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clase de hipocresía

martes, 16 de septiembre de 2025. Llego a una clase. Se supone que soy la profesora. Hay sillas, sillones y sofás. Alumnas en su mayoría (entre ellas, personajes de la tele, como Terelu Campos). Subo a la tarima, no sé qué decir. Lo digo abiertamente: no sé de qué voy a daros clase durante todo un curso. Podemos hablar de nuestras cosas, dicen. Tenemos que buscar un tema, digo y les pregunto: ¿alguien puede definir la hipocresía?
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Vamos en el C1. Un tipo nos pregunta dónde esta la parada del C2 y si falta mucho. Le digo que justo en la esquina, que solo debe bajar y subir porque el C2 viene justo detrás, y además es gratis porque no ha pasado una hora entre uno y otro. Al llegar a la parada vemos a un señor en el suelo. Alberto me dice que le va a tocar atenderlo. El tipo que quería tomar el C2, al ver tanto alboroto, empuja a los demás viajeros para salir, se baja y para un taxi a pesar de que el C2 está justo detrás. Este hombre es tonto, le digo a Alberto, que todavía está dudando si va a bajar a ayudar o no.

famosos

miércoles, 7 octubre 2020. Llegamos a un restaurante. En la entrada hay una fuente enorme de ensalada. Pienso que es de adorno, pero Alberto se sirve un plato. También uno de alubias y un trozo enorme de tarta que no sé de dónde ha sacado. Al ver las caras atónitas de los camareros, les pregunto si es autoservicio. No es. Alberto ya está sentado en una mesa. Menudas raciones se ha puesto, me dice uno. Voy a sentarme con él. Hay unas vistas impresionantes de Madrid. Junto a la mesa hay unas estanterías llenas de libros. Entre ellos veo los poemas de Klee editados en tamaño cuentos de Calleja. Mientras Alberto come me levanto a mirar libros. Hay una circunferencia hecha de piedra. Para ver lo que hay dentro hay que escalarlo y saltar. Veo a Carmen Borrego intentándolo. Lleva un vestido muy ajustado y no puede. Tengo vértigo, dice. Yo paseo alegremente por el filo del muro. Dentro está Terelu, dice que quiere comprar un libro que se titula Guarra, pero no sabe el nombre de la autora. Da igual, me dice, sólo lo quiero para decirle a la dependienta: "Quiero ese libro, Guarra". Su propio chiste le parece tan divertido que se ríe a carcajadas. Veo llegar a Fernando Simón en un mini amarillo. Más que un mini parece un coche de juguete. Aparca delante del restaurante, abre la puerta del coche y pone un tenderete donde vende unos libritos sobre el coronavirus (parecen fotocopias dobladas a tamaño cuartilla con una grapa). Me acerco, le digo que debe de ser muy raro que lo quieran desconocidos, que hasta yo lo veo como de la familia. Dice que no es así, se queja de que lo convirtieran en un héroe y de repente en villano, y señala el coche como diciendo: Mira a lo que he llegado. Aparece marcos, me dice al oído que tenemos que ayudarlo comprándole algún librito.