viernes, 7 septiembre 2012. Acompaño a Francis y a su hijo Javi hasta la puerta de casa. No reconozco la calle. Para que no se pierdan subo con ellos al autobús y les voy diciendo los nombres de las calles. Nos despedimos. Intento volver. Las calles van perdiendo el asfalto y acabo en solar donde hay animales sueltos. Entro en un bar donde todos van vestidos de punkis de los 80, entre ellos María. Le pregunto si sabe dónde estoy y cómo puedo volver a mi casa. No sabe. Al salir, hay una pelea. Trepo por una pared agarrándome a unas cabezas de piedra. Mientras trepo, pienso que desde allí arriba veré toda la ciudad y podré volver a casa.
museo de cubitos de hielo
miércoles, 5 septiembre 2012. He ido a ver a Jota. Su casa está en obras, no se puede entrar, así que vamos a un museo de cubitos de hielo. Nos abrazamos a cada momento. Un vigilante me guiña con una mueca digna de cualquier videoclip cutre. Su novia nos mira y sonríe. Al principio no lo entendía, ahora te quiero mucho, me dice. Le digo que no se preocupe, que no me volverán a ver, que ya no hace falta. Te he hecho una bufanda color canela, le digo, la he dejado en el armario de la entrada. A pesar de las obras entramos como podemos en la casa, buscamos la bufanda en el armario. Está lleno de bolsas de plástico idénticas. De repente estoy en el parque, recuerdo que había quedado para comer con mis padres, miro el reloj. ¿Ya son las siete y veinte?, digo en alto. Hoy todo te va del revés, son las cuatro menos veinte, dice una voz en off. De todos modos la hora de comer ha pasado, compraré unos dulces e iré a merendar, me digo. Una familia india vestida con la equipación del Barça, me pregunta cuándo pasa el autobús negro. Le digo que aquí los autobuses son azules. No, el negro, repiten. A pesar de la prisa les explico que no existen autobuses negros, que sólo eran negros los taxis, pero de eso hace más de 30 años. Se ríen, estábamos de broma, dicen. Pienso que no llego ni para la hora de la cena. Cada autobús en el que intento entrar se convierte en un armadillo enorme y me pregunto si era eso a lo que se referían los indios del Barça. Mientras espero a que pase el C1 se ha hecho de noche. Una niña lee un cuento sentada en la parada. En la portada hay un dibujo de una pareja abrazada delante de un enorme cubito de hielo.
delicioso carburante
martes, 4 septiembre 2012. Construyo un avión de tamaño natural. De vez en cuando alguien me trae piezas y yo voy soldándolas. Cuando lo he terminado, vienen a verlo. Les explico que a simple vista es un avión normal, pero la gran diferencia es que funciona con delicioso café con leche. De lo que no estoy segura es de si el litro de café con leche es más barato que el litro de carburante, les digo.
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Alberto y yo llegamos a una casa donde han convertido el salón en un bar para ver el fútbol. La casa está construida sobre la arena. Se ha puesto a llover y la arena, de repente, es negra. Pasa un chico en bici, pasa un abejorro verde metalizado. Veo a Camilo, a mi lado, mirando el paisaje. Qué bonito, ¿no? No, responde. Me gustaría verte escribiendo poemas, porque de algún sitio tienen que salir. No dice nada, se da la vuelta, entra en el improvisado bar y se sube a la barra. Mierda, ha marcado el Madrid, dice. Cuando baja de la barra pesa unos 10 kilos más y está completamente calvo. No le digo nada. Hablamos de banalidades mientras bebemos cerveza. No me atrevo a preguntarle si está bien. Me doy cuenta de que he perdido los zapatos y afuera sigue lloviendo. Encuentro unas John Smith a cuadros y me las pongo sentada en la cocina. Sobre la encimera hay un pescado enorme sin piel ni cabeza. Me produce un asco inmenso. Alberto entra, dice que termine de calzarme, que nos vamos. Mientras me ato los cordones le pregunto a Alberto: Si Camilo está en fase terminal, ¿podré ir a cuidarlo? Claro.
flores de pacífico
domingo, 2 septiembre 2012. Vemos un monte ardiendo desde un embarcadero de madera. La madera es muy oscura y destaca sobre el agua teñida de rojo. Unas chicas saharuis hacen equilibrios sobre sogas. Llevan mehlfas de colores brillantes que destacan sobre el agua roja. Parecen flores de pacífico, le digo a Alberto. Voy a por la cámara de fotos. Me encuentro a Elisa y Andrés. Están enseñando a conducir a Darío. Me parece peligroso dejar solo al volante a un niño de cuatro años, pero no digo nada. Me hablan a la vez, no sé qué dicen, usan palabras que suenan a modelos de muebles de Ikea. Yo a una mesa le llamo mesa, les digo. De repente vemos que Darío se ha estrellado contra un poste. Otros coches lo esquivan. Elisa y yo corremos hacia él. Andrés saca un pijama de su bolsa y se lo pone espacio.
dos pájaros
sábado, 1 septiembre 2012. Mis padres se están instalando en una casa a pocos metros del mar. Hay que barrer continuamente porque la arena entra en la cocina. Los marcos de las puertas están astillados y el suelo muy gastado. Mi padre coloca ramas alrededor de las puertas para disimularlos. Dice que así, además, los pájaros no entrarán en casa. En ese momento dos pájaros sobre el marco de la puerta me miran, usan las alas como manos, me amenazan. Uno hace el gesto de "silencio" poniendo el ala vertical delante del pico, y el otro pasa el ala por delante del cuello, como diciendo "si nos delatas te cortamos el pescuezo". Mi hermana se acerca a la baranda, pienso que hay que poner tela metálica. Busco la cinta métrica en una caja de costura, pero al tocarla se vuelve de color negra y los números desaparecen. De todas maneras mido sobre el suelo. Los dos pájaros son ahora dos hombres chinos. Uno acuchilla al otro mientras me hace el mismo gesto de amenaza. Cuando entro en casa mi hermana coquetea con un tipo al que le da fuego. Mi madre sale de puntillas de la habitación. Mi padre llora en el sofá. El suelo está cubierto de agua sucia. Busco una fregona y limpio sin decir nada.
rizos perfectos
domingo, 19 agosto 2012. Miro un lago desde una loma. El agua está negra. Le hago una señal a varios bañistas e inmediatamente se lanzan al agua de cabeza y sacan del fondo un cuerpo. Con otro gesto les digo que lo dejen en la orilla. Camino despacio, temo que no me reconozca. Está ahí, me dice alguien. El tipo ya está seco, vestido y sentado en la orilla mirando el lago. Me siento a su lado y le aprieto la pierna como saludo. Me mira, le alegra muchísimo de verme, me da un beso de abuela. Está tan delgado que noto sus pómulos y su mandíbula clavarse en mi cara. ¿Cómo me ves, notas cambios?, pregunta. Estás muy guapo y tienes el pelo más suave que nunca. Le acaricio la cabeza, unos rizos de anuncio que no se deshacen por más que los toques. Nos quedamos allí sentados, mirando el lago. A pesar de la alegría de volver a verlo, la sensación de fondo es de tristeza, como si él tuviera que volver al fondo del lago. No estoy segura si el tipo era Antonio Vega, Jurdi, david González, o una mezcla de los tres.
dolor cuatro estaciones
sábado, 18 agosto 2012. Explico a mis padres mi permanente dolor de cabeza. Cortamos la cabeza por la mitad, horizontalmente a la altura de los pómulos, colocamos una pizza y después cerramos de nuevo la cabeza. Los ingredientes de la pizza no son malos, pero no son los de mi cabeza. Es como si hubiera pedido una Margarita y me hubieran puesto una Cuatro estaciones, les digo. Pues así es mi dolor. Mi padres no dicen nada. Y ahora voy a enseñaros a respirar, les digo. ¡Oh, eso sí que sería estupendo!, dice mi madre.
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Alberto toma café en el puerto mientras lee el periódico. Me fijo en que un barco enorme acelera, derrapa y hace trompos como si fuera un coche tuneado. Algunos hombres saltan al agua por la borda. Miro a mi alrededor, parece que soy la única que lo ve. Una camarera llega con dos cafés y se sienta en el suelo. Paso mucho calor en el trabajo, dice. Le pongo en la mesa uno de los cafés a Alberto y me siento con la chica. La chica está de espaldas al mar, yo de frente, el barco sigue derrapando. De repente una ola enorme viene hacia nosotros. ¡Corred!, les digo. No se mueven, la chica incluso se tumba. Entro en la cafetería y me agarro con todas mis fuerza a una columna. El agua nos cubre durante unos segundos y desaparece. Al salir, veo a la chica sentada de nuevo, abanicándose. Alberto está tumbado cubierto con el periódico. ¿Estás bien?, le pregunto. Déjame dormir, dice. Las tazas de café están llenas de agua.
cabeza abajo
jueves, 16 agosto 2012. Voy por la calle con mi sobrino Darío. Dice que debería comprarme unas botas de agua, que él ya las tiene. Son de Bob Esponja, dice. Veo un cilindro con botas de agua y zapatos. Me pruebo en un pie una bota amarillas semitransparente y en el otro unas sandalias de cuelo que llevan ruedas incorporadas. Begoña y Sr. Chinarro están sentados en unos sofás, leen revistas. Les enseño mis pies. Ni me miran. Me descalzo, pongo la cabeza en el suelo sobre un cojín y levanto las piernas. Me quedo haciendo el puntal un rato. Entra Enrique, un compañero de Económicas a quien no veo desde entonces. Enrique les pregunta a Begoña y Chinarro: ¿Lleva así mucho tiempo? Lleva cabeza abajo toda la tarde, responden.
alfileres, un perro
miércoles, 15 agosto 2012. Estoy en una sala cuadrada enorme y enmoquetada. Recojo alfileres. Hay otras personas haciendo lo mismo. Cuando tengo casi todos los de mi zona metidos en dos recipientes con forma de huevo, alguien me dice que los ordene por colores (son alfileres con la cabeza esférica). Vuelco los alfileres en la moqueta, separo los verdes con los azules, los rojos con los negros. Me gusta ese trabajo, el color y el tacto de la moqueta. Aparece un perro enorme de pelo largo. Los recolectores de alfileres corren, desaparecen. Cuando el perro pasa a mi lado, me subo como si fuese un caballo y me tumbo sobre el lomo. Me agarro muy fuerte a pelo, me duermo.
cernuda da sueño
martes, 14 agosto 2012. Subo en ascensor a la que se supone es mi casa. Al salir hay gente en el rellano. Dos chicos me preguntan si pueden entrar. Abro la muerta, no reconozco la casa ni los muebles. ¿Tienes el libro de Cernuda?, dice uno. Niego con la cabeza, no sé de qué me habla, me tumbo en el suelo dispuesta a dormir. Mi padre entra con un libro en la mano. Es "Blanca" y está dedicado. Pienso que Cernuda no escribió ningún libro que se titulara "Blanca" y mucho menos que se lo dedicara a mi padre. Los dos chicos se ponen muy contentos. Yo sólo intento dormir encogiéndome en el suelo.
un purito, dos perros
sábado, 11 agosto 2012. Una chica me dice que tengo que leer poemas en la biblioteca, y me señala una puerta. Camino por pasillos oscuros y llego a una estación de tren. Pregunto por la biblioteca. Es esta, me dicen. Allí sólo hay taquillas y andenes. Al llegar de nuevo al salón de actos ya hay alguien leyendo. Entro sin hacer ruido. Maldonado está junto a la puerta. Cuando te toque no leas más de cinco minutos, me dice. Busco a tientas un sitio libre. Cuando los ojos se hacen con la luz, veo que Chivite está sentado a mi lado. Me alegro muchísimo de verlo. Me dice que no soporta las lecturas. Depende de si la postura que pilles es buena, le respondo. Se ríe, saca una lata de puritos. La lata no lleva advertencias, se lo digo. Sí, cada vez es más difícil encontrarlas. ¿Irás a leer a Logroño en diciembre?, le pregunto. Niega con la cabeza. Un tipo pasa por delante de nosotros con un libro de Pedro Salinas. Pienso que me dejé el bolso fuera y me lo ha robado. Lo sigo. Hay una cuesta pronunciada de cemento, no consigo alcanzarlo. Aparecen dos perros, cada uno me muerde una mano, me sangran. Cuando bajo, en un banco junto a la puerta del salón de actos, Chivite fuma un purito, se le ve relajado y feliz. Escondo las manos para no preocuparlo.
la equitativa
viernes, 10 agosto 2012. Juan "y medio" vende globos de gas. Le compro uno para colocarlo en lo alto de La equitativa. Es para cuando llegue mi amigo Juan, así sabrá que me acuerdo de él, le digo a "y medio". No sé cómo subir al edificio porque está cerrado por demolición. Me siento en la puerta. Pienso en la imagen tan tonta que debo dar: sentada en el escalón con un globo de gas en la mano. Alberto pasa en coche, le digo que me lleve a casa. También llegan los que van a echar abajo el edificio. Alguien dice algo por el portero electrónico. ¡Queda gente dentro! Sí, dice Alberto muy tranquilo, vive Atencia. Alberto y Atencia discuten a través del portero sobre si son mejores las pizzas hechas en casa o las del Telepizza. Mientras tanto los obreros entran en el edificio. En ese momento aparece Mario y comienza a contarme algo sobre su nueva tienda. También me suena el móvil y me entra un sms. Todo a la vez. De repente no sé qué he hecho con el globo.
guantes de boxeo
jueves, 9 agosto 2012. Llego a una especie de venta donde he quedado con un grupo. Es una venta con habitaciones. Me toca una habitación con ventana a un patio andaluz donde hay gente desayunando. Cuando me quedo sola, me río tapándome la boca. Me acuerdo de Juan, de lo que disfrutaría allí, diciendo los dos: "Cuanto peor, mejor". Alguien llama, dice que es la hora. Bajo al patio, un grupo me espera. No conozco a nadie. La mayoría son chicas. Llevan carpetas. Saco un archivador de anillas y lo pongo sobre la mesa. Todas me miran. Con toda naturalidad, lo abro y les voy contando lo que guarda cada página plastificada. Son fotos que resumen mi vida. En una de ellas aparecen unos guantes de boxeo rojos, como los que llevaba David en la foto que me envió. Estos guantes son un recuerdo de mi amigo Elías, les digo. De repente, Elías está sentado a mi lado. Me acuerdo de ese día, dice sonriente. Me alegro muchísimo de verlo, tengo ganas de abrazarlo, pero sigo pasando páginas. Cuando termine con esta pantomima, nos vamos, le digo con la mirada.
examen de chino
miércoles, 8 agosto 2012. Llego a un salón de actos con los asientos en cuesta muy pronunciada, con los asientos muy juntos. Veo a mi familia e intento sentarme en el otro extremo. Para llegar tengo que molestar a mucha gente, pedirles que me dejen pasar. Carlos me hace señas, a su lado que da un sitio libre. Carlos lleva muletas y unas gafas de cristales muy gruesos. No me atrevo a preguntarle qué le ha pasado.
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Tengo un examen de chino. Juan me da una bolsa militar con unos apuntes donde ha señalado qué debo estudiar. También hay unos colgantes de plata muy bonitos. No sé si los ha metido en la bolsa para que me ponga alguno para el examen. El que más me gusta parece un abrelatas con forma de hipopótamo y un cristal azul en la tripa. Abro mi caja negra de los colgantes. Pienso que debo ponerme uno, pero no sé cuál. Entre ellos hay un pequeño perfumador que no recuerdo quién me regaló. Se me ocurre que pudo ser Juano y que tengo que escribirle para darle las gracias.
pelo de oveja
domingo, 5 agosto 2012. Llego a la casa de mis padres. Mi madre cocina con cara de circunstancia. Mi padre está de mal humor, pero no dice nada. Detrás del cristal esmerilado veo a mi hermana tonteando con alguien. Pienso que ha vuelto con su marido. No puede ser, digo en alto. No le digas nada, dice mi madre. Mi hermana dice que es muy feliz. Todos intentamos decirlo todo con la mirada. La situación es muy incómoda. A mi excuñado le ha crecido el pelo. Vuelve a tener pelo de oveja, digo al fin, por romper el hielo.
ajajá
sábado, 4 agosto 2012. Llego a una residencia en el campo (se parece a Villa San Pedro, donde iba de niña a hacer ejercicios espirituales). Llevo una bolsa de viaje años 70 y la luz es perfecta y dorada. A la puerta me esperan tres personas sonrientes. Una parece la dueña de la villa y organizadora, pues parece que se trata de un encuentro, pero no sé de qué. Me da una habitación enorme que en vez de armario tiene frigorífico. La cama está deshecha, como si alguien acabara de levantarse. M presentan a una señora mayor que acaba de llegar. Por las ceremonias que le hacen debe de tratarse de alguien importante. Me pregunta si ya sé con quién dormiré. Sola, respondo. Cuchichea con la dueña, me miran, me calibran. Abro el frigorífico y lo observo como si quisiera comprobar algo. Todo lo que hay dentro ya está empezado: la mermelada, una botella de vino, un frasco de pepinillos. Ajajá, digo en alto. Las dos mujeres me miran. Abro el primer cajón del congelador y efectivamente hay un pañuelo doblado y helado tal como lo dejé en el congelador de mi casa. Ajajá, repito. Las dos señoras empujan a un tipo hacia mí. El es tipo que hace de Amador en la serie "La que se avecina". Él no dice nada, me presento, le doy la mano. La tienes helada, dice. Le cuento en voz baja que la cama estaba deshecha y la mermelada empezada. Le enseño el pañuelo del congelador. Le explico que en mi casa siempre tengo un pañuelo helado para el dolor de cabeza, que eso ellas no podían saberlo. Él me mira con cara de no entender nada. ¿la botella de vino también está abierta?, pregunta. ¡Sí!, le respondo entusiasmada, pensando que por fin ha comprendido. Pues ponme un vaso, dice.
un sol espléndido
viernes, 3 agosto 2012. He quedado con alguien. Busco el móvil en una bolsa enorme que llevo a la espalda llena de cosas que no son mías (trapos, una manta, trozos de cables). Llego a la que se supone es la casa de Marcos, cerca de la playa, con un huerto. Me cuenta que su madre siempre presumía de que sus hijos se criaban muy bien. Miramos el mar, está verde, hay oleaje. Está a punto de llover. Tengo ganas de un día de sol espléndido, le digo. Sí, un sol espléndido, dice y echa a correr hacia la playa. Veo a su padre echarse al agua vestido, rígido, parece un tronco. Marcos se tira detrás, a rescatarlo. Corro tras ellos. Elisa y Andrés están en el huerto, les digo que me ayuden. Tenemos que hacer la lista de la compra, me responden. En la orilla hay tres adolescentes mirando el mar. Les pregunto si han visto a dos hombres tirarse al agua. Uno está ahí, dicen. Veo a Marcos flotando boca arriba a medio metro de la superficie, les pido que me ayuden, no se mueven. Saco a Marcos como puedo, está extremadamente blanco, le golpeo el pecho, le grito que no se muera. Marcos se encoge, se pone en posición fetal. Déjame dormir, me dice.
un astronauta en la bañera
jueves, 2 agosto 2012. Voy con una chica por la calle de una ciudad que no conozco, mi hermana es una niña pequeña y nos sigue. La chica, que parece extranjera, me pregunta por algo. Cuando quiero darme cuenta no veo a mi hermana. La busco por todas partes. La chica dice que nos escondamos en un portal y quizá así aparezca.
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Me levanto de la cama y salgo directamente a la calle. Es un barrio de casas matas con jardín. Llego a la casa donde, se supone, me dejé el portátil la noche anterior. Inés está desayunando. Le digo que no la molesto, que recojo mis cosas y me voy. No dice nada. El portátil está en el jardín, pienso que ha pasado la noche a la intemperie. Intento darme prisa, pero los cables son larguísimos y me lleva un rato enrollarlos. Vuelvo a mi casa. Alberto está regando. Oigo la ducha abierta. Imagino que la ha abierto para mí. Entro en el cuarto de baño, la ducha dale del centro del techo, lo moja todo. Dentro de la bañera hay dos almohadas. No sé qué hacer, por dónde empezar. Me meto en la bañera y abro las bocas de los calcetines que llevo puestos. Dejo que se llene de agua como si fueran dos globos. Alberto entra en ese momento y observa el caos. ¡Soy un astronauta!, le digo.
el fumigador y los bombones
miércoles, 1 agosto 2012. Vicente tiene una prueba de teatro. Va vestido de fumigador. Espera su turno en la que fue mi clase de 8ºEGB. Le digo que no se preocupe que lo hará de maravilla. Él pasea de un lado a otro por la clase vacía. En una especie de entreplanta hay varias cajas de bombones. Pienso si comiendo algunos se le pasarán los nervios. Trepo como puedo y alcanzo una caja. Cuando bajo, Vicente ya no está.
esmeraldas con superpoderes y otras cosas que brillan
martes, 31 julio 2012. Se supone que es fin de año. Abro la puerta del que era mi cuarto y veo a mi abuelo Manuel despiéndose de mi padre, lo besa en la boca. Los miro asombrada. El abuelo dice que no nos besa a todos porque tiene prisa. Me alegro. Pienso que yo tampoco tengo mucho tiempo: quiero darle una sorpresa a Juan, ir a verlo, felicitarlo y volver a casa antes de las doce. Mi madre está ilusionada, quiere que me ponga unos pendientes enormes con esmeraldas y diamantes que no sé de dónde han salido. Me los pone, me llegan a los hombros. Sé que no seré capaz de llevar algo así, pero no sé cómo decírselo. No hay luz en las calles, le digo al fin, pueden robármelos. ¡Oh, es verdad!, dice con gestos exagerados, casi cómicos. Es una pena, porque tienen superpoderes, dice cuando se los devuelvo. Efectivamente, noto que el pelo me brilla muchísimo. Muevo la cabeza, tengo una melena de anuncio de champú. Pienso que debo darme prisa, que en estos casos el efecto suele acabar a las doce. También pienso que si Juan ve mi nueva melena y al día siguiente vuelvo a ser yo, se decepcionará y será peor. Mientras decido ante el espejo si voy o no voy a verlo, va pasando el tiempo.
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Parece un aula de colegio, sin mesas ni sillas, pero se supone que es nuestra casa. En el centro hay un muro bajo que hace de cocina americana. Tiene puertas correderas de madera. Quizá acabamos de mudarnos porque no hay muebles, ni cortinas. Todo está pintado en blanco. Los ventanales tienen persianas venecianas verdosas. Lo miro todo con cierta pena. La luz es mala, dice Alberto. Sí, al menos las vistas son buenas, le digo. Por la ventana sólo se ven eucaliptos. Tres tipos abren la puerta de repente. Ya están aquí, dice Alberto con resignación. Uno de ellos es Juano. Al parecer cada cual tiene su misión: Uno busca cosas que hagan ruido al romperse, otro las rompe, y Juano va narrando lo que hacen. Pienso que si es una performance no tiene ninguna gracia. Rompen varios platos, varias tazas. Buscan botellas. Alberto me guiña, como diciendo que las escondió bien. Juano se da cuenta, me dice que no romperán ninguna botella de vino pero a cambio le diga dónde están las de tónica. Señalo el cesto del reciclaje. Juano sonríe, convence a sus amigos de que rompan las botellas vacías, lo narra meticulosamente y se van. La habitación queda llena de cristales rotos que brillan exageradamente en el suelo. La luz sigue siendo mala, dice Alberto.
negativos felices
lunes, 30 julio 2012. Encuentro en la acera unos negativos, los miro al trasluz, en todas las fotos aparece Juan sonriendo.
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Veo pasar una cabeza de camión que arrastra un panel enorme blanco. Elvira y un chico se dejan caer por el panel vertical, hacen figuras con el cuerpo. Cuando pasan, la gente se para y les aplaude.
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Estoy en una cocina enorme donde hay mucha gente trabajando. Unos limpian el techo, otros ordenan cubiertos sobre la mesa. A mí me toca hacer de comer. Francine, el personaje de "American dad", me dice que mejor dedique la mañana a forrar el fondo de los cajones del mueble de los cubiertos, y que no olvide que los cubiertos siempre van en el primer cajón. Pablo, que estaba en una escalera limpiando el techo, se me acerca y me dice: Recuerda que todo acaba expandiéndose.
barco de salón
domingo, 29 agosto 2012. Espero el autobús sentada en un banco de piedra. El bolso se me ha abierto y mis cosas andan desperdigadas. También hay una taza de café. Llega el bus, no me da tiempo a recogerlo todo, lo pierdo. Se para en un semáforo, corro, golpeo la puerta, subo. El conductor se ríe cuando le digo que he perdido mi taza de café. Me da un plano de la ciudad. No entiendo nada. Al cabo de un rato me bajo delante de un edificio blanco en forma de cubo, con ventanas muy pequeñas. Subo al primer piso, la puerta está abierta. Juan y unos amigos dan los últimos toques a un barco que hay atracado en el salón. Pero sois ocho y sólo lleváis cuatro roscos salvavidas, le digo. Juan se ríe, dice que hay mensajes en el contestador para mí. En otra habitación completamente vacía hay un teléfono en el suelo. Hay dos mensajes, uno de Neira y otro de José Luis. Aparece Salvador. Dice que no lo entretenga, que tiene que revisar todos los test. Recuerdo que yo también hice uno. Miro el que está corrigiendo: Alguien ha cosido cristalitos y telas de colores como respuestas.
disfraz de abuela
jueves, 26 julio 2012. Carmen y Enrique se han mudado a la casa de mi abuela. Han pintado las losas del patio en tonos azules y marrones. Carmen me cuenta que su hijo nacerá en octubre. Le miro la tripa y la tiene completamente plana. Entramos en el cuarto de la lavadora. Le cuento que de niña solía esconderme allí. Hay cajas amontonadas donde, sospecho, hay juguetes que fueron míos, pero no digo nada. También hay una bata que fue de mi abuela. No la tires, le digo, puede servirnos para disfrazarnos.
un escritor incurable
miércoles, 25 julio 2012. Encuentro un libro en el jardín de la casa de mi abuela. Lo sacudo de tierra, le falta la portada y las primeras páginas. Está impreso con distintos tipos de letra y en varios tamaños, párrafos en negrita. También hay páginas con sopas de letras y crucigramas. Es la historia de un primer amor. Hay mucha tensión, por ejemplo cuando el chico lleva a su novia a un edificio en obras para acostarse con ella, cómo describe su cuerpo desnudo sobre el cemento, porque uno no sabe si va a besarla o a matarla. Pienso, de repente, que un libro tan bueno sólo puede ser de Chivite. Vuelvo a las páginas de las sopas de letras intentando encontrar alguna palabra que me dé la clave. Alguien que pasa por la acera me dice: No encontrarás pistas, es un incurable. ¿Un incunable? No, un escritor incurable.
el extraño viaje
martes, 24 julio 2012. Subo una cuesta con dos tipos que se empeñan en enseñarme la ciudad.. Parece Italia. Uno de ellos me pregunta por qué llevo un pañuelo en la cabeza. Para esconder las canas. Se ríen, piensan que es broma. Mi madre se me acerca, me zarandea, me dice al oído: ¿Por qué estamos aquí? ¡Estoy harta!, me zarandea. Le digo que no fui yo quien quiso venir, que estamos en la misma situación. Mi madre intenta darme una bofetada. Le agarro el brazo, se lo muerdo. Mientras los dos tipos han subido a una hornacina con un santo, sobre la puerta de un bar, y se hace fotos.
entrevistas y champú para caballos
lunes, 23 julio 2012. Hay una fiesta en casa de Javi. La casa tienen muchas habitaciones y mala luz. Hay una terraza enorme a la que se sale saltando por una ventana. No conozco a ninguno de sus amigos. Todos llevan gafas. Hay mucha comida. Siempre pierdo mi vaso. Alberto va a entrevistarlos. Ha colocado una silla en el centro de la habitación. Todos nos sentamos alrededor. Llega Marcos y se sienta en un rincón, discretamente. Le hago señas. Entiende que estoy preguntándole si van a entrevistarlo y niega exageradamente con la cabeza. Entra otro chico con gafas, muy alto, y se sienta con las piernas encogidas. Pienso que es Jota y que ojalá después se acerque a saludarme, aunque no creo que me haya reconocido.
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Tiendo ropa en unas cuerdas que cruzan el dormitorio de mi hermana. Una lagartija aparece desde detrás de la cortina y se esconde tras una estantería. Llega Jurdi. Me habla de un amigo al que no le va muy bien. Le digo que es una pena que alguien tan inteligente no haya sabido encontrar su sitio en el mundo. En realidad lo digo por él. Me mira, niega con la cabeza. No pienso volver a trabajar, dice. Le digo que no tiene por qué ser el mismo trabajo, que no vuelva a la tele, que haga otras cosas que le gusten. De repente estamos en la terraza de un bar, delante de la cristalera. Dentro veo a Javier con el pelo a lo perocho. ¿Usará champú para caballos?, pienso. La conversación continúa. El bar es bastante austero pintado en magenta y turquesa. Ves, no me importaría tener un negocio así, dice Jurdi. Yo te ayudo, le digo. Me pone la mano en el hombro. Pero, ¿tú cómo estás?, dice. No respondo, me miro en el cristal, tengo una melena preciosa, no parezco yo. Estoy bien, ahora uso champú para caballos, le digo.
petimetre
domingo, 22 julio 2012. Salgo al patio de la casa de mi abuela, me dice que la ayude a tender sábanas. Me parecen pequeñas para ser sábanas, pero no digo nada. La mitad del patio está cubierto de barro. Como si mi abuela pudiera leerme el pensamiento, me dice que no lo limpie. Deja las cosas como están, dice. Mi abuela entra en la cocina. Una muñeca de colores chillones se levanta del charco de barro e intenta limpiarse la cara. Deja las cosas como están, recuerdo. Le hago fotos. La muñeca me ve y me grita: ¡Petimetre!
carrera y desorden
sábado, 21 julio 2012. Tengo que correr en una carrera en la que hay que hacer en un solo día los kilómetros que un caballo haría en dos meses. Varias personas me ayudan a vestirme como si fuera un torero. Me dan instrucciones. Les digo que quiero llevar libreta y boli por si se me ocurre algún poema mientras corro. Cuento menos peso lleves, mejor, me dicen. En un descuido escondo un lápiz pequeño en la cinturilla del chándal.
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Estoy en la buhardilla de una casa construida sobre la arena, a pocos metros de la orilla. Miro el atardecer tumbada en una cama que está justo al ras de una ventana que da a la playa. Veo a los últimos bañistas recoger sus cosas. La luz se va a una velocidad de vértigo. Veo una isla a pocos metros de la costa. A mi lado hay alguien leyendo, le digo: Antes era una isla, ahora han construido y hasta hay tendederos con ropa. Todo acaba siendo basura y desorden. En ese momento deseo bajar a la playa y coger una piedra, pero me echo a llorar. Me tiro al suelo y me echo a llorar.
cuchara por crucifijo
viernes, 20 julio 2012. Estoy tumbada en la cama, boca arriba con las manos sobre el pecho y los ojos cerrados. Entre las manos tengo una cuchara de madera, del modo en el que se le colocaría un crucifijo a un muerto. A los pies de la cama están Marcos y Thomas Bernhard. Después de pasar los tres un buen rato callados y e inmóviles, les digo: Tengo hambre. Marcos pregunta: ¿Calabaza o mermelada? Algo naranja, el color naranja lo arregla todo, responde Bernhard.
perder y volver
jueves, 19 julio 2012. Subo la cuesta de Fuente Olletas con una bolsa enorme de deporte. Pesa muchísimo. Delante de mí, un chico arrastra también su bolsa. Cada tantos pasos miramos hacia atrás por si aparece el autobús. Al parecer, si lo perdemos, tendremos que esperar hasta el día siguiente. Por fin estamos en la parada, dejamos las bolsas en el suelo. El bus llega y pasa de largo. El chico y yo nos miramos decepcionados.
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Daniel y yo llegamos a la que fue la casa de mi abuelo. Se supone que ahora es su casa. Subimos la escalera muy despacio. Daniel dice que tengo que contarle muchas cosas. Llevas años de retraso, me dice. Entramos en un dormitorio que parece de niña, con muebles pequeños pintados de blanco. Me abraza. Voy a la cocina, pero no te vayas, dice. No pienso volver a marcharme, le digo.
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