de dobles y porno casero

jueves, 21 abril 2011. Francis acaba de llegar de Angers, Está en el centro de una habitación que no reconozco rodeado de amigos. Quiero acercarme a darle un abrazo, pero hay tanta gente que me es imposible. De repente la habitación cambia, parece un invernadero, con paredes de cristal y un banco corrido pegado a la pared. Todos están sentados menos Francis que está de pie en el centro. Me extraña ver a los amigos de Málaga mezclados con los amigos de fuera. En uno de los bancos veo charlar como si se conocieran de toda la vida a Begoña, Carmen y Emilio. Francis me enseña un libro que, dice, le acaban de publicar. Tiene una caja llena. El libro son fragmentos muy cortos cada uno con un título muy largo. Yo estoy escribiendo un libro igual, le digo sorprendida. Se lo enseño a Begoña y Carmen. Mirad, es igual que el mío, les digo. No lleva foto en la solapa así que puedes decir que es tuyo, me dicen. No entiendo nada. De repente recuerdo que tengo una piedra para Francis, pero al sacarla del bolsillo se han convertido en una suela de zapato.

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Varios amigos han quedado en una casa de campo para rodar una película porno. No entiendo varias cosas: cómo les ha dado por ahí, cómo actúan con tanta naturalidad y cómo he aceptado hace una de las escenas. Mientras Emilio rueda una escena con una chica que se parece mucho a María José Campanario, pienso que es el momento de marcharme de allí sin que se den cuenta. Mi escena es con Joaquín Reyes y temo que se lo tome como algo personal. Aun así, aprovecho que están ocupados y salgo de la casa. Es de noche y un tipo anda con un bidón de gasolina quemando el monte. Me encaro con él. Me explica muy delicadamente, mientras un cuadrado de 20x20 metros arde, que sólo quema almendros para tener un terreno negro donde después pintar sus cuadros en 3D. Me enseña un catálogo y la verdad es que sus cuadros son preciosos, pero aun así le digo que no me parece bien que queme los almendros. El tipo, obediente, apaga el fuego con sólo mirarlo, enrolla el cuadrado quemado como si fuese una alfombra y lo echa a una camioneta. Le pregunto si puede llevarme al pueblo más cercano. Cuando llegamos es de día. Las terrazas de los cafés están llenas. En una está Joaquín. Me mira y se ríe con sorna. No has querido rodar conmigo, dice. Como toda explicación, le cojo la cara entre mis manos y lo beso.
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Alberto quiere comprar vino blanco. Tiene prisa, corremos hacia un museo que se parece al obispado. Subimos en cuatro zancadas las escaleras como si fueran a cerrar en dos minutos. Me fijo en que todas las cámaras de seguridad nos enfocan. Entramos en una sala enorme donde hay una exposición de latas de conserva de distintos países. Veo como Alberto y yo nos alejamos hacia las botellas de vino, mientras otra yo se queda mirando tranquilamente la exposición. Alguien me dice que mesa está lista. Veo que Alberto y y nos hemos sentado a cenar. Mi otra yo llega y no sabe dónde ponerse, si al lado de Alberto, si a mi lado o si lejos de los dos. Acabo por sentarme a mi lado e intento hacer los mismo movimientos que mi yo de verdad, para que nadie note que somos dos. Una camarera pasa por encima de la mesa y baja utilizando mi silla como improvisado escalón. No entiendo nada. Veo que mi yo de verdad ha metido el pañuelo que lleva al cuello en el plato. Dudo si decirle que lo saque o meter también el mío. De repente me doy cuenta de una diferencia enorme entre las dos: Ella tiene un niño sentado en su falda y yo no llevo nada.