miércoles, 4 noviembre 2026. Estoy en una fiesta. Todos estamos en pie muy apiñados en una habitación muy pequeña. Unas cuantas personas se ponen a cantar (entre ellos Manu Sánchez). En ese momento la dueña de la casa saca un plato de postre con cuatro canapés. Le digo a un tipo con bigote (se parece a Carlos Areces) que aprovechemos ahora que están cantando. Nos abalanzamos sobre el plato, los cogemos directamente con la boca y los engullimos.
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Estoy en un centro comercial. Noto un revuelo. Vendedores y compradores se pelean a gritos. Uno intenta robar un ordenador. Pienso que sería más fácil controlarlos si el espacio fuese más pequeño. Pensado y hecho: el espacio se convierte en el comedor de casa, no pueden escapar por culpa de las butacas. Uno intenta meterse bajo la mesa y queda atrapado. Les digo que me lo dejen a mí, que aunque sea mucho más grande que yo, tengo más fuerza de él.
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Tengo que comprar champú. Entro con mi hermana y mi tía M en un bazar. Está abarrotado. Lo encuentro a la primera y salgo. Ellas se quedan mirando tonterías que no necesitan. Cuando por fin salen, mi hermana es una niña pequeña, la ayudo a cruzar la calle. Una vez en la acera, mi hermana es mayor y lleva un cochecito de bebé con la capota cerrada. La capota está sucísima. Le digo que debería limpiarla. Mi tía me recrimina que se lo diga en la calle, que me puede oír alguien, que qué vergüenza. Miro a nuestro alrededor, estamos en una avenida enorme y vacía. Le digo que tengo confianza de sobra para decirle cualquier cosa. Esperamos para cruzar de nuevo junto a un monumento con un oso y un madroño, pero no se parece al de Madrid (son de piedra). Alguien ha hecho pintadas, mi hermana protesta, dice que ya no hay educación. También hay un banco de piedra donde los turistas se hacen fotos. La pared está húmeda. Entre las piedras encuentro un trozo de peineta. Pienso si será antigua. Dudo si llevármela. Me la llevo. Otra vez estamos delante del bazar. Mi tía y mi hermana entran. No sé qué hacer, sigue lleno. Tiro el trozo de peineta al suelo y entro.
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Estoy en la cama intentando lavarme la el pelo tumbada. Lo tengo todo preparado, pero me falta el champú. Me levanto a por él. Cuando vuelvo, Alberto ha recolocado todo y está a punto de dormir. Le digo que me había costado mucho trabajo ponerlo como yo quería. Se levanta enfadado. Vuelvo a tumbarme poniendo un barreño bajo la cabeza. Cuando voy a empezar a lavarme el pelo aparece la gata de mi hermana e intenta subir a la cama. La empujo con la mano donde tenía el champú. Se defiende y agarra con las uñas a las sábanas. Mientras tanto, Alberto dice que no vendrá a comer. Me echo a llorar, le digo que había hecho planes, que no quiero comer sola.
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Hay un concurso de talentos. Una chica sale al escenario. Todo está en penumbra y se respira cierta tensión. La chica lleva un vestido largo y parece muy triste. Dice que va a hacer algo que nadie ha hecho nunca. Abre un frasco de cristal con yodo y se lo bebe. Pienso que se está suicidando en directo y nadie hace nada por remediarlo.