edad

miércoles, 22 mayo 2024. Voy en un autobús atiborrado. Un tipo con su hijo (y un triciclo) intentan salir. Se hace paso entre la gente. Cuando sale, como si fuera una costumbre, votan qué edad aparentaba. Todos votan. Nadie acierta, tenía treinta y cinco. Digo que eso es imposible porque parecía mayor que yo y yo voy a cumplir sesenta. Me miran, comentan entre ellos y aplauden.

que nada te detenga

lunes, 20 mayo 2024. Estoy de visita en casa de una chica. La casa es una habitación rectangular atiborrada de cosas. Un chico (se supone que es poeta) está tumbado en un sofá rígido de cretona y nos cuenta su vida. Yo hago que me asombro de todo (no sé qué hago allí y pienso que así terminará antes y podré irme). La chica dice que quiere enseñarnos algo. Salimos de la habitación y entramos en otra idéntica vacía, con paredes suelo y techo de cemento. No tiene ventanas, solo unas ranuras cerca del techo. Me gusta más que la otra. Dice que no sabe qué hacer con ese espacio, que hay gente que lo ha decorado y agrandado su casa. Le digo que debe hacerlo cuanto antes, pero con menos cosas o repartir las que tiene entre las dos habitaciones. Si tanto te gusta quédatela, me dice. De repente me invade una oleada de calor y felicidad desde los talones a la cara.
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Tengo que recoger un par de paquetes. Le digo a Alberto que mientras él recoge uno donde estaba la comisaría, yo subo hasta donde estaba la Casa de la Cultura a recoger el otro. Veo que están cerrando, pero Alberto entra por debajo de la persiana a medio echar. Me gusta ese gesto de no darse por vencido. Cuando lego a mi destino está cerrado. Recuerdo a Alberto y salto la verja. Llamo a la puerta. Primero con los nudillos, después al timbre. Aparece un topo enorme. Parece de juguete hecho de terciopelo mojado. No estoy segura de si es un topo o un ornitorrinco. Empieza a subir pegado a la pared como si fuera una salamanquesa. Me da más asco que miedo. Salto de nuevo la valla y me alejo.
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Se supone que volvemos de algún sitio y que, a la ida, Josemari ha perdido una figurita de plástico. Me cuenta cosas sobre su padre. Cuando estamos llegando a casa (se supone que somos vecinos) le digo que voy a encontrar su figurita, que nunca hay que darse por vencido. Miro la acera palmo a palmo y, en un hueco, veo la figurita encajada. La saco con mucho cuidado y corro a dársela. Estaba encajada del revés, por eso no la vimos al pasar, le digo. Entra en su casa y yo en la mía (se entra directamente a la cocina) y les cuento entusiasmada, a Alberto y Salvatore, lo que ha pasado.

suelo de cristal

sábado, 18 mayo 2024. Estoy en una habitación de hotel demasiado ostentoso. Todos es dorado y el suelo es de cristal para que se pueda ver el paisaje. Salgo a dar una vuelta. Cuando regreso, el ascensor solo tiene dos botones. Una chica baja inmediatamente asustada y un señor se ríe. Pulso el delsegundo piso y ya buscaré la manera de seguir subiendo. Llegamos a una terraza. El señor desaparece entre la gente. La terraza des una sala de espera enorme llena de gente que se queja (dolorida y triste). Intento preguntar a varias enfermeras por dónde se sube alas habitaciones más latas del hotel. Nada. Una de ellas, con un vestido blanco de flores llamativas acampanado hasta los pies, me dice que espere como todos. Intento explicarle que no soy una enferma, que solo quiero ir a mi habitación. Nada. Me siento en el poyete de la terraza, como los demás. Una chica me mira fijamente. ¿Qué?, me dice. No he dicho nada, le respondo y comienza a contarme entre lágrimas que le duelen mucho los riñones, que le van a estallar. Le digo que mejor vaya a urgencias y la atenderán inmediatamente. Su novio la abraza y me mira con cara de malas pulgas. Le digo que seguramente sea una piedra, que mi madre expulsó una y dijo que había sido peor que un parto. Y eso que tuvo dos hijas, añado. Eso parece hacerles mucha gracia a los que me rodean y se vuelven afables. Una pareja mayor muy elegante me pregunta si tengo hijos. Ni hijos ni piedras, digo y todos vuelven a reír. A mi lado, una chica muy pija me dice que va a apuntarme su teléfono para que la llame si voy a Valladolid (lo apunta con rotulador rojo en el empeine de mi pie izquierdo (escribe, Begoña y un número). La pareja mayor y otro chico también muy pijo me hablan de política, de cómo ha cambiado todo. Si no me parece que AP sonaba mejor que PP. Le digo que sí, que sonaba mejor y que eran mejores políticos aunque yo jamás le votaría a un partido de derechas aunque me mataran. Hablamos mientras caminamos sin rumbo por la terraza. Ya no quedan pacientes. Otro chico tipo Bustamante se mete en la conversación, hace chistes, es muy amable, dice que me ayudará a encontrar mi habitación. Miro hacia arriba, señalo, ¡es esa! Todos miran, ven el suelo de cristal y exclaman, ¡ooh! Nos despedimos. La chica me recuerda que me dio su teléfono (me miro el empeine y el número se ha borrado, pero no digo nada). El chico pijo dice que su vuelo sale ya y se marcha. La pareja se despide cariñosamente. El chico Bustamante me abraza, dice que no puede separarse de mí. No sé ni cómo te llamas, le digo (responde algo parecido a Nachete). ¿Eres de Santander?, pregunto. Niega con la cabeza. Dice que es del Real Madrid y enumera a los jugadores. Me separo de él teatralmente, le digo que entonces nuestra a mistad es imposible. La pareja mayor ríe la broma. Él casi llora. Se supone que ha pasado mucho tiempo porque voy vestida con otra ropa. Vuelvo a subir en el mismo ascensor y llego a la misma terraza. Una enfermera muy borde no quiere decirme por dónde llegar a mi habitación. Vuelvo a pasar por el mismo poyete, y allí está Nachete, tumbado sobre una toalla, con ropa de verano. Me sorprende y me incomoda mucho verle allí. Me mira con cara de, ya era hora que llevo meses esperándote. No sé qué decirle.

concierto

viernes, 17 mayo 2024. Estoy en la Alameda. Han cortado el tráfico y puesto un escenario. Me parece exagerado porque solo canta un tipo más bien pequeño y sin orquesta. Estoy con un grupo de amigos (entre ellos, la familia Chivite, Salvatore, Francis, Javi y Héctor), pero no hablamos entre nosotros, como si no nos conociéramos o no me vieran. Poco a poco se van marchando. El cantante se ha acercado varias veces a mí para preguntarme, entre canción y canción, cómo es que me sé todas las letras. ¿Porque soy muy fan?, le digo sin convicción. A ver si te sabes esta, dice enseñándome un maletín. Si habla de dinero y marcharse sin despedirse me la sé, respondo. El cantante mira a su alrededor y pide (para mí) una ovación. Miro hacia atrás y veo que mis amigos se han marchado. Solo queda Héctor a mi lado con gesto de atarse los zapatos, pero actúa como si yo no existiera. Me fijo en que los zapatos de Héctor son verde turquesa, parecidos a los pies de gato de los escaladores, sin cordones. Tampoco lleva calcetines. Miro a mi alrededor, me siento muy sola.

erratas

jueves, 16 mayo 2024. Leo un libro de poemas y señalo con asteriscos azules algunas cosas. Se lo paso a Begoña que me lo devuelve a los dos segundos. Cuando lo abro veo que ha corregido un montón de erratas en rojo y ha hecho algunos comentarios. Se lo enseño a Alberto. ¿Has visto que rápida es?, le digo.

corona vs yen

miércoles, 15 mayo 2024. Llegamos a casa de Carmen y Enrique (que en nada se parece a su casa, salvo por la cantidad de libros). Hay una habitación estrecha donde han puesto dos estanterías enfrentadas. En la partes de abajo hay varias enciclopedias. Carmen dice que no sabe qué hacer con ellas. Le digo que me pasa lo mismo, que tengo dos que me compró mi padre cuando empecé el colegio, que cada semana leía un fascículo y cuando la encuadernaron ya me las había leído completas. Enrique me pregunta qué haré con los cómics. Le digo que algunos los regalo, que estoy empezando a deshacerme de cosas. Pienso que podría regalárselos todos a él, para sus hijas, menos los de Federico del Barrio. En ese momento Carmen dice que nos preparemos para la feria, que qué vamos a ponernos. Le digo que voy a ir así, como estoy, que no me apetece disfrazarme. Pero te tienes que poner al menos la moneda de cinco yenes al cuello. Le digo que no, que esa moneda me dio muy mala suerte. Pues entonces otra que tenga agujero. ¡Te la tienes que poner, va a ser divertidísimo! dice riéndose. Pienso en si llevaré en el monedero la corona noruega que traje de Oslo.
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Alberto y yo estamos en unos grandes almacenes mirando fundas de almohada. Nos encontramos a Caína. Está muy mayor y algo desaliñada. Alberto le dice que debería cortarse el pelo. Seguimos mirando enseres para casa cuando vemos a pasar Caína. Se para a saludar desde la acera. Se ha cortado el pelo como antes, parece mucho más joven y feliz, ríe y da saltos para saludarnos con las dos manos. Después sigue su camino. Yo me alegro muchísimo de ese gran cambio. Alberto se pone muy triste. Pienso que preferiría irse con ella que esta comprando cuencos, platos de postre y fundas de almohada.
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Estoy con mi tía M y mi madre en su cocina. Hago la lista de la compra, les voy preguntando qué hace falta. ¡No hay nada!, dice mi madre. Algo habrá, lo que pasa es que como ahora comes más se acaba antes, responde mi tía. Abro el horno y veo un montón de comida amontonada. ¿Sabéis por qué mi hermana esconde comida?, le pregunto. En ese momento entra mi hermana. Cierro la puerta para que no sepa que sabemos su secreto.

bloqueo

martes, 14 mayo 2024. Voy en autobús. Una chica va sentada con su hija. Es rubia y muy elegante (se parece a Uma Thurman). Lleva un anorak tan grande que parece que lleve un edredón por encima. Cada vez que el bus frena se le cae y le tapa la cabeza. La chica hace la broma de que soy yo quien la tapo. Parece que vuelven de un largo viaje porque llevan muchas bolsas. Me cuenta cosas muy lentamente, como si estuviera a punto que quedarse dormida. Pienso que me suena, que estaba en mi clase en el colegio, pero la traté muy poco y ella no debe acordarse. El bus para en una calle horrible con edificios destrozados. No le pega nada vivir en un sitio así. Como mientras me hablaba yo iba distraída, no recuerdo casi nada, pero sí que me dijo que ahí donde la veía era muy pobre pero que para ella la riqueza era tener una parada de autobús en la puerta de su casa. Efectivamente, el bus se para y ella salta directamente a su portal. Se despide con la mano. Me fijo en dos torreones muy antiguos que hay enfrente. No sé dónde estoy. Una señora enorme se deja caer en el asiento que antes ocupó la chica. Vuelvo a mirar por la ventanilla y decido bajarme o no llegaré al otro autobús que me deja en la casa de mis padres. Empieza a anochecer. Intento mirar en la tableta a qué hora pasa el C1, pero me pide dos claves. Las pongo. Después aparecen unas preguntas sobre una trama. Soy incapaz de leerlas, respondo cualquier cosa y la tableta se bloquea. Aparece la foto de la policía y un aviso para que me la desbloqueen ellos. No tengo tiempo y corro hacia la parada. La parada es una habitación enmoquetada con asientos pegados a la pared. Delante de uno de ellos hay una bolsa de cartón y una chaqueta. Miro a mi alrededor y no hay nadie. Fuera es ya completamente de noche y no hay ni una sola luz encendida en la calle.

trapecios y triciclos

lunes, 13 mayo 2024. Estamos en lo que parece una tasca medieval con mesas y bancos corridos de madera. Al fondo hay una especie de trapecios muy toscos. Oeste salta de uno a otro con ligereza hasta llegar a donde estamos. El mesonero le dice que lo hará muy bien (como si fuese a actuar esa noche). Le digo que yo también quiero actuar. Se ríen de mí con cariño. Me ato al cuello un mantel a modo de capa y voy hacia los trapecios. Subo al primero, me balanceo y salto al segundo, pero los travesaños no son de madera, son cuchillas afiladas. Me dejo caer. No comprendo cómo Oeste ha aguantado ese dolor. Vuelvo avergonzada. Oeste me abraza para consolarme. Por la ventana veo aparecer a dos tipos con tatuajes de esvásticas y navajas. Doy aviso y nos escondemos donde podemos. Los servicios son una especie de laberinto de planchas de conglomerado. Qué inocentes, ahí los van a encontrar enseguida, pienso. Abro una puerta de madera muy antigua. Es una habitación de dos por dos metros con el suelo de arena. Hay un tronco y una vasija rota. Las coloco de manera que pueda esconderme detrás tumbada.
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He quedado con Bel para que me dé su nuevo libro. Estoy en casa de mis padres. Suena el móvil, pero la pantalla se ve blanca, no puedo responder. Aparecen intermitentemente una letras con un mensaje. Mi madre me ayuda a descifrarlo. Pone "Otra vez será", dice mi madre. Me alegro, porque estoy cuidándola y no hubiera puedo dejarla sola.
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Entro a un salón de actos. No sé bien cómo he llegado ni qué hago allí, Los alumnos (o lo que sean) se sientan desperdigados. El salón parece vacío. Una señora comienza a pasar lista, pero están tan lejos unos de otros que no se entiende nada. Una chica sirve unas copas pequeñas con un líquido que lleva encima clara de huevo batida. Cojo la copa por no hacerle un feo. A mi lado, una chica con capa se la bebe de un trago. Ese te ha mirado dos veces, dice señalando a un tipo muy alto y muy guapo. Es uno de los músicos que va a actuar, se supone. ¿Qué te parece?, pregunta. Me gustan los altos, respondo. La señora que pasaba lista pregunta con apuro si hay algún flautista en la sala (como cuando preguntan si hay un médico). La chica de la capa, señalándolo, dice que el tipo alto es flautista.
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Estoy con Alberto y Francis en la terraza de un bar. Más que la terraza es en la acera, en unas sillas pequeñas de anea. Francis tiene a su lado una especie de triciclo-trineo de plástico con ruedas. Pienso que sería de sus hijos cuando eran pequeños, pero dice que lo encontró sobre un contenedor junto al Mercado de Atarazanas y que ahora es lo único que usa para desplazarse, que es muy cómodo y no gasta nada. Yo le digo que desde que tengo el triciclo voy a todas partes en él, pero siempre tengo que buscar calles que estén un poco en cuesta para dejarme caer porque no tiene pedales. Un tipo que está en la mesa de al lado, nos mira con gesto de burla. Yo digo fuerte, para que me oiga, que no me da vergüenza nada.

camaleón y rosa de jamón

jueves, 9 mayo 2024. Estamos reunidos en la casa de mi madre y de repente, desde la terraza, entra Isabel Díaz Ayuso dando zancadas. Pienso que será nuestra nueva vecina. Me pregunto cómo habrá saltado de su terraza a la nuestra. Dice que su camaleón se ha escapado. Lo veo en un rincón del techo y lo señalo. ¡Allí!, soy muy buena encontrando a Wally, digo. Todos se ríen. Ella se pone muy nerviosa y dice que se lo devuelva. Cojo un palo extensible de fregona. El camaleón se sube y lo pongo encima de la mesa. Mientras voy a dejar el palo en su sitio, mi madre (que siempre corta cualquier alimento en trocitos muy pequeños) ha cortado al camaleón con una cuchara. Dice muy contenta, con gesto de tener cinco años, que en trocitos será más fácil llevárselo a casa. Le digo que por qué ha matado al animalito, que no soporto más vivir en esa casa. En realidad estoy furiosa por ver a mi madre tan infantil, haciendo locuras. Me encierro en mi cuarto a llorar.
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Estoy en la parada del C2. Donde antiguamente había una tintorería han puesto una tienda. No se sabe muy bien de qué es porque solo tiene un mostrador. Está completamente vacía. Mientras espero en la parada, una chica le regaña a una madre por regañarle a su hijo. Se enzarzan en una pelea. La gente que pasa se pone de parte de una o de otra. Yo me escabullo, entro en la tienda. Le pregunto qué vende. Dice que es una óptica y también hacen análisis. Pues viviréis de hacer análisis, le digo. Como la pelea continúa, le digo que las gafas las cambio cada tres años, sin embargo análisis una vez al año. Me pregunta si quiero hacerme unas gafas. Lo dice y saca una jeringuilla de debajo del mostrador.
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Estoy con Alberto en un bar. Probamos algunas tapas (me extraña su manera de degustarlas, calibrándolas). De repente sale corriendo. Aparece con unos compañeros del trabajo. Eski se sienta a mi lado y me cuenta algo, pero no le presto atención. Alberto llama al camarero dando dos palmadas. Me extraña mucho su actitud, parece que esté actuando. Siento una tristeza y una soledad enormes. El camarero, un señor mayor vestido de etiqueta, vuelve a traer las mismas tapas, ahora para todos. A mí me pone delante una rosa hecha con jamón. Esa tapa no la había puesto antes. Lo miro asombrada. Me guiña.

letras góticas

miércoles, 8 mayo 2024. Hay una fiesta en la azotea de la casa de Elisa y Andrés (no se parece en nada a su casa). A la izquierda hay un escenario improvisado con una especie de toldo. Va a tocar un grupo. Le digo a Elisa al oído que yo sé tocar la flauta. Se lo toma en serio y me anima a que toque con ellos. Pienso que no se acuerda de cuando le dije hace años, también en broma, que Daniel, ella y yo podíamos formar un grupo. De repente se levanta viento. A la derecha hay una piscina con espuma. Andrés intenta taparla con unas lonetas azules para que no moje a nadie, pero no lo consigue. Todo se vuela, hasta los invitados. Cuando se acerca le digo que también se ha volado el toldo, que solo he conseguido salvar los jabones, pero se han deslavazado. Los toma de mis manos de todos modos, aunque parecen gachas. El único que ha aguantado en la azotea es Francisco, que pasea como un penitente con una botella en la mano. De lejos parece de cerveza (me extraña porque no bebe alcohol). Cuando pasa por delante de mí me fijo en que, aunque la etiqueta parezca de cerveza de abadía, pone Chocolate con letras góticas. Bajamos a la casa. Los invitados parecen pasarlo bien. Llega Cumpián, le hago cosquillas en la espalda para no asustarlo. Me abraza. Le pregunto cómo está. Se encoge de hombros. Lo de siempre, dice mirando a su alrededor. Como en la canción de Extremoduro, ¿no? No sabe de qué le hablo. Salir, beber, el rollo de siempre..., le canto.
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Tengo un montón de cosas sobre la cama. Estoy preparando un paquete con regalos para Pablo. Entre las cosas que meto hay dos libros, una libreta, un buril para modelar, una espátula para mezclar óleo, un alargalápices, dos plumas y un puñado de lápices de colores antiguos. Busco un papel de regalo para envolverlos, retorciendo el papel por los extremos, como si fuese un caramelo.
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Mi madre me pone delante un cuenco de plástico con agua donde flotan dos comprimidos de paracetamol.

pijama

viernes, 3 mayo 2024. Llego desde la panadería que había en calle María a la casa de mi abuela. Tengo que contarle algo muy importante a Alberto, pero en ese momento lo llaman por teléfono. Oigo la voz de una chica. Le dice que ha visto a alguien sospechoso en su parada de bus y que vaya a socorrerla.
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Me encuentro a Puri en el portal de mi antigua casa (que ahora el portal sea una oficina de Correos no nos llama la atención). Las dos tenemos que echar unas cartas. Me dice que la espere y que después podemos volver juntas. Le pido unas monedas para llamar a mi madre. Llamo desde un teléfono que hay en un mostrador mientras ella va al baño. Después no sé qué pasa, que salgo de allí y acabo en una casa mata (muy parecida a la de doña Antonia). Es de noche y oigo ruidos. A un lado hay una pareja joven (se hacen fotos en el jardín; ella va casi desnuda). Al otro, una reunión de personas mayores con acento argentino jugando a las cartas y organizando una fiesta de disfraces.
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Salgo de la que fue mi casa y veo a mi madre en la acera (no se parece en nada a mi madre, es una señora muy fea vestida con colores chillones). Me acerco para contarle lo que me pasó con Puri. Me dice que soy una irresponsable, me da gritos. Le digo que me deje hablar, explicarme, pero acabamos las dos gritándonos.
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Lydia Lozano está de vacaciones en Benidorm y se supone que tengo que darle un regalo (un pijama). No sé cuál es su hotel, todos me parecen iguales. Entro en uno muy oscuro con una escalera tapizada de verde. Antes de llegar a los ascensores hay una especie de balcón donde están Felipe y Letizia. Les pregunto si saben dónde se aloja Lydia Lozano. Él me dice que es muy fácil, que siga las pistas, que mire donde señala el dedo. Recuerdo que hay un edifico con un luminoso de un dedo que se enciende y apaga. Como sea su casa, te como la cara, le digo y me voy. Pienso que jamás había dicho esa frase (que no me gusta nada). Efectivamente, cuando llego al luminoso del dedo, Lydia sale del portal y se abraza a un amigo. Pienso que no es momento de darle ningún regalo.

pescadores y vetas

jueves, 2 mayo 2024. Llegó a una librería larga y estrecha. Javier está al fondo, esperándome para una presentación. Se supone que es una antología y debemos leer varios autores. Le pregunto cómo irá la lectura. Dice que como son poemas enlazados, que cada autor que lea uno y el otro lo sigue. Sobre la mesa hay un ejemplar del Diccionario lacónico de Miguel Catalán. Le digo que lo lea, es un libro extraordinario. Él me dice casi al oído, como si fuera un secreto, que tengo que escribir un libro sobre pescadores, que es el tema de moda, que sería auténticamente moderno.
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Llegó a una especie de instituto desangelado. Entro en una sala enorme con unas mesas grandes de madera. Las mesas no pegan nada con el sitio. En una de ellas veo a Chivite y me siento frente a él. Se supone que tenemos que hacer un examen. La profesora hace sonar algo metálico y dice que empecemos. El resto de la clase escribe. Chivite y yo nos fijamos en que la mesa tiene unas vetas que parecen un camino con curvas que van desde él hacia mí. Ponemos cara de velocidad y hacemos los gestos y ruidos de quien conduce un bólido a toda pastilla.

niño menguante

miércoles, 1 mayo 2024. Estoy en casa de mi bisabuela (pero es un bar). Veo a unos niños en la calle y salgo a hablar con ellos. Todos salen corriendo menos uno. Me siento en el suelo a hablar con él. Le pregunto cómo es que van solos por la calle. Dice que no quiere volver a su casa, que su madre lo maltrata. Me enseña unos wasap donde tampoco leo nada extraño, solo le dice que vuelva. El niño se va haciendo cada vez más pequeño hasta convertirse en un muñeco de plástico de unos siete centímetros. Cabe en la palma de mi mano. Lo envuelvo en un pañuelo para no hacerle daño. Los amigos del bar me dicen que lo deje en cualquier sitio y nos vayamos a casa, que es muy tarde. Veo un coche de policía, pienso que quizá ellos puedan llevarme a casa del niño para devolverlo a su madre, pero no sé la dirección.

secreto

martes, 30 abril 2024. Al entrar en el cuarto de baño de casa de mis padres, alguien empuja la puerta desde dentro. A los pocos segundos sale mi hermana con cara de haber llorado. Le pregunto si está bien. Dice que sí, coge su bolso y sale de casa. En vez de coger el ascensor o bajar la escalera, sube al quinto piso. Cuando se da cuenta comienza a bajar. No entiendo qué hace. Le pregunto qué le pasa. Está muy colorada. Dice que guarda un gran secreto y no puede más, que estos cinco últimos años ha estado saliendo con alguien. Pienso que es imposible porque la he visto quedar y salir con sus amigas. Dice que incluso le ha estado prestando dinero a esa persona. No me creo nada pero, por seguirle el cuento, le pregunto que si tiene pareja por qué llora, que dónde está el problema, si es que lo han dejado. Pone los ojos en blanco, hace un gesto teatral y, como única respuesta dice que tita lo sabe todo desde el principio. Ahora sí que no cuela, pienso. Si nuestra tía hubiese sabido algo me lo habría contado. No te creo, le digo. Está en el cuarto de baño, hemos estado hablando, dice. De repente pienso que quizá no sea mi tía M quien lo sabe todo sino mi tía E. Pero me resulta de lo más raro que haya sabido guardar ese secreto durante tanto tiempo.

leones y leonera

domingo, 28 abril 2024. Parece un centro comercial al aire libre. En el centro del centro hay una escalera de caracol. Mientras bajamos, respondo a alguien que seguramente los leones que aparecen en el pergamino eran las mascotas de los niños de la familia (no recuerdo la conversación, ni la pregunta anterior a esa respuesta; tampoco de dónde venimos). Una vez en la planta baja, me acerco a una mesa donde está Alberto. Come una especie de fingers de queso. Me llama la atención que los camareros estén comiendo con él. Una chica asiática me habla como si fuera tonta (yo) o una niña o una extranjera, vocalizando, explicando lo que hay en cada plato (restos y migas) e incluso intenta meterme comida en la boca. Le digo de mala gana que sé perfectamente lo que es cada cosa y que no tengo hambre. 
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Busco algo en el que fue mi cuarto en casa de mis padres. Todo está revuelto, una auténtica leonera, hay muchas pelusas (algunas hasta ruedan con el aire que desplazo al moverme). Busco mi ropa porque tengo que irme, pero solo encuentro un vestido muy antiguo negro de florecitas blancas y los tenis. Me los pongo sin calcetines. Entre las pelusas hay monedas y un anillo que fue de una de mis tías abuelas. Cuando hago intentos por cogerlo mis manos se hunden en el suelo como si fuese de agua y las pelusas algas. Desisto porque tengo prisa (se supone que Alberto me está esperando). De repente mi madre se asoma por la ventana. Dice que el bolso que le regalé no es de su talla. Las asas son cortas, no me lo puedo poner al hombro, aclara. Le digo que lo miraré luego, que tengo prisa. Mientras salgo en estampida, pienso que no sé cómo he podido regalarle un bolso tan infantil. Mientras corro por la calle para alcanzar a Alberto, me doy cuenta de que no me até los cordones.

tortilla mutante

sábado, 27 abril 2024. Vamos en coche, Nos cruzamos con Ferran que conduce a nuestro lado pero en sentido opuesto. Nos mira mientras conduce. Está muy serio. ¿Cómo es posible que vayamos al mismo sitio y él conduzca en sentido opuesto?, pregunto. Porque conduce hacia atrás, dice Alberto.
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Llego con Carmen, Enrique y José Luis a un restaurante muy cerca del mar. La dueña sale a recibirnos. Nos habla como si la estuviéramos entrevistando para la tele. Nos explica (sin que le preguntemos) que han reformado el local y han conservado los nueve escalones que los separan de la playa, que han comprado el edificio colindante para hacer viviendas, no un hotel como todo el mundo cree. Que solo permitirá vivir a españoles, que no quiere personas de otros países. Lo dice todo con los labios estirados, con una especie de sonrisa falsa de monja que no me gusta nada. Entramos y nos sienta en la única mesa, en un rincón oscuro. Habló de reformas pero todo está viejo y sucio. La señora deja tenedores y un plato de loza blanco sobre la mesa y hace un gesto con la mano (supongo que significa que ya podemos comer). Enrique saca una tortilla que parece un bizcocho, del tamaño de un posavasos, que lleva en el bolsillo. No digo nada. Enrique y José Luis la pinchan dos o tres veces con sus tenedores y la tortilla comienza a crecer (le salen como unos arbolitos de brócoli pero amarillos, imagino que de huevo y patata). Comen con ganas mientras la tortilla sigue creciendo. Carmen la mira con recelo. Yo no sé qué hacer porque no sé si esas ramificaciones son de origen animal o vegetal. Finalmente me puede la curiosidad y como. Carmen me mira. Le digo con un gesto que no está bien ni mal, que no sabe a nada. De repente me doy cuenta de que a mi lado está mi sobrina nieta y mi cuñada. La niña quiere comer. La abuela le dice que ni se le ocurra, que es una de esas tortillas fantasmas que después te siguen creciendo en el estómago. La niña se levanta de la mesa llorando. Miro hacia atrás. Hay una grada de butacas de madera tapizadas en terciopelo color burdeos, todas están ocupadas, el público va muy bien arreglado, nos miran (incluso los hay con anteojos) cómo comemos. Algunas señoras aplauden. Siento que no quiero estar allí. Miro a Carmen, me entiende, se levanta. Enrique y José Luis dejan los cubiertos. Enrique deja dinero entre unas tablillas de madera y nos vamos. Cuando casi estamos fuera, Carmen dice que ha olvidado su bolso y yo me doy cuenta de que he olvidado también el mío. Volvemos a entrar. El público se pone en pie, aplaude como si fuéramos actrices que han vuelto para hacer un bis. Miro de reojo a la tortilla. Sigue creciendo.

manualidades

viernes, 26 abril 2024. Marcos me cuenta a lo que quiere dedicarse (no recuerdo qué) mientras nos acercamos a un muro. Le digo (mitad indignada, mitad con sorna y para que reaccione), que mejor gasta su tiempo en hacerme una de esas garrafas de agua que están envueltas en mimbre o, mejor, en tubo de goma. Dedícate a eso, ¿no? Al llegar al muro no paramos, seguimos moviendo los pies y dándonos con la cabeza contra él.
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Mi tía E y yo estamos solas en la sala de espera de un médico. Hay un sofá enorme y cómodo. Miro revistas. Empieza a llegar gente. De repente la sala está llena. Estoy en un extremo del sofá, espachurrada por otros pacientes, y mi tía frente a mí en una silla muy incómoda. La enfermera va llamando a todos menos a nosotras. Cuantos más llaman más se llena la sala. Me fijo en que mi tía lleva el vestido remangado, no lleva ropa interior y se le ve todo. Me acerco y le pregunto. ¿No te has puesto ropa interior? No me acuerdo y creo que me he orinado encima, dice y nos reímos. La levanto y nos vamos disimuladamente. En la calle le pregunto si se vistió ella o la vistió mi tía M. No se acuerda, cree que ella, dice. Nos reímos mucho, tenemos que agarrarnos la una a la otra, para no caer en la acera.
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Un señor mayo y yo volvemos de algún sitio. Es muy alto, se parece a Beckett, camina muy rápido delante de mí, me cuesta alcanzarlo. Mientras avanza me va contando cosas. A veces pierdo palabras porque va unos metros delante de mí. Al llegar a una calle llena de gente, tenemos que andar sobre lo que parecen ruinas romanas. Intento poner bien los pies sobre las piedras que forman una especie de laberinto de lo que fue una casa, para no caer. Lo oigo decir, unos pasos más allá, que le gusta ponerse mucho perfume y que, precisamente por eso, no se pone ninguno. Yo le digo que no llevo bien los olores, que me afectan mucho. De repente se hace de noche y se pone a llover intensamente. Corremos acera arriba. Tengo la sensación de que cuanto más hacemos por refugiarnos más fuerte cae la lluvia. Oigo que sigue hablando, pero ya no lo escucho, solo pienso en que, como voy siguiéndolo, estamos cerca de la casa de mi abuela y no sé si allí tendrán secador.
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Mirando cosas en Youtube, llego por casualidad a un vídeo donde se ve a Chivite (y a toda su familia y amigos) en una fiesta. Unos en el público y otros en el escenario. Primero canta su hija Laura y Chivite (y otros) tocan distintos instrumentos. Chivite toca la guitarra y hace los coros. Cuando la canción se acaba, Chivite continúa solo con un punteo y cantando como un profesional. Le escribo a Marcos, le mando el enlace y escribo: Ves, esto es lo que te dije, Chivite se ha desmelenado.

ajos crudos y libro de autoayuda para gatos

jueves, 25 abril 2024. Salgo del que fue mi cuarto de la casa de mis padres. Está toda la familia. La mesa de comedor abierta, llena de comida. Menudo desayuno, pienso. Me preguntan algo, pero no puedo hablar bien porque todavía estoy medio dormida. Mi tía dice que ha soñado con el primer ministro de Inglaterra, y pone los ojos en blanco. Será del Reino Unido, digo con voz de trapo. Mi madre interrumpe, dice que lo primero es desayunar para coger fuerza. Les cuento que he soñado que, mientras estaba en el cuarto de baño, aparecían Selu y Yuyu, habían montado una chirigota juntos y discutían sobre las letras; mientras yo no sabía qué hacer, me fijaba en una maceta que había junto al bidé, he intentaba moverla con el pie para le que diera un haz de luz que entraba por la ventana. Nadie me hace caso, así que me siento a la mesa. Sobre el mantel hay puñados de ajos y almendras. le pregunto a mi madre si los ajos están crudos o fritos. Fritos, dice. Al meterme uno en la boca noto que está crudo. Mi tía dice que no entiende nada esa casa, que solo tiene ganas de llorar, y señala un libro muy gordo de autoayuda para gatos que ha comprado mi hermana (como diciendo que gastan el dinero a lo tonto). Mi madre dice que hay que ponerse en marcha y ayude a mi otra tía a sacar la alfombra. No sé de qué habla porque nunca ha habido alfombra. Mi tía la mayor intenta acarrear muebles y una alfombra pesadísima ella sola. La alfombra está enrollada y atada con cinta americana. La ha sacado del estudio de mi padre. Corro a ayudarla porque pienso que si mi padre se entera de que allí guardan trastos viejos se va a liar una buena.

ventana indiscreta

miércoles, 24 abril 2024. Estoy en casa de mi abuela. Alberto y Francis dicen que se van al fútbol. Les digo que prefiero quedarme en casa. Miro a mi alrededor y no parece la casa de mi abuela, todo está desordenado y roto, como si hubiese pasado un tornado. Esperad que voy con vosotros. Empiezo a vestirme a toda prisa. No encuentro mi ropa entre los escombros. Doy al fin con una camiseta con el logo "Fruit of the loom" (la vi hace poco en un escaparate). Mientras me cambio en el cuarto de baño, veo a Francis espiándome desde la ventana que da al patio. Desde luego..., le digo enfadada y triste. Entre nosotros se acabó el misterio, pienso.
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Estoy con Alberto y Salvatore en una tasca. Se supone que estamos en la feria de Sevilla y estamos esperando a su hijo. Alberto va pidiendo cañas. Tenemos la mesa llena. Salvatore le dice que no pida más, que su hijo está a punto de llegar. Alberto pide una botella de vermú. Intento recoger algunos vasos y dejárselos al camarero en la barra. Uno de los vasos es enorme, de cristal muy fino, y se me va escurriendo hasta el suelo a cámara lenta. Intento que vaya pegado a mi cuerpo, piernas abajo, para que no se rompa. Llega intacto. El camarero me dice que son vasos muy frágiles, que se rompen con mirarlos. Por hablar de algo, le pregunto si lleva mucho tiempo allí (refiriéndome a las horas de feria). Desde 1989, responde.

300 kilómetros

martes, 23 abril 2024. Estoy con varias personas que no conozco, entre ellas una chica rubia (una mezcla de dos exparejas de dos amigos) que habla mucho y se ríe exageradamente de todo lo que dicen los chicos. A la hora de pagar saca una tarjeta como si fuera un mago, dejando claro que ella invita. Cuando la pasa por el datáfono, el camarero le dice que, no solo no tiene saldo, sino que es un cartón con forma de tarjeta. Ella pone gesto de niña pequeña, hace teatro y nos mira, esperando a que alguien pague. Alberto y los otros chicos se ofrecen. Paga Alberto. Le digo que siempre hace lo mismo, si no se dan cuenta de que es una gorrona. A lo que los chicos responden que, es tan guapa... El bar se ha convertido en un descampado junto a la autovía. Vamos hacia el parking. Alberto hace ademán de ir a echarme el brazo por el hombro. La costumbre, dice y lo aparta (se supone que ya no estamos juntos y ahora está con la chica rubia). Le digo que no entiendo qué ve en una persona así. No dice nada. Supongo que piensa como los demás, que es muy guapa y eso es más que suficiente. Le digo que prefiero volver andando. Son 300 kilómetros, dice. No digo nada y comienzo a andar junto a la autovía por no dar mi brazo a torcer. Mientras camino pienso, ¿300 kilómetros?, ¿pero dónde estoy?

tiranos temblad

domingo, 21 abril 2024. Estoy en una sala grande y circular de madera, acristalada, acogedora, como de albergue de montaña. Mientras le enseño a una chica a hacer cajitas con tapones de botellas, en la tele que hay sobre la chimenea, hablan de Uruguay. En ese momento, un grupo con maletas pasa por la sala. Entre ellos va Berto Romero. Señalo a la tele, y le digo a la chica que no deje de ver "Tiranos temblad", que es una maravilla, que a mí me cambió la vida. Esto último lo digo muy fuerte, exagerando el entusiasmo, para llamar la atención de Romero (apareció unos segundos en algún capítulo). Como no sé si me ha oído bien lo repito. "Tiranos temblad", ¡qué sentido del humor, qué maravilla! El grupo sale y, una vez fuera, veo como Romero se vuelve a mirar hacia adentro un par de veces. La chica se despide. Me quedo sola con la tele en silencio. Noto que alguien me rasca la cabeza (como haría con un niño). Al volverme, es Romero. De repente tiene el pelo muy oscuro y lleva una barba uniformemente blanca (tan blanca que parece teñida o falsa). No decimos nada. Paseamos por los alrededores del albergue hasta que nos damos cuenta de que caminamos por encima de unos cañizos de un bar. Le hago un gesto para que nos sentemos. Es eso o caer al vacío, le digo con la mirada (no hablamos, visto desde fuera parecería una película muda). Vemos caer el sol detrás de unos montes. Pienso que a pesar de que todo es perfecto (rozando lo cursi), no sé muy bien qué hago allí ni para qué llamé su atención.
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Estoy sola en un restaurante muy blanco (paredes, suelo, mesas, uniformes de los camareros). Nadie se acerca a atenderme ni yo tengo prisa. Simplemente miro como entra y sale gente, y se acercan a la barra a recoger su pedido. Finalmente un señor mayor muy elegante me dice con acento indio que mi pedido está listo. No sé de qué me habla, pero me acerco a la barra donde un chico me entrega una bolsa blanca con dos cajitas también blancas dentro. Pago con tarjeta, pero la tarjeta es del tamaño de un dedo meñique y al chico le cuesta pasarla por el datáfono. Como no sé dónde ir, le pregunto al señor elegante si, ya que el restaurante está vacío, puedo comer allí. ¿Vacío?, se ríe, ¡estamos hasta arriba!, dice y me muestra la sala (hasta ese momento vacía y en silencio) completamente llena de gente ruidosa. Me entran ganas de llorar. Es que me caso, dice con una enorme sonrisa. Le doy la enhorabuena y salgo con mi bolsa sin saber a dónde ir.

móviles retro

sábado, 20 abril 2024. No sé dónde estoy. A ratos parece un balneario con columnas, a ratos un decorado de película cutre. Se supone que me ha llevado alguien. Me presenta a su tío, un señor de mi edad que parece mi abuelo. El señor quiere darme a toda costa su mail para que quedemos, pero tiene unos apellidos tan complicaods que es imposible recordarlo. Hago que lo apunto para que me deje en paz. No pienso escribirle. Alguien aparece con un ramo enorme de flores (huelen intensamente) y se las entrega a Chivite (que no sé de dónde ha salido). Chivite me las pone sobre el hombro, dice que si las huelo permanentemente se me olvidarán los problemas, que la aromaterapia funciona. Las flores son muy raras, con un centro esférico del que salen seis o siete tentáculos blancos muy finos. Le hago una foto para que Google lents me diga qué son. (No recuerdo el nombre, algo parecedio a Vademecum). La chica que le dio el ramo dice que acaba de hablar con Jonás y no puede venir al estreno de su película, que le ha dicho que es autónomo y está a dos velas (al decirlo, la chica hace el gesto de comillas en el aire). Le digo que voy a llamarlo a ver si lo convenzo. Chivite se ríe al ver mi móvil topo castañuela. Jonás tiene uno igual, me defiendo, además, el tuyo tampoco es que sea de última generación, le digo. Chivite saca parsimoniosamente el suyo, igual al mío, pero al desplegarlo tiene prismáticos. Vale, tú ganas, le digo y se ríe. Mientras mira por los prismáticos de su móvil, me fijo en que en el meñique lleva un anillo de oro con una piedra rectangular verde.

casa rural

viernes, 19 abril 2024. Estoy con un grupo de personas en lo que parece una casa rural. Se entra directamente a la cocina y, nada más llegar, como si cada cual tuviera asignada una tarea, nos ponemos a trabajar. No reconozco a nadie, sólo a Juan Luis (un amigo al que no veo hace más de treinta años) y a Julio Iglesias Jr. La tarea de Julio es tener en los brazos un bebé. Al entrar, Juan Luis dice: ¡Hoy es mi cumpleaños! Mañana, le digo. Es esta noche a las doce, dice con ilusión. Me fijo en sus rizos y su cara de niño, y le prometo que haré una tarta para celebrarlo. Llaman a la puerta y aparece una pareja con niños. ¿¡Más!?, protesta Iglesias. Yo pongo la mesa. Solo hay un mantel de hule (me da repelús). Busco por todas partes uno de tela (nada). Todos se sientan a comer como si estuvieran hambrientos. La comida no son más que bolsas de aperitivos (patatas, gusanitos, conos...) con distintas salsas. Los miro comer. No sé qué hago allí.

hucha y calcetines

jueves, 18 abril 2014. Llego a una especie de bar-museo. Hay un grupo rodeando a alguien, Es María Victoria Atencia. Un señor me pregunta si sé quién es. Claro, no conocemos, le digo. Pues acércate y dale un beso, insiste. Le digo hola con la mano, desde lejos. ¿Nos conocemos?, me pregunta. Soy Isabel Bono, le digo. Pone cara de no tengo ni idea de quién eres. El señor me mira mal y me da la espalda. Subo una escalera muy estrecha. En el suelo hay relojes de bolsillo desvencijados y fotos antiguas de actores. No sé si son de verdad o reproducciones. Cojo cuna en la que aparece Fernán-Gómez muy joven. Es una fotocopia. Pienso que es una exposición pero muy mal montada. Al llegar al piso de arriba está el grupo y el señor de antes dice que done algo para las monjas. Abro el bolso y el hombre mira dentro sin disimulo. Tomo una moneda de dos euros y la meto en una hucha de lata. ¡Es demasiado!, ¡es demasiado! Una monja aparece sofocada ante los gritos del hombre. Aprovecho el revuelo para salir de allí. Llego a una estación donde solo salen trenes a países con nombres ridículos. Pregunto si alguno pasa por el centro. El conductor se ríe mientras afeita a uno de los pasajeros. No sé dónde estoy, no sé cómo volver a casa, me duelen muchísimo las piernas.
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El suelo del dormitorio de mi hermana está de colore amarillo. Rasco un poco y sale una capa de mugre. Sigo rascando toda una baldosa: reaparece el mármol blanco. Sigo limpiando todo el cuarto, pero cuando mojo la fregona en el cubo, el cubo está lleno de calcetines en vez de agua. Cuantos más calcetines voy sacando del cubo, más aparecen como si se reprodujeran.

fantoche

miércoles, 17 abril 2024. Estamos en una habitación caótica (¿de hotel?) con un grupo personas que no conozco. Uno de ellos se supone que es el hermano de Pablo Cantos (aunque no se parece a ninguno de sus hermanos). Quiero decirle que sentí mucho su muerte, pero no me atrevo a sacar el tema. Es la hora, dice alguien, y todos se arreglan como para una fiesta. Busco mi bolsa, está en el suelo con la ropa arrugada. Saco un bolso, está roto; otro, también roto con la piel cuarteada y el cierre oxidado; los zapatos no coinciden, son de pares distintos y del mismo pie. Solo hay una falda de rayas horizontales (es la primera vez que la veo) y una camisa de rayas verticales (otro tipo de rayas y colores). Me veo hecha un fantoche. Hay que darse prisa, dice alguien. Todos se han vestido allí mismo, si pudor alguno. Voy al cuarto de baño. No tiene techo. En la barra de la cortina de la bañera hay un jilguero atado con cinta adhesiva. También una nota escrita en un trozo de papel que parece arrancado de un cartel que hubiera estado pegado a un muro. Libero al pájaro (como no hay techo sale volando). La nota, con muy mala letra, dice algo bueno sobre mí (no recuerdo qué). Cuando salgo a la habitación todos se han marchado. La habitación es ahora el salón de la casa de mis padres. Me siento en una butaca. Miro cómo voy vestida y repito mientras lloro: No quiero ir, no quiero ir.

tenedores de madera

martes, 16 abril 2024. Voy por un supermercado en silla de ruedas. Voy metiendo en el bolso lo que voy comprando. Hay un expositor de dulces. No están resguardados, ni cristal ni envoltorios. Me apetece comer algo dulce (cosa rara) pero me da un poco de asco verlos ahí, a la intemperie. Una madre y una hija se acercan con tenedores de madera y van probando unos y otros, los dejan allí mismo a medio comer. Nadie les dice nada. Intento salir de allí, pero los pasillos son cada vez más estrechos y oscuros, y mi silla de ruedas se queda atascada a cada momento.

habitación compartida y pañuelo perdido

lunes, 15 abril 2024. Estoy en una habitación de hotel con Alberto y Purranki. Es una cama de matrimonio de dos por dos metros. Al lado hay una cama de noventa donde duermen (más juegan que duermen) tres adolescentes. No comprendo cómo hemos reservado una habitación compartida. Las chicas quieren ver algo en la tele, nosotros otra cosa. Yo me entretengo en pintar con tiza sobre las cortinas. Siguen llegando adolescentes. Una de ellas ice que tiene hambre. A la que parece mayor le digo que en la habitación de al lado (que hace de despensa) hay una cafetera y unos cestos con cruasanes. Hace un gesto de que no diga nada llevándose el índice a los labios. Paso. A Alberto y Purranki parece no importarles que las chicas hagan ruido, se rían a carcajadas o salten sobre la cama.
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Hemos ido a una taberna, a la presentación de un libro. Estamos sentados en la fila más alta de una grada de madera muy empinada. Temo caer en cualquier momento. Una señora del público habla sobre ella cada vez que el escritor va a decir algo sobre sus poemas. Alguien la manda callar. La señora se va muy ofendida, llorando. Otra persona protesta, dice que a la pobre la operan al día siguiente. No entiendo qué tendrá que ver para que interrumpa tanto. Todos se gritan, cada uno defendiendo a cada una de las partes. Me doy cuenta de que en el bar anterior me he dejado el abrigo y el bolso. Se lo digo a Marcos. ¡Estupendo!, aprovechemos este caos para irnos, dice contentísimo. Tomamos un autobús para llegar al bar anterior. Es bus parece una nave espacial, todo es blanco con los rincones redondeados, sin asientos. Marcos protesta. Le digo que disfrute del paisaje (una playa de agua limpísimas. Después podemos bañarnos, le digo (mientras lo digo pienso en qué ropa interior llevo, si no se transparentará, me servirá como bikini). Llegamos al bar pero está cerrado. Una cocinera nos atiende. Dice que abrigo no hay pero sí un pañuelo. Me enseña un pañuelo igual al mío pero rectangular. Marcos me hace una seña como para que me lo quede y zanje el asunto. El mío era cuadrado, digo al fin. Una chica se quita el pañuelo del cuello y me lo da. Lo encontré en la barra, dice con cara de pena. Dudo si regalárselo. Te lo daría, pero es un pañuelo que me regaló mi madre cuando me casé, le digo. Marcos sale de allí echando chispas. Un tipo me toma de la mano, dice que me acompañará al hotel para que no me pierda. Me pregunta si de verdad estoy casada y desde cuando. Desde hace treinta y seis años. El chico se ríe a carcajadas, no me cree e intenta besarme. Lo empujo, le digo que me deje en paz, que sé volver sola al hotel. En realidad no sé volver, ni siquiera sé en qué ciudad estoy.

cámara oscura

domingo, 14 abril 2024. Hay una comida familiar en la acera de la calle donde viven mis padres. Las mesas están iluminadas por la luz que sale desde la cristalera de la autoescuela. Son mesas de chiringuito puestas a lo largo, con manteles de papel. No conozco a la mayor parte de la familia. Como casi todos tienen los ojos azules, pienso que son de la familia de mi tío Juan. Los platos van sucediéndose. Yo apenas como nada por la cantidad y las salas. El postre también es exagerado (unas tortitas que nadan en caramelo líquido y nata). Mi hermana y mis primas, corretean de un lado a otro (son niñas de unos cinco años). Yo tengo unos doce, y no tengo nada que hablar con los mayores. Me siento fuera de lugar. Hay dos chicos mayores que yo que se han apartado para mirar las estrellas. Me acerco a ellos y les digo el nombre de algunas. Se sorprenden de que las conozca. En un momento en el que ellos no miran, veo una con forma de Australia de la que caen una especie de lágrimas. Los aviso, pero cuando miran han desaparecido. Uno de ellos (moreno con barba) se ríe de mí y se aleja. El otro (rubio con los ojos muy claros), me mira con condescendencia y me acaricia la cabeza). ¿Has visto aquello?, me dice señalando el otro extremo de la calle. En el cielo se ve la imagen de una calle de un país de África (gente que va y viene por un mercado). La imagen es en color. También se ve reflejada en el asfalto boca abajo, como si este fuera un espejo, en blanco y negro. El chico de la barba se sienta en la acera con la cabeza entre las manos, se lamenta. ¡No entiendo nada!, dice. Le digo al chico rubio que, seguramente, como en otros países se ven auroras boreales, hemos tenido la suerte de que esa noche el cielo funcione como una cámara oscura. El chico rubio me mira con admiración. Siento vergüenza, improviso, le digo que solo me acerqué a él para llevarle el postre pero he perdido el tenedor por el camino. El chico se ríe y se come las tortitas volcándolas directamente en la boca. Oigo que sus padres lo llaman. Me apena que no se haya despedido de mí. En la acera quedan los manteles de papel sucios y un montón de platos con restos de comida. El chico rubio pega con los nudillos desde dentro de la autoescuela (que ahora es la sala de espera de un aeropuerto). Me hace un gesto para que entre. Saca del bolsillo una piedra. Ten, para que no te olvides de mí, dice. La piedra son dos piedras unidas por lo que parece tocino y jamón. Me da mucho asco, pero me da vergüenza decírselo. Si tuviera el tenedor te lo daría de recuerdo, le digo y se ríe. Pienso que va a besarme, pero no lo hace. Se va con su familia. Yo tiro la piedra grasienta en la primera papelera que encuentro.

invitaciones

miércoles, 10 abril 2024. Alguien nos ha dado unas invitaciones para un teatro. Cuando estamos en la puerta, me entero de que solo hay una, pero Alberto no ve ningún problema, dice que nadie pregunta nunca nada. Salen a la plaza donde esperamos y van llamando por nombre y apellido. Los que tengan invitación individual que levanten la mano, dicen. Un grupo la levanta. Según entran, veo que les entregan un libro y una bolsa de tela con regalos. Cuando voy a darme cuenta, Alberto ya está dentro. Alguien me dice que pase de una vez. No digo nada y paso. Una chica me pregunta cómo me llamo. Ha ce que lo repita varias veces. Supongo que no sabe escribir mi apellido, pero es mi nombre lo que no entiende. Es la primera vez que lo escucho, ¿vosotras lo habíais oído?, pregunta a sus compañeras que niegan con la cabeza. Isabel es un nombre muy normal, les digo. Me entregan una bolsa y dicen que pase, que me dé prisa porque el espectáculo va a comenzar. El teatro es enorme tiene varios niveles. En el centro hay un enorme cubo de madera que evita que la mitad del público pueda ver el escenario. Busco a Alberto por todas partes. Cuando por fin doy con él, los asientos están ocupados y además tienen delante, precisamente, una de las paredes del cubo.

pijama de raso

martes, 9 abril 2024. Estoy en una habitación de hotel y toda mi ropa está desordenada sobre la cama. Alguien dice: ¡Ya están aquí! Y meto a toda prisa mis cosas en una bolsa de viaje. No cabe todo y uso bolsas de tela. No entiendo cómo tengo tantas cosas, yo que viajo siempre con lo mínimo. Hay cosas que no reconozco como mías, como un pijama de raso de color rosa y vestidos estampados de gasa. De todos modos lo guardo todo sin doblar. El ascensor del hotel es muy antiguo, de madera y tapizado de rojo, las puertas de reja muy historiadas. Abajo me esperan los tíos y primos de Alberto. Me extraño (y alegro) al ver a sus tíos porque murieron hace un par de años. Se les ve jóvenes y felices. Suben alegremente a un autocar, pero se quedan de pie al fondo. Les digo que se sienten porque nos quedan, al menos dos horas de viaje. Parece que ni me oyen ni me ven. De repente siento que todo me da igual, que seguramente todo sea fruto de mi imaginación (la ropa, que ellos estén vivos), siento un cansancio enorme y un dolor explosivo en la sien derecha. Me siento. (Me despierta una jaqueca inmensa en la sien derecha).