recena

jueves, 10 octubre 2019. Hemos terminado de cenar. Se supone que es un restaurante de lujo. Digo se supone porque nos estamos levantando y no sé qué hemos cenado, ni se ve nada a nuestro alrededor. Al salir, una camarero aparece con mis cosas. Me he dejado la chaqueta y el bolso. Así tengo la cabeza, le digo al camarero que se no se inmuta en su papel de sirviente serio. La puerta de salida es un marco de madera con una tela metálica, como si fuera un gallinero. Salgo a un descampado irregular de tierra y pedruscos. A la vuelta de la esquina Alberto ha montado un escenario para sorprenderme. Hay zapatos colgados de hilos invisibles. Es muy bonito, pero un coche pasa varias veces muy despacio por delante de nosotros y le digo a Alberto que quiero irme de allí. Entramos en un mercado con tiendas y bares. Las paredes están alicatadas estilo Lisboa. Alberto pide un ponche y una tapa de sardina marinada. Acabamos de cenar, pero no le digo nada. Pregunto al camarero si tiene palo cortado. Me mira con cara de pocos amigos. Tengo otras cosas, dice. Pues entonces lo mismo que él, le digo señalando a Alberto. Alberto no está y el camarero mira el vacío donde he señalado.