porno

viernes, 16 octubre 2009. La mesa camilla del cuarto de estar de la casa de mi suegra está llena de películas. Mi cuñada dice que quiere ver una pero, coja la que coja, siempre es una porno. Incluso hay una versión de "La guerra de las galaxias". Está indignada, me pregunta si acaso son esas las películas que les pongo a sus hijos. No le hago ni caso, en lo único que pienso es en que se largue de una vez, para poder ver a Chiwaka en acción.

tesán y familia

jueves, 15 octubre 2009. Vamos de visita a casa del poeta Alberto Tesán. Me llama la atención que todas las habitaciones están decoradas como si fuesen patios andaluces y que todas tienen dos camas, incluso la de matrimonio tiene una cama pequeña plegable en un rincón. Sus hijos me piden que los vista para salir. En el sueño su hija es mayor que el niño. Pilar, su mujer, tampoco se parece a su mujer, tiene el aspecto de Maribel, la mujer del gran Purranki. Tesán nos llama desde la planta baja para salir a comer, David corre hacia las escaleras y lo pillo al vuelo de un brazo antes de que caiga rodando. Una vez en la calle, los niños se quitan la ropa y hacen que nadan en un charco, y Tesán camina a mi lado a cuatro patas. Pilar dice que así es imposible que nos den mesa en el restaurante.

terraza clandestina

miércoles, 14 octubre 2009. Estoy en casa de mis padres, mi madre dice que Araceli, la vecina, está en el ascensor esperándome para ir al colegio. Tengo examen. La bolsa no está lista ni yo arreglada. Meto lo primero que veo sobre la mesa, un tenedor una revista una naranja. Corro hacia la calle pero Araceli ya se ha ido. Una chica con aspecto de lesbiana me hace un gesto y me acerco. Llegamos a una especie de baños termales. Pienso que debo ducharme e ir al examen. La chica me indica dónde está. La ducha es una manguera que sale de un cobertizo encalado. Por un ventanuco veo a Alberto y sus amigos disponiéndose a comer en una venta cercana. Intento darme prisa pero mi ropa está mojada. Me envuelvo en una toalla enorme y salgo de allí. Camino con prisa hacia Conde Ureña. Cuando por fin llego a lo que se supone que es el colegio, hay una zanja enorme por la que debo trepar. Alumnos que ya se van a sus casas me ayudan a subir. Busco mi clase para hacer el examen si todavía es posible. Están desmantelándola, unos obreros arrancan a tiras moqueta del suelo, las sillas están apiladas en un rincón como para hacer una hoguera con ellas.
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Un dibujante de cómics muy mayor, que se parece a Camilo de Ory, da una charla sobre su obra. Cuando termina, nadie se acerca a él. Alberto saca bricks de leche y se los pasan unos a otros como si fuesen litronas. En el suelo hay un gusano negro de plástico, se lo doy a Enrique Kb pensando que es suyo. Después todos salen de la sala como si nada. Le digo al dibujante si le ha gustado la experiencia. Me gusta más se bloguero, dice. Los amigos se han ido. Me siento a la puerta del centro a esperar al tipo porque me parece mal dejarlo solo. Me siento en un escalón junto a Daniel Verge. Le digo que me he enterado de que han hecho "La abeja Maya" en 3d y también quieren hacer "Heidi". Daniel hace un gesto con la mano como si espantara una mosca. Llega el dibujante y se sienta con nosotros. Le cuenta a Daniel exactamente lo mismo sobre Heidi y añade que va a desvelar quién era su padre. Daniel está entusiasmado con la noticia. Le reprocho que no se cree nada de lo que le cuento, igual que Alberto, sin embargo celebran la misma noticia en boca de otros. No os lo vais a creer, termino diciendo, pero yo conocí al padre de Heidi y siempre viste de amarillo.
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Estoy dormida, suena el timbre, oigo los pasos de mi suegra correr para abrir la puerta. Intento detenerla, pero tiene más fuerza que yo. Una planta del pasillo y que llega hasta el techo, mueve sus ramas para ayudarme empujando la puerta. Finalmente conseguimos que mi suegra no la abra. Me fijo entonces que junto a la puerta de entrada hay un trastero con una planchadora industrial, y al fondo una terraza enorme con el suelo verde de falso césped. Le pregunto a mi suegra por qué no me lo había dicho. Porque ahí no cabe ni un restaurante pequeño. Mientras tanto, llevo un despertador digital en la mano e intento ponerlo en hora, pero aparecen dibujos Pokemon en vez de números.

chanclas y pikitos

martes, 13 octubre 2009. Me encuentro a Ferran Fernández por la calle. Al ver que voy descalza se quita las chanclas y me las da. Me quedan enormes y además son del mismo pie.
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Héctor Márquez desayuna en el quicio de la puerta un paquete de pikitos. Sólo lleva puesto una toalla a la cintura. Abro el armario y saco unos pikitos iguales a los suyos. Caminamos muy felices por la calle, comiendo pikitos.
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Observo una escena donde el escritor Chivite y su familia pasan la tarde en el cuarto de estar. Delante de una pared llena de libros hay una mesa grande de madera encerada. Su mujer está de espaldas. Se saca mechones de pelo y los ata según las indicaciones de una revista. Su hija mayor tiene el pelo muy rizado e intenta recogérselo en un moño con un pincho de madera. Tengo que daros una noticia, he decidido estudiar andaluz, dice.

comida aérea

lunes, 12 octubre 2009. Mi suegra dice que le prepare la cena, quiere carne. Cuando tengo la comida preparada me dice que quiere pescado y que me dé prisa porque también se la tengo que preparar a su hija. Le digo sonriente que prefiero tirar toda la comida por la ventana. Y lo hago.

pendrive

sábado, 10 octubre 2009. Parece la celebración de una boda en una nave muy blanca. Hay mesas de seis. Mi amiga Salud dice que ocupe una mientras ella encarga la comida. Cada vez que me acerco a una mesa, ésta se llena inmediatamente. Entre tanto, me doy cuenta de que he perdido el pendrive donde guardo todo lo que he escrito. Me tiro al suelo y busco entre las mesas. Ya no es una boda sino una biblioteca. Los estudiantes me dicen que no haga ruido. Tumbada en el suelo voy encontrando mecheros y pendrives, pero ninguno es el mío.

piedras sospechosas y porrompompero

viernes, 9 octubre 2009. Voy con Antonio Muñoz Quintana en el asiento trasero de un coche, nos damos cuenta de que no lleva conductor. Salto y tomo el volante. Tengo que subir por una cuesta muy empinada. Me bajo, doblo el coche como si fuera una carpeta y trepo por la cuesta. Un chico con rastas intenta ayudarme, dice que le dé el coche, que no va a robarme porque no sabría qué hacer con él. De Antonio, ni rastro.
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Bajo un escalón enorme y ya estoy en la playa. Hay piedras mojadas que brillan. Cojo dos, son idénticas. Me parece sospechoso. Miro a mi alrededor por si alguien las ha puesto ahí. Camino por la playa y todo el tiempo veo piedras iguales colocadas de dos en dos. En el paseo marítimo hay una performance. Alguien ha puesto una urna con muñecos y canicas. En un monitor se ve al autor dando explicaciones. Me siento a verlo. Me fijo que el sueño está cubierto con dibujos de Liniers. Lo han descubierto hace poco, ahora este suelo vale millones, me dice una chica. El artista se parece a mi amigo Óscar Jordán, pero no me atrevo a preguntarle si es él. El supuesto Óscar dice que quedemos para comer. Voy a casa a cambiarme, mi casa no es mi casa, es una habitación desordenada, ropa que no es mía se amontona sobre la cama, en el suelo hay monedas y papeles escritos. Alberto dice que tiene que irse. No puedes dejarme aquí con todo esto, le digo. La hora del almuerzo ha pasado e intento llamar a Óscar, pero no encuentro la agenda, el teléfono que hay colgado en la pared no funciona. Sólo deja escuchar sms leídos, dice Alberto y cierra la puerta.
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Juego con mi madre, en un patio muy luminoso lleno de plantas, a no dejar caer una pelota al suelo dándole puntapiés. La pelota es en realidad una especie de patata Matutano inflada. Al principio se nos cae, pero después de un rato somos capaces de hacer hasta chilenas. Mientras jugamos, de fondo suena el Porrompompero.

pijamas y venganza

jueves, 8 octubre 2009. Carlos Navarrete está haciendo sopa dentro de un armario. Cuando me acerco para que me dé una taza, pregunta por qué no llevo el pijama completo. Llevo los pantalones con muñecos rosas y la camisa con muñecos azules. Antonio Blanco toma sopa, de pie, apoyado en la pared. Lleva un pijama blanco muy grueso. Mira, gatos rosas y osos azules, le digo. A mí siempre me han regalado los pijamas, dice él.
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Alberto ha perdido su cartera, la busca en un parque infantil. Mientras tanto pregunto a quienes están por allí si han visto una cartera pequeña negra. Una señora se fija en una foto del tamaño de una uña que llevo en la mano. Dice que es su hija, que murió hace años. Me pregunta de dónde la he sacado. Encuentro fotos de desconocidos constantemente, le digo. Me da una foto borrosa de dos tipos en la barra de un bar. Dice que ellos mataron a su hija y yo debo vengar su muerte.

pechos pequeños y paraguas

miércoles, 7 octubre 2009. Entro en una habitación y las paredes cambian de color, los muebles desaparecen, estoy dentro de un cubo blanco. Un tipo de aspecto oriental me amenaza con un rastrillo gigante. Toco la pared buscando una ventana, aparece, pero está demasiado alto para saltar. El tipo me empuja, caigo de espaldas, me inmoviliza tumbándose encima. En ese momento entran sus compinches y se ríen. No queríamos molestar, dicen. Cuando se van, el tipo me besa y se restriega sobre mí. Su lengua me da asco porque parece una canica, pero sus manos me gustan mucho porque cuando me toca los pechos se me vuelven muy pequeños.
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Paso por delante del que fue mi instituto y recuerdo que dejé una nota escondida entre los ladrillos de las duchas. Entro, todo está muy cambiado, los alumnos me parecen todos macarras vestidos para un viernes noche. Donde antes estaban las duchas ahora hay un bar. Saludo a la dueña, dice que se acuerda de mí, que el antiguo instituto lo derribaron y sólo quedan dos piedras que se guardan en un almacén. Me pregunta qué fue de mi vida y, cuando voy a empezar a contarle, vemos pasar a Blas, mi profesor de matemáticas. Va descalzo. Se saludan. Soy Isabel Bono, le digo. Me acuerdo de ti, dice, fuiste la única alumna que se atrevió a agarrarme un dedo. Intento recordar de qué me habla y me viene una imagen estilo Magritte de Blas con paraguas. No fue el dedo, fue el paraguas, le digo.

bermudas

martes, 6 octubre 2009. Una señora, que al parecer es mi profesora de patronaje, me pregunta si he terminado los bermudas. Mañana hay que entregarlos, dice. Le digo a un compañero de clase que los míos llevarán volantes por la parte de atrás, que no se me ocurre otra cosa. El compañero me dice que ha leído "Mi padre" y le parece una joya. Deberías dejarte de bermudas y escribir más, me dice. Cuando me fijo en su cara es la del presentador Jorge Javier Vázquez.

sesión golfa

lunes, 5 octubre 2009. Mi prima Elisa y el poeta Andrés Gómez Miranda han ido al cine y me han dejado en un bar de la Plaza de la Merced cuidando de Darío. A la hora de cambiarle los pañales observo que las mesas del bar se han convertido en camas cuadradas cubiertas por edredones plastificados. El problema es que, según lo limpio, Darío va menguando. Cuando termino de vestirlo es del tamaño de un dedo. Deseo que sus padres vengan por él cuanto antes para que no desaparezca del todo. Elisa y Andrés llegan por fin. Darío es otra vez de tamaño normal, pero en vez de un dodotis lleva papel de periódico que no recuerdo haberle puesto. Sus padre no se dan cuenta. Andrés dice muy asombrado que ha visto a mi abuelo en el cine, y si no es muy mayor para eso. Teniendo en cuenta que murió hace unos años, sí, está muy mayor para ir a la sesión golfa, le digo.

resina

domingo, 4 octubre 2009. Alberto ha aparcado el coche justo al lado de un vagón de metro, dice que tenemos que darnos prisa si no queremos perderlo. Me da varios tickets pero todos están usados. El vagón no tiene asientos, parece una discoteca. Tampoco tiene ventanas, tienes paneles con falsas peceras.
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La hermana de mi suegra dice que ha recibido una carta de Maestu donde la invitan a un homenaje que van a hacer a su padre. Mi suegra dice que no piensa ir. Su hermana se enfada tanto que las cejas y los labios se le ponen naranjas fluorescentes.
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Mi prima Elisa está en la cama. Dice que ha vuelto Penélope y no se fía de ella. Le digo que no recuerdo quién es, que sólo recuerdo a Clara. Clara era mucho peor que Penélope, dice. Mientras, vemos en una proyección circular en la pared, cómo Andrés habla con una chica. Esa es Penélope, dice mi prima. Andrés entra en la habitación y me da una cajita circular con resina para flautas de madera. Es uno de mis olores favorito, le digo.

música y estrellas

sábado, 3 octubre 2009. Entro en un bar vacío. La camarera entra detrás de mí, dice que todavía no han abierto. Vengo a comprar un cedé, le digo. Sobre el mostrador hay varios recopilatorios, pero yo quiero uno del que no recuerdo el nombre del grupo. Empieza por E, le digo. La chica me lo da y el bar se llena de repente. A mi lado, Javier Ojeda de Danza invisible, me dice que tengo muy buen gusto.
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Es el cumpleaños de Scarlett Johanson, y antes de soplar las velas decide que se va de casa. La vemos desde la terraza arreglar un piso justo enfrente. Le hacemos señas para que vuelva. Le enseñamos la tarta desde lejos. Ella corre las cortinas. Un chico me dice que me ha hecho las copias que le pedí. No recuerdo haberle pedido nada, pero se lo agradezco. Cuando llega Daniel Verge se las doy. Estos grupos te van a gustar mucho. Buscamos en una mesa de noche cajas de cedés para guardarlos.

la gran ola

viernes, 2 octubre 2009. Por la ventana del dormitorio veo el mar. Hay tormenta. Unas olas enormes vienen a romper en los cristales. Es un espectáculo. En el momento en que una ola gigantesca va a llegar, mi suegra baja la persiana de un golpe. No quiero que se ensucien los cristales, dice. Me siento como un niño al que le hubieran apagado la tele.
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Mi suegra dice que quiere cambiar los cuadros del salón de sitio. Sobre el sofá ha colocado un retrato de su madre. Dice que no encuentra otro esté a su altura. Los demás a su lado son monigotadas. Me hace que cuelgue todos los demás, apiñados, detrás de la puerta.
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Mi abuela dice que no puedo irme sola tan tarde. Esperamos a mi tía Encarna sentadas al borde de la bañera. Lo que de verdad me preocupa es que sea de madrugada y mi tía ande sola por la calle.
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Alberto, Antonio Blanco y mi prima Elisa hablan con misterio en la terraza de un bar. Elisa dice que el próximo número de la revista será sobre parapsicología. Pienso que está de broma y le propongo que Blanco escriba un artículo. Blanco dice que sabe mucho sobre el tema. Alberto pide que regalen con ese número una película que no conozco Al parecer a todos les va mucho el tema. Yo no sé si están de broma o hablan en serio. Entre tanto, a Blanco se le cae al suelo una cajita envuelta en papel blanco con un lazo azul muy fino. Se la doy. Esperaba que e dijera lo que es, pero se la guarda en el bolsillo sin decir nada. Todo me parece muy sospechoso, hasta el punto de creer que en realidad no son ellos.

montaña rusa

jueves, 1 octubre 2009. Alberto y yo vamos en una montaña rusa para niños, cada uno en un cochecito distinto. Yo voy tumbada, tapada con una manta. Alberto dice que nunca le han gustado las atracciones peligrosas. Le digo que no se preocupe porque es para niños muy pequeños. En ese momento comenzamos a hacer tirabuzones vertiginosos. Cuando bajamos, un niño me pregunta si quiero ser su madre. Le miro los zapatos, como siempre hago con todo el mundo para saber si me caerá bien. El niño lleva un zapato en un pie y una zapatilla de deporte en el otro. Ven conmigo, le digo. Entramos en un taxi, lo abrazo y nos vamos a casa.

tráfico de ciruelas

miércoles, 30 septiembre 2009. Junto al hospital Parque San Antonio no hay río, hay una explanada de hierba y ciruelos. Las ciruelas tienen un color amarillo rosado, transparentes, parecen de cristal. Caen en racimos enormes. Hay gente sentada debajo pero nadie las mira. Pregunto si puedo llevarme algunas. No. De todos modos arranco una y me la como rápidamente para que no puedan quitármela.
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Estoy escondida en un trastero, sentada en el suelo junto a una tabla de planchar y otros cachivaches. El poeta David Leo García entra y se sienta a mi lado. Le ofrezco una ciruela que se ha colado del otro sueño. Mientras lo veo masticar me acuerdo de Proserpina.
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Sigo en el trastero. Llaman a la puerta, es un chico que no conozco. Se parece a mi amigo, el ilustrista, Luciano Lozano. Sólo vengo a despedirme, dice. Dame un abrazo, dice. Al abrazarlo el chico se convierte en un busto de piedra. Aun así, se marcha.
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Al despertarme noto la luz del amanecer demasiado rosa. Me acerco muy despacio a la cristalera, no me atrevo a correr la cortina por miedo a que desaparezca. Pienso que es la luz del sol reflejada en las ciruelas rosas del sueño anterior.

gemelos y corbata

martes, 29 septiembre 2009. Camino junto al escritor Chivite bajo unos soportales, aunque en el sueño tiene el aspecto de Ferran Fernández. Me habla de una cueva que visitó, donde las paredes estaban cubiertas de piedras puntiagudas y al tocarlas se convertían en cristales. Si las tocas todo se llena de luz, dice. Mientras lo cuenta no deja de caminar y mueve los brazos como si fueran aspas para explicar los destellos. Pienso que lo había imaginado menos expresivo. Camina muy rápido, tengo que ir dando saltos para alcanzarlo. Cuando va a mi lado lleva pantalón largo, pero cuando se adelanta lleva bermudas. Me fijo en sus gemelos, son enormes. Le pregunto si ha hecho una lista con todos esos sitios de los que me ha hablado. Dice que no, abriendo mucho los ojos, como se le respondería en broma a un niño.
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Estoy en una habitación acristalada. Dentro hay un escudo enorme del Real Madrid. Arrastro una bolsa enorme de viaje. Veo que llegan José Mari Rosales y Dr. Pepix. Van vestidos igual, con abrigos negros de cuero. Les abro la puerta, me dan las gracias y pasan de largo, ni si quiera me ayudan con mi enorme bolsa.
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Mi madre mira neceseres en un mostrador. Te los regalo todos, le digo. Dice que no necesita ninguno, que sólo está mirando para pasar el rato. En casa tengo uno transparente que te vendría muy bien para el avión, le digo. Mi madre se ríe. Al lado del mostrador hay una mesa con restos de una fiesta. Amontono los platos de plástico sucios. Cuanto antes recojamos antes se irán, le digo a mi madre. Mi prima Cristina señala al techo, un montón de hormigas arrastran una lasca de jamón. Unos niños dicen que quieren hacer una obra de teatro para terminar la fiesta. Mi suegro sale voluntario para que le den un papel. Me voy a mi cuarto y allí encuentro a varias personas poniéndose mi ropa, disfrazándose para la obra. Un niño me pide que le haga el nudo de la corbata. Me cuesta mucho trabajo porque la corbata es de tela plastificada. Mientras tanto me cuenta que le gustan los paisajes con viento. Le digo que después le enseñaré fotos de la Patagonia. Si fueras mi madre ya habrías terminado con ese nudo, me dice.

hamaca y lápices alpino

lunes, 28 septiembre 2009. Llego a un hotel en Bali. No hay nadie, al parecer he llegado incluso antes que los dueños. Subo hasta la azotea y me tumbo en una hamaca de tela. Comienzan a llegar otros viajeros. Veo pasar a Joaquín, un amigo de hace años, que resopla al verme. Si prefieres puedes ignorarme cada vez que me veas, le digo. Se sienta cerca sin mirarme. ¿Te importaría decirme sólo una cosa?, ¿por qué dejaste de hablarme? Joaquín niega con la cabeza.
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Salgo de una fiesta en una guardería, los niños me han regalado varios juguetes que ellos mismos han hecho. Dos chicas que suben una cuesta a mi lado, me preguntan si soy la nueva profesora. Alberto, que pasa en ese momento por la calle, me da un beso y sigue caminando con prisa. Las chicas me dicen que me vaya cuanto antes de ese pueblo, porque a todas las mujeres las dejan sus maridos a los tres años. Me preguntan cuántos años llevamos juntos. Veintinueve, respondo. ¿Y todavía se para por la calle para darte un beso? Se sientan en el alféizar de una ventana, sacan unos cuadernos y me miran como si yo fuera a dictarles algo.
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Hemos cenado en un bar con unos amigos. Cuando el camarero trae la cuenta, la cuenta es un póster enorme con la carta, donde tú eliges el precio de las cosas. También nos da una caja de lápices Alpino para que escribamos los precios y hagamos la cuenta, pero todos los lápices son blancos y es imposible escribir. Mientras trato de encontrar una solución, Antonio Muñoz Quintana me cuenta que David González le ha dicho por teléfono que cuando vaya a Madrid va a alquilar una moto para romper el aire.

coches y lobos plateados

domingo, 27 septiembre 2009. Alberto tenemos prisa por encontrar el coche del escritor Chivite para dejarle una nota urgente en el parabrisas, pero no sabemos el modelo ni la matrícula. Dejemos la misma nota en todos los coches plateados que veamos y seguro que alguno es, le digo.
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Estoy colgando de la barandilla de la terraza de la casa de mis padres. Mi madre y yo conversamos como si nada. Mamá, haz algo. Hija, no tengo fuerza para subirte. Pues baja a casa de Patricia, abres la terraza y me dejo caer, pero date prisa porque ya no aguanto más. Mi madre baja pero se equivoca de casa. Yo caigo al vacío sin estruendo.
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Tengo una casa en la Patagonia con un enorme jardín de tierra amarilla. He puesto colchones en el jardín y limitado el terreno con sillas. Mi padre lo mira todo con recelo y dice que prefiere dormir dentro por si llegan los lobos plateados.
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Dos chicas discuten dentro de un almacén de piedras. Yo observo la escena desde la acera. Todas las piedras llevan frases escritas.
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Mi hermana mira el correo en un ordenador muy pequeño que ha puesto en la mesita de noche del dormitorio de mis padres. Le pido que me deje enviar un trabajo que tengo que entregar urgentemente. Siempre te lo dejas todo para el último momento, me dice y sigue tecleando.

hojas amarillas

sábado, 26 septiembre 2009. Después de una fiesta barro hojas amarillas y debajo aparecen piedras negras. Las separo con la escoba con mucho cuidado. Unos tipos se llevan los setos y hasta los árboles, dejan la plaza desierta. El dueño del bar manda a Héctor Márquez al cuarto de baño a buscar algo, después le dice a dos tipos que vayan a ver qué hace. Quiero avisarlo pero no puedo así que entretengo a los dos tipos diciéndoles que me ayuden con las hojas y las piedras, hasta que veo que Héctor ha salido. Héctor me ha visto hablando con ellos, cree que son amigos míos y me dice que no me fíe de nadie.

lluvia de melones

viernes, 25 septiembre 2009. Daniel Verge y yo estamos en el aula magna de Económicas. Hay demasiada luz, me fijo en que no hay techo. Un chico con pelo afro me pregunta si queiro trabajr para ellos. Hacen un cómic para niños. Las viñetas están quietas, pero cuando las lees se mueven como dibujos animados. El personaje estrella del cómic es un cerdito pirata. Le pregunto si se lo han copiado a Shin-chan. Daniel dice que no debería preguntar esas cosas y se va. El chico del pelo afro me dice ¡Contratada! y me lanza algo. Es una bolsita con marihuana. Busco a Daniel para dársela porque yo no fumo. Un profesor pide que salgamos inmediatamente del aula porque es la hora de la lluvia de melones. Todos corren. Miro desde la puerta. Efectivamente, unos melones amarillos caen sobre los asientos pero no se estrellan. En el aula sólo queda una señora en bañador, que ajena a la lluvia de melones se pone crema protectora.

jardín ámbar y manzanas azules

jueves, 24 septiembre 2009. Hablo por teléfono con Héctor Márquez. No sé de qué hablamos, pero me consuela escuchar su voz. Mientras habla veo una imágenes color ámbar de un jardín y una casa con luz de velas en cada ventana.
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Alberto y yo vamos a entrar al garaje. Un tipo nos para, dice que bajemos la ventanilla, nos pregunta dónde compramos el motor del coche. La pregunta me parece una trampa, le respondo que en una juguetería. Cuando aparcamos, le digo a Alberto que se dé prisa. Corremos al ascensor. Cuando llegamos a casa, el tipo ya está arriba con dos amigas. Dice ha entrenado toda su vida para esto. No parece agresivo, al contrario. El tipo dice que efectivamente la pregunta era una excusa para ofrecernos sus servicios. Le doy las gracias, le pido que se vaya, pero Alberto ya está besándose con una de las chicas. Me fijo entonces en que no es nuestra casa, es una juguetería. De repente, Alberto y yo estamos sentados en el paseo marítimo, de espaldas al mar. Delante de nosotros una niña escarba en la arena y encuentra un monopatín. Yo escarbo con el pie y encuentro dos manzanas de cristal azul, una grande y otra pequeña. Le pregunto a Alberto si quiere alguna. Me pasa el móvil. Un amigo me dice que lo esperemos para comer. Ven pronto, tengo que contarte lo que nos ha pasado esta noche, le digo. Como si ya lo supiera, dice que la mujer de un amigo suyo encontró maquillaje en la cama y que la separación está siendo una masacre. Cuando dice masacre, cierro los ojos como si así pudiera dejar de oír. También dice que él dejó de engañar a su mujer el día del pantalón blanco. No entiendo nada. Dice que llega un momento en que uno debe plantearse su calidad moral. No le veo sentido a nada de lo que dice. Mientras habla, tengo los ojos cerrados y veo una playa con piedras. Mientras me habla pienso que no quiero estar ahí, sino en esa playa. Oigo su voz, está justo detrás de mí, abrazado a una mujer negra muy guapa.

tijeras y sueños

miércoles, 23 septiembre 2009. Antonio Blanco entra en un bar con muy mala cara, veo desde lejos cómo un tipo le pega dos puñetazos a cámara lenta en el estómago. Corro hacia él, para ayudarlo, también a cámara lenta. Cuando llego veo que no eran puñetazos sino que le han clavado una tijera. La gente huye, saltó sobre el tipo que le ha atacado, lo tumbo bocabajo y me doy cuenta de que no es un hombre sino una cajera del Mercadona disfrazada. La amenazo con cortarle el pelo. Mientras la tengo inmovilizada, pido ayuda porque Blanco se desangra, pero nadie me ayuda.
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Héctor Márquez ha publicado un libro con poemas de Andrés Gómez Miranda, poemas de una chica china y su hija, y mis sueños. Tenemos que presentar el libro en un cuarto de estar con mesa camilla. Andrés está muy contento, lee su poemas y las dos chinas ríen y aplauden. De repente mi hermana dice que quiere leer sus poemas. No tenía ni idea de que escribiese, le digo a Andrés. Cuando mi hermana termina su lectura, Héctor dice que es demasiado tarde y leeremos mis sueños otro día. Yo me alegro, porque en el libro no hay sueños sino fotos y no hubiese sabido qué leer.

avioneta

lunes, 21 septiembre 2009. Es de noche, estoy en una calle que no conozco y se oye a lo lejos una manifestación, ruidos de contenedores volcados y cristales rotos. Nadie a mi alrededor parece darse cuenta. Intento avisarlos, pero no me hacen caso o no me ven. Entro a refugiarme en un edificio, llamo a algunas puertas. Nadie me abre. Busco dónde esconderme. Nada.
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Joan Masip ha venido a verme aprovechando que es la Feria de agosto. Estamos tumbados en la acera. Una avioneta pasa con publicidad. Joan dice que el anuncio lleva razón, que todos deberíamos adelgazar unos cuántos kilos para vivir mejor.

masoquismo

domingo, 20 septiembre 2009. Estoy viento en la tele un programa sobre masoquismo, donde una señora muy gorda se quita la ropa y se tumba en el suelo sobre unas bolas rojas que se le queden clavadas al cuerpo. Rueda sobre ellas para que se le queden pegadas también por la espalda. Parece una enorme croqueta roja. Después entran unos individuos pintados de azul, la rodean y le lanzan alfileres y dardos. Mi suegra entra en la habitación con una fregona y la pasa por el suelo y sobre mis pies. No comprendo qué hace a esas horas despierta. Va en camisón. Me empuja con la fregona hasta acorralarme y sacarme del cuarto. Después se tumba en el suelo, dice que se ha caído por mi culpa y llama a su hijo para que la levante. Sandra, la vecina de abajo, llega muy maquillada y se sienta a contemplar la escena con una taza humeante en la mano.

congreso y basura

viernes, 18 septiembre 2009. Tengo que dar una conferencia en un congreso. Las paredes y las gradas están encaladas, parece un cementerio. Alguien dice mi nombre y levanto la mano. Niego con el dedo, digo que tengo que marcharme inmediatamente. Rosamari, una niña del colegio a la que no veo hace años, se levanta para acompañarme. La salida es un laberinto, así que decidimos caminar por el borde del muro. Encontramos otros congresistas que también escapan. Salimos todos por una ventana que da al tejado.
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Intento andar por la calle sin resbalarme. Ha llovido y llevo unos zapatos que me quedan pequeños. Me meto por calles muy estrechas para poder agarrarme a las paredes de los lados. Salgo a una avenida donde un hombre vende cachivaches, los tiene sobre una mesa de playa. Son lotes de cosas usadas y rotas. Me llama la atención lo caros que son. Por ejemplo, un balón de Nivea y dos camiones de plástico sucios, 38 euros. Aun así, está rodeado de gente que le compra. Sigo caminando, veo libros, revistas y ropa en la acera. Me parecen cosas más valiosas que las que vende ese hombre y sin embargo se nota que él mismo las ha desechado. Cojo varios libros y revistas. Me doy cuenta de que la ropa es mía, alguien me la ha tirado. Busco una bolsa para meterlo todo. Unos metros más allá veo a mi hermana, la llamo, no me hace caso. Le hago señas, grito su nombre. Al final viene protestando. Le digo que en mitad de la cera hay cuatro libros de Arte, que igual le interesan. Uno es de los Prerrafaelistas, le digo.

camisetas rosas

jueves, 17 septiembre 2009. Mi cuñada llama por teléfono para decirme que ha recibido por mail la foto de la paella. No entiendo nada. Al parecer y suegra se la envió desde mi ordenador. Cuando voy a mirar el ordenador, veo que está roto.
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Entro en un bar muy cutre a ver una exposición de fotos. las paredes están pintadas de azul oscuro, la exposición es en un pasillo y hay que subir con una escalera de madera desvencijada. Según voy subiendo, los peldaños se rompen.
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Tengo que leer poemas y estoy esperando a que me recojan a la puerta de un hotel. Me doy cuenta de que llevo un vestido de fiesta sin tirantes que no he visto jamás. Corro a cambiarme a mi habitación. Un hombre me sigue. Consigo entrar antes que él y cierro la puerta, pero entra por otra. Un montón de chicas con camisetas rosas se le abalanzan, le dan besos le piden autógrafos. Las chicas se quitan las camisetas y las hacen girar sobre sus cabezas. Lo miro con desprecio. Acabarás como ellas, me dice.

bus e inmobiliaria

miércoles, 16 septiembre 2009. Un autobús me atropella al cruzar calle Ferrándiz. Como si fuese un dibujo animado, me quedo pegada al parabrisas. Le digo al conductor que pare, pero dice que está prohibido, que sólo puede parar en la siguiente parada.
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Entro en una inmobiliaria donde trabaja Ana Obregón. Donde debería estar la papelera, hay un caracol hecho de toalla. Cuando me fijo, el caracol tiene la cabeza de su madre, me da los buenos días. Junto a la mesa está sentado su hermano. Tiene la cabeza llena de calvas sonrosadas. Pienso que tiene sarna. Le digo a Obregón que siento mucho que la prensa la persiga. Me pregunta si quiero algo más. Sólo he venido a decirte eso, le digo esperando que se alegre. No sólo no se alegra sino que me pide que me vaya.

el calcetín de sr. chinarro

domingo, 13 septiembre 2009. Sr. Chinarro me hace señas y se acerca a saludarme. Coletas, te ibas sin despedirte, dice. Me toco el pelo y efectivamente llevo dos coletas. Un montón de fans se agolpan a su alrededor. Me hace un gesto con la mano, como diciendo Nos vemos luego. El concierto es en una sala muy pequeña. Él está sentado en un columpio muy rústico de madera y cuerdas, y pasa sobre las cabezas del público mientras canta. Me maravilla que pueda tocar la guitarra y agarrarse a las cuerdas a la vez. Cada vez que llega hasta donde yo estoy, le agarro de un calcetín y tiro un poco. Al cabo de un rato consigo quitárselo y me lo guardo de recuerdo.

uniformes

viernes, 11 septiembre 2009. Unas chicas y yo cargamos unas maletas por calle Alcazabilla, al llegar frente al cine Astoria digo que no puedo más y me siento en el bordillo de la acera. Una chica me dice que nos pongamos el uniforme. Blusa y falda color vino. Nos cambiamos de ropa sentadas, para no llamar demasiado la atención. Llegamos a una casa en calle Cristo, donde hemos quedado con Antonio Muñoz Quintana para maquetar e imprimir el último libro de su editorial. Una de las chicas dice que teníamos que haber comprado algo de comer. Salgo, pero sólo quedan kioscos abiertos. En uno de ellos hay una cola muy larga para comprar pan. Mientras espero, aparece Nuria Arán, una niña del colegio a la que no veo desde hace años. Dice que la última vez que nos vimos prometió enseñarme su coche, y señala una ranchera alicatada por dentro y por fuera con baldosines de flores. Entramos en un bar, Nuria desaparece y un chico muy joven me pide el número de teléfono. Le digo que no tengo móvil ni Facebook. El chico se levanta y escribe algo en una pizarra. Cuando se da la vuelta me fijo en que tiene los pechos operados. Sé quién eres, me dice. Una señora me da un libro que le había prestado Antonio, dice que se lo devuelva de su parte. Salgo agobiada de el bar. Le digo a la chica del kiosco que me cobre porque tengo prisa. Compro dos revueltos y una bolsa de almendras. En la cola todos me miran con mala cara porque Antonio está haciendo derrapes en la calle con su coche.