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domingo, 11 octubre 2016. Llamo a Sonia para felicitarla por su cumpleaños. Parece triste. Después de insistirle en que me diga la verdad, reconoce que tiene depresión postparto.
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Estoy en una tienda muy pequeña. No estoy segura de si quiero comprar algo o solo estoy haciendo tiempo. Por hacer algo, meto en una bolsa unas cebollas. Las dependientas me miran mal. En otra bolsa meto unas salchichas. A la hora de pagar, la chica que las pesa abre la bolsa. Me pregunta si de verdad quería comprar hueso y pulmones. Siento un asco tremendo.
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Voy detrás de Alberto por un camino con charcos. Resbala y consigo sostenerlo sin que caiga. Llegamos a un bosquecillo de eucaliptos donde gente con túnicas hace posturas de yoga. Alberto se adelanta, baja a una especie de plaza de tierra y empieza a dar una especie de discurso imitando el acento alemán. Un montón de hombres lo tiran al suelo y lo arrastran hacia un edificio. Corro hacia él. Un tipo me dice que ha insultado a los judíos, que tendrá que dar explicaciones ante el consejo de rabinos. Me quejo de que ya podrían haberlo llevado andando. Lo meten en un edificio. La puerta está entreabierta y lo puedo ver esposado boca abajo en el suelo. Un tipo se quita el cinturón y cierra la puerta. Corro hacia él, le suplico, le pido perdón, le digo que solo estaba de broma, que por favor me den los correazos a mí.
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Estoy en la cocina de la casa de mis padres y friego una fuente gris muy bonita. Pienso que no es de la casa, que seguramente sea de Juan, que habrá traído lasaña. Pienso que tengo que comprar una igual pero más pequeña. Después cojo un sofá (tamaño sofá) y también lo friego como si fuera un plato más. Mientras le paso el estropajo me da pena pensar que estoy borrando las huellas de los hijos de Juan cuando eran pequeños.
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Voy por la calle con mis padres. Unos pasos atrás nos sigue una chica (mitad Cristina, mitad Laura). Pienso que como es de noche le da miedo volver sola. Me vuelvo, le digo que se una a nosotros, que nos e preocupe que desviaremos nuestro camino hasta dejarla cerca de su casa. Mi madre me pregunta quién es. Su hija es la nieta de Isaac Puente, le digo. Mi madre se vuelve hacia mí, se tapa la boca y me dice: No entiendo nada.
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Estoy en un supermercado. Miro un expendedor de dulces. Hay unos bollos con forma de muslos de pollo muy doraditos. Le doy a una tecla para que salga. Nada. Busco a alguna dependienta para que me ayude. Me acerco a una. Niega con la cabeza y se pone a hacer fotocopias. De repente, del horno que hay al fondo sale una niña muy pequeña, no tendrá más de dos años. Lleva un delantal. ¿Trabajas aquí? La niña me mira indignada. ¡Pues claro!, dice. Le digo que quiero un bollo. ¿El de queso o el del parajito? Uno de cada, le digo aunque no sé de qué me habla.
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Estoy en un ascensor y tengo mucha prisa. Al cerrarse las puertas se va la luz, no veo los botones. Intento recordar a tientas dónde está el del Bajo. Le doy a uno. Vuelve la luz y en vez de los botones aparece una pantalla táctil con un mapa. Busco por todas partes la palabra Return o Salir. Nada, cuanto más le doy aquí y allá, más cosas raras aparecen.
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Estamos en un habitáculo estrecho de madera con un ventanuco al fondo. Pasa gente en sus coches y nos saludan. Una de las veces pasa una chica rubia muy guapa en un descapotable. Tira hacia dentro de la habitación confeti dorado del tamaño de una moneda. Elisa dice que la conoce, que no tiene un duro y solo quiere aparentar. Alberto sale tras ella. Elisa y detrás de Alberto. El descapotable dobla la esquina y Alberto corre detrás. ¡Si te vas no vuelvas!, le grito.