bicho canasto

lunes, 30 diciembre 2019. Miro mi escritorio (que no es el mío) y me parece muy fotogénico. Cuando mi padre ve que voy a por la cámara para hacerle un una foto, mi padre la coge antes que yo y comienza a estudiarla muy cerca de la cara. Qué ridículo, pienso. Mi madre se acerca y nos reímos de él a escondidas. ¿Qué os pasa?, pregunta. Nada, estamos jugando al bicho canasto, le digo y nos tiramos al suelo muertas de la risa haciéndonos una bola. Me vuelvo a mi cuarto (que tampoco es el mío). Ahora el cuarto parece un decorado. El escritorio ha desaparecido. Hay pósteres y armas en las paredes. Andrés está en el centro con el gesto dulce y orgulloso de quien piensa que ha hecho un buen trabajo. Aunque no me gusta nada el resultado, pienso que ha decorado la habitación para mí. No le digo nada, lo abrazo.

táblet acolchada

viernes, 28 diciembre 2019. Llego a casa (es distinta a la mía) y entro directamente a ducharme. En el cuarto de baño hay un sillón, un armario y hasta una mesa camilla. Mi padre, desde el sillón, dice que esa noche ponen en la tele una película que debe ver mi madre. Me extraña su repentino interés por lo que pueda interesarle a mi madre. Mientras habla, "enciendo" la ducha desde una táblet acolchada y pienso que me gustaban más las cosas cuando no había tecnología de por medio. Mi padre sigue hablando. Dice que mi abuela ya ha visto la película y le ha gustado mucho. Pienso dos cosas: una, que quien quiere ver esa película es él; dos, que miente muy mal porque mi abuela lleva muerta un montón de años.

el payaso

jueves, 26 diciembre 2019. Clase de inglés en un centro comercial. Espero en un hall enorme mientras la gente no deja de pasar cargada de compras. Un tipo muy pequeño vestido de payaso, mira a su alrededor y dice con drama de payaso: ¿No ha venido ningún alumno? Yo levanto la mano. El payaso dice Oh, con drama de payaso y añade que merezco ver su auténtica cara. Saca un pañuelo y se borra la pintura roja de la nariz.
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A Chivite le dan un premio al mejor director de cine del mundo. Estoy en lo alto de un monte y lo veo a lo lejos, en unos jardines, dando entrevistas. Intento bajar para felicitarlo, pero el monte no se acaba nunca y cuanto más avanzo más vertical se pone.

amigo

domingo, 22 diciembre 2019. Salgo de una especie de sótano por una rampa muy ancha. Hay tanta gente que temo que me aplasten. Alguien me da la mano y me acerca a su lado. Es Ibán. Su mano es muy blanca y suave, los dedos muy largos. Salimos a un paisaje nevado. Otro chico, con el pelo tipo afro, dice que me abrigue, que el aire se Suiza es muy traicionero. Tienes que ver algo, dice Ibán. Escalamos un muro de hielo y piedra. Cuando estoy a punto de caer, despierto. Estoy sentada en un escalón. Ibán está a mi lado, hombro con hombro. ¿Tienes algún amigo que se llame Quim?, le digo. No. Pues vas a tenerlo.

libros

sábado, 21 diciembre 2019. Llego con prisa al que era mi cuarto en la casa de mis padres. Los muebles son otros. Donde estaba mi cama hay un escritorio y una silla. Me siento y me recuerda a otra silla que tuve. Estoy tan a gusto que, aunque tengo ganas de orinar, no me levanto para ir al cuarto de baño. Como la silla es de madera los orines resbalan hasta el suelo. Para empapar el charco uso mis libros de poemas.

la pregunta

jueves, 19 diciembre 2019. Hay una especie de verbena, pero en vez de en una plaza, en una habitación con paredes mal encaladas. Mi madre dice de repente: ¿Qué le preguntarías a Beckett si pudieras que entrevistarlo? Después de pensar un rato, le digo que no se me ocurre nada. ¿No le preguntarías por qué no se suicidó?, dice.

destino londres

miércoles, 18 diciembre 2019. Tengo todo preparado para irme al aeropuerto. Al despedirme de mi madre, dice que no olvide el móvil. Lo busco, no lo veo. Estamos en una casa que nunca he visto. Entro en habitaciones sin saber lo que hay detrás de la puerta. En una de ellas un cuadro de baño donde dentro del váter hay trapos manchados de sangre. También hay sangre por las paredes y en el suelo. Pregunto qué ha pasado, pero nadie dice nada. Mi hermana, con los brazos cruzados, desde la terraza, dice que quizá alguien que estuvo de visita se llevó mi móvil porque igual a todos. No comprendo cómo lo dice tan tranquila. Miro el reloj. Son las 14.50. He perdido el tren, el próximo es a y diez y el avión sale a  las 15.30. Nada, no me da tiempo, le digo a mi madre. Me echo a llorar desconsoladamente. Mi madre dice que no me preocupe, que mi padre y ella salen en el avión de las 18.30 y mi padre ha decidido ir en camiseta y bermudas. Lloro aún más. Decido irme de todos modos y me doy cuenta de que voy descalza. Me da igual, pienso, no pienso salir del hotel porque voy a pasarme el día llorando. Corro a la calle, hay varios autobuses parados (de esos que llevan acordeón en el centro) intentando dar la vuelta en la plaza de los monos. Le hago una seña con la mano a uno de ellos para que me deje cruzar. No me ve. Mientras estoy cruzando debo tumbarme sobre el asfalto para que no me atropelle. De esta no salgo viva, pienso.

cigalas

sábado, 14 diciembre 2019. Se supone que estamos en un restaurante, pero es mi casa. No conozco a nadie. Noto que piden con prudencia, mirando los precios. Me siento a comer con ellos por no hacerles un feo. Cuando ya hemos terminado y van a traer los postres, un padre y su hijo piden una fuente de cigalas y las comen a escondidas, casi debajo de la mesa, para no compartirlas. Un chico, que se parece mucho a Pablo Aranda, se levanta indignado y dice que ellos deberían pagar más cuando hagamos las cuentas. El hombre y su hijo se levantan ofendidísimos y dicen que no pagarán nada, ni poco ni mucho, porque nadie les dijo que tuvieran que llevar dinero, ni sabían el menú. Subimos por subir, dice el padre. Se supone que son vecinos. Salen de casa se meten en el ascensor. Los sigo escaleras abajo. El ascensor me lleva a un rellano a oscuras, que he visto ya en otros sueños, y me da muy mala espina. Camino hacia atrás sin dejar de mirar las puertas.

restos de pizza

viernes, 13 diciembre 2019. Salgo a toda prisa de la casa de mis padres. Mi prima Elisa me ofrece unos restos de pizza. Dudo si llevarme uno para comerlo en el ascensor, pero son demasiado grandes y no quiero ir comiendo por la calle. Al entrar en el ascensor noto que hace un ruido raro. Verás que me va a pasar con en otros sueños, pienso, que el ascensor no deja de bajar. Efectivamente, empieza a coger velocidad. Intento concentrarme para cuando pase por el bajo, dar un fuerte empujón a la puerta. Nada, no tengo fuerza en los brazos y es ascensor sigue bajando. Miro el lugar donde deberían estar los botones y no hay nada.

perfume

jueves, 12 diciembre 2019. Estoy hundida en un puff, esperando a que comience una lectura de poemas. Alguien pasa a mi lado y deja una dulce estela de perfume. Levanto la vista. Es Irazoki. Nos abrazamos. Lloro de felicidad al verlo.

mi turno

martes, 10 diciembre 2019. Llego a la puerta de un cine que más bien parece un hangar. Hay una rampa para llegar a las taquillas. Hay muchísima gente. Alberto dice que no quiere hacer cola y prefiere dar un paseo. Me quedo. La cola va mucho más rápido de lo que se podría pensar y casi es mi turno. No sé si llevo dinero. Veo que llevo el monedero de seda rosa. No consigo abrirlo pero al tacto parece vacío. Miro hacia atrás varias veces, pero Alberto no llega. Cuando al fin es mi turno, la chica me da dos invitaciones. Al leer en mi cara que no tengo dinero, me dice: Son gratis. Le digo que yo quería ver otra película. Las retira del mostrador. No quedan, dice. Y sin mirarme dice con voz mecánica: Siguiente.

avanzar

sábado, 7 diciembre 2019. Camino con Salud por un camino de barro que hace de acera en una playa. El camino tiene, cada dos metros, un charco. Salud mete el pie en cada uno antes de seguir avanzando. Este sí, este no. Si dice sí, lo atravesamos; si dice no, lo bordeamos. Se está haciendo de noche, le digo. Sólo un poco más, dice Salud mientras atraviesa un charco color rojo que ya le llega a la cintura.

no lugares

jueves, 5 diciembre 2019. Estoy en ese edificio enorme y gris (con el que soñado otras veces) a las afueras de una ciudad que parece nórdica. Un señor me recoge en su coche. Pasamos por zonas donde solo hay un edificio en mitad de la nada. Aquí los barrios son así y las distancias enormes, se disculpa. Le digo que no se preocupe, que me gusta mucho todo lo que veo.
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He ido a cenar a casa de una pareja que no conozco. No sé qué hago allí. Al entrar me doy cuenta de que es mi casa (o lo fue). Miro a mi alrededor. Todo está roto y descuidado. El pasillo dónde está el mueble zapatero está lleno de cacas de perro. Intento no pisarlas hasta llegar al cuarto del fondo, que ahora es una terraza. La mesa es un cajón sin mantel y la comida está servida directamente en tuppers. Quiero largarme de allí.

masip de gelatina

miércoles, 4 diciembre 2019. Me encuentro a un tipo y a su hijo por la calle. Se supone que nos conocemos pero hace mucho que no nos veíamos. Mientras caminamos, saca un cigarrillo y su hijo otro. Le cuento al niño que jamás he fumado, ni cuando las niñas de clase me presionaban. No deberías fumar con 15 años, digo. Tengo 11, dice. Su padre no dice nada. Llegamos a un bufet libre (se supone que hemos quedado allí con otros amigos). Todas las esas están ocupadas por grupos de ingleses que nos miran con mala cara. En el centro del salón hay un hueco desde el que se ven otros salones también llenos. En el de abajo sólo sirven pizza y hay que pagarlas. El amigo ve a su hijo pedir pizza y baja corriendo a por él muy enfadado. Veo llegar a Tres amigos. Están muy borrachos, bajan la escalera a trompicones. Uno de ellos es Masip, que cae de bruces. Intento ayudarle. No me toquéis que podéis hacerme daño, dice y se convierte en un muñeco de gelatina, del tamaño de un dedo, que se deshace si lo tocas. La gente no deja de entrar y temo que lo pisen. Intento levantarlo metiendo un papel entre el muñeco y el suelo, pero la gelatina comienza a convertirse en charco, y las piernas y brazos a separarse del tronco. Hago lo que puedo, lo coloco en la palma de mi mano. Le soplo, le ruego que no se deshaga.

fauna

sábado, 30 noviembre 2019. Mi tía vive en una casa de pueblo muy blanca, casi sin muebles, con todos los marcos de las puertas y de las ventanas pintados de celeste. De repente sale corriendo, dice que está lloviendo y tenemos que llamar a los animales. Mi tía se planta debajo de la lluvia y da palmas. Yo hago lo mismo. Aparecen un montón de gatos muy pequeños que entran atropelladamente en la casa. También entran gallinas, patos, un perro y hasta un lobo.

cemento

jueves, 28 noviembre 2019. Bajo en un ascensor muy lento. De repente se para entre dos pisos. Veo un hueco entre la puerta y el fondo. Tiro y empiezo a sacar ropa hasta que el ascensor está casi lleno. Me asomo por la ranura que queda y veo un espacio de cemento muy grande en el que todavía quedan algunas prendas.

albóndigas

miércoles, 27 noviembre 2019. Estamos en una especie de chiringuito, en una mesa larga con un montón de amigos. Como los camareros tardan en servirnos, a cada rato nos levantamos de la mesa y nos damos una vuelta en coche. Carmen me dice que está muy contenta de estar en Málaga y que por la noche vendrán a casa a cenar albóndigas porque me salen muy blanditas. Se la ve muy feliz.

copas blandas

martes, 26 noviembre 2019. Cena en el comedor de mi casa. La mitad de los comensales en la mesa. La otra mitad en el suelo, sentados sobre alfombras. Encabeza la mesa Bertín Osborne. Con la boca llena de comida señala su vaso vacío. Le ofrezco agua. Quiere vino. Mi madre me pasa un vaso de tubo con vino peleón hasta arriba. Bertín lo rechaza y protesta con la boca llena. Voy al aparador a por una copa y vino bueno, pero todas las copas son blandas, se arrugan entre los dedos. Se las enseño a Bertín para demostrarle que no es que no quiera ponérselo. Sigue protestando, pero no deja de comer. Me siento muy cansada y asquedada. Salgo de casa pero al jardín de mi abuela. Suena el teléfono. Alguien me dice si nos vemos. Pregunto varias veces quién es, pero nadie responde. Finalmente dice su nombre (es una de mis primas). Dice que está muy mal. Vamos a vernos ahora mismo, voy a tu casa o quedamos abajo en un bar, le digo. Alguien le quita el teléfono. Se ha confundido, dice un hombre antes de colgar.

vídeo musical

lunes, 25 noviembre 2019. Carmen está grabando un vídeo musical. El público asiste a la grabación. Canta sus poemas en pie, detrás de una mesa, mientras dos niños hacen que desayunan. Hay detalles religiosos y sangrientos, pero resulta muy divertido. Ella sonríe en todo momento. Junto a la mesa hay otra mesa pequeña con alas abatibles. Un niño del público me pregunta dónde podría comprar una para su madre. Le explico que es un modelo de los años 70, pero que puedo dibujársela para que se la haga un carpintero.

pelo rubio y coches amarillos

domingo, 24 noviembre 2019. Veo a la familia Chivite a punto de entrar en un bar. Me acerco a saludar. Chivite lleva el pelo liso y rubio. Le paso la mano como si fuera un cachorro. Dice algo que no llego a oír. Su hija Laura me mira muy fijo y sonríe. Me debes mails, le digo con la mirada.
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En la calle hay unos coches amarillos de plástico aparcados. Son muy raros, hidropedales con ruedas. Los asientos están incrustados en el plástico. También hay chicos con chaquetas amarillas que van parando a la gente y según la pinta que lleven lo suben a los coches o los dejan marchar. Uno de ellos me para, se distrae, cojo una de las chaquetas amarillas y me la llevo en una bolsa por si la necesito más adelante. Al pasar por un callejón veo un montón de coches amarillos en un garaje. Han precintado puestas y ventanas, meten a personas sin chaqueta. Escapó cómo puedo y llego a una zona donde hay un grupo escondido en una farmacia. Les digo que saldremos por la ventana. No les cuento lo que he visto para que no se asusten. Os quedaréis todos en mi casa, les digo. Mientras caminamos silenciosamente intento llamar a casa, pero mi teléfono no funciona. Debería tener un teléfono de verdad, pienso.

col

viernes, 22 noviembre 2019. Estamos en una sala de exposiciones muy grande y muy blanca. Una chica posa desnuda sobre un caballo. Se supone que después me toca a mí posar. Pienso que lo único que me incordia es que hagan fotos y me saquen desnuda en el periódico. Mientras le doy vueltas al tema un chico nos pregunta si queremos ver una exhibición de cuchillos. Alberto parece entusiasmado. Pasamos por unos pasillos con vitrinas donde se expone menaje de cocina. Llegamos a un salón de actos y buscamos un sitio libre. Mi asiento está lleno de cáscaras de pipas todavía húmedas. Las aparto con la manga del jersey. Alberto se teme lo peor: no será un espectáculo de circo sino de cocina. El salón de actos se convierte en una explanada al aire libre con un escenario en el centro. Un chico está desnudo y saluda al público que aplaude entusiasmado. Parece un telepredicador. Todos quieren que ser los elegidos. Se va acercando a algunos y les pide lo que hayan llevado (unos llevan cacerolas, otros verduras, otros fruta). Alberto, no sé de dónde la ha sacado, lleva una col. Yo no llevo nada. El chico se para delante de nosotros. Toma la col de Alberto y me pregunta por qué no he llevado nada. Lo dice todo de muy buen rollo, como sabiendo que es un programa que está siendo grabado. Yo no me fío un pelo. Ya que no has traído nada cuéntanos tu historia, dice. Señalo a Alberto. Alberto le habla de su tío de Birmingham. El chico, pasando del tema, dice que hará un documental con lo que cocinemos ese día. El público enloquece y aplaude.

mantel verde

jueves, 21 noviembre 2019. Una señora habla y habla de una antología de poemas (se supone que es la antóloga). La sala parece un dormitorio de una casa de pueblo al que hayan apartado a un lado los muebles. El público no presta demasiada atención. Cada uno está sentado como puede, incluso algunos mirando hacia la pared. La antóloga dice que lea mi poema. Me da el libro, pero no está cosido, se me desbarata entre las manos y además mi poema no aparece. Me da una táblet para que busque mi poema página a página. El público comienza a marcharse. ¿No sería mejor ir a la página?, pregunto. Un chico, desde una habitación contigua, dice que no, que se borrarían todos los archivos. No me lo creo, voy a buscar página y, efectivamente se borra todo. El chico se ha echado un mantel sobre las piernas, a modo de mantita. Le digo que tenemos un mantel igual pero en verde (este es azul y rosa). Pues iré a comer a vuestra casa para hermanarlos. Le digo que no me gustan las visitas. Eso lo veremos, responde. No sabes lo dura que puedo ser con estos temas, zanjo, dejo la táblet sobre una cama y me marcho. Mi madre desde otra habitación me pregunta de qué iba mi poema. Luego te lo leo en casa, le digo. La calle parece Londres y está llena de gente. No se puede caminar porque hay mucha basura acumulada y farolas en mitad de las aceras. Llego al parque (de Málaga). No hay semáforos, el tráfico se entrecruza a lo loco. Quiero coger el bus para irme a casa, pero es imposible cruzar si que te atropellen. Mientras espero en la acera, frente a la parada de autobús, van llegando distintas líneas. Que me dé tiempo, que me dé tiempo, que me dé tiempo, digo como si rezara.

insignias

miércoles, 20 noviembre 2019. Alberto y yo subimos a una cafetería. Al entrar, salen unos operarios con tablones. Les dejamos paso, nos dejan paso, una especie de baile. Veo una insignia en la escalera, pienso que se le ha caído. Es muy bonita, con una estrella roja. La cojo para dársela, pero ya no está. Alberto ha entrado en la cafetería. Un montón de extranjeros salen, no me dejan paso. Veo otra insignia en el suelo. Me dejo llevar por la marabunta de extranjeros hacia la calle. Los operarios no están. Subo al autocar de los extranjeros, pienso que así terminaré antes. El bus arranca, nos alejamos de la ciudad. Grito al conductor que quiero bajarme. Escapo como puedo. Intento volver por el mismo camino, pero todas las calles me parecen iguales y en obras. Al fin llego a una plaza que reconozco. En uno de los restaurantes veo a mi tía en una cuna, tapada con una manta de cuadros. Paso de largo. Se ha hecho de noche, lo que suponía dos minutos para devolver dos insignias se ha convertido en todo el día. Llamo a Alberto mientras camino. Le explico que me he perdido. Sólo tengo ganas de llorar. Dice que no entiende nada. Todo esto es muy raro, dice. 

pipas peladas

lunes, 18 noviembre 2019. Estoy al fondo de un salón de actos. Un grupo baila mientras una chica canta verdiales. Pienso que tienen mucho mérito porque todo está completamente a oscuras. Las luces se encienden y alguien me dice que me toca presentar. Mientras camino hacia el escenario alguien me da un micrófono. En la otra mano llevo pipas peladas. Algunas caen por el camino. Mientras llego ya voy hablando como si se tratara del club de la comedia. Cuento que no recordaba que tenía que actuar porque tengo la cabeza mal. Fíjense si la tengo mal que ayer me hicieron una resonancia magnética. Lo digo en lo que me parece un tono muy gracioso, pero nadie se ríe. En el escenario está Carmen López, sentada en una silla baja, casi al ras del suelo. Le pregunto si era ella la que cantaba. No, era Isabel, dice señalando hacia el grupo. Un tipo muy serio nos dice que ya está bien de cháchara y me quita el micrófono. Las pipas se me caen al escenario. Él habla al público mientras se proyecta un vídeo de Matías Prats de joven. Bajo como puedo. El escenario está muy alto y no puedo agarrarme a nada para no perder las pocas pipas que me quedan.

venecia y reciclaje

sábado, 16 noviembre 2019. Oeste y yo hablamos de  unas fotos que hice hace muchos años. Los retratados miran directamente al objetivo. Oeste me pregunta si sé lo que estaban pensando en ese momento. Lo sé, querían comerme. ¿Y te comieron? Sólo una vez: me comieron el corazón, pasé todo un invierno sin corazón, pero lo recuperé en primavera, le cuento. Mientras hablamos él no está (como si lo hiciéramos por telepatía) y yo camino por una ciudad que parece Venecia, pero con el agua sobre mi cabeza, es decir: como si la ciudad completamente inundada fuera el cielo y todo ese líquido se mantuviera ahí arriba, sin dejar caer una gota. De vez en cuando pasan flotando sobre mi cabeza estatuas de mármol.
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Estoy en lo que se supone es la casa de mis padres aunque no se parece en nada. Le pregunto a mi hermana qué talla de sujetador usa porque le sienta muy bien. 700 dice. El mío me queda pequeño, así que busco en la bolsa del reciclaje la caja y la etiqueta para cambiarlo por una 700. Encuentro periódicos muy antiguos, fotos en blanco y negro, cuentos infantiles de los años 40 y tarjetas perforadas de las que traía mi padre del trabajo. Pienso que mi padre ha tirado todos sus recuerdos. Los cuentos son preciosos, muy pequeños con la letra diminuta. Hay varios con forma de instrumentos que enseñan solfeo, otros con formas de árboles que enseñan biología. Hay una foto de una chica rubia muy guapa sentada en el un prado. Pienso que quizá fue su primer amor. No comprendo cómo ha podido tirarlo todo. Según voy encontrando lo escondo bajo un cojín para llevármelo a casa.

vichy

jueves, 14 noviembre 2019. Voy camino de casa de mis padres. Barcos se acerca por detrás, me abraza, me da una gran sorpresa. Entramos en el ascensor a trompicones, muertos de la risa, como si fuéramos niños que vuelven del colegio. El ascensor se va parando entre plantas, temo que se descuelgue. Le digo que en el momento que se pare aprovechemos par saltar fuera. Ahora, le digo. Saltamos a un descansillo desconocido para mí, con viviendas sin puerta. Nos miramos sin saber qué hacer. En ese momento me doy cuenta de que vamos vestidos igual, con camisas de cuadros blancos y amarillos.

anillo heredado

miércoles, 13 noviembre 2019. Mi madre y yo esperamos que quede una mesa libre en un restaurante. Mientras esperamos, le digo lo bien que le ha sentado el viaje, que parece más joven. Toma, llama a mi hermana y cuéntale cosas, le digo tendiéndole el teléfono. La pierdo sólo un segundo de vista y ya no está. Una señora señala hacia la calle. Le veo a lo lejos con un tipo junto a un camión. Mi madre le ha dado el teléfono. El tipo le ha borrado todos los datos y hasta le ha cambiado el aspecto. Le digo que me lo devuelva como esté. Me da uno que parece de juguete. El tipo tiene una camioneta y varios nietos muy sucios con gafas (las gafas de todos llevan gomilla para que no se les caigan, el más sucio lleva además un parche). ¡No le da vergüenza robar delante de sus nietos!, le grito. El niño del parche defiende a su abuelo. Me da pena. Le saco fotos a la matrícula, intento llamar a la policía desde el móvil de plástico. Una chica muy amable dice que sabe quién soy, que estuvo en una de mis lecturas, que hablé con ella. "Soy la del anillo heredado de su tía", dice. No sé de qué me habla. Cojo a mi madre del brazo y nos vamos. Les deseo suerte a los niños. Nos tiran piedras.

jabón de leche

martes, 12 noviembre 2019. Estoy en unos grandes almacenes. No tengo que comprar nada, pero no quiero salir con las manos vacías. Encuentro unos jabones escondidos bajo unas cajas. Son blancos y cuadrados. Cuestan más de 70 euros. Una de las cajas está abierta, le saco un papel en acordeón donde se supone dice de qué están hechos. Camino por los pasillos del supermercado que de repente se ha convertido en un parque. He perdido el papel. Intento deshacer el camino. Un montón de niñas, todas iguales, colocadas en una grada como si fueran un coro, llenan unos sacos de café. Frente a ellas, un montón de madres con bebés vestidas tipo años 60, las admiran y animan. Junto al parque-supermercado hay una venta muy antigua que he visto en fotos. Todo eso empieza a parecerme de lo más siniestro, pero no sé dónde y, sobre todo, no sé cómo volver a casa.

seguridad

viernes, 8 noviembre 2019. Estoy en lo que parece el hall de un hotel. Es un patio con columnas y bancos corridos pegados a la pared. Se me acerca una chica. Lleva una bolsa de basura y otra de reciclaje. Me las da. Varios envases de yogur caen al suelo. Mientras los recojo, me pregunta qué me parece que la Seguridad Social tome muestras de nuestra sangre para tenernos fichados. Le digo que ya nos fichamos solos subiendo datos a la Redes Sociales. La chica intenta atacarme con un reloj de bolsillo. Veo en segundo plano a Alberto Garzón con una mochila y varios libros.  Explica a un grupo de chicas que no ha vendido ni un solo libro de poemas. Me acerco, le digo que si quiere ganar las elecciones tiene que hablar con más seguridad. ¡Seguridad, eso es!, dice como si hubiese descubierto la pólvora.

copos de puré

martes, 5 noviembre 2019. Camino con mucho cuidado por una calle donde han alicatado calzada y acera con baldosas rojas. El alicatado está muy mal hecho, como si las hubieran puesto sobre montones de tierra. Además ha llovido y resbala. Temo que mi suegra se caiga, pero pasa grácilmente sobre ellas. ¿No notas que han alicatado la calle? Ella no nota nada nuevo. Mientras bajamos una escalera también alicatada, me dice que no nos reunimos en navidad por mi culpa. Le digo que invité a todos (su hija, sus nietos), pero no apareció nadie. Llegamos a una terraza con grada de obra. Hay gente animada, comiendo y bebiendo. Charlan entre ellos. Alberto está en primera fila. Cuando voy a coger algo del buffet, mi suegra me señala una especie de bola forrada de tela que cuelga de las barras del toldo y me da un vaso de plástico. Esa es tu comida, dice. Se supone que la bola está mojada y en el vaso hay copos crudos de puré Maggi. Me muestra cómo se usa: acerca el vaso con copos a la bola, al estar mojada quedan pegados. Y ahora chupas la bola, dice. Esa es tu comida, sentencia. Miro a Alberto con gesto de "pero, y ¿esto?". Él me sonríe feliz y levanta su copa como si brindara.