secreto

martes, 30 abril 2024. Al entrar en el cuarto de baño de casa de mis padres, alguien empuja la puerta desde dentro. A los pocos segundos sale mi hermana con cara de haber llorado. Le pregunto si está bien. Dice que sí, coge su bolso y sale de casa. En vez de coger el ascensor o bajar la escalera, sube al quinto piso. Cuando se da cuenta comienza a bajar. No entiendo qué hace. Le pregunto qué le pasa. Está muy colorada. Dice que guarda un gran secreto y no puede más, que estos cinco últimos años ha estado saliendo con alguien. Pienso que es imposible porque la he visto quedar y salir con sus amigas. Dice que incluso le ha estado prestando dinero a esa persona. No me creo nada pero, por seguirle el cuento, le pregunto que si tiene pareja por qué llora, que dónde está el problema, si es que lo han dejado. Pone los ojos en blanco, hace un gesto teatral y, como única respuesta dice que tita lo sabe todo desde el principio. Ahora sí que no cuela, pienso. Si nuestra tía hubiese sabido algo me lo habría contado. No te creo, le digo. Está en el cuarto de baño, hemos estado hablando, dice. De repente pienso que quizá no sea mi tía M quien lo sabe todo sino mi tía E. Pero me resulta de lo más raro que haya sabido guardar ese secreto durante tanto tiempo.

leones y leonera

domingo, 28 abril 2024. Parece un centro comercial al aire libre. En el centro del centro hay una escalera de caracol. Mientras bajamos, respondo a alguien que seguramente los leones que aparecen en el pergamino eran las mascotas de los niños de la familia (no recuerdo la conversación, ni la pregunta anterior a esa respuesta; tampoco de dónde venimos). Una vez en la planta baja, me acerco a una mesa donde está Alberto. Come una especie de fingers de queso. Me llama la atención que los camareros estén comiendo con él. Una chica asiática me habla como si fuera tonta (yo) o una niña o una extranjera, vocalizando, explicando lo que hay en cada plato (restos y migas) e incluso intenta meterme comida en la boca. Le digo de mala gana que sé perfectamente lo que es cada cosa y que no tengo hambre. 
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Busco algo en el que fue mi cuarto en casa de mis padres. Todo está revuelto, una auténtica leonera, hay muchas pelusas (algunas hasta ruedan con el aire que desplazo al moverme). Busco mi ropa porque tengo que irme, pero solo encuentro un vestido muy antiguo negro de florecitas blancas y los tenis. Me los pongo sin calcetines. Entre las pelusas hay monedas y un anillo que fue de una de mis tías abuelas. Cuando hago intentos por cogerlo mis manos se hunden en el suelo como si fuese de agua y las pelusas algas. Desisto porque tengo prisa (se supone que Alberto me está esperando). De repente mi madre se asoma por la ventana. Dice que el bolso que le regalé no es de su talla. Las asas son cortas, no me lo puedo poner al hombro, aclara. Le digo que lo miraré luego, que tengo prisa. Mientras salgo en estampida, pienso que no sé cómo he podido regalarle un bolso tan infantil. Mientras corro por la calle para alcanzar a Alberto, me doy cuenta de que no me até los cordones.

tortilla mutante

sábado, 27 abril 2024. Vamos en coche, Nos cruzamos con Ferran que conduce a nuestro lado pero en sentido opuesto. Nos mira mientras conduce. Está muy serio. ¿Cómo es posible que vayamos al mismo sitio y él conduzca en sentido opuesto?, pregunto. Porque conduce hacia atrás, dice Alberto.
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Llego con Carmen, Enrique y José Luis a un restaurante muy cerca del mar. La dueña sale a recibirnos. Nos habla como si la estuviéramos entrevistando para la tele. Nos explica (sin que le preguntemos) que han reformado el local y han conservado los nueve escalones que los separan de la playa, que han comprado el edificio colindante para hacer viviendas, no un hotel como todo el mundo cree. Que solo permitirá vivir a españoles, que no quiere personas de otros países. Lo dice todo con los labios estirados, con una especie de sonrisa falsa de monja que no me gusta nada. Entramos y nos sienta en la única mesa, en un rincón oscuro. Habló de reformas pero todo está viejo y sucio. La señora deja tenedores y un plato de loza blanco sobre la mesa y hace un gesto con la mano (supongo que significa que ya podemos comer). Enrique saca una tortilla que parece un bizcocho, del tamaño de un posavasos, que lleva en el bolsillo. No digo nada. Enrique y José Luis la pinchan dos o tres veces con sus tenedores y la tortilla comienza a crecer (le salen como unos arbolitos de brócoli pero amarillos, imagino que de huevo y patata). Comen con ganas mientras la tortilla sigue creciendo. Carmen la mira con recelo. Yo no sé qué hacer porque no sé si esas ramificaciones son de origen animal o vegetal. Finalmente me puede la curiosidad y como. Carmen me mira. Le digo con un gesto que no está bien ni mal, que no sabe a nada. De repente me doy cuenta de que a mi lado está mi sobrina nieta y mi cuñada. La niña quiere comer. La abuela le dice que ni se le ocurra, que es una de esas tortillas fantasmas que después te siguen creciendo en el estómago. La niña se levanta de la mesa llorando. Miro hacia atrás. Hay una grada de butacas de madera tapizadas en terciopelo color burdeos, todas están ocupadas, el público va muy bien arreglado, nos miran (incluso los hay con anteojos) cómo comemos. Algunas señoras aplauden. Siento que no quiero estar allí. Miro a Carmen, me entiende, se levanta. Enrique y José Luis dejan los cubiertos. Enrique deja dinero entre unas tablillas de madera y nos vamos. Cuando casi estamos fuera, Carmen dice que ha olvidado su bolso y yo me doy cuenta de que he olvidado también el mío. Volvemos a entrar. El público se pone en pie, aplaude como si fuéramos actrices que han vuelto para hacer un bis. Miro de reojo a la tortilla. Sigue creciendo.

manualidades

viernes, 26 abril 2024. Marcos me cuenta a lo que quiere dedicarse (no recuerdo qué) mientras nos acercamos a un muro. Le digo (mitad indignada, mitad con sorna y para que reaccione), que mejor gasta su tiempo en hacerme una de esas garrafas de agua que están envueltas en mimbre o, mejor, en tubo de goma. Dedícate a eso, ¿no? Al llegar al muro no paramos, seguimos moviendo los pies y dándonos con la cabeza contra él.
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Mi tía E y yo estamos solas en la sala de espera de un médico. Hay un sofá enorme y cómodo. Miro revistas. Empieza a llegar gente. De repente la sala está llena. Estoy en un extremo del sofá, espachurrada por otros pacientes, y mi tía frente a mí en una silla muy incómoda. La enfermera va llamando a todos menos a nosotras. Cuantos más llaman más se llena la sala. Me fijo en que mi tía lleva el vestido remangado, no lleva ropa interior y se le ve todo. Me acerco y le pregunto. ¿No te has puesto ropa interior? No me acuerdo y creo que me he orinado encima, dice y nos reímos. La levanto y nos vamos disimuladamente. En la calle le pregunto si se vistió ella o la vistió mi tía M. No se acuerda, cree que ella, dice. Nos reímos mucho, tenemos que agarrarnos la una a la otra, para no caer en la acera.
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Un señor mayo y yo volvemos de algún sitio. Es muy alto, se parece a Beckett, camina muy rápido delante de mí, me cuesta alcanzarlo. Mientras avanza me va contando cosas. A veces pierdo palabras porque va unos metros delante de mí. Al llegar a una calle llena de gente, tenemos que andar sobre lo que parecen ruinas romanas. Intento poner bien los pies sobre las piedras que forman una especie de laberinto de lo que fue una casa, para no caer. Lo oigo decir, unos pasos más allá, que le gusta ponerse mucho perfume y que, precisamente por eso, no se pone ninguno. Yo le digo que no llevo bien los olores, que me afectan mucho. De repente se hace de noche y se pone a llover intensamente. Corremos acera arriba. Tengo la sensación de que cuanto más hacemos por refugiarnos más fuerte cae la lluvia. Oigo que sigue hablando, pero ya no lo escucho, solo pienso en que, como voy siguiéndolo, estamos cerca de la casa de mi abuela y no sé si allí tendrán secador.
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Mirando cosas en Youtube, llego por casualidad a un vídeo donde se ve a Chivite (y a toda su familia y amigos) en una fiesta. Unos en el público y otros en el escenario. Primero canta su hija Laura y Chivite (y otros) tocan distintos instrumentos. Chivite toca la guitarra y hace los coros. Cuando la canción se acaba, Chivite continúa solo con un punteo y cantando como un profesional. Le escribo a Marcos, le mando el enlace y escribo: Ves, esto es lo que te dije, Chivite se ha desmelenado.

ajos crudos y libro de autoayuda para gatos

jueves, 25 abril 2024. Salgo del que fue mi cuarto de la casa de mis padres. Está toda la familia. La mesa de comedor abierta, llena de comida. Menudo desayuno, pienso. Me preguntan algo, pero no puedo hablar bien porque todavía estoy medio dormida. Mi tía dice que ha soñado con el primer ministro de Inglaterra, y pone los ojos en blanco. Será del Reino Unido, digo con voz de trapo. Mi madre interrumpe, dice que lo primero es desayunar para coger fuerza. Les cuento que he soñado que, mientras estaba en el cuarto de baño, aparecían Selu y Yuyu, habían montado una chirigota juntos y discutían sobre las letras; mientras yo no sabía qué hacer, me fijaba en una maceta que había junto al bidé, he intentaba moverla con el pie para le que diera un haz de luz que entraba por la ventana. Nadie me hace caso, así que me siento a la mesa. Sobre el mantel hay puñados de ajos y almendras. le pregunto a mi madre si los ajos están crudos o fritos. Fritos, dice. Al meterme uno en la boca noto que está crudo. Mi tía dice que no entiende nada esa casa, que solo tiene ganas de llorar, y señala un libro muy gordo de autoayuda para gatos que ha comprado mi hermana (como diciendo que gastan el dinero a lo tonto). Mi madre dice que hay que ponerse en marcha y ayude a mi otra tía a sacar la alfombra. No sé de qué habla porque nunca ha habido alfombra. Mi tía la mayor intenta acarrear muebles y una alfombra pesadísima ella sola. La alfombra está enrollada y atada con cinta americana. La ha sacado del estudio de mi padre. Corro a ayudarla porque pienso que si mi padre se entera de que allí guardan trastos viejos se va a liar una buena.

ventana indiscreta

miércoles, 24 abril 2024. Estoy en casa de mi abuela. Alberto y Francis dicen que se van al fútbol. Les digo que prefiero quedarme en casa. Miro a mi alrededor y no parece la casa de mi abuela, todo está desordenado y roto, como si hubiese pasado un tornado. Esperad que voy con vosotros. Empiezo a vestirme a toda prisa. No encuentro mi ropa entre los escombros. Doy al fin con una camiseta con el logo "Fruit of the loom" (la vi hace poco en un escaparate). Mientras me cambio en el cuarto de baño, veo a Francis espiándome desde la ventana que da al patio. Desde luego..., le digo enfadada y triste. Entre nosotros se acabó el misterio, pienso.
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Estoy con Alberto y Salvatore en una tasca. Se supone que estamos en la feria de Sevilla y estamos esperando a su hijo. Alberto va pidiendo cañas. Tenemos la mesa llena. Salvatore le dice que no pida más, que su hijo está a punto de llegar. Alberto pide una botella de vermú. Intento recoger algunos vasos y dejárselos al camarero en la barra. Uno de los vasos es enorme, de cristal muy fino, y se me va escurriendo hasta el suelo a cámara lenta. Intento que vaya pegado a mi cuerpo, piernas abajo, para que no se rompa. Llega intacto. El camarero me dice que son vasos muy frágiles, que se rompen con mirarlos. Por hablar de algo, le pregunto si lleva mucho tiempo allí (refiriéndome a las horas de feria). Desde 1989, responde.

300 kilómetros

martes, 23 abril 2024. Estoy con varias personas que no conozco, entre ellas una chica rubia (una mezcla de dos exparejas de dos amigos) que habla mucho y se ríe exageradamente de todo lo que dicen los chicos. A la hora de pagar saca una tarjeta como si fuera un mago, dejando claro que ella invita. Cuando la pasa por el datáfono, el camarero le dice que, no solo no tiene saldo, sino que es un cartón con forma de tarjeta. Ella pone gesto de niña pequeña, hace teatro y nos mira, esperando a que alguien pague. Alberto y los otros chicos se ofrecen. Paga Alberto. Le digo que siempre hace lo mismo, si no se dan cuenta de que es una gorrona. A lo que los chicos responden que, es tan guapa... El bar se ha convertido en un descampado junto a la autovía. Vamos hacia el parking. Alberto hace ademán de ir a echarme el brazo por el hombro. La costumbre, dice y lo aparta (se supone que ya no estamos juntos y ahora está con la chica rubia). Le digo que no entiendo qué ve en una persona así. No dice nada. Supongo que piensa como los demás, que es muy guapa y eso es más que suficiente. Le digo que prefiero volver andando. Son 300 kilómetros, dice. No digo nada y comienzo a andar junto a la autovía por no dar mi brazo a torcer. Mientras camino pienso, ¿300 kilómetros?, ¿pero dónde estoy?

tiranos temblad

domingo, 21 abril 2024. Estoy en una sala grande y circular de madera, acristalada, acogedora, como de albergue de montaña. Mientras le enseño a una chica a hacer cajitas con tapones de botellas, en la tele que hay sobre la chimenea, hablan de Uruguay. En ese momento, un grupo con maletas pasa por la sala. Entre ellos va Berto Romero. Señalo a la tele, y le digo a la chica que no deje de ver "Tiranos temblad", que es una maravilla, que a mí me cambió la vida. Esto último lo digo muy fuerte, exagerando el entusiasmo, para llamar la atención de Romero (apareció unos segundos en algún capítulo). Como no sé si me ha oído bien lo repito. "Tiranos temblad", ¡qué sentido del humor, qué maravilla! El grupo sale y, una vez fuera, veo como Romero se vuelve a mirar hacia adentro un par de veces. La chica se despide. Me quedo sola con la tele en silencio. Noto que alguien me rasca la cabeza (como haría con un niño). Al volverme, es Romero. De repente tiene el pelo muy oscuro y lleva una barba uniformemente blanca (tan blanca que parece teñida o falsa). No decimos nada. Paseamos por los alrededores del albergue hasta que nos damos cuenta de que caminamos por encima de unos cañizos de un bar. Le hago un gesto para que nos sentemos. Es eso o caer al vacío, le digo con la mirada (no hablamos, visto desde fuera parecería una película muda). Vemos caer el sol detrás de unos montes. Pienso que a pesar de que todo es perfecto (rozando lo cursi), no sé muy bien qué hago allí ni para qué llamé su atención.
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Estoy sola en un restaurante muy blanco (paredes, suelo, mesas, uniformes de los camareros). Nadie se acerca a atenderme ni yo tengo prisa. Simplemente miro como entra y sale gente, y se acercan a la barra a recoger su pedido. Finalmente un señor mayor muy elegante me dice con acento indio que mi pedido está listo. No sé de qué me habla, pero me acerco a la barra donde un chico me entrega una bolsa blanca con dos cajitas también blancas dentro. Pago con tarjeta, pero la tarjeta es del tamaño de un dedo meñique y al chico le cuesta pasarla por el datáfono. Como no sé dónde ir, le pregunto al señor elegante si, ya que el restaurante está vacío, puedo comer allí. ¿Vacío?, se ríe, ¡estamos hasta arriba!, dice y me muestra la sala (hasta ese momento vacía y en silencio) completamente llena de gente ruidosa. Me entran ganas de llorar. Es que me caso, dice con una enorme sonrisa. Le doy la enhorabuena y salgo con mi bolsa sin saber a dónde ir.

móviles retro

sábado, 20 abril 2024. No sé dónde estoy. A ratos parece un balneario con columnas, a ratos un decorado de película cutre. Se supone que me ha llevado alguien. Me presenta a su tío, un señor de mi edad que parece mi abuelo. El señor quiere darme a toda costa su mail para que quedemos, pero tiene unos apellidos tan complicaods que es imposible recordarlo. Hago que lo apunto para que me deje en paz. No pienso escribirle. Alguien aparece con un ramo enorme de flores (huelen intensamente) y se las entrega a Chivite (que no sé de dónde ha salido). Chivite me las pone sobre el hombro, dice que si las huelo permanentemente se me olvidarán los problemas, que la aromaterapia funciona. Las flores son muy raras, con un centro esférico del que salen seis o siete tentáculos blancos muy finos. Le hago una foto para que Google lents me diga qué son. (No recuerdo el nombre, algo parecedio a Vademecum). La chica que le dio el ramo dice que acaba de hablar con Jonás y no puede venir al estreno de su película, que le ha dicho que es autónomo y está a dos velas (al decirlo, la chica hace el gesto de comillas en el aire). Le digo que voy a llamarlo a ver si lo convenzo. Chivite se ríe al ver mi móvil topo castañuela. Jonás tiene uno igual, me defiendo, además, el tuyo tampoco es que sea de última generación, le digo. Chivite saca parsimoniosamente el suyo, igual al mío, pero al desplegarlo tiene prismáticos. Vale, tú ganas, le digo y se ríe. Mientras mira por los prismáticos de su móvil, me fijo en que en el meñique lleva un anillo de oro con una piedra rectangular verde.

casa rural

viernes, 19 abril 2024. Estoy con un grupo de personas en lo que parece una casa rural. Se entra directamente a la cocina y, nada más llegar, como si cada cual tuviera asignada una tarea, nos ponemos a trabajar. No reconozco a nadie, sólo a Juan Luis (un amigo al que no veo hace más de treinta años) y a Julio Iglesias Jr. La tarea de Julio es tener en los brazos un bebé. Al entrar, Juan Luis dice: ¡Hoy es mi cumpleaños! Mañana, le digo. Es esta noche a las doce, dice con ilusión. Me fijo en sus rizos y su cara de niño, y le prometo que haré una tarta para celebrarlo. Llaman a la puerta y aparece una pareja con niños. ¿¡Más!?, protesta Iglesias. Yo pongo la mesa. Solo hay un mantel de hule (me da repelús). Busco por todas partes uno de tela (nada). Todos se sientan a comer como si estuvieran hambrientos. La comida no son más que bolsas de aperitivos (patatas, gusanitos, conos...) con distintas salsas. Los miro comer. No sé qué hago allí.

hucha y calcetines

jueves, 18 abril 2014. Llego a una especie de bar-museo. Hay un grupo rodeando a alguien, Es María Victoria Atencia. Un señor me pregunta si sé quién es. Claro, no conocemos, le digo. Pues acércate y dale un beso, insiste. Le digo hola con la mano, desde lejos. ¿Nos conocemos?, me pregunta. Soy Isabel Bono, le digo. Pone cara de no tengo ni idea de quién eres. El señor me mira mal y me da la espalda. Subo una escalera muy estrecha. En el suelo hay relojes de bolsillo desvencijados y fotos antiguas de actores. No sé si son de verdad o reproducciones. Cojo cuna en la que aparece Fernán-Gómez muy joven. Es una fotocopia. Pienso que es una exposición pero muy mal montada. Al llegar al piso de arriba está el grupo y el señor de antes dice que done algo para las monjas. Abro el bolso y el hombre mira dentro sin disimulo. Tomo una moneda de dos euros y la meto en una hucha de lata. ¡Es demasiado!, ¡es demasiado! Una monja aparece sofocada ante los gritos del hombre. Aprovecho el revuelo para salir de allí. Llego a una estación donde solo salen trenes a países con nombres ridículos. Pregunto si alguno pasa por el centro. El conductor se ríe mientras afeita a uno de los pasajeros. No sé dónde estoy, no sé cómo volver a casa, me duelen muchísimo las piernas.
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El suelo del dormitorio de mi hermana está de colore amarillo. Rasco un poco y sale una capa de mugre. Sigo rascando toda una baldosa: reaparece el mármol blanco. Sigo limpiando todo el cuarto, pero cuando mojo la fregona en el cubo, el cubo está lleno de calcetines en vez de agua. Cuantos más calcetines voy sacando del cubo, más aparecen como si se reprodujeran.

fantoche

miércoles, 17 abril 2024. Estamos en una habitación caótica (¿de hotel?) con un grupo personas que no conozco. Uno de ellos se supone que es el hermano de Pablo Cantos (aunque no se parece a ninguno de sus hermanos). Quiero decirle que sentí mucho su muerte, pero no me atrevo a sacar el tema. Es la hora, dice alguien, y todos se arreglan como para una fiesta. Busco mi bolsa, está en el suelo con la ropa arrugada. Saco un bolso, está roto; otro, también roto con la piel cuarteada y el cierre oxidado; los zapatos no coinciden, son de pares distintos y del mismo pie. Solo hay una falda de rayas horizontales (es la primera vez que la veo) y una camisa de rayas verticales (otro tipo de rayas y colores). Me veo hecha un fantoche. Hay que darse prisa, dice alguien. Todos se han vestido allí mismo, si pudor alguno. Voy al cuarto de baño. No tiene techo. En la barra de la cortina de la bañera hay un jilguero atado con cinta adhesiva. También una nota escrita en un trozo de papel que parece arrancado de un cartel que hubiera estado pegado a un muro. Libero al pájaro (como no hay techo sale volando). La nota, con muy mala letra, dice algo bueno sobre mí (no recuerdo qué). Cuando salgo a la habitación todos se han marchado. La habitación es ahora el salón de la casa de mis padres. Me siento en una butaca. Miro cómo voy vestida y repito mientras lloro: No quiero ir, no quiero ir.

tenedores de madera

martes, 16 abril 2024. Voy por un supermercado en silla de ruedas. Voy metiendo en el bolso lo que voy comprando. Hay un expositor de dulces. No están resguardados, ni cristal ni envoltorios. Me apetece comer algo dulce (cosa rara) pero me da un poco de asco verlos ahí, a la intemperie. Una madre y una hija se acercan con tenedores de madera y van probando unos y otros, los dejan allí mismo a medio comer. Nadie les dice nada. Intento salir de allí, pero los pasillos son cada vez más estrechos y oscuros, y mi silla de ruedas se queda atascada a cada momento.

habitación compartida y pañuelo perdido

lunes, 15 abril 2024. Estoy en una habitación de hotel con Alberto y Purranki. Es una cama de matrimonio de dos por dos metros. Al lado hay una cama de noventa donde duermen (más juegan que duermen) tres adolescentes. No comprendo cómo hemos reservado una habitación compartida. Las chicas quieren ver algo en la tele, nosotros otra cosa. Yo me entretengo en pintar con tiza sobre las cortinas. Siguen llegando adolescentes. Una de ellas ice que tiene hambre. A la que parece mayor le digo que en la habitación de al lado (que hace de despensa) hay una cafetera y unos cestos con cruasanes. Hace un gesto de que no diga nada llevándose el índice a los labios. Paso. A Alberto y Purranki parece no importarles que las chicas hagan ruido, se rían a carcajadas o salten sobre la cama.
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Hemos ido a una taberna, a la presentación de un libro. Estamos sentados en la fila más alta de una grada de madera muy empinada. Temo caer en cualquier momento. Una señora del público habla sobre ella cada vez que el escritor va a decir algo sobre sus poemas. Alguien la manda callar. La señora se va muy ofendida, llorando. Otra persona protesta, dice que a la pobre la operan al día siguiente. No entiendo qué tendrá que ver para que interrumpa tanto. Todos se gritan, cada uno defendiendo a cada una de las partes. Me doy cuenta de que en el bar anterior me he dejado el abrigo y el bolso. Se lo digo a Marcos. ¡Estupendo!, aprovechemos este caos para irnos, dice contentísimo. Tomamos un autobús para llegar al bar anterior. Es bus parece una nave espacial, todo es blanco con los rincones redondeados, sin asientos. Marcos protesta. Le digo que disfrute del paisaje (una playa de agua limpísimas. Después podemos bañarnos, le digo (mientras lo digo pienso en qué ropa interior llevo, si no se transparentará, me servirá como bikini). Llegamos al bar pero está cerrado. Una cocinera nos atiende. Dice que abrigo no hay pero sí un pañuelo. Me enseña un pañuelo igual al mío pero rectangular. Marcos me hace una seña como para que me lo quede y zanje el asunto. El mío era cuadrado, digo al fin. Una chica se quita el pañuelo del cuello y me lo da. Lo encontré en la barra, dice con cara de pena. Dudo si regalárselo. Te lo daría, pero es un pañuelo que me regaló mi madre cuando me casé, le digo. Marcos sale de allí echando chispas. Un tipo me toma de la mano, dice que me acompañará al hotel para que no me pierda. Me pregunta si de verdad estoy casada y desde cuando. Desde hace treinta y seis años. El chico se ríe a carcajadas, no me cree e intenta besarme. Lo empujo, le digo que me deje en paz, que sé volver sola al hotel. En realidad no sé volver, ni siquiera sé en qué ciudad estoy.

cámara oscura

domingo, 14 abril 2024. Hay una comida familiar en la acera de la calle donde viven mis padres. Las mesas están iluminadas por la luz que sale desde la cristalera de la autoescuela. Son mesas de chiringuito puestas a lo largo, con manteles de papel. No conozco a la mayor parte de la familia. Como casi todos tienen los ojos azules, pienso que son de la familia de mi tío Juan. Los platos van sucediéndose. Yo apenas como nada por la cantidad y las salas. El postre también es exagerado (unas tortitas que nadan en caramelo líquido y nata). Mi hermana y mis primas, corretean de un lado a otro (son niñas de unos cinco años). Yo tengo unos doce, y no tengo nada que hablar con los mayores. Me siento fuera de lugar. Hay dos chicos mayores que yo que se han apartado para mirar las estrellas. Me acerco a ellos y les digo el nombre de algunas. Se sorprenden de que las conozca. En un momento en el que ellos no miran, veo una con forma de Australia de la que caen una especie de lágrimas. Los aviso, pero cuando miran han desaparecido. Uno de ellos (moreno con barba) se ríe de mí y se aleja. El otro (rubio con los ojos muy claros), me mira con condescendencia y me acaricia la cabeza). ¿Has visto aquello?, me dice señalando el otro extremo de la calle. En el cielo se ve la imagen de una calle de un país de África (gente que va y viene por un mercado). La imagen es en color. También se ve reflejada en el asfalto boca abajo, como si este fuera un espejo, en blanco y negro. El chico de la barba se sienta en la acera con la cabeza entre las manos, se lamenta. ¡No entiendo nada!, dice. Le digo al chico rubio que, seguramente, como en otros países se ven auroras boreales, hemos tenido la suerte de que esa noche el cielo funcione como una cámara oscura. El chico rubio me mira con admiración. Siento vergüenza, improviso, le digo que solo me acerqué a él para llevarle el postre pero he perdido el tenedor por el camino. El chico se ríe y se come las tortitas volcándolas directamente en la boca. Oigo que sus padres lo llaman. Me apena que no se haya despedido de mí. En la acera quedan los manteles de papel sucios y un montón de platos con restos de comida. El chico rubio pega con los nudillos desde dentro de la autoescuela (que ahora es la sala de espera de un aeropuerto). Me hace un gesto para que entre. Saca del bolsillo una piedra. Ten, para que no te olvides de mí, dice. La piedra son dos piedras unidas por lo que parece tocino y jamón. Me da mucho asco, pero me da vergüenza decírselo. Si tuviera el tenedor te lo daría de recuerdo, le digo y se ríe. Pienso que va a besarme, pero no lo hace. Se va con su familia. Yo tiro la piedra grasienta en la primera papelera que encuentro.

invitaciones

miércoles, 10 abril 2024. Alguien nos ha dado unas invitaciones para un teatro. Cuando estamos en la puerta, me entero de que solo hay una, pero Alberto no ve ningún problema, dice que nadie pregunta nunca nada. Salen a la plaza donde esperamos y van llamando por nombre y apellido. Los que tengan invitación individual que levanten la mano, dicen. Un grupo la levanta. Según entran, veo que les entregan un libro y una bolsa de tela con regalos. Cuando voy a darme cuenta, Alberto ya está dentro. Alguien me dice que pase de una vez. No digo nada y paso. Una chica me pregunta cómo me llamo. Ha ce que lo repita varias veces. Supongo que no sabe escribir mi apellido, pero es mi nombre lo que no entiende. Es la primera vez que lo escucho, ¿vosotras lo habíais oído?, pregunta a sus compañeras que niegan con la cabeza. Isabel es un nombre muy normal, les digo. Me entregan una bolsa y dicen que pase, que me dé prisa porque el espectáculo va a comenzar. El teatro es enorme tiene varios niveles. En el centro hay un enorme cubo de madera que evita que la mitad del público pueda ver el escenario. Busco a Alberto por todas partes. Cuando por fin doy con él, los asientos están ocupados y además tienen delante, precisamente, una de las paredes del cubo.

pijama de raso

martes, 9 abril 2024. Estoy en una habitación de hotel y toda mi ropa está desordenada sobre la cama. Alguien dice: ¡Ya están aquí! Y meto a toda prisa mis cosas en una bolsa de viaje. No cabe todo y uso bolsas de tela. No entiendo cómo tengo tantas cosas, yo que viajo siempre con lo mínimo. Hay cosas que no reconozco como mías, como un pijama de raso de color rosa y vestidos estampados de gasa. De todos modos lo guardo todo sin doblar. El ascensor del hotel es muy antiguo, de madera y tapizado de rojo, las puertas de reja muy historiadas. Abajo me esperan los tíos y primos de Alberto. Me extraño (y alegro) al ver a sus tíos porque murieron hace un par de años. Se les ve jóvenes y felices. Suben alegremente a un autocar, pero se quedan de pie al fondo. Les digo que se sienten porque nos quedan, al menos dos horas de viaje. Parece que ni me oyen ni me ven. De repente siento que todo me da igual, que seguramente todo sea fruto de mi imaginación (la ropa, que ellos estén vivos), siento un cansancio enorme y un dolor explosivo en la sien derecha. Me siento. (Me despierta una jaqueca inmensa en la sien derecha).

albornoz

jueves, 4 abril 2024. Estoy en un salón enorme. Tan grande, que los muebles de comedor parecen casi de juguete. La luz, pobre y amarillenta, le da un tono deprimente. Estoy sentada en una butaca pegada a la pared. Oigo que fuera hay una fiesta o algo parecido, pero no me apetece salir. Entra Blanco. Me sorprende que se haya dejado de rapar la cabeza (tiene el pelo rizado como cuando era joven), pero no le digo nada. Se sienta en una butaca al otro lado del salón, a más de cinco metros de mí. Me voy acercando a él arrastrando la mía. No decimos nada, me abraza. Cuando salgo, efectivamente hay una especie de fiesta. Al parecer ha venido una escritora del este, muy famosa. Andrés me dice que quiere presentármela, me toma de la mano y me lleva hacia ella, pero hay tanta gente que me suelto y nos perdemos. De repente estoy en una habitación muy pequeña. Mi familia está allí, apilada. El gato de mi hermana está en una caja de cartón. Todos me miran con insistencia esperando a que lo cepille.
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Andrés, mi madre y yo llegamos a lo que parece una casa-barco. Es de madera y parece muy nuevo. La casa-barco se va convirtiendo en una casa-piano. Intentamos colarnos porque Andrés quiere enseñarnos algo. Finalmente solo yo consigo colarme. Llegan los dueños y me escondo colgándome de un perchero, bajo un albornoz. Espero allí a que los dueños se duerman para poder escapar.

lasaña dulce

miércoles, 3 abril 2024. Estoy con un chico delante de una mercería. le digo que quedan pocas, que compre algo. Le cuento que una vez entré en una solo por verla, no tenía nada que comprar y pedí madroñeras por pedir algo. Le cuento que se las puse en las mangas a una blusa amarilla que me había hecho. Le explico con todo detalle la blusa y le enseño cómo era el amarillo raspando distintas capas de color en la pared. Amarillo albero, concluye. Le cuento con qué falda me la ponía. Como esta, pero esta es estrecha y no me deja andar. Me enseña la suya, es igual. Y nos las remangamos para poder seguir andando.
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Estamos en un bar con un grupo de personas que no me suenan de nada. Vemos el bar desde arriba porque estamos sentados sobre una pila altísima e inestable de sillas. Una señora dice que va a repartir los dulces que ha hecho. Levanta una tela y aparecen dulces de chocolate y nata. Los lanza con precisión a cada una de las personas que están en el bar. Me pregunto si alcanzará a donde yo estoy. Extiendo las manos y me cae uno como si se posara lentamente. Le doy a probar a Alberto y lo escupe. Dice que es una lasaña dulce. Efectivamente son muchas, demasiadas, capas de chocolate con mucha nada encima. La señora me mira y me lo como por no despreciárselo. Alberto me saca del bar, dice que ya puedo escupirlo, que ahora la señora no puede verme. Lo tiro a una papelera. Alberto señala un registro en la acera y se ríe. No sé de qué se ríe. Es por el nombre, dice, me siguen haciendo gracia algunos nombres (el nombre hace referencia a alguien gordo, pero no lo recuerdo).
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Estoy en una casa que parece prefabricada. Llega Penélope Cruz con un tipo. Se supone que llega cansada del trabajo. Trabaja de representante de agendas de piel. Al llegar, las deja caer en el suelo. Pienso que son muy bonitas, que me gustaría quedarme con alguna. En el pasillo hay varias puertas. La primera es un cuarto de baño con un inodoro preparado para ancianos. Sobre el lavabo hay varios biberones. No entiendo qué hace todo eso allí porque en la casa no hay ancianos ni niños. Voy abriendo todas las puertas, como si no conociera la casa. En una está ella con el novio. ¿No vas a dejar que tu madre descanse un rato?, me dice. Cierro y entro en la habitación del fondo. Tiene todas las paredes cubiertas por cortinas, aunque solo hay una ventana. Me asomo. De repente estoy en una azotea y veo la calle. Es de noche y hay pocas farolas encendidas. Un tipo le grita a alguien por teléfono. Le dice: ¡Tú consentiste! De repente llegan tres tipos más y le hacen un placaje. Él se resiste. Lo meten contra su voluntad en una ambulancia. Hemos terminado por hoy, les oigo decir. La ambulancia no tiene techo y puedo ver al hombre del teléfono en una camilla, sujeto por varias cintas negras. Intento ver la matrícula para denunciarlo, pero las farolas se apagan y la ambulancia desaparece a toda velocidad.

escalón

martes, 2 abril 2024. Estoy sentada en un escalón de una plaza enorme. A mi lado está Javi. Mientras cuida de una niña pequeña me cuenta que ha tenido que echar a su inquilino y ahora tiene una habitación libre. No le digo nada, pero pienso que podría alquilarla yo. Un grupo de niñas con equipación de fútbol se sienta a mi lado. Estamos muy apretadas. Le pregunto algo y se ríen. La niña llora, se quita el pañal y lo tira con rabia al suelo. Me levanto y camino por la plaza. Hay unas cortinas verdes que parecen hechas de cactus blandos. Esos cactus me hacen pensar en Daniel, en si necesitará una habitación.ç
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Estoy en el que fue mi cuarto (en la casa de mis padres). Todo está revuelto, mi ropa tirada por el suelo. Oigo música y me extraña porque el tocadiscos hace tiempo que no funciona. Salgo al salón y veo un montón de vinilos y casetes. Le pregunto a mi madre donde está mi (no recuerdo qué buscaba). Mi padre pregunta qué busco. Le digo que son cosas mías. Él insiste. Quiero gritarle que me deje en paz, así que por decir algo le digo que no encuentro el Colacao.

parkour

lunes, 1 abril 2024. Estoy en lo que parece un parque de atracciones sin atracciones, con bares y algunos puestos de libros. De repente, Alberto dice que nos vamos y arranca un artefacto que parece una cama voladora. Me subo como puedo, casi caigo al vacío. Llegamos a un jardín. Hablo con una chica que se va convirtiendo en Virginia. Me pregunta desde cuándo me gusta Beckett. De repente estamos sentadas en un bar. Llega Pablo Carbonell y se sienta con nosotras. Mientras nos cuenta algo, pienso en lo guapo que es. Se lo digo y se ruboriza. Aparece una pareja. Me preguntan por su hija. No sé de qué me hablan. No me creen e insisten, incluso pretenden pagarme para que hable. Mientras esto sucede, veo a Pablo peleando con otro tipo. Me río porque me recuerdan a dos koalas manoteando. La pareja cree que me río de ellos y me amenazan. Huyo haciendo parkour. Llego a una casa donde me reciben con gran alegría. Es la pareja de la que huía. Están contentos porque su hija apareció sana y salva. Entra a saludarla, me dicen. La chica se acerca y me abraza. Tengo la sensación de que está drogada. Mientras me abraza me dice al oído que la ayude a escapar de allí.