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gorrona

lunes, 15 junio 2026. Estoy sentada con los ojos cerrados. Me dejo maquillar por Héctor. Es maquillaje que él mismo ha inventado con hierbas y frutas. Si no sirve como maquillaje al menos sabe bien, pienso.
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Estoy en una especie de torreón con vistas. Veo otro torreón lleno de oficinas. Hablo con una chica por señas. Le cuento con gestos que una vez compré un diccionario de latín para traducir La celestina. Se ríe.
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Voy por la calle con Sonia. Ha comprado un helado. Solo tenemos una cucharilla. Le digo que cada una coma por un extremo si es que le da asco compartirla. Una chica se nos une. Trae su propio helado, pero intenta probar el nuestro. ¡Gorrona!, le grita Sonia.
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Andrés está delante de mí comiendo con las manos. Las tiene llenas de mayonesa, también se ha manchado la barba, hasta tal punto, que no se le ve un pelo, solo mayonesa. La pareja de la mesa de al lado nos mira entre el asco y la guasa. Andrés me pregunta si la he probado alguna vez. Hombre claro, ¿no te acuerdas que la he hecho muchas veces en casa? De vez en cuando mira hacia la barra. Temo que pida más.
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Voy por una especie de claustro. Unos pasos más atrás aparece Francisco Rivera con dos chicas. Al pasar por mi lado le oigo decir que ha escrito un libro y nadie quiere publicárselo, que en España solo se publica por enchufe. Me paro y le digo que no es así, que solo se trata de ir poco a poco y no tener prisa. Se ríe, dice que nunca leerá un libro mío porque los títulos son deprimentes. ¿Te refieres a Me muero? Se echa las manos a la cabeza. ¡Me muero!, no lo sabía, así no hay quien te lea, dice.
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Enrique nos cuenta que ha tenido una bronca enorme con Carmen porque estuvo bailando en la esquina de Rodrigo de Ulloa con General Ibáñez y le ha dicho que ya no tiene edad para esas cosas, que da mal ejemplo a sus hijas. Alberto también bailaba, me dice. Me sorprende muchísimo, intento imaginarlo y me hace mucha gracia.

tendedero de niñas

viernes, 18 abril 2025. En calle Cristo, a las puertas de Maskom, han puesto unas escaleras mecánicas en forma de L, la primera en el mundo, dicen. Incluso han venido de la tele para dar la noticia. Los hermanos Ordóñez suben y bajan dando piruetas. La gente enloquece y aplaude. Uno de ellos tira naranjas y tomates para que rueden calle abajo. No comprendo el funcionamiento de la escalera, cómo da la curva (que no es curva, es esquina de noventa grados). En esas estoy cuando uno de los hermanos cae rodando y al llegar a la acera se convierte en tomate. Arriba, donde comienzan a salir los escalones, hay un tendedero plegable. Me fijo y no es ropa lo que cuelga, son niñas muy pequeñas. Me acerco por si puedo ayudarlas. Intento quitar las pinzas de una de ellas, pero dice que le duele mucho, que la deje como está. Le digo que aguante lo que pueda, que en cuanto terminen de inaugurar la chorrada de escalera todo volverá a la normalidad.
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Me encuentro a Lucas por la calle y me alegro mucho de verlo. Va en un segway. Dice que puedo montar con él. Entramos en un edificio y hasta subimos la escalera sin problema a toda velocidad. le digo que lo maneja de maravilla, que estoy soprendidísima. En el último piso hay una escuela. Un niño nos insulta, dice que va a contárselo todo a sus profesores. Le digo al niño que siendo tan impertinente nadie va a quererlo y pasará la vida solo y morirá solo. El niño se echa a llorar. Me doy cuenta de lo desproporcionada que ha sido mi reprimenda. Le cojo la cara entre las manos, le digo que era broma, que quién no iba a querer a un niño tan encantador.
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Estoy en una boda. En mi mesa hay cinco mujeres a las que no conozco y Jesús Gea (a quien no veo desde hace más de 40 años). En el centro de la mesa hay un plato de queso con unas hojas verdes por encima. Todas comen en silencio. Este queso es dulce y no pega nada con estas hojas, digo y de repente todas se animan a opinar. A nadie le gusta. Les propongo comerlo con mermelada, que voy a robarla de la cocina. Se ríen, aplauden (me parecen muy infantiles). Llevo varias mermeladas distintas. Jesús va probando los distintos sabores. Antes de volver a meter la cucharilla en una mermelada distinta la limpia en el jersey de la chica que está a su lado. No estoy segura de si la chica no se da cuenta o le da igual.

sobre hijos y tumbas

jueves, 24 enero 2008. Joaquín Reyes y yo estamos sentados es el sofá del salón de casa de mis padres. Me enseña las fotos que lleva en la cartera. ¿Por qué llevas una foto de mi suegro?, le pregunto. Imposible, es mi padre, responde. Saco de mi cartera una foto de mi suegro y se la enseño. En ese momento entra un hombre acompañado de una pareja. Ahora que conocéis el secreto, tengo que casaros, dice. Nos ponemos de pie, frente a la tele y entre la pareja. Cuando el hombre nos pregunta eso de Aceptas como esposo..., no sabemos qué decir. La pareja responde por nosotros: Sí queremos.
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María Victoria Pérez, a la que no veo hace 35 años, viene a buscarme para salir a pasear. Hay que adelgazar, dice, aunque yo la veo tan delgada como siempre. Pasamos por solares donde los edificios están marcados en el suelo con pintura blanca, como en la película Dogville. Ella va diciendo: Aquí había un cine, allí una farmacia, etc. Pero que viejunas estamos, le digo y nos echamos a reír exageradamente. Tanto me río, que caigo en un agujero que han cavado en uno de los solares. La tierra a mi alrededor es blanda y negra. Estoy tumbada boca arriba y veo asomar su cabeza. Sigo riéndome mientras le digo: Mira, por fin he encontrado mi tumba.
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Estoy de visita en casa de Cova. Me cuenta que después de los dos partos el cuerpo le ha cambiado. Me desnudo y le muestro que yo también estoy bastante gorda, sólo que la ropa me hace parecer delgada. Pero al quitarme la ropa, veo que sólo tengo huesos y piel, así que me vuelto a vestir antes de que pueda mirarme. Entro en el cuarto de los niños. Están dormidos. Los sacamos de sus cunas y los ponemos sobre la moqueta para que jueguen. Mientras Cova persigue a Paula para darle de comer, yo le hago cosquillas a Gorka. Algo falla porque, según mis cálculos, Paula tiene unos siete años y Gorka cuatro. He viajado en el tiempo, pienso. No sé cómo voy a volver. En ese momento, como si Gorka leyera mis pensamientos, me agarra muy fuerte la mano y niega con la cabeza.
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Iker está asomado a una ventana que da a un pasillo encalado. Veo que una araña baja por su hilo. La cojo antes de que le caiga en la cabeza. Se la pongo en la palma de la mano, pero ahora es un caracol sin concha del tamaño de un gato.
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Estoy esperando a Alberto en la habitación de un hotel. Ha ido a por limonada. Mientras, Andrés me dice que suba al tejado porque los dueños del hotel nos van dejar caminar por las cornisas. Los dueños son tres ancianos que se mueven como auténticos profesionales del circo. Yo me agarro bien a las tejas y a los adornos de hierro para no caer. Andrés, Elisa y yo, conseguimos sentarnos a caballo en uno de los muros. Elisa dice que ha decidido tener otro hijo para pasar las dos bajas maternales juntas. Nos ponemos a buscar nombres. Elisa dice que el primero todavía no tiene. Pues entonces al primero deberías ponerle un nombre que hiciera juego con el del segundo, le digo. Mientras decimos nombres hago equilibrios para no caer. Me agarro a una lámpara, la rompo y los pedazos caen en la cabeza de los ancianos, que están unos metros por debajo de nosotros. Los tres ancianos miran al cielo como si fuera a llover. Yo disimulo abriendo un paraguas rosa de niña. Héctor aparece trepando el muro. No os mováis, dice y saca su cámara. Desde su perspectiva debo parecer la protagonista de "Los días felices" de Beckett, pienso. Después se sienta en el muro con nosotros y, mientras nos enseña su agenda, llena de anotaciones y dibujos, Andrés se lanza cabeza abajo desde la cornisa del edificio. Miramos cómo cae. Son unos veinte pisos. No te preocupes, le digo a Elisa, abajo hay un foso con agua. Lo tenía planeado, dice ella. Sí, he visto que hacía fotos con mi cámara según iba cayendo, añade Héctor. Elisa y yo bajamos a la puerta del hotel con toallas, para recibir a Andrés, pero quien llega es Francisco Rivera, el torero. Nos saluda y entra. Elisa no se ha dado cuenta porque sigue recitando nombres para sus hijos. Dime un nombre de niña, me dice. Celia. No, Celia no puede ser porque yo no soy tan guapa, dice. Le digo que es muy guapa, que no diga tonterías. Eso se te quita comiendo, le digo y la empujo dentro de un taxi. Desde el taxi vemos una exposición de fotos enormes al aire libre. En una de ellas aparece Hero, mi cuñado, ahogando a un mendigo con sus propias manos. Tenemos que hacer fotos de la exposición, se pondrá muy contento de ver que ya es famoso, digo. Llegamos al paseo marítimo, el taxista dice en portugués que son 2.80 euros. Obrigada, digo al cerrar la puerta.