miércoles, 11 febrero 2026. Voy con Antonio Soler por los pasillos de un edificio muy blanco. El suelo ondea (sube y baja como en una atracción de feria). Le digo que a veces alguien te cae bien solo al mirarlo. Como si desprendiera algo, dice él. Como X (no recuerdo el nombre), me ha caído bien de inmediato. Ya lo he visto, lo has acaparado toda la noche, me reprocha. Me viene una imagen de X (no lo acaparaba, es que estaba sentado a mi lado en la cena). Entramos en una biblioteca. En una de las mesas hay libros antiguos, entre ellos unos con las portadas muy parecidas a mi diario de niña, imitando una lata de tomate. Me quedo extasiada mirándolos (como Eusebio Poncela en Arrebato).