Mostrando entradas con la etiqueta Míchel Noguera. Mostrar todas las entradas
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collage

viernes, 23 enero 2026. Estoy con un grupo en la terraza de un bar (no conozco a nadie). Aparece una señora de mi edad y se sienta. Sonríe con el gesto de quien quiere que se le pregunte algo. Como nadie pregunta nada, abre los brazos y dice que está embarazada. Se toca la tripa satisfecha. No entiendo nada. Bien miente, bien es joven y parece de mi edad. De repente estamos en un comedor. Cenamos en una mesa larga de madera muy rústica. Sonia está a mi lado y Míchel frente a mí. Me levanto al servicio. En una habitación contigua hay unos collages muy bonitos con frases ingeniosas listas para enmarcar. Vuelvo a la mesa, le digo a Míchel que me encanta su nuevo trabajo, que será un éxito seguro. Sonia se enfada muchísimo, dice que no tenía derecho a mirar nada.

nísperos y cuatrillizos

viernes, 19 diciembre 2026. Acompaño a Cumpián, ha quedado para comer con su familia. Veo un árbol y le digo: ¡Mira que nísperos más grandes! Se ríe a carcajadas, son naranjas. Dice que los nísperos le gustan si se los dan ya preparados, que son un incordio a la hora de pelarlos porque la piel de las semillas deja la boca áspera. Llegamos a una tasca muy acogedora donde ha quedado con su familia. Ami dice que me quede, pero mis padres me están esperando. Uno de sus hermanos, al otro extremo de la mesa, la bendice. Cumpián pone mala cara. Le digo que son tantos hermanos que es normal que hayan salido tan dispares. Cuando llegó a casa de mis padres ya están esperándome para comer en la terraza. La terraza no tiene el cristal que la separa de la de los vecinos. Los vecinos ya están comiendo y no son otros que Cumpián y su familia. Ami pone una lona entre las dos terrazas. Para que tengáis intimidad, dice. Mientras mi familia come, le echo un vistazo a un libro que voy a regalarle a mi sobrino Abel. El libro de las maravillas. Es de segunda mano y hay anotaciones de su antiguo dueño. En la última página hay un sobre con llaveros, muñecos y pegatinas. Dudos si comprarle otro a mi sobrino Darío, aunque creo que ya es mayor libros así.
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Salgo de un coche que va hasta arriba de pasajeros. Le dijo Alberto que no se olvide de rellenarme la botella de agua para la excursión. Dice que tenga cuidado, que parece que va a llover. En ese momento se pone a llover, saco mi sombrero de agua de la mochila y me lo pongo. Por la calle todo el mundo me mira y yo me siento muy orgullosa de ser tan precavida. Llegó a una plaza que tiene un desnivel de unos diez metros. Dudo si saltar. Le pregunto a un grupo de chicas cómo se llega al otro lado. Dicen que hay que rodear la plaza a través de una galería, que dentro hay un hotel y cafeterías preciosas, que si quiero desayunar con ellas estoy invitada. Me encantaría, pero tengo que llegar pronto a casa de mis padres y cambiarme de ropa porque he quedado para ir El chorro con mis amigos. Al salir, veo una cafetería enorme con decoración años 20. Pienso que quizás sea la cafetería que me recomendó Perkins. Solo hay una chica tomando té con pastas. Sela ve relajada y feliz. En un rincón hay un camarero exquisitamente uniformado, pendiente por si ella necesitara algo. Siento cierta envidia porque sé que yo no sería capaz de estar sola en un sitio así, entreteniendo a un camarero solo para mí. Al salir de nuevo a la calle, ha dejado de llover. Pienso que no sé qué ropa me pondré para la excursión. Si me pongo vaqueros pareceré una aficionada y si me pongo ropa de senderista pasaré 
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Sonia hace las tareas de la casa. Me cuenta que está contentísima de haber tenido cuatrillizos, que así no tiene que quedarse embarazada de nuevo. Le digo que sí , que ha tenido mucha suerte. El primero un niño, la segunda una niña, el tercero gay y el cuarto lo que él/ella decida. Lo raro es que quien está en la cama, descansando del parto, es Míchel.

bebida verde

sábado, 30 agosto 2025. El corte inglés ha organizado una semana de la moda. Solo pueden asistir diez personas. Sonia y yo logramos entrar. Nos meten en una habitación pequeña y en penumbra con sofás alrededor. Los hay de dos y tres plazas. Entramos a trompicones, Sonia se sienta en uno de dos y yo en uno de tres. Alguien nos da una bebida a cada una. A mí me toca un vaso alto de cerveza (casi de un metro), pero tiene agua. A Sonia le dan un vaso bajo y ancho con un líquido verde. Me hace señas desde lejos, como diciendo: qué asco. Nos reímos. De repente alguien dice que me toca. Hay dos puertas con dos funcionarios para renovar el carnet de conducir. Me dicen que elija bien, que como me toque el malo no me lo da. Entro en el de la derecha. Es un señor mayor muy afable (me recuerda a mi profesor de Derecho Civil). Me pregunta si me han advertido de algo, que hay gente muy supersticiosa que cree que si le toca él  es un hueso, o que hay que entrar con el pie derecho en su oficina. Nos reímos. Me renueva el carnet sin preguntar nada ni hacerme ninguna prueba. Una chica entra y le pregunta donde está nosequé cosa. Los tres nos agachamos a mirar por debajo de todos los muebles sin saber bien qué buscamos.
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Elisa ha organizado una cena para darme una sorpresa. Es una especie de entreplanta abierta con más de cien mesas. Todas están preparadas con manteles blancos y muchas copas.Todas están vacías menos una, en la que está Francis. No va a venir nadie, le dijo. Veo a mi madre a lo lejos, a la sombra de un árbol. Le digo que se acerque para hacer una foto de grupo, pero se limita a saludar con la mano sin cruzar la calle.
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Se supone que estoy en casa de Sonia. Es una casa enorme y destartalada tipo años 70. Está en la cocina preparando la cena. Dice que ha tenido una gran idea. Le digo que ya sé cuál, que lo soñé esa misma noche. Vas a incluir poemas en tu novela, le digo. Eso es, dice y se ríe. La veo muy feliz. Sobre la mesa del salon hay una libreta negra que, se supone, regalé a Míchel. Al pasar las paginas, algunas estan escritas, en otras hay fotos de revistas pegadas y en otras hasta se ven películas. Me alegra que le hayas dado buen uso, le digo. Dice que no es nada y que no me fije en su letra, que es muy fea. Nos reímos. Cuando salgo al jardín veo a mi madre en una silla de playa. Parece tranquila y feliz. De repente, de debajo de la manguera salen unas serpientes sin cuerpo, solo las cabezas, y se le acercan. Las espanto con las manos a pesar del asco que me dan.

rodillo de gomaespuma

miércoles, 4 junio 2025. Estoy con Sonia y Míchel en la Alcazaba, pasamos de un jardín a otro. Míchel dice que tiene que cortarse el pelo. En uno de los jardines hay una peluquería al aire libre.Le digo que podíamos aprovechar para cortárnoslo nosotras también.  Sonia encuentra una butaca libre y se sienta. Dice que busquemos otra más barata fuera, y si la encontramos la avisemos. De repente voy con la silla entre los coches. Aparece un camión enorme. Como no puedo esquivarlo, hago como en la playa cuando viene una ola grande, dejó que me pase por encima. Lo noto sobre mí como un rodillo de goma espuma. Cuando pasa sigo mi camino. Veo a Míchel que baja la calle. Dice que he encontrado una peluquería estupenda y que va a recoger a Sonia.

nido

viernes, 16 mayo 2025. A ratos parece un restaurante a ratos una playa improvisada junto a un pantano donde ha bajado el nivel del agua. Hay una familia descansando bajo una sábana atada a cuatro cañas. Llama la atención, eso tan rústico, con ropa blanca y elegante, las señoras parecen sacadas de un cuadro de Sorolla. Me invitan a sentarme con ellas. Le digo que me salen manchas en la piel. Unas niñas dicen que es bonito estar morena. Les digo que hay quien se pone morena y a quién le salen manchas. Hablamos de banalidades, pero se está bien. De repente de nuevo en el restaurante, un camarero le da un puntapié a un perro pequeño. Le pregunto a la dueña si lo ha visto. Me explica que no pueden echarlo, que tiene un contrato de por vida. De repente de nuevo con las hijas de las señoras de blanco haciendo montones de arena que parecen termiteros.
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Hay un espejo antiguo junto a la puerta de una casa. Delante están Sonia y Míchel. Van vestidos con ropa oscura de paño y están muy serios, parecen el matrimonio Curie. Intento hacerles una foto, pero aparecen reflejadas unas chicas muy modernas que están sentadas en una escalinata (llevan chándal fluorescente y chaquetones furry en rosa chicle y naranja). Imposible, les digo. Se abre la puerta. Aparece Miguel Ángel en batín, nos invita a pasar. Nos explica que su madre está cambiando toda la casa (el espejo era suyo; no entiendo que lo tiren, es precioso y antiguo). Donde estaba la cocina ahora hay un espacio enorme vacío. En una habitación muy pequeña, que quizá usaban para la plancha, ha montado una mesa para jugar al risk. Le digo que podría montarla en la nueva cocina, en el suelo, y podría hacer batallas de verdad. ¡Claro, qué buena idea!, dice pero no mueve nada. Nos enseña un salón sin ganas (no parece muy conforme con los cambios de su madre). Casi piso a un pájaro pequeño y muy rojo. Dice que su madre los tiene sueltos por la casa, que tengamos cuidado. Intento hacerle una foto, pero no se deja. Llegamos a un dormitorio con una cama enorme. Allí están sus hermanos y otros amigos. Hoy jugaremos desde la cama, dice. ¿Sois cinco hermanos y una hermana, no? ¡Cómo te acuerdas!, dice (todo lo dice con  exclamaciones; creo que exagera; en la vida real no es así ni tiene cinco hermanos). ¡Mi hermana es idéntica a ti, tiene muchas ganas de conocerte!, dice. Llega su hermana. Es idéntica a él, con los ojos igual de azules, pero con el pelo oscuro. Todos se meten en la cama para empezar a jugar. Todos llevan papel y boli. Les digo que prefiero jugar fuera, en una silla. Jugamos por grupos. Tenemos que dibujar algo y que el otro grupo lo adivine. Dibujo la cabeza de un viejo con unos puntitos cerca de la nariz. No lo acertarán nunca, le digo a la hermana (que es de mi equipo). Me fijo que en un rincón, a un metro del suelo hay un nido. ¡De ahí salen los pájaros rojos!, dice Miguel Ángel. De repente veo lo tarde que es, debo volver a casa. Miguel Ángel llama a un taxi. Aparece un coche antiguo negro (parece el coche de un gánster). ¡Llévela!, dice. Me despido con la mano pensando que no creo que vuelva. Llego a la casa de mi bisabuela en Estepona. Desde la calle puedo ver el piso de arriba porque las ventanas están abiertas. Me extraña verlas a todas, incluso a mi bisabuela, porque ya murieron todas. Salgo directamente del taxi por una escala metálica que apoya en la fachada. Detrás de mí sube alguien. Es mi tía Pepa (que también murió). Espera, le digo, será mejor que yo suba detrás de ti por si te caes.

santa rota

jueves, 1 mayo 2025. Estamos en una tienda de juguetes. La dependienta nos enseña un tablero en el que pones un poco de pintura y al pasar el pincel suena la música de la película que elijas. Una señora dice que quiere para su nieto la banda sonora de Harry Potter. Pasa el pincel con mucha agilidad y las notas van sonando al ritmo de cada pincelada. La señora compra el juego contentísima. La dependienta le dice a Alberto que pruebe. Suena la música de Barry Lyndon. Cuando la dependienta desaparece para envolver el regalo de la señora pruebo pasar el pincel, pero no suena nada. Pienso que es un truco, que cuando está la dependienta delante le dará a un botón.
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Estoy sentada frente a la tele y alguien me da una figura de Santa Rita como si se tratara de un bebé. Se me cae, se rompe en varios pedazos, la recompongo.
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Un grupo de amigos quiere ir a comer caracoles. Para eso cogemos un ascensor que nos deja en lo alto de un monte. Después empezamos a bajar por terraplenes. Bajan con mucha facilidad, como si esquiaran. A mí se me cruzan un montón de gallinas. Aparece un perro. Las va matando a todas a bocados. Grito desde arriba que no puedo seguir. Alberto intenta subir para ayudarme. Le digo que no suba, que hay un perro rabioso. Veo un túnel. A la entrada hay una bobina de hilo rojo. Lo sigo para no perderme, pero dentro del túnel hay un montón de gente atrapada, liada como si fueran capullos de seda en otros hilos de otros colores. Los separo y ayudo a salir uno a uno. Cuando por fin llego el restaurante está cerrado. Me alegro porque jamás comería caracoles.
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Vuelvo a estar sentada frente a la tele y vuelven a darme la figura de la misma santa. Se vuelve a caer, se me vuelve a romper. Está vez está tan rota que será imposible recomponerla. (Me despierta una jaqueca explosiva).

albornoz amarillo

domingo, 13 abril 2025. Estoy arreglándome para salir. El cuarto de mi hermana está manga por hombro, no encuentro nada. Busco mi antiguo albornoz y está hecho una bola entre los zapatos. Como tengo prisa me pongo el primer jersey que veo, uno rojo muy ancho que no es mío. Alberto, Sonia y Míchel me esperan. Se ponen a andar muy rápido, no puedo seguirlos. Todo se vuelve negro, como si me hubiera quedado completamente ciega. Camino a tientas. Les grito para que paren. Nada. Pienso que ellos sí podrán verme gracias al jersey rojo. Recupero la vista. Un acantilado y abajo una playa enorme de arena dorada. Veo a Alberto que sigue avanzando. Sonia se vuelve, me hace señas con la mano para que los siga. No sé por dónde bajar.
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Alberto y yo vamos en coche por una ciudad que no conocemos. Las calles son de adoquines y todavía están húmedas por la lluvia. Paramos un momento sobre una acera en curva para orientarnos. Menos mal que nunca hemos atropellado a nadie, pienso y en ese momento un niño en bicicleta se estrella contra nosotros. Iba despacio, podría habernos esquivado, pero lo ha hecho a propósito. Te tira sobre el capó, hace grandes aspavientos. Demasiado teatro, pienso. Pero la gente que pasa por la calle lo cree y nos culpa. Le digo a Alberto que no salga del coche, que yo lo arreglo. Hablo con ellos tratos de convencerlos de que el niño está bien. El niño ríe cuando no lo mira nadie. ¡Se está tiendo!, les digo. Una camarera rubia con pelo frito le dice a Alberto que tiene que pagar por estacionar sobre la acera. Alberto le da su tarjeta de crédito. ¡Qué haces!, le digo y corro tras ella. La chica ni siquiera trabajaba en el bar. Doy con ella escondida en una pizzería. Solo tengo que mirarla con ira para que me devuelva la tarjeta, pero está rota. Corro de nuevo hacia el coche pero ya no está. Intento llamar a Alberto pero nunca he conseguido aprenderme su número. Aparece con un señor, se supone que su abogado. Estoy va a ser fácil, dice el supuesto abogado, que de repente se transforma en Crespo-Massieu, me toma del brazo y dice que tenemos que hablar de Pedro Salinas.

algeciras

miércoles, 12 marzo 2025. Entramos con Sonia y Míchel a un bar. Me da la impresión de que están cerrando, pero no digo nada. Atravesamos un salón, pero no hay nadie ni hay salida. Volvemos a la terraza donde un camarero saca brillo a los vasos con un paño de cuadros rojos y blancos. Otro tipo se lía un cigarrillo. No me gusta nada, todo está sucio o roto. En otra terraza reconozco a Enrique (un compañero de la facultad al que no veo desde hace años). ¡Henry!, le digo y abro los brazos. Se vuelve, se alegra mucho de verme pero no se levanta (pienso que quizá en estos años haya tenido un accidente y esté en silla de ruedas, pero no digo nada). Le pide a Alberto que nos haga una foto para enviársela a Elías (otro compañero de Económicas). Henry vive en Algeciras, le digo muy contenta a Alberto, como si eso fuera lo mejor del mundo.

regalos y huevos de mármol

miércoles, 12 febrero 2025. Es el cumpleaños de Pateta, están en el cine y los espero fuera. También a los demás, que han ido a comprar el regalo. Lo trae Blanco, Navarrete y Pacho. Veo que ya se lo han dedicado. Le han dejado el precio y se ven varias pegatinas (una sobre otra) desde su precio original hasta la última naranja fluorescente que pone 5 euros. No pudo quitarla porque alguien ha escrito la mitad de la dedicatoria sobre ella. No sé qué hacer. Envuelvo como puedo porque el papel de regalo que han traído es pequeño y está usado. Cuando por fin Laura y pateta salen del cine, dicen que no les ha gustado nada la película. Era La insoportable levedad del ser. Es justo el libro que le han comprado.
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Estamos en un monte y tenemos que bajar a la ciudad. Hay un camino pero queda un poco lejos. Michel dice que podemos ir campo a través. Sonia dice que es muy peligroso. Michel baja en un pispás y lo sigo. Hay muchas agujas de pino que me hacen resbalar. Bajo algunos árboles hay nidos con huevos enormes que parecen de mármol. No sé cómo han bajado los demás, pero una vez abajo buscamos un sitio para cenar. Entramos en un local donde sirven comida para vagabundos (hay que pasar por el servicio; hay dos tipos sentados en sendas tazas de váter y ni se inmutan). Michel pregunta si nos darían de cenar. Nos enseñan una carta enorme. El postre es una barra de helado para cada uno. Michel se ofende muchísimo y nos vamos. Al salir, las calles están desiertas y a oscuras. Sobre un tejado hay unos cien gatos negros iguales, sentados, muy quietos. Uno hace ademán de levantarse y los demás de seguirle. Levanto el brazo y le digo que se siente, que después iré a ponerles de comer. Los gatos vuelven a su sitio. Vamos por las calles buscando algo abierto. Le digo a Alberto que me alegro de que las calles (empedradas) estén tan limpias porque voy descalza (a pesar de que hace mucho frío; los demás, Marcos y Javi, llevan abrigo). Se supone que no me puse zapatos para que no me doliera la cadera. (Me despierta un tremendo dolor en la cadera izquierda).

márgenes

sábado, 28 septiembre 2024. Voy por la calle con Chivite, dos chicas y un señor mayor. El señor mayor nos da conversacion, nos pregunta dónde vivimos y cuántos poetas viven en nuestro barrio. Como la conversación me aburre les propongo echar una carrera hasta el bar más cercano. Más que correr casi vuelo y llego la primera. El señor mayor se encarga de pedir las bebidas y las tapas. Desde el otro extremo de la mesa veo charlar animadamente a Chivite con las dos chicas. Después se acerca a mí, me da un libro en el que ha escrito notas en los márgenes. El señor mayor no para de hablar, no me deja leer. Con tono muy dulce le digo que no me interesa absolutamente nada lo que me está contando, que por favor se calle. Le doy un beso en la frente y sigo leyendo el libro de Chivite.
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Voy en el asiento trasero de un coche. Delante llevo un portátil donde suenan canciones de The Kinks a todo volumen. Intento bajarlo. Sonia, que va de copiloto, se vuelve y dice que es imposible, que su cuñado los engañó y les vendió un ordenador roto. Míchel, que va conduciendo, al volverse para decir algo, se sale de la calzada y se mete en unos jardines del paseo de los curas.

kiosco burrito y perro cerdito

lunes, 10 junio 2024. Estoy en un bar con Alberto y mi tía M. Alberto ha entrado a una parte del bar que tiene tele para ver un partido de fútbol. Mi tía quiere hacerle fotos a todo porque todo, dice, es muy pintoresco. El bar es tirando a cutre, se nota que no le han hecho ninguna reforma en cincuenta años. ¿Qué van a tomar?, pregunta el camarero. Mi tía pide dos cervezas. Me extraño. Señala con el mentón la calle y veo a mi madre en la otra acera, comprando algo en un kiosco. El kiosco también es muy pintoresco. Los lleva una familia china con varias hijas. Las niñas llevan ropa de colores. Mi tía dice que les haga una foto. Todos posan, incluida mi madre, pero la cámara (analógica) tiene un visor muy pequeño que no me deja encuadrar nada. El camarero pregunta qué tomaré yo. No sé qué pedir. Miro la hora, todavía son las once de la mañana, no sé cómo mi tía ha pedido cervezas (no beben alcohol y además es muy temprano). Por pedir algo le pido un polo Drácula. El camarero dice que entonces la tapa no pega y vacía el plato en el suelo. Mientras tanto, mi madre y mi tía se han subido al kiosco como si fuera un burrito del parque e insisten en que les haga más fotos.
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Vamos en coche a toda velocidad por el paseo marítimo. Alberto entra por la zona donde están las bicis y los niños. Me agarro muy fuerte con las uñas al asiento. Llegamos a un chalet enorme para recoger a Míchel y Sonia (se supone que es la casa de la madre de Míchel, aunque en otros sueños ha sido la casa de la madre de Juano; no es de ninguna de los dos). Aquí pasa algo raro, dice Alberto, y llama con los nudillos a una ventana estrecha horizontal. Abre Míchel. El hall está lleno de muebles y cosas que no se sabe muy bien qué son. Sobre una mesa de escritorio (idéntica a la nuestra) se apilan objetos y ropa. Míchel se sienta a comer lo que me parecen espinacas mientras esperamos a Sonia. Está todo tan lleno que dudo si darle una bolsa con libros que le he llevado. Sonia baja arreglada como para una fiesta. Contrasta con todo ese desorden. Aparece un perro muy pequeño y muy gordo de color rosa chicle. Ya os dije que era muy feo, se excusa Míchel. Le acaricio la cabeza (al perro), le digo que lo había imaginado color canela, que es muy gracioso porque parece un cerdito.

desorden y marioneta

martes, 25 abril 2023. La casa de mis padres está completamente desordenada. Es de madrugada y todos siguen levantados de un lado para otro. Mi padre y un par de hombres más (no sé quiénes son) dicen que prefieren dormir en el cuarto de mi hermana. Le digo a mi hermana que duerma con mi madre. Ninguna de las dos quiere acostarse. Tengo que arrastrarlas como si fueran saco hasta el dormitorio. Intento llamar a alguien por teléfono, pero es un teléfono tipo góndola negro y no funciona.
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Estoy en una habitación muy desordenada de una casa muy destartalada. Mi tía M dice que ya que vamos a Cádiz visite a la familia (comienza a decir sin parar las direcciones). Le grito que deje de hablar, que no voy a ir, que no soy familiar. Al salir de la habitación llegamos a una entreplanta sin paredes (como la que había en casa de Nuria Arán, donde estaba el balancín enorme de madera que hizo su padre). En la entreplanta hay un rectángulo marrón en el suelo con varios rodillos (se supone que es un cubo de fregar antiguo). En vez de fregona hay una palo con un trapo adosado. Le enseño a Alberto cómo se usa. Mi tía llega y dice que os vayamos ya, que ella se encargará de fregar y hacer las camas (mi tía no es mi tía, es igual a la guardesa rubia de la película Nivel 16). Entramos en el coche con una pareja y otra chica. Pregunto (por compromiso) si alguien quiere sentarse delante, y una de las chicas corre a sentarse. Pasamos por delante de la catedral. Hay gente esperando que pase una maratón con camisetas que ponen "Corramos en familia". Los niños llevan globos que son las cabezas de Heidi y Pedro. ¡Quiero un globo!, grito por la ventanilla.
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Estoy en una terraza baja, casi al borde de la acera. Una chica con los labios pintados de rojo, al pasar, me lanza un beso. Yo le lanzo otro. De repente estamos en esa misma terraza con Andrés y Elisa. La chica me reprocha que no le devolví el beso. Le digo que se lo devolví, pero ella no lo vio porque siguió caminando. No me cree. Le reprocho que muchas veces he intentado besarla y ella me ha quitado la cara. Se pone roja, dice que no hablemos de esas cosas delante de nadie. ¡Nos conocen de toda la vida, no tengo secretos para ellos!, le grito. + Michel me enseña unas fotos muy pequeñas (tamaño sello). Dice que son de un chico que ha conocido por internet. Las fotos tienen dos caras y se mueven como si fueran fragmentos de película. Aparece el chico en su granja, con su familia (cinco hermanos o primos). Hay fotos de animales haciendo locuras, como una pirámide humana pero con cabras, ovejas y hasta una vaca. La más divertida es una en la que el chico le pone a una oveja una marioneta de oveja en la cabeza, con lo cual bala dos veces (la oveja y la marioneta). Eso me hace muchísima gracia, hasta el punto de llorar de risa. Le digo a Michel que me haga una copia de ese "sello" para mirarlo los días tristes.

escombros

lunes, 14 noviembre 2022. Entro con Míchel y otro chico a varias casas con los pasillos llenos de escombros. Al salir de una de ellas veo en el suelo, junto a la puerta, una caja de un juego de mesa con figuritas de dibujos animados. Quiero llevarme uno de recuerdo, pero no sé cuál.

como hacen los pavos

viernes, 18 febrero 2022. Estoy en un cine o un teatro, en una lectura de poemas. Un tipo extiende en el pasillo, entre las butacas, una manta y aparecen todos sus libros. Lee un poema dedicado a Juan Manuel Villalba mientras aparece una foto de Villalba en la pantalla. Alberto me da un codazo, dice que entiende nada. Termina la lectura, se encienden las luces y delante de mi asiento hay una especie de pupitre con todas mis cosas encima (sobre todo juguetes y lápices). Intento recogerlas pero pasa mucha gente. Me he quedado la última, cuando salgo a la calle ya es de noche, salgo por un lateral. Pienso que Sonia y Míchel estarán esperándome en la salida principal, pero queda lejos. Intento enviarles un sms pero en la pantallita diminuta del móvil me sale un sudoku. Bajo calle Ferrándiz hasta la Plaza de los Monos (está en obras y casi me pilla un coche). Se pone a llover, saco un paraguas, se da la vuelta con el viento. Detrás de mí oigo cánticos: un chico en una ranchera con un megáfono va cantando una canción. Detrás lo sigue un grupo que le hace los coros. Los coros no son más que el sonido que hacen los pavos "blrd, blrd blrd". Dice que yo también cante. Me uno a ellos para llegar antes ya que abren el tráfico. Entre el grupo va Daniel, pero no parece que me haya reconocido. Llegamos a la puerta de la casa de mis padres. Sonia está sentada entre dos chicas. Las tres llevan vestidos románticos hasta los pies (me recuerdan al grupo escultórico de Bécquer). El vestido de Sonia es blanco de encaje. Una de las chicas es la actriz Cristina castaño (gallega como ella) y su vestido es azul. Le digo que me encanta su papel en la serie. Se sorprende, dice que hace mil años que la grabó, que ya ni se acuerda. Una pareja que come en una mesa de playa junto al portal repiten: mil años, mil años.
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Llego a una casa-palacio que no sé de quién es. En el salón, un chico parte en varios trozos una pluma Mont Blanc y se la da a comer a su perro. Hago como que no he visto nada y por decir algo, pregunto si un mueble (de madera muy gastada) era antes rojo. Sí, dice el tipo muy sorprendido, era un mueble chino que decapamos para recuperara su color natural. Se nota que es buena madera, sí (digo por decir). El chico dice que se nota que tengo genes gallegos y por eso entiendo de maderas.

el peso del oro

miércoles, 3 noviembre 2021. Hay un montón de chicas vestidas de fiesta. Ocupan varias calles de bares. Alguien me dice que han llegado de todo el país para buscar pareja. Hombres no veo. No comprendo que piensen que puedan gustar a nadie disfrazadas de princesas Disney. Entramos en un local desangelado. Niños y niñas leen textos malísimos. Una niña muy resuelta dice que prefiere hacerlo sin micrófono. Es buena. Quiero apuntar su nombre para leerla en un futuro. Una pareja se me acerca tímidamente, dicen que han visto todas mis películas. No sé de qué hablan. Salimos del local (en el suelo consta que estamos en alguna ciudad de Irlanda). Hay borrachos tirados por todas partes, como si hubiera habido una gran fiesta. Bajo un banco veo una moneda muy pequeña. Al cogerla, pesa demasiado. Lleva una cadena y varias esferas y cascabeles de oro. A la entrada del bar hay un tipo en camiseta de tirantes con muy mala pinta haciendo de portero. No me fío. Aparecen dos mujeres policías. Les digo en inglés que me he encontrado eso bajo un banco, allí, les señalo. Me dan las gracias sin convencimiento. Es oro, insisto, su dueño se alegrará de recuperarlo. Sonia se enfada porque lo he devuelto. Tú habrías hecho lo mismo, le digo. Intento hablar con mi madre por videollamada, pero responde mi tía. Le voy enseñando las calles por las que pasamos. Bajamos por una escalera de caracol oxidada. Abajo hay una especie de placita cerrada donde todos miran un carro también de hierro. El carro de Molly Malones, dice Míchel. No lo es, respondo. Quiero irme de allí, huele a orines. Una chica nos dice que cuidemos de su novio, que ella tiene que volver a España. El novio es Javier Bardem. Los dos llevan unos kimonos a juego. Es difícil tirar de él porque quiere entrar en todos los locales. Entramos en uno. Aunque parezca un bar es una casa. Sobre la mesa alguien ha colocado su almuerzo y una lata de cerveza. Bardem se come todo lo que hay en el plato. Alberto se bebe la cerveza. Sonia y Míchel esperan fuera avergonzados. Aparece la dueña de la casa con sus dos hijos (una señora enorme con delantal). Su hijo lleva un cuchillo japonés y la hija un rodillo de madera. Me río para adentros porque parecen de dibujos animados. Se queja en francés. Le respondo, también en francés, que mis amigos se han equivocado, que creían que era una restaurante. Me amenazan. Mientras, Alberto y Bardem están mirando los cuadros que hay por los pasillos de la casa, como si estuvieran en un museo. Cuando aparecen en el salón y reconocen a Bardem, la señora y su hijo se quedan de piedra y comienzan a hacer reverencias. la hija se desmaya. Aprovechamos para largarnos.

cocodrilo

jueves, 28 enero 2021. Estoy en un sitio alto (no sé si es una azotea o un piso) que da a calle Alcazabilla. La calle está llena de gente que parece celebrar una fiesta. No comprendo qué hacen ahí cuando deberían estar confinados. Una chica llega corriendo y gritando, se sube a un banco de madera que hay a las puertas del que fue el pub Armenia. Al momento aparece un cocodrilo enorme a toda velocidad, pasa de largo por delante del banco y comienza a zamparse a todos los que estaban de fiesta. Le digo con gestos a la chica que no se mueva. Míchel tenía razón, cuando le cuente lo que ha pasado va a flipar, pienso.

premio

lunes, 14 diciembre 2020. Estoy en lo que parece la terraza de un hotel. Sonia y Míchel me llaman desde la calle. Están muy contentos, me lanzan un pedazo triangular de baldosa. Dale la vuelta, dicen. Por detrás alguien ha escrito "Primer premio". ¡Has ganado!, gritan. Por la calle pasa Garriga Vela que saluda y me felicita. No sé de qué premio hablan. Vuelvo a la habitación, meto con prisa mis cosas en una bolsa de viaje. Quiero irme de allí lo antes posible.

sardinas

miércoles, 11 noviembre 2020. Se supone que estoy en Tenerife y tengo que volver a casa. Llego a la parada del bus del aeropuerto. Sólo hay mujeres. Un tipo quiere cobrar por dejarnos subir aunque ya tengamos el billete. Me niego, una chica me secunda. Podemos ir a pie, le digo. La chica va cargada con un cesto enorme.
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Hablo por teléfono con mi madre y a la vez puedo verla como si estuviera delante de mí. Mi hermana y ella van en bañador. Me doy cuenta de que yo también. Mi padre le quita el teléfono, me cuenta que mi madre había escondido una figura de porcelana que él quería regalarme. Mi madre se lo quita a él, me cuenta que mi padre ha roto no sé qué cosa y la ha escondido detrás de un mueble. Les digo que no se preocupen. Me entra muchísimo sueño. Cuelgo y me meto en la cama. Desde la cama oigo un chisporroteo. Creo que me dejé sardinas en el fuego, pienso pero no me muevo.
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Sonia y Michel nos esperan en doble fila en la rotonda de Fuente Olletas. Hay mucho tráfico. A Alberto se le rompe la mascarilla y la deja colgando de un árbol. Se ha hecho de noche. Cruzamos a las bravas. Los coches van muy rápido, las luces parecen fuegos artificiales. Al llegar, en el coche nos esperan Sonia al volante, Michel detrás y en el asiento del copiloto Salvatore que, al salir, se convierte en el padre de Alberto. Me alegro muchísimo de verlo (murió en 2001). Dice que se alegra de que me vaya tan bien escribiendo, les cuenta a los demás que yo era la única que escuchaba sus historias. Dice que se va a casa. Lo acompaño al portal. Adiós palomita, me dice.

hueso ibérico y chorradas

domingo, 11 octubre 2020. Tenemos que irnos. En ese justo momento mi madre quiere enseñarme algo del frigorífico y en vez de esperar a que yo vaya, lo arranca y me lo trae. Empieza a salir gas. Pienso en cómo se enfadará mi padre. Nos vamos, antes de cerrar la puerta miro hacia atrás. Parece una casa abandonada.
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Parece un museo, Míchel y yo vamos mirando las vitrinas. Dice algo (no recuerdo qué) y nos partimos de la risa. Yo incluso caigo a suelo de tanto reírme.
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Mi madre está en la cama, pero la cama es la estantería de las bandejas de carne de un supermercado. Dice que no puede hacerle ningún encargo a la vecina porque si le pide hueso le trae zanahorias y le dice que el hueso no existe. Miro a su alrededor, hay bandejas con hueso, morcillas. Hay de todo, le digo, yo te lo traigo, ¿quieres hueso o hueso ibérico? Sí, y tocino de beta. Mi madre se pone muy contenta. Mi padre dice que buscó el número de Bosch en la guía y ya no atienden al teléfono, que seguramente sólo venden por internet. Está muy enfadado, señala un rincón del dormitorio. Lo ves, ya faltan tres cosas, el frigorífico, la tele y el teléfono. Dice que el teléfono se lo ha llevado mi hermana y que se pasa el día comprando a través de su número. Mira, dice y me da varios folios con lo que se supone son compras de mi hermana. Hay pedidos de comida, ropa y chorradas. Al lado de cada pedido, como si fuera un diario, la descripción de cómo estaba de ánimo (feliz, triste, aburrida, etc). Cuando está feliz pide ropa, cuando está triste comida. Le digo a mi padre que no entiendo qué quiere que haga, que hable él con mi hermana. Por lo bajo, le digo a mi hermana que cuando vaya a la psicóloga, e vez de contarle que le tiene fobia a las arañas, le diga que tiene un problema de comprar compulsivamente.

embudo

miércoles, 18 septiembre 2019. Salimos de un restaurante. Como teníamos prisa me llevo la bebida (una lata de un líquido vegetal al que han puesto un embudo dorado para que parezca una copa de champán). Por la calle me doy cuenta de que me he llevado el embudo. Vuelvo, se lo doy a la chica de la barra. Me mira asombrada y me da las gracias. Al salir, la calle ha cambiado. No hay aceras, los edificios parecen montones de escombros. Hay grupos de despedida de soltero disfrazados de flamenca (disfraces muy cutres). Míchel dice que Alberto tenía prisa y se ha marchado. La luz es triste, como si lo mirara todo desde detrás de un cristal tintado sepia. De repente, sobre un solara, hay un montón de piedras imitando una playa. Incluso hay niños en bañador jugando con cubos y palas. Míchel y yo no nos lo pensamos: nos ponemos de rodillas a rebuscar entre los montones la piedra negra más bonita. Detrás de un montículo (que no sabemos bien si son piedras verdes o pimientos fosilizados) hay esqueletos de erizos. Decepción: son de cerámica. También hay muñecos Dunkin. Busco el oso, para regalárselo a Begoña. Nada. Va pasando el tiempo, no consigo decidir cuál me llevo. Miro a mi alrededor. No queda nadie, Míchel también se ha ido. Comienza a anochecer. Me voy sin piedra, sin erizo y sin muñeco.