leotardos

sábado, 15 marzo 2025. Estoy en un piso con una pareja. La chica me propone que me quede con ellos, y me insinúa que hagamos un trío (hace un gesto de dinero con los dedos). De repente me doy cuenta de que estoy desnuda de cintura para abajo. Veo pasar hacia el dormitorio a un tipo viejo, bajito y muy feo. Va desnudo. Me pongo las botas a toda prisa. Me doy cuenta de que me estoy poniendo los leotardos encima de las botas. La chica dice que si me voy, de qué van a vivir. Ahora pienso que, con el gesto, pretendía que yo le pagara por acostarme con ellos. Cojo mi ropa hecha una bola y huyó. En el descansillo empiezo a vestirme a toda prisa. Desde el edificio de oficinas de enfrente un tipo me mira con curiosidad. 


carretilla

jueves, 13 marzo 2025. Me encuentro a Cristina (compañera de colegio a la que no veía en años, y ahora vive frente a la casa de mis padres). Me pide que la acompañe al banco. Llegamos a una ventanilla como de taquilla de cine (un hueco en una pared blanca encalada. Le dice al chico directamente que quiere sacar todo su dinero y cambiar de banco. El chico, con su mejor sonrisa falsa, le pregunta por qué y a qué banco quiere irse. Quiero mi dinero, responde sin explicaciones. El chico se va y vuelve con unos papeles tamaño folio y cuatro monedas (una de ellas como si le hubieran dado un bocado). Ahora la ventanilla está a ras del suelo. ¿¡Esto qué es!?, me das calderilla, quiero todo mi dinero, to-do, repite ella. El chico desaparece. Veo a una chica temblando de miedo dentro (quizá piensa que peligra su trabajo). Le pregunto qué es esa moneda a la que falta un trozo. Me tenían que dar diecisiete céntimos y le han quitado tres a una moneda de veinte, ¿te gusta?, quédatela, dice. Antes de irnos intento consolar al chico, le digo que me gusta su banco porque es color naranja, que tengo algo de dinero con ellos pero me gusta más Triodos. Me llevo a Cristina tumbada en una carretilla (lleva todo el dinero sobre la tripa). Me pregunta qué es eso de Triodos. Le digo que se autodefinen como banca sostenible y ética. Aunque yo no creo en los bancos, añado. ¿Me recomiendas que meta mi dinero en varios? Le digo que lo primero que me dijeron en Económicas, el primer día de clase, fue que no hay que meter todos los huevos en la misma cesta. Mientras empujo la carretilla, pienso que eso que lleva encima no es dinero, son folios amarillentos, pero no digo nada. Pasan a nuestro lado una fila de monjas como si estuviéramos en una película de Fellini (pero estas son grotescas). Cristina dice desde la carretilla que está cansada. Nos sentamos en unos sofás que hay junto a un muro. Entre los cojines encuentro una cadenita que llevaba mi padre en el bolsillo hace años. Se lo cuento a Cristina y le pregunta a un tipo con muy mala pinta si es suya. ¿No le acabo de decir que era de mi padre?, pienso y me la guardo. El tipo se baja los pantalones y nos enseña el culo. Quiero irme de allí. Entre los cojines también hay un broche rectangular con cositas incrustadas (una tortuga, una espiral, un cartel diminuto de cine...). Cristina dice que me lo quede, que este año se llevan mucho las incrustaciones. De repente Cristina se ha convertido en mi hermana. Mi hermana dice que perdió un dado en ese sofá. Era azul con los puntos blancos. Le digo que no se preocupe, que lo tengo guardado y se lo daré cuando lleguemos a casa. De repente estamos en casa. Quiero enseñarle la cadenita a mi padre. Nada más llegar mi hermana le grita a mi padre: ¡Mentiroso!, ¡no sabes más que mentir! Me voy a la cocina asustada. Mi tía M y mi abuela están cocinando. Me dicen que cada día es igual, que lo trata fatal. Las mando callar para que no las oiga. Las ha oído. Entra en la cocina hecha un basilisco, nos grita, dice que está harta, que se larga de casa. Yo aprieto el dado en el puño. (Me despierto con el corazón a mil).

algeciras

miércoles, 12 marzo 2025. Entramos con Sonia y Míchel a un bar. Me da la impresión de que están cerrando, pero no digo nada. Atravesamos un salón, pero no hay nadie ni hay salida. Volvemos a la terraza donde un camarero saca brillo a los vasos con un paño de cuadros rojos y blancos. Otro tipo se lía un cigarrillo. No me gusta nada, todo está sucio o roto. En otra terraza reconozco a Enrique (un compañero de la facultad al que no veo desde hace años). ¡Henry!, le digo y abro los brazos. Se vuelve, se alegra mucho de verme pero no se levanta (pienso que quizá en estos años haya tenido un accidente y esté en silla de ruedas, pero no digo nada). Le pide a Alberto que nos haga una foto para enviársela a Elías (otro compañero de Económicas). Henry vive en Algeciras, le digo muy contenta a Alberto, como si eso fuera lo mejor del mundo.

losas hidráulicas

martes, 11 marzo 2025. Bajo la calle hacia casa. Veo subir a Marcos con un tipo. Marcos va comiéndose un bocadillo enorme. Se le ve feliz, hace gestos de dibujo animado. El portal está en obras (cambian el suelo de losas hidráulicas de los años 60 por baldosas feas de cuarto de baño). Pregunto a un albañil si me da una de recuerdo. Dice de muy malos modos que has ha roto todas. Varias vecinas esperan el ascensor. Veo un trozo de una en el suelo y cuando voy a cogerla, una vecina le da una patada para acercarla a su lado, pero otra se le adelanta y se la mete en el bolsillo. La de la patada dice que en realidad no la quería, que tiene demasiadas cosas, que debería deshacerse de todo. Pelean. Decido subir por las escaleras. No las reconozco, los descansillos son enormes, cada puerta es distinta, algunas parecen puertas de cuadras (algunas están abiertas o no tienen puerta). Una vecina habla con su novio. La saludo desde lejos, me hace un gesto para que entre. Le digo que la encuentro muy bien, más joven, mucho más guapa con el pelo rubio. Se pone muy contenta (demasiado). Me fijo en su casa. Hay alfombras por todas partes, hasta en las paredes y en el techo. También en que hay una escalera que baja. ¿Tiene un dúplex?, pienso. Me despido, bajo un piso para comprobar lo del dúplex. La puerta está abierta. Veo a una chica en una cama enrome de metal dorado muy vieja, arropada por muchos edredones arrugados y sucios. Le pregunto si está bien. La chica se despereza. Aparecen de debajo de los edredones dos chicas más. El piso es un desastre, una acumulación de cahivaches sacados de la basura. ¿Sois okupas?, le pregunto. Aparecen un montón de cabezas aquí y allá (como lo harían animalillos del bosque en una serie de dibujos animados). Una de las cabezas dice "esa hija de puta nos va a denunciar". Le digo que no debe juzgarme tan a la ligera, que yo propuse que la pareja de aparcacoches, que vive en calle, vivieran en el rellano de los motores del ascensor al menos los días de lluvia y que una vez durmió un niño marroquí, pero cuando fui a llevarle el desayuno había ido asustado. Me echo a llorar, le pido disculpas a la chica de la cama, le digo que estoy muy sensible porque tengo jaqueca cada día (las cabezas van asomando más de sus agujeros). Una de ellas se me acerca (como lo hace Larry David en su serie) para comprobar si las lágrimas son verdaderas. Me creen. Me ofrecen lo que parece un mosaico, pero son trocitos de caramelo que ellos mismos hacen. Otro chico me dice que es poeta. ¿Has leído Utz? (no sé por qué le pregunto eso). Se miran entre ellos casi asustados. Una chica me quiere regalar dos jerseys de rayas. Me dice que ha observado que siempre voy vestida igual y eso es que tengo poca ropa. Me sorprende que ellos me quieran regalar cosas cuando debería ser al revés. Le digo que deberían hacer algo, que tienen un piso enorme, que podrían hacer dulces y venderlos, o poner una imprenta. Eso haría ruido y nos echarían, dice uno. Les digo que conozco a un tipo que lleva el tema okupa. Se ríen, dicen que ya saben quién es y que está loco. Les digo que deben hacer algo, que los veo pasivos, conformistas, que hay que moverse. Me miran como si les hablara en chino. Decido irme a casa. Les digo desde el descansillo que ya se me ocurrirá algo para que no los echen. El chico poeta me da un montón de folios. Son mis poemas, dice. Ya te bajaré uno de mis libros. Ya, ya, dice no creyendo que yo pueda haber publicado nada. Subo por las escaleras, me pesan mucho las piernas y me duele mucho la cabeza. (Me despierta una jaqueca explosiva. Por una parte me da pena que todo eso fuera un sueño, porque me gusta estar allí con ellos; por otra me alegro infinito de que no fuera verdad).

sin salida

lunes, 10 marzo 2025. Estoy en lo que parece un congreso de poetas. Estamos todos en una habitación alargada pequeña sentados en el suelo o en cojines. De lejos veo a Ferran Fernández, pero hay mucha gente y no puedo acercarme a él. En el suelo está sentado Chivite. Le preguntó si se va a quedar a la cena o se quiere venir con nosotros por su cuenta. No me contesta. En un rincón veo a Isabel Pérez Montalbán, María Eloy-García y Carmen López. Están sentadas en el suelo. Me acerco, las tres llevan camisetas de rayas, les digo que yo tengo una igual en otro color. Por la ventana veo que han llegado Isabel Pantoja y Julián Muñoz, y se están haciendo una foto delante de un coche. En la foto se han colado algunos poetas, y Alberto y Javi se ponen detrás y les hacen los cuernos. Cuando vuelvo a mirar la sala está vacía, solo queda Carmen López. Empezamos a andar, vamos muy rápido, como si quisiera enseñarme el pueblo tirándome de la manga. No sé dónde estamos, nos metemos por unas calles sin asfaltar y una de las veces entramos en un callejón sin salida. Nos persigue una moto. Le digo a Carmen que corra. Cuando por fin estamos fuera de peligro, me vuelvo para decirle que de buena nos hemos librado, pero tampoco está. Estoy sola en una plaza vacía.

la chica del elefante

domingo, 9 marzo 2025. Veo unos zapatos en mitad del salón y los saco a la terraza. Al ponerlos juntos, junto al escalón, me doy cuenta de que son distintos. También veo a alguien fuera. Por la seriedad con la que hablan parece que estén decidiendo algo muy importante (son un chico y una chica). No me atrevo a salir aunque es mi propia casa. De repente el chico mete la cabeza entre las cortinas y me dice que ya puedo salir, que ya está todo decidido. La chica se hará cargo del elefante y tú escribirás los artículos, dice. No sé de qué está hablando, pero tampoco me atrevo a preguntar. Yo te conozco, le digo, eres Atencia. Se ríe.

candado

viernes, 7 marzo 2025. Voy con Francis, Cocó y otra chica por la calle. Les enseñó el barrio de mis padres. Cuando llegamos a la plaza que hay delante del que fue mi instituto les cuento, aquel era mi instituto, aquello era magisterio, este edificio era peritos. Recuerdo que Javi dejaba la moto con un junto al edificio y el candado sigue allí. Lo busco por todas partes, pero no doy con él. Pregunto a alumnos, pero no saben de qué hablo. Entramos en una clase y le digo a Francis que nos quedemos. El profesor nos pregunta quiénes somos. Le cuento que estábamos buscando un candado. Se ríe. Dice que no podemos quedarnos. ¿Qué clase toca hoy?, pregunto. La tabla periódica. ¡Me la sé! Entonces no necesitas quedarte, dice, me empuja hacia afuera y cierra la puerta. Lo hace todo dulcemente y sonriendo.

zapatos plegables

jueves, 6 marzo 2025. Estoy en una casa destartalada (se parece a la casa de mi bisabuela en Estepona) con habitaciones de techos altos y muebles antiguos y viejos. Las camas están deshechas y hay ropa amontonada por todas partes. Se supone que varios actores y actrices  (de las películas de Jonás Trueba) la han alquilado para ensayar y a la vez pasar unos días de vacaciones. Mi hermana dice que el tren sale en una hora. Le digo que ya tengo la maleta hecha, pero no la encuentro. Pregunto a todo el mundo si han visto una bolsa de Pippi comiendo espaguetis. Un señor mayor me dice que mejor coja otra cualquiera para no perder el tren. Lleva una insignia republicana. Cojo una chapa con la bandera republicana y me la pongo. Al señor se le ilumina la cara, dice que desde que se fue de la residencia y vive en esa casa con esos jóvenes es muy feliz. Se aleja con su andador. Encuentro una maleta de plástico transparente, pero por más que miro en los armarios, hay ropa parecida a la mía, pero no es la mía. Voy descalza, no encuentro mis zapatos. Pregunto si alguien los ha visto. Son unos zapatos especiales de viaje que se pliegan y no ocupan más que una hoja de papel, explico. Francesco Carril se me acerca enfadado, está molesto porque no le he hecho caso en todas las vacaciones.  Le digo que no estaba segura de si se acordaba de mí, por eso no le dije nada. Dice que cómo he podido hacerle eso con la manera tan bonita en que nos vimos por primera vez. Intento recordar vagamente y me viene la imagen de un decorado de película del oeste, era de noche, él iba andando solo por las calles desiertas y yo lo reconocía y le decía que se viniera conmigo a cenar. Imagino que se refiere a eso. Me echo a llorar. Lo abrazo, le pido disculpas. De repente suena el móvil, mi hermana dice que no lo coja, que perdemos el tren. Es Aghata Ruíz de la Prada. Me pregunta dónde puede comprar mi último libro de poemas. En la Alberti lo tienen seguro. Y ahí empieza a  hacerme preguntas sobre el neoliberalismo y el porqué las novelas históricas se venden más que los libros de poesía. Le digo que pierdo el tren y voy a colgarle, que la llamaré cuando llegue a casa. De repente me doy cuenta de que me he dejado la maleta en casa. Vuelvo corriendo a la casa, pero no avanzo. En ese momento las farolas se apagan y todo queda completamente negro. No veo nada, no sé hacia dónde corro.

zorrilla

martes, 4 marzo 2025. Se supone que todos sabemos que mi hermana está embarazada. Mi abuela y mi madre charlan tranquilamente de donde pondrán la cuna o como se llamara el bebé. Me parece que todas se han vuelto locas. Llevo a mi hermana al que fue mi cuarto (ahora parece una leonera) y le pregunto cómo ha podido dejar que le pasara. No sabe. Le pregunto si el padre que saber algo del tema. Que no. Voy al dormitorio de mis padres y le digo a mi abuela y a mi madre que el bebé debe llamarse como mi padre y llevar el apellido de mi hermana. Mi abuela dice que de ninguna manera, que un hijo debe llevar el apellido del padre. Mi madre dice que ahora está de moda echarlo a suertes. No entiendo nada, no sé cómo están tan tranquilas. Supongo que sabéis que el padre se apellida Zorrilla, les digo.

el ascensor

lunes, 3 marzo 2025. Entro en el ascensor de la casa de mis padres. Detrás de mí entra un chico. Es nacho (parece más joven que hace veinte años). Pienso que debe ser una pesadilla para él estar encerrado en un ascensor conmigo, pero cruza los brazos y se apoya en el espejo del ascensor como si el viaje fuera a durar una hora. Me pregunta qué tal estoy con total naturalidad. No sé qué decirle.

chaleco de cuero

domingo, 2 marzo 2025. Me encuentro a Miguel (un amigo del instituto al que no veo desde hace años), me alegro muchísimo de verlo, nos damos un abrazo. Lo encuentro casi más joven rque entonces. Me extraña su indumentaria (un vaquero ajustado y un chaleco de cuero sin camiseta debajo). Cuando nos estamos poniendo al día aparece una niña india pequeña y le tira del chaleco. La persiguen unos tipos muy raros. Entramos en un bar con escaleras metálicas que forman un laberinto. Llegamos a una azotea atestada de gente bebiendo. Intentamos esconder a la niña. Miguel me dice que me quede con ella mientras él se deshace de los hombres raros. De repente los veo cuchichear y Miguel ya no me parece él. Meto a la niña en un armario y bajo las escaleras a toda prisa. Me persiguen. Llego a una especie de basurero donde parece que estén fabricando coches con tacos de madera sin lijar y planchas de metacrilato. Uno parece que se va. Conduce una chica. Le digo que me persiguen, que por favor me saque de allí. La chica mira hacia atrás como diciéndome que es un coche fúnebre y tendré que ir tumbada.

de premios, porcelanas y collares

sábado, 1 marzo 2025. Tengo que recibir un premio y llego tarde. El recinto es al aire libre, encalado, está vacío y solo queda una farola encendida. Un hombre, antes de apagar la farola, me dice con un gesto y un barrido de mirada que todos se han ido.
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Llego a toda prisa al mismo recinto de antes. Tengo que entregar un premio. Voy con una chica que no deja de hablarme y entretenerme. Me esperan Ana y Cristina. las veo sonrientes en el escenario. Antes de subir, una azafata se nos acerca con una bandeja llena de copas de vino blanco. Le doy las gracias y le digo que mejor después del acto, pero la chica que me acompaña empieza a bebérselas una detrás de otra. Después sube al escenario, coge el y comienza a hablar. Insulta quien ha ganado el premio (sin saber quién es), insulta al público y hasta a Ana y Cristina. Intento apaciguarla. El público se va indignado. Intento explicar a Ana y Cristina que no sé quién es esa chica y que se ha bebido unas ocho copas de vino de golpe. Lloran, dicen que lo he estropeado todo. No quieren saber nada de mí.
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He perdido algo. Una chica me dice que sabe dónde puede estar (la chica es Pili, una compañera de colegio a la que no veo desde hace cuarenta años). Pasamos por unas vías muertas llenas de basura y escombros. Hay vagones tumbados llenos de bolsas de basura. Algunas bolsas se mueven. Caminamos sobre ellas. Le digo que prefiero volver. Es lo mejor, dice y me toma por la cintura (de repente Pili se ha convertido en un chico). Pasamos por distintas habitaciones, cada una decorada de una manera. Nos paramos en una con moqueta azul, muebles decimonónicos, pañitos de croché y adornos de porcelana. Me gusta, decimos a la vez y nos miramos. No sé si va a besarme. No sé si es una chica o un chico.
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Llamo por teléfono a Daniel. Una niña, sin dejarme decir ni hola, me dice que le lleve las medicinas cuanto antes (u tono es tranquilo y su voz demasiado aniñada para ser su hija). Le digo si se puede poner Daniel. Cuelga. Vuelvo a llamar. ¡Abuelaaaaa!, grita la niña. Reconozco la voz de la madre de Daniel que, sin dejarme hablar, me dice que la tía (no recuerdo el nombre) va a traer las medicinas. ¿Se puede poner Daniel? Cuelga. Pienso que quizá Daniel esté enfermo, en la cama, y sea mejor llamarlo al móvil. En ese momento llega mi madre con un montón de collares larguísimos de distintos colores. Quiere que se los vaya separando para poder ponérselos. El montón ocupa lo que un balón de Nivea.

móvil blanco

viernes, 28 febrero 2025. Francis llega corriendo y me cuenta algo realmente entusiasmado. Rebosa alegría Yo sonrío, intento que parezca que me alegro mucho de lo que dice, aunque no puedo oírlo. Tampoco puedo hablar ni mover las piernas. Estoy sentada en una cama, completamente paralizada, pero no dejo de sonreír para que crea que estoy bien y no fastidiarle la felicidad que siente.
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Voy en un carrito de supermercado como si fuera una bicicleta. En el asiento para bebés llevo a mi prima Elisa (es una niña de unos dos años). Cuando llegamos a una plaza empedrada, nos están esperando ella misma de mayor y su madre (mi tía P). Se alegran mucho de vernos, dicen que no nos movamos, que quieren hacernos una foto. Elisa (mayor) saca una caja de cerillas y las va encendiendo. Se supone que cada cerilla hace una foto (no lo entiendo pero no digo nada porque está muy ilusionada). Aparecen mi sobrino Diego. Se ha cortado el pelo de manera que le queda un penacho en el centro. ¡Parece un pollo!, gritan unos gamberros e intentan pegarle. Se arma un gran revuelo en la plaza. De repente Elisa (mayor) dice que Elisa (pequeña) ha desaparecido. Intento apaciguar a los gamberros, les digo que concentren su energía en encontrar a la niña en vez de pegar a Diego. La buscamos por todas partes, entro hasta en casas particulares. En la trastienda de una charcutería hay una cama con un bulto. Al destaparlo es un perro que duerme. Suena un móvil entre las sábanas. Es un móvil de concha blanco. Al abrirlo se corta la llamada. Llamo a ese mismo número y alguien me dice que la niña ha aparecido, que se quedó dormida en uno de los estantes del el bar "El conejo". Al salir de la charcutería veo pasar a Raquel (ella no me ve). Lleva un traje de chaqueta blanco y un ramo de flores. Pienso que irá a casarse. Me pregunto si llevará en el bolsillo el poema que le envié para la ceremonia.

la decoración

miércoles, 26 febrero 2025. Paseo con Sr. Chinarro, un amigo suyo y mi tía E. Lo mismo estamos en una playa que en unas cales tipo Nueva Orleans, que dentro de un edificio antiguo. Sr. Chinarro nos va explicando lo que vemos. Dentro del edificio, nos enseña (mitad con orgullo mitad con indiferencia) la habitación de su hermano pequeño. Lo tiene decorado estilo punk pero con fotos de toreros y corridas. Justo a la vuelta de la habitación hay una pequeña plaza de toros (me extraña que tenga un árbol y un banco en el centro), aunque lo más raro es que el piso no tengo techo. Le pregunto que pasa cuando llueve. El amigo me mira con sorna, como diciendo: aquí nunca llueve. Sr. Chinarro responde con guasa que ya me lo puedo imaginar. En la plaza de toros también hay un pequeño bar (de juguete, a escala de un niño pequeño) con sillas plegables. Sr. Chinarro le ofrece la más cómoda a mi tía (una butaca con las patas traseras más cortas). Dice que tenía una igual en su casa y se arrepiente de haberse deshecho de ella. Le pregunto si se ha mudado. No, sigue viviendo junto al mar pero ha cambiado la decoración, y me guiña (La decoración es el título de una de sus canciones). (En el sueño no pasa nada, solo andamos y hablamos sin prisa. De algún modo soy consciente de que es un sueño y me da mucha pena despertar y tener que "salir de ahí").

adoquines mojados

domingo, 23 febrero 2025. Tengo que estar en casa de mis padres a las siete de la mañana porque mi hermana se va de excursión a ver almendros en flor. Salgo corriendo de casa cuesta abajo, pero no avanzo nada. Cuando llego el autobús se ha ido. Corro hacia casa de mis padres pero las calles se vuelven empedradas y cuesta arriba. Sigo sin avanzar, me resbalo, me caigo varias veces. Intento alzar el vuelo, hacer que nado con los brazos en el aire. De repente estoy en el portal pero está lleno de cosas (muebles, ropa, objetos de mis padres). Por una parte entorpecen mi camino hacia el ascensor, pero por otro, no sé qué hacen allí y me veo en la obligación de recogerlos para que nadie se los lleve o los tire. Hago un montón con todo bajo la escalera donde están los contadores. Subo los cuatro pisos sin aliento porque el ascensor no funciona. Cuando por fin abro la puerta, mi hermana está en pijama con la cabeza llena de rulos. Me dice muy contenta que ha cambiado de planes, que ya no hay prisa.

dos nombres

viernes, 21 de febrero 2025. Estoy en la barra de un bar con Alberto. Aparece una chica y me pone la barriga desnuda muy cerca de la cara. Le doy un beso (a la barriga). Alberto me hace señas como diciendo que no está embarazada, que solo está gorda. De repente estamos en casa de un compañero de trabajo de Alberto. No conozco a nadie. Voy al cuarto de baño. La casa está hecha con pasillos forrados de tablones de madera muy toscos. El cuarto de baño está muy sucio. Hay una puerta abatible que da a una escalera muy empinada (también muy tosca), que parece dar a un habitación luminosa desde donde se oye música. Dudo si subir. Orino con cuidado porque todo está muy sucio. La orina es sangre. Cuando, sigo sin saber de qué hablar con nadie. Me acerco al hijo del compañero. Me llama por un nombre que no es el mío (empieza por E, pero no recuerdo cuál). Le pregunto si quiere que le diga mi verdadero nombre, que tengo dos, uno de verdad y otro familiar, como su padre. Dice que no, que mejor se lo diga otro día. Le digo que lo más seguro es que no volvamos a vernos.

en batín

jueves, 20 febrero 2025. Juano llega a casa (no se parece a mi casa; se parece más a la casa de mi abuela). Dice que me regaló sin querer un pijama que había comprado para su tío. Alberto trae el pijama. Todavía está envuelto (en papel de seda arrugado). Lo rasga por un extremo para comprobar que es el pijama que busca. Es un pijama rojo de señora con motivos orientales (se parece al último pijama que mi hermana le compró a mi madre). Sí, este es. En ese momento aparecen varias vecinas con sus carritos de la compra (una de ellas va dentro del carrito). Saludan y miran a Juano con recelo. De repente me doy cuenta de que Alberto, Juano y yo vamos en batín. Ellos tienen un pase, pero yo llevo el batín de mi suegro y, para más inri, un gorro de lana muy viejo calado hasta las cejas.


por un bollito

miércoles, 19 febrero 2025. Voy por una calle estrecha. Está llena de estudiantes rubios y altos en camiseta (parecen americanos). Un hombrecillo lleva un cesto lleno de bollitos a la espalda. Uno de los estudiantes (se parece a Trump de joven) le quita uno sin que se dé cuenta. Me vuelvo hacia él, le digo a gritos delante de todo el mundo: ¿¡Te parece bonito robarle a un anciano!?, ¡eso no eres capaz de hacerlo en tu país! El tipo entra en cólera por haberlo puesto en ridículo delante de sus compañeros. Me persigue. Uno de los chicos que va en su grupo se pone a mi lado (más joven, enclenque, pelirrojo con pecas) y me dice que ya era hora de que alguien le parara los pies. El musculitos se quita el cinturón y se lo echa al cuello del pelirrojo para ahogarlo. Consigo quitárselo, le digo que huya. El chico corre hasta llegar a una estación de metro y desaparece. El musculitos me persigue, me alcanza, me golpea, me arranca la ropa, me tira al suelo. La gente a nuestro alrededor no hace nada, solo miran mientras comen helados o hamburguesas y siguen paseando. Cuando lo tengo encima, de repente dejo de ser yo y veo la escena desde fuera, como en una película. Tiene debajo a una chica muy guapa. ¡Defiéndete!, le grito a la chica. La chica se levanta y le tira una piedra enorme a la cara. El chico, sorprendido, dice que nunca había sentido nada igual, que le gusta, que por favor vuelva a golpearlo. La chica no sabe qué hacer y yo no sé qué decirle. La chica le pregunta: ¿Qué haces en estos casos? El chico dice que es él quien suele pegar. Después le da una patada en la mandíbula y ella queda tumbada inconsciente. De repente, los dos son mayores y están en un restaurante rodeados de sus familias. Se les ve muy felices. Celebran el cumpleaños de su hija. Yo lo sigo viendo todo como en una película sin comprender nada.

en camisón

martes, 18 febrero 2024. Josemari sale con prisas de su casa (no se parece a su casa). Sus hijos (no se parecen a sus hijos) le dicen que hay que sacar al perro (tampoco se parece a su perra). Yo estoy en la acera. Josemari me pide que lo saque yo, que todavía no ha hecho sus necesidades y ellos tienen que irse o no llegan al trabajo ni al colegio. Le digo que estoy en camisón. Me dice que el camisón parece un vestido y es tan temprano que nadie va a verme. Cojo la correa y el perro salta a una cubeta llena de escombros. Termina pronto, le digo como si me entendiera.

pulseritas

lunes, 17 febrero 2025. Sonia y yo bajamos por una rampa de lo que parece un barco muy grande (¿estamos en un crucero?). Javi nos espera abajo. Entramos directamente a una tienda de souvenirs. Una chica muy nerviosa quiere vendernos pulseras a toda costa. Me parece raro que las pulseras que nos enseña sean idénticas a las que lleva mi madre. De repente pienso que se las han robado y tengo que comprarlas para devolvérselas porque seguro que las echa de menos.

mudanza

sábado, 15 febrero 2025. Estoy en casa de mis padres, pero no parece la casa de mis padres. Tiene un sofá en forma de L. Mariángeles y Salud están charlando. El sofá está cubierto por unas telas muy arrugadas. Toda la casa está desordenada. Mariángeles dice que quiere mudarse y va a tirar muchas cosas. Miro a mi alrededor, pero tampoco se parece a su casa. Al cabo del rato llega Carlos, su hijo. Me pregunta si cuando limpio el polvo le doy la vuelta a la bayeta y la uso por el otro lado. No sé qué responder. Carlos ve unos cuadros en el suelo. Le digo que su madre está de mudanza y los va a tirar. Se sorprende y enfada muchísimo, dice que por qué no le ha pedido permiso porque los cuadros son suyos. Abre la puerta de la que era mi cuarto y dice: Qué desastre todo. Le cuento que cuando era mi cuarto era precioso. Ahora el suelo no está lleno de ropa y zapatos amontonados.

bigotes

viernes, 14 febrero 2025. Llego a casa de mis padres. Me bajo en el cuarto piso y oigo ruido en el quinto. Subo la escalera. Hay un montón de músicos (o eso parecen) sentados en el rellano. Se supone que tengo que hablar con alguien que lleva bigote. Todos me parecen iguales, todos llevan bigote.

regalos y huevos de mármol

miércoles, 12 febrero 2025. Es el cumpleaños de Pateta, están en el cine y los espero fuera. También a los demás, que han ido a comprar el regalo. Lo trae Blanco, Navarrete y Pacho. Veo que ya se lo han dedicado. Le han dejado el precio y se ven varias pegatinas (una sobre otra) desde su precio original hasta la última naranja fluorescente que pone 5 euros. No pudo quitarla porque alguien ha escrito la mitad de la dedicatoria sobre ella. No sé qué hacer. Envuelvo como puedo porque el papel de regalo que han traído es pequeño y está usado. Cuando por fin Laura y pateta salen del cine, dicen que no les ha gustado nada la película. Era La insoportable levedad del ser. Es justo el libro que le han comprado.
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Estamos en un monte y tenemos que bajar a la ciudad. Hay un camino pero queda un poco lejos. Michel dice que podemos ir campo a través. Sonia dice que es muy peligroso. Michel baja en un pispás y lo sigo. Hay muchas agujas de pino que me hacen resbalar. Bajo algunos árboles hay nidos con huevos enormes que parecen de mármol. No sé cómo han bajado los demás, pero una vez abajo buscamos un sitio para cenar. Entramos en un local donde sirven comida para vagabundos (hay que pasar por el servicio; hay dos tipos sentados en sendas tazas de váter y ni se inmutan). Michel pregunta si nos darían de cenar. Nos enseñan una carta enorme. El postre es una barra de helado para cada uno. Michel se ofende muchísimo y nos vamos. Al salir, las calles están desiertas y a oscuras. Sobre un tejado hay unos cien gatos negros iguales, sentados, muy quietos. Uno hace ademán de levantarse y los demás de seguirle. Levanto el brazo y le digo que se siente, que después iré a ponerles de comer. Los gatos vuelven a su sitio. Vamos por las calles buscando algo abierto. Le digo a Alberto que me alegro de que las calles (empedradas) estén tan limpias porque voy descalza (a pesar de que hace mucho frío; los demás, Marcos y Javi, llevan abrigo). Se supone que no me puse zapatos para que no me doliera la cadera. (Me despierta un tremendo dolor en la cadera izquierda).

paraguas y yincana

martes, 11 febrero 2025. Un tipo me pregunta si sé arreglar paraguas y me enseña un palo. Le digo que quizá doblando una percha pueda hacer una varilla, y si puedo hacer una podré hacerlas 
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Omar Montes llega a casa de mi abuela y organiza una especie de yincana en la que participa toda mi familia. Mientras, él se tumba en una especie de camilla, se tapa con una sábana y disfruta viéndonos jugar. Cada vez que lo miro pienso lo mismo: qué chico más guapo.

huevos fritos

sábado, 8 febrero 2025. He quedado con Javi en un bar, se supone, para contarle algo muy importante. Cada vez que intento a hablar aparece alguien, ocupa nuestra mesa y habla a gritos. Nos cambiamos varias veces hasta entrar en una zona con las paredes azules llenas de retratos hechos a lápiz. Me fijo en que conozco a casi todos, pero todos están muy serios. Cuando se lo voy a contar a Javi, veo que dentro del ojos tiene varios huevos fritos pequeños.

manada

jueves, 6 febrero 2025. Parece un festival que se celebra en los pasillos de un edificio antiguo. Estamos sentados en el suelo, con la espalda pegada a la pared, esperando que empiece el espectáculo. De repente aparece una manada de animales (no recuerdo cuáles; supongo que influenciada al ver a la familia de jabalíes en el centro comercial). Un guarda jurado dice que no nos movamos y sobre todo, no le digamos nada a Cumpián, porque hará alguna locura de las suyas. Pienso que precisamente Cumpián no hará nada, se quedará asombrado viendo cómo pasan de largo. Aparece Cristina muy maquillada y me dice que qué hago allí sentada, que ya tenía que estar en el escenario. Le tiendo unos folios. Le digo que nadie me ha dicho lo que tengo que leer ni cuándo. Dice que tenía que haber ido a los ensayos por la mañana. Nadie me avisó. Cristina mira con reproche a un chico que se encoge de hombros.

dientes

miércoles, 5 febrero 2025. Eva me enseña fotos de su familia. Son fotos antiquísimas. Me llama la atención que toda la familia tenga unos dientes enormes.

jabalí

lunes, 3 febrero 2025. Una niña dice que ha desaparecido su jabalí. Lo veo medio enterrado junto a una cerca y parece vivo, pero no puedo decirle nada porque no formo parte del sueño (lo veo todo como en una película).

de rayas

domingo, 2 febrero 2025. Vivo en una casa con jardín. El jardín es compartido con una familia numerosa que siempre vuelve en fila, desde el pequeño al mayor. La fila la acaban los padres. Su ropa está hecha con la misma tela aunque los modelos sean diferentes. Llegan vestidos de rayas (me recuerdan al baby de mi colegio). Según entran me van saludando. El más pequeño me pregunta si mi tía M irá a leerles un cuento que empezó el día anterior. Me sorprende cuando me enseña el libro (en su móvil) porque no es precisamente para niños. También veo que tiene fotos mías con el pelo corto. Intento llamar a mi tía pero el móvil no funciona.

de gaultier

sábado, 1 febrero 2025. Alguien me pregunta con mala cara por mis zapatos. Bajo la mirada, son los zapatos de punta larguísima que compré en 1990. Son de Gaultier y están como nuevos, le digo.