viernes, 8 mayo 2026. Estoy en casa de mis padres, miro al suelo y veo una fila de cucarachas. Al levantar la falda de la mesa veo que hay toda una hilera. No sé de dónde salen. Junto a las cortinas veo una tela de araña, creo que hay cucarachas pegadas, pero cuando la miro de cerca son gambas.
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Estoy en un comedor familiar, aunque se supone que es una consulta. A un lado hay una abuela con sus nietos. Le cuento a un tipo algo sobre mis padres y mi tía E. La abuela se echa a llorar, se va. Él también ha desaparecido, vuelve al cabo de unos segundos con los ojos húmedos. Le digo que hay que ser realistas
y llamar a las cosas por su nombre. De repente el comedor se ha llenado. Van celebrar que la abuela ha tenido una nieta. Sacan botellas de vino. A mí no me sirven. Dice que su hija se ha ido a vivir al norte. Le digo que allí criará mejor a la niña porque será un sitio más tranquilo. Se queja, cuenta que sufre mucho porque viven lejos y con lo que le he contado de mis padres (que no sé lo que es) se arrepiente de haber tenido hijos. Hay que pensárselo antes, le digo. Todos callan y beben. Una chica pide una cerveza, el tipo coge dos botellas de vino blanco (con unas etiquetas preciosas) y las vacía en el suelo, me moja los pies (estoy descalza). Pregunto a alguien por qué lo hace. Me responde en un susurro que lo hace cada vez que piden una cerveza, porque pedir una cerveza es tirar el vino. No me explico como puede tener una nieta siendo tan joven. Me pide que le eche la edad. Treinta. Se pone muy contento, se me acerca a un palmo de la cara. Y ahora, ¿cuantos me echas? Así, tan cerca, treinta y cinco como mucho, le digo.