ser una pesadilla para él estar encerrado en un ascensor conmigo, pero cruza los brazos y se apoya en el espejo del ascensor como si el viaje fuera a durar una hora. Me pregunta qué tal estoy con total naturalidad. No sé qué decirle.

chaleco de cuero

domingo, 2 marzo 2025. Me encuentro a Miguel (un amigo del instituto al que no veo desde hace años), me alegro muchísimo de verlo, nos damos un abrazo. Lo encuentro casi más joven rque entonces. Me extraña su indumentaria (un vaquero ajustado y un chaleco de cuero sin camiseta debajo). Cuando nos estamos poniendo al día aparece una niña india pequeña y le tira del chaleco. La persiguen unos tipos muy raros. Entramos en un bar con escaleras metálicas que forman un laberinto. Llegamos a una azotea atestada de gente bebiendo. Intentamos esconder a la niña. Miguel me dice que me quede con ella mientras él se deshace de los hombres raros. De repente los veo cuchichear y Miguel ya no me parece él. Meto a la niña en un armario y bajo las escaleras a toda prisa. Me persiguen. Llego a una especie de basurero donde parece que estén fabricando coches con tacos de madera sin lijar y planchas de metacrilato. Uno parece que se va. Conduce una chica. Le digo que me persiguen, que por favor me saque de allí. La chica mira hacia atrás como diciéndome que es un coche fúnebre y tendré que ir tumbada.

de premios, porcelanas y collares

sábado, 1 marzo 2025. Tengo que recibir un premio y llego tarde. El recinto es al aire libre, encalado, está vacío y solo queda una farola encendida. Un hombre, antes de apagar la farola, me dice con un gesto y un barrido de mirada que todos se han ido.
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Llego a toda prisa al mismo recinto de antes. Tengo que entregar un premio. Voy con una chica que no deja de hablarme y entretenerme. Me esperan Ana y Cristina. las veo sonrientes en el escenario. Antes de subir, una azafata se nos acerca con una bandeja llena de copas de vino blanco. Le doy las gracias y le digo que mejor después del acto, pero la chica que me acompaña empieza a bebérselas una detrás de otra. Después sube al escenario, coge el y comienza a hablar. Insulta quien ha ganado el premio (sin saber quién es), insulta al público y hasta a Ana y Cristina. Intento apaciguarla. El público se va indignado. Intento explicar a Ana y Cristina que no sé quién es esa chica y que se ha bebido unas ocho copas de vino de golpe. Lloran, dicen que lo he estropeado todo. No quieren saber nada de mí.
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He perdido algo. Una chica me dice que sabe dónde puede estar (la chica es Pili, una compañera de colegio a la que no veo desde hace cuarenta años). Pasamos por unas vías muertas llenas de basura y escombros. Hay vagones tumbados llenos de bolsas de basura. Algunas bolsas se mueven. Caminamos sobre ellas. Le digo que prefiero volver. Es lo mejor, dice y me toma por la cintura (de repente Pili se ha convertido en un chico). Pasamos por distintas habitaciones, cada una decorada de una manera. Nos paramos en una con moqueta azul, muebles decimonónicos, pañitos de croché y adornos de porcelana. Me gusta, decimos a la vez y nos miramos. No sé si va a besarme. No sé si es una chica o un chico.
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Llamo por teléfono a Daniel. Una niña, sin dejarme decir ni hola, me dice que le lleve las medicinas cuanto antes (u tono es tranquilo y su voz demasiado aniñada para ser su hija). Le digo si se puede poner Daniel. Cuelga. Vuelvo a llamar. ¡Abuelaaaaa!, grita la niña. Reconozco la voz de la madre de Daniel que, sin dejarme hablar, me dice que la tía (no recuerdo el nombre) va a traer las medicinas. ¿Se puede poner Daniel? Cuelga. Pienso que quizá Daniel esté enfermo, en la cama, y sea mejor llamarlo al móvil. En ese momento llega mi madre con un montón de collares larguísimos de distintos colores. Quiere que se los vaya separando para poder ponérselos. El montón ocupa lo que un balón de Nivea.