viernes, 6 noviembre 2026. Estamos desayunando en la terraza acristalada de un hotel. Una camarera nos trae el desayuno de mala gana. Empieza a llover con fuerza. Corremos a la habitación, pero se supone que es nuestra nueva casa. Le digo Alberto que está muy mal diseñada, que las habitaciones no deberían estar cruzando un patio. La casa está completamente desordenada. Hay una chica con un mono blanco, sucio de pintura, y la cabeza rapada. Dice que ha terminado con la silicona del baño, pero que ha quedado muy mal, dice, pegotes hasta en el váter y que eso ya no tiene arreglo. Le pregunto si le puedo tocar la cabeza. No. Le digo que cuando yo me la rapé me gustaba mucho el tacto. Veo que la camarera se va a su casa, lleva un paraguas minúsculo y encima está roto. Le ofrezco el mío, le digo que ya me lo devolverá mañana. Por fin sonríe y me pregunta si nos quedaremos mucho tiempo. Le dijo que solo vamos a pasar dos días, para descansar un poco porque mi padre acaba de morir. Pone cara de pena. Le digo que no se preocupe, que tenía 99 años. De repente aparecen unas señoras (amigas de la camarera) y me abrazan. No quiero que me consuelen y vuelvo a la casa. Todo es blanco, las paredes, los muebles, los electrodomésticos, hasta el ordenador es blanco. Hay una cámara enchufada al ordenador. Le pregunto a Alberto si quiere que le baje las fotos. Se enfada muchísimo y se lleva la cámara. Pienso que quizá tenga fotos de chicas desnudas y no quiere que yo las vea. De repente todo es azul oscuro y las paredes parecen de lona. Veo una litera y me tumbo en la de abajo. Siempre quise una litera, le digo a Alberto.
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Estoy sobre el filo de una tapia e intento saltar a la calle, pero está demasiado alta. De repente empieza a balancearse. Me fijo en que es una estantería llena de libros. Bajo por el otro lado y caigo en una habitación que se supone es mi casa. Todo está muy desordenado. Andrés, de broma, mueve los muebles simulando que hay un terremoto. Tira un cuarzo enorme que, no solo se rompe en varios pedazos, deja una marca en el parqué. Aparece mi madre con tinte en el pelo, le pregunto cuánto tiempo lleva con él. No sabe. Mientras se lo extiendo, le grita a Andrés que en vez de romper cosas debería pagarme el dinero que me debe. Andrés me mira sin entender nada y se echa a llorar. Mi madre cuenta que una vez estábamos en la cola del cine y una señora no tenía dinero para pagar la entrada, que yo le presté veinte euros y esos veinte euros los tenía que haber pagado Andrés, por eso me los debe. Miro a Andrés con gesto de no entender nada, de no saber de qué habla mi madre, pero Andrés sigue llorando desconsoladamente.