lunes, 31 marzo 2025. En casa de mis padres se celebra un concurso de canto. Una chica en pijama, pero muy maquillada, canta ópera. El organizador jalea para que el público aplauda. Después, una chica muy joven canta canciones muy cortitas (de unos cinco segundos) con una voz muy fina. El organizador dice que queda descalificada porque sus canciones son muy cortas. La chica casi llora. Protesto, le digo que sumadas hacen una, y además ha cantado de maravilla y con gran sensibilidad. La chica asume su derrota y va hacia la cocina. Voy tras ella. Me dice que pensaba que pasaría a la segunda fase y había preparado un sándwich para mí, que no deje que se los quede ese tipo y me los lleve. Señala al suelo: hay tres rebañadas de pan de molde sobre una bolsa de plástico, llevan mantequilla y una anchoa cada rebanada. Me da asco y pena porque se ve que lo ha hecho con buena intención. La chica se va. Recojo las rebanadas del suelo y las meto en un táper (aunque no creo que me las coma). Cuando vuelvo al salón no hay nadie. Mi padre pregunta cuándo vuelve mi madre. No lo sé, le digo y voy al baño. Desde el baño oigo la voz cantarina de mi madre. Salgo a saludarla. Trae un bebé en los brazos, lo acuna (como hacía Isabelle Huppert en una película que vi ayer). Se lo voy a presentar a la gata, le digo. Pero al acercarle el bebé la gata intenta arañarle la cara (me despierto agobiada).