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llave grande y coche deportivo

lunes, 5 enero 2026. Estoy en la casa de mi bisabuela. Me sorprende que todo esté en orden como cuando ella vivía. Alguien de la familia me pregunta por la llave. ¿La grande? Esa, ¡ha desaparecido! Le digo que quizá se quedó puesta. Todos gritan y corren de un lado a otro.
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Salgo de la casa de mi abuela. Me acompañan mi madre, mi padre, mi hermana, Odila y Paco. A la puesta nos espera Lucas en un coche rojo deportivo. Esta tumbado en el asiento del conductor como si estuviera tomando el sol (va en bañador y esta muy bronceado). Lo raro es que las piernas le asoman por delante del coche. Una piernas larguísimas. Tanto ue tengo que dar un gran rodeo para entrar en el asiento de atrás. Odila y Paco ya están sentados, cada uno pegado a una ventanilla. Pienso que no cabremos todos. Mi madre se sienta entre ellos y coge a mi hermana en brazos (es una niña). Le digo a mi padre que vaya de copiloto, que yo iré andando. Mi padre dice que me siente yo, que él irá en bus. Antes de que yo diga que me voy en bus con él, mi hermana se ha hecho mayor y ya está sentada junto a Lucas. Al llegar a calle Cristo, le digo a mi padre que se apresure, que ya llega el C1. Cruzo a lo loco entre los coches. Mi padre no se mueve. Vuelvo a cruzar para no dejarlo solo. Perdemos el bus.

gorro de pelo

miércoles, 10 diciembre 2025. Me visto a toda prisa porque llegamos tarde. Odila (una amiga de la infancia a la que no veo desde hace años) se ha puesto mi ropa. Le queda mejor que a mí. Llevo un pantalón de punto y un jersey muy suave (parece que voy en pijama). Le pregunto qué tal estoy. Perfecta, dice. Pienso que siempre fue muy amable conmigo, una amiga de verdad.Odila me enseña un chorizo que ha comprado. Me pregunta si es bueno, que dónde suelo comprarlo yo. No me da tiempo a responder. Aparece un chico y le dice que el mejor chorizo es el que venden sus padres. No entiendo que se meta en la conversación (y mucho qué hace en mi cuarto). Odila me mira como diciendo, vamos a decirle que sí a todo, pero vamos a hacer lo que nos dé la gana.
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Estoy en un edificio de madera con muchas habitaciones. En algunas hay gente joven trabajando en lo que parecen maquetas, en otras muebles de madera. Concluyo que es una escuela. Las escaleras son muy rudimentarias, parece que se vayan a romper. Pienso que las han hecho los alumnos. Veo de lejos a Francisco, le hago señas para que me ayude, pero me saluda desde lejos y desaparece. Pregunto a un grupo por la salida. Haz el camino al contrario, me dicen y se ríen. He dado tantas vueltas que no sé dónde estoy. Me pica la cabeza, me quito un gorro de pelo negro (tipo Bobby ingles), pero mi pelu es igual al gorro (tipo Jackson Five pero muy enredado). ¿Con gorra o sin gorro?, pregunto al chico. Con gorro, dice con guasa y cara de susto.+
Espero a Elisa en el que fue mi cuarto de niña. Sobre la cama hay un álbum que le regalé con estampas de mi infancia y una tarjeta collage, con fotos nuestras de momentos especiales, diciéndole cuánto la quiero. Me apena pensar que quizá, en un futuro, sus hijos no le den importancia y acabe en la basura.

bañera

domingo, 23 julio 2023. Parece la antigua casa de la abuela de Odila. Bajo la escalera veo a Chivite. Lleva el pelo largo (me extraña porque me dijo que su madre se lo había cortado.) Está sentado en un taburete y lleva la cartera en bandolera, como si fuera a marcharse de repente. Buenos días, caballero, ¿me esperaba?, le digo en tono de broma. No dice nada, solo gira el asiento de vez en cuando. A su lado hay una estantería que, en vez de libros, tiene distintos tipos de pasta. El paquete de las espirales de colores está roto. Intento cerrarlo, pero cuanto más lo intento más caen al suelo. No sé qué hacer. Meto algunos en mi mochila, en los bolsillos, amontono otros sobre la mesa. Nada, como en un programa de humor, cuanto más intento ordenar más y más espirales caen de la nada.
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Estoy en casa de mis padres. Encuentro una nota de mi hermana que dice que volverá después de comer con una amiga. Miro la hora, la una y media. Voy al dormitorio y les digo a mis padres que es hora de levantarse, que se les va a juntar el desayuno con la comida. En ese momento aparece mi hermana con su amiga. Me echa en cara que mis padres sigan durmiendo y dice que vaya a comprar. De repente estoy en la calle con mi prima Elisa. Llevamos bolsas del supermercado. Unos pasos por delante vemos a mi hermana con una botella de agua de cinco litros en una mano y un bolso que parece pesar también cinco kilos en la otra. Vemos cómo deja el bolso en la acera y sigue andando. Lo recogemos. Al llegar al portal aparece mi tía Encarna muy joven paseando dos perros. Mira, mi Vicentito, dice. Veo a Vicente cruzar el portal. aparece Cristina. Me abraza, me pregunta si tengo tiempo. Tengo de todo menos tiempo, le digo. Pienso que mi padre se pondrá de mal humor cuando vea a los perros.
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Estoy en una clase con un montón de niños de unos diez años. La profesora me entretiene dibujando en un papel una cuadrícula con los nombres de los alumnos y un calificativo debajo. Se demora tanto que los niños empiezan a marcharse. Otros dibujan a lo suyo. Pienso que tendría que estar hablándoles de libros y poesía. Suena un móvil y la profesora me mira con mala cara. El mío no es, digo. Lo saco del bolso y se lo enseño (está partido por la mitad). Mi madre está en primera fila, y noto que se aburre. Cuando volvamos a casa tendré que comprar un móvil nuevo, le digo. Noto que no se encuentra bien, tiene arcadas. Le pongo delante una papelera para que vomite, pero es de rejilla. La dejo delante de una bañera que hay a un lado de la clase y me alejo unos segundos a por una toalla mojada para ponérsela en la frente. Al volver, la bañera está llena de agua y mi madre tiene la cabeza dentro. Se la saco. Pienso que se pondrá de mal humor al ver que el peinado se le ha deshecho. Le digo que escupa, que respire. Nada. De repente estamos en la calle. Pido ayuda. Nada. Le hago el boca a boca. Le digo que respire (primero a gritos, después se lo pido por favor muy flojito muchas veces).

built to spill

domingo 6 noviembre 2022. Estoy con Carmen en lo que parece el patio de una iglesia. Le hace fotos al erizo César. Lo deja sobre un seto y nos escondemos para ver qué pasa. Un cura y un monaguillo se acercan y lo observan. Comienza a llover y vamos a por él. Entramos un momento en un bar a secarnos. Una chica me pregunta desde cuándo soy amiga de Odila (Carmen se ha transformado en ella). Le digo que desde 3ºEGB, que la casa de sus padres y la de mi abuela estaban pegadas (y hago un gesto con los dedos índice). ¿Cuándo quedaste con ella?. Hoy, respondo. Pues tu madre no me ha dicho lo mismo, dice y se va. No entiendo nada. Carmen/Odila me pregunta quién era. Le cuento que se llama Pili y la conocí en 1ºEGB, que hicimos la comunión juntas, que sale en la fotos, que nunca fuimos amigas. Salimos del bar mientras se lo cuento, pero Carmen/Odila ahora es Sonia. Llega su novio (un chico alto, pelirrojo, que no se parece en nada a su marido). Les cuento que en 5ºEGB Pili me robó el compás. Les explico con todo lujo de detalles cómo era el compás y cómo me lo robó. Mientras, hemos llegado a una especie de parque temático. Sonia dice que quiere ir al cine. Nos ponemos en una cola. Veo que compra tres entradas. Pienso que una es para mí, pero veo que su novio compra otras tres. Compro la mía. La taquilla está en alto y tiene el tamaño de una ventana. No sé si llevo suficiente dinero. Vuelco el monedero y aparecen monedas, un espejito, lápices y todos los cachivaches que suelo llevar. El taquillero se ríe. Así me gusta, dice, que me den suelto. Toma unas monedas y me da tres entradas. No digo nada. En la cola todos cuchichean. Lo ha hecho reír, dicen y me miran cundo paso (al parecer tenía fama de antipático). Nos sentamos en una grada a esperar la hora de cine. Yo estoy entre un montón de chicas y ellos en la de enfrente. Hay música de fondo que no me gusta nada, pero de repente suena Built To Spill. ¡Han puesto el cedé completo!, ¡así es como hay que escuchar música!, grito poniéndome en pie. Nadie me hace caso. Canto las canciones a la par que el disco. Miro entre las gradas por si alguien más se las sabe. Pienso que si alguien se las supiera, probablemente, sería Jota. Pienso que si lo viera lo reconocería.

vodka

25 diciembre 2021. Llego a calle General Ibáñez. Al subir la escalera que lleva a casa de la abuela de Odila noto que las piernas no me responden, como si tuvieran voluntad y no quisieran subir. Al llegar al portal veo que ha cambiado. A la izquierda sigue la misma casa, pero a la derecha hay un hall enorme muy moderno. parece una clínica dental. Una chica con bata blanca me recibe. Me doy cuenta de que no llevo la mascarilla puesta. Le cuento que yo jugaba allí de niña, que si sabe dónde vive ahora esa familia. Le enseño una botella de vodka que llevo en una bolsa de papel como muestra de que es verdad. Me hace pasar al fondo de la clínica que es un salón de actos dividido en dos por una cortina. En una parte un tipo da clases de algo en una pizarra. En la otra mitad un tipo con pinta de repelente da clases de escritura creativa. Ha venido a ver dónde jugaba, les dice. Toda la clase me mira. Son en su mayoría chicas muy jóvenes. El profesor me trata como una alumna más. Le digo a la chica que está a mi lado que, para que los personajes de una historia sean creíbles hay que trasladarles algo que nos haya sucedido de verdad, que no invente de la nada, que se apoye en su vida o en la vida de alguien. El profesor me oye, dice que no tengo ni idea, que no estoy llamada para escribir, que por ese camino nunca llegaré a nada. Lo dice con una sonrisa beatífica, marcando mucho las sílabas. Una chica se vuelve, cuchichea con sus compañeras, miran el móvil y me miran a mí. Pienso que me han buscado, que me han reconocido. Antes de que le digan a su profesor que escribo, me voy. La chica de la bata blanca me acompaña a la puerta. La chica me dice que está harta de la pandemia, que ha sido un año muy duro. Le doy la botella de vodka.

tres gobernadores

lunes, 13 diciembre 2021. Delante de la casa de mis padre hay un descampado donde luchan dos hombres. Más que luchar parece que jueguen. Uno gana. Ya tenemos a los tres representantes, dicen por megafonía. La gente aplaude. Alguien me empuja para que me acerque y me siente entre los otros dos ganadores. Estos son los tres nuevos gobernadores. Veo sentado a Daniel a mi izquierda y al hombre que ha ganado la pelea-juego a mi derecha. No sé de qué soy gobernadora, si de la calle, la ciudad, el país. Ellos nos representarán, dicen. Al decirlo, todo el mundo se va sus casas con cara de satisfacción. Me acerco a Daniel, lo saludo. No sé si me ha reconocido (en el sueño se supone que han pasado muchos años sin que nos hayamos visto). Tengo un libro para ti, dice de repente. Estoy haciendo limpieza en mi biblioteca, igual te interesa. Libros siempre, respondo. Me alegra mucho verlo, quiero abrazarlo pero no me atrevo. De repente se convierte en Odila. Me cuenta, como si nos hubiéramos visto ayer, que la noche anterior estuvo de fiesta, que en el bar les dieron unas barritas luminosas que movían en el aire cuando sonaban los estribillos de las canciones, que ligó con un chico muy guapo, que hacía tiempo que no lo pasaba tan bien. La observo mientras habla, parece tan joven como hace veinticinco años. Quiero abrazarla pero no me atrevo.

carroza y calzoncillos sucios

viernes, 18 mayo 2018. Hay mucha gente esperando en la calle. Pregunto. Al parecer ha muerto la abuela de Odila y han organizado una cabalgata en su honor. Odila y su madre bailan sevillanas vestidas de flamenca en una carroza.
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Estoy en la azotea de un hotel. Cada vez que me asomo al jardín, más alta está la azotea. Distingo a Sonia y Míchel que caminan en bañador hacia la piscina. Los saludo desde arriba. También veo una aglomeración a las puertas de un hotel. Se supone que se celebra una boda. Bajo. Sonia lleva un abrigo con botones enormes. No sé cómo le ha dado tiempo a cambiarse. Dice que tengo que darme prisa. Corro a recepción. En el hall se han colado pájaros. Una chica me pregunta si soy la de la 8, la que no sabía usar el cepillo eléctrico para peeling. Le digo que soy la de la 6 que no tenía secador. Me acompaña con otra chica, pero en vez de llegar a la habitación llegamos a una sala de exposiciones. A la entrada, un chico me dice que está haciendo una encuesta. Me enseña tres calzoncillos: blanco, beige y gris. Tengo que elegir uno. Elijo el más limpio. El chico lo apunta en una libreta, parece contrariado. Le digo a las dos chicas que entren ellas a la exposición, yo tengo una boda.

un coche negro

martes, 26 julio 2016. Estoy en la antigua cafetería "La cosmopolita". Las mesas han sido sustituidas por un patio de butacas. María lleva el pelo azul, me pregunta algo. Pone tan cerca su cara de la mía que no entiendo lo que dice. Odila lleva un vestido ligero de flores. Pienso en una reunión de antiguas alumnas, pero hay poetas que gritan al fondo de la sala. Quiero salir de allí. Marcus Versus, que está sentado a mi lado, como si pudiera oír mis pensamientos, dice: Quédate. Afuera hay un coche negro con la puerta abierta, esperándome.

fiesta

miércoles, 20 abril 2016. Hay una fiesta en la casa de la abuela de Odila, pero la casa es un jardín enorme. Hay más de mil personas, beben, bailan, otras se sientan a charlar en grandes corros. En una zona mi madre corta el pelo. Me extraña mucho, pero me acerco a que me lo corte a mí también. Lo hace muy mal, pero no le digo nada. La madre de Daniel me dice que se ha comprado varios móviles. Todavía están en sus cajas. Es que soy abuela, se excusa. Busco a Daniel, pero no lo veo. Veo a algunos conocidos, los evito. Alberto está sentado en una carpa con una chica. Me despido. ¿Te vas tan pronto? Siempre me voy a la misma hora, le respondo como si asistiera a fiestas cada día. Al salir, me doy cuenta de que he perdido los zapatos. El suelo del jardín parece de lava fría y dura. A la puerta esperan para entrar. Traemos whisky, me dice un tipo enseñándome una botella de dos litros. Pasad, a mí me da lo mismo. Bajo la cuesta de Rodrigo de Ulloa, alguien prepara carne en una barbacoa. a pesar de la fiesta la calle está muy oscura. Al llegar a la casa de mi abuela, el jardín y las casas colindantes han desaparecido. Un tipo me pregunta si me acuerdo de él. Yo servía el catering en un hotel donde leías poemas, dice. Pienso que en realidad es Manuel haciéndose pasar por otra persona. Va con una chica bajita que me abraza. La chica roba collares y chucherías que hay a la puerta de la casa de mi abuela. Mi tía, desde la puerta, me hace una seña para que la deje. Al parecer le pone cosas para que se las lleve. aquí había un jardín, le digo a Manuel.

quesito

jueves, 25 septiembre 2014. Salgo de la casa de la abuela de Odila (y que ya no existe) comiéndome un quesito. En los escalones de la puerta hay varios hombres armados. Llevan turbantes. Mientras me alejo de ellos me como el quesito de manera que lo vean, como si ese quesito fuera mi salvoconducto.

árboles con pomo

jueves, 13 junio 2013. Camino con Odila (una compañera de colegio a la que no veo hace años) por un camino de tierra. Ella prefiere bajar al bosque. Nos perdemos. Le digo que conozco un truco para no dar vueltas inútiles: cada vez que dejamos atrás un árbol, lo toco con el índice y se convierte en una puerta cerrada. A Odila le sorprende que la puertas tengan incluso pomo.

la visita

domingo, 10 marzo 2013. Voy a visitar a Odila, una amiga del colegio a la que no veo hace años. Vuelve a vivir en la casa de sus padres, jardín con jardín, con la que fue la casa de mi abuela. Justo antes de llamar pienso en el miedo que siempre me dio esa casa cuando estaba vacía. Odila me recibe en kimono, un bonito kimono de estampado rosa, que la hace parecer aún más triste. Nos abrazamos, le digo cuánto me alegro de que haya vuelto. La mesa del comedor está vestida para una fiesta. Hablamos como si nos hubiéramos visto el día anterior.

cuadrícula sweet home

martes, 7 septiembre 2010. Sobre la mesa de la terraza de la casa de mis padres hay dos billetes muy verdes, tanto que no sé si serán auténticos. Miro el cielo y pienso que va a levantarse viento y los dos billetes se volarán. Inmediatamente ocurre. Los dos billetes vuelan haciendo piruetas. Pienso que mi madre se va a enfadar muchísimo. Recorto dos papeles del mismo color y los dejo sobre la mesa con un cenicero encima para que no se vuelen.
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Salgo a la carrera de la casa de la abuela de Odila, bajo la escalera en cuatro zancadas, bajo la cuesta, giro por calle María, llego hasta el final entre unos niños que juegan a la pelota. Corro como nadie y me siento completamente feliz. Al llegar al final de la calle encuentro una escalinata que nunca ha estado allí, pero me da igual, la bajo también a toda carrera. Desemboco en una habitación enorme donde viven unas cien personas ordenadas en cuadrículas. Cada uno tiene un vaso de palomitas grande lleno de comida y un ordenador portátil. Pienso que es la solución a la superpoblación y que es perfecto. Le pregunto a un tipo si me puedo quedar a vivir allí. Me dicen que hable con el jefe. El jefe es el poeta Juan Marqués. Juan se alegra mucho de verme y me pregunta en qué cuadrícula quiero vivir. Quiero una pegada a la pared, le digo. ¿No prefieres una al lado de Chivite?, dice. No, mejor una alejada para poder escribirle. Juan me acompaña a mi nueva vida. Para agradecérselo, saco un libro del bolso y se lo doy. El libro se titula "Libro de faros".

constelación del candelabro

miércoles, 3 marzo 2010. Al ir a cerrar la puerta de la casa de mi abuela me quedo mirando el monte del Seminario y deseo que aparezca un platillo volante. Nada. En cambio veo una constelación con forma de candelabro, sólo que en vez de estrellas, está perfectamente dibujada a colores. Por la acera veo pasar a Odila, quiero felicitarla por su cumpleaños, pero hace tanto que no nos vemos que me da vergüenza. Después de cerrar, dos chicas regordetas la traspasan. Pienso que son dos amigas fantasmas de Antonio Muñoz Quintana. Los oigo hablar, quieren que él les maquete algo. Yo sigo ordenando el cuarto donde duermo. Hay una mesa llena de cajas que no sé qué contienen. Antonio aparece con corbata. Ante mi cara de asombro, responde que se la ha puesto porque es la única que no refleja la luz.
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Un tipo muy pesado insiste en que lea en un festival que organiza. Le digo que tengo cosas mejores que hacer, y me pongo a separar con el pie cristales rotos que hay en mitad de la calle. Entre los cristales hay una flor de cristal intacta. Sólo con mirarla le hago un par de agujeros, le paso la cadena y me la cuelgo al cuello. Al fondo de la calle hay una chimenea con forma de antorcha de la que sale un humo espesísimo precioso.

cantera y abrigo de piel

miércoles, 3 septiembre 2008. Estoy mirando una cantera abandonada. Me alegra que los del pueblo vecino hayan construido una especie de pantano donde van a bañarse. Los miro desde lo alto. Como siempre que vuelvo a casa desde esa cantera, las imágenes se vuelven en blanco y negro según me alejo. Siempre siento lo mismo en el camino de vuelta: un poco de temor a que el coche caiga por un barranco, temor a volver a casa y que la casa no esté, temor a haber olvidado algo en esa cantera.
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Mi abuela está al cargo de mi hermana y mis primas. Son muy pequeñas y corren por la casa sin parar y sin querer acabarse la comida. Alberto y varios amigos dicen que se van al fútbol. Saco de una sopera mi entrada y se la cedo a Hero, el marido de mi hermana, para no dejar a mi abuela sola con las niñas. Una de las niñas, que cada vez son más, me pregunta quién era "el minino". Le explico que era un vecino de la abuela de Odila y que le llamábamos así porque, como no comía, no llegó a crecer. La niña sale corriendo y vuelve con un yogur. Antes de que yo le diga nada, me dice que el yogur lleva proteínas, que lo ha leído y que me ahorre las explicaciones. De la casa de Odila vemos salir a toda la familia. Llevan a un bebé en los brazos. Odila lleva un abrigo de piel. Entran todos en el coche para ir a bautizarla. Mi hermana, que hasta el momento era una niña muy pequeña, sale de casa vestida de fiesta con una falda de garras y se mete también en el coche. Mi abuela se lamenta de que nunca me ha visto bien vestida. Nunca te he visto con abrigo de piel, dice. Mamá lo tiró a la basura, le respondo. Lo que no le digo es que recuperé el abrigo de la basura y lo escondí en el altillo del armario.

pelánganos

miércoles, 20 agosto 2008. Piso compartido. Todos duermen, Odila está arreglándose en el cuarto de baño. Yo estoy lista. Alberto dice que no quiere esperar más y baja a la calle. Le meto prisa a Odila y salimos. He dejado la cama hecha y sólo meto en los bolsillos lo necesario. Odila ahora es rubia, habla de su pelo, de cuando de niña llamábamos a nuestras melenas "pelánganos". Nunca nos gustó nuestro pelo, dice.
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En un camarote los concursantes de supermodelos posan en pijama. Una de ellas lleva un camisón completamente transparente. Su novio le pregunta algo y ella escribe alrededor de un tapón de cerveza: Moña, dando a entender que está borracha. Algunos, en vez de pijamas llevan disfraces de La guerra de las galaxias.

odila

viernes, 18 julio 2008. Desde el jardín de casa de mi abuela veo pasar por la calle a José Miguel Picazo, a quien hace más de veinte años que no veo. Va con su madre y dos sus hermanas. La madre lleva además dos bebés en un cochecito. No me atrevo a decirle nada.
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Alberto y yo subimos por Rodrigo de Ulloa. Hemos quedado con los amigos en la esquina de General Ibáñez. Mientras esperamos, veo pasar a José Miguel en bicicleta. Para a la puerta de la que fue mi casa hasta los ocho años, y entra. Cuando me acerco a la bici, se ha convertido en un deportivo rojo. Pienso en ponerle una nota en el parabrisas, pero no me atrevo. Odila pasa por allí, le digo que me acompañe a saludar a José Miguel porque seguro que se alegra de verla más que a mí. Odila dice que le da vergüenza entrar en esa casa, pero que organizará una reunión para que nos veamos todos. Dice que se alegra de verme, me abraza. Te quiero mucho, le digo. Se va muy contenta, saltando como si fuese una niña.
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Alberto tiene una comida de trabajo y yo lo espera a la puerta del restaurante. Llevo un puñado de bolitas de corcho blanco teñido de rosa, que empieza a despintarse entre mis manos. Alberto sale con un compañero que apesta a tabaco. Mientras buscamos su coche, le digo que su mujer notará que ha fumado, que debería dejar de fumar. Alberto le propone que se intercambien la ropa y le dice que si se hace algo, no es bueno dejar de hacerlo. Sí, como matar, le digo con ironía, matar es buenísimo. Caminan delante de mí con los brazos extendidos haciendo el avión. No me oyen.
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Alberto y yo vamos en coche, pasamos por edificios blanquísimos. Como hay tanto atasco podemos recrearnos mirándolos. Pensamos que son los únicos edificios que quedan en Torremolinos de los años 70. Me bajo del coche un momento y cuando entro de nuevo, me doy cuenta de que me he equivocado de coche. Veo que Alberto me hace señas desde un desvío, y el mío sigue la autopista. Una señora muy amable me dice que puedo quedarme en su casa. Me ofrece té, pero al volcar la tetera salen monedas. Después, en vez de leche, mete un pañuelo arrugado en mi taza. No digo nada, pero pienso que es una vieja loca. Me enseña mi cuarto, bastante austero. Sólo hay una cama y un vaso de plástico clavado a la pared, cerca del suelo. Dejo las monedas y el pañuelo arrugado que no me bebí dentro del vaso. Me meto en la cama vestida. Pienso que en cuanto se duerma escaparé de esa casa.

polígrafo y pizza

lunes, 28 abril 2008. Estoy sentada junto a Isabel Pérez Montalbán. Está a punto de comenzar una lectura. Me pasa una nota diciéndome que va a leer también unos poemas míos. Siento mucha vergüenza. Pongo las manos sobre los folios para que no pueda leer mis poemas.
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Estoy en un bar abarrotado. Noto que alguien me agarra de la cintura y me arrastra fuera. Al ver que quienes me llevan son Odila y Pilar Martín Valverde, a quienes hace más de 20 años que no veo, le hago una seña a Alberto. Estoy muy feliz. Me sacan entre las dos a la calle y las abrazo. Les pregunto si han dado conmigo a través del blog de Agustín Calvo Galán. No dicen nada, se ríen. En ese momento llega Belén Rueda con un micrófono. Tengo una carta para ti, dice. Eres muy mona y muy simpática, pero como me saques en la tele te denuncio, le respondo. Alberto llega en ese momento y le cuento la encerrona que me han preparado Odila y Pilar. Belén Rueda me explica que no voy a salir en la tele, pero que por favor no la deje colgada y me someta, al menos, al polígrafo. Estamos delante de una ventana con tela metálica. A contraluz, veo que detrás de la tela hay una cámara. Me enfado muchísimo. Belén Rueda destapa el polígrafo, que está en la acera cubierto por una sábana, y veo un caimán enorme. Ahora métele el dedo en la boca y responde a mis preguntas, dice.
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Alberto dice que vamos a ir de visita a la nueva casa de Salud. Pienso que deberíamos llamar antes para ver si está, pero no digo nada. Entramos por unos caminos de arena que parecen no llevar a ningún sitio. Hay familias sentadas en sillas de playa que nos miran con mala cara. Cuando la playa se acaba, aparece un túnel en obras que da a la autovía. Al fondo se ven unas terrazas blancas. El camino parece largo pero lo hacemos en un segundo. Llegamos a un centro comercial. Salud está, casualmente, a punto de almorzar en una pizzería. Nos sentamos con ella. Empiezan a llegar personas que no conozco y se sientan con nosotros. Hay tanta gente a la mesa que no puedo despegar los brazos del cuerpo para comer. Desde la mesa de al lado, una familia me pregunta qué pueden pedir. Les explico que es la primera vez que como allí, pero que he oído que la especialidad es la pizza cuatro quesos. Después, les cuento la anécdota en la que estuve a punto de comerme una toalla. Se ríen. Cuando vuelvo a mi mesa, sólo está Salud y la mesa está vacía. ¿Dónde han ido todos?, le pregunto. Están todos aquí, ¿no los ves?, me responde.

desnudos estupendos y el capitán tapioca

jueves, 28 febrero 08. Alberto, mi hermana y su marido están en la terraza regando. Pienso que están desperdiciando mucha agua, pero no les digo nada. Al entrar en el salón, mi hermana me dice que está harta de ver mi estupendo ombligo. Me doy cuenta, entonces, de que sólo llevo puestas unas bragas. Me siento en el suelo, me las quito y le digo: Pues mucho más estupenda estoy desnuda. Al entrar al dormitorio, veo a Alberto en la cama, aunque sigo oyendo su voz en la terraza. No comprendo cómo puede estar en dos sitios a la vez.
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Leo en una revista una noticia: El primer hombre violado del mundo. Dos páginas con fotos en blanco y negro de una fiesta en la playa, donde se ve al chico beber y después tumbado bocabajo sobre la arena. La violación no se ve pero se intuye por los gestos del chico. Mientras leo las frases a pie de cada foto, se convierten en imágenes con movimiento. No entiendo cómo la gente que estaba a su alrededor no hizo nada por ayudarlo. Tiro la revista asqueada.
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Alberto, Eski y Caína van en la cabina de una camión, donde transportan una bombona de butano gigante. Le pregunto desde la acera si tiene permiso para llevar material peligroso. Me dice que no quiere verme cuando lleguen a la playa. Me acerco al coche de Pepe, donde Isa, Daniel y Ángeles están listos para marchar. Les digo que no iré a la playa. Intentan convencerme de que vaya con ellos, pero les digo que Alberto no quiere verme allí. Se van. Me siento en la acera y me doy cuenta de que no hay asfalto, sólo tierra. Se han llevado hasta el asfalto, pienso. Me he quedado en un paisaje color arena bastante polvoriento. Un chico vestido de Capitán Tapioca se sienta a mi lado y sin decir nada me pone unas medias sport del color del paisaje. A la altura de la rodilla me ata un lazo. Le pregunto por qué las adorna como si yo fuera una niña. No es un adorno, es un distintivo; ahora eres de los nuestros, dice.
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Al pasar por delante de una iglesia, veo que Odila y Camilo están en la puerta. Entro y busco un lugar para sentarme. Sólo queda sitio en la primera fila. Mi tía Mari está sentada justo en mitad del banco. Procuro sentarme lejos de ella y dejando un sitio libre a cada lado para que se puedan sentar Odila y Camilo. Odila pasa de largo, ni siquiera me saluda, y se sienta junto a mi tía, en el otro extremo del banco. La misa empieza y Camilo no ha entrado.