de prestado

lunes, 3 marzo 2014. Parece que estamos de viaje y nos quedamos en casas (que no sé si nos prestan o las ocupamos). La primera tiene una puerta batiente que no llega al suelo ni al techo, dejando dos huecos por los que pueden vernos e incluso entrar. Intento cerrarla cuando me quedo sola, pero es imposible. Por la ventana veo caminar a un soldado vestido de negro con una espingarda. Él mismo parece una espingarda. Es sólo un dibujo de Federico del Barrio, me digo. Otro soldado (que parece japonés) se acerca a él. Una voz en off pregunta: ¿Qué va a pasar? Pienso que el soldado japonés disparará al dibujado. No: se deja resbalar por un la hierba seca y provoca que el dibujado se dispare a sí mismo. ahora estamos en otra casa. Mi madre intenta preparar algo de comida con lo que hay en el frigorífico. El frigorífico es un iglú en medio de la cocina. La puerta tiene un disparo, le digo a mi padre. Tiene dos puertas, responde él. Dentro sólo hay huevos de corcho tamaño sandía, y dentro de los huevos se supone que hay comida. Mi madre extiende sobre una manta en el suelo lo que ha preparado: caracoles vivos y un espinazo crudo. Hay que darse prisa, dice. Prefiero no comer, me fijo en las puertas de la casa, tienen forma de trapecios irregulares, las paredes están cubiertas de cartón y cinta aislante. Tengo la sensación de que debemos marcharnos de allí cuanto antes.

soñar dentro de un sueño

sábado, 1 marzo 2014. La casa está desordenada, ningún mueble en su sitio, incluso hay muebles que no reconozco. Sobre la cama hay un montón de ropa recién recogida del tendedero. me asomo cada cinco minutos desde la terraza para ver si llegan. Se supone que vienen a cenar cuatro amigos y todo está por hacer. Llaman, oigo que entran, salgo a saludar. Vienen más de cuatro, incluso compañeros de clase que no veo desde hace años y que han traído a alguien. Se van sentando ordenadamente en el pasillo, en sillas (que no sé de dónde han salido) pegadas a la pared, para dejar paso hacia la cocina. Me fijo en la luz del pasillo, es demasiado blanca. Me fijo en las paredes. Toda la casa está alicatada de baldosas muy blancas. No comprendo nada. Me despierto (dentro de un sueño) y le cuento a Alberto que he tenido una enorme pesadilla donde ocurría todo lo del sueño anterior. Miro a mi alrededor, hay muebles que no he visto nunca. Dudo si en realidad ha ocurrido.

playa barnizada

viernes, 28 febrero 2014. Camino con una niña. Tengo la sensación de tener que entretenerla durante unas horas. Vamos por una especie de cueva artificial en forma de tubo con ventanas que dan al mar. Las rocas de la orilla parecen ciudades. Mira qué bonito, le digo. La niña vuelve la cabeza hacia el paisaje, pero con los ojos cerrados. Al fondo de la cueva hay una playa enorme. La luz es más marrón que rojiza por culpa de los cristales ahumados de las ventanas. Da pena. Vamos a coger piedras, le digo a la niña. La niña me mira con gesto socarrón. Al ir a coger una piedra me doy cuenta de que están incrustadas en cemento y después barnizadas. ¡Qué triste todo!, exclamo. La niña cruza los brazos y me mira con desprecio.

amigas al cubo

jueves, 27 febrero 2014. Al fondo de la calle, delante de lo que parece la entrada a un hotel, hay un cubo blanco de mármol que a veces brilla y otras vece nos. Begoña y yo caminamos hacia él mientras hablamos. Tengo la sensación de que si llegamos al cubo tendré que despedirme y cualquiera sabe cuándo volveremos a vernos. Intento caminar cada vez más lento sin que ella se dé cuenta.

un paso atrás

sábado, 22 febrero 2014. Estoy con Camilo en la barra de un bar. Una chica llega y se coloca entre nosotros, bebe de su vaso. En la pared hay un espejo grande inclinado hacia delante. Doy un paso atrás y le voy dando instrucciones a Camilo, a través del espejo, de lo que debe decirle a la chica para no espantarla.
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Hemos viajado hasta una ciudad donde se juega la final de un partido de fútbol. En el sueño consta que nos ha costado mucho conseguir las entradas y una plaza en el autobús. La ciudad está llena de aficionados con camisetas. Alberto y yo llegamos con un grupo y entramos a un bar. El camarero habla en francés. El bar es de madera oscura, nos sirve unas jarras de cerveza de dos litros. Por la ventana veo entrar a los aficionados al campo. Doy aviso, pero el grupo prefiere quedarse en el bar. Llegaremos a tiempo para la segunda parte, dice alguien. No comprendo nada. Mientras todos beben yo miro por la ventana y escucho la celebración de los goles.
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Entro en mi antigua habitación en la casa de mis padres. Todos los recuerdos que guardaba en un armario están desperdigados por el suelo, hay que tener cuidado para no pisarlos. Pienso en que me costará mucho ordenarlos. Aparece Juan, se ofrece a ayudarme. Entre los dos terminaremos en cinco minutos, dice remangándose. Cojo una escoba y barro todos los recuerdos, sobre todo juguetes de niña, y los meto en una bolsa de basura.

bárbara in pink

viernes, 21 febrero 2014. Juan Luis no ha dejado su casa. Es una casa enorme en mitad de una urbanización con colinas y curvas. Cuando salgo al jardín veo que también nos ha dejado al perro, un perro pequeño muy peludo. Alberto dice que no lo deje entrar en casa. En una de las habitaciones hay una mesa enorme y otra mesa más pequeña. En la mesa grande está Cumpián, corrigiendo unos poemas. Los poemas van pegados con fixo en las esquinas de una páginas de cartulina negra. ¿Son tuyos?, le pregunto. ¿Tú me crees capaz de maquetar algo así?, responde. Llega Bárbara con una vestido rosa en una percha, sube a la mesa pequeña y ensaya para nosotros su última performance. El vestido lleva plumas sobre el pecho y van cayendo según declama. Lleva el pelo largo y rizado tipo afro. Está preciosa. Un policía aparece por la cristalera y nos observa usando las manos como si fueran prismáticos. Dice que tendremos que pagar una multa y meter los contenedores en el jardín. Lo atendemos amablemente. Cuando se va rompemos la multa y Bárbara vuelve a su ensayo. Total, la casa no es nuestra.

rebaño cuadrado

domingo, 16 febrero 2014. Conducen a unos niños como si fueran un rebaño. Van muy pegados unos a otros, los azuzan, dejan atrás una nube de polvo. El rebaño forma un cuadrado casi perfecto. Pienso en el niño que va en el centro, completamente rodeado.

biblioteca noruega

miércoles, 12 febrero 2014. Entramos en una biblioteca, aunque en vez de libros hay cojines por el suelo y gente que lee revistas. Alberto se acerca al mostrador, el chico niega con la cabeza a todo lo que Alberto le pregunta. A ti no te gustan los libros, ¿verdad?, dice Alberto. Toda la sala se ríe. Dos chicas se acercan a nosotros para felicitarnos como si aquello fuera el mejor chiste de la historia. La chicas son noruegas (se parecen a las de la película que vimos anoche), me extraña entenderlas. Les cuento que estudié francés hasta los quince años y después pusieron inglés en el colegio. Todo lo que decimos les hace mucha gracia.

ducha y granizo

martes, 11 febrero 2014. Salgo de una habitación en pijama, con toda mi ropa apretada y arrugada contra el pecho. No reconozco la casa, tiene techos altos y me resulta fría y desordenada. Entro en lo que se supone es un cuarto de baño, aunque hay sillas de salón de actos, una mesa de madera grande sobre una tarima y, detrás, una pizarra. Junto a la tarima hay un plato de ducha sin mampara ni cortina. Me ducho a pesar del frío. me ducho muy rápido para irme de allí lo antes posible. Entra Gallero, saluda con la mano como si nada y se acomoda detrás de la mesa, como si fuera a comenzar una clase. Le pregunto si tiene alguna toalla. No tiene. Me visto con el cuerpo aún mojado.
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Mi madre me pregunta por teléfono si iré a la fiesta. No sé de qué fiesta habla. Le digo que acabo de despertarme, que no encuentro mi ropa, que empiecen sin mí. Han llegado unos libros para ti, dice. Escúchalos, dice. Oigo cierta música a través del teléfono. Tengo, de repente, delante una ventana y veo el patio de la casa de mi abuela cubierto de granizo.

abrigos de piel

sábado, 8 febrero 2014. Mi suegra quiere ir a la fiesta de nochevieja que da el Rey. Dice, incluso, que ya hablado con ellos, que abajo hay un coche esperándonos. No sé a qué se refiere al decir ellos, pero no pregunto. Abre el armario del pasillo y dice que le saque un abrigo. Este no, este tampoco, va diciéndome según le voy enseñando. Quiero el de visón, dice. De repente el armario está lleno de abrigos de piel, por más que le enseño abrigos no le gusta ninguno. Recuerdo que el de visón se lo llevó mi cuñada. Los abrigos que no quiere van amontonándose en el suelo. Miro el reloj, son las doce y diez. Ya se habrán comido las uvas, pienso. Me da pena empezar así el año, pero no le digo nada y sigo enseñándole abrigos.

bar picante

viernes, 7 febrero 2014. Omar quiere enseñarme un bar donde ponen comida muy picante. Dentro hay una laberinto hecho con paneles de cartón pluma. Cada panel lleva un nombre. Son taquillas, me explica, pero las cosas de cada uno están en el suelo. Veo una pulsera plateada muy tosca. Dice que es la taquilla de niño (no recuerdo el nombre). Vende pulseras. Al ir a probármela se convierte en una moneda del tamaño de la palma de mi mano. Al fondo hay pequeños altares. Una señora va poniendo un sujetador en cada uno. Son sujetadores muy vistosos, de blonda fucsia o de leopardo. Lo miro todo en silencio. A las puertas del bar, dos hombres disfrazados piden hacerse fotos con todo el que sale. Intento escabullirme.

zapato de claqué

jueves, 6 febrero 2014. Estamos en una especie de trinchera. Pablo ha perdido una bota y alguien le presta un zapato que parece de claqué. Se pone encime una bolsa de plástico, imagino, para que no se le ensucie. Dice que mejor me quede en retaguardia, porque nunca se sabe. Asomo la cabeza por encima del montón de tierra y veo que la trinchera está acristalada como si fuera una terraza, con ventanas de aluminio. Me llama la atención que los cristales estén tan limpios, incluso me veo reflejada. Me asombra la melena rizada que me llega hasta los hombros. No me reconozco. ¿Tanto tiempo llevamos aquí?, pienso.

cenizas

lunes, 3 febrero 2014. Tres hombres muy zafios caminan detrás de mí. Doy vueltas absurdas para comprobar si me siguen. Me siguen. Uno me pregunta qué llevo en el bolso. El bolso es una cartera de mano plana amarilla. Para tratar de disuadirlos le digo que llevo las cenizas de mi marido. Ni por esas.

narices verdes

domingo, 2 febrero 2014. Alberto y yo asistimos a un congreso. A la entrada nos dan una identificación y nos dicen que busquemos un sitio en las gradas. Las gradas tienen cojines de colores, para subir hay que pisarlos. Nada más sentarnos, dicen por megafonía que comienza la media hora de bar. Me extraña que usen términos tan coloquiales. En el bar, una chica reparte narices de payaso verdes y nos obliga a que nos las pongamos. Dice que es la única manera de evitar el contagio de gripe. Un chico nos entrega un cubo del tamaño de un dado, dice que ahí están todas las ponencias y han conseguido que aparezcan todos. ¿Quienes son todos?, ¿todos los médicos?, pregunto. No, todos los seres humanos tengan o no que ver con la medicina, incluso hemos incluido a Miley Cyrus, dice orgulloso.

perro zombi

viernes, 31 enero 2014. Estoy en una cornisa, aparece un perro, me ataca. Hago equilibrios para no caer. Una pareja, que no sé cómo ha llegado allí, dice que salte. Hay más de veinte metros. Me quito la chaqueta, me defiendo con ella, enreda al perro y caen. Has tenido suerte, dice la pareja, han caído en la terraza donde todavía vive alguien. La pareja y yo estamos en el portal, intentando entrar para recuperar mi chaqueta, aunque ellos creen que quien me preocupa es el perro. Dos mujeres nos abren, nos hablan del dueño de la casa, un anciano muy raro, dicen. Del portal sale una especie de foso con agua. Un chico atlético muy joven dice que nademos hasta la casa. Va desnudo. Lo seguimos. Llevo las botas Ugg y me cuesta nadar. La casa es impresionante, nada que ver con lo que podíamos intuir desde la cornisa. La terraza es un jardín enorme que recuerda a algunas películas francesas. El dueño de la casa es el joven desnudo, no un anciano. La ropa se nos seca muy rápido, incluso las botas. Cuando empiezo a sentirme a gusto recuerdo para qué estamos allí. Veo un montón de tierra con una cruz. Pienso que el chico desnudo ha enterrado al perro e imagino que la chaqueta está también bajo el montón de tierra. La tierra es oscura y fresca, me gusta mirarla. Decido olvidarme de recuperar nada y disfrutar de la visita. El chico nos enseña la casa a través de las ventanas, no nos invita a entrar. En la cocina está todo desordenado, llena de platos Duralex de los años 70 y cajas de cubiertos desparejados. El chico, como si pudiera leerme el pensamiento, dice: amontonado, no desordenado. De repente, el perro empieza a salir del montón de tierra. ¡Está vivo!, grito. Todos se ponen muy contentos, incluso me felicitan. El perro tiene muchas heridas y se arrastra por la terraza hacia nosotros. Pienso que quizá sería mejor sacrificarlo para que no sufriera, pero, ante la alegría general, no digo nada. Se hace tarde. Bajamos una escalera muy empinada, que en realidad es una pared con ladrillos sobresalientes. El chico desnudo se tira de cabeza. La pareja y yo nos lo pensamos porque ya hace frío y está muy alto. Propongo bordear el foso haciendo equilibrios sobre el muro. Demasiado estrecho, dicen. El chico ya debe de haber llegado al portal. La pareja espera a que me decida. Yo sigo pensando en que, si me tiro al agua, las botas no se secarán tan rápido esta vez.

jugando con naranjas

martes, 28 enero 2014. No sé si es una explanada delante el mar que parece una sala de exposiciones, o una sala que parece la playa. Juano ha expuesto fotografías impresas en trozos de lona, objetos de la basura que ha transformado en esculturas y cuadernos de dibujo. Hay algunas libretas Rubio donde ha dibujado sobre las planas de letras. En un dibujo aparecemos nosotros jugando con naranjas. Me habla muy despacio, me enseña los dibujos lentamente. Dice que ha perdido un pendiente. ¿Desde cuándo llevas pendiente?, le digo. Lo buscamos entre la lonas, el suelo está cubierto de guijarros de playa y juguetes diminutos. Dice que el pendiente era una espiral rosada de hueso. ¿Rosada?, pienso con sorna. Y como si pudiera saber lo que estoy pensando se enfada muchísimo.
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Hay montones de calcetines húmedos sobre una mesa enorme de cocina. Mi padre antes de pasármelos los moja en un barreño. Estaban casi secos, le digo. Como son blancos, hay que lavarlos dos veces, dice. No digo nada, pero todos los calcetines son negros. Hay que poner la mesa, dice. Le advierto que mi madre ha salido y puede tardar. Me encerraré a limpiar el reloj de los leones y no comeremos hasta las seis de la tarde, dice en tono de venganza. No sé qué es el reloj de los leones, pero puedo imaginarlo. Las pinzas de la ropa tienen ahora el tamaño de una hormiga y no hay quien cuelgue nada. Por la ventana, bajo el tendedero hay cientos de niños en sus pupitres. Salvatore se acerca como si fuera su profesor, les anuncia que pronto empezará el concierto de mis dos hermanos. Un concierto de rock que nunca olvidarán, dice. Todos los niños levantan los puños, jalean. No tengo hermanos ni sé de qué habla Salvatore, pero también levanto el puño y grito, ¡Wa, yeah!

bicis y tornillos

lunes, 27 enero 2014. Voy con un pelotón de ciclistas. Subimos hacia la casa de mi abuela, pero al llegar es una especie de rancho con rejas y celadores. Uno de los celadores es Juan. Parece no reconocerme, así que intento escapar por mi cuenta. Desatornillo unas chapas que hay en la pared e intento salir por una especie de gatera. Cuando estoy a punto de escapar, pienso que quizá le echen la culpa a Juan de haberme dejado ir. atornillo la chapa y vuelvo a mi barracón.

cóctel del fin del mundo

sábado, 25 enero 2014. Nos servimos unos cócteles y caminamos hacia una fiesta, se supone. Alberto se nos adelanta. Blanco y yo tenemos que sortear el camino que comienza a ponerse feo. Blanco salta un pequeño escalón, pero cuando me toca a mí es un precipicio de más de veinte metros. Veo caer casas enteras y del cielo caen bolas de fuego, preciosas, pero que interrumpen el camino. Parece el fin del mundo, le digo a Blanco. Por eso Alberto ya está en la fiesta responde él.

gato de lana

viernes, 24 enero 2914. Estoy de visita en casa de Ángeles. La casa tiene dos pisos, parece un gran almacén. Desde el piso de arriba se puede ver el de abajo a través de una barandilla de obra. Subo. Encuentro un jersey, que se supone es mío, entre otras prendas. Alguien ha recortado el dibujo del pecho. El dibujo era un gato. Mi jersey tiene un agujero del tamaño de un gato, el gato ha cobrado vida y se pasea por la habitación. Le pregunto a Dani por qué me ha roto el jersey. No entiendes nada de moda, dice.
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Pregunto a unas niñas si saben dónde vive "La pitonisa Begoña". Señalan el piso de arriba y se ríen. Para llegar a su casa debo pasar por una escala de cuerdas. La puerta es una cortina de cuentas de colores que temo se rompan. Sólo tienes que dejarte caer, oigo que dice desde dentro. Me balanceo y entro. Está en ropa interior comiendo pipas, parece una niña. La abrazo. ¿Cómo hemos llegado a esto?, le pregunto. Colgué la respuesta en Facebook, me dice, pero como tú no tienes...

candelabro de mermelada

lunes, 20 enero 2014. Al entrar en la cocina veo un candelabro dibujado sobre la encimera. Está dibujado con mermelada de naranjas amargas.
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Al bajar del bus me encuentro a mi madre. Sale del supermecado. Mi madre comienza a perder rigidez y forma. La tomo en brazos y se va volviendo cada vez más pequeña, como si se desinflara. Corro a casa, el ascensor no sube porque lo han llamado de varios pisos a la vez. Le digo que, por favor, aguante. Le digo que la quiero, muchas veces.

botón perdido y mechas californianas

sábado, 11 enero 2014. Llevo la chaqueta negra a unos grandes almacenes. Les digo que quiero cambiarla por otra. Está usada, me dicen. En realidad vengo a donarla, respondo. Cuelgan la chaqueta en una percha y yo busco otra nueva para reemplazarla. No hay ninguna que me guste. Le digo a una vendedora que prefiero mi chaqueta vieja. Dice que cuesta 100 euros. Lo que me apena es pensar que me dejé un botón en unos de los bolsillos. Un botón de otro sueño que le dejé a Chivite en su bolso..
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Antonio aparca al final de una calle con eucaliptos, parece un sitio tranquilo. Aun así, dice que no tardemos. Uberto y yo salimos del coche a toda prisa. Entramos en un estanco a comprar entradas para un parque temático. La mujer que atiende nos cuenta que es monja y de Valladolid, y que podemos elegir el sello de la entrada. El sello de Murcia, dice Uberto. ¡Viva Murcia!, respondo yo. ¿Tú ves bien que una monja lleve mechas californianas?, pregunto. Uberto se ríe. Al llegar al coche vemos que Antonio está escondido detrás de un eucalipto. Unos diez geos armados levantan el coche como si fuera un trono de semana santa y lo colocan en otra plaza. Desaparecen. Un coche oficial pasa a toda velocidad. Se ve que nuestro coche interrumpía el paso, dice Antonio como si fuera lo más normal del mundo. Subimos a un cochecito como los que se usan en los campos de golf. Conduce Antonio, se sube por las aceras, pisa parterres. Lo miro asombrada. Todo el mundo sabe que los coches alquilados hay que conducirlos como si fueras una mujer, dice.

ambulancia extraterrestre

viernes, 10 enero 2014. Camino hacia la casa de mi abuela. Un coche viene  hacia mí a toda velocidad por la acera. No sé cómo doy un salto y me agarro a dos escaleras de madera que hay apoyadas en un muro, camino con ellas como si fueran zancos. Unos pintores se asombran de mi equilibrio. Les pido disculpas por haberles quitado las escaleras (están encaramados al muro). Los pintores dicen que habría que denunciar al conductor. ¿Alguien recuerda la matrícula?, se preguntan. Era un coche pequeño con la palabra Ambulancia escrita en el capó, conducía un hombre negro, les digo. Si era un extraterrestre, entonces no hay nada que hacer, dice uno y los demás ríen la gracia. No sé qué responder, no me queda claro si llamar extraterrestre a un hombre negro es un comentario racista.

cama empotrada

jueves, 9 enero 2014. Manuel me enseña su casa. Es enorme. Si miro hacia arriba, a veces tiene techo, otras veces no. Con las paredes pasa lo mismo, a veces hay una cama empotrada, y otras una puerta que da a un museo. Mientras me habla de los inconvenientes de la casa no para de hacer cosas, incluso recibe a los visitantes del museo. Les voy a decir que bailen para hacer tiempo, dice. En un rincón de la casa hay unos veinte pares de zapatillas de deporte.
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Juan me cuenta que sigue triste. Camina a mi lado, yo no sé aconsejarle. Mi abuela sabría qué decirte, le digo. Según caminamos se va volviendo más pequeño, hasta convertirse en un niño.

aeropuerto de hierba

sábado, 4 enero 2014. Camino con Juan por unas calles con andamios. Canta una canción. Le pregunto si la letra la ha escrito él. Me mira sorprendido de que yo lo dude. Llegamos a la pista de aterrizaje de un aeropuerto, pero la pista está cubierta de hierba. Juan se aleja hacia la puerta de salida de pasajeros (que parece una portería de fútbol). Intento alcanzarlo, pero me doy cuenta de que llevo unas zapatillas de suela blanda y se me salen al andar.

sheldon y los delfines

jueves, 2 enero 2014. Paseo por lo que parece un zoo. Es de noche y veo un ojo flotante brillar en una piscina. Reconozco la mirada del actor Jim Parsons. Me hace una seña, me pide que no haga ruido. Dice que está tratando de comunicarse con los delfines. Me lo dice con la mirada de su único ojo, una especie de canica del tamaño de una pelota de tenis, que refulge en el agua.

suelo de hielo

viernes, 27 diciembre 2014. Mi madre se ha mudado y me enseña la casa nueva. Todo está manga por hombro y la distribución de las habitaciones es de locos. Para subir al dormitorio de mi hermana hay que trepar por una escala de cuerda. Está decorada con motivos árabes en tonos rosa. Horrible, no hay sitio para nada. Lo mejor es la cocina, dice mi madre. Por las mañanas el suelo parce el cielo y por las noches una piscina, dice. Tiene forma de triángulo y suelo cubierto de baldosas de cristal translúcido que da miedo pisar. Parece una pista de hielo. Lo mejor es la basura, dice. Una pared con más de cincuenta buzones verticales empotrados en la pared.

escalada en descenso

sábado, 21 diciembre 2013. Llego a un bar. Le pido a una chica que me guíe hacia el patio. Aparecemos en lo alto de un muro estrecho de más de 50 metros de altura. Ahora hay que bajar, dice la chica, y comienza a descender agarrándose a la parte estrecha del muro con las puntas de los dedos. Le digo que jamás he escalado hacia abajo. La chica se suelta y la agarro al vuelo. Grito pidiendo ayuda. Desde abajo nos miran sin hacer nada. De repente yo también estoy mirando la escena desde abajo con mi madre. Mira, soy yo, le digo.

mido dos metros

jueves, 19 diciembre 2013. No sé qué hago en una iglesia. Se parece mucho a la del colegio. En uno de los laterales veo a Federico. Hace mucho que no nos vemos. Me acerco. Mira, ahora soy casi tan alta como tú, le digo. Y para demostrárselo le doy un beso en el cuello sin tener que ponerme de puntillas.

sus manos

viernes, 13 diciembre 2013. Al llegar a mi antigua casa, veo una mancha que cae por la pared desde el último piso hasta la acera y forma un charco. No parece agua, pero tampoco es aceite. Al entrar al portal encuentro a una vecina vacunando a todo el que quiere subir en ascensor. Si no te vacunas, no subes, me dice. Decido marcharme. Abro el buzón y recojo algunas de mis cosas además del correo. Al salir veo que el C2 está a punto de salir, corro y entro al vuelo. Hay sillas sin ordenar, incluso al fondo del bus hay una mesa de formica. Dejo mis cosas sobre la mesa y me siento. Se acerca Max von Sidow sonriente. Nos saludamos como si fuéramos amigos que no se ven desde hace mucho. Se sienta frente a mí, no me suelta las manos mientras me habla. Me pregunta si me gustó lo que escribió. Le digo que era precioso. El mérito es de los traductores, dice. Sus manos están calientes y son enormes. Su cara está bronceada y parece recién afeitada, tengo ganas de tocársela. No dejamos de mirarnos ni de tocarnos las manos. Me siento completamente feliz.

champiñones

miércoles, 11 diciembre 2013. Llego a un bar después de bajar una cuesta entre dos paredes encaladas. Me siento en una mesa donde Joan está mirando la carta. Le pregunto qué va a pedir. Algo con champiñones, dice. Veo que a mi lado está Elías con una chica. La chica tiene la ropa, la piel, el pelo, incluso los ojos, como si hubiese estado metida en lejía. El pelo y los ojos tiran a rosa despintado. No quiere que Elías se acerque demasiado a mí, tira de él. Quiere pedir duces. Muchos, dice. Sus cartas son normales, la mía es un rollo de bolsas de basura donde han escrito los platos. No sé qué pedir. No pidas champiñones, dice Joan.