miércoles, 18 julio 2012. Se supone que Alberto y yo llevamos unos días preparando una especie de nave en el campo para cuando lleguen los amigos. Hemos hecho muros bajos para separar el espacio en habitaciones. Todo está revuelto y sucio de cemento. En una mesa enorme hay restos de tartas de distintos sabores. Oigo que afuera derrapa un coche, salgo, el coche no tiene puertas, veo que lo conduce Nacho. Ya llegan y nada está en su sitio, le digo a Alberto. Vuelvo dentro, huele a gas, veo tres hornillas encendidas. Creo que una va a explotar, digo y en ese mismo instante explota. Tengo que ducharme, le digo. Entro en una habitación donde sólo hay un catre en un rincón y una manguera en otro. Todo da asco, me ducho con los calcetines puestos para no pisar el suelo descalza.
kiosco de piel
martes, 17 julio 2012. Al ir a hacer la cama encuentro dos piedras enormes entre las sábanas. Miro al techo y veo un agujero. Le pregunto a Alberto si no ha notado que le han caído dos piedras encima mientras dormía.
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Desde la terraza de la que era la casa de la abuela de Odila, veo pasar a un tipo con capa y melena al viento. Pasa dos veces y mira hacia arriba. Toda la calle está a oscuras, él irradia su propia luz.
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Estoy en lo que parece la sala de espera de la consulta de un médico. El médico sale y me hace preguntas muy personales delante de todo el mundo. No respondo. Me hace pasar a la consulta, me toca la tripa, dice que será mejor hacerme una radiografía. Me da unas bolsas para los pies y dice que espere. Intento decirle que ya me hicieron una ecografía y una colonoscopia, pero no me hace caso.
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En la esquina de la calle donde viven mis han vuelto a poner el kiosco que había cuando yo era niña. Al acercarme veo que el kiosco está hecho de piel humana y tiene ombligo.
recuerdos gelatina
lunes, 16 julio 2012. Llego a la casa de mis padres, mi madre dice que tengo visita. La hija mayor de Chivite acaba de llegar de viaje, lleva pijama y bebe un tazón de leche. Hablamos de ciudades, le pregunto por Nepal, por Buenos Aires. Dice que Buenos Aires no le gustó y que nadie la comprende cuando lo dice. De repente me parece estar una calle de Buenos Aires, llena de gente y de tráfico ruidoso. Camino muy rápido a pesar de llevar unos tacones altísimos. No sé qué hago allí, pienso que quizá pueda volver a casa a través de una tienda de discos. Las escaleras mecánicas son rodillos con púas de goma a las que hay que agarrarse para no caer. Le pregunto a una chica por la sección de música clásica. Llevas a Scriabin en una chapa, me dice. Le respondo que sí, que es Scriabin para poder marcharme cuanto antes (aunque el de la chapa es Peano). Me indica cómo salir de allí. Aparezco de nuevo en casa. Hay un chico de unos 20 años idéntico a Chivite. Me habla de su nueva impresora, de que las fotos se borran a los pocos días y está desesperado. No hay manera de conservar nada, dice. Le cuento que he descubierto un modo de conservar los recuerdos convirtiéndolos en gelatina, voy a la cocina y cuando vuelvo, el chico vuelve a ser la hija. ¿Ves esto?, le digo enseñándole una bolsita con gelatina rosa congelada. ¿Te enfadarías mucho si te dijera que he conseguido colorear y congelar la respiración de tu padre?, le pregunto. ¡Cómo voy a enfadarme!, ¡Yo habría hecho lo mismo!, dice entusiasmada.
ciruela por céntimo
domingo, 15 julio 2012. Pepo está muy agobiado porque debe empezar la presentación de un libro y el presentador no ha llegado. Le digo a Juan, que anda por allí, que lo presentemos entre los dos. Juan y yo subimos a una tarima de madera y hablamos entre nosotros del libro. ¡Goooooool!, nos gritan entusiasmados desde el público.
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Camino por la calle detrás de una familia. Madre, hijo y abuelo. El niño dice: Mira, El prado. La madre le dice que no, regaña al niño. Los alcanzo en un semáforo. El niño y el abuelo insisten en que quieren visitar el museo. La madre les regaña como si tuvieran a misma edad. Sí es El prado, intervengo, y más allá está El retiro. El niño me mira feliz. Le cuento que el museo era gratis para los españoles enseñando el DNI, y que yo iba casi todos los días con un carnet enorme azul. El niño se ríe. Estamos en el hall del museo, al abuelo le dan una revista sobre arte japonés contemporáneo. La mujer se lo quita, dice que las entradas son muy caras, que hay que pagar incluso para ir al servicio. Recuerdo que necesito ir al servicio. A la puerta hay una mesa pequeña de madera con trozos de tarta. La camarera me tiende un trozo de papel del tamaño de un folio. Le doy 30 céntimos y, como no tiene cambio, me da una ciruela pasa, aclarándome que no tiene hueso. Detrás de la mesa también está Cristina Chaneta, una niña del colegio a la que no veo desde hace años. A ver qué tarta eliges, dice. Hay triángulos de chocolate y limón. Alberto es alérgico al chocolate, respondo. En ese momento caigo en que no sé qué hago en Madrid, que son más de las diez de la noche y que debería llamar a Alberto. Al sacar el móvil del bolso, saco una toalla de playa. De repente, estoy en casa tendiendo la toalla en la terraza. Miro la hora en el móvil. Las diez en punto.
un objeto inexplicable de dos puntas
sábado, 14 julio 2012. Hemos quedado en un bar. Hay gente que no conozco alrededor de una mesa enorme. Si estirara los brazos no alcanzaría a los que tengo enfrente. Enfrente tengo a Chivite y a su mujer. Te he traído un regalo, le digo y le lanzo un rotulador con una punta en cada extremo. Su mujer lo alcanza antes que él. No sirve para nada, dice y se lo da. Chivite lo observa detenidamente, lo estudia como si fuera un mapa. La punta fina es para que escribas, la gruesa para que dediques tus libros, le digo medio en broma. Él sigue observando el rotulador como si fuese algo de otro mundo. Un objeto inexplicable de dos puntas, dice al fin.
penitencias
viernes, 13 julio 2012. Salgo de la casa de mis padres y me siento en la acera. Me desplazo sin esfuerzo, empujándome con las manos. La calle está como cuando era niña. El kiosco todavía está en la esquina, los autobuses son color crema, los taxis negros con una raya azul. Pienso que podría ir a ver a Rosamari. Hace más de 25 años que no nos vemos. Su padre está en la puerta de la tienda, no me reconoce. Le pregunto por su hija. No está, está su hermana. Quiero irme, pero entro. María José no se extraña al verme. Le pregunto por Rosamari, dice que está bien, que mañana estará en la tienda, que ella ahora tiene prisa porque tiene que hacer penitencia. Le digo que yo también. He venido sentada en vez de andando, le digo. Me mira con desprecio. Me despido en a esquina de la calle de mis padres. Dime el mail de Rosamari y mejor le escribo, le digo. No vas a acordarte, dice, ie@mas.com. Pienso que acaba de inventárselo. No le digo nada, me da igual.
sopa de doraemon
jueves, 12 julio 2012. Parece que hay un congreso en un hotel cerca de la playa. Alberto y yo llegamos tarde, cuando todos están ya en sus mesas comiendo. Alberto dice que tenemos las sillas 60 y 61. Las mesas están agrupadas de diez en diez. Cuando llegamos a la nuestra, unas chicas nos ofrecen sopa. Cada una come directamente de una sopera. Parecen dibujos animados. Incluso la sopa se parece a la que come Doraemon. No digo nada, pienso que ya está bien de hablar de dibujos animados, que debo empezar a parecer una persona serie. Llega Fernando muy contento, ocupa la silla número 62, y dice: He preguntado si se puede bajar al restaurante en pijama y me han dicho que sí! ¡Mira, la sopa de Doraemon!, le respondo entusiasmada.
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Juan da una fiesta en su casa nueva. Es un apartamento pequeño sobre la arena (no es que esté en primera línea de playa, es que está construido sobre la propia arena). Lo veo a lo lejos, atendiendo a los invitados. Yo intento mantener la intendencia: que no falten vasos, hielo, saludar a los que van llegando. De repente todos se han ido, sólo quedan su hijo y un amigo (que en el sueño tienen unos 5 años). Quieren que juegue con ellos a las parejas. Les advierto que soy muy buena. Se ríen. Los niños echan las cartas al fregadero. Juan aparece en la cocina, está muy cansado, se pone a fregar vasos, las cartas se van por el desagüe. Pienso que es hora de que me vaya, antes entro al cuarto de baño y hablamos a través de la puerta abatible. Te han dejado esto bueno, le digo. A través de la puerta, me cuenta que está muy solo a pesar de tener a sus padres en la casa de al lado. Lo escucho hablar sin decir nada, sin saber qué decir.
recalcitrantes
miércoles, 11 julio 2012. Salud da una fiesta en su casa (aunque la casa del sueño no se parece a su casa). En la acera hay una pequeña barbacoa. Cada uno debe recordar la forma de su trozo de carne, dice alguien. Parece que se lo pasan bien. No conozco a nadie, así que procuro quedarme en la cocina haciendo fotos. Desde allí, oigo decir que es hora de bailar. Saco unos vasos de un mueble y hago que los friego por, si vienen a por mí, que me vean ocupada. Salud me pregunta qué hago. Tengo fiebre, le digo. Sal, no te preocupes, sólo quedan los recalcitrantes, dice muy contenta.
pijameras, pasaportes y clara de huevo
lunes, 9 julio 2012. Alberto, Sanmartín y yo (y dos chicas que no conozco) vamos por la acera en una especie de carricoche de lata. Paramos en un cruce. Alberto dice que quiere que Sanmartín vea a "las pijameras". Mientras esperamos a que pase alguna, me fijo en que Alberto va en pijama. Como si me leyera el pensamiento, Sanmartín dice: Yo también. Alberto lleva un pijama con ositos rosas, y Sanmartín uno con ositos azules.
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Llego a casa de mi abuela, noto cierto revuelo. Todo el mundo hace algo con prisa. ¡Date prisa, mañana nos vamos a parís!, dice alguien. Salgo al jardín y escarbo en la tierra con un palo. Alguien me pregunta si ya tengo hecha la maleta, y que sepa que soy la encargada de los pasaportes. De repente estamos en un aeropuerto (aunque el aeropuerto es sólo una mesa de playa que hace de mostrador). La azafata me pregunta si soy la encargada de los pasaportes. Le entrego un trozo de papel. Pueden pasar. Al menos veinte personas, familiares y desconocidos, pasan al avión. Entre ellos está Nacho. Nacho me dice en voz baja que necesita su tarjeta de embarque. La azafata lo oye y lo empuja con los otros viajeros. Mientras lo empuja le grita. ¡Estoy harta de exigencias!
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Estoy a la puerta de una cabaña con un grupo de desconocidos. Cada uno trabaja en solitario, yo coso ramas y hojas a un tronco seco. Algunas cortezas se levantan y tengo que volver a empezar. Una de ellas huele a algarrobas. Era un algarrobo, le digo al chico que está a mi lado cascando piedras como si fueran nueces. Una chica dice que necesita una cáscara de huevo. Le abro uno y del huevo sale una cara gelatinosa translúcida. La chica se la lleva para enseñársela a los de dentro de la cabaña. Todos se asustan, dicen que no debería haber entrado con eso en la mano, que ahora ese fantasma se quedará en la cabaña para siempre. De repente me pregunto qué hago yo allí, quiénes son y, sobre todo, cómo podría largarme cuanto antes. Aparece Salva con una blusa blanca con encajes, muy bonita. Intenta quitarle hierro al asunto. Pienso que cuando deje de hablar le pediré que me saque de allí.
un buen trabajo
sábado, 7 julio 2012. Camilo me cuenta que ha encontrado un nuevo trabajo y está muy contento, solo le hacen falta referencias. ¿Puedes ayudarme?, dice. Ahora mismo te escribo una carta de recomendación, ¿qué quieres que ponga? Ven, dice. Llegamos a un bar con la barra en S. Me siento en el extremo más discreto, con la espalda pegada a la pared. Él se sienta en el otro, iluminado. Sólo tienes que asentir cuando te miremos. No me da más explicaciones, pero le digo que lo haré. Mientras esperamos, cada uno en un extremo de la barra, pienso que va a trabajar de gigoló, y que cada vez que una chica le pregunte si es bueno en la cama, me mirarán para que yo asienta. No me parece mal trabajo, ni el mío ni el suyo. Sin embargo no se le ve contento, está echado sobre la barra y sostiene la cerveza con las dos manos. Pienso que quizá el trabajo sea con hombres y por eso está mal. En el momento en el que voy a levantarme para decirle que nos vamos, que ya encontrará otra cosa, se le acerca una chica guapísima, hablan, se ríen. Camilo me señala, le chica me interroga con la mirada. Estoy tan contenta de que no sea un hombre, que en vez de sólo asentir, le dedico una sonrisa enorme y levanto los dos pulgares como diciendo "las mejores referencias".
a la carrera
jueves, 5 julio 2012. Jorge y yo hemos quedado con otros amigos en un restaurante. Todas las aceras están levantadas y nos cuesta andar. Cada esquina ha sido tomada por una mujer disfrazada de soldado (disfrazada porque no es un uniforme, es algo que quiere parecer un uniforme, pero mezclando prendas de andar por casa). En cada esquina hay sacos amontonados. Algunas llevan armas. Una de ellas nos persigue, dice que hemos pisado su esquina y va a matarnos. Me sorprende lo rápido que es Jorge. Incluso me agarra de la mano y hace que yo corra a su velocidad. En la carrera le pregunto: ¿Vamos bien para el restaurante? No tengo ni idea, dice, si te digo la verdad no sé ni en qué ciudad estamos.
todos es todos
miércoles, 4 julio 2012. Mi madre dice que este año me toca comprar todos los regalos de Navidad. Siempre lo hago, le digo. No, todos es todos, aclara. Todos es: los tuyos para los demás, los de los demás para los demás y los de los demás para ti. Estoy mirando el escaparate de "El río de la plata" donde mi madre nos compraba los uniformes para el colegio. Mi hermana se me acerca y dice que espera que le compre esa muñeca. Señala una muñeca de su tamaño, con la cabeza cuadrada. ¿Y sabes qué quieren los demás? Todos quieren muñecas, dice.
taburetes giratorios
martes, 3 julio 2012. Estoy en casa de la familia Chivite. Su mujer dice que la ayudemos a organizar las mesas para la cena. Improvisamos una mesa en U, usamos incluso la mesa de la plancha. Las cubrimos con distintos manteles y sábanas. Seremos diez, ¿verdad?, me pregunta. Se supone que después irán a cenar algunos de mis amigos. Sus dos hijas ordenan la habitación. Les digo que salgo a por mis amigos. Chivite se me acerca, me retira el pelo de la oreja y me dice al oído: Respóndeme sólo sí o no. Me hace una pregunta. ¿Cómo puedes pensar que no?, respondo. Mientras voy a recoger a mis amigos pienso que no le he respondido sí o no como me pidió, que soy un desastre, que no soy capaz de ceñirme a unas reglas. Mis amigos bajan de un autobús. El autobús ha tenido que esquivar a un grupo de azafatas que se habían tumbado en mitad de la calzada. No comprendo nada. Es que no quieren volver a su país, me explica Francis. En realidad no son azafatas, son astronautas, dice Emilio. Francis dice que estoy muy guapa, que nunca me había visto tan arreglada. Me fijo en que llevo ropa que no es mía ni de mi estilo siquiera. Un traje de chaqueta ajustado color burdeos, unas medias de red y unos tacones años 60 de punta cuadrada. Me veo horrible, per no hay tiempo. Llegamos a casa de los Chivite. Les digo que esperen en una habitación con vitrinas llenas de lo que parecen recuerdos de viaje. Hay figuritas de cristal y de madera, sobre todo de caballitos. Los miro desde el cuarto contiguo. Los dos cuartos están separados por una pared de cristal. Pienso que puedo verlos sin que me vean. Ayllón baila alocadamente, mis primas se ríen. Algunas figuras caen al sueño. Mi sobrina las vuelve a poner en su sitio. ¡Al que rompa un solo caballo no vuelvo a dirigirle la palabra!, les grito. Todos suben ordenadamente la escalera para cenar. Las mesas ya no están en U, ahora es una mesa muy larga y muy alta. Tendremos que cenar sobre taburetes giratorios, aclara Chivite. La hija pequeña de Chivite acuna a un bebé que llora porque se ha caído de su taburete. Se supone que ese bebé es el hijo de mi sobrina. ¿Cuándo has tenido a ese niño y dónde está tu hija? le pregunto. Mi madre se acerca a Chivite con un atlas enorme. Le pregunta si para pasar de un estado a otro hay que pagas peaje. Chivite le explica con paciencia el mapa de Estados Unidos y las fronteras donde hay que pagar. Miro a mi alrededor y todo es caos. Pienso que tiene paciencia de Santo. El único que está quieto, sin tocar nada, es Antonio. Al caos ayuda la música de fondo, una chirigota a todo volumen. No sé si llegamos a cenar, pero llega el momento de ver la primera película que ha escrito y dirigido Chivite. Una especie de road movie con coches enormes de goma que me parece realmente mala. Como si pudiera leerme el pensamiento, Chivite me mira y me aclara: Es de risa.
dulces azotes
lunes, 2 julio 2012. Voy con un grupo para que nos hagan una visita guiada a lo que parece el almacén de un Ikea. Nos suben en una especie de vagón muy rudimentario y pasamos por delante de cajas con artículos, casi todos de plástico de colores. Vamos de pie, amontonados. Delante de mí va Concha. A veces tengo que agarrarla de la cinturilla del pantalón, porque ve algún artículo que le gusta y se lanza a por él. ¿Para qué necesitas eso?, le pregunto cada vez que pesca algo. Me mira con cara de niña la mañana de Reyes, y no puedo hacer otra cosa que ayudarla a pescar objetos. Llegamos por fin a una sala. Todos se sientan ordenadamente. Yo me quedo en pie, con la espalda apoyada en el muro. Camilo está detrás de un atril y va a leer algo. Una chica negra, grande, guapa, con los labios pintados de rojo y un pañuelo atado a la cabeza, intenta hacer en lenguaje de sordos lo que Camilo va leyendo. Camilo lee demasiado rápido. Le hago señas, pero parece no entender mi lenguaje de sordos improvisado. La chica se quita el pañuelo de la cabeza y le caen hasta el suelo trenzas y rastas. Las agarra como si fuesen una red y azota a Camilo con ellas. Todos aplaudimos.
correspondencia
jueves, 28 junio 2012. María y Camilo se levantan con prisa, dicen que no tenemos tiempo. Camilo intenta ponerse unas alpargatas a la vez que se come una magdalena. Cuando salimos a la calle comienza a llover. Los tres llevamos alpargatas y se hinchan al mojarse, nos pesan, no avanzamos. Le pregunto a María que cómo no ha tenido hijos, que si piensa tenerlos. Como respuesta, dice que vayamos al portal de la casa de mis padres para jugar con los buzones. Nos sentamos en el suelo y separamos la publicidad de la correspondencia. Encontramos varias cartas para mí. María las va abriendo y clasificando. ¡Otro regalo de navidad!, dice cada vez que abre un sobre.
una jirafa, una cebra
martes, 26 junio 2012. Llego a una especie de iglesia con una puerta de más de diez metros de alta, muy pesada. La empujo con todas mis fuerzas. Detrás no hay nada. Andrés dice que no la cierre, que deje correr el aire. En el suelo hay un agujero por donde sale aire muy frío. Llega Antonio, dice que la lectura de Sanmartín va a empezar. Me extraña que lleve bolso. Dice algo sobre que todos los poemas deben rimar. Hasta los tuyos, dice y me pega con en bolso. No comprendo nada. La iglesia se transforma en una playa. Sanmartín juega con la arena. Le pregunto si busca algo, pero no dice nada y me pongo a buscar con él. Mientras, Andrés y Antonio se han convertido en jirafa y en cebra, y van vestidos de legionarios. Se calientan las manos un una pequeña hoguera.
obstáculos
lunes, 25 junio 2012. Busco el paseo marítimo para correr. No conozco la ciudad, voy preguntando a la gente con la que me cruzo, pero, como voy corriendo, o no me hacen caso o no me entero de la respuesta porque ya me he ido. Una niña me dice que le duelen los zapatos que lleva puestos, que le diga a su madre que se los cambie. Si dejar de dar saltos, como hacen los que corren en los semáforos, intento decirle a través de la ventana a una mujer que duerme, que a su hija le duelen los pies porque los zapatos llevan cremalleras en la punta. Ni caso. Mientras la mujer duerme, o hace que duerme, en la tele anuncian el último trabajo de Sabina. Es una canción de Sr. Chinarro, incluso con su misma voz. Pienso que tengo que avisarlo de que Sabina lo ha plagiado.
un manitas
domingo, 24 junio 2012. Mi madre y Fernando arreglan algo sobre la mesa, algo muy pequeño que les hace estar pegados, con las cabezas muy juntas. Pienso que parecen dos cirujanos operando a una hormiga. Ni si quiera se dan cuenta de que he llegado, así que enciendo el ordenador y me pongo a escribir. Al cabo de unos minutos recogen lo que estaban haciendo. A otra cosa, dice Fernando. Mi madre abre un cajón y saca un puñado de baratijas rotas. ¡Este chico es un manitas!, dice entusiasmada.
memoria selectiva
viernes, 22 junio 2012. Estoy con dos chicas en lo que parece el hall de un hotel. Por allí pasan escritores y actores conocidos. Entra Raúl Arévalo, se acerca a nuestra mesa, me abraza efusivamente, como si nos conociéramos de toda la vida, como si lleváramos mucho sin vernos. Habla con las chicas de David González. Me preguntan por él, pienso que esperan que lo critique. David es como yo, no tiene memoria para lo malo, les digo. Nada más decirlo, me pregunto si será cierto.
dientes metálicos
miércoles, 20 junio 2012. Estoy en una habitación desordenada con una chica. Mientras ella se arregla para salir yo hago tiempo acariciando a su perro. Alguien abre la puerta sin llamar, con su propia llave. Parece de una agencia y viene a enseñarle el piso a un grupo de gente que toma apuntes de todo. El piso no es más que una habitación cuadrada, pero los que han llegado hablan de sus muchas posibilidades y se ponen a hacer obras inmediatamente.
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Se supone que mi madre está en el hospital y voy a ir a visitarla. No sé qué llevarle, no sé qué necesitará si ropa o revistas. Meto un poco de todo. La bolsa pesa demasiado y pienso que quizá ya le hayan dado el alta. Vuelco de nuevo la bolsa sobre la cama. Pienso que no sé en qué hospital está ni cómo llegar hasta allí.
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Camino por la calle, parece que tengo prisa. Al llegar a las terrazas de la Plaza del Obispo veo a una camarera cantando entre las mesas. Canta menús y tapas. Veo a Maldonado y me acerco a saludarlo. Me pregunta si Alberto encontró por fin título para su último documental. La camarera se saca la dentadura y deja ver unos dientes metálicos perfectamente alineados. Quiero largarme de allí cuanto antes.
¡viva murcia!
martes, 19 junio 2012. Paseo con mi hermana por una ciudad con edificios coloniales. Al llegar a una bodega, mi hermana dice, ¡Viva Murcia! Nos sentamos en una terraza. Llega su exmarido y otro chico que se sienta a su lado y la abraza. Le hago señas para que se separe un poco de su nuevo novio porque mi excuñado está a punto de llorar. Surgió así, dice ella. Mientras tanto, el camarero nos ha servido sin preguntar dos tés y dos cervezas.
despertar
domingo, 17 junio 2012. Me despierta el teléfono en una casa que no reconozco. Oigo una voz que tampoco reconozco, que me habla en lo que parece algún idioma africano. Termina diciendo: Dime si quieres venir. Pienso que es Andrés, que me llama desde Ciudad del Cabo. Hay también un mensaje en el contestador. Es la voz de Omar. Dice que si no sé dónde estoy suba al tejado de la casa. Subo. El tejado es plano y hay zarzas que me llegan a las rodillas, me arañan las piernas. Miro a mi alrededor y sólo veo un bosque algo seco con caminos de tierra.
la excusa del tiburón
viernes, 15 junio 2012. Paso por delante de una tienda de bolsos y recuerdo que mi hermana quería uno rojo. Antes de entrar, no sé cómo, meto el mío a través del cristal y lo dejo en el escaparate. Todo está a contraluz, tropiezo, casi me caigo. La tienda ha cambiado, ahora parece una almoneda. La dueña está sentada detrás de una mesa camilla. Le pregunto si puedo pasar al escaparate porque he dejado mi bolso allí. Al entrar, rompo una puerta de cristal. La mujer me explica que son puertas especiales para guardar dentro encajes, que ella guarda encajes incluso dentro del cristal de los vasos. Sin dejar que yo diga nada, comienza a hablarme de relojes de comunión. Como quiero irme de allí, y para no seguir la conversación, le digo que a mí no me regalaron ninguno. Me mira con desconfianza. Se me acerca un niño, me pregunta si voy a quedarme a comer. Le digo que tengo que irme a casa, con mi gato y con mi perro. Tú no tienes gato ni perro, dice. No, pero tengo un tiburón enorme, le digo. El niño dice que quiere ir al baño. La mujer me da dos pulseras de cuentas de plástico, se supone que son las llaves de los baños, y dice: Adivina cuál es cuál. El niño grita y se ríe: ¡Están mojadas, están mojadas!
despertador con plumas
martes, 12 junio 2012. Estoy durmiendo. Suena el despertador. El despertador es una caja de cartón grande, que hace las veces de mesa de noche, con una gaviota dentro. La gaviota chilla. Le doy unos golpecitos y se calla. Me levanto
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Marcos me cuenta que tiene el hígado muy mal. Lo tengo hinchado, mira. Le toco el vientre, enorme como una embarazada de ocho meses. También tengo una piedra. Vuelvo a tocar. Donde antes había vientre hinchado ahora hay un bulto del tamaño de una pelota de tenis. Tienes que operarte, le digo. No te preocupes, si pides la piedra te la darán en un tarro con formol.
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Hay tres ascensores sin paredes ni puertas. Los botones no tienen números, tienen dibujos. En dos de ellos se ven unas bolsas de basura atadas con lazos rojos. No sé a qué piso voy, no sé dónde estoy.
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Una chica llora en el pasillo de casa, junto a la puerta del baño. Dice que no hay agua y no puede ducharse. Voy a la terraza, todas las plantas han desaparecido. Ni siquiera hay manguera, le digo a la chica, pero no te preocupes, ya encontraré una solución. La chica sigue llorando, se me te en el cuarto de baño y comienza a cortarse el pelo a trasquilones.
puerta verde
lunes, 11 junio 2012. Fernando y yo bajamos por la calle Arganzuela de Madrid. Le llama la atención una puerta pequeña de madera pintada de verde. Ni te imaginas lo que hay detrás, le digo, pero ten cuidado al entrar. Fernando sube un par de escalones, entra con tantas ganas que se golpea la cabeza con el marco de la puerta y cae. Está tumbado en la acera, boca arriba. Por la calle pasa gente que ni nos mira, intento reanimarlo. Suena su móvil, respondo. Una voz de mujer me dice: Lleva la tarjeta sanitaria en el bolsillo de la camisa.
un verdadero apache
viernes, 8 junio 2012. Parece una habitación de hotel aunque a ratos parece un hospital. Allí está mi familia, en la terraza, alrededor de una mesa haciendo tiempo. En la habitación está mi tía haciendo un recuento de muestras de cosméticos. Mi hermana y Andrés están en un sofá viendo fotos. Salgo al pasillo. La moqueta está llena de cáscaras de pipas. Entra y sale gente de la habitación de al lado. El ministro de Economía me saluda. Dice que desde la habitación no se entiende nada Es por el eco, le digo. Lo acompaño hasta el punto del pasillo donde se oye bien. Lleva chaqueta y corbata, pero en vez de pantalón, una falda gris por la rodilla y unos tacones negros de aguja. Lo que quieres oír es un discurso que alguien está dando en la calle. Vuelvo a la habitación de mi familia. En el pomo de la puerta hay dos pelucas, una rubia con flequillo y otra pelirroja. Me pongo la pelirroja, la melena me llega a la cintura. Encima me coloco un gorro de lana. ¿Qué tal me queda el pelo largo? Mi hermana tuerce el gesto, Andrés dice que a mí todo me sienta bien, mi tía sigue contando cosméticos. En la terraza, al rededor de la mesa, ya no están mis padres, hay un montón de niños. Uno de ellos se acerca a tocarme el pelo. Tira fuerte, le digo. Se queda con cara de asombro y la peluca en la mano. Ya eres un verdadero Apache, le digo.
turistas
jueves, 7 junio 2012. Alberto me dice que hay que darse prisa si queremos ver la ciudad. No sé a qué se refiere. Salgo de un salto de la cama. No hay tiempo, dice Alberto, agárrate fuerte. Sin duchar, ni vestir siquiera, me abrazo a él. Desde la terraza toma un pequeño impulso y volamos en vertical. Efectivamente, está anocheciendo y desde donde estamos se ve una ciudad desierta. Sobrevolamos una zona de edificios de piedra en ruinas. Alguien desde abajo nos hace señas, algo así como que nos volvamos a casa porque van a cerrar.
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Llueve, entro en un bar para resguardarme. Hay mucha gente, consigo llegar hasta un rincón donde hay una tabla en la pared que hace de barra. Comienzo a sacar todas las cosas del bolso y voy secándolas con servilletas de papel. Hola, me dice el tipo que está en el taburete de al lado. Es Chivite. ¿Pero qué haces tú aquí? Como única respuesta saca de su bolso algunos objetos muy parecidos a los míos: una moleskine de cartón, un rotulador de punta fina, unas llaves sin llavero. Lo que más me llama la atención es que lleve un monedero de ante con cremallera, idéntico al mío. ¿De dónde lo has sacado? Me lo regalaron mis hijas cuando fui abuelo, dice. ¿Has sido abuelo? No. ¿Y quieres serlo? No, ¿y tú? No lo sé. ¿Quién te lo regaló a ti? Mi padre, aquí guardaba el tabaco de pipa. Después pide que le enseñe mi libreta. Las hojas están sueltas, arrugadas y mojadas, me da vergüenza que las vea, las guardo en el bolso. Mientras hablamos llega Daniel y se toma un café a nuestro lado. Te presento a mi amigo Daniel. Antes de que Chivite se vuelva, Daniel me hace un gesto de "déjame en paz" con la mano y se va. Chivite me pregunta si ha ido mucha gente a la manifestación. Le digo que no, que por culpa de la lluvia no ha ido casi nadie. Quiero preguntarle qué hace en Málaga, si ha venido a la manifestación o a la lectura de su amigo Félix Grande. Como si pudiera leerme el pensamiento, dice: he venido a la lectura de Félix. Tengo que irme, meto todas mis cosas en el bolso. Nos vemos mañana en la lectura, entonces, le digo y me voy sin despedirme. Al llegar a casa, Alberto me está esperando con una enorme maleta. ¡Nos vamos!, dice muy contento. Pienso que tengo que avisar a Chivite de que no podré ir a la lectura, descuelgo el teléfono y, al ir a marcar, recuerdo que no tiene móvil.
un globo
miércoles, 6 junio 2012. Voy andando por la Alameda de Colón, entre los coches. No avanzo nada porque hay atasco. Saco un globo del bolsillo, lo inflo y me elevo. Veo los coches cada vez más pequeños desde el aire, los dejo atrás.
agujas del seis
lunes, 4 junio 2012. Hago la maleta a toda prisa, meto la ropa sin doblar, no miro si es de verano o de invierno, no calculo los días. Dudo si meter libros o el punto. Meto libros, los saco, meto una bufanda a medio hacer. Pienso que no me dejarán entrar en el avión con unas agujas del seis. Vacío la maleta sobre la cama. Vuelta a empezar.
el blanco es el color de la risa
sábado, 2 junio 2012. Estoy durmiendo sobre un cartón en la acera. Llega un grupo con pinta de haber pasado toda la noche de bares (entre ellos Carlos, Susi, Blanco y Camilo). Susi pone canciones de los Kinks en un pequeño equipo de música que hay junto al cartón. Nadie dice nada, parecen muy cansados. Al momento deciden marcharse. Quiero ir con ellos, pero tengo que llevar un paquete a casa de mi abuela. Corro por la calle, avanzo muy rápido. Con las prisas he salido en pijama. Pienso que si tuviera los pechos más pequeños correría aún más rápido. Los pechos se me hacen más pequeños al instante. Dejo el paquete en la ventana que da al jardín. Es tan temprano que temo asustar a mis tías. Soy yo, no pasa nada, digo al dejarlo entre las macetas. Corro de nuevo para unirme al grupo, los veo sentados en una grada, todos van de negro menos Camilo. Le hago señas, me saluda con la mano, hace señas para que me acerque. Menos mal que tu camiseta es amarilla, le grito.
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En la acera, delante de la casa de mi abuela hay una madre muy joven jugando con su hijo. Cuando paso, ella le dice al niño que mire mi falda. Llevo una falda blanca de tutú con mucho vuelo, parece un merengue. El niño la toca El blanco es el color de la risa, dice. Le digo a la madre que he visto jugar a su hijo muchas veces y pienso que es un verdadero artista. Sí, hace cosas bonitas con arena. Intento convencerla de que no pueden estar todo el día jugando en la calle, que el niño debería estudiar, que no debería desperdiciar tanto talento. De repente pienso que es Juano de niño. Caminamos, llegamos a un túnel donde ella, dice, tiene que entregar un trabajo. El niño y esperamos fuera. ¿Qué son?, me pregunta señalando unas tumbas viejas. Son tumbas, ¿sabes lo que son? Ah, sí, es querer levantarse a comprar más césped y no poder.
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