Mostrando entradas con la etiqueta óscar jordán. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta óscar jordán. Mostrar todas las entradas

a bolsazos

martes, 24 octubre 2023. Voy con mi madre por calle Granada. A la izquierda hay un callejón muy largo y oscuro. Vamos, dice. Le grito que no entre. Cuando llega a la altura de unos tipos que hay sentados en el suelo les pega con el bolso. Los ipos se levantan y la persiguen. Consigo convencerlos de que la dejen en paz, que es muy mayor y no sabe lo que hace.
+
Hablo con un chico rubio muy joven que lleva el pelo muy corto (se supone que es Óscar, pero no e parece en nada). ¿No te acuerdas de mí?, le pregunto. No se acuerda. No comprendo que yo haya envejecido y él no.
+
Una chica entrevista a una pareja muy joven. Ella se parece a Lady Gaga y él a Justin Timberlake. Mientras prepara las preguntas, ellos se besan en la acera. No sé qué preguntarles, pregúntales tú que se gustan los pronombres personales, me dice la periodista al borde de las lágrimas. Yo llevo un pastillero en la mano. Él me pregunta qué llevo dentro. Pronombres personales, respondo.Pone cara de no tener ni idea. Pienso que los actores de ahora no saben nada.
+
Mi suegra sale al descansillo a despedir a un tipo algo estrafalario. Dos niñas aprovechan yescapan al ver la puerta abierta. Mi suegra, con una mirda, me dice que las meta dentro. Las barro con una escoba. Las niñas llevan camisetas de tirantes de hombre y un collar de perlas cada una. Pienso si serán buenos o de juguete. Voy a mi cuarto y miro en los cajones. Nada. El tipo estrafalario vuelve a entrar y pregunta por los pantalones que me compré. Quiere vérmelos puestos. Sostengo los pantalones delante de mí y los miro detenidamente. Son horribles, parecen de payaso (hechos con varias telas llamativas distintas: de flores, de cuadros...). ¿Cómo pude comprarme esto? Le pregunto al tipo.

patatas fritas y nubes

lunes, 13 octubre 2008. Alberto y yo acabamos de despertarnos, salimos a la terraza a desayunar, hace un día precioso. Nada más sentarnos, aparece su madre con dos escobas, una en cada mano, y nos dice que no perdamos el tiempo.
+
En una clase con los alumnos sentados en círculo, leemos la Biblia. Yo voy cambiándome de silla para que no me toque leer. Tengo una carpeta llena de deberes que tampoco quiero hacer. Pienso que llamaré a Óscar para que me ayude a terminarlos. Me escapo de clase. Abajo está Rosamari, una niña del colegio a la que no veo hace años, vestida a ratos de enfermera ratos de princesa. El instituto también es a ratos un hospital. Oímos gritos, Rosamari dice que otra vez han matado a alguien, que eso pasa todos los días. Lo dice con absoluta tranquilidad. Mientras dobla sábanas. Tu hermana te está esperando abajo, dice. Mi hermana y Hero, su marido, están en un banco comiendo patatas fritas y nubes. Siento cierto asco al pensar en esa mezcla en sus bocas. Les digo que tengo mucha prisa y salgo a la calle corriendo. De repente estoy en un coche con Javi Rodríguez. No usa las manos para conducir, va recostado en el asiento con los ojos cerrados. A los lados de la carretera hay precipicios. No te preocupes, me dice Óscar desde el asiento de atrás, es un coche automático y en cuanto lleguemos al pantano, te salvo.
+
Centro comercial que a la vez es hospital. Nos encontramos a Javier, Isa y Juan Cabezas en la cafetería. También han ido a visitar a alguien. Javier dice que estoy muy guapa, y yo le digo que está mucho más joven ahora que vuelve a tener pelo. Alberto se ríe de que nos digamos cosas bonitas. Saco del bolso unas fotos en blanco y negro, que al enseñárselas se hacen más largas y toman movimiento. Isa se las quita de las manos y dice que no quiere que las veamos porque en ellas sale con el pelo lacio y está muy fea. Se me ha olvidado a qué enfermo venía a visitar, le digo. Todos se ríen.

celofán

sábado 4, octubre 2008. Una chica muy guapa con un vestido de celofán rojo me presenta desde el estrado. Yo, desde la sala, le hago señas de que no quiero subir a leer. Dice que de todos modos tengo que cambiarme de zapatos para la cena. Me quito los verdes y me pongo unos rojos que ella misma me entrega. Le hago una señal a Óscar para que me saque de allí. Salimos de la sala y caminamos muy juntos, yo bajo su parka, para que nadie note nada. Una vez en la calle le digo que no puede seguir tan triste. La chica de celofán aparece al final de la calle. Óscar me empuja hacia un portal y finge que me besa para taparme y que la chica no me vea.

fajas enterizas y gambas congeladas

sábado, 7 junio 2008. Carmen y Enrique han alquilado una casa enorme en Málaga. Cuando nos la enseñan, les digo que la distribución es igual a la de la casa de mi abuela, incluso el suelo es idéntico. Al fondo del pasillo hay una puerta que da al campo. Enrique dice que es un paisaje inspirador. Las construcciones nos son romanas, son réplicas, le digo. Carmen me enseña un cuarto donde ha tendido toda su ropa interior, sobre todo fajas enterizas. Ahora es toda color carne porque una madre no debe llevar ropa demasiado sexi, dice.
+
Mi madre mi hermana y yo estamos en la parada del bus del aeropuerto. Mi hermana se ha encontrado en el suelo una muñeca rota y despeinada. Quiere que la retrate con ella y se apoya en el muro de una casa. Caemos dentro. María del Mar, la amiga de Óscar, me dice que el armario está lleno y que podemos llevarnos lo que queramos. Hay neceseres y artículos de baño, sobre todo. En el fondo, hay cajas de gambas congeladas, cuanto más al fondo, más grandes. María del Mar dice que piensa llevárselas todas. Mi hermana dice que irá por una bolsa para las gambas. No le digo nada, pero pienso que ene el avión no nos van a dejar llevarlas.

la masa y viajes en el tiempo

miércoles, 13 febrero 08. Alberto me acompaña al semáforo de Correos. He quedado con Óscar, pero no llega. No podemos aparcar ni parar porque hay mucho tráfico, así que volvemos a casa. Llamo a Óscar por teléfono y está dormido. Dice que no habíamos quedado y que además es muy temprano. Sólo son las diez, dice. Voy a buscar a Caína a su casa, pero no ha nadie. Vuelvo, y en el portal hay varias vecinas con carros de la compra llenos intentando subir las escaleras. Las ayudo a pesar de mi dolor de espalda. Cuando llegan al rellano del ascensor, cierran la puerta y ni siquiera me dan las gracias. Miro el buzón y hay unos cuantos sobre pequeños con dibujos. Algunos están hechos de papel tan fino, que debo poner sumo cuidado al tocarlos porque se deshacen.
+
Caína y yo estamos en un bar. Ha traído a dos chicos que no conozco y, aunque es un bar de copas, no hacen más que pedir comida. Al fondo del bar, pegado a la pared, veo a Óscar. Cuando me ve, se acerca y se sienta junto a Caína. Me dice que estoy muy flaca y que debería comer más. Enséñale, le dice Caína. Óscar se quita la camiseta y su cuerpo parece el de la masa. Me quiero ir de allí, pero no digo nada.
+
Tengo un armario que uso como nave de transporte. Acabo de llegar a casa de mis padres y traigo regalos para todos. A mis tías y a mis padres, fotos antiguas de sus antepasados. A mi hermana una colección de álbumes que perdió y un cómic dedicado por el autor. No les hace ningún aprecio e intenta meterse en el armario cuando yo aún no he salido. Le digo que sólo admite una persona y si intentamos estar las dos se romperá para siempre. Insiste. Tengo que empujarla. Finalmente, decido salir del armario, llenar mi bolsa de viaje con varias fotos, unos libros y algo de ropa y marcharme. Ahí te dejo el armario, le digo con una tristeza enorme. Ya no lo quiero, ahora quiero la ropa que llevas en la bolsa, dice.

mi familia y otros animales

viernes, 1 febrero 08. Subo calle Fernando el Católico con Óscar. Dice que Amador tiene ocho hermanos, y él otros ocho. Mi sorpresa es enorme.
+
La casa de mi prima Elisa está llena de animales. Hay dos perros, varios gatos, un montón de hámsters y dos conejos grises. Hay que tener cuidado al andar para no pisarlos. En el suelo hay paja y cáscaras de frutos secos. Darío, que tiene dos años, se me agarra al cuello llorando. Dice que uno de los conejos ha escapado. No, está debajo de aquel mueble, le digo. Darío me da muchos besos. En la cocina, mi madre prepara el almuerzo. Cristina, mi otra prima, nos da instrucciones de cómo preparar la comida de Darío desde el techo, colgada como un murciélago. Si te rompes la cabeza no pienso barrerla, le digo. Mi hermana me pregunta si le traje cuello de mi último viaje. ¿Cuello? Se te olvida todo, me dice. Una chica da dos golpes en una de las paredes y se abre una trampilla. Por aquí se supe al piso secreto, dice. El otro piso está decorado con muebles lacados y cortinas transparentes en colores oscuros. Sobre una mesa hay todo un banquete. Todo lleva mayonesa, así que habrá que tirarlo, dice la chica.
+
Alberto está en un descapotable muy viejo hablando por teléfono. El coche está dentro del jardín de una casa. Mientras me despido de mi madre, Alberto me hace una seña para recoja dos cartas que hay en el suelo, bajo el buzón, pero sólo son sobres vacíos. Desde la puerta del jardín oigo la voz de Juanjo a través del móvil: Una chica muy alta ha venido a verle.
+
En el hall de un cine le cuento a una niña, que hay una sesión en la que sólo se puede entrar en pijama. La niña lleva una cámara digital impresionante.

beckett y la mujer del oso

viernes, 4 enero 08. Estoy con Óscar en una librería. Las paredes son de cristal y dan a una biblioteca de varios pisos. Le digo que me recuerda a una biblioteca que visité en Buenos Aires, y que lo que más me gustaría en ese momento sería estar allí, tomando un café, en la cafetería de la biblioteca. Me mira sorprendido y me señala con la mirada que es ahí donde estamos. Me fijo en los estudiantes que nos rodean y, efectivamente, tienen acento argentino. Debajo del mostrador descubro algunos ejemplares de un libro descatalogado de Beckett. Aunque yo ya lo tengo, compro dos: uno para Óscar y otro para Juan. Cuando voy a enseñárselos, Óscar ha desaparecido. (Todo este sueño transcurre en blanco y negro).
+
Una chica hace performances en su casa, con aceitunas, cables y platos rotos. Por la ropa que lleva parecen los años veinte, y yo, desde donde miro, pienso que es una adelantada a su tiempo. Aunque sólo soy observadora, intervengo en algunas cosas, por ejemplo, si se ha dejado las aceitunas sobre la tapa del váter, las devuelvo a su sitio y apago la luz del cuarto de baño. También intervengo cuando descubro a la chica enterrada en nieve bajo un árbol. Aparto la nieve y descubro que tiene todo el cuerpo ensartado en flechas. No hay sangre, no se queja. Llamo a gritos a otra chica que pasa por allí. La chica se acerca y le arranca una a una todas las flechas. Después cubre las heridas con hojas secas y, muy dulcemente, le dice que no debería dormir a la intemperie sino buscarse, como hizo ella, un buen oso que la cuidara.