lunes, 8 junio 2026. Hemos quedado con Jorge en lo que parece el claustro de un parador. Me sorprende y alegra que venga andando (lo esperaba en silla de ruedas). Lo acompaña Jota (pinta de maniquí, pelo tieso y cara rígida). Me alegro muchísimo de verlo, me contengo de darle un abrazo, nos damos dos besos. No me esperabas así, dice. Sí (le miento), solo que no me pega el perfume (huele a una colonia deportiva horrible). Llegan varias personas más y nos sentamos alrededor de una mesita a tomar algo. Estoy impaciente por poder hablar a solas con él. Voy al servicio (tardo en encontrarlo). El váter es tan pequeño que me orino por fuera. La orina es fluorescente y mancha hasta las paredes. Lo limpio como puedo y me voy. Espero que no haya cámaras, pienso. Cuando vuelvo, Jota está en el parking a punto de marcharse. Le hablo de los amigos de entonces, de Biguri, de Masip, de Purranki. Le pregunto si llegó a conocer a Larsen. Como lo veo relajado, me atrevo a preguntarle si el pelo es suyo o una peluca. Se ríe, dice que se ha dejado esa coleta por mí (en realidad no es una coleta, es un mechón mal cortado en la nuca). Le cuento que yo antes me arreglaba, pero que desde que cuido a mis padres no tengo tiempo para nada, ni tiempo ni ganas, que he perdido la personalidad, que ya no me pongo nada especial, que antes me hacía la ropa yo. Te lo voy a enseñar, le digo y sacó una libreta con dibujos de modelos que hice hace años. Me recomienda una tienda donde puedo comprar ropa muy bonita, se llama "Chrisburg". Cristina Burgos, supongo. Me mira con admiración. Ponte aquí delante, le digo. No eres tan alto como decías, aunque es verdad que tu nuez está a la altura de mis ojos. Nos reímos.
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mascota azul
sábado, 2 agosto 2025. Estoy con un grupo de personas que no conozco. Aparecen Maribel, Purranki y Ash. Purranki lleva una mascota con correa. La mascota es una bayeta azul de 25x25 cm. Se mueve alegremente cuando la acaricio. No te extraña nada, dice Maribel muy contenta. Ash lleva una pecera con asa en la tapa a modo de maleta. Dentro hay pequeñas bayetas de colores de no más de 5x5 cm. No comprendo que la que supuestamente es su madre pueda vivir fuera del agua, pero no digo nada.
hotel y colonoscopia
sábado, 21 junio 2025. Estoy con francis en el hall de un hotel. Se supone que se ha quedado allí por trabajo unos días. Al dejar la llave, la recepcionista le pasa la factura. Él dice que ya pagó su empresa. La chica mira papeles y él me dice que nos vayamos. Le pregunto si no va a esperar a su encuentre los papeles. Seguimos andando. De repente se hace de noche. Le pregunto dónde va a dormir. No lo sabe. Le digo que puede quedarse en casa. Dice que prefiere irse a cualquier otro sitio. Lo dice muy serio. No sé si está enfadado conmigo o con la recepcionista.
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Discutimos por algo. Alberto dice que da igual y sale de la habitación. Le digo que así no se arreglan las cosas, que eso es como esconder cajas bajo la cama. Me doy cuenta de que hace rato que se ha ido.
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Purranki está en la barra de un bar. Me acerco y, sin llegar a saludar siquiera, le digo que cuando te hacen una colonoscopia deberían aprovechar para empastarte o quitarte a una muela, que así aprovecharían la anestesia. Nos reímos a carcajadas cómo si fuera el chiste más gracioso del mundo.
habitación compartida y pañuelo perdido
lunes, 15 abril 2024. Estoy en una habitación de hotel con Alberto y Purranki. Es una cama de matrimonio de dos por dos metros. Al lado hay una cama de noventa donde duermen (más juegan que duermen) tres adolescentes. No comprendo cómo hemos reservado una habitación compartida. Las chicas quieren ver algo en la tele, nosotros otra cosa. Yo me entretengo en pintar con tiza sobre las cortinas. Siguen llegando adolescentes. Una de ellas ice que tiene hambre. A la que parece mayor le digo que en la habitación de al lado (que hace de despensa) hay una cafetera y unos cestos con cruasanes. Hace un gesto de que no diga nada llevándose el índice a los labios. Paso. A Alberto y Purranki parece no importarles que las chicas hagan ruido, se rían a carcajadas o salten sobre la cama.
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Hemos ido a una taberna, a la presentación de un libro. Estamos sentados en la fila más alta de una grada de madera muy empinada. Temo caer en cualquier momento. Una señora del público habla sobre ella cada vez que el escritor va a decir algo sobre sus poemas. Alguien la manda callar. La señora se va muy ofendida, llorando. Otra persona protesta, dice que a la pobre la operan al día siguiente. No entiendo qué tendrá que ver para que interrumpa tanto. Todos se gritan, cada uno defendiendo a cada una de las partes. Me doy cuenta de que en el bar anterior me he dejado el abrigo y el bolso. Se lo digo a Marcos. ¡Estupendo!, aprovechemos este caos para irnos, dice contentísimo. Tomamos un autobús para llegar al bar anterior. Es bus parece una nave espacial, todo es blanco con los rincones redondeados, sin asientos. Marcos protesta. Le digo que disfrute del paisaje (una playa de agua limpísimas. Después podemos bañarnos, le digo (mientras lo digo pienso en qué ropa interior llevo, si no se transparentará, me servirá como bikini). Llegamos al bar pero está cerrado. Una cocinera nos atiende. Dice que abrigo no hay pero sí un pañuelo. Me enseña un pañuelo igual al mío pero rectangular. Marcos me hace una seña como para que me lo quede y zanje el asunto. El mío era cuadrado, digo al fin. Una chica se quita el pañuelo del cuello y me lo da. Lo encontré en la barra, dice con cara de pena. Dudo si regalárselo. Te lo daría, pero es un pañuelo que me regaló mi madre cuando me casé, le digo. Marcos sale de allí echando chispas. Un tipo me toma de la mano, dice que me acompañará al hotel para que no me pierda. Me pregunta si de verdad estoy casada y desde cuando. Desde hace treinta y seis años. El chico se ríe a carcajadas, no me cree e intenta besarme. Lo empujo, le digo que me deje en paz, que sé volver sola al hotel. En realidad no sé volver, ni siquiera sé en qué ciudad estoy.
purranki
viernes, 29 septiembre 2022. Se supone que he llegado a Valencia en tren. Entro en una tienda de ropa jipi. Pregunto si tienen pantalones de mi talla. La dueña me da una serie de explicaciones que no entiendo. De nuevo en la calle, pienso que podría darle una sorpresa a Ibán. Decirle: ¿Una caña? Busco su dirección y número de teléfono en una táblet (no sé de dónde ha salido), pero de repente la pantalla se pone negra y aparecen dos fantasmas. Apago. Entro en un edificio donde, se supone, proyectan un ciclo de Fernán Gómez. En el hall está Masip y Purranki. Me alegro mucho de verlos, pero Masip dice que tienen que irse ya. Purranki me dice el último libro que ha leído, pero habla tan rápido que no entiendo nada, solo la última palabra: ventana. Dice que pronto presentará su novela. Le propongo que venga a Málaga, dice que sí. Me voy al ascensor contentísima. Llego a una sala. Hay mucha gente en el suelo, tumbados bajo mantas, viendo la película de Fernán Gómez (incluidos Alberto, Marcos y mis padres). Mi padre dice algo. Pienso que quizá haya preguntado dónde está el gato (como hace en casa), y me río. Salgo a la calle. Una chica me dice que ha oído decir a alguien que gracias a una frase de uno de mis libros ha hecho las paces con su madre. Me echo a llorar. Todos van saliendo de la proyección. Me pego a la pared para que no me vean llorar. No tengo pañuelo.
tres chupitos de tequila y un coloquio
lunes, 3 mayo 2021. Salgo de lo que parece un bar. Las callejuelas están encaladas, son estrechas y oscuras. Otras personas también vuelven con prisa a sus casas. Será por el toque de queda, pienso. La ropa que llevo no sé si es mía (una falda corta de florecillas y unas botas de tacón). Como no sé dónde estoy decido volver. Elisa y Andrés están en el porche de una casa. Les pregunto dónde estamos y qué ha pasado porque no recuerdo nada. Andrés me da un papel escrito a máquina. No sé si es un poema o un jeroglífico. Se supone que está escrito entre varias personas (Blanco, Pateta, Purranki). No entiendo ni recuerdo nada. Elisa resume: tres chupitos de tequila. ¿Tanto hacen?, pregunto. Si nunca tomas tequila, sí. Tengo que volver a casa. Me acompañan. En vez de ir por la calle atravesamos tiendas. Una de ellas por encima de un expositor con cerámica y vidrio. Parecemos gatos, no rompemos nada. El vendedor intenta que compremos algo. Nos ofrece un jarrón de Sargadelos. En ese momento me suena el móvil y lo uso como excusa. Salimos por una ventana a la acera, frente al Málaga Palacio. Abro el móvil y en vez de ver quién me llama aparece un plano con una luz amarilla parpadeante. Andrés dice que eso significa que la persona que me llama está muy cerca. Tengo que volver a casa cuanto antes, le digo.
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Paso por una cafetería y veo a Luciano en una mesa, solo. Está de espaldas, tiene el pelo completamente blanco. ¿Tanto hace que no nos vemos?, pienso. Me siento a unos metros, quiero que se vuelva, me reconozca y que se lleve una sorpresa. Lo hace, viene a mi mesa, abre su portátil y participamos en un coloquio sobre literatura creativa. El moderador, desde la pantalla, pregunta si creemos que todo es autobiográfico. Los dos asentimos. De algún modo, cualquier cosa que escribamos se convierte en autobiografía, decimos casi al unísono.
sanchesky y orellas de carnaval
miércoles, 14 octubre 2020. Me despierto en que fue mi cuarto en casa de mis padres. Llega Purranki y, sin mediar palabra, se pone a ordenar la habitación. Dobla mi ropa con cuidado y la va colocando sobre una silla. ¿Recuerdas que te regalé una tele?, dice. No sé si quiere que se la devuelva o que le dé algo a cambio. Me arreglo deprisa y salgo de la casa. Es de noche. Detrás de mí bajan un montón de adolescentes en monopatín. Una chica me dice que no tenía que haber salido, que ya sé de sobra que de 10 a 12 la calle es para ellos. Por que tú lo digas, pienso. No os molesto, si fuera en coche o en moto..., le digo. Intento congraciarme con ella contándole que yo tenía un Sanchesky naranja (mentira, era de mi amigo Paco). Le recomiendo varias películas mientras llegamos a una furgoneta donde venden comida. Una Mirinda, pide. Varias chicas chinas buscan y van enseñando distintas bebidas. La Mirinda ya no existe, le digo. La chica se enfada muchísimo y desaparece. Se ha hecho de día, llego a calles que no conozco (con las que he soñado otras veces). He olvidado el móvil, no puedo a avisar a Alberto para decirle que me he perdido. Pienso que si cierro los ojos la intuición de mis pies me llevará a casa de mi abuela. Así es. Mi abuela está en la cocina preparando orellas de carnaval. La casa huele a bolitas de anís. En la entrada hay un teléfono góndola que nunca había visto. Intento llamar a casa de mis padres, pero me equivoco de número varias veces. Una de mis tías se pega a mí para cotillear. Acabó insultándola para que me deje en paz. El teléfono se ha desarmado. Decido irme. Busco mis gafas. Mi hermana, cuando nadie la ve, me dice que mi tía me las ha escondido, y señala el cajón de una mesita de noche. Mi tía al ver que las he encontrado se enfada muchísimo, más que la chica del monopatín. Pienso que Alberto debe de estar preocupado porque no he podido llamarlo en todo el día. Salgo a la calle, no sé volver a casa.
gato sin orejas
jueves, 12 octubre 2017. Voy en el tren de cercanías. La última parada cerrada por obras. Bajamos en un túnel. Me despisto del grupo y llego a un descampado con montones gigantescos de tierra muy negra. Unos operarios me ayudan a subir a uno de los montones con forma de esfera. La tierra es tan compacta que puedo subir como si escalara una pared de piedra, pero al ser una esfera uno acaba por resbalar. La vista es impresionante, valió la pena, pienso mientras caigo.
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Purranki quiere por su cumpleaños una cámara nueva para rodar cortos. ¿Eso no es una cámara?, le digo señalando la que tiene en la mano. Sí, pero esta sólo graba historias de los dedos de mis pies.
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Estoy en una casa-cubo muy blanca con las paredes translúcidas. Un gato sin orejas que mira con cara de pena. ¿Tienes hambre? Y el gato asiente con la cabeza. Salgo a todo correr porque es tarde. Al llegar al supermercado me doy cuenta de que no llevo dinero. ¿A qué hora cerráis?, pregunto a dos niñas que hacen pan. No cerramos, dice una echando la persiana. Vuelvo a casa a toda velocidad, pero llevo botas de agua y se me salen al correr. ¿Me da uno?, dice un chico con el que me cruzo en la acera. Me miro el brazo. Llevo varios Donuts rosas a modo de pulsera. Le doy dos. Al llegar a casa cojo al gato en brazos y se transforma en un bebé con los ojos verdes, preciosos. Me pregunta si los Donuts son para él. Me sorprende que sepa hablar porque no pasará de 3 meses. Llega Manuel con un montón de gente. Al parecer hay una fiesta en marcha. Manuel tiene los ojos del mismo color que el bebé. Me pregunto si será suyo. Como si pudiera leerme el pensamiento, el bebé me dice que sí, que es su padre, pero desde ahora vivirá conmigo.
construcciones de fruta
jueves, 19 septiembre 2013. Purranki y yo hacemos construcciones con trozos de fruta. La habitación tiene dos paredes de piedra y dos de cristal. Mientras tanto, Juan de niño corretea por allí.
de naves y ballestas
domingo, 21 octubre 2012. Estoy en un descampado esperando a Joan. Vuelve de un viaje que ha hecho por el espacio. Cuando veo aparecer la nave me parece pequeña. Ocho personas salen en fila, muy serios, entre ellos Joan. Los dos últimos en salir son Maribel y Purranki. A lo lejos, veo llegar a un grupo de personas. Caminan muy lentamente en silencio. Cuando están cerca extienden el brazo para darnos la mano, parecen felices y muy aburridos. Nos señalan un camino y vamos con ellos. A los dos lados de una vía hay puestos de collares, bolsos de tela y todas esas cosas que suelen vender en los puestos jipis. Todo transcurre en silencio. Miro a Joan, hablamos por telepatía. Le digo que no pienso quedarme en ese planeta. Él me dice que ahora es cantante y ha grabado un disco mientras estaba fuera. Las canciones suenan dentro de mi cabeza.
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Estoy en el recreo del colegio. Entre los árboles del camino que sube a la gruta veo a un hombre con una ballesta. Es Ruíz Gallardón. Dispara contra una gaviota, la atraviesa, la veo caer en picado. Intento moverme para que no de caiga encima, pero me cae justo en la frente.
pretendiente
viernes, 25 mayo 2012. Un chico muy joven me coge de la mano. Me cuenta que es diseñador de muebles, me dice cómo será nuestra casa. Tendremos una lancha, dice. Lo miro son sorprenderme. Le digo que podría ser su madre. Corramos, dice. Echamos a correr, corro muchos más rápido que él a pesar de llevar tacones. Lo ves, me dice, no eres tan mayor. Llegamos a un bar. Dice que cada diez minutos cambian el mobiliario, el próximo es el suyo. Nos sentamos en unos taburetes de colores que parecen de guardería. De repente veo a Purranki, lo abrazo, le pregunto qué hizo con "El potadero". Dice que lo envió a una editorial portuguesa y a otra inglesa. ¿Qué pasó? Se los pasaron por los huevos, dice. Nos reímos. En una mesa veo a Fernando cenando con tres chicas saharauis. Menuda sorpresa, le digo. Nos abrazamos, le levanta en volandas. No pesa nada, dice. Le presento a Purranki. En otras mesas veo a Alberto, Agustín y Juan. Ya están cenando. Juan está de pie, le acerco uno de los taburetes que ha diseñado mi supuesto pretendiente. Son taburetes de hierro con una especie de cinturón también de hierro para atarte mientras cenas. Cuando Purranki ve los taburetes y a todos atados mientras comen, me dice: Ya me imagino cómo será tu casa.
test de estar vivo
miércoles, 16 marzo 2011. Estoy en la terraza de un bar con unos amigos. Andrés está al otro extremo de la mesa, me río sola al oírlo hablar, me hace gracia cómo comienza las conversaciones. Por ejemplo, le dice a una chica con cara de asombro, como si fuera una noticia de última hora: ¿Te has enterado? Cuando la chica lo mira con curiosidad, él le dice: Sé hacer jabón. Javier aparece con un bote enorme y lo deja encima de la mesa. Dice que es un test de embarazo. Purranki, sentado a mi lado, dice que su mujer tuvo que hacerse un test muy complicado. Llevaba hasta cables, dice. Yo les cuento que una vez compré uno en una farmacia, sólo había que poner unas gotas de orina y esperar cinco minutos. En una pantallita, simplemente, aparecía escrito sí o no, les digo. Eso era un test para saber si estabas viva, dice Purranki. Pues me salió que no, le digo. Se ríen.
enemigos
jueves, 7 octubre 2010. Mi amigo Francis me persigue por una casa llena de muebles para matarme. A ratos lleva una pistola, a ratos un mazo de madera. No sé qué le pasa. En un descuido consigo salir de la casa, dudo si bajar a la calle o subir a la azotea. Pienso que él pensará que he bajado a la calle, así que subo. En la azotea hay toda una ciudad de edificios de tres plantas con jardín. Alguien me pregunta si quiero alquilar una casa. Me pregunto si Francis me encontrará.
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Estoy sentada en el escalón de un portal mirando a la gente que pasa y recuerdo que alguien me ha dicho, después de acostarse conmigo, que no había pensado en mí. Pienso que en realidad me da lo mismo. Pienso en si ha sucedido de verdad o lo habré soñado.
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Voy en autobús con Camilo. En una parada sube Purranki, se sienta al fondo. Me acerco a saludarlo. Lo noto muy serio, como si prefiriera que no lo hablara. Le presento a Camilo y se ponen a charlar animadamente. Me bajo en la siguiente parada, para dejarlos hablar en paz.
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Alberto y yo entramos en el ascensor de un hotel en el momento que Cumpián sale. Le doy a Alberto la llave de la habitación y le digo a Cumpián si puedo acompañarlo un poco. Para cruzar la calle me agarra de la cintura del vaquero, me levanta y me lleva como si fuera un saco. Casi nos atropellan. En un descampado una mujer gordísima lava a su marido, igualmente gordo, echándole tinas de agua por encima. Los dos están desnudos. El hombre llora como un bebé gigante. Le doy un codazo a Cumpián para que los mire y le digo que parece una escena de Beckett. ¿De verdad has leído a Beckett?, dice. Todo, no me he dejado ni una palabra sin leer. ¿Saber lo único que echo de menos?, que por las calles no sonara como hilo musical de fondo, la voz de Beckett leyendo su obra, le digo. Cuando me vuelvo a ver su cara, me doy cuenta de que Cumpián se ha quedado unos pasos atrás y está mirando un escaparate lleno de figuritas de barro.
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Estoy sentada en el escalón de un portal mirando a la gente que pasa y recuerdo que alguien me ha dicho, después de acostarse conmigo, que no había pensado en mí. Pienso que en realidad me da lo mismo. Pienso en si ha sucedido de verdad o lo habré soñado.
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Voy en autobús con Camilo. En una parada sube Purranki, se sienta al fondo. Me acerco a saludarlo. Lo noto muy serio, como si prefiriera que no lo hablara. Le presento a Camilo y se ponen a charlar animadamente. Me bajo en la siguiente parada, para dejarlos hablar en paz.
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Alberto y yo entramos en el ascensor de un hotel en el momento que Cumpián sale. Le doy a Alberto la llave de la habitación y le digo a Cumpián si puedo acompañarlo un poco. Para cruzar la calle me agarra de la cintura del vaquero, me levanta y me lleva como si fuera un saco. Casi nos atropellan. En un descampado una mujer gordísima lava a su marido, igualmente gordo, echándole tinas de agua por encima. Los dos están desnudos. El hombre llora como un bebé gigante. Le doy un codazo a Cumpián para que los mire y le digo que parece una escena de Beckett. ¿De verdad has leído a Beckett?, dice. Todo, no me he dejado ni una palabra sin leer. ¿Saber lo único que echo de menos?, que por las calles no sonara como hilo musical de fondo, la voz de Beckett leyendo su obra, le digo. Cuando me vuelvo a ver su cara, me doy cuenta de que Cumpián se ha quedado unos pasos atrás y está mirando un escaparate lleno de figuritas de barro.
juguetes y arropía
martes, 18 mayo 2010. Purranki vive en el que era mi cuarto en la casa de mis padres. Tiene el armario lleno de juguetes. Entre ellos, dos osos de peluche y un pez azul enorme de plástico al que se le encienden los ojos. Le ocupan todo el espacio, la ropa y los ordenadores los tiene sobre la cama. Le pregunto si sigue viviendo en el mismo sitio, aunque en realidad me refiero a un sitio donde vivía en otro sueño. Mientras me habla, recuerdo el otro sueño, una casa junto a un monte y una vía de tren. Salimos del cuarto directamente a un terraplén. Nos alejamos para que mi madre no oiga de qué hablamos, aunque sólo hablamos de juguetes. Mientras me habla también pienso que la voz le ha cambiado, pero no le digo nada porque me siento muy a gusto escuchándolo.
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Alberto y yo estamos en un salón de actos. Una chica dice que es el salón-pecera-avión y por eso hay que descalzarse para entrar. Me fijo en que, en realidad, sólo ella va sin zapatos. Tocan varios grupos. Anuncian una banda de niños. Alberto dice que llegaremos tarde a la fiesta. Miro en mi agenda y, efectivamente, tengo apuntado que esa tarde tenemos que ir a felicitar a Daniel, Enrique y Carmen. Tardo en salir del salón de actos porque alguien ha atado un cd a mi butaca. Cuando consigo desatarlo, levanto el hilo para mirarlo al trasluz y digo muy solemnemente: Hilo de bramante. Travieso la banda de música infantil. Alberto está en el mostrador de entrada hablando con una chica, le hago señas para que recoja su chaqueta del suelo, pero está distraído. A la entrada también hay un piano de pared. Encima hay un florero con chupa-chups de arropía. Le pregunto a la chica si puedo coger uno. Dice que están ahí para eso, pero nunca nadie se ha atrevido a pedir uno. Esta mañana un chico pidió otro, dice otra chica que sale de debajo del mostrador. Seguro que era amigo mío, le digo. Descríbelo, me dicen al unísono. ¿Parecía un muerto? Las dos chicas aplauden. Alberto les dice orgulloso que tengo facilidad para describir las cosas con una sola palabra.
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Alberto y yo estamos en un salón de actos. Una chica dice que es el salón-pecera-avión y por eso hay que descalzarse para entrar. Me fijo en que, en realidad, sólo ella va sin zapatos. Tocan varios grupos. Anuncian una banda de niños. Alberto dice que llegaremos tarde a la fiesta. Miro en mi agenda y, efectivamente, tengo apuntado que esa tarde tenemos que ir a felicitar a Daniel, Enrique y Carmen. Tardo en salir del salón de actos porque alguien ha atado un cd a mi butaca. Cuando consigo desatarlo, levanto el hilo para mirarlo al trasluz y digo muy solemnemente: Hilo de bramante. Travieso la banda de música infantil. Alberto está en el mostrador de entrada hablando con una chica, le hago señas para que recoja su chaqueta del suelo, pero está distraído. A la entrada también hay un piano de pared. Encima hay un florero con chupa-chups de arropía. Le pregunto a la chica si puedo coger uno. Dice que están ahí para eso, pero nunca nadie se ha atrevido a pedir uno. Esta mañana un chico pidió otro, dice otra chica que sale de debajo del mostrador. Seguro que era amigo mío, le digo. Descríbelo, me dicen al unísono. ¿Parecía un muerto? Las dos chicas aplauden. Alberto les dice orgulloso que tengo facilidad para describir las cosas con una sola palabra.
cd sabor naranja
miércoles, 29 octubre 2008. Feria del centro, el suelo está mojado, encuentro cuentas de cristal con forma de diamante. Cojo una azul para mí. Le pregunto a una chica, vestida con un sari, si quiere alguna. Dame todas las que sean de color rosa, dice.
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Subiendo a casa, veo junto a un contenedor un frasco vacío de Nenuco. Me da vergüenza cogerlo. Más arriba, en otro, hay una caja con varios muñecos iguales a los que tenía de pequeña. Aunque un vecino me mira con mala cara, cojo la caja de la basura y la guardo en el bolso.
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Purranki ha venido a verme con Maribele y su hija Irina. Los recibo en casa de mi bisabuela, en Estepona. Les pido disculpas por el árbol que ha crecido en mitad del salón. Como hace tanto que no vengo por aquí, no he podido podarlo, les explico. Para que duermen, les he preparado unas hamacas de lona, pero dudo si la niña estará cómoda. Al entrar en la cocina, veo a todas mis tías abuelas, pero sé que sólo yo puedo verlas. Les pido que no hagan ruido por la noche para que la niña pueda dormir. Purranki me ha traído un cd. Mientras me explica lo que me ha grabado, voy chupando el cd. Cuando termina de hablar, me doy cuenta de que no me queda más que un pedacito de cd sabor naranja en la boca.
nieve
jueves, 30 octubre 2008. Un bebé me pide que le haga un pijama. Cojo una pieza de tela blanca y se la cosa sobre la piel.
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Me tumbo desnuda sobre la nieve y espero.
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Le pregunto a mi tía por cuánto me vende la casa de mi abuela. Como respuesta me entrega un libro que, se supone, le presté hace tiempo con fotos y un plano de Venecia.
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Iker me espera a la puerta del que fue el despacho de mi padre. Cuando llego ni siquiera me saluda, sólo dice: ¿Subimos?
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Subiendo a casa, veo junto a un contenedor un frasco vacío de Nenuco. Me da vergüenza cogerlo. Más arriba, en otro, hay una caja con varios muñecos iguales a los que tenía de pequeña. Aunque un vecino me mira con mala cara, cojo la caja de la basura y la guardo en el bolso.
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Purranki ha venido a verme con Maribele y su hija Irina. Los recibo en casa de mi bisabuela, en Estepona. Les pido disculpas por el árbol que ha crecido en mitad del salón. Como hace tanto que no vengo por aquí, no he podido podarlo, les explico. Para que duermen, les he preparado unas hamacas de lona, pero dudo si la niña estará cómoda. Al entrar en la cocina, veo a todas mis tías abuelas, pero sé que sólo yo puedo verlas. Les pido que no hagan ruido por la noche para que la niña pueda dormir. Purranki me ha traído un cd. Mientras me explica lo que me ha grabado, voy chupando el cd. Cuando termina de hablar, me doy cuenta de que no me queda más que un pedacito de cd sabor naranja en la boca.
nieve
jueves, 30 octubre 2008. Un bebé me pide que le haga un pijama. Cojo una pieza de tela blanca y se la cosa sobre la piel.
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Me tumbo desnuda sobre la nieve y espero.
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Le pregunto a mi tía por cuánto me vende la casa de mi abuela. Como respuesta me entrega un libro que, se supone, le presté hace tiempo con fotos y un plano de Venecia.
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Iker me espera a la puerta del que fue el despacho de mi padre. Cuando llego ni siquiera me saluda, sólo dice: ¿Subimos?
lejano oeste y cámara lomo
lunes, 27 octubre 2008. Estoy en una cantina como las de oeste con Maribele, Purranki y Joan. A Maribele le sirven un chuletón enorme. Protesta al camarero, le dice que es vegetariana y quiere que le cambien el plato. Ella misma se levanta y va a la cocina. Vuelve feliz con un plato de lentejas con chorizo. Mientras esto ocurre, Joan se ha comido toda una fuente de lasagna y empieza a robarle comida a los de la mesa de al lado que, para defenderse, se tiran vasos de agua. Salimos y las calles son, efectivamente, las de un pueblo del oeste, pero sólo yo me sorprendo. Todos se suben a un molino de agua y hacen piruetas hasta que empiezan a caer. Joan se queda colgando de una mano, pero finalmente cae. Cuando voy a ver si se han hecho algún daño, veo que se han convertido en pinzas de madera de tender la ropa.
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José Luis va con una niña en un vagón de tren. Están sentados en el suelo. La niña dice muy orgullosa palabras que no se corresponden con su edad, pero las dice ton ni son. José Luis quiere que le enseñe mi cámara, pero me da vergüenza porque está llena de arena y, como él es fotógrafo profesional, pienso que voy a darle mala impresión. Intento buscar las palabras precisas para explicarle que tengo cámaras muy buenas que cuido delicadamente, que esa es sólo mi Lomo de batalla, pero la niña me roba las palabras antes de que yo las pronuncie. No debiste llevar la cámara al Sahara, me dice. En ese momento compruebo que no le he puesto película y que el ridículo que voy a hacer, cuando él se dé cuenta, es espantoso.
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José Luis va con una niña en un vagón de tren. Están sentados en el suelo. La niña dice muy orgullosa palabras que no se corresponden con su edad, pero las dice ton ni son. José Luis quiere que le enseñe mi cámara, pero me da vergüenza porque está llena de arena y, como él es fotógrafo profesional, pienso que voy a darle mala impresión. Intento buscar las palabras precisas para explicarle que tengo cámaras muy buenas que cuido delicadamente, que esa es sólo mi Lomo de batalla, pero la niña me roba las palabras antes de que yo las pronuncie. No debiste llevar la cámara al Sahara, me dice. En ese momento compruebo que no le he puesto película y que el ridículo que voy a hacer, cuando él se dé cuenta, es espantoso.
puros, laberinto y fibromialgia
martes, 1 julio 2008. Estoy en un avión. El avión es una habitación con 8 asientos. En el pasillo, una mujer muy tosca abre mi maleta y la de Antonio Cantos y las revuelve. En la de Cantos hay papeles y en la mía, además de ropa, una caja enorme de puros que no sé de dónde ha salido.
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Paseo con Salud por unas callejuelas muy estrechas entre edificios de piedra. Se hace de noche de golpe y le digo que tengo que comprar algo antes de que cierren. Entro en una tienda que más bien parece un laberinto. Corro de un pasillo a otro, subo y bajo escaleras, pero no encuentro nada de lo que busco, ni siquiera la salida. Una vez en la calle, Salud llora. Dice que Hugo y Ann han salido también pero Paul no aparece. Dice que no se moverá de allí hasta que aparezca su hijo.
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Purranki y yo estamos solos en el bar de un colegio. Él lee un libro con ilustraciones y yo hago dibujos de animales en un cuaderno. Una chica va a entrar al servicio, Purranki me mira indicándome que haga algo. Corro hacia el servicio para llegar antes que ella y coloco mi libreta sobre el lavabo por la página que dice Ugg You. Está escrito con letras gordas e infantiles a colores. Se supone que eso en el idioma que hemos inventado Purranki y yo, significa Lárgate. La chica entra, cuando sale nos da las gracias. Al recoger mi cuaderno, veo que me equivoqué de página. La chica ha visto dos osos dándole la bienvenida. Purranki saca el móvil y llama a un restaurante. Les dice que reserven mesa para dos, pero que sólo tomaremos segundo plato. Díganos qué puede ofrecernos, somos ese tipo de clientes que nos gusta el marketing, les dice. Pienso que me gusta mucho su forma de actuar. Mientras, la camarera me dice que son 1,80. Tengo un montón de monedas en la mano, pero soy incapaz de sumarlas. Las pongo todas en la mesa y voy sumando con dificultad, hasta que la camarera, un poco harta, coge ella misma las monedas. Miro a Purranki avergonzada. Cosas de la fibromialgia, dice y me sonríe. Me levanto para irnos, pero me doy cuenta de que no llevo los pantalones. Están arrugados en el suelo. Mientras intento ponérmelos, sin ningún resultado, Purranki se aleja y el bar empieza a llenarse de gente. Yo sigo allí, en una silla de colegio, sin poder ponerme los pantalones.
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Paseo con Salud por unas callejuelas muy estrechas entre edificios de piedra. Se hace de noche de golpe y le digo que tengo que comprar algo antes de que cierren. Entro en una tienda que más bien parece un laberinto. Corro de un pasillo a otro, subo y bajo escaleras, pero no encuentro nada de lo que busco, ni siquiera la salida. Una vez en la calle, Salud llora. Dice que Hugo y Ann han salido también pero Paul no aparece. Dice que no se moverá de allí hasta que aparezca su hijo.
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Purranki y yo estamos solos en el bar de un colegio. Él lee un libro con ilustraciones y yo hago dibujos de animales en un cuaderno. Una chica va a entrar al servicio, Purranki me mira indicándome que haga algo. Corro hacia el servicio para llegar antes que ella y coloco mi libreta sobre el lavabo por la página que dice Ugg You. Está escrito con letras gordas e infantiles a colores. Se supone que eso en el idioma que hemos inventado Purranki y yo, significa Lárgate. La chica entra, cuando sale nos da las gracias. Al recoger mi cuaderno, veo que me equivoqué de página. La chica ha visto dos osos dándole la bienvenida. Purranki saca el móvil y llama a un restaurante. Les dice que reserven mesa para dos, pero que sólo tomaremos segundo plato. Díganos qué puede ofrecernos, somos ese tipo de clientes que nos gusta el marketing, les dice. Pienso que me gusta mucho su forma de actuar. Mientras, la camarera me dice que son 1,80. Tengo un montón de monedas en la mano, pero soy incapaz de sumarlas. Las pongo todas en la mesa y voy sumando con dificultad, hasta que la camarera, un poco harta, coge ella misma las monedas. Miro a Purranki avergonzada. Cosas de la fibromialgia, dice y me sonríe. Me levanto para irnos, pero me doy cuenta de que no llevo los pantalones. Están arrugados en el suelo. Mientras intento ponérmelos, sin ningún resultado, Purranki se aleja y el bar empieza a llenarse de gente. Yo sigo allí, en una silla de colegio, sin poder ponerme los pantalones.
taburetes y excusas
miércoles, 30 abril 2008. Estoy en un bar, sentada con Joan, Purranki, Salvador y Francis. Las mesas y los taburetes son muy bajos y tenemos las piernas encogidas. Alberto coloca en el cristal de la puerta una cartulina roja donde ha escrito un número de teléfono. Nos reímos, como si fuera el chiste más gracioso del mundo. Vemos a Antonio cantos entrar con su novia. A pesar de que el bar está vacío, no nos ve ni nos saluda. Me sorprende mucho que lleve una gorra roja, del mismo color que la cartulina.
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He ido a la playa con mi madre y mis tías. Se han sentado muy cerca de la orilla. Yo me quedo pegada al muro del paseo marítimo. La playa está abarrotada, casi no se ve la arena. Todos llevan un colchón azul en vez de toalla. Todos llevan un bebé en los brazos. Me fijo en que cada colchón tiene un asiento para bebés, igual a los que les ponen a los carros de los supermercados. Yo llevo una toalla naranja. A mi metro cuadrado de espacio es al único que no le llega el sol. La chica que se ha tumbado a mi lado me enseña su bebé, dice que es un niño a pesar de que va vestido de rosa y veo claramente que lleva pendientes. Me levanto para marcharme. Mi madre y mis tías se acercan, no quieren que me vaya. Es que no me he depilado las piernas, les digo como excusa.
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Vuelvo a estar con mi madre y mis tías en el rellano de un edificio. Quiero estar sola, pero van pegadas a mí a cada paso que doy. Para quitármelas de encima, les digo que mi bolso se ha quedado atascado en el ascensor, entre dos pisos, y que me hagan el favor de bajar a recuperarlo. Mientras corren escaleras abajo, entro en casa. Alberto tiene unas bolsas en la mano y dice que me dé prisa. En el dormitorio la cama está sin hacer y en el cuarto de baño hay un montó de toallas húmedas tiradas en el suelo. Pienso que no tengo tiempo ni ganas de dejarlo todo ordenado antes de irme.
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He ido a la playa con mi madre y mis tías. Se han sentado muy cerca de la orilla. Yo me quedo pegada al muro del paseo marítimo. La playa está abarrotada, casi no se ve la arena. Todos llevan un colchón azul en vez de toalla. Todos llevan un bebé en los brazos. Me fijo en que cada colchón tiene un asiento para bebés, igual a los que les ponen a los carros de los supermercados. Yo llevo una toalla naranja. A mi metro cuadrado de espacio es al único que no le llega el sol. La chica que se ha tumbado a mi lado me enseña su bebé, dice que es un niño a pesar de que va vestido de rosa y veo claramente que lleva pendientes. Me levanto para marcharme. Mi madre y mis tías se acercan, no quieren que me vaya. Es que no me he depilado las piernas, les digo como excusa.
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Vuelvo a estar con mi madre y mis tías en el rellano de un edificio. Quiero estar sola, pero van pegadas a mí a cada paso que doy. Para quitármelas de encima, les digo que mi bolso se ha quedado atascado en el ascensor, entre dos pisos, y que me hagan el favor de bajar a recuperarlo. Mientras corren escaleras abajo, entro en casa. Alberto tiene unas bolsas en la mano y dice que me dé prisa. En el dormitorio la cama está sin hacer y en el cuarto de baño hay un montó de toallas húmedas tiradas en el suelo. Pienso que no tengo tiempo ni ganas de dejarlo todo ordenado antes de irme.
nieve y balas
sábado, 12 abril 2008. Mi suegra critica la indumentaria de todo el que pasa por la calle. Y ésa es la peor vestida, dice, señalando a una chica que lleva la misma ropa que yo. Intento taparme con un mantel o una sábana que encuentro. Mientras, intento distraer su atención señalándole a unos niños que hacen bolas de nieve en la acera.
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Maribele, Purranki, Joan y yo, estamos cenando en casa de un chico al que no conozco. Para amenizar la cena, abre las ventanas y vemos pasar la ciudad como si fuéramos en tren. Al pasar por el cementerio, se detiene. Llaman a la puerta. Cuando el chico se levanta, vemos que se trata de un niño. Oímos una discusión y disparos. Entro en el dormitorio del niño y me escondo debajo de su cama. Los disparos continúan. Cuando salgo, todos están muertos.
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Maribele, Purranki, Joan y yo, estamos cenando en casa de un chico al que no conozco. Para amenizar la cena, abre las ventanas y vemos pasar la ciudad como si fuéramos en tren. Al pasar por el cementerio, se detiene. Llaman a la puerta. Cuando el chico se levanta, vemos que se trata de un niño. Oímos una discusión y disparos. Entro en el dormitorio del niño y me escondo debajo de su cama. Los disparos continúan. Cuando salgo, todos están muertos.
restos de pizza
miércoles, 2 abril 08. Estamos cenando con Purranki y Maribele. Tanto la mesa como las paredes son amarillas. Comemos quiche y pizza. Andrés sale de debajo de la mesa y se sienta a mi lado. Le digo que no queda comida, pero que entre todos haremos una pizza nueva. Con trozos que quedan sobre la mesa, hacemos un puzzle y sale una pizza nueva.
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