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ruinas

martes, 13 enero 2026. Paseo con Antonio por unas ruinas como si estuviéramos en una librería. Me cuenta cosas. Después entra en el asiento de atrás de un coche. Se despide. Le digo que podría venir cada noche (a mis sueños) y sería como si no se hubiera muerto. Le pido a Rosamari que me preste su cámara. Solo quedan dos fotos, dice. Las hago, me las mandas ahora mismo, las borras y así vuelves a tener sitio para dos, le digo. (Quiero hacer una prueba: pienso que si Antonio sale en las fotos es que ha venido de verdad; si no sale es que lo he soñado). Le hago las fotos, pero Rosamari no sabe enviármelas y Antonio desaparece.
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Voy en el asiento de atrás con la hija de una pareja. La pareja es muy mayor para tener esa niña, pienso. Le digo a la niña que ha crecido mucho. Nos bajamos en calle Cuba. El padre dice que hay una tienda de ropa muy buena. Es un almacén enorme. La ropa es muy fea, casi toda acolchada y de colores brillantes. La hacen así para que dure más, me dice. Se le ve orgulloso, como si la tienda fuera suya.
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Estoy en un bar con Ángeles y Carmen. Hablan de sus cosas. Sobre la mesa hay varios collares que Ángeles ha comprado en su último viaje. Juego con las cuentas. Pienso que seguro que no se los va a poner. Una señora, desde otra mesa, pregunta si cree que entraremos en guerra. Le digo que no, que en España ya pasamos por eso y no queremos más. Se tranquiliza y sigue comiendo. De repente estoy en el pasillo de una casa donde se supone me han invitado a comer. Para buscar un pañuelo en mi bolso (estoy muy resfriada) lo vuelco sobre la mesa (es el bolso es el de Pippi comiendo espaguetis). A Javi le hace mucha gracia y me pregunta dónde puede comprarle uno igual a Nati. Le digo que tiene muchos años, cerraron la tienda, pero quizá lo encuentre por Internet. De repente un chico abre una puerta y ve a su novia despeinada. Ella le dice que tiene que contarle una cosa. De la cama sale otro chico. Javi la señala y grita como si fuera un niño acusica de cinco años: ¡Han tenido relaciones! La chica se tapa la cara de vergüenza, el novio sale corriendo escaleras abajo. Javi le dice a la chica que vomite, que si su novio la oye vomitar seguro que la perdona.

suegra

lunes, 8 septiembre 2025. Estoy sentada (hacia dentro) en el poyete de la ventana de un bar. Una chica entra y toca la flauta. Se pone delante de mí y dice que son 16,38 euros. Le digo que no voy a dar nada y menos así, con una tarifa. La chica me amenaza con algo que lleva escondido en el pelo.
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Subo (entre niñas de uniforme) el Camino Nuevo hacia el que fue mi colegio. Al ir acercándome a la puerta noto cierto revuelo. Las aceras están como entonces, sin losas, de tierra y piedras, pero esta vez embarradas. Hay tipos muy raros en coches muy raros (tipo Mad Max). Se oyen hasta disparos. Las niñas siguen apiñándose delante de la verja del colegio que sigue cerrada. Pienso que son tontas, que aprovechen y se vayan a casa, que se alegren de que hoy no haya clases. El ambiente es cada vez más peligroso. Veo un camión aparcado y me meto en la cubeta, bajo una lona, esperando a que todo pase.
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Estamos en una habitación con las paredes verde pito, en silencio, comiendo fideos chinos. Cada uno come de su caja, ni siquiera los volcamos en un plato. Las cajas son tan grandes y profundas como las de palomitas que ponen en los cines. Veo como los demás las rebañan metiendo las manos o la cara dentro. Yo intento sacar lo que hay e el fondo con unos palillos. Solo conozco a Alberto que, sentado a mi lado, es el único que no come con ganas. Raúl Cimas aparece de repente (se supone que es el dueño de la casa) y dice que necesita papel higiénico. Su mujer le da un rollo y desaparece. Aparece de nuevo haciendo la V de victoria, feliz, gritando que ni quiero lo ha necesitado. Abraza por detrás a una señora que estira masa con un rodillo sobre la mesa de la cocina. ¡Esa es mi suegra!, grita. Necesito ir al cuarto de baño, pero la puerta tiene una ventana de cristal redonda (pueden verme desde fuera), además no hay pestillo y el váter está demasiado lejos de la puerta como para aguantarla. No sé qué hacer, si arriesgarme. Antes que nada busco papel y no hay. Sobre el lavabo hay toallitas húmedas, pero al coger una se deshace entre los dedos como si fueran espuma.
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Alguien ha subido a Facebook unas fotos en las que salgo con Nené, Ángeles y otra chica en un balancín. Todas llevamos jerséis verdes tirando a turquesa. En otra sale el erizo César (con su pantalón verde). A pie de foto han escrito: ¿Qué pasa con el verde? Todo el mundo pone comentarios jocosos. No entiendo de qué se ríen.

todo ese caos

martes, 7 marzo 2023. Estoy en una terraza que se parece mucho a la de mi casa, pero es mucho más larga y está muy desordenada. Encima de la barandilla hay unas rejas muy oxidadas. Las cierro con cadenas y candados porque se supone que nos vamos de viaje. Mi suegra me dice que las cierre bien (me sorprende verla porque murió hace tiempo). En la calle, caos. Veo a dos policías arrastrando a un chico que lleva a la cabeza y la mandíbula sangrando. Lo tumban sobre una especie de toalla de plástico amarilla que hay en la acera. Dos señores que iban por la calle tranquilamente, sin venir a qué, se tumban a su lado. Por otra parte, unas señoras le pegan bolsazos a otras señoras y les dicen que se vuelva a su pueblo. Lo miro todo atónita.
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Ángeles está en la cocina de la casa de mis padres haciendo, lo que parecen, buñuelos de bacalao. Le ofrece uno a Alberto. A mí no me ofrece porque en realidad no estoy allí o estoy en modo invisible. Cuando salen de la cocina cojo uno. Lo escupo. Me sabe a filete de lomo crudo.
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Estoy en la cocina de la que era la casa de mi abuela. Todo está muy desordenado. Comienzo a fregar una pila de cacharros. Llegan mis sobrinos, Diego y Elena, y me dicen que el paté que compré no les gusta. Lo echan a la pila de los platos como si fuera el cubo de la basura.

cerebros flotantes

lunes, 19 diciembre 2022. Alberto, Salvatore y yo comemos en un restaurante. Nos ponen una sopa muy aguada con cuatro bolitas de carne picada cruda flotando. También un plato de champiñones crudos. La sopa me da mucho asco porque parecen pequeños cerebros flotantes. El cocinero sale, se sienta a mi lado y pregunta qué tal todo. Le respondo con ironía, pero no la recoge. Dice que tengamos cuidado con la carretera. Un grupo espera (completamente pegados a mi espalda) que dejemos la mesa libre. Le digo a Alberto que deberíamos llevarnos al menos los champiñones ya que no hemos comido nada. Le digo a Salvatore si los quiere para la cena. Dice que Carmen nos quiere mucho, a las niñas (las niñas, se supone, son Ángeles y nené) y a mí, pero no come sobras. De repente ya estamos en casa (la de mis padres). Precisamente Emilio, Ángeles y Nené están allí. Mira lo que sabemos hacer, dicen Ángeles y Nené, y se convierten en dos bebés con la cara de porcelana. ¡Tenéis caras de Vírgenes!, deberíais tener una niña porque sería preciosa, les digo. Cojo a Ángeles en brazos y la llevo de paseo por la Alameda. Los mira todo como si fuera la primera vez que sale. Dentro de un camión aparcado hay merchandising de Doraemon y dibujos animados. También un globo que da vueltas en la cabina del conductor. La asomo a la ventanilla para que lo vea. Aparece el dueño. Nos quiere enseñar el remolque, que en realidad es un coche enorme negro acoplado en sentido opuesto. Del remolque salen varios tipos vestidos negro. Os los voy a presentar, dice muy contento. Dice que son músicos y que están encantados de estar en Málaga, que les encanta el desierto. Creo que confundes Málaga con Almería, le digo. Uno de ellos me da dos besos, me pone el brazo sobre el hombro mientras caminamos. Dice que son de Zamora y allí nunca hace sol. Me extraña, pero no digo nada. Somos de Bolmir, dice. Bolmir está en Cantabria, le digo. Se miran entre ellos, se ríen. Seguimos caminando, ahora el paisaje sí parece un desierto. Pasamos por delante de una casa baja encalada donde unas señoras hacen guirnaldas de buganvillas. Ves, esto es el desierto, en Zamora nunca hace sol, dice. Bolmir está en Cantabria, repito. Me fijo en que Ángeles se ha convertido en una muñeca con la cara de porcelana. Quiero irme a casa, pero no sé dónde estoy ni sé cómo volver porque estoy muy cansada. (En ese momento sueña el teléfono y me despierto.).

recortes

viernes, 3 diciembre 2021. Llegan ángeles y Emilio porque habíamos quedado para comer en c asa. Se me había olvidado. No tengo preparado nada, ni siquiera tengo bebidas para entretenerlos mientras improviso algo, pienso. Mientras lo pienso, en vez de ponerme en marcha, sigo en pie en la cocina haciendo poemas con recortes.

en cuclillas

lunes, 8 noviembre 2021. Voy con Ángeles y Emilio. Ángeles se encuentra mal, quiere tomarse la tensión y entramos en un portal. Nos reciben una madre y una hija muy guapas. La hija está tumbada en el suelo. Se queja (sin mucha convicción) de que es fea y gorda. Mientras la madre la consuela, Ángeles de agacha y extiende el brazo para que le tome la tensión. En cuclillas no saldrá bien, pienso. Mientras, le cuento a la chica que yo siempre me quejé de ser gorda y, ahora, cuando miro fotos de joven veo lo delgada que estaba. La chica se levanta y me da las gracias. Nos vamos. Emilio dice que la madre estaba buenísima. Yo le digo: de liarme con alguien, me liaría con la hija.

reatalaes y ojos de mosca

sábado, 9 octubre 2021. Alguien llega caminando a la terraza de la casa de mis padres, como si la terraza estuviera a ras de suelo (en el sueño consta que es inglés). Entrega un sobre grande de cartón a mi madre. Verás, dice mi padre con desconfianza. Mi madre abre el sobre. Dentro hay una pajarita, unos botones, cosas de costura que parecen muy antiguas. No hay instrucciones, pero todos sabemos que debemos construir una muñeca Holly Hobbie. Le digo al chico que trajo el sobre (y que se ha sentado en una silla de playa junto a mi madre) que de niña me hice una muñeca así, con trocitos de tela de mis vestidos. Te la voy a enseñar, le digo, pero me siento en sus rodillas. Sostengo la pajarita delante del cuello de su camisa. Te sienta bien, le digo. Creo que voy a meter unas cuantas cosas en un sobre para que dentro de cien años se las lleves a alguien, le digo. Aparece una chica, se sienta delante de nosotros en una silla baja. Se saca los pechos (son enormes). Dice que su padre le ha dicho que tiene que dar de mamar a su hija, pero no vemos ninguna hija. Resulta incómodo, y mi padre y yo nos vamos. Se ha hecho de noche, pasamos por portales iluminados. Mi padre va haciendo un comentario de cada uno. De uno me dice que quien lo compre puede vivir solo en todo el edificio o compartirlo. Pienso que no me gustaría vivir sola en un edificio. La calle se va poniendo fantasmagórica. Veo un portal convertido en mercería con un montón de cintas, dedales, botones. Pruebo a abrir una de las puertas de cristal. Se abre. Antes de que pueda coger algo, mi padre se acerca, me retira y recoloca algo que he movido. Cierra y hace un gesto para que me aleje.
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Ángeles, Nené y yo caminamos por calles de pueblo encaladas y adoquinadas. En mitad de una de ellas hay una caja abierta. Dentro hay pedacitos de telas. Los voy sacando. Mirad, este trocito es del mantel del comedor del colegio, y este de un uniforme (así con cada cuadradito de tela). Les digo si quieren alguno de recuerdo. Hacen un gesto negativo con las manos. No sé qué hacer, si llevarme algunos o seguir nuestro camino.
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Llego a una especie de hospicio. Es la hora de comer. Subo con prisa. Ya están sirviendo la comida. Cada mesa está rodeada de rejas y es difícil sentarse. Carmen sirve la comida. Lleva una bata blanca. Supongo que trabaja allí. La saludo, pero parece no reconocerme. Me pone delante un plato con muy mal aspecto: dos lonchas de carne que parecen plantillas recién sacadas de un zapato y una especie de puré. Las lonchas llevan incrustados dos cubos blancos con una marca negra. No os quejaréis, dice Carmen, hoy llevan condimento. El chico que está a mi lado dice que los dos cubos son ojos de mosca. Los saco de la loncha con el tenedor. Parecen dos muelas con caries, pero son blandas. Las aplasto. Carmen me mira mal por haberlas aplastado. Llega Jonás, se sienta a mi lado. Mira el plato con asco, pero cuando aparecen varios gatos para quitarle la comida me dice que los espante.
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Mis tías caminan hacia casa. En la acera hay una especie de armazón plegado muy pesado. Mi tía Mari, que va delante, le dice a mi tía Encarna que los coja. Sin que se dé cuenta, me cambio por mi tía Encarna. Mi tía Mari no se vuelve. Encarnitacarneishon, qué fuerza tienes hoy, le dice. Nos reímos sin hacer ruido para que no nos descubra. Subimos a un piso sin ascensor (se supone que es su casa) y justo antes de abrir la puerta se vuelve y me ve. Se alegra mucho, da palmas como una niña.

un día feliz

miércoles, 23 diciembre 2015. Marcos y yo paseamos, de repente por el campo, de repente por calles. Entramos en lo que parece la tienda de un museo. Ángeles (que parece que trabaja allí) nos explica una serie de cestos con souvenires. Me mira como diciendo "¿Otra vez aquí?", aunque yo tengo la sensación de no haber estado nunca. De la tienda se pasa a un bar. Mis tías están pidiendo en la barra. Los presento, nos invitan a un chupito. Marcos me agarra para bailar. Esto parece una escena sacada de un musical, pienso, pero no le digo nada porque nunca lo he visto tan feliz. Nos sentamos en un puf muy bajo a ver una película, me voy resbalando. Marcos dice que me abrace a él y que me duerma si quiero. Cuando termina nos miramos y nos reímos porque ninguno de los dos ha entendido el final. Una chica desde una mesa (como si me hubiera leído el pensamiento), dice que hay dos películas más, por eso no hay final cerrado. Buscamos un teléfono para avisar (no sé a quién) de que llegaremos tarde. Date prisa, debe de estar muy preocupada, le digo a Marcos. El teléfono del bar tiene los números cambiados de sitio, algunos sólo son pegatinas, otros ni existen. Salimos en busca de una cabina. Por la calle le señalo edificios enormes y majestuosos (se supone que yo conozco esa ciudad). Atravesamos una iglesia. En un banco lateral hay cajetillas de tabaco apiladas. Un hombre con bigote me pregunta si lo puede hacer al revés (llevarse una; se supone que son donaciones). Se ríe, me río, salgo a una plaza y se ha hecho de noche. Aparecen Javi y Nacho. Nacho me da dos besos muy sonriente (no lleva barba y parece mucho más joven). Le pregunto a Javi si tiene móvil. No, pero dice que al fondo de la plaza hay una cabina. Marcos y yo los dejamos haciéndose fotos a la puerta de la iglesia y corremos para llamar por teléfono. La cabina parece un urinario. Mientras Marcos llama, paseo por la plaza (fea y triste, aunque es de día de nuevo). Otro Marcos, pero con gabardina, me pregunta si ya está llamando. Le señalo sus propios pies, a lo lejos, detrás de la cabina-urinario. Mientras miro a los dos Marcos, uno llamando y el otro levantando hojas al caminar, pienso que debe de tener mal genio al despertar.

topillos miméticos

domingo, 5 febrero 2012. Ángeles acaba de llegar de viaje y quiere enseñarme sus nuevas cobayas. He tirado las jaulas, esta vez las voy a dejar sueltas por el jardín, dice. Hay más de veinte haciendo agujeros y comiéndose las plantas. No parecen cobayas, se parecen más a unos topillos que vi en un documental sobre el volcán Santa Helena. Cuando Ángeles no mira, los topillos se ponen en pie y me saludan con las patas delanteras, otros se mimetizan con lo que tienen detrás. Algunos, incluso, se vuelven de rayas o lunares de colores. Cuando ella los mira vuelven a ser topillos grises normales.

aeropuerto

domingo, 9 octubre 2011. Estoy en un aeropuerto sentada junto a un montón de botellas pequeñas y vacías de ginebra, whisky. Meto fotos en sobres y en cada sobre escribo el nombre de un amigo. Hay una foto de Ángeles con sus cobayas entre las manos. Parece una niña. En otra sale Juan arrastrando una maleta enorme. En ese momento levanto la vista y veo a Juan arrastrando una maleta enorme. Lo sigo para darle su foto, lo llamo, pero no me oye. Lo pierdo entre la gente. En ese momento aparecen Alberto y Marcos con botellas pequeñas y vacías y las echan al montón de antes. Un policía me pregunta qué llevo en los sobres. Fotos, le digo. Si llevas líquido tendremos que analizarlo y tardaremos tanto que perderás el avión, dice.

comedor

sábado, 2 julio 2011. Ferran quiere que lo acompañe a unos barracones donde tiene que dar clase. Dice que vigile mientras va al servicio. Me entretengo ordenando las sillas. Me pregunta por Antonio y Antonio aparece de repente, pero pasa por mi lado como si no me viera. Lo sigo. Junto a los barracones hay un restaurante algo desangelado donde una chica sirve comida a paletadas. Hay mucha gente haciendo cola, pero Antonio se cuela por debajo de la mesa que hace de mostrador. Quiero seguirlo para hablar con él, pero aparecen Ángeles y Emilio. Me traen un ejemplar de "Manual de uso". Les digo que cuando lo lea se lo devuelvo. Desaparecen. Cuando por fin voy a entrar en el comedor, Diego Medina me pregunta si voy a escribir una guía de bares. Le digo que no diga a nadie que escribo, pero lo dice justo en el momento en que me siento junto a Juan en una de las mesas. Pienso que ahora Juan me insistirá en que la haga. Me fijo en que la mesa y las sillas son iguales al comedor de casa. Me extraña que en un restaurante tan feo tengan un comedor tan bonito. Juan pregunta por esa guía. Yo le hablo de lo seco que tengo el pelo, para cambiar de tema.

ascensores y hostales

martes, 18 marzo 08. Emilio, Ángeles y yo llegamos a la puerta de la casa de mis padres. Es muy tarde y no hay ninguna luz encendida en la calle. Justo en el momento que estamos abriendo el portal, llega un camión de bomberos idéntico al de la película Fharenheit 451. Tenemos que subir antes que ellos para que no quemen nada, les digo. Entramos en el ascensor, pero no tiene botones, sólo el de abrir y cerrar las puertas y el de alarma. Emilio le da a todos y el ascensor baja. Intento parar el ascensor dándole al de abrir y cerrar, y el ascensor comienza a subir muy deprisa. Tengo una mala noticia, les digo, vamos por el 8º piso y este bloque sólo tiene cinco.
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Las calles están llenas de coches en doble fila. Tengo que ir sorteándolos. Casi arranco la puerta de un coche de policía. Alberto, que va de copiloto, me dice que tenga más cuidado. Le respondo que para estar completamente ciega no lo hago tan mal. Nos cambiamos de asiento sin salir del coche. Alberto conduce hasta calle Cristo y para delante de un hostal de dos plantas. Entramos y llama a la puerta para que le enseñen una habitación. A mí me da vergüenza que moleste a las dueñas, dos señoras muy mayores, porque no vamos a quedarnos. La dueña levanta una persiana metálica y en vez de garaje aparece un restaurante donde están desayunando varias familias. Dice que subamos a ver la habitación. Alberto me indica con un gesto que sube a ver a azotea. Yo sé que para lo único que hemos ido es para ver el atardecer desde la azotea, por eso me da vergüenza estar allí. Mientras Alberto sube, me quedo hablando con un niño. El niño dice que le da asco mi tos. Me entran ganas de contestarle que cuando sea viejo él dará asco a los niños, pero no le digo nada y salgo del restaurante haciendo equilibrios sobre un perro. En la entrada hay varios perros alineados y voy saltando de uno a otro. Veo a Alberto en el suelo, se ha caído y roto las gafas. No te acerques, tengo tuberculosis, dice. Me acerco y lo peino con los dedos.

desnudos estupendos y el capitán tapioca

jueves, 28 febrero 08. Alberto, mi hermana y su marido están en la terraza regando. Pienso que están desperdiciando mucha agua, pero no les digo nada. Al entrar en el salón, mi hermana me dice que está harta de ver mi estupendo ombligo. Me doy cuenta, entonces, de que sólo llevo puestas unas bragas. Me siento en el suelo, me las quito y le digo: Pues mucho más estupenda estoy desnuda. Al entrar al dormitorio, veo a Alberto en la cama, aunque sigo oyendo su voz en la terraza. No comprendo cómo puede estar en dos sitios a la vez.
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Leo en una revista una noticia: El primer hombre violado del mundo. Dos páginas con fotos en blanco y negro de una fiesta en la playa, donde se ve al chico beber y después tumbado bocabajo sobre la arena. La violación no se ve pero se intuye por los gestos del chico. Mientras leo las frases a pie de cada foto, se convierten en imágenes con movimiento. No entiendo cómo la gente que estaba a su alrededor no hizo nada por ayudarlo. Tiro la revista asqueada.
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Alberto, Eski y Caína van en la cabina de una camión, donde transportan una bombona de butano gigante. Le pregunto desde la acera si tiene permiso para llevar material peligroso. Me dice que no quiere verme cuando lleguen a la playa. Me acerco al coche de Pepe, donde Isa, Daniel y Ángeles están listos para marchar. Les digo que no iré a la playa. Intentan convencerme de que vaya con ellos, pero les digo que Alberto no quiere verme allí. Se van. Me siento en la acera y me doy cuenta de que no hay asfalto, sólo tierra. Se han llevado hasta el asfalto, pienso. Me he quedado en un paisaje color arena bastante polvoriento. Un chico vestido de Capitán Tapioca se sienta a mi lado y sin decir nada me pone unas medias sport del color del paisaje. A la altura de la rodilla me ata un lazo. Le pregunto por qué las adorna como si yo fuera una niña. No es un adorno, es un distintivo; ahora eres de los nuestros, dice.
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Al pasar por delante de una iglesia, veo que Odila y Camilo están en la puerta. Entro y busco un lugar para sentarme. Sólo queda sitio en la primera fila. Mi tía Mari está sentada justo en mitad del banco. Procuro sentarme lejos de ella y dejando un sitio libre a cada lado para que se puedan sentar Odila y Camilo. Odila pasa de largo, ni siquiera me saluda, y se sienta junto a mi tía, en el otro extremo del banco. La misa empieza y Camilo no ha entrado.