saliva

jueves, 30 septiembre 2010. Estoy sentada en un escalón, delante de mí hay un charco. En el charco hay pequeños tiburones del tamaño de un dedo. Escupo al charco. Todos se acercan a comerse mi saliva.

telefonillo, tirantes y cristales

miércoles, 29 septiembre 2010. Mi madre dice que Manuel se ha ido y ni siquiera me he despedido de él, después de haber estado ayudándome toda la tarde a arreglar el ordenador. Mi madre arranca el telefonillo del portero automático de la pared de la cocina y me lo pone en la mano. Todavía lo pillas saliendo del portal, dile adiós, dice.
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Me pruebo vestidos de fiesta para ir a la comunión de Marta, la hija de Josemari. Vestidos hasta los pies con estampados veraniegos. Mi madre dice que todos me quedan bien, sobre todo uno sin tirantes, yo me veo ridícula. Alberto mete la cabeza en el cuarto para advertirme que ha decidido no ir. Llama a Emilio, y te vas con él, dice. Intento marcar su número de teléfono, pero me equivoco todas las veces. De repente veo que Emilio está en mi cuarto en pijama. Te recuerdo que la comunión es hoy. Él piensa que es al día siguiente. Ángeles le dice a Emilio que qué espera para vestirse. Lo ves, le digo. Josemari también entra en mi cuarto. Lleva un pantalón corto y un polo. ¿No os vais a vestir de largo?, le pregunto. Puedes ponerte lo que quieras, dice. Y en ese momento, el vestido de fiesta sin tirantes se me cae y queda arrugado sobre los pies.
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Estoy en una playa de piedras con Salud y Loli. Loli, al ver las piedras brillando en la orilla corre hacia a ellas como una niña. Salud lleva una maleta de ordenador enorme que apenas la deja moverse. Hay piedras grises con rayas blancas, preciosas, pero son largas y grandes como barras de pan. Intento elegir una bonita para llevármela. Entre las piedras hay trozos de cristal en forma de cubo con lo que podría hacer marcos de foto. Le doy a Salud unos cuantos. Sobre una máquina de coser que alguien ha tirado, veo tres de mis piedras. Una de ellas es la que me envió Chivite. No comprendo cómo ha llegado allí. La luz sobre la piedra es tan bonita que la dejo un poco más. Cuando voy a recuperarla ya no está. Me entran ganas de llorar. Salud dice que tenemos que irnos. Loli vuelve de la orilla cargada de piedras con cara de felicidad. Yo sólo llevo en las manos un trozo de cristal roto.

camisa de cuadros

martes, 28 septiembre 2010. Alguien me dice que tenga cuidado al cruzar la calle. Me vuelvo, es Pepo. Lo encuentro muy delgado, muy guapo, pero no le digo nada. Dice que al final hubo suerte y mis poemas aparecerán en la antología, pero que ha tenido que hacer el libro dos centímetros más largo para que cupieran. No escribas poemas, tan largos, dice. No sé de qué me habla. ¿No me notas nada?, dice. Le digo que sí, que ya me he fijado en que está más delgado y más guapo. Bueno, yo me refería a mi nueva camisa de cuadros, dice.
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Corro por los pasillos del que fue mi colegio. No sé muy bien cuál es mi clase ni si llego a tiempo. Todo está muy oscuro. Me agacho delante de algunas puertas para ver si por el haz de luz reconozco cuál es la mía.

colchones

lunes, 27 septiembre 2010. Después de caminar un buen rato bajo la lluvia llego a un hotel, pido la 206 sin estar muy segura de que esa sea mi habitación. Tres empleados del hotel comienzan a hacerme preguntas. Les digo que he olvidado el número, que me busquen por el nombre. Después de un buen rato, me dan la llave. Al bajar a los ascensores tropiezo con un zapato de niña, lo dejo a la vista por si vuelven a por él. Junto a los ascensores hay una habitación con literas, y cada litera tiene más de diez colchones. Pienso que me hubiese gustado que e dieran esa habitación.

cerezos y tinta invisible

domingo, 26 septiembre 2010. Juan me dice que se ha pasado la noche colocando flores de cerezo en todos los árboles para que estén bonitos cuando yo salga a la calle. Chivite protesta. ¿Por qué no dices que he sido yo quien ha colocado las campanillas para que suenen con el viento?, dice
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Escribo en una papel una pregunta y la respuesta aparece como por arte de magia, escrita debajo, letra por letra. Así hasta llenar el folio. Pienso que quien responde es Antonio desde su casa y que ha aprendido a usar un folio como si fuese un chat.

palanca de cambios

sábado, 25 septiembre 2010. Juan y yo resolvemos problemas de matemáticas en una libreta de Hannah Montana. Se supone que es de su hija Ani. Mientras, Ani juega con una PSP. Una vez que hemos terminado, dibujo con el dedo a sus hijos en una pizarra. Se parecen mucho. Su hijo Pablo llega con un amigo. Se ha cortado el pelo, así que le doy con el dedo al dibujo para igualarlos. Son las 14.51, dice Pablo, y recuerdo que he quedado a las 15.00 para comer con mi padres. Busco mis zapatos, pero no los encuentro. Juan dice que no me preocupe, que Pablo tiene que coger el mimos bus que yo y nos llevará ala estación. Voy sentada en el asiento de atrás, Juan agarra mi pie desnudo mientras conduce. Pienso que lo ha confundido con la palanca de cambios, pero por cómo lo acaricia, siento que es su forma de despedirse. Cuando llegamos a la estación, a Pablo se le cae una moneda al suelo, rueda calle abajo, corre tras ella. Juan consulta en el móvil dónde está aparcado el bus, señala con el dedo y caminamos por un descampado. Casi nos atropella un coche que circula marcha atrás. Como sé que llegaré tarde de todos modos, me olvido de la prisa y no le digo a Juan que vamos en sentido contrario.

carrera y escaparate

viernes, 24 septiembre 2010. Como las calles están vacías aprovecho para correr. No necesito esforzarme, una pequeña zancada me hace avanzar mucho. Atravieso un patio de armas, subo una escalera de piedra y entro en un edifico señorial. Una chica uniformada me indica dónde está la entrada a las habitaciones. Al pasar por un servicio, entro, escupo un chicle en la bañera y me enjuago la boca en el lavabo. Tengo la boca teñida de rojo. Me seco en una toalla de tela brillante color burdeos y la dejo en un cesto para ropa sucia. Al fondo del pasillo hay una habitación enorme con espacios separados por paneles bajos. En uno de ellos está Alberto, esperándome para desayunar. Las paredes están cubiertas por tarjetas de navidad y regalos.
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Veo a Manuel desde la calle, está junto al mostrador de La casa del libro. Le ha crecido mucho el pelo, vuelve a tenerlo afro. Cuando me ve a través del escaparate sale por la ventana a saludarme. En la acera hay varias chicas trabajando con sus portátiles. Nos sentamos con ellas. Me habla de Gema, de que está nervioso porque esa misma mañana llega de Rotterdam. Las otras chicas lo miran celosas. Yo, por cambiar de tema, le pregunto por su gata.

link

martes, 21 septiembre 2010. Estoy en la terraza de un bar. Tres chicas grandes y gordas se sientan conmigo, una de ellas casi me aplasta. Hablan, yo no digo nada, ni siquiera sé si pueden verme. Abro el portátil y veo una página de fotos donde sale la chica que casi me aplasta. Al parecer es actriz porno. A la derecha hay un listado de nicks, de fans que han dejado sus mensajes. Uno de ellos me llama la atención y lo abro. Es de Juan. Pienso que está escrito en clave y no es para ella, es para mí. En el mensaje dice que no podemos volver a vernos. No vuelvas a preguntarme nada, dice. Al final del mensaje, en letra muy pequeña, me parece leer: Al menos en dos años. A la izquierda hay un link a un poema, pero decido no leerlo por miedo a que me duela.

herradura

lunes, 20 septiembre 2010. Intento volver a la casa de mis padres rodeando el edifico, que tiene forma de herradura. Las piernas cada vez tiene menos fuerza, se me doblan, tengo que agarrarme a las paredes para no caer y ayudarme con las manos a moverlas para dar otro paso más. No entiendo por qué llevo unos tacones altísimos y una falda de tubo muy ajustada.

foto finish

domingo, 19 septiembre 2010. El sueño no es más que una imagen fija de Juan y yo sentados en lo que parecen butacas de tren, con las mesas abatibles abiertas, y nosotros escribiendo muy concentrados. Pero las butacas están colocadas en la explanada de Los Baños del Carmen, se ven las columnas justo detrás de nosotros, y de fondo la bahía. Los curioso es que aunque nosotros estemos completamente quietos como en una fotografía, en segundo plano un hombre en movimiento tala las columnas de mármol con un hacha como si fueran árboles. Lo más curioso es que a pie de foto han escrito: Los autores llegando a la línea de meta.

bañera gigante

sábado, 18 septiembre 2010. El salón de la casa de Héctor es una bañera gigante. Hay amigos comunes sentados a su alrededor. Duende, su hijo, corre de un lado a otro. Pienso que va a resbalar y caer. Como si Héctor me leyera el pensamiento, apunta hacia él con un mando a distancia y el niño se convierte en un bebé que aún no sabe andar. En el suelo hay trozos de papel que alguien ha roto en pedazos. Los uno y miro a Camilo. Son mis poemas, dice, los he roto porque sé que no te gustan. Hago un puzzle con ellos cambiando el orden de las palabras. Ahora sí, le digo.

rosas por humo

miércoles, 15 septiembre 2010. Me encuentro a María Teresa Campos en una especie de túnel de vestuarios. Lleva un vestido de fiesta tipo años 50, está muy guapa y se lo digo. Saca un cigarrillo. La miro, pero no le digo nada. Ya sé que tengo cáncer, dice, pero sólo dejaré de fumar cuando me queden unas horas de vida, dice. La abrazo. Se sienta en el suelo sucio con su precioso vestido, me siento con ella. Me habla de que no quiere morirse sin volver a Amsterdam. En el sueño consta que sus hijos son los hijos del poeta Diego Medina. Dice que su hija no le dice nada porque también fuma, pero que su hijo tiene el cuarto lleno de rosas en vez de humo. Eso te pasa por haberlo educado para poeta, le digo. Nos reímos.

el fari

martes, 14 septiembre 2010. Atravieso a todo correr y en diagonal un descampado de tierra a pesar de llevar unos tacones altísimos. Cuando llego al final intento subir la alambrada que lo rodea para recoger ropa tendida que hay en lo más alto. Cuando estoy trepando veo llegar al Fari con un niño de la mano. Me bajo porque la falda es muy corta y temo que me vea las bragas. Cuando vuelvo, de nuevo a todo correr, sobre la mesa está toda la ropa recogida sobre una mesa enorme.

lem y marqués

lunes, 13 septiembre 2010. Un periodista me pregunta cómo viví todo el tiempo que estuve secuestrada en el dormitorio de mis padres. En el sueño consta que acaban de rescatarme. Le cuento que bajo la cama había un agujero con agua de donde sacaba peces. El periodista cierra su libreta y me dice en voz baja que Gagarin hacía lo mismo cuando se quedó aislado en el espacio, que bajo su cama había un lem y que eso le salvó la vida, pero que ningún ruso conoce esa historia, sólo su mujer. Pienso que ese periodista sólo ha oído campanas porque quién estaba bajo la cama de Gagarin era Stanislav Lem y no un pez, y que se salvó gracias a sus historias, no por matar el tiempo pescando. Pero no le digo nada por no alargar la conversación.
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(Siesta). Estamos en un bar muy ruidoso, todos gritan para hacerse oír. Le pregunto algo a Alberto y me dice no grite. No entiendo nada, voy al servicio. A través de la pared oigo a una pareja jadeando. Intento no hacer ruido para que no se sientan incómodos. Espero a que terminen para no encontrármelos a la puerta. Al salir, el servicio da a un descampado y es de noche. El fulard se me cae a un charco, siento una tristeza inmensa. Alguien lo recoge y me lo da. Al ver que es el poeta Juan Marqués me echo a llorar. Me abraza, me consuela, me dice que no me preocupe por nada, y que va a llevarme a casa en su moto.

traperos

domingo, 12 septiembre 2010. Estoy con unos amigos en un restaurante. Durante la comida proyectan en la pared un vídeo casero donde se me ve vestida de negro, con la cara pintada de blanco y los labios muy rojos. Es un pingüino, dicen algunos, otros gritan que soy un personaje de Batman. A mi lado, en el vídeo, hay un muñeco iguala mí del tamaño de un pingüino real. No entiendo como alguien ha sido capaz de proyectar algo tan personal en un restaurante, pero no digo nada, prefiero no saber cuál de ellos ha sido porque tendría que pelearme con él. A la hora de pagar no tenemos dinero suficiente, así que el dueño dice que tenemos que ayudarlos a hacer la mudanza. Desmontamos los muebles y los acarreamos por la calle como traperos.

cartas mojadas

sábado, 11 septiembre 2010. Camino calle Fernando el Católico abajo. Pienso en lo extravagante que voy vestida y me pregunto de dónde habré sacado esa ropa. Llevo una especie de falda corta fruncida sobre los hombros a modo de capa. Debajo, unas tiras de elástico negro en vez de ropa interior. Bajo por la acera del sol porque la ropa es ligera y siento frío. Una mujer saca cosas del maletero de un coche ocupando toda la acera. Me paro. Su hijo se acerca para ponerle una capa parecida a la mía sobre los hombros. No entiendo nada. Me doy la vuelta y vuelvo a la casa de mi abuela. Mi tía Encarna me frena antes de entrar al jardín, dice que no puedo pasar porque acaba de fregar y las cartas están mojadas. Efectivamente el suelo está cubierto de papeles escritos mojados.

anillos y barro comestibles

viernes, 10 septiembre 2010. Estoy en un bar con Ela la mujer del poeta Jaime Siles. Al abrir el bolso se le cae al suelo un anillo de plástico amarillo transparente. Se ríe. Para que no coma entre horas le doy anillos. Siles se sienta a mi lado en un taburete, Ela le tiende un anillo idéntico al otro, pero azul, y Siles se lo come.
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Al pasar por delante de la terraza e un bar, veo sobre la mesa un cuenco con un niño de barro dentro. De repente recuerdo que es el hijo de Francis, que me lo dejó el día anterior para que lo cuidara y lo olvidé sobre la mesa del bar. Me acerco, está dormido. El camarero me dice que no se han atrevido a tocarlo ni a darle de comer. Tomo al niño, que en realidad sólo es un bloque de barro fresco y blando, y con una cucharilla voy rebañando el barro de la base y se lo meto en la boca. El niño come sin ganas.
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Un ruido en la puerta me hace huir de la casa de mis padres por la terraza. Salto el cristal que separa las terrazas y entro en la casa de los vecinos. No hay nadie. Me encierro en el último cuarto para que nadie me encuentre. Al cabo de un rato, algo se mueve sobre la cama. Es Iker. Me alegra mucho verlo, lo saco de la cama y lo llevo de la mano a otra habitación. Me tienes que contar tantas cosas, le digo.
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Estoy en un bar, en una mesa con unas diez personas. Sólo conozco a David Leo. Los oigo hablar. La puerta me queda justo enfrente y me sorprende ver entrar a mi madre con Juan Maldonado. Mi madre saluda con la mano y me dice que va a pedirse una pizza. Juan se acerca a mi mesa y me pregunta algo. Le digo que David leo escribe muy bien así que no necesita llevar sombrero. Cuando levanto la vista y miro a Juan, veo que también lleva. Todos en el bar, excepto mi madre, llevan sombrero.

polillas y libros horneados

jueves, 9 septiembre 2010. Mi prima Cristina está sentada en una hamaca de lona delante de una ventana. Está desarreglada, sin peinar, en una postura de dejadez muy fotogénica. No te muevas, le digo mientras voy a buscar mi cámara. Cuando vuelvo, veo que se ha maquillado, cambiado de ropa y tiene un cigarrillo encendido entre los dedos, ella que nunca ha fumado. Está sentada en la hamaca como si fuera una silla dura, con las rodillas juntas y las manos sobre las rodillas. Ya no tiene sentido hacerle ninguna foto, pero me dice que dispare y disparo.
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El salón de la casa de mis padres está vacío. Virginia empuja una vitrina y la coloca del revés, con los cristales mirando hacia la pared. Me pide que la ayude a agitarla. No entiendo muy bien lo que quiere decir, pero agarro el mueble e imito sus movimientos. De la vitrina caen un montón de polillas. Mátalas antes de que escapen a otros muebles, dice. Aunque no hay ningún otro mueble, le hago caso y pisoteo las polillas. Mientras, ella se sienta en el suelo y va tapando cada agujero con cera.
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Camilo y yo vamos por la calle cargados de libros. Espérame aquí, dice y deja su montón sobre un mostrador de lo que parece una panadería. Una chica regordeta los coge, sale corriendo y los mete en el horno. Cuando Camilo vuelve la chica los saca y los deja sobre el mostrador como si nada. Algunas letras de las portadas han cambiado del azul al dorado. Me fijo en que Camilo también ha cambiado, de ropa. Lleva camiseta y pantalón rojos. Me extraña. Sin que yo le diga nada, me responde con un abrazo y me dice que desde que viste de rojo es más feliz y hasta su madre canta por las mañanas.

cuadrícula sweet home

martes, 7 septiembre 2010. Sobre la mesa de la terraza de la casa de mis padres hay dos billetes muy verdes, tanto que no sé si serán auténticos. Miro el cielo y pienso que va a levantarse viento y los dos billetes se volarán. Inmediatamente ocurre. Los dos billetes vuelan haciendo piruetas. Pienso que mi madre se va a enfadar muchísimo. Recorto dos papeles del mismo color y los dejo sobre la mesa con un cenicero encima para que no se vuelen.
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Salgo a la carrera de la casa de la abuela de Odila, bajo la escalera en cuatro zancadas, bajo la cuesta, giro por calle María, llego hasta el final entre unos niños que juegan a la pelota. Corro como nadie y me siento completamente feliz. Al llegar al final de la calle encuentro una escalinata que nunca ha estado allí, pero me da igual, la bajo también a toda carrera. Desemboco en una habitación enorme donde viven unas cien personas ordenadas en cuadrículas. Cada uno tiene un vaso de palomitas grande lleno de comida y un ordenador portátil. Pienso que es la solución a la superpoblación y que es perfecto. Le pregunto a un tipo si me puedo quedar a vivir allí. Me dicen que hable con el jefe. El jefe es el poeta Juan Marqués. Juan se alegra mucho de verme y me pregunta en qué cuadrícula quiero vivir. Quiero una pegada a la pared, le digo. ¿No prefieres una al lado de Chivite?, dice. No, mejor una alejada para poder escribirle. Juan me acompaña a mi nueva vida. Para agradecérselo, saco un libro del bolso y se lo doy. El libro se titula "Libro de faros".

10/10

domingo, 5 septiembre 2010. Sobre la mesa hay dos especie de caparazones de tortuga. En cada uno hay una cifra: 10/10 y 10/11. Juan me dice que elija uno. Elijo 10/11. Has elegido mal, 10/10 es el día perfecto, dice. Sí, pero 10/11 es el día de mi cumpleaños, le digo.

as time goes bye

sábado, 4 septiembre 2010. Hay una especie de mercadillo en una nave cerrada. En una de las mesas está Daniel. Lo saludo, le pregunto qué vende. Entre las cosas de la mesa hay una sartén de cerámica blanca. Daniel me explica que parece maciza, pero en realidad está hueca, y al moverla suena "As time goes bye". Muy cara, le digo, y allí se queda la sartén sonando. Camino contra la masa de gente para salir de allí. Me cruzo con Mocito Feliz. Dice que le un puñado de almendras, y abre el bolsillo de su chaqueta. Le digo que sería mejor envolverlas en Albal, para que no se le manche. Mocito saca del bolsillo un trozo de Albal y se lo lleno de almendras. Veo a Virginia perdida entre la gente, es muy pequeña, apenas tiene tres años. Lleva un gorrito de capota de tela azul a juego con un abrigo. La cojo de la mano y la saco de allí. Una vez en la calle se vuelve mayor de repente, se sacude el abrigo, y me dice que vayamos a un bar.

parking en el tiempo

viernes, 3 septiembre 2010. Llego a un garaje donde han pintado en la pared aparcamientos verticales para personas. Cada uno tiene un número que en realidad es un año. Los números van desde el 35 antes de Cristo hasta el 2010. Al parecer, según en qué año aparques tu cuerpo viajarás en el tiempo a ese año. Todo eso me explica una chica con túnica, con pinta de pertenecer a una secta. Me da igual, pienso que si de verdad funciona, podré viajar al año 72, y corro hacia la plaza con ese número. Le digo a la chica que podían haberse ahorrado pintar un montón de años porque casi todos los de mi edad querrán viajar a los años 60 y 70. La chica se enfada mucho. Mereces castigo, grita. Dos hombres me llevan a una habitación donde ya hay otra pareja castigada. Desde allí dentro oímos cómo el garaje se llena de gente, pensamos en lo bien que lo estarán pasando. Por el resquicio de la puerta veo que todos llevan túnica y caminan formando un círculo. Llevan velas en la mano. La habitación donde estamos da a un solar abandonado donde se acumulan balones que han caído desde detrás de la tapia. Sobre un armario hay una caja enorme, me subo a una silla y miro. Está llena de figuras del niño Jesús a tamaño real. Le hago fotos. En ese momento, llega el poeta David leo García y me dice que las borre inmediatamente. Si no lo haces tú amigo Antonio pagará las consecuencias, dice. En segundo plano veo a Antonio saltar por la valla del descampado. Mientras huye, me dice que no con el índice. David Leo, que está de espaldas y no ve lo que sucede, no comprende que me guarde la cámara y me ría.

de besugos

miércoles, 1 septiembre 2010. Iker nos cuenta que cuando entra en el servicio de un bar y ve a una chica pintándose la raya del ojo, le quita el lápiz y escribe con él en el espejo. Alberto dice que a él le gustan las chicas maquilladas. Yo le digo a Iker que acabamos de ver una película en la que el protagonista era igualito a él.

gallineros abandonados y adictos al sexo

martes, 31 agosto 2010. Estamos en una casa de pueblo que se supone que es la de Juan. Unas chicas me llevan de habitación en habitación. En unas no hay nada, parecen gallineros abandonados, en otras hay muebles y juguetes antiguos. La madre de Juan nos hace posar. Dice que las fotos son para la revista del pueblo.
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Alberto, Juan y yo estamos sentados en unos muros bajos de un pueblo. No decimos anda. Pienso que Juan quiere escapar de nosotros, pero no quiero que se vaya solo conduciendo por si ha bebido. En un descuido Juan ya no está. Le pregunto a Alberto a cuántos kilómetros queda su casa. Dice que muy lejos. Le queda más cerca la playa, dice. Bajamos a la Plaza, miro cada rincón por si lo veo. Entramos a un bar y le pregunto a la chica dónde está el servicio. Me señala una mesita de noche. Imagino que pretende que abra el cajón y orine dentro. La dueña del bar me dice que lo haga mejor dentro de un armario. En el armario hay libretas llenas de listas. En algunas listas aparecen los nombres de algunos de mis amigos. Cuando salgo, Alberto está hablando con un chico rubio muy alto. ¿No te acuerdas de Eski?, dice. No lo había reconocido con esa gorra, le digo. Eski dice que viene a decirnos de parte de los amigos del trabajo, que les parece muy mal que cuando vamos de viaje no avisemos a nadie. Que él ha pensado que lo hacemos porque, como somos unos adictos al sexo, no queremos que los amigos oigan nuestros gritos. Me pongo muy triste. Le respondo que no es por eso que es porque, al dormir tan profundamente cuando estamos de viaje, no queremos despertalos con nuestros ronquidos. Eski se pone tan contento, que se va corriendo a un descampado a darle patadas a una balón rojo enorme.

abubillas y ghirlandaio

lunes, 30 agosto, 2010. Gallero me cuenta que tiene dos abubillas en el tejado de su casa, que cada mañana antes de ir a trabajar se despide de ellas dándoles dos besos, y procura que sean muy cerca de la comisura del pico, para que ellas sepan que las ama.
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Un poeta mayor que, se supone, acaba de inaugurar un congreso, me dice que debería pensar en cobrar por escribir y leer poemas como él hace. Saca un papel y apunta cuánto podría ganar al mes. Con todo ese dinero podrías pasarte la vida viajando, podrías venir a visitarme a Noruega, dice. Lo oigo hablar, pero atiendo a sus palabras. A pesar de su edad y de hablarme de cosas que no me interesan, me resulta tremendamente atractivo.
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Una chica, tumbada en la cama donde yo dormía de niña en la casa de mi abuela, me pregunta si sigo escribiendo y si por fin he decidido cobrar por los artículos sobre santos que escribo. Ignorando sus palabras, le pregunto si la Gh de Ghirlandaio se pronuncia Gui o Yi.

buzones, orilla y túnicas

domingo, 29 agosto 2010. Han cambiado los buzones de la casa de mis padres. Ahora son negros, brillan como si fuesen de cristal. Todos menos el suyo, que es de madera con puertas correderas y sin cerradura. Pienso que todo el mundo les robará el correo. Lo abro, dentro hay crema hidratante y un neceser completo. Pienso que mi madre lo usa para maquillarse justo antes de salir de casa. Hay un sobre a mi nombre. El sobre está abierto.
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Estoy en la playa con una chica. La chica es a ratos Begoña, otras Salud y otras Laura. Dice que su hija estaba nadando y no la ve. Corremos hacia la orilla. Alberto se quita la ropa para echarse al agua a rescatarla, aunque en el agua no la vemos. Alberto dice que está muy mal beber alcohol y echarse al agua porque produce pesadillas.
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Begoña camina por un paseo marítimo con tres hombres. Uno es Pepo. Begoña habla animadamente con ellos, les cuenta anécdotas. Ellos no se ríen. Me pongo a su lado, le aconsejo que no se esfuerce. Al parecer sólo ella puede oírme pero ni siquiera verme. Los tres hombres entran en fila en una cafetería, me fijo en que los tres llevan túnicas hasta los pies. No entres, le digo a Begoña, no te fíes de los hombres que vistan con túnica.

escondite

sábado, 28 agosto 2010. Oigo la voz de mi madre y me levanto de un salto. Me pongo un vestido directamente sobre la piel y, sin lavarme la cara ni peinarme siquiera, la sigo por el pasillo. Ella va vestida como para una fiesta. No reconozco a mi madre. No reconozco la casa, las habitaciones que veo a los lados del pasillo están tan desordenadas como si hubiese pasado un tornado. Me doy la vuelta sigilosamente y vuelvo a mi dormitorio, lo atravieso andando por encima de la cama y me escondo detrás de las cortinas. Sé dónde estás, dice mi madre cantando como si jugáramos al escondite.

barro y dni

miércoles, 25 agosto 2010. Unos soldados envuelven unos cuerpos en una capa gruesa de barro, los cuelgan para que se sequen. Una vez secos les prenden fuego.
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El poeta Jorge Villalmanzo saca de la cartera dos DNI idénticos. Me los enseña y se encoge de hombros. Le digo que seguramente quien lo hizo metió dos sin querer y se hicieron a la vez, que no le dé importancia y guarde uno de recuerdo. Jorge sonríe como si le hubiera dado la solución a algo importantísimo, abre el congelador y guarda uno de los DNI dentro.

tuercas

martes, 24 agosto 2010. Mi madre y yo salimos de su casa para ir de visita a casa de la madre de Andrés. Mi madre tarda en salir una eternidad. Primero se le olvidan las llaves, después el bolso, ya en el descansillo se da cuenta de que no se ha puesto los zapatos. Llamamos al ascensor pero no llega. Cuando abro la puerta me quedo con ella en la mano. Parece que hayamos desayunado tuercas, dice mi madre.

caballos y oso panda

lunes, 23 agosto 2010. Parece un decorado. Un pueblo de casas blancas donde luchan soldados con pantalón rojo y casaca blanca, contra soldados de casaca roja y pantalón blanco. Un grupo de amigos vamos escondiéndonos por donde podemos. No vamos uniformados. Le digo a alguien que ya podían haberlos vestido de otro modo porque así no hay quien los distinga. No sé en qué bando estoy. De un cobertizo salen un montón de caballos al galope. Alberto dice que le hubiera gustado estar entre ellos para notar esa fuerza. Decide esconderse en el cobertizo por si los caballos vuelven. Yo me escondo junto a unas balas cuadradas de paja y me cubro con algunas para que no se me vea. Un tipo me ha descubierto. Sal de ahí hombre, me dice. Cuando salgo veo que es Zayas, pero dice que no puede llevarme con él porque es del otro bando. Tápate bien y a ver si hay suerte, dice. Me ayuda a esconderme. Te van a matar de todos modos, dice y me abraza.
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Camino por el poyete de la Plaza de la Merced. A mi lado va Camilo. Por fin soy más alta que tú, le digo. Me abraza y me besa sin mediar palabra. Sus labios son muy finos y parecen de cera endurecida. Pienso que no es él.
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Sr. Chinarro me cuenta que en su clase había un niño muy sensible al que todos llamaban "el oso panda" porque por las noches se iba a cuatro patas al parque de las putas. Yo estoy tumbada en el sofá y él me habla como si me contara un cuento para dormirme. Mientras me habla le crece el pelo a toda velocidad.
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Juan Luis dice que me dé prisa, que no llegaremos nunca al bar de los geólogos. No sé de qué me habla. Entramos y, aunque todas las mesas están llenas de comida, la camarera dice que ya no queda nada. Algo podrá ponernos, dice Juan Luis y se sienta en una mesa. Además, tenemos que esperar a Omar, que viene a caballo desde California, cruzando el Atlántico, añade.