jueves, 1 octubre 2026. Vamos hacia un bar, me encuentro a Juan. Me alegro mucho de verlo. Se viene con nosotros. Los demás entran (en la que fue la tetería Baraka), nosotros nos quedamos hablando fuera, junto a la ventana. En el poyete hay dos anillos. Uno tiene una botella de Coca-Cola diminuta. Juan dice que me lo quede, pero no quiero más cosas. Clavado al marco de la ventana hay un pendiente de osito Haribo. Le cuento entusiasmada que por la mañana le había dicho a Alberto que quería uno para hacerme un broche. Entra y le preguntas, verás que es verdad, le digo. Dice que está cansado, que quiere irse a casa. Pasa la mano por el poyete y recoge un montón de cuentas diminutas. Cuando se las está metiendo en el bolsillo, llegan dos seguratas, lo golpean con una porra enorme y le ponen unas esposas. ¿¡Pero por qué!?, les grito. Se lo llevan sin decir nada. Entro en el bar para avisar a Alberto. Salimos, pero ya no están. Le pido el móvil para avisar a su hermana (el móvil es una botella pequeña con dos dedos de líquido color caramelo). Por más que pongo mi huella, no se enciende. Empezamos a andar a ver si los vemos. Una señora me pregunta dónde he comprado el pendiente Haribo. Le digo que no me entretenga, y que además ella ya lleva unos iguales puestos. No son iguales, protesta, los míos son azules y el suyo rojo. Seguimos. Veo que delante van Garriga Vela y Blanca. Cada dos pasos se paran a reírse. Pienso que son capaces de mantener la complicidad después de tanto tiempo juntos. Garriga lleva un conjunto blanco y celeste de rayas que parece un pijama. ¡Oiga usted!, ¿dónde va con pijama por la calle? Se vuelven, se ríen. Blanca dice que ella le dijo lo mismo al salir de casa, que ella tiene un pijama igual. Les enseño la botella-móvil, les digo que no me reconoce la huella. Miran la botella con curiosidad y a mí con pena.
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