miércoles, 29 abril 2026. Estoy en un salón de baile donde se celebra una fiesta un poco estirada. Pienso que para tanto lujo, la luz es muy mala. Alberto me dice que Elisa me está esperando. En una habitación pequeña, detrás del gran salón de baile, hay una mesa de playa plegable con un mantel de papel, un picoteo muy pobre. A pesar de todo lo prefiero la gran fiesta. Elisa sale en albornoz con una toalla liada a la cabeza y me da una copa de vino blanco. Dice que ella ya se ha bebido dos, y baila con los ojos cerrados.
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Se supone que estamos en un congreso, pero no sé muy bien de qué. Hay gente de todos los países. Un tipo que se parece al poeta Omar Pimienta m dice que está todo preparado. Me escabullo. Me encuentro a un chico muy joven y muy pálido. Le digo si me acompaña a tomar algo. Entramos en un bar muy antiguo de dos plantas. Los camareros llevan chaleco y pajarita. Nos lo recorremos en busca de una mesa libre, nos bebemos los que vamos encontrando y le digo al chico que nos vayamos sin pagar. A la salida tropezamos con una señora que lleva un sombrero de plumas. Todo es de lo más extravagante. Cuando volvemos al congreso, alguien está dando una clase en un salón de actos también muy vetusto. Pido permiso para entrar. Al fondo hay una escalera con unas cortinas. Se supone que allí detrás están las habitaciones. Cuando llegó a la habitación, Alberto se está duchando. Mi neceser está cubierto de crema, como si se hubieran salido. De repente entra mucha gente empujada por militares japoneses (se parecen a los actores de El puente sobre el río Kwai). Nos amenazan, dicen que salgamos. Les digo que hasta que no me arregle no salgo. Me siento a ponerme crema hidratante en las piernas.