canicas y bellotas

jueves, 29 febrero 2024. Entró en una sala rectangular muy blanca y me pegó al fondo de la pared. Llevo una camisa de fuerza. Al rato llega mi prima Elisa como una camisa igual y se pone a mi izquierda. No decimos nada, esperamos .De repente estamos sentadas al borde de una charca con fondo de piedras, con los pies metidos en el agua. Me parece ver que entre las piedras hay canicas. ¡Hay canicas!, le digo a Elisa. No sé cuál es elegir, me las llevaría todas. Me decido por las que no tienen ningún adorno dentro. Entre las piedras también hay bellotas. Con una mano cojo canicas, con la otra bellotas. También encuentro una bellota de cristal rosa (o una canica con forma de bellota ). Tiene un aro, pienso que podré cuantía al cuello o en un llavero. Le enseño mi botin a Elisa que, no dice nada, solo disfruta del momento de tener los pies en el agua. Es verdad, ¿para qué quiero bellotas?, pienso y las tiro lejos, a la pequeña porción de campo que rodea la charca. Alégrate, le digo a Elisa, de cada bellota saldrá un árbol.

nísperos, casete y volante

miércoles, 28 febrero 2024. La familia la Beira va a dar una fiesta en su casa, pero en realidad es la casa de mi abuela. De repente nos concentramos todos en el pasillo. Isa quiere sacar unos dulces y Javier dice que eran para el postre del día siguiente. No hay manera de convencerlo de que podemos comprar otros, o cortarlos y que sirvan para los dos.
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Le digo a Pablo que voy a grabarle una canción mejicana y un poema leído, a ver qué le parece. Meto una cinta de casete en el ordenador y comienzo a ler. De repente caigo en la cuenta de que podria haberle enviado un audio y un enlace. Me da pena pensar que he borrado, grabando encima, una cinta de Arvo Pärt.
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Se supone que he organizado una reunión de antiguas alumnas en casa de mi abuela, pero en realidad es la casa de Odila. Barro el jardín y amontonto en distintos alcores hojas secas, nísperos caídos y monedas (parecen de chocolate). Llega Elena y se abraza llorando a Stella. Stella dice que si llega a encontrársela por la calle no la hubiera reconocido. Yo las veo exactamente iguales a cuando eran jóvenes.
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Francis conduce con el volante en el lado derecho. Yo voy detrás. Se vuelve todo el tiempo para preguntarme cosas. Le digo a todo que sí por miedo a que nos estrellemos.

moqueta

martes, 27 febrero 2024. le van a hacer un homenaje a Jurdi en un espacio parecido a la Fnac, con moqueta gris en paredes y suelo. El público se va sentando en el suelo o en sillas de tijeras. Cuando llega a Jurdi no lo reconozco, me parece más delgado y más pequeño. Su cara es distinta. ¿De verdad es él?, pregunto a Javi. No está seguro. Si es él de verdad es que ha hecho la cirugia estetica, le digo.

tenderete de lona y tarta de merengue

lunes, 26 febrero 2024. Desde lo alto de un muro de piedra (se parece al puerto de Gijón) Alberto y yo miramos a un grupo que está organizando algo bajo un tenderete de lona. Entre ellos Cristina y Araceli (que no se conocen en la vida real). ¡Hola!, les grito. Cristina me devuelve el saludo con la mano. Con gestos, le digo lo trabajadora de que es Araceli, y ella, también con gestos, me dice que mucho.
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Voy por la calle con un tipo y su hijo. El niño se parece a Pincho, el hijo de Francisco Umbral (anoche vi su documental). El padre del niño lleva una tarta con muchos adornos de merengue en la mano. Camina muy lentamente para que no se le caiga. Con un gesto, le digo que yo me encargo del niño. Vigilo que no se baje de la acera.

canicas

domingo 25 febrero 2024. Bajo unas escaleras que se parecen a las de mi colegio. A los lados hay setos altos. Delante de mí baja un chico que va haciéndole fotos a todo lo que tenemos alrededor (nada, en realidad). En uno de los escalones (casi todo está cubierto de barro) hay una caja de cartón con canicas y broches. Teniendo esto delante, ¿sacas esas fotos?, le digo. Me agacho a coger algo de recuerdo. Elijo dos canicas (una de ellas igual a la que mi padre tenía de niño, con rayas en espiral). El chico me dice que elija un broche y me lo ponga, que quiere retratarme con él. No sé cuál. Ninguno me gusta. Todos son de hojalata. Finalmente me pongo uno pequeño que no sé bien qué simboliza.

catecismo

sábado, 24 febrero 2024. Estoy con una familia muy parecida a la de la serie "El joven Sheldon". Vamos todos a algún sitio (¿la comunión de la niña?). Entro en la parte trasera del coche, pero los asientos de delante están tan echados hacia atrás, que no hay sitio para meter los pies. Le pregunto a la niña si se sabe el catecismo, le digo que yo todavía me acuerdo. y podemos repasarlo durante el viaje.

caídas, gorgoritos y hebras de platano

viernes, 23 febrero 2024. Alberto, Antonio y yo vamos por un sendero muy estrecho. Aparece otro aún más estrecho de tierra mojada a la izquierda. Alberto saca (no sé de dónde un berbiquí enorme, lo clava en la tierra (que es barro) y comienza a darle vueltas. Tened cuidado de no resbalar, digo antes de resbalar. Quedo colgando de una mano del borde del camino que, al ser barro, hace que me escurra. Por más que grito no me ayudan, siguen dándole vueltas al berbiquí.
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Llego a la puerta del que fue mi colegio. Una monja, como cada mañana, me tiende un crucifijo para que lo bese. Se supone que tengo un examen y no quiero llegar tarde. Subo a todo correr una escalera ayudándome con el pasamanos para ir más deprisa (en realidad no hay escaleras ni pasamanos, subo por el aire). Llego a un patio enorme. Me siento en la esquina superior de una grada (también inexistente) a unos cincuenta metros del suelo. La grada se va llenando de niñas. De repente alguien pone flamenco y Pili (una compañera a la que le gustaba más que nada en el mundo Paul McCartney) baja a bailar al patio contiguo. Baila muy bien (el baby de rayas rojas y blancas se le ha convertido en uno banco con lunares rojos). Todas las niñas la siguen y jalean. Yo me quedo pegada a la pared, allá arriba, mirando al vacío. Las niñas tienen el tamaño de hormigas. Temo descolgarme y caer. Intento no moverme. 
Voy por la calle y se me acerca una chica con un carrito de bebé. Vamos a cantar, dice. Yo empiezo. Le digo que jamás he cantado y no voy a empezar ahora. La chica canta tratando de imitar a Ana Belén, haciendo gorgoritos. Lo hace fatal. Así caminamos un rato por la acera mientras va oscureciendo.
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Parece una clase pero los pupitres son mesas de noche (como las que tenían mis padres). Otro chico y yo las limpiamos a conciencia. Mientras hablamos de un alumno nuevo (se supone que es Pablo). Deberíamos llamarle Charly, propone. Le cuento que yo ya lo conocía de antes y que me parece que su abuelo era carlista. Pablo y otro chico llegan a sus pupitres y se sientan. Me da pena que no me haya dado tiempo limpiarlos. Veo como pasan la mano por encima, retirando lo que parecen hebras de plátano.


viagra

miércoles, 21 febrero 2024. Llego a casa de mis padres y oigo una música que viene de la terraza. A través del cristal translúcido veo a unos nuevos vecinos tocando una pieza deliciosa con violín, viola de gamba y zanfona. Me interrumpe un grito de mi padre desde dentro de la casa (protesta porque se le ha caído algo, que estaba tendido, al patio; me extraña porque el grito viene del dormitorio y él jamás ha tendido ropa). En ese momento me doy cuenta de que la terraza está llena de bolsas, mantas sucias, cojines con manchas de humedad... La gata de mi hermana y se cuela por debajo de la mampara translúcida que separa una terraza de otra. No lo llamo para no entorpecer la música. La gata aparece seguida de un gato negro, los dos están erizados y se pelean dando saltos en el aire. Consigo espantar al gato de los nuevos vecinos. Cuando consigo que la gata entre en casa, la veo comiendo algo sobre la mesa. ¿Qué comes, bonita?, le pregunto. Tiene la lengua azul y hay un blíster de viagra sobre la mesa. Intento abrirle la boca. La gata se convierte en una serpiente (la cabeza de la serpiente y la pastilla tienen la misma forma). Cuando vuelve a ser gata, ya se ha tragado la pastilla. Mi hermana aparece recién maquillada, lista para irse de paseo. No sé si decirle que la casa está sucísima y la terraza llena de basura porque sé que no me servirá de nada. No sé si decirle que no cuida de nadie, ni de su gata. Decido simplemente informarla. La gata se ha comido una viagra, le digo. No hace nada, ni pestañea, como si hubiera pulsado su botón de pausa.

cuba, metro y gabardina

martes, 20 febrero 2024. Se supone que compartimos piso con Javi Rodríguez y Manolo Arana. Es hora de acostarse. Ellos salen corriendo para evitar hacer nada. Nos toca cerrar la cancela de la terraza, la puerta y quitar los platos de la cena. Miro a mi alrededor, no reconozco nada que sea mío, ni siquiera los muebles. Una noche deberíamos dejar las puertas abiertas para que entren y roben, igual nos hacían un favor, le digo a Alberto.
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Hago tiempo mientras espero a Alberto. Llevo una cesta rígida (bastante incómoda de transportar), con mis cosas (una especie de bandeja con asa de medio metro que casi llega al suelo). Se supone que estoy en Madrid, porque para volver tengo que tomar el metro Latina. No doy con él, las bocas de metro que voy encontrando tienen nombres rarísimos. Le pido un plano a un vigilante y me da una papel muy fino y húmedo, con un código QR. El móvil no lo acepta. Una chica (que se parece a Virginia) me pregunta si esa línea lleva al centro. Le digo que no sé dónde estoy, que creo que he caminado tanto que me he salido del plano y estoy cerca de Valencia (la chica se ríe, aunque yo lo decía en serio). Vemos a unos chicos algo frikis entrar a un local y decidimos seguirlos. Subimos por una escala metálica que hay adosada a la pared. La fiesta es friki: semisótano sin ventanas, luz enfermiza y solo chicos con gafas y camisas de cuadros abrochadas hasta el cuello. Hay un montón de máquinas de comecocos y cosas así. Intentan ser amables con nosotras, pero resultan torpes. Tengo la sensación de estar en una serie americana. Le digo a la chica que nos vayamos disimuladamente. Cuando estamos en la calle, me doy cuenta de que me he dejado el cesto y la chica su gabardina. Ella dice que prefiere perderla a volver. Vuelvo sola. Rebusco en un armario sin puertas. Los chicos se alegran de verme. Huyo como puedo por la dichosa escala con el cesto y la gabardina de la chica hecha una bola bajo el brazo. Mientras bajo no dejo de sonreír, para que crean que voy a volver y no intenten retenerme.
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Mi tía M y yo vamos a encargar algo a un almacén. Nos reímos del tipo que nos atiende porque le cambia el nombre a las cosas. Por ejemplo, habla por teléfono con alguien y le dice que ya tiene listos los pirreles para los trispillos (rieles para los visillos). Pienso que si trabaja igual que habla... El almacén es un camión que está en alto. Al salir tenemos que lanzarnos a una cuba llena de bolsas (¿de basura?) que hay en un callejón. Al salir entra en chico. ¡Oh, es Dani!, ¿no te acuerdas de él?, dice mi tía. ¡Cómo olvidarlo!, respondo alegremente (es Juke, uno de los personajes de "El asombroso mundo de Gumball"). Dani/Juke nos mira con recelo y nos pregunta de qué lo conocemos. ¡Qué mala memoria tienes, Dani, qué mala memoria!, responde mi tía casi cantando. Una vez en la calle, pienso que Elías y Henry habían quedado para cenar muy cerca de allí, pero no quiero dejar que mi tía vuelva sola a casa.

zapatos de tacón y zapatófono

viernes, 16 febrero 2024. Entro muy decidida a un centro comercial para comprarme unos zapatos de tacón de ante azul. Una vez dentro, me doy cuenta de que ya los llevo puestos. Intento salir, pero hay tanta gente que es imposible encontrar la salida. Me fijo en que el edificio no tiene techo y las escaleras mecánicas no llevan a ninguna parte (si siquiera son escaleras, son cintas transportadoras que dan vueltas).
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Voy con Elisa y Andrés por la calle y tenemos prisa. He arreglado tu zapatófono, dice Andrés. Efectivamente me da un mocasín enorme que es un teléfono (se supone que es mío y estaba roto aunque jamás lo había visto, pero no le digo nada). Dice que le ha cambiado la tarjeta. Que, ahora, si alguien quiere comprármelo por cien euros le diga que no, que no lo venda por menos de trescientos. Le doy las gracias. Al fijarme bien en él, veo es simplemente es un mocasín de hombre con una tarjeta sim en la suela pegada con cinta adhesiva. Llegamos a una iglesia. Este es el sitio, dice Elisa señalando una de las losas del suelo (un suelo de losas blancas de mármol, cada una con un nombre; la que ella señala no tiene ninguno grabado), este y solo este donde quiero que me entierren con mis hijos.

asfalto y dunas

miércoles, 14 febrero 2024. Alberto, Carlos, Dani y yo vamos por la playa. No hablamos de nada en especial. El sol duele en la piel. Alberto dice que tengo el vientre colgante. Me miro, lo tengo completamente liso bajo el bañador. Ya quisieran las más jóvenes tener mi vientre, le digo, ¿o es que no has visto nunca fotos de lo que es un vientre colgante? No responde. La arena de la playa se acaba y comienza una zona de asfalto. Nos queman los pies y damos la vuelta.
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Parece un festival de poesía. Todos me parecen demasiado jóvenes. Van vestidos muy raros o sencillamente disfrazados. No me siento cómoda, todo me parece demasiado caótico. Subo y bajo buscando mi habitación. Me dicen que los horarios y nombres de los que participan cada noche están en la pared. En la pared hay folios mal pegados con nombres escritos a mano con distintas letras (no se entiende nada). Mi nombre no está. Una chica intenta ayudarme. Otra, mayor, vestida de negro, le dije que me deje, que si no me encuentro es mi problema. Dice que me apunte a leer cuando quiera. Le digo que quiero leer con Omar Pimienta. Leyó ayer y ya se ha ido. No sé si creerlo. Me doy cuenta de que se me han olvidado mis libros, que no tengo ningún poema para leer ni me sé ninguno mío de memoria. Salgo del edificio. Camino por unas dunas de arena muy blanca. No sé qué hacer ni dónde ir.

culebra

martes, 13 febrero 2024. Se supone que nos hemos mudado. Es un piso antiguo y bastante destartalado. Todavía quedan algunos muebles, casi todos desvencijados. La terraza da otro bloque que casi se alcanza con la mano. Una vecina ha convertido la terraza en un salón al aire libre, con alfombras y cojines enormes. Intento animarme pensando que yo podría hacer lo mismo. En la terraza que queda justo enfrente, una familia con muchos hijos saluda alegremente. Alberto (que no se parece a Alberto), les dice que están tan cerca que podrá darles clases de terraza a terraza. El falso Alberto tiene el pelo medio pelirrojo y muy rizado. Lleva sobre los hombros varios gatos, y de entre los rizos le aparece una culebra. Miro a mi alrededor, todo está sucio y roto, aparecen más gatos y hasta lagartos. Le digo a Alberto que no puedo ni quiero vivir en esa casa. Dice que el contrato está firmado, que ya está pagada y es imposible echar marcha atrás (me despierto llorando).

piedra tiburón y cajas vacías

lunes, 12 febrero 2024. Estoy sentada en un banco de una plaza. Una chica se sienta a mi lado. Veo pasar a Juan (lleva traje gris y corbata). Se acerca a un parterre, coge una piedra y me la trae sonriente. La piedra es gris y blanca, tiene forma de tetraedro y, según la mires, parece tener cara de tiburón. La chica se asombra de que un desconocido me de una piedra, no sabe que nos conocemos. Juan se aleja. La chica me pregunta si sé de algún trabajo. Le digo que no, pero pienso que quizá Juan necesite alguien que lo ayude en casa. Voy a buscarlo, pero no doy con él. Miro el reloj, son las 14:45h. No sé dónde estoy ni cómo volver a casa.
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ablo por teléfono con mi madre. Me cuenta que está en Estepona y que cuando voy a ir a recogerla. Pienso que ha perdido la cabeza. Mi hermana aparece de repente. Qué bien que hayas venido porque mamá no está bien, le digo. Sin hacerme ningún caso, abre las puertas del armario de mi dormitorio y mete una escoba debajo de la cama para buscar algo. Aparecen cajas. Me pide explicaciones. No sé qué son, pero le voy diciendo: esta es la caja del viaje a Cuba, esta la del viaje a Berlín, esta la de Estambul, esta la caja Nueva York, esta la de Escocia, esta la de Eslovaquia... Según se las voy a enseñando y las voy abriendo y apilando. Todas están vacías. Parece quedarse tranquila. Después mete de nuevo la escoba y salen muñecas viejas despeinadas llenas de polvo. Dice que son suyas y quiere llevárselas. Yo me alegro mucho porque no las había visto nunca y, además, se ha quedado el dormitorio limpio.

un libro de berbab

domingo, 11 febrero 2024. Antonio ha venido de visita (la casa no tiene nada que ver con la nuestra). Es un bajo y nos sentamos junto a una ventana que da a la acera. No hay cortinas, vemos pasar gente y coches, pero no parece importarle (me extraña, porque cuando estaba en su propia casa bajaba las persianas para que nadie pudiera verlo a pesar de vivir en un 13º). Sobre la mesa hay un libro envuelto en papel de regalo. Se lo quito. Hay otro papel de regalo más fino, se transparenta el precio. El libro es muy estrecho y pienso que será difícil leerlo sin que se desencuaderne. Un libro de Bernhard que no tenía, pienso (pero al fijarme mejor veo que es Berbab). No conozco al autor, digo. Te lo envía Marcos, dice. Estás más delgado, digo y él se levanta y me enseña unos vaqueros que se ha comprado y le quedan de maravilla. Le pregunto si quiere una cerveza de abadía (que tanto le gustaban). Ahora solo bebo agua, dice. Mientras voy a la cocina, lo oigo hablar, dice que Doñana se ha inundado. Mientras habla, veo las imágenes de lo que me está contando como si se reflejaran delante de mí en una pantalla de humo. Al abrir el frigorífico (que es muy pequeño y está bajo la encimera, me quedo con la puerta en la mano. No voy a poder darte agua fría, le digo desde la cocina. No responde. Me asomo. No está.
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Mi tía M me cuenta que mi hermana se ha peleado con su amiga. Pienso que quiere contarme que en realidad han sido ellas dos quienes se han peleado, y está allanando el camino de la conversación. Por lo visto ha perdido 80 euros, solo podían estar en un sitio y su amiga dice que en su casa no están. Yo creo que... (y hace un gesto de beber con la mano, dando a entender que lo ha perdido porque estaba borracha). Yo no digo nada. Decido dejarla hablar hasta que se canse.
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Alberto y yo llegamos a un restaurante-librería. Tiene dos puertas. Cuando va a entrar por la del restaurante, le pregunto si no íbamos a comprar libros. Al entrar, se cruza con una señora vestida de Chanel. Le habla muy acaramelada, se contonea, le pasa la mano por el pelo y la cara. A mí ni siquiera me saluda.
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Estoy en la cocina de mis padres haciendo comida para un batallón. Todo el tiempo entra y sale gente, no tengo espacio para nada y la tabla para cortar es muy pequeña. Alberto entra y friega una sartén. La sartén tenía aceite limpio para hacer un sofrito. ¡Dejadme todos en paz!, le grito al pobre que solo había venido a ayudar.

ladrar

jueves, 8 febrero 2024. Elisa y Andrés llegan a casa con muchas cajas. Nadia, su hija, los ayuda. A Elisa se le abre la blusa y veo que se ha tatuado todo el cuerpo. No le digo nada. Andrés desembala una tele enorme. No sé cómo preguntarles si se piensa quedar a vivir en casa. Nadia, como si me leyera mis pensamientos, me dice: no te preocupes por nosotros, hacemos poco ruido, el único problema es que cuando nos peleamos ladramos tres veces.

tren rodapié

miércoles, 7 febrero 2024. Tengo una lectura. Salimos en coche. La carretera es muy estrecha y peligrosa, pero el paisaje es muy bonito. Temo que Alberto se despiste y tengamos un accidente, así que desde el asiento de atrás le digo que mire al frente, que yo le iré contando lo que veo (casas de colores, árboles frondosos). Llegamos a un bar. Está a tope, todo el mundo espera que lo atiendan, pero los camareros una pareja de hermanos (hombre y mujer) no dejan de pelear sin importarles los clientes. Ella incluso llega a pegarle. Se me pasa por la cabeza pasar al otro lado de la barra y servir yo al público, pero me contengo. Suena el teléfono que hay en la pared. Alberto lo coge, dice que es la señora que ha organizado la lectura y que pregunta cuándo llegaremos. Me encojo de hombros. Alberto le dice que todavía nos quedan quince horas de viaje. No estoy segura de si es verdad o lo ha dicho por decir. Desistimos de tomar algo, queremos entrar al servicio, pero el servicio es una especie de reloj de pie en mitad del comedor. Habría que hacerlo delante de todos. Nos vamos. Un chico muy joven y muy rubio corre detrás de nosotros, dice que es muy fan de mis libros y que me ha abierto un teletexto. ¿Un blog?, pregunto. No, una página del teletexto porque a este pueblo no llega internet, dice. Un grupo de adolescentes se acerca, le preguntan al chico rubio si soy famosa. Nos siguen. Les digo que el que tenga el mail más fácil de recordar me lo diga, yo le envío mis textos y esa persona los comparta con los demás. Una chica dice que el suyo es el más fácil, que solo tiene cuatro letras: nata. Muy bien, ya te escribiré. Bajamos una escalera muy empinada hasta llegar al coche. Un chico nos sigue. Dice que prefiere que le escriba a él, que esa chica es tonta. Me dice un mail muy complicado con varios apellidos con jotas y erres. Vamos a hacer una cosa, le digo, ya que te gustan las complicaciones ábrete un gmail con la frase, mellamoiñigomontoyatumatasteamipadrepreparateparamorir. Dice que eso es imposible porque los mails no pueden llevar eñe. El tonto eres tú, pienso. Le damos esquinazo, subimos al coche y bajamos sin quiera desaparcar. Hemos llegado, dice Alberto. Llama a una casa con fachada de madera. Nos abre Jesús Losada y se alegra mucho de vernos. Me sorprende que esté exactamente igual que cuando lo vimos en 2002. Nos enseña el salón de su casa. En vez de rodapié hay un tren de madera dando vueltas. Hay muchas plantas. Entra Jordi Ébole y me pregunta qué me parece la decoración. Le digo que las plantas crasas están muy bien porque se cuidan solas. Sí, son muy inteligentes, responde. Después, ninguno de los cuatro decimos nada, no sabemos de qué hablar. No sé qué hacemos allí perdiendo el tiempo cuando todavía nos quedan quince horas de viaje.

hierbas secas y remolino

lunes, 5 febrero 2024. Parece un país árabe. Veo una escena en la que una familia huye de su casa porque se supone que va a explotar. Una de las niñas intenta empujar el coche que tienen aparcado en la puerta para no perderlo. la familia de grita que lo deje. Finalmente la familia se acerca a ayudarla, pero tanto la casa como el coche explotan. Me alejo por una calle donde algunas personas venden lo poco que tienen. Pasan hombres armados. Una chica rubia y jipi, claramente extranjera, vende unas hierbas secas. Me extraña que nadie le diga nada porque lleva la melena al descubierto. Yo camino lentamente para no llamar la atención porque no sé si llevo el pelo cubierto y no me atrevo a tocármelo ni a hacer ningún movimiento. No sé de qué parte estoy, de los que llevan armas o de los que venden atemorizados. Simplemente me alejo del lugar caminando muy lentamente mientras me pregunto si sería capaz de hacerme pasar por unos u otros para sobrevivir.
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Estoy en un supermercado con muy poca luz. La señora que está comprando se demora en elegir cada pieza de fruta, le pregunta algo absurdo a la dependienta por cada cosa que compra. Se va formando una cola. Otras señoras se ponen delante de mí. Les digo que yo soy la siguiente. Nadie me hace caso. Me voy sin comprar nada. Estoy muy cansada y entro en el primer portal que veo. Es una peluquería, también, con muy poca luz. No quiero hacerme nada, pero me siento a mirar revistas mientras las peluqueras atienden a unas y a otras. En una mesa llena de polvo hay revistas y vinilos muy antiguos. Les soplo el polvo, intento ordenarlos pero se caen al suelo. nadie me presta atención. Una abuela le da la merienda a su nieto. El nieto dice algo sobre la edad de la abuela y me meto en la conversación. Intento presumir de la mía esperando que, al decir que voy a cumplir 60, me digan lo bien que estoy. La abuela se sorprende como yo esperaba. Solo sois dos viejas, dice el niño sin dejar de masticar. Una de las peluqueras se acerca, dice que me toca. Me da vergüenza decirle que solo entré a descansar. Le digo que no tenga en cuenta los trasquilones que tengo por detrás, que me sobraba un mechón y me lo corté yo misma. Toda la peluquería se queda en silencio, me miran como si hubiera dicho que he matado a alguien. Es que tengo un remolino y se me va el pelo de la nuca hacia la izquierda, les explico asustada.

trenzas de pasas

viernes, 2 febrero 2024. Estamos en una especie de hotel de madera enorme. Nos sirven el desayuno en bandejas de varios pisos. Mi abuela que también está por allí, quiere que le pase unas trenzas de pasas. Dejo que los demás elijan primero y cuando voy a comer ya no queda nada. Delante de mí están sentados Emilio, Francis y Javi (me extraña que los tres lleven perilla). Me ríen todas las gracias, (quizá exageradamente, pero me da igual porque me gusta hacerlos reír). De repente todos se levantan y van a sus habitaciones a recoger sus cosas. El hotel es un auténtico laberinto, no doy con mi habitación. Donde se suponía que estaba ahora hay unas duchas comunales y están ocupadas. Le pregunto a Alberto si sabe dónde están mis cosas, pero está charlando con unas chicas jóvenes y me aparta con la mano. Por más que busco no doy con mis cosas. Un chico intenta ayudarme, me consuela, pero me dice que el hotel ya ha cerrado y lo que se haya quedado dentro lo dé por perdido. Me acurruco en el suelo a llorar. Esperaba que el chico me abrazara o saltara la verja para buscar mis cosas, pero me dos palmaditas en la espalda y se va.

la alegría de caer

jueves, 1 febrero 2024. Salón de actos. Veo a Ferran en una de las primeras filas. Me alegro tanto de verlo que corro hacia él saltando sobre las butacas. Cuando por fin lo tengo delante nos abrazamos y nos caemos al suelo muertos de risa.