martes, 18 febrero 2024. Josemari sale con prisas de su casa (no se parece a su casa). Sus hijos (no se parecen a sus hijos) le dicen que hay que sacar al perro (tampoco se parece a su perra). Yo estoy en la acera. Josemari me pide que lo saque yo, que todavía no ha hecho sus necesidades y ellos tienen que irse o no llegan al trabajo ni al colegio. Le digo que estoy en camisón. Me dice que el camisón parece un vestido y es tan temprano que nadie va a verme. Cojo la correa y el perro salta a una cubeta llena de escombros. Termina pronto, le digo como si me entendiera.
Mostrando entradas con la etiqueta josé maría rosales. Mostrar todas las entradas
Mostrando entradas con la etiqueta josé maría rosales. Mostrar todas las entradas
que nada te detenga
lunes, 20 mayo 2024. Estoy de visita en casa de una chica. La casa es una habitación rectangular atiborrada de cosas. Un chico (se supone que es poeta) está tumbado en un sofá rígido de cretona y nos cuenta su vida. Yo hago que me asombro de todo (no sé qué hago allí y pienso que así terminará antes y podré irme). La chica dice que quiere enseñarnos algo. Salimos de la habitación y entramos en otra idéntica vacía, con paredes suelo y techo de cemento. No tiene ventanas, solo unas ranuras cerca del techo. Me gusta más que la otra. Dice que no sabe qué hacer con ese espacio, que hay gente que lo ha decorado y agrandado su casa. Le digo que debe hacerlo cuanto antes, pero con menos cosas o repartir las que tiene entre las dos habitaciones. Si tanto te gusta quédatela, me dice. De repente me invade una oleada de calor y felicidad desde los talones a la cara.
+
Tengo que recoger un par de paquetes. Le digo a Alberto que mientras él recoge uno donde estaba la comisaría, yo subo hasta donde estaba la Casa de la Cultura a recoger el otro. Veo que están cerrando, pero Alberto entra por debajo de la persiana a medio echar. Me gusta ese gesto de no darse por vencido. Cuando lego a mi destino está cerrado. Recuerdo a Alberto y salto la verja. Llamo a la puerta. Primero con los nudillos, después al timbre. Aparece un topo enorme. Parece de juguete hecho de terciopelo mojado. No estoy segura de si es un topo o un ornitorrinco. Empieza a subir pegado a la pared como si fuera una salamanquesa. Me da más asco que miedo. Salto de nuevo la valla y me alejo.
+
Se supone que volvemos de algún sitio y que, a la ida, Josemari ha perdido una figurita de plástico. Me cuenta cosas sobre su padre. Cuando estamos llegando a casa (se supone que somos vecinos) le digo que voy a encontrar su figurita, que nunca hay que darse por vencido. Miro la acera palmo a palmo y, en un hueco, veo la figurita encajada. La saco con mucho cuidado y corro a dársela. Estaba encajada del revés, por eso no la vimos al pasar, le digo. Entra en su casa y yo en la mía (se entra directamente a la cocina) y les cuento entusiasmada, a Alberto y Salvatore, lo que ha pasado.
teseo y congreso de filosofía
martes, 2 enero 2024. Llego a la librería Teseo, pero es un bar con terraza (hay varios y varias poetas). En la acera de enfrente veo la librería Teseo. No sé si es que se han mudado o es un espejo o yo estoy confundida. Veo, desde la Teseo-Bar cómo llega Oeste a la Teseo-Librería y le da un abrazo a la dueña. Tiene cara de cansado, pienso.
+
Llego tarde a un acto. Doy un pequeño impulso y vuelo sobre un metro del suelo, entro planeando sobre los asientos y me siento en una de las últimas filas. Josemari está dando una charla. El público disfruta mucho, está ocurrente y dice cosas muy interesantes sobre filosofía. Un chico muy joven que está a mi lado, me enseña un libro, me pregunta si conozco a la autora y si creo que asistirá. Es un libro mío. ¡Soy yo!, le digo. El chico lo comprueba en la foto de la solapa. Se sonroja. Me dice que quería conocerme porque se ha reconocido en la novela. Soy el chico que describes que espera en la puerta del hospital, dice.
tonto
jueves 27 de febrero de 2020. Josemari nos ha reunido para ponernos unas películas. Ha montado una especie de cine en su calle. Me siento al fondo por si me aburro y quiero marcharme. También ha montado una especie de barra de bar. Allí están algunos poetas que conozco y dejé de tratar. Uno de ellos me señala y hace muecas y burlas mientras los demás lo miran con caras serias. Pienso en sus caras de incomodidad. Aunque ya no son mis amigos sé que no se burlarían de mí, que el único que hace el ridículo es él.
culotte
miércoles, 26 febrero 2020. Mi sobrina me encarga un culotte-falda porque todas sus amigas tienen uno. Me explica cómo se pone: como un pantalón ciclista con la cintura muy alta que se dobla hacia abajo en la cintura y se convierte en falda. Que uno negro y otro amarillo. Dice que solo lo venden en zapaterías. No entiendo nada.
+
Estamos comiendo en una mesa muy larga con mantel muy blanco. Josemari le explica a su hijo que tiene más de dos apellidos pero no sabe cuáles. Le explicó a Josemari que solo tiene que ir poniendo en orden los apellidos de sus padres, abuelos, bisabuelos, etc. Llega su hija y se pone a comer. Nos mira. Conmigo no contéis, dice.
el gran salón
martes, 14 junio 2016. Alberto nos ha llevado a un balneario. Un hombre gordo con bigote, que parece una caricatura, nos dice que esperemos en un cuarto (oscuro, con pequeños catres de lona). Alberto dice que queremos "El gran salón". El hombre se ríe. Risa falsa. Abre la puerta y vemos una habitación enorme con una gran piscina de agua caliente. Por la ventana veo un paisaje precioso, un lago de agua transparente. Todos salimos a verlo. El hombre nos advierte con un gesto que no podemos bañarnos, que el lago es privado. Todos se dan media vuelta. Alberto discute con Josemari, porque dice que prefiere hablar de qué desayuna que disfrutar el paisaje. Salvatore, Emilio y yo nos quedamos. Trepamos por un muro de piedra, nos reímos recordando cuando íbamos de excursión a El chorro. Me fijo en que a Salvatore le han desaparecido las canas, tiene el pelo largo y rizado como cuando era joven. Le meto las manos en el pelo, se me hunden, nos reímos, le digo que no se lo corte nunca más.
+
Alberto y yo estamos en un dormitorio de un primer piso que da una playa donde el agua es espesa y amarilla. Una abuela se baña con su nieto. Sus cuerpos amarillos me resultan preciosos pero a la vez me producen asco. Se supone que hemos alquilado esa habitación para cambiarnos de ropa. Los amigos ya se han ido. Alberto dice que ha terminado y se va. Sobre la cama hay varias maletas con cámaras de fotos. No encuentro mi anillo, tengo que bajar demasiadas bolsas y no sé si podré con todo. Llega un señor mayor, me pregunta si he terminado.
de excursiones y nudos
lunes, 1 octubre 2012. Hablo con Josemari por teléfono. Me pregunta cuándo sale mi próximo libro y si cuento en él algo sobre nuestras excursiones al Chorro. Contaré lo que pasó entre una y otra, le digo. Me bajo del árbol desde donde le hablo y bajo la calle. me cruzo con Andrés, nos saludamos sin pararnos, haciendo un leve gesto con la cabeza. Francis y sus dos hijos pequeños me esperan para coger piedras. Le digo a Francis que a la pulsera que me hizo se le han soltado los nudos. Francis me consuela como si fuera tan pequeña como sus hijos.
fibrofog
viernes, 13 abril 2012. Josemari dice que no le va a dar tiempo a comprar un libro, que le van a cerrar la librería. Antonio le pregunta si los libros que tiene que comprar son libros para gente de los de pinchitos. Una chica le dice que tiene la llave de una casa que da a dos calles y que, en vez dar un rodeo, podemos cruzar a través de ella. La casa tiene muchas puertas. Cada habitación tiene un cerrojo y hay que encontrar la llave adecuada en un llavero con más de veinte. Pienso que estamos tardando más que si hubiéramos dado la vuelta a la manzana, pero no digo nada. En una de las habitaciones hay un muñeco inflable transparente que lleva dentro un esqueleto. Sobre una mesa hay una fuente con piedras idénticas a unas que tengo en casa. Cuando por fin llegamos a la otra calle, es de noche. Salimos a una especie de galería de arte. Un tipo, muy parecido a Pepo, me pregunta si sigo escribiendo. Intento decir algo coherente, pero no encuentro las palabras. Se llama fibrofog, ya te lo explicaré por mail. Caminamos del brazo. De repente pienso que quizá sí sea Pepo, sólo que al atravesar la casa he viajado en el tiempo y todavía no nos hemos conocido. ¿Podrías decirme en qué año estamos?, le pregunto. Pues sí que es serio eso de la fibrofog, responde.
telefonillo, tirantes y cristales
miércoles, 29 septiembre 2010. Mi madre dice que Manuel se ha ido y ni siquiera me he despedido de él, después de haber estado ayudándome toda la tarde a arreglar el ordenador. Mi madre arranca el telefonillo del portero automático de la pared de la cocina y me lo pone en la mano. Todavía lo pillas saliendo del portal, dile adiós, dice.
+
Me pruebo vestidos de fiesta para ir a la comunión de Marta, la hija de Josemari. Vestidos hasta los pies con estampados veraniegos. Mi madre dice que todos me quedan bien, sobre todo uno sin tirantes, yo me veo ridícula. Alberto mete la cabeza en el cuarto para advertirme que ha decidido no ir. Llama a Emilio, y te vas con él, dice. Intento marcar su número de teléfono, pero me equivoco todas las veces. De repente veo que Emilio está en mi cuarto en pijama. Te recuerdo que la comunión es hoy. Él piensa que es al día siguiente. Ángeles le dice a Emilio que qué espera para vestirse. Lo ves, le digo. Josemari también entra en mi cuarto. Lleva un pantalón corto y un polo. ¿No os vais a vestir de largo?, le pregunto. Puedes ponerte lo que quieras, dice. Y en ese momento, el vestido de fiesta sin tirantes se me cae y queda arrugado sobre los pies.
+
Estoy en una playa de piedras con Salud y Loli. Loli, al ver las piedras brillando en la orilla corre hacia a ellas como una niña. Salud lleva una maleta de ordenador enorme que apenas la deja moverse. Hay piedras grises con rayas blancas, preciosas, pero son largas y grandes como barras de pan. Intento elegir una bonita para llevármela. Entre las piedras hay trozos de cristal en forma de cubo con lo que podría hacer marcos de foto. Le doy a Salud unos cuantos. Sobre una máquina de coser que alguien ha tirado, veo tres de mis piedras. Una de ellas es la que me envió Chivite. No comprendo cómo ha llegado allí. La luz sobre la piedra es tan bonita que la dejo un poco más. Cuando voy a recuperarla ya no está. Me entran ganas de llorar. Salud dice que tenemos que irnos. Loli vuelve de la orilla cargada de piedras con cara de felicidad. Yo sólo llevo en las manos un trozo de cristal roto.
+
Me pruebo vestidos de fiesta para ir a la comunión de Marta, la hija de Josemari. Vestidos hasta los pies con estampados veraniegos. Mi madre dice que todos me quedan bien, sobre todo uno sin tirantes, yo me veo ridícula. Alberto mete la cabeza en el cuarto para advertirme que ha decidido no ir. Llama a Emilio, y te vas con él, dice. Intento marcar su número de teléfono, pero me equivoco todas las veces. De repente veo que Emilio está en mi cuarto en pijama. Te recuerdo que la comunión es hoy. Él piensa que es al día siguiente. Ángeles le dice a Emilio que qué espera para vestirse. Lo ves, le digo. Josemari también entra en mi cuarto. Lleva un pantalón corto y un polo. ¿No os vais a vestir de largo?, le pregunto. Puedes ponerte lo que quieras, dice. Y en ese momento, el vestido de fiesta sin tirantes se me cae y queda arrugado sobre los pies.
+
Estoy en una playa de piedras con Salud y Loli. Loli, al ver las piedras brillando en la orilla corre hacia a ellas como una niña. Salud lleva una maleta de ordenador enorme que apenas la deja moverse. Hay piedras grises con rayas blancas, preciosas, pero son largas y grandes como barras de pan. Intento elegir una bonita para llevármela. Entre las piedras hay trozos de cristal en forma de cubo con lo que podría hacer marcos de foto. Le doy a Salud unos cuantos. Sobre una máquina de coser que alguien ha tirado, veo tres de mis piedras. Una de ellas es la que me envió Chivite. No comprendo cómo ha llegado allí. La luz sobre la piedra es tan bonita que la dejo un poco más. Cuando voy a recuperarla ya no está. Me entran ganas de llorar. Salud dice que tenemos que irnos. Loli vuelve de la orilla cargada de piedras con cara de felicidad. Yo sólo llevo en las manos un trozo de cristal roto.
agujero, ventana y triciclo
lunes, 21 junio 2010. Estoy dentro de una habitación forrada de madera con unos amigos. Josemari está muy triste porque dice que está nublado. Le digo que mire el agujero cuadrado que hay en el techo. Por el agujero se ven pasar nubes muy grises. Si soplamos con fuerza conseguiremos que salga el sol, le digo. Sólo soplo yo. Al momento, un haz enorme de luz entra por el hueco cuadrado del techo.
+
Para pasar de un cuarto a otro, tengo que saltar por encima de un tipo que hay bajo una ventana. Todo el mundo lo hace sin dificultad. Tomo carrerilla, de un salto subo a sus rodilla y de otro a sus hombros. Sobre sus hombros pierdo el equilibrio y caigo. Vuelta a empezar. Si ese tipo no llevara una camisa celeste no me distraería y lo conseguiría, pienso.
+
Voy a la playa con un grupo de amigos. Al llegar al final de un paseo marítimo, subimos a unas rocas. Para llegar a la playa habría que dar la vuelta. Sin pensárselo se lanzan vestidos al mar, incluso Antonio, que suele ser el más prudente. Me siento en la roca a mirarlos, pienso en sus carteras con dinero o documentos, completamente mojados. La roca comienza a cambiar de forma, se estrecha, temo caer. Vuelvo como puedo al paseo marítimo y trato de cruzar a la playa desde dentro del hotel. Entro en habitaciones vacías que se comunican a través de los armarios. Sin querer he vuelto al mismo lugar. Josemari pasa en triciclo. Me dice que no sabía que tuviéramos aficiones en común. No sé de qué habla porque no creo que coleccione piedras. Empieza a llover. Noto que la tierra se ablanda a mis pies y aprovecho para arrancar del suelo dos piedras. Una roja con rayas negras y otra negra con rayas blancas. Las rayas forman caras, tristes o alegres, según las mires. Me las guardo en el bolsillo. La roja para mí y la negra para Chivite, pienso. Cuando voy a darme cuenta, Josemari ha desaparecido en su triciclo. En la calle sólo quedan vestidos blancos ibicencos colgados de cuerdas. Los miro durante un rato hasta que anochece. Una mujer se me acerca, me pregunta en qué hotel estoy. Es la duquesa de Alba. Sin darme tiempo a responder, dice que en ese hotel roban. Y desaparece calle abajo.
+
Para pasar de un cuarto a otro, tengo que saltar por encima de un tipo que hay bajo una ventana. Todo el mundo lo hace sin dificultad. Tomo carrerilla, de un salto subo a sus rodilla y de otro a sus hombros. Sobre sus hombros pierdo el equilibrio y caigo. Vuelta a empezar. Si ese tipo no llevara una camisa celeste no me distraería y lo conseguiría, pienso.
+
Voy a la playa con un grupo de amigos. Al llegar al final de un paseo marítimo, subimos a unas rocas. Para llegar a la playa habría que dar la vuelta. Sin pensárselo se lanzan vestidos al mar, incluso Antonio, que suele ser el más prudente. Me siento en la roca a mirarlos, pienso en sus carteras con dinero o documentos, completamente mojados. La roca comienza a cambiar de forma, se estrecha, temo caer. Vuelvo como puedo al paseo marítimo y trato de cruzar a la playa desde dentro del hotel. Entro en habitaciones vacías que se comunican a través de los armarios. Sin querer he vuelto al mismo lugar. Josemari pasa en triciclo. Me dice que no sabía que tuviéramos aficiones en común. No sé de qué habla porque no creo que coleccione piedras. Empieza a llover. Noto que la tierra se ablanda a mis pies y aprovecho para arrancar del suelo dos piedras. Una roja con rayas negras y otra negra con rayas blancas. Las rayas forman caras, tristes o alegres, según las mires. Me las guardo en el bolsillo. La roja para mí y la negra para Chivite, pienso. Cuando voy a darme cuenta, Josemari ha desaparecido en su triciclo. En la calle sólo quedan vestidos blancos ibicencos colgados de cuerdas. Los miro durante un rato hasta que anochece. Una mujer se me acerca, me pregunta en qué hotel estoy. Es la duquesa de Alba. Sin darme tiempo a responder, dice que en ese hotel roban. Y desaparece calle abajo.
modelos y manguera
miércoles, 14 abril 2010. Un grupo de modelos en ropa interior hacen cola para maquillarse delante de un mostrador metálico, como el que ponen en las ferias. Me empujan hacia la cola, les digo que ni soy modelo ni he usado maquillaje en toda mi vida. Entre dos chicas me ponen un pegote rosa en cada pómulo y me dicen que lo extienda con los dedos. Más que extenderlo trato de hacerlo desaparecer. Josemari llega con una manguera y las modelos escapan entre ridículos grititos. Yo sigo allí, mirando cómo limpia el suelo de cemento. Le pregunto si me dejaría hacerlo. Me pasa la manguera y se sienta a leer un libro enorme de tapas duras. Los mostradores se han convertido en somieres con colchón, sin sábanas. Paso el agua a toda presión entre las patas.
otorrinos y editoras folk
martes, 12 febrero 08. Hemos pasado unos días en el campo y tenemos que recoger. Nadie sabe dónde están las palas plegables. Les digo a los amigos que no se preocupen porque soy especialista en encontrar cosas que se pierden. Josemari me da las gracias y me dice que me corte el pelo porque me quedaba mejor cuando lo llevaba como él. Busco las palas dentro de cada árbol y en cada agujero que encuentro en la tierra. Entro en una casa de madera donde parece que haya pasado un tornado. Me asomo a la ventana del piso más alto y veo a mis amigos como hormigas recogiendo las tiendas de campaña. De repente la casa empieza a rodar. Estoy atrapada. Me pongo un colchón sobre la cabeza y grito por la ventana para que sepan que estoy allí.
+
Alberto y Caína me acompañan al otorrino. Mientras no nos atiende, curioseamos la casa. Las paredes son verdes y no hay muebles ni cuadros, sólo una nevera vieja que hace mucho ruido. Al fondo del pasillo se ve un cuarto de baño bastante sucio. La enfermera dice que suba. La sala está cubierta de plástico y e propio otorrino lleva un traje hecho con plástico de burbujas. Las costuras de su atuendo están cosidas con esparadrapo. Cuando entro, le tiendo la mano, pero él ni me mira. Cuando entran detrás de mí, Alberto y Caína, el otorrino loas saluda con amabilidad y le dice a Caína si está mejor de su neumonía.
+
Estoy limpiándole la cocina a mi suegra. Rebaño con una cucharilla cada hendidura. Saco puré de calabaza de todas partes. Limpio tan afondo que me llevo los dibujos de la cocina y los remates de plástico. Mi suegra me enseña unas telas que ha comprado. Una es de rayas blancas y rojas. Dice que es para hacer una sábana. Le digo que le han vendido una tela elástica de poliéster y que eso le dará muchísimo calor. Me dice que ya las coserá ella y que no sé nada de telas.
+
He quedado con un grupo de poetas, todas mujeres, en un bar. No sé cómo debo vestirme. Llaman a la puerta, así que me coloco una gabardina blanca con dibujos infantiles que había sobre la cama. Cuando salgo a la calle, me doy cuenta de que no llevo nada debajo. En un bar están las poetas sentadas alrededor de una mesa con cuadernos de espiral, escribiendo como si hicieran los deberes. Una de ellas me pregunta y ya se publicó la entrevista a Muñoz Quintana. Le digo que sí, pero que todavía no la ha leído. Se va a enfadar, me dice. Siempre se enfada, le respondo. Una chica que escribe poemas a toda prisa con letra infantil, me dice que ya ha llegado la editora. La editora no es otra que Isabel Pantoja. Todas aplauden. Cuando llega a mi altura, me pasa la mano por el hombro y me dice, no voy a consentir errores.
+
Alberto y Caína me acompañan al otorrino. Mientras no nos atiende, curioseamos la casa. Las paredes son verdes y no hay muebles ni cuadros, sólo una nevera vieja que hace mucho ruido. Al fondo del pasillo se ve un cuarto de baño bastante sucio. La enfermera dice que suba. La sala está cubierta de plástico y e propio otorrino lleva un traje hecho con plástico de burbujas. Las costuras de su atuendo están cosidas con esparadrapo. Cuando entro, le tiendo la mano, pero él ni me mira. Cuando entran detrás de mí, Alberto y Caína, el otorrino loas saluda con amabilidad y le dice a Caína si está mejor de su neumonía.
+
Estoy limpiándole la cocina a mi suegra. Rebaño con una cucharilla cada hendidura. Saco puré de calabaza de todas partes. Limpio tan afondo que me llevo los dibujos de la cocina y los remates de plástico. Mi suegra me enseña unas telas que ha comprado. Una es de rayas blancas y rojas. Dice que es para hacer una sábana. Le digo que le han vendido una tela elástica de poliéster y que eso le dará muchísimo calor. Me dice que ya las coserá ella y que no sé nada de telas.
+
He quedado con un grupo de poetas, todas mujeres, en un bar. No sé cómo debo vestirme. Llaman a la puerta, así que me coloco una gabardina blanca con dibujos infantiles que había sobre la cama. Cuando salgo a la calle, me doy cuenta de que no llevo nada debajo. En un bar están las poetas sentadas alrededor de una mesa con cuadernos de espiral, escribiendo como si hicieran los deberes. Una de ellas me pregunta y ya se publicó la entrevista a Muñoz Quintana. Le digo que sí, pero que todavía no la ha leído. Se va a enfadar, me dice. Siempre se enfada, le respondo. Una chica que escribe poemas a toda prisa con letra infantil, me dice que ya ha llegado la editora. La editora no es otra que Isabel Pantoja. Todas aplauden. Cuando llega a mi altura, me pasa la mano por el hombro y me dice, no voy a consentir errores.
Suscribirse a:
Entradas (Atom)