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coche beige

domingo, 10 noviembre 2024. Alberto, Luciano, Salvatore y yo Salimos de una especie de palacete. Al llegar a los jardines hay cuatro coches iguales (antiguos y enormes color beige). Abrimos los maleteros a ver cuál es el nuestro. Me he dejado la chaqueta, les digo y corro escaleras arriba. Me cuesta avanzar porque todavía hay mucha gente bajando. Las escaleras no tienen barandilla y temo caer. Cuando por fin llego, el salón de actos se ha convertido en una especie de tasca con mesas corridas con restos de haber celebrado una boda. Veo mi chaqueta en el respaldo de una silla (es una chaqueta beige), al cogerla, pienso que de dónde la habré sacado (también el coche, porque nunca hemos tenido coche ni chaquetas beige). También está mi chaqueta negra y dos de mis bolsos. No sé qué hacen sobre la mesa, entre platos sucios. No sabe usted lo que la gente olvida, dice una camarera. Fíjese, dice y me enseña una falda de fiesta. La ministra se la quitó porque otra ministra llevaba una igual y se le ha olvidado llevársela, dice. ¿Volvió a su casa en bragas?, le pregunto, pero la chica sigue limpiando mesas. Al volver a los jardines recuerdo que el coche lo aparcamos en la, en una cuesta. Voy a por él, les digo. Se ha hecho de noche de repente. Subo una cuesta con la acera estrecha y sucia. Hay algunos vecinos en la calle, tomando el fresco en camiseta interior y pantalón de pijama. Un tipo hace poses de karate. Estoy ensayando para mi próxima película con Jonás Trueba, dice. Le digo que es amigo mío y me invita a pasar a su casa. le digo que estoy buscando mi coche. Tu coche estaba ahí pero Alberto se lo llevó hace un rato, dice. Entro en su casa, hay tres sofás alrededor de una mesa de centro cuadrada con restos de comida. Varios tipos fuman y beben cerveza. Estábamos votando cuál es la mejor canción para masturbarse. Suena una de Dire Straits. Esta no, digo y el ritmo cambia. Ah, pues sí, esta sí, pero solo para muy fans, digo. 

coche amarillo, máquina expendedora y columpio

jueves, 24 octubre 2024. Bajo una cuesta con Alberto y Luciano, veo pasar un coche de plástico amarillo que parece de juguete. Les digo, me parece que era Zoki. El coche frena. Zoki asoma la cabeza. Me pareció oír mi nombre, dice. Nos acercamos y vemos que es un coche normal al que le ha puesto una funda amarilla para que no lo estropee la lluvia. Le doy un abrazo inmenso. Dice que vayamos a su casa. Llegamos a una habitación de hotel. De repente Zoki es una mujer pero sin barba. Nos cuenta que desde que murió su marido, y tuvo que dejar su casa, los amigos le van prestando una casa cada mes. Mientras nos lo cuenta se cambia de ropa varias veces.
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Estoy con Jurdi y Javi. Contamos chistes todo el tiempo intentando que el siguiente sea mejor al anterior. No paramos de reír. Vemos una máquina expendedora de ropa (se supone que la gente que no quiere algo lo deja ahí para otros). ¡Qué ropa más fea!, dice Javi muerto de risa. Jurdi dice que le gusta y quiere esa camisa (señalando una horrorosa con estampado de colores chillones). Al abrir el expendedor se da cuenta de que es una funda de inodoro. Se ríe a carcajadas. ¡Esta funda era de mi madre!, dice y nos caemos al suelo de risa.
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Estoy en una casa de acogida. Hay chicas muy jóvenes con bebés, otras que están dejando el alcohol. Yo estoy porque me he separado y no tengo dónde vivir. Una chica con un bebé casi recién nacida quiere salir. Me dice que soy su mejor amiga, que soy muy guapa. Le digo que no hace falta que me haga la pelota, que me quedaré con su niña de todos. Sale corriendo (lleva minifalda y va muy maquillada). Entro, voy descalza y el pasillo que lleva las habitaciones está lleno de cristales rotos. Voy abriendo puertas para encontrar la habitación del bebé. En una está Alberto, en la cama, con un ordenador enorme y muchos monitores, como si rigiera el mundo. Le digo que voy a pasar el día con el bebé de mi amiga (por si se ofrece a pasarlo conmigo), pero no dice nada. Vuelvo a buscar al bebé. Finalmente lo encuentro en un columpio del jardín. Su madre y él están columpiándose. Lo hacen tan fuerte que caen hacia atrás. Intento rescatar al bebé. Me ilusiona pensar que si la madre ha muerto del golpe, me quedaré al bebé para siempre.

efluvios

martes, 21 marzo 2023. Bajo por una especie de acequia natural entre árboles. Parece natural pero cuanto más me fijo más me doy cuenta de que no lo es. Adelanto a un grupo. Una de las señoras me pregunta algo y al momento se disculpa porque dice que me ha confundido con alguien. Llego a una especie de cortado conde acaba el agua (pero no cae). No sé si me haré daño al saltar. abajo están Alberto, Cristina, Luciano y Pepe. De repente estoy abajo, delante de un pequeño supermercado. Pepe espera fuera. Le digo que pensaba que iríamos a un hotel rural, no a dormir a la intemperie. Se escandaliza, dice que de ninguna manera, y se va. Le pregunto a Cristina para qué es una máscara con forma de T que me ha dado. Saca de la máscara una bolsa de red (por fuera, impermeable (por dentro) y se la coloca en la cabeza. No puede respirar, parece que se ahoga, hace un ruido agobiante. Dice que tendremos que ponérnosla para no respirar los efluvios del lago ni que nos piquen los insectos. Miro el lago, es una charca. No sé qué hago allí. Quiero irme a mi casa. No sé cómo.

volcán

domingo, 28 agosto 2022. Ventana. Veo un paseo cerca de la playa y al fondo un monte con forma de volcán. De repente comienza a expulsar hojas con mucha fuerza. La gente corre perseguida por ramas de árbol. Cuando todo se calma salgo a buscar a Luciano (por la noche vi a alguien en la tele "Guardianes del espacio" y pensé que un personaje se parecía a él). Llego a un chiringuito por el que se entra a un parque acuático. Asomo la cabeza. No está.

tres chupitos de tequila y un coloquio

lunes, 3 mayo 2021. Salgo de lo que parece un bar. Las callejuelas están encaladas, son estrechas y oscuras. Otras personas también vuelven con prisa a sus casas. Será por el toque de queda, pienso. La ropa que llevo no sé si es mía (una falda corta de florecillas y unas botas de tacón). Como no sé dónde estoy decido volver. Elisa y Andrés están en el porche de una casa. Les pregunto dónde estamos y qué ha pasado porque no recuerdo nada. Andrés me da un papel escrito a máquina. No sé si es un poema o un jeroglífico. Se supone que está escrito entre varias personas (Blanco, Pateta, Purranki). No entiendo ni recuerdo nada. Elisa resume: tres chupitos de tequila. ¿Tanto hacen?, pregunto. Si nunca tomas tequila, sí. Tengo que volver a casa. Me acompañan. En vez de ir por la calle atravesamos tiendas. Una de ellas por encima de un expositor con cerámica y vidrio. Parecemos gatos, no rompemos nada. El vendedor intenta que compremos algo. Nos ofrece un jarrón de Sargadelos. En ese momento me suena el móvil y lo uso como excusa. Salimos por una ventana a la acera, frente al Málaga Palacio. Abro el móvil y en vez de ver quién me llama aparece un plano con una luz amarilla parpadeante. Andrés dice que eso significa que la persona que me llama está muy cerca. Tengo que volver a casa cuanto antes, le digo.
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Paso por una cafetería y veo a Luciano en una mesa, solo. Está de espaldas, tiene el pelo completamente blanco. ¿Tanto hace que no nos vemos?, pienso. Me siento a unos metros, quiero que se vuelva, me reconozca y que se lleve una sorpresa. Lo hace, viene a mi mesa, abre su portátil y participamos en un coloquio sobre literatura creativa. El moderador, desde la pantalla, pregunta si creemos que todo es autobiográfico. Los dos asentimos. De algún modo, cualquier cosa que escribamos se convierte en autobiografía, decimos casi al unísono.

jarramplas en bañador

viernes, 25 septiembre 2020. Alberto no consigue encontrar Radio Clásica en un ratio-casete muy antiguo. Le sintonizo todas las emisoras. Llaman a la puerta (es la casa de mis padres). Abro y veo a Luciano agachado. Quería darte una sorpresa y que no vieras a nadie por la mirilla, dice. Nos reímos. Hace mucho que no nos vemos, le doy un beso. Dame uno más grande, dice. Estamos los dos agachados y al darle el segundo cae de culo. Nos reímos. Me cuenta que ahora es vegetariano y se inyecta la carne. Supongo que quiere decir que se inyecta vitamina B. Le digo que yo como la mínima carne posible, pero que la vitamina B es necesaria. Aparece Pepe. Justo esta mañana estuve viendo las fotos de Cáceres y Londres (viajes que hicimos juntos). Entro a avisar a Alberto (está en la cama con los auriculares puestos). Cuando le digo que Luciano y Pepe están en el descansillo, se pone el bañador y una bolsa de papel cubriendo la cabeza. Si quieres asustarlos de verdad, ponte la cabeza de Jarramplas, le digo.

el episodio del taxista

martes, 8 septiembre 2020. Las calles del centro son como antes: no peatonales con las aceras estrechas. Las aceras están mojadas. Caminamos en fila. La señora que va delante mí intenta esquivar las baldosas sueltas para no salpicarse. Yo llevo las sandalias planas rojas y temo mojarme los pies. Llego a una parte de la ciudad que no conozco (y que suele salir en los sueños). Se ha hecho de noche de repente y las calles no están iluminadas. Un taxista me pregunta si me lleva. Avanzamos tan solo unos metros. La calle está cortada por obras. Le digo que no dé la vuelta, que en cinco minutos andando llegaré a casa. Son 200 pesetas, dice. Me extraña que hable de pesetas pero no le digo nada. También me extraña que en mi bolso, en vez de monedero, llevé una bolsa de plástico con cierre hermético con un billete de 500 pesetas. Se lo doy. Dice que no tiene cambio, que no me va a cobrar nada. ¿Esto es un taxi o una ONG?, pregunto. Se ríe. Dice que su novia está harta de que no cobre a los clientes, que en casa no tienen ni para comprar electrodomésticos. Mi único electrodoméstico es una paella para hacer el arroz, dice y nos reímos. Le cuento que lo primero que compré cuando iba a casarme fue una olla a presión. Me pregunta cómo funciona. Se lo explico, poniéndole de ejemplo cómo se hace un estofado. Dice que no le interesa un aparato así. Me hace gracia que le llame aparato. De repente estoy en una habitación decimonónica con muebles muy oscuros de tantas capas de barniz. Luciano está sentado en un sofá viendo una tele en blanco y negro. ¿Nos vamos?, esta habitación me da mal rollo, le digo. Luciano dice que quiere quedarse para ver cómo acaba el episodio del taxista. Miro la tele: somos el taxista y yo.

manchas de café

lunes, 8 septiembre 2014. Estoy en un bar de carretera con un grupo de poetas. Tenemos una lectura en unos minutos. Un chico dice que ha escrito un poema en una servilleta de papel, que le diga qué tal está. Retuerce la servilleta hasta convertirla en una flor. La abro, sólo hay manchas de café. Aparece Luciano de la mano de un niño. Lo oigo hablar con Pepe sobre la salud de su padre. Todos se van a la lectura. Alberto y yo salimos con retraso, los perdemos de vista. Me doy cuenta de que voy descalza y llevo un vestido que nunca he visto. La lectura ha comenzado. Busco al chico para devolverle la servilleta, ya sin forma, pero no está. Me toca leer. He olvidado los poemas en el bar. Saco unas cuartillas en blanco e improviso unos poemas. El último es una canción, digo al público. La canto en francés. Mientras canto, pienso que me he vuelto loca, que es imposible que yo esté haciendo todo eso.

luciano y los cactus

viernes, 11 julio 2014. Luciano me cuenta que cuando le preguntan por mí no sabe qué decir y por eso ha venido a verme. Mientras me habla, jugamos tumbados en el suelo con unos cactus muy pequeños de goma. Esto es para siempre, dice. No sé si se refiere a nosotros o a los cactus que se quedan pegados a nuestros dedos.
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Llego a una papelería. Una señora con trenzas rubia corre entre las libretas, me ofrece varias con cuadrícula. Le hablo en inglés, le pido páginas blancas de la marca Canson o Guarro. ¿Guaro?, repite ella. Le digo que sí. Cada vez que me enseña una libreta y le digo que no con la cabeza, la parte en varios trozos sin dificultad.

metrópolis

jueves, 18 julio 2013. Estoy en un local oscuro con las paredes de ladrillo. Comienza a llegar gente, no conozco a nadie, todos parecen triunfadores. Entra Luciano con un lienzo enorme, lo extiende en el suelo. Yolanda le da instrucciones de dónde debe retocarlo. Me alegro de verla, la abrazo, está guapísima. El pelo te brilla de felicidad, le digo. Me cuenta que va a enviar a Luciano a Nueva York, que le ha conseguido una exposición en la mejor galería. Me acerco a felicitarlo, pero él sigue retocando el lienzo. El lienzo representa una calle llena de gente. Me recuerda a Metrópolis de Grosz, pero no digo nada. Le pregunto a Yolanda si se va con él, dice que sí, la sonrisa no le cave en la cara. Todos se van pienso y siento una pena enorme.

desconocidos

domingo, 26 junio 2011. He llegado con tiempo a una estación de bus. Aun así, veo que mi autobús se va. Mientras sube la curva, corro por las escaleras para alcanzarlo. Golpeo la puerta en marcha, consigo entrar. El autobús es ahora una habitación de hotel, el conductor dice que lo espere, que no tardará nada. Me siento en una habitación pequeña que hay junto al dormitorio. No sé qué hago allí.
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Tengo una niña en los brazos, tendrá un año, no deja de darme besos. A mi lado está Daniel. No sé cómo decirle que la niña es suya, ni cómo no se da cuenta porque es idéntica a él. Ahora besos a papá, dice la niña y comienza a darle besos. Daniel no dice nada.
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Acabo de llegar a una ciudad, entro en el bar de un museo y busco una revista para no sentirme sola. Veo a Luciano tomándose un té, está solo, me acerco a su mesa. ¿Entonces estoy en Barcelona?, le pregunto. No dice nada y se va. En la revista hay un artículo sobre el taller de Rubén, un amigo de Begoña. Hay fotos de grupos en conferencias, bailando la danza del vientre o en pupitres. Pienso que está posando, que son fotos de mentira. En una se ve a Begoña en segundo plano. Pienso que cuando llegue a casa se la enviaré por correos. También pienso que quizá no esté en Barcelona, sino en A Coruña, y ella ya la tenga. Pregunto a todo el mundo en qué ciduad estoy, pero nadie me responde. Ni siquiera me miran.
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Al entrar del comedor al dormitorio, las tablas del parqué se hunden bajo mis pies. El parquetero aparece de repente, me pregunta si quiero que las arregle o si prefiero un agujero para ver la casa de los vecinos.

frisch el cebolleta

viernes, 21 mayo 2010. Mi hermana ha sacado ropa de mi armario y se la está probando. Tiene mucha prisa. Intenta ponerse un pantalón verde de terciopelo que fue de mi madre, pero no le entra, después prueba con una falda roja de lana. Le digo que al sentarse se le abrirán las costuras. Cuando se la pone, la falda y la chaqueta rojas se vuelven amarillas. Sale corriendo desde la terraza, a pesar de ser un cuarto piso. Mi madre y yo la miramos correr por un descampado, ahora a ras de casa. Lleva mis zuecos y no se ha puesto medias. No has cogido el paraguas, le grita mi madre. Vemos cómo se acerca a un grupo de turistas suizos y alemanes que acaban de bajar de un autobús. En un momento han organizado una mesas largas, se han subido a los bancos, hacen una coreografía mientras cantan.. Mi hermana canta y baila con ellos. Es la canción de la cerveza, dice mi madre orgullosa. Alguien ha pegado su cuerpo al mío en plan abuelo cebolleta, y al volverme descubro que es Max Frisch. También ha puesto su cámara digital a menos de veinte centímetros de mi casa. Tapo el objetivo, le pido que no me haga fotos. Me alejo del grupo hacia una casa, Frisch me persigue, es muy rápido a pesar de su edad. Le digo que si no me deja en paz, a pesar de admirarlo tanto, voy a llamar a la policía. Me empuja hacia la casa, grito pidiendo ayuda, pero no me sale la voz. Unas chicas que salen de la casa riéndose ni siquiera me miran. He conseguido escapar encerrándome en un servicio de caballeros. No hay váter, sólo hay un agujero y serrín en el suelo. El pestillo está roto. Mientras Frisch empuja la puerta, yo la sostengo desde dentro y aprovecho para orinar. Al orinar el serrín que se va mojando va convirtiéndose en confeti. Es tan bonito que consigue distraerme y casi se abre la puerta. Cuando no oigo su respiración, salgo. La casa es una galería de arte. Algunos de mis cuadros cuelgan de las paredes. Pienso que mis amigos Juan Luis y Luciano me han preparado esa sorpresa. Pienso que la luz de la sala es demasiado blanca, pero aun así me gusta. Hay tres sillas de tijera y otras tres de comedor. Decido plegar las de tijera y guardarlas en una sala aneja. En esa sala hay dos sacos de tierra y unos cien cascos de albañil exquisitamente ordenados. Hecho tierra en un plato hondo, de una olla saco un cazo sopa de arroz y lo siembro. Al momento crece una planta de un verde muy brillante en forma de cono. Satisfecha, la coloco en el alféizar de la ventana que da a la calle. Max Frisch se acerca con una chica, va enseñándole fotos en la pantalla de su cámara. Se ríen. Me tiro al suelo, bajo la ventana, para que no me vean. Los oigo reír a carcajadas. Pienso que quizá consiguió hacerme fotos mientras empujaba la puerta y yo orinaba. Desde mi pobre escondite, deseo que la planta crezca tan rápido que tapie la ventana.

amor de lana

jueves, 4 marzo 2010. Mientras mi amigo Luciano saca la compra de las bolsas y la va dejando sobre la mesa de la cocina, le explico que me he dado cuenta de que es mejor no decirle a las personas que quieres que las quieres. Por ejemplo, ese cachorro que tienes encima del frigorífico no es otra cosa que alguien te ha dicho que te quiere. Luciano me da la razón y baja al perro para que coma. A mí, por ejemplo, le sigo contando, una vez me dijeron que me querían y apareció un molino de agua a los pies de la cama. Decirle a alguien Te quiero, provoca desorden en su casa, así que he decidido no volver a decírselo a nadie nunca más. Luciano dice que eso es muy triste y me da una solución. Debes escribir los nombres de las personas que quieres y, cuando mueras, que alguien les diga que los querías. Me parece tan buena idea que me pongo manos a la obra. En vez de escribir bordo con lana en un trozo de tela el nombre de mi amigo Daniel. Estoy pensando que encargaré a Mestre la misión de leérselo, digo. ¿Y si Daniel muere antes que tú?, pregunta Luciano. Pues que se lo lea a su hija.

hebras de hilo

sábado, 16 enero 2010. Estoy en un edificio con escaleras enormes. Parece noche vieja. Pasa mucha gente con ropa de fiesta y racimos de uva en las manos. Pasan a mi lado como si yo fuera invisible. Oigo decir que Carmen y Enrique han llegado. Subo a todo correr para encontrarme con ellos, pero tampoco pueden verme. En el piso de abajo me espera Alberto, que piensa que le he dado plantón porque también soy invisible para él. Me siento en la escalera a esperar ser visible o a que ellos recuperen la vista. Al cabo de un rato, Kb se sienta a mi lado sin verme, sin saber que estoy allí, y saca unas hebras de hilo de colores. Pienso que esas hebras eran para mí y está triste porque no ha podido dármelas.
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Vivo en una casa sin puertas ni ventanas. A cada momento llegan parejas, familias enteras, diciendo que esa casa es suya y que tengo que marcharme. Los voy acomodando en el salón y les digo que tengan paciencia, que pronto llegará la policía con los papeles de la casa para demostrar que es mía. Todos sacan papeles a la vez y los agitan sobre sus cabezas. ¡Es mía, es mía!, gritan a la vez.
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Alberto y yo llevamos dentro de los puños cerrados la cenizas de su madre. Caminamos hasta un árbol y las lanzamos contra el tronco. Alberto dice que lo acompañe a sacarse el carnet de vehículos pesados. Camina tan deprisa delante de mí que no puedo alcanzarlo. Al llegar a una rotonda, unos tipos de su trabajo nos disparan con armas de juguete. Alberto saca una metralleta enorme. Juegan un rato. Los observo desde lejos. Subimos a unas ruinas y caminamos en fila. El suelo está cubierto de exvotos infantiles, ángeles y niños de rodillas rezando. Cojo del suelo una niña-sirena que cuelga de un lazo celeste de raso pensando en que puede gustarle a mi amigo Luciano. Inmediatamente la vuelvo a dejar en el suelo. Joan, que camina detrás de mí, me dice que no la deje, que hay que guardarlo todo porque si no acabará perdiéndose. Me extraña que precisamente él diga eso. Le explico, como si no me conociera ya de sobra, que yo antes guardaba cosas, pero que he decidido deshacerme de todo. Sólo guardaré hebras de hilo. Hoy empiezo a juntar, le digo.

buzones

domingo, 20 julio 2008. Joan está cocinando mientas yo le cuento mis últimas conclusiones sobre mi vida. Después bajamos al portal con Luciano. Antes de salir a la calle, les digo que cojan rotuladores porque después los necesitarán si se pone a llover. Los buzones del portal no tienen puertas y todos están llenos de rotuladores de colores. Cojo un puñado y me los meto en los bolsillos. Podéis coger los que queráis excepto los de mi vecina, que tiene un niño pequeño, les digo.
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El director de un hotel me ha llamado para que resuelva un caso de fantasmas. Me pongo delante de una pared y le digo al fantasma que se dé a conocer o deje de molestar. Un trozo de pared se abre y aparecen unos buzones de madera con cartas y objetos muy antiguos. Intento leer los nombres para devolver las cartas a sus dueños, pero la letra es tan pequeña que me es imposible. Entre los objetos hay una canica idéntica a la que tenía mi padre de niño.

calderilla

lunes, 14 abril 2008. Estoy llegando a casa de mis padres. Se me acerca Víctor, a quien hace años que no veo. Sin saludarme siquiera, me dice que se alegra de que dejara las drogas, que él también las dejó y ahora está muy bien. No sé de qué me habla, pero no digo nada. Víctor se pone de espaldas y rebusca algo en los bolsillos. Cuando se da la vuelta, se ha convertido en Luciano y me tiende dos monedas. Son dos monedas turcas muy brillantes y muy bonitas. Una tiene agujero en el centro. ¿No querías dos monedas que sumaran 10? Lo dice con una sonrisa tan grande, que no le llevo la contraria. No tenías que haberte molestado, le digo. Es sólo calderilla, dice.