viernes, 3 abril 2020. Alberto y yo vamos por una calle tranquila a la que dan casitas con jardín. Pasan dos carteros en moto, vestidos como en aquella serie "Crónicas de un pueblo". Pienso que son policías camuflados. Me separo de Alberto dos metros para que crean que no vamos juntos. No llevamos guantes ni mascarilla y Alberto, además, no lleva camiseta. Sonia aparece detrás de un poste de luz (de aquellos antiguos, enormes de cemento), nos hace señas, dice que conoce una peluquería que abre de tapadillo. Entramos en una galería de comercios, todos están cerrados. La peluquería tiene la persiana metálica bajada hasta la mitad, pero dentro está oscuro y no se ve a nadie. Mejor nos vamos, les digo. Sonia dice que salgamos por un ventanuco donde escondió una cuerda por si llegaba el caso. ¿No es más fácil salir por donde hemos entrado? Alberto y Sonia deslizan una cuerda hacia la calle e intentan salir por el ventanuco, pero es demasiado pequeño. La escena parece de Buster Keaton. Yo los observo desde la acera, donde llevo ya un rato esperándolos.
cómics y furgo de campaña
miércoles, 1 abril 2020. Oeste y yo entramos en una biblioteca. En el mostrador de entrada tienen dos pilas de cómics para que la gente se los lleve. Nos llevamos un montón como si fuéramos niños.
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Camino con una niña que, se supone, es una poeta extraordinaria a pesar de su juventud. Llegamos a un aparcamiento improvisado. Nos despedimos. La niña se mete en una furgoneta. La furgoneta está hecha con un armazón de listones de madera sobre los que han colocado tela plastificada de mantel. Al subir la niña se desmorona como una tienda de campaña. La madre de la niña y sus amigas (que parecen venir de jugar al baloncesto), me pregunta que qué hacía con su hija. Le explico que su hija escribe y hemos estado... no me deja terminar y se lanza hacia a mí para pegarme. Sus amigas la detienen. Les digo que podemos acercarlas a su casa ya que se han quedado sin furgo. En ese momento, en segundo plano, veo que Alberto, cansado de esperar, se marcha en el coche. Corro tras él. Nada. La niñas, su madre, las amiga y yo nos quedamos en el aparcamiento sin saber qué hacer.
yo quería un sofá
martes, 31 marzo 2020. Entro al salón y Alberto ha unido los dos sillones (quitándoles un brazo a cada uno) para que parezcan un sofá. Está tan ilusionado con su invento, que no le digo nada.
en obras
domingo, 29 marzo 2020. Mi padre es joven y fuerte de nuevo y ha hecho obra en toda la casa. Ha tirado tabiques y distribuido en otro orden las habitaciones. Donde antes estaba el cuarto de baño, ahora hay una habitación para un bebé con estanterías llenas de juguetes. Las estanterías también las ha fabricado él. Ha cambiado los muebles de cocina por módulos que parecen jaulas. Está rara, parece una tienda de todo a cien, pero no digo nada, lo animo. En otra habitación ha puesto cuatro colchonetas en el suelo para durmamos mis primas, mi hermana y yo. Una de mis primas me cuenta que es muy desgraciada. Mientras, habla, me fijo en que tiene la piel completamente quemada por el sol. Cuando termina de hablar le digo: la única manera de llevarse bien es no siendo dramáticos.
el bar del perro
sábado, 28 marzo 2020. Espero a la entrada de un bar. Está hasta arriba. Mientras, le regaño a una niña (que se parece mucho a mi hermana), por estar todo el día pegada al móvil. Entramos. Las mesas están muy juntas. Cada dos minutos pasa un perro enrome entre el hueco que queda entra las mesas y se frota en las piernas de una pareja muy cursi. Aguanto la risa. Una señora muy mayor, igualita a Pauline Kael, se ríe a carcajadas. Nos llevaríamos bien, pienso.
raíces
lunes, 23 marzo 2020. Pasmos por delante de un caserón abandonado. En el jardín hay dos árboles, uno enorme y frondoso, y otro completamente seco con forma de garra. Le explico a una pareja de extranjeros y sus tres hijos que el seco no es un verdadero árbol, son las raíces del otro, que han salido de la tierra. La mujer quiere entrar. Alberto y ella se suben a la verja para colarse. Les digo que aunque esté abandonada, ahora hacen visitas guiadas y cobran una entrada. Si os pillan tendría que vivir con este (señalo al extranjero) y viste muy mal (lleva un pantalón de cuadros por la rodilla y un chaleco lleno de bolsillos).
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Al llegar a casa me encuentro a varios vecinos. Como no quieren subir juntos en el ascensor por culpa del virus, se apelotonan en el portal. Sólo Sandra, la vecina del segundo, lleva mascarilla.
entrada
sábado, 21 marzo 2020. He quedado con mis padres. Abro el armario y es una pequeña terraza acristalada. Saco la ropa y pongo dos cojines. Este será mi rincón, me digo feliz. A la entrada del cuarto de baño hay una chica que me entrega una llave (esto, en el sueño, me parece de lo más normal). Elige la que quieras. Parece que han convertido la casa en un hotel. Las habitaciones no están a lo largo de un pasillo sino en una especie de laberinto, como si hubieran aprovechado la distribución del piso. Entro en una, la cama está deshecha y parece que hay alguien duchándose. Salgo con cuidado y se lo digo a la chica. Elige otra. Prefiero marcharme sin duchar. Me miro en un espejo y veo que llevo un vestido de punto plateado años 60. Bailo un poco para ver qué tal me queda. Me pongo un cinturón. Pruebo a ponerme otro igual sobre el pecho para que parezca que estoy plana. Oigo a mi madre que dice a lo lejos: ¡Te estamos esperando!
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Voy hacia un estadio de fútbol, parece que es un gran partido. Muchos padres con sus hijos y todos con sus bufandas, camisetas y hasta bubucelas. Llevo a un niño de la mano. Sólo tengo una entrada y un papelito medio roto que pone con mala letra "Entrada". El portero, que va vestido de sacerdote, me habla en inglés. Dice que el papelito debo canjearlo en taquilla. Cuando estoy a punto de marcharme oigo que se le escapa un deje andaluz. ¡Tú eres más andaluz que yo!, le digo. No se lo digas a nadie, por favor. Toma mi papelito y nos deja entrar.
mi vaso
jueves, 19 marzo 2020. Restaurante algo destartalado con mesas enormes donde tardan en servir. Los manteles llegan hasta el suelo o están mal colocados, pienso. Estoy sentada entre dos personas que no conozco. Pienso que mi asiento era más allá porque mi vaso está a unos metros. Alguien me lo pone delante. No bebo por si no era el mío. No comemos, sólo esperamos. La chica que salía en la película que vi anoche, La caótica vida de Nada Kadic, actúa para nosotros (mitad danza, mitad mimo). Después todos aplauden se levantan. Se reparten en los coches. Cuando voy a entrar en uno, la chica de la película se cuela. Todos se van. Espero junto a las mesas. Suena un teléfono. Me comunican que ha habido un accidente y los que iban en el coche que yo iba a coger han muerto.
cal
lunes, 16 marzo 2020. Alberto y yo nos hemos metido a investigar una residencia de ancianos. Pasamos por salas y pasillos casi como si fuéramos invisibles. Esto no es lo que enseñaban en la tele, dice Alberto. Yo le digo que no hable, que camine sin llamar la atención. Llegamos al final, pero la puerta está cerrada, temo que nos pillen. Hay una puerta de madera muy sucia, la empujo y llegamos a una sala enorme en obras con montones de cal, tierra y cemento. Levanto una tabla, pero detrás sólo hay un pequeño agujero por el que no quepo. Alguien desde fuera abre una puerta oculta que da a la calle. Es un guarda jurado regordete muy amable. ¿Podemos salir por aquí? Pasen, pasen, responde sonriente. Una vez a salvo en la calle me sacudo la cal de la ropa y le digo a Alberto que seguro que el vigilante era vasco, si no, nos hubiese denunciado.
una copa
domingo, 15 marzo 2020. Estoy en la barra en curva de un bar. Es un arco de madera muy pulida, me gusta el tacto, pongo las palmas de las manos abiertas para notarla mejor. Desde mi extremo, veo a Oeste que mira su copa. Una copa, pienso, no me lo esperaba. Yo tengo delante un vaso de Duralex enorme. Escribo algo en un trocito de cartón y se lo enseño disimuladamente, pero no me mira. Doy golpecitos sobre la barra para que mire hacia mí. Nada. Sólo veo cómo mira vibrar el líquido de su copa.
de tacones, maletas y toboganes
sábado, 14 marzo 2020. Estoy escribiendo en el ordenador. Llaman a la puerta. Sigo a lo mío. De repente se abre y entran varias chicas con shorts y tacones arrastrando sus maletas. Miran el piso calibrándolo. No está mal, dice una. ¿Y la terraza?, pregunta otra. Ya os podéis largar, les digo, me estáis rayando el parqué con tanto tacón y tanta maleta. Las empujo fuera, se quejan, dicen que han alquilado el piso para vacaciones.
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Un tipo me sigue por calle María. Calle María se va convirtiendo en una cuesta empinadísima que acaba en una especie de laberinto por el que lanzarse, tipo los toboganes de un parque acuático. Una señora que barre la puerta de su casa le dice al tipo que me deje en paz, que de dónde ha salido y cómo se llama. Le pone la escoba a modo de parapeto. Aprovecho para lanzarme por el laberinto-tobogán. Pero el tipo empuja a la señora y consigue lanzarse detrás de mí. Mientras bajo a toda velocidad me olvido del tipo y pienso en esa señora, y en que no me conoce de nada. Qué maravilla que todavía queden personas así, me digo.
a oscuras
martes, 10 marzo 2020. Salgo de casa. El rellano está a oscuras. La vecina se ha dejado la puerta abierta. Puedo ver su casa a contraluz y como una de sus gatas viene hacia mí. Le acaricio la cabeza y el lomo. Me parece mucho más áspero que otras veces. Veo la silueta de la vecina en su puerta. ¡Deja en paz a mi abuelo!, grita.
público
domingo, 8 marzo 2020. Parece un bar. Estoy a la mesa con mi tía Paqui y mi tío Juan (que murieron). Llega mi sobrino Abel. Todo es muy blanco (paredes, mesa, luz) y estamos muy callados. Pienso que han "vuelto" por un rato para conocer a su nieto. Les cuento lo divertido e inteligente que es. Nadie nos sirve nada. Solo hablamos, todos con la misma postura: muy rectos con las palmas de las manos sobre el mantel de papel. Mi tía parece muy feliz.
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Oeste tiene que inaugurar un acto. Habla desde un salón. Yo estoy en el jardín. Han abierto un toldo que no me permite ver ni oír nada. Intento bajar, pero la escalera está llena de periodistas con enormes cámaras que me impiden el paso. Temo que se vaya y no poder saludarlo de lejos siquiera.
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Estoy en la casa de mis padres. Al correr la cortina veo que en todas las terrazas hay un montón de personas mirando hacia nuestra casa. Hay tanta gente que algunos están sentados en el suelo y les cuelgan las piernas. Pienso que alguien habrá colocado una pantalla en nuestra fachada y están viendo un partido, o algo así. Se les ve muy felices. Algunos llevan traje y corbata. En un momento determinado todos brindan con copas altas de champán. Y desaparecen. En las terrazas solo quedan camisas y corbatas amontonadas en el suelo.
psicosis
martes, 3 marzo 2020. Estoy esperando algo/alguien en la acera, apoyada en una barandilla de rayas roja y blanca. Una chica en patinete frena y me pregunta si ya ha sido la lectura. Sé que pregunta por mi lectura pero me da vergüenza decirle que soy yo. Le digo que se ha anulado porque todo está vacío, la sala, el centro comercial y las calles. Las dos miramos la calle como si fuera la primera vez que las vemos. Hay que irse, dice. Tira el patinete y corre. Corro tras ella. Un chico y un niño nos llaman desde un hueco en un muro. El hueco tiene forma de puerta pero no hay puerta. La imagen se ve desde arriba: es una habitación perfectamente cuadrada sin techo, con dos huecos sin puerta y el suelo de tierra. Tenemos que esperar, dice el chico. Tenemos que huir, dice la chica. Salimos por el otro hueco y llegamos a una habitación "blanda" donde sólo hay una salida: un agujero pequeño por donde no creo que quepamos. Todos salen porque el agujero también es blando. Temo que mis hombros no quepan, así que meto primero los pies. Consigo salir medio descoyuntándome. En la calle hay grupos en fila que rocían con esas manqueras finas y metálicas que se usan para fumigar. Volvamos atrás, les grito, conozco una peluquería donde nos dejarán escondernos.
iglú de arena
sábado, 29 febrero 2020. Sala de espera (que en realidad es una cancha de baloncesto). Se supone que van a operar a Alberto. Unas enfermeras entran y salen. Dicen que los acompañantes pueden entrar. Otra pareja y nosotros. La siguiente sala es un bar. Otras parejas terminan de comer y van levantando la mano para pedir permiso e irse. Alberto se ha transformado en mi madre. Mi madre dice que si no la operan hoy no vuelve más, y abre la boca para enseñarme los dientes. ¿Lo ves?, dice. Le faltan dos o tres piezas, pero las que tiene están blanquísimas. Pues así me quedo, no vuelvo, dice.
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Llego a casa de mis padres. En la puerta hay un montón de arena con forma de iglú. Dentro, un par de gatos dando vueltas sobre sí mismos antes de echarse a dormir. Hay otro montón de arena cerca donde ha gente deja las cosas que no quiere y otros pueden aprovechar. Dejo un libro de tapas duras. Un chico aparece de la nada y me pregunta de qué es. Ciencia ficción. Lo recupera de la arena y se va contentísimo.
veinte rusos
viernes, 28 febrero 2020. Alberto yo esperamos el ascensor. Cuando se abren las puertas está lleno de rusos (por lo menos veinte), todos colocados de frente a nosotros, marciales. Alberto entra y se coloca entre ellos de espaldas a mí. Temo que se cierren las puertas y no vuelva a verlo. Quiero decirle que salga o agarrarlo y sacarlo, pero no puedo hablar ni moverme.
tonto
jueves 27 de febrero de 2020. Josemari nos ha reunido para ponernos unas películas. Ha montado una especie de cine en su calle. Me siento al fondo por si me aburro y quiero marcharme. También ha montado una especie de barra de bar. Allí están algunos poetas que conozco y dejé de tratar. Uno de ellos me señala y hace muecas y burlas mientras los demás lo miran con caras serias. Pienso en sus caras de incomodidad. Aunque ya no son mis amigos sé que no se burlarían de mí, que el único que hace el ridículo es él.
culotte
miércoles, 26 febrero 2020. Mi sobrina me encarga un culotte-falda porque todas sus amigas tienen uno. Me explica cómo se pone: como un pantalón ciclista con la cintura muy alta que se dobla hacia abajo en la cintura y se convierte en falda. Que uno negro y otro amarillo. Dice que solo lo venden en zapaterías. No entiendo nada.
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Estamos comiendo en una mesa muy larga con mantel muy blanco. Josemari le explica a su hijo que tiene más de dos apellidos pero no sabe cuáles. Le explicó a Josemari que solo tiene que ir poniendo en orden los apellidos de sus padres, abuelos, bisabuelos, etc. Llega su hija y se pone a comer. Nos mira. Conmigo no contéis, dice.
muy mal todo
martes, 25 febrero 2020. Salgo de casa a todo correr porque pierdo el tren. Veo que llega el bus, cruzo entre los coches sin esperar al semáforo. En el bus sólo quedan libres unas piezas metálicas donde su supone que antes había asientos. Es bus está a oscuras. Parece que nos lleven al matadero. Llamo a Iván para decirle que voy para allá, pero el móvil es nuevo y no sé usarlo. Cada vez que intento marcar aparecen imágenes borrosas como las de aquella película de Wenders, "Hasta el fin del mundo". Al fin lo consigo. No lo dice pero noto por el tono de su voz que está muy decepcionado. Al parecer no la ha llegado algo que tenía que haberle enviado. Dice que mire un enlace. Aparecen varias escritoras con sus hijos o sus madres, bailando, cantando, haciendo alguna gracia especial. En uno de ellos Eva Vaz baila de maravilla con su hijo (en la vida real tiene una hija). Pienso que, efectivamente, yo no puedo enviarle algo ni remotamente parecido. Son las siete, cuando llegue me voy directamente al acto y hablamos, necesito hablarte mirándote a los ojos, ¿a qué hora empieza?, le digo. Empezó a las cuatro, responde. Estas son las únicas fotos que tenemos tuyas, dice y cuelga. Miro las fotos que me envía. Aparezco en grupos, todo el mundo posando con sus mejores sonrisas. Yo de negro, con la camiseta levantada tapándome la cara.
gallinero
lunes, 24 febrero 2020. Se supone que estamos en Nueva York porque hemos encontrado unos billetes a 300 euros. Estoy en un parque, sentada entre el público, donde una mujer mal disfrazada con gasas y collares cuenta el parto de su hija. Su hija está presente. Su nieta, que ya tiene unos cinco años, también. Toda su familia está en primera fila. Alguien me señala y grita: ¡Se aburre! Toda la familia y hasta el público me miran con odio. Cuando te aburres te pican las piernas, dicen. Les digo que el micrófono no funciona y aprovecho para escabullirme, pero la hija me acorrala en una habitación que parece un gallinero. Voy a leerte la mano, dice y comienza a clavarme una de sus uñas que se ha convertido en una navaja. Consigo escapar. Me encuentro a una chica que se alegra mucho de verme. Te llamé el lunes pero no me lo cogiste, dice. Nunca cojo el teléfono. Subimos por una calle muy fea con parterres con animales muy raros (no sé si son gatos, ratas o gallinas). Qué pena de viaje, le digo y le cuento mi episodio con la familia de los velos, me hubiera gustado ver otras cosas. Podemos venir la semana que viene, dice ella muy contenta. Pienso que, si vuelvo, le diré a mis padres que el billete cuesta 30 euros, no 300.
melena envidiable
sábado, 22 febrero 2020. No sé si estamos en una casa, un bar o una peluquería (quizá sea las tres cosas). Daniel va hacia la barra/lavadero. Lo sigo. El pelo le llega más abajo del culo. Una melena rubia y lisa envidiable. Se lo digo señalando sobre mi cuerpo: el pelo te llega por aquí. Dice que no sabe si cortárselo. Podrías donarlo, Omar el dejo así de largo para poder donarlo. Le dibujo en la espalda una línea por dónde podría cortar.
equilibrios
jueves, 20 febrero 2020. Se supone que estoy en Valencia. Después de un festival de cortos, no sé cómo he ido a parar a un piso que comparten Parreño y una pareja. No hay ascensor y para llegar al piso no se pueden pisar la mayoría de las baldosas porque dan descargas eléctricas. Un vecino baja dando saltos, haciendo equilibrios. También la escalera donde, además, hay que esquivar varias macetas enormes. Dos chicos bajan como si hicieran parkour. Decido que es más fácil subir como una funambulista por la barandilla de hierro. Una vez en casa hablamos de generalidades como ocurre cuando se está con alguien a quien no conoces. Criticamos a las parejas que se pasan la tarde en el bar cada uno mirando su móvil, por ejemplo. Se me sale el móvil del bolsillo. Se ríen al verlo. ¡No tiene ni cámara!, exclaman. No puedo recibir fotos siquiera, añado. Tengo varias llamadas perdidas. Una es del novio de mi hermana donde me explica cómo abrir una lata de sardinas sin mancharse los dedos de aceite. La otra es de Alberto. Dice que por fin ha podido grabar no sé qué programa de la tele. La chica llama a Alberto para gastarle una broma. Después de un rato hablando me lo pasa. No eres Alberto, le digo. Cierro el móvil. Parreño dice si quiero hacer algo, ir a algún sitio. Quiero irme a casa y dormir, le digo, pero antes debo pasar por el festival porque me he dejado las maletas.
sólo por escrito
martes, 18 febrero 2020. Camino junto a Diyán, buscamos un bar. Todos están llenos. Le preguntó la hora, las 15.20. Debía estar en casa a las 15, ¡tengo que marcharme volando!, le digo. Me abraza, dice que lo llame alguna vez. No sé hablar por teléfono, todo el mundo lo sabe, le digo y me echo a llorar.
bonitas piernas
lunes, 17 febrero 2020. Mi madre llora mientras friega unos platos. Me extraña muchísimo porque nunca la he visto llorar. Le pregunto qué le pasa. Dice que una vez, el marido de una prima de mi padre se propasó con ella. Estoy segura de que eso no ha pasado, pero no le digo nada. La abrazo, la consuelo. Intento no despeinarla.
+
Tengo que recoger una radio. La chica de la tienda me da explicaciones que no necesito. Incluso cuenta chistes. Alberto me espera fuera y pienso que estará hasta las narices. Le digo a la chica que tengo que irme, pero ella sigue hablando y riendo. En un descuido escapo (sin llevarme la radio). Alberto y yo corremos porque no llegamos al cine. Mientras corro, me fijo en que no llevo pantalones, solo una camiseta de rayas que apenas me cubre las piernas. Me gustan mis piernas, pienso mientras corro. Cuando llegamos, hay revistas bien ordenadas en el suelo. Cojo una de cada mes. Entramos a una sala. Afortunadamente la película no ha empezado.
derviche en calzoncillos
domingo, 16 febrero 2020. Llego a lo que parece un restaurante muy elegante. No voy vestida para la ocasión. Un hombre (no lo conozco de nada), con faldón negro y túnica color hueso, se pone tan contento de verme que se quita la ropa y baila en calzoncillos dando vueltas sobre sí mismo. Me quedo tranquila al pensar que él va peor vestido que yo.
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De camino a casa nos encontramos con varios individuos muy borrachos. Por ejemplo el dueño de un bar, una señora que cae al suelo y su copa rueda por el césped hasta la acera (le pregunto si quiere que llame un taxi), un tipo sin camiseta (el dueño del bar sale a disculparse y me pregunta si quiero que llame a la policía). Al llegar a casa (que no es en realidad nuestra casa) miro la hora y son las 4:30 de la mañana.
servilletas
sábado, 15 febrero 2020. Mi padre dice que no volverá a comer servilletas blancas porque ha visto que llevan varios es. A partir de hoy solo comeré estás amarillas, dice y me enseña un paquete de servilletas de papel donde puede leerse "Sin conservantes ni colorantes". Pienso que las amarillas llevarán más colorantes que las blancas, pero no digo nada.
siete con cinco
viernes, 14 febrero 2020. Un perro negro enorme se me pone justo delante. Su cabeza es tan grande como la mía. No vayas a chuparme la cara, le digo. El perro se tumba a mis pies. Aparece Joaquín Reyes, se sienta a mi lado, me pregunta por mi madre. De 0 a 10, está 7,5. Hazme una foto con el perro como si fuésemos amigos, le digo. De repente estoy con mi madre viendo un álbum de fotos. En algunas aparece Carlos muy abrigado, posando de noche en una calle de Buenos Aires, y en otras de niño vestido de cocinero. Oeste está a mi lado. Mi madre saca un álbum con prospectos de películas antigua. Estos te van a gustar, le dice. También saca una caja con condecoraciones de mi abuelo. Dice que puedo ponérmelas cuando presente algún libro. No me parece muy buena idea, le digo. Me fijo en que a Oeste le crece el pelo por segundos.
escala oxidada y hombre tosco
viernes, 7 febrero 2020. Se supone que estoy en Bilbao (aunque no se parece en nada). He llegado en tren. Mientras paseo, pienso que no sé por qué no lo hago más veces (como si estuviera a media hora de casa). Para pasar de la estación a la ciudad hay dos caminos, uno cruzando una autovía inmensa y un barrio muy peligroso y otro bajando por una escala de hierro muy oxidada. Escalas hay cuatro y están en un hueco cuadrado en mitad de la calle. Están cubiertas de plantas trepadoras. Una madre y un hijo intentan bajar, temo que caigan. Le pregunto si está segura, si no prefiere que vayamos juntas por la autovía. nada de eso, dice. Cruzo y llego a una zona de naves y charcos de grasa. Una especie de banda me observa (están apoyados en un muro, sin hacer nada). Cuando paso discuten, se empujan. Aprovecho para escabullirme. Entro en una especie de hotel con un acuario. A simple vista parece lujoso, pero si uno se fija todo es muy cutre. Unos niños ensayan un baile. Uno de ellos dice que todavía tienen grabada mi actuación. No sé de qué me habla. En una pantalla enorme aparece una grabación donde bailo con una falda flamenca. Me muero de vergüenza. Pienso en cómo largarme de allí y en que no volveré a Bilbao.
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Se supone que un tipo (grande y tosco, mal afeitado) nos ha alquilado un piso (aunque estamos en el dormitorio de mis padres). Alberto hace agujeros con el guarrito para colgar algunos cuadros. Por hablar de algo, le digo que hacerle agujeros a una pared me duele tanto como si me hicieran un agujero en la oreja, que menos mal que me los hicieron de niña porque ahora no sería capaz. Veo que él lleva un arito y se lo señalo. Este me lo hice con quince años, cuando me fui de casa, dice. ¿Y dónde vive un niño de quince años cuando se va de casa? Dormía en la playa de la Misericordia. De repente me da mucha pena y me entran ganas de abrazarlo. No le digo nada. Pienso que de todos modos le ha ido bien, ya que ahora nos alquila un piso. Alberto termina con los agujeros y cuelga, lo que parece, una hoja de calendario de taco donde aparece un santo con una bandera sudista. ¿La reconoces?, me pregunta el hombre tosco. Hasta ahí llegamos, le digo.
parabrisas
miércoles, 5 febrero 2020. Subo al asiento de atrás de un coche enorme tipo americano. Conductor y copiloto discuten sobre el camino que debemos tomar. En vez de sacar un plano, el plano se "enciende" en el parabrisas. No se ve la carretera. No siento miedo, pienso que saben lo que hacen. Cuando por fin lo apagan vemos que tenemos delante una carretera muy estrecha, oscura y con montones de nieve a los lados.
dragones
martes, 4 febrero 2020. Se supone que llega mi suegra y todo tiene que estar limpio y ordenado. Las sillas están sobre las mesas y las alfombras enrolladas y apoyadas sobre la pared. No sé de dónde han salido tantas alfombras ni tantos muebles. Entro al despacho y donde debía estar la mesa, hay una especie de terrario con lo que parecen caracolas. Cuando me acerco veo que son pequeños dragones que abren la boca y me atacan. Esto no le va a gustar nada a tu madre, le digo a Alberto.
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