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pañales baratos y váter celeste

viernes, 20 junio 2025. Salgo de la casa de mis padres y el ascensor tarda mucho. Al ir a bajar por la escalera, hay un frigorífico que entorpece el paso. Vuelvo al ascensor. Se abren las puertas y una chica está vendiendo pañales para adultos. El ascensor es enorme, la gente se agolpa a comprarlos porque, dicen, son mucho más baratos que en la farmacia. Vuelvo a la escalera e intento meterme por un hueco pequeño que queda entre la pared y el frigorífico. Nada. Vuelvo al ascensor. La chica me da una bolsa sin preguntar. Le digo que ahora vuelvo, que no llevo dinero encima. Salgo del ascensor, vuelvo a intentarlo por las escaleras para escapar. Nada.
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Voy en autobús, como siempre al fondo. Veo a Mariángeles. No me reconoce a pesar de estar a mi lado. En el centro del bus hay alguien que lleva un váter celeste enorme. Le digo a Mariángeles, de broma, que como es el único asiento libre, voy a sentarme en él. Vuelve la cara avergonzada.

trabajo

martes, 17 junio 2025. Tengo una entrevista de trabajo. La prueba consiste en meter en un tubo una crema pastelera rosa. Mientras lo hago me preguntan por qué sería buena para ese puesto. Porque no tengo que tratar con humanos, respondo. La chica se ríe (aunque yo lo he dicho en serio). Y se me da muy bien, ¿ves? De repente estoy en una bici estática (no sé si es otra prueba, ahora de resistencia). Otra chica me pasa libros y marcapáginas que ordeno por tamaño mientras pedaleo. Los dejo sobre una cama (la habitación se parece a mi dormitorio) y pienso que guardaré los marcapáginas para Francis y Blanco, y uno con forma de lima de las uñas para mí. No son para ti, me dice la chica como si me leyera el pensamiento, son para enviar a nuestros clientes. De repente estoy en el que fue mi cuarto en casa de mis padres. Todo está manga por hombro. Para dormir coloco dos sillas enfrentadas. Mariángeles entra por la ventana. Dice que al llegar a casa su cama estaba ocupada y que si puede dormir conmigo. ¿Tienes una cama para mí? Le señalo la mía. ¡No puede ser!, dice asombrada.

mudanza

sábado, 15 febrero 2025. Estoy en casa de mis padres, pero no parece la casa de mis padres. Tiene un sofá en forma de L. Mariángeles y Salud están charlando. El sofá está cubierto por unas telas muy arrugadas. Toda la casa está desordenada. Mariángeles dice que quiere mudarse y va a tirar muchas cosas. Miro a mi alrededor, pero tampoco se parece a su casa. Al cabo del rato llega Carlos, su hijo. Me pregunta si cuando limpio el polvo le doy la vuelta a la bayeta y la uso por el otro lado. No sé qué responder. Carlos ve unos cuadros en el suelo. Le digo que su madre está de mudanza y los va a tirar. Se sorprende y enfada muchísimo, dice que por qué no le ha pedido permiso porque los cuadros son suyos. Abre la puerta de la que era mi cuarto y dice: Qué desastre todo. Le cuento que cuando era mi cuarto era precioso. Ahora el suelo no está lleno de ropa y zapatos amontonados.

batido de fresa

lunes, 5 diciembre 2022. Nos asomamos entre las chapas metálicas que han puesto alrededor de la plaza de la Merced y vemos que están jugando un partido de waterpolo. En ese momento, una jugadora le saca tarjeta roja a la arbitra (se va muy triste diciendo que es una injusticia). La jugadora vuelve satisfecha y yo le lanzó una mirada de odio. Alberto dice que no me olvide de comprar una libreta y agua. Aparecen De repente varios amigos (incluidos tres compañeros del instituto que hace años que no veo). Alberto quiere enseñarles algo en casa y lo siguen. Ellos dicen que no van. No despedimos, los abrazo. Alberto y el resto del grupo ya han desaparecido. Javi dice que se queda para acompañarme. Javi se convierte en Violeta. Mientras caminamos enciende un cigarrillo. Se lo quito, le digo que no se le ocurra volver a fumar, y lo aplasto en una maceta. Entramos en su piso (se parece al de Cumpián). Allí están sus compañeras de piso, a lo suyo, leyendo y escribiendo. Les advierto que si ven una colilla en una maceta he sido yo. Me enseñan un video de una fiesta donde me parece reconocer a Joseda perreando. De repente esto con Carlos, enseñándole unas fos que le hice. Tiene que verlas mi madre, dice. Su madre está sobre una colchoneta comiendo una manzana. Pienso que no le gustará nada ver a su hijo así (en la foto Carlos está tumbado sobre una mesa y alguien le ha echado un cubo enorme de batido de fresa). Ángeles se ríe mucho al verla. Ahora Carlos y yo vamos por la calle. Empujo varias cajas de leche. Llegamos a Carrasquilla. Carlos quiere que entre saludar. Meto la cabeza, veo a Carmelina. Me sorprende que esté igual de joven que hace cincuenta años. Me mira. Soy Belinka, le digo tímidamente. Se alegra mucho de verme. Le da a Carlos un móvil para que le busque mis libros.

déjà vu

sabado, 17 octubre 2020. Salgo de la casa de mi abuela a toda prisa, subo a un autobús y cuando voy por la mitad del recorrido me doy cuenta de que me he dejado el bolso. Pienso si bajarme a mitad de ruta y volver, pero perdería un barco que, se supone, debo coger. Llego al puerto de una ciudad (se parece mucho a Melilla), y busco una cabina telefónica para decirle a Alberto que me traiga el bolso. Nada. Bajo unas escaleras metálicas y llego a un calabozo bajo tierra. Pregunto a uno de los hombres que están allí si me presta su móvil. Se ríe. Somos ladrones, aquí no nos dejan tener nada, mucho menos teléfono. Y al decirlo me pasa un móvil que suena en ese momento. Es Mariángeles. Le explico mi situación, dice que no entiende qué le quiero decir. Le digo que se olvide, que sólo le diga a Alberto que venga a buscarme. Uno de los ladrones me pide que lo ayude. Hay una cómoda en la celda. Dice que habrá uno de los cajones mientras vacía dentro una carretilla de tierra. ¡Acabo de tener un déjà vu!, le digo muy contenta.

traidores

jueves, 3 mayo 2018. Unos chicos con pinta de perro-flauta son los encargados de entregar un premio. El premio consiste en unos gorros de lana y tela muy mal hechos y muy sucios. Aún así me pongo el mío como todos los demás y les doy las gracias. Después hablan de tomar algo en una azotea. Desde allí puedo ver mi casa. Está encendida. Veo a Alberto, Mariángeles y Salud sacando libros de la estantería y metiéndolos en cajas. Pienso que aprovechan que yo no estoy para librarse de mis libros. ¡Traidores!, les grito, pero no pueden oírme. La azotea se ha convertido en el patio de la casa de mi abuela. Hay cientos de copas y platos sucios. Hay gente cansada que dormita por los rincones. Recojo todo lo que puedo y lo voy acumulando en la cocina. Mi abuela va pasándome copas con cuidado para que no se rompan y yo las friego con mucho tiento. Cada vez que aclaro una copa, al dejarla en el escurridor, se convierte en un puñado de cubiertos de postre. Mi abuela y yo nos miramos algo sorprendidas, pero no decimos nada y seguimos con nuestra tarea.

gato de lana

viernes, 24 enero 2914. Estoy de visita en casa de Ángeles. La casa tiene dos pisos, parece un gran almacén. Desde el piso de arriba se puede ver el de abajo a través de una barandilla de obra. Subo. Encuentro un jersey, que se supone es mío, entre otras prendas. Alguien ha recortado el dibujo del pecho. El dibujo era un gato. Mi jersey tiene un agujero del tamaño de un gato, el gato ha cobrado vida y se pasea por la habitación. Le pregunto a Dani por qué me ha roto el jersey. No entiendes nada de moda, dice.
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Pregunto a unas niñas si saben dónde vive "La pitonisa Begoña". Señalan el piso de arriba y se ríen. Para llegar a su casa debo pasar por una escala de cuerdas. La puerta es una cortina de cuentas de colores que temo se rompan. Sólo tienes que dejarte caer, oigo que dice desde dentro. Me balanceo y entro. Está en ropa interior comiendo pipas, parece una niña. La abrazo. ¿Cómo hemos llegado a esto?, le pregunto. Colgué la respuesta en Facebook, me dice, pero como tú no tienes...

cuatro hijas

viernes, 9 agosto 2013. Llego a un hotel subterráneo donde, se supone, debo preparar una comida para más de cincuenta personas. Me reciben cuatro niñas casi idénticas con los ojos grandes y muy azules. Pienso que son las hijas del dueño del hotel, pero por lo que me van contando deduzco que  son hijas de Mariángeles. No comprendo cómo Mariángeles ha podido ocultar tanto tiempo que tiene cuatro hijas. Empiezo con la comida. Alguien dice que el pollo huele mal. Estará podrido, dice otro. No paran de criticar todo lo que hago, se quejan hasta del tamaño de la olla. Yo sigo como si nada. Llega Alberto. Le pregunto sí él sabía que Mariángeles tenía hijas. Una, dice. ¡Tiene cuatro! Alberto no le da ninguna importancia. Mientras cocino, pienso en dónde dejará a sus hijas cuando sale con nosotros y si sus dos hijos sabrán que tienen cuatro hermanas.

tickis

martes, 1 noviembre 2011. Llegamos a un bar con la barra en forma de U. El camarero me suena, me recuerda a Natalio el de "Galería de arte". Me fijo en que sólo llevo una falda blanca de mucho vuelo hasta los pies. Parece un vestido de novia al que le falte la parte de arriba, sin embargo nadie me mira. Voy al servicio. El servicio es una habitación sin paredes ni techo. Está rodeado de un bosque de eucaliptos. Cuando estoy orinando aparece Dani con un amigo entre los árboles y me hacen fotos. Intento bajarme la falda, pero es demasiado tarde y además me la he mojado. La mojo entera en el lavabo para que no queden manchas, pero acaba cubierta de barro. Cuando vuelvo me siento con Ángeles, la madre de Dani. Tampoco se extraña de que vaya desnuda con una falda mojada de vestido de novia. Por la calle, Dani me dice: ¿A que soy muy malo? Lo miro sin responder. Insiste: Dile a mi madre que soy muy malo. No pensaba contárselo, pero ya que insistes, digo. Le cuento lo de las fotos y que además, cuando estaba entre los eucaliptos, lo vi comerse unas cacas en forma de canica. ¡Tickis!, dice Ángeles muy contenta, los dos se ríen. No comprendo nada, sólo les pido que borren las fotos.