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padre menguante

domingo, 30 agosto 2026. Llego a la plaza del Obispo y veo a Caína con un chico. Pienso en si me saludará. Me llama la atención que esté exactamente igual de joven que cuando dejamos de vernos.
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Dejó a mi padre en el centro de la cama de matrimonio para que no se caiga por un lado ni por el otro. Voy un momento a la cocina porque me llama mi madre. Cuando vuelvo al dormitorio mi padre no está. Veo asomar su cabeza por uno de los laterales de la cama. Lo levanto con muchísima facilidad porque no pesa nada. Cuando lo tengo en brazos se va haciendo más y más pequeño. Le digo a mi hermana, ¿cómo puede tratarlo tan mal siendo tan pequeñito?

museo

viernes, 10 octubre 2025. Estoy en el antiguo dormitorio de mi tía M en casa de mi abuela (cuanto todavía tenía un arco que daba al salón comedor, en vez de puerta). Busco la dirección de Sora en una agenda muy pequeña. No entiendo mi letra. Se apaga la luz y se enciende la lamparita que hay junto al sofá. Como si estuviera haciendo algo malo, corro a la cama y me tapo hasta la cabeza para que crean que duermo. Es Alberto. Menos mal, le digo. Dice que va a salir a pasear. Salgo de la cama y voy con él. Lleva pijama y batín. Yo voy desnuda, con el camisón arrugado y sujeto delante del cuerpo. Estamos en el paseo marítimo. Algunos pescadores sacan el copo. Está muy oscuro, así que me coloco bien el camisón sin miedo a que me vea nadie. De repente es de día y estamos en el Jardín de los Monos. Hay mucha gente en la parada del autobús. Me parece reconocer a Javier. Subimos. Los asientos están muy pegados unos a otros y nos molestan las piernas. Alberto quiere levantarse pero no puede. Finalmente nos bajamos. Un chico baja detrás de nosotros, se acerca, saluda. Es Javier (no se parece en nada). Le digo que no lo había reconocido, si se ha hecho algo en el pelo (lleva el pelo casi en cresta y muy oscuro). Estamos en una habitación vacía y  nos acercamos a un pequeño lavabo que hay en un rincón. Bebemos como si fuéramos animales. Alberto intenta quitarle algo del cuello a una chica gorda y bajita. ¿Qué era? Una garrapata, dice. Es que tengo pulgas, dice la chica. La miro con asco. Dos azafatas nos dicen que es la hora y nos ponen unos auriculares (se supone que estamos en un museo). De los auriculares sale una pajita. Una de las azafatas me la mete a la fuerza en la boca por más que le digo que no quiero beber nada. Salimos a la calle para cruzar a otro edificio. En el hall, Caína se queja de que alguien le debe dinero. Pablo llama a alguien por teléfono y dice que ya lo ha solucionado. El portero del museo se acerca a la pareja de Pablo y le retuerce el brazo. Después agarra a Caína por el cuello y le estampa la frente en la pared. Caína cae al suelo inconsciente. Corro hacia ella. El portero le pone un sombrero y me la entrega como si fuera un saco. Dice que a partir de ahora no le reclamemos dinero a nadie. Nos vamos a urgencias, le digo y cargo con ella. Al salir a la calle, la calzada tiene un enrejado por donde podemos caer. Tenemos que dar un rodeo para llegar hasta el río, a la altura de Comisaría. Intento parar a un coche de policía pero pasa de largo. Intento para un taxi, pero me enseña un cartel de cartón donde ha escrito algo que no llego a leer.

sinsorga

domingo, 20 julio 2025. Entro en una tienda donde vender piedras y barras de labios. Hay varias chicas jóvenes sentadas en un banco bajo que recorre el perímetro de la tienda. Están probándose distintos colores con purpurina. La dueña me pregunta si he visto la serie Sexo en Nueva York. Le digo que la vi hace poco porque siempre voy con retraso, del tirón, y que no me gustó nada. Después me pregunta qué me parece Harrison Como decís en tu tierra, es un sinsorga. Se ríe. Pone una silla alta a modo de mesa y sirve lo que parecen canapés. Me fijo en que quien come con ella es Eduardo. Me acerco sin que ella me vea, le hago señas, le digo que no coma, que son pastelitos de piedras venenosas. La tienda se ha convertido en un bar oscuro. Estoy en una mesa larga con Alberto y Andrés. Cuando por fin viene el camarero y vamos a pedir algo, Andrés dice que acaban de decirle que hay una mesa libre en un bar de su barrio. Alberto le responde que propuso ese bar hace un rato y (Andrés) le dijo que no le gustaba. Nos levantamos, nos ponemos nuestros sombreros vaqueros y salimos. Cruzamos la plaza de la Merced (que es como antiguamente, con adoquines y tráfico). Es de noche, ha llovido y los adoquines brillan. Pienso que debemos de tener una pinta extraña. Me parece reconocer a Caína. Me vuelvo, me quito el sombrero y lo agito en el aire para saludarla. Pienso que si se viniera con nosotros se le ocurrirían un montón de cosas divertidas y lo pasaríamos mejor. Llegamos al bar. El bar no es más que una sala con las paredes color crema, desconchadas, y un tablao al fondo. La luz es mala (un par de fluorescentes en el techo). Javi entra muy animado, dice que bailemos. Se ha dejado el flequillo largo, lo mueve a soplidos mientras baila (me recuerda a un personaje de las leliculas de Rocío Durcal). Me gusta verlo feliz. Veo a Inma con una mini Inma a la espalda, como si fuera una mochila. Está muy delgada. Le pregunto si se está cuidando, que si sigue sin comer pronto su "mini yo" será más grande que ella. Me da igual, dice. Vale, pero si te mueres ven a contarme cómo es el otro lado, le digo.

fuego y bombillitas

lunes, 23 diciembre 2024. Estamos en el comedor de la casa de mi abuela. Tengo algo en el fuego. Miro de vez en cuando. De repente veo que salen llamas al pasillo. Con mucha parsimonia, le digo a mi familia que hay un incendio y salgan al jardín, sobre todo porque la bombona puede explotar. Si tenéis algo de valor de la cocina hacia dentro me lo decís y voy, les digo. Nadie dice nada y salen ordenadamente. Abrigaos antes de salir que no quiero que nadie se resfríe, les digo. También ordenadamente van poniéndose ropa de abrigo que hay en el perchero de la entrada. Cojo mi mochila, salgo al jardín y llamo al 112. En ese momento explota la bombona.
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Vamos en bus por la Alameda. Algunas pasajeras cantan felices un himno que el ayuntamiento le ha hecho a su barrio. Pienso en lo fácil que es contentar a algunas personas y conseguir votos. Nos bajamos y, al pasar por delante de Antigua Casa de Guardia, vemos que la han convertido en Primark. Salen Caía y una amiga (idéntica a ella pero amarilla, como si fuera un personaje de Los Simpsons). Las dos llevan un ramo de flores. Hola amiga, me dice tocándome el brazo con cariño. Me extraña su actitud, pero me alegro mucho de verla tan guapa y tan joven, igual que hace veinte años. Estoy cansada y quiero irme a casa, pero Alberto dice que nos tomemos algo. Caína cuenta que tuvo que mudarse y ahora tiene un apartamento cerca de la Alcazaba. Al alegrarme, me dice que no, que no tiene ventanas, ni balcón siquiera. Las terrazas y balcones deberían ser obligatorias por ley, le digo. Se ríe y se me cuelga del  brazo. Seguimos hasta Alcazabilla, hay una verbena con música y bombillitas de colores pálidos que le dan un toque nostálgico. Como voy fijándome en las luces me desvío de camino (la verbena queda abajo), tropiezo con una maceta enorme y, para que no le caiga encima de nadie, hago malabares con las piernas. Acabo en el suelo, boca arriba, sosteniendo la maceta sobre los pies. Todo el mundo me mira. Me río a carcajadas imaginando la imagen que estoy dando. De repente hemos llegado al apartamento, que no es más que una habitación larga vacía. Llegan tres tipos con pinta de haber estado en la cárcel, con tatuajes hasta en la cabeza y la lengua. Se presentan muy educadamente, dándome la mano. Me dicen sus nombres (muy raros, no los recuerdo). Me preguntan el mío. Isabel, les digo. Por fin un nombre normal, dice el más grande. Aparece Oeste, le dice que de normal nada, que soy escritora. Le doy una patadita disimuladamente para que se calle. Empieza a llegar gente hasta que el apartamento está hasta arriba. Al fondo veo llegar a Camilo y Pablo (no me pega nada que vayan juntos). También están igual de jóvenes que hace veinte años. Tropiezo y vuelvo a caerme de culo. Camilo se acerca a levantarme. ¡Amiga, cuánto tiempo! Me alegro mucho de verlo, pero a quien quiero abrazar es a Pablo. Pablo también se va volviendo amarillo según me acerco. Lo abrazo. No te acerques mucho que contagio, dice con voz de catarro. Mientras no contagies a Alberto..., le digo.

corona vs yen

miércoles, 15 mayo 2024. Llegamos a casa de Carmen y Enrique (que en nada se parece a su casa, salvo por la cantidad de libros). Hay una habitación estrecha donde han puesto dos estanterías enfrentadas. En la partes de abajo hay varias enciclopedias. Carmen dice que no sabe qué hacer con ellas. Le digo que me pasa lo mismo, que tengo dos que me compró mi padre cuando empecé el colegio, que cada semana leía un fascículo y cuando la encuadernaron ya me las había leído completas. Enrique me pregunta qué haré con los cómics. Le digo que algunos los regalo, que estoy empezando a deshacerme de cosas. Pienso que podría regalárselos todos a él, para sus hijas, menos los de Federico del Barrio. En ese momento Carmen dice que nos preparemos para la feria, que qué vamos a ponernos. Le digo que voy a ir así, como estoy, que no me apetece disfrazarme. Pero te tienes que poner al menos la moneda de cinco yenes al cuello. Le digo que no, que esa moneda me dio muy mala suerte. Pues entonces otra que tenga agujero. ¡Te la tienes que poner, va a ser divertidísimo! dice riéndose. Pienso en si llevaré en el monedero la corona noruega que traje de Oslo.
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Alberto y yo estamos en unos grandes almacenes mirando fundas de almohada. Nos encontramos a Caína. Está muy mayor y algo desaliñada. Alberto le dice que debería cortarse el pelo. Seguimos mirando enseres para casa cuando vemos a pasar Caína. Se para a saludar desde la acera. Se ha cortado el pelo como antes, parece mucho más joven y feliz, ríe y da saltos para saludarnos con las dos manos. Después sigue su camino. Yo me alegro muchísimo de ese gran cambio. Alberto se pone muy triste. Pienso que preferiría irse con ella que esta comprando cuencos, platos de postre y fundas de almohada.
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Estoy con mi tía M y mi madre en su cocina. Hago la lista de la compra, les voy preguntando qué hace falta. ¡No hay nada!, dice mi madre. Algo habrá, lo que pasa es que como ahora comes más se acaba antes, responde mi tía. Abro el horno y veo un montón de comida amontonada. ¿Sabéis por qué mi hermana esconde comida?, le pregunto. En ese momento entra mi hermana. Cierro la puerta para que no sepa que sabemos su secreto.

el pasado

domingo, 24 julio 2022. Hablamos con una chica muy guapa parecida a Teresa Sebastián. Le digo que hace años la vimos leer en Edita. Se sorprende de que me acuerde. Pienso que es la mujer más guapa del mundo, pero me da vergüenza decírselo.
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Estoy en una gasolinera. Cuando voy a meterme en el coche, veo de lejos a Juan. Me saluda levantando las dos manos. Si vienes por Almería ya sabes que tienes una casa, dice.
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Alberto, Caína y yo pasamos por delante de la terraza de un bar. Hay dos chicas muy arregladas, con ropa y moños pasados de moda. Qué feas y qué cutres, pienso. Una de ellas (bajita y muy gorda) se sube a la silla y saluda. ¡Pero si es Conchita!, dice Alberto. Pienso en qué pensará la tal Conchita al ver pasar a Alberto con Caína y conmigo, tan modernas.

diamantes

domingo, 17 septiembre 2017. Camino por una explanada de tierra. Al fondo hay una iglesia enorme. Se supone que hay una reunión de alumnos. Veo que, los que se van a cercando, llevan el atuendo de su religión. Saco un paño de cocina (no sé de dónde) y me lo pongo a modo de toca. Es un paño de Ikea (blanco con unas bandas azules). Pienso que debo parecer la Madre Teresa de Calcuta. Me río para mis adentros. Entro en la iglesia. Está hasta arriba. Busco a Jota. Pienso que lo reconoceré aunque nunca nos hayamos visto. Sólo sé que es alto. Lo imagino con gafas y cara de sueño. Nada. Me largo, pienso. En una especie de sacristía sin muebles hay un tipo bajito con gafas y gorra. Parece un golfillo de película muda. Fuma sin parar de andar de una pared a otra. ¿Caína?, pregunto sorprendida. No dice nada. Jota no está dentro, le digo y me voy.

Llego a lo que parece una sala de despiece. Marcos está sentado detrás de una mesa de despacho enorme. ¿Qué desea?, dice en tono profesional. Imagino que estamos jugando a las profesiones. Me siento delante de él y le expongo mi problema. Verá, tengo estos diamantes (y pongo un puñado de cuentas de cristal de colores sobre la mesa) y mi problema es que tengo un saco lleno y no sé cómo unirlos para que me quede una buena novela. ¡Eso es!, dice marcos emocionado. ¡Escriba una novela! ¡Siguiente!

por buscar

sábado, 13 abril 2013. Ayudo a Caína a buscar algo en el garaje. No sé bien qué buscamos o si sólo estamos ordenando. Por allí anda Nacho, a quién no veo hace años. Trabajamos en silencio.

chándal rojo

miércoles, 17 agosto 2011. Encuentro a Caína por la calle, está muy contenta, le hace fiestas a todo lo que ve en los escaparates. Entra a una tienda destartalada a comprar chucherías. La espero en la acera, la veo elegir unas nubes azules muy largas. Cuando sale me da una bolsa llena de gominolas y una botella de zumo de limón. Pasamos por un hotel rural, en la puerta hay varios gatos y un perro. Pienso que tienen hambre y me pregunto si comerán gominolas. Le pido agua a la dueña del hotel. Además de un cuenco con agua me da varias morcillas para los gatos. Caína se ha pedido una cerveza. Mientras veo comer a los animales pienso que nos hemos alejado del camino y llegaremos tarde a la lectura. A lo lejos, veo pasar a Camilo con un chándal rojo años 70. Corre, todavía llegamos a tiempo, le grito a Caína.
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Estoy en casa de mis padres, alguien ha puesto la música demasiado fuerte. Mi padre protesta, Andrés fuma sin decir nada. Le digo que no debería fumar. Se levanta, va a la terraza y se desnuda por completo. Mi madre le dice que procure que no lo vean los vecinos.

pluma

jueves, 30 junio 2011. Caína camina delante de mí por un pasillo estrecho y oscuro. Lleva una pluma Sheaffer en la mano idéntica a una que tengo. Yo llevo un rotulador de marcar cedés. Le pregunto si la pluma es mía. Dice que no y la aprieta contra su cuerpo para que no se la quite. Sé que es mía, pienso.

chupitos, exfoliante dulce y columpios

domingo, 22 mayo 2011. Alberto, Caína y yo estamos sentados en un escalón de un portal. Sergio se acerca, reparte unos vasos de chupito. Como sólo tiene tres a mí me da el tapón de la botella del revés, los llena y brindamos por su cumpleaños. Tiene prisa, se marcha. ¿Seguro que es su cumpleaños?, pregunta Caína. No, en realdiad es el cumpleaños de Pateta, pero tampoco iba a quitarle la ilusión, le digo.
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Alberto, Antonio y yo compartimos una habitación de hotel. Mientras Alberto se viste, me explica dónde quedaremos luego. Se va. Una camarera llama a la puerta para limpiar. Le digo que todavía estamos allí, pero entra de todos modos. La camarera es una niña de unos ocho años y lleva un bebé en los brazos. Lo deja sobre la moqueta y se pone a trabajar. Alberto vuelve porque se ha dado cuenta de que ha salido con chaqueta y el pantalón de pijama. La camarera abre una caja. Antonio se despierta, dice que era un regalo para su novia. Dice que ya que la hemos abierto tenemos que probarlo. En la caja pone exfoliante, pero parece tierra negra. La pruebo, sabe dulce.
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Estoy en al puerta de un bar con un grupo de chicas que no conozco. En el bar de enfrente veo a Carmen y a Sonia , les hago señas. No me ve, Jacinto se me acerca, dice que tengo suerte de vivir en el centro, rodeada de tantos bares. Le digo que fue idea de mi padre que, como nunca quiso tener coche, compró una céntrica. En el parque que hay frente a los bares se proyectan fotos. Son realmente buenas. La gente las ve sentados en columpios. Veo uno libre y corro hacia él. Cuando tomo velocidad, me doy cuenta de que el columpio tiene las cadenas elásticas. Da un vértigo muy agradable. Acabo sentada en una mesa viendo las fotos. A algunos expectadores les cae harina sobre la cabeza. Es parte del espectáculo. En mi mesa hay un tipo enharinado. Me pregunta qué me parecen als fotos. Le digo que son extraordinarias. Me da un álbum donde aparece la madre del artista en una mesa de operaciones. A pesar de ser desagradables siguen siendo buenas, le digo. El espectáculo termina y el tipo que estaba conmigo se levanta a saludar. Era el artista. Me guiña, me da las gracias. ¿Alguna pregunta?, me dice. Sí, ¿tu columpio también tenía las cadenas elásticas?

barro de grosellas

martes, 3 mayo 2011. Alberto y yo vamos por un camino de tierra entre árboles. Tengo tos y estoy muy cansada. Ya queda menos, dice, ahora viene lo mejor. El camino acaba y comienza una pared vertical de barro. Avanzamos hundiendo los pies y las manos para no caer. No es muy agradable, la pared está muy fría. Emilio y David aparecen de repente, nos dan la bienvenida. Me extraña que el barro no nos haya manchado. David se ríe y, como si pudiera leer mis pensamientos, me explica que era barro mezclado con mermelada de grosellas. Se le ve muy contento. Lleva bermudas de flores, chanclas y su sombrero. Baila mientras camina, aunque no hay música. ¿Qué has bebido?, le pregunto. La fiesta empieza ahora, dice, acabo de llegar y me voy mañana. Llegamos a una fiesta en los bajos de un edificio. Entre el ruido intento mirar el correo. Hay varios mails de Caína con enlaces a páginas de ropa para mascotas. También hay uno de Jota, donde me dice que siente haber desaparecido sin despedirse. Es un mail muy largo donde me resume los últimos trece años de su vida.

lejía

viernes, 5 noviembre 2010. Hay flores con tallos blancos por toda la casa. Mi padre me explica algo sobre los beneficios de la lejía. Caína nos observa desde un sillón. Tiene el pelo muy largo.
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La lavadora de la casa de mis padres explota y suelta agua y espuma. Le pido ayuda a Héctor. Héctor se pone a mi lado y apunta todo lo que digo y hago.

astrud y caína

miércoles, 23 junio 2010. Estoy en un salón de actos bajo lo que parece el porche del recreo del colegio al que iba de niña. De entre el público se levanta Astrud y su grupo con instrumentos barrocos. Manolo canta mi canción favorita "Todo da lo mismo". En ese momento, la primera fila se levanta. Son más de diez mujeres vestidas de flamenca. Se levantan y bailan sevillanas al ritmo de esa canción. Entre ellas está Caína, con cara de no-sé-qué-hago-aquí.

impresos

domingo, 16 mayo 2010. Me encuentro a Caína por la calle. Dice que tiene que renovarse el DNI, el carnet de conducir y varias cosas más. Saca un montón de impresos de una carpeta y los pone sobre el bordillo de la acera. Quiere que yo me encargue de todos esos trámites porque ella no tiene tiempo.

salud y caína

domingo, 28 septiembre 2008. Salud y yo salimos de un bar. Vemos venir a Caína y nos extraña que haya salido de día. Las tres llevamos camisetas amarillas. La coincidencia me hace tanta gracia, que las abrazo y bailamos. Les propongo que cada vez que nos encontramos por casualidad por la calle, hagamos una coreografía para celebrarlo.

mafiosos y queso

domingo, 8 junio 2008. Caína se ha rapado la cabeza y se ha dejado un mechón largo junto a la oreja izquierda para poder jugar con él. Hacemos dos grupos, Alberto y Caína, Ayllón y yo, nos sentamos frente a frente en la Plaza de la Merced y decimos que vamos a jugar a los mafiosos. Nos tapamos la cabeza con un cubo de plástico. Caína dice, yo me pido partirle las piernas a Andrés.
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Ayllón, Alberto y yo vamos en silla de ruedas. La silla de Ayllón se engancha a la de un hombre que va por la acera, delante de él. Cuando el hombre gira para entrar en un bar con decorado del oeste, los tres, enganchados uno al otro, entramos detrás. Ante la sorpresa de todos, nos levantamos de nuestras sillas, las sacamos a la calle, volvemos a sentarnos y seguimos nuestro camino.
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Dos hermanos gemelos, después de cenar opíparamente roban todo el queso de las mesas. Yo les ayudo a llevarse también el pan. Cuando salimos del restaurante, el cielo está completamente lleno de estrellas. Me mareo y caigo al suelo. Los gemelos no pueden ayudarme, porque tienen un montón de quesos y pan entre los brazos.

ay torito guapo

miércoles, 9 abril 08. Voy por la calle con Caína. De repente corre hacia unos coches que hay aparcados y se abraza a una chica. Me la presenta, dice que es de su pueblo, Beas de Segura. La chica le sobresale de la solapa un broche enorme, una cabeza de toro de terciopelo adornada con lazos de colores. El toro me guiña, pícaro, cuando lo miro.

desnudos estupendos y el capitán tapioca

jueves, 28 febrero 08. Alberto, mi hermana y su marido están en la terraza regando. Pienso que están desperdiciando mucha agua, pero no les digo nada. Al entrar en el salón, mi hermana me dice que está harta de ver mi estupendo ombligo. Me doy cuenta, entonces, de que sólo llevo puestas unas bragas. Me siento en el suelo, me las quito y le digo: Pues mucho más estupenda estoy desnuda. Al entrar al dormitorio, veo a Alberto en la cama, aunque sigo oyendo su voz en la terraza. No comprendo cómo puede estar en dos sitios a la vez.
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Leo en una revista una noticia: El primer hombre violado del mundo. Dos páginas con fotos en blanco y negro de una fiesta en la playa, donde se ve al chico beber y después tumbado bocabajo sobre la arena. La violación no se ve pero se intuye por los gestos del chico. Mientras leo las frases a pie de cada foto, se convierten en imágenes con movimiento. No entiendo cómo la gente que estaba a su alrededor no hizo nada por ayudarlo. Tiro la revista asqueada.
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Alberto, Eski y Caína van en la cabina de una camión, donde transportan una bombona de butano gigante. Le pregunto desde la acera si tiene permiso para llevar material peligroso. Me dice que no quiere verme cuando lleguen a la playa. Me acerco al coche de Pepe, donde Isa, Daniel y Ángeles están listos para marchar. Les digo que no iré a la playa. Intentan convencerme de que vaya con ellos, pero les digo que Alberto no quiere verme allí. Se van. Me siento en la acera y me doy cuenta de que no hay asfalto, sólo tierra. Se han llevado hasta el asfalto, pienso. Me he quedado en un paisaje color arena bastante polvoriento. Un chico vestido de Capitán Tapioca se sienta a mi lado y sin decir nada me pone unas medias sport del color del paisaje. A la altura de la rodilla me ata un lazo. Le pregunto por qué las adorna como si yo fuera una niña. No es un adorno, es un distintivo; ahora eres de los nuestros, dice.
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Al pasar por delante de una iglesia, veo que Odila y Camilo están en la puerta. Entro y busco un lugar para sentarme. Sólo queda sitio en la primera fila. Mi tía Mari está sentada justo en mitad del banco. Procuro sentarme lejos de ella y dejando un sitio libre a cada lado para que se puedan sentar Odila y Camilo. Odila pasa de largo, ni siquiera me saluda, y se sienta junto a mi tía, en el otro extremo del banco. La misa empieza y Camilo no ha entrado.

la masa y viajes en el tiempo

miércoles, 13 febrero 08. Alberto me acompaña al semáforo de Correos. He quedado con Óscar, pero no llega. No podemos aparcar ni parar porque hay mucho tráfico, así que volvemos a casa. Llamo a Óscar por teléfono y está dormido. Dice que no habíamos quedado y que además es muy temprano. Sólo son las diez, dice. Voy a buscar a Caína a su casa, pero no ha nadie. Vuelvo, y en el portal hay varias vecinas con carros de la compra llenos intentando subir las escaleras. Las ayudo a pesar de mi dolor de espalda. Cuando llegan al rellano del ascensor, cierran la puerta y ni siquiera me dan las gracias. Miro el buzón y hay unos cuantos sobre pequeños con dibujos. Algunos están hechos de papel tan fino, que debo poner sumo cuidado al tocarlos porque se deshacen.
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Caína y yo estamos en un bar. Ha traído a dos chicos que no conozco y, aunque es un bar de copas, no hacen más que pedir comida. Al fondo del bar, pegado a la pared, veo a Óscar. Cuando me ve, se acerca y se sienta junto a Caína. Me dice que estoy muy flaca y que debería comer más. Enséñale, le dice Caína. Óscar se quita la camiseta y su cuerpo parece el de la masa. Me quiero ir de allí, pero no digo nada.
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Tengo un armario que uso como nave de transporte. Acabo de llegar a casa de mis padres y traigo regalos para todos. A mis tías y a mis padres, fotos antiguas de sus antepasados. A mi hermana una colección de álbumes que perdió y un cómic dedicado por el autor. No les hace ningún aprecio e intenta meterse en el armario cuando yo aún no he salido. Le digo que sólo admite una persona y si intentamos estar las dos se romperá para siempre. Insiste. Tengo que empujarla. Finalmente, decido salir del armario, llenar mi bolsa de viaje con varias fotos, unos libros y algo de ropa y marcharme. Ahí te dejo el armario, le digo con una tristeza enorme. Ya no lo quiero, ahora quiero la ropa que llevas en la bolsa, dice.