leones y leonera

domingo, 28 abril 2024. Parece un centro comercial al aire libre. En el centro del centro hay una escalera de caracol. Mientras bajamos, respondo a alguien que seguramente los leones que aparecen en el pergamino eran las mascotas de los niños de la familia (no recuerdo la conversación, ni la pregunta anterior a esa respuesta; tampoco de dónde venimos). Una vez en la planta baja, me acerco a una mesa donde está Alberto. Come una especie de fingers de queso. Me llama la atención que los camareros estén comiendo con él. Una chica asiática me habla como si fuera tonta (yo) o una niña o una extranjera, vocalizando, explicando lo que hay en cada plato (restos y migas) e incluso intenta meterme comida en la boca. Le digo de mala gana que sé perfectamente lo que es cada cosa y que no tengo hambre. 
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Busco algo en el que fue mi cuarto en casa de mis padres. Todo está revuelto, una auténtica leonera, hay muchas pelusas (algunas hasta ruedan con el aire que desplazo al moverme). Busco mi ropa porque tengo que irme, pero solo encuentro un vestido muy antiguo negro de florecitas blancas y los tenis. Me los pongo sin calcetines. Entre las pelusas hay monedas y un anillo que fue de una de mis tías abuelas. Cuando hago intentos por cogerlo mis manos se hunden en el suelo como si fuese de agua y las pelusas algas. Desisto porque tengo prisa (se supone que Alberto me está esperando). De repente mi madre se asoma por la ventana. Dice que el bolso que le regalé no es de su talla. Las asas son cortas, no me lo puedo poner al hombro, aclara. Le digo que lo miraré luego, que tengo prisa. Mientras salgo en estampida, pienso que no sé cómo he podido regalarle un bolso tan infantil. Mientras corro por la calle para alcanzar a Alberto, me doy cuenta de que no me até los cordones.