jueves, 27 febrero 2014. Al fondo de la calle, delante de lo que parece la entrada a un hotel, hay un cubo blanco de mármol que a veces brilla y otras vece nos. Begoña y yo caminamos hacia él mientras hablamos. Tengo la sensación de que si llegamos al cubo tendré que despedirme y cualquiera sabe cuándo volveremos a vernos. Intento caminar cada vez más lento sin que ella se dé cuenta.
un paso atrás
sábado, 22 febrero 2014. Estoy con Camilo en la barra de un bar. Una chica llega y se coloca entre nosotros, bebe de su vaso. En la pared hay un espejo grande inclinado hacia delante. Doy un paso atrás y le voy dando instrucciones a Camilo, a través del espejo, de lo que debe decirle a la chica para no espantarla.
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Hemos viajado hasta una ciudad donde se juega la final de un partido de fútbol. En el sueño consta que nos ha costado mucho conseguir las entradas y una plaza en el autobús. La ciudad está llena de aficionados con camisetas. Alberto y yo llegamos con un grupo y entramos a un bar. El camarero habla en francés. El bar es de madera oscura, nos sirve unas jarras de cerveza de dos litros. Por la ventana veo entrar a los aficionados al campo. Doy aviso, pero el grupo prefiere quedarse en el bar. Llegaremos a tiempo para la segunda parte, dice alguien. No comprendo nada. Mientras todos beben yo miro por la ventana y escucho la celebración de los goles.
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Entro en mi antigua habitación en la casa de mis padres. Todos los recuerdos que guardaba en un armario están desperdigados por el suelo, hay que tener cuidado para no pisarlos. Pienso en que me costará mucho ordenarlos. Aparece Juan, se ofrece a ayudarme. Entre los dos terminaremos en cinco minutos, dice remangándose. Cojo una escoba y barro todos los recuerdos, sobre todo juguetes de niña, y los meto en una bolsa de basura.
bárbara in pink
viernes, 21 febrero 2014. Juan Luis no ha dejado su casa. Es una casa enorme en mitad de una urbanización con colinas y curvas. Cuando salgo al jardín veo que también nos ha dejado al perro, un perro pequeño muy peludo. Alberto dice que no lo deje entrar en casa. En una de las habitaciones hay una mesa enorme y otra mesa más pequeña. En la mesa grande está Cumpián, corrigiendo unos poemas. Los poemas van pegados con fixo en las esquinas de una páginas de cartulina negra. ¿Son tuyos?, le pregunto. ¿Tú me crees capaz de maquetar algo así?, responde. Llega Bárbara con una vestido rosa en una percha, sube a la mesa pequeña y ensaya para nosotros su última performance. El vestido lleva plumas sobre el pecho y van cayendo según declama. Lleva el pelo largo y rizado tipo afro. Está preciosa. Un policía aparece por la cristalera y nos observa usando las manos como si fueran prismáticos. Dice que tendremos que pagar una multa y meter los contenedores en el jardín. Lo atendemos amablemente. Cuando se va rompemos la multa y Bárbara vuelve a su ensayo. Total, la casa no es nuestra.
rebaño cuadrado
domingo, 16 febrero 2014. Conducen a unos niños como si fueran un rebaño. Van muy pegados unos a otros, los azuzan, dejan atrás una nube de polvo. El rebaño forma un cuadrado casi perfecto. Pienso en el niño que va en el centro, completamente rodeado.
biblioteca noruega
miércoles, 12 febrero 2014. Entramos en una biblioteca, aunque en vez de libros hay cojines por el suelo y gente que lee revistas. Alberto se acerca al mostrador, el chico niega con la cabeza a todo lo que Alberto le pregunta. A ti no te gustan los libros, ¿verdad?, dice Alberto. Toda la sala se ríe. Dos chicas se acercan a nosotros para felicitarnos como si aquello fuera el mejor chiste de la historia. La chicas son noruegas (se parecen a las de la película que vimos anoche), me extraña entenderlas. Les cuento que estudié francés hasta los quince años y después pusieron inglés en el colegio. Todo lo que decimos les hace mucha gracia.
ducha y granizo
martes, 11 febrero 2014. Salgo de una habitación en pijama, con toda mi ropa apretada y arrugada contra el pecho. No reconozco la casa, tiene techos altos y me resulta fría y desordenada. Entro en lo que se supone es un cuarto de baño, aunque hay sillas de salón de actos, una mesa de madera grande sobre una tarima y, detrás, una pizarra. Junto a la tarima hay un plato de ducha sin mampara ni cortina. Me ducho a pesar del frío. me ducho muy rápido para irme de allí lo antes posible. Entra Gallero, saluda con la mano como si nada y se acomoda detrás de la mesa, como si fuera a comenzar una clase. Le pregunto si tiene alguna toalla. No tiene. Me visto con el cuerpo aún mojado.
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Mi madre me pregunta por teléfono si iré a la fiesta. No sé de qué fiesta habla. Le digo que acabo de despertarme, que no encuentro mi ropa, que empiecen sin mí. Han llegado unos libros para ti, dice. Escúchalos, dice. Oigo cierta música a través del teléfono. Tengo, de repente, delante una ventana y veo el patio de la casa de mi abuela cubierto de granizo.
abrigos de piel
sábado, 8 febrero 2014. Mi suegra quiere ir a la fiesta de nochevieja que da el Rey. Dice, incluso, que ya hablado con ellos, que abajo hay un coche esperándonos. No sé a qué se refiere al decir ellos, pero no pregunto. Abre el armario del pasillo y dice que le saque un abrigo. Este no, este tampoco, va diciéndome según le voy enseñando. Quiero el de visón, dice. De repente el armario está lleno de abrigos de piel, por más que le enseño abrigos no le gusta ninguno. Recuerdo que el de visón se lo llevó mi cuñada. Los abrigos que no quiere van amontonándose en el suelo. Miro el reloj, son las doce y diez. Ya se habrán comido las uvas, pienso. Me da pena empezar así el año, pero no le digo nada y sigo enseñándole abrigos.
bar picante
viernes, 7 febrero 2014. Omar quiere enseñarme un bar donde ponen comida muy picante. Dentro hay una laberinto hecho con paneles de cartón pluma. Cada panel lleva un nombre. Son taquillas, me explica, pero las cosas de cada uno están en el suelo. Veo una pulsera plateada muy tosca. Dice que es la taquilla de niño (no recuerdo el nombre). Vende pulseras. Al ir a probármela se convierte en una moneda del tamaño de la palma de mi mano. Al fondo hay pequeños altares. Una señora va poniendo un sujetador en cada uno. Son sujetadores muy vistosos, de blonda fucsia o de leopardo. Lo miro todo en silencio. A las puertas del bar, dos hombres disfrazados piden hacerse fotos con todo el que sale. Intento escabullirme.
zapato de claqué
jueves, 6 febrero 2014. Estamos en una especie de trinchera. Pablo ha perdido una bota y alguien le presta un zapato que parece de claqué. Se pone encime una bolsa de plástico, imagino, para que no se le ensucie. Dice que mejor me quede en retaguardia, porque nunca se sabe. Asomo la cabeza por encima del montón de tierra y veo que la trinchera está acristalada como si fuera una terraza, con ventanas de aluminio. Me llama la atención que los cristales estén tan limpios, incluso me veo reflejada. Me asombra la melena rizada que me llega hasta los hombros. No me reconozco. ¿Tanto tiempo llevamos aquí?, pienso.
cenizas
lunes, 3 febrero 2014. Tres hombres muy zafios caminan detrás de mí. Doy vueltas absurdas para comprobar si me siguen. Me siguen. Uno me pregunta qué llevo en el bolso. El bolso es una cartera de mano plana amarilla. Para tratar de disuadirlos le digo que llevo las cenizas de mi marido. Ni por esas.
narices verdes
domingo, 2 febrero 2014. Alberto y yo asistimos a un congreso. A la entrada nos dan una identificación y nos dicen que busquemos un sitio en las gradas. Las gradas tienen cojines de colores, para subir hay que pisarlos. Nada más sentarnos, dicen por megafonía que comienza la media hora de bar. Me extraña que usen términos tan coloquiales. En el bar, una chica reparte narices de payaso verdes y nos obliga a que nos las pongamos. Dice que es la única manera de evitar el contagio de gripe. Un chico nos entrega un cubo del tamaño de un dado, dice que ahí están todas las ponencias y han conseguido que aparezcan todos. ¿Quienes son todos?, ¿todos los médicos?, pregunto. No, todos los seres humanos tengan o no que ver con la medicina, incluso hemos incluido a Miley Cyrus, dice orgulloso.
perro zombi
viernes, 31 enero 2014. Estoy en una cornisa, aparece un perro, me ataca. Hago equilibrios para no caer. Una pareja, que no sé cómo ha llegado allí, dice que salte. Hay más de veinte metros. Me quito la chaqueta, me defiendo con ella, enreda al perro y caen. Has tenido suerte, dice la pareja, han caído en la terraza donde todavía vive alguien. La pareja y yo estamos en el portal, intentando entrar para recuperar mi chaqueta, aunque ellos creen que quien me preocupa es el perro. Dos mujeres nos abren, nos hablan del dueño de la casa, un anciano muy raro, dicen. Del portal sale una especie de foso con agua. Un chico atlético muy joven dice que nademos hasta la casa. Va desnudo. Lo seguimos. Llevo las botas Ugg y me cuesta nadar. La casa es impresionante, nada que ver con lo que podíamos intuir desde la cornisa. La terraza es un jardín enorme que recuerda a algunas películas francesas. El dueño de la casa es el joven desnudo, no un anciano. La ropa se nos seca muy rápido, incluso las botas. Cuando empiezo a sentirme a gusto recuerdo para qué estamos allí. Veo un montón de tierra con una cruz. Pienso que el chico desnudo ha enterrado al perro e imagino que la chaqueta está también bajo el montón de tierra. La tierra es oscura y fresca, me gusta mirarla. Decido olvidarme de recuperar nada y disfrutar de la visita. El chico nos enseña la casa a través de las ventanas, no nos invita a entrar. En la cocina está todo desordenado, llena de platos Duralex de los años 70 y cajas de cubiertos desparejados. El chico, como si pudiera leerme el pensamiento, dice: amontonado, no desordenado. De repente, el perro empieza a salir del montón de tierra. ¡Está vivo!, grito. Todos se ponen muy contentos, incluso me felicitan. El perro tiene muchas heridas y se arrastra por la terraza hacia nosotros. Pienso que quizá sería mejor sacrificarlo para que no sufriera, pero, ante la alegría general, no digo nada. Se hace tarde. Bajamos una escalera muy empinada, que en realidad es una pared con ladrillos sobresalientes. El chico desnudo se tira de cabeza. La pareja y yo nos lo pensamos porque ya hace frío y está muy alto. Propongo bordear el foso haciendo equilibrios sobre el muro. Demasiado estrecho, dicen. El chico ya debe de haber llegado al portal. La pareja espera a que me decida. Yo sigo pensando en que, si me tiro al agua, las botas no se secarán tan rápido esta vez.
jugando con naranjas
martes, 28 enero 2014. No sé si es una explanada delante el mar que parece una sala de exposiciones, o una sala que parece la playa. Juano ha expuesto fotografías impresas en trozos de lona, objetos de la basura que ha transformado en esculturas y cuadernos de dibujo. Hay algunas libretas Rubio donde ha dibujado sobre las planas de letras. En un dibujo aparecemos nosotros jugando con naranjas. Me habla muy despacio, me enseña los dibujos lentamente. Dice que ha perdido un pendiente. ¿Desde cuándo llevas pendiente?, le digo. Lo buscamos entre la lonas, el suelo está cubierto de guijarros de playa y juguetes diminutos. Dice que el pendiente era una espiral rosada de hueso. ¿Rosada?, pienso con sorna. Y como si pudiera saber lo que estoy pensando se enfada muchísimo.
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Hay montones de calcetines húmedos sobre una mesa enorme de cocina. Mi padre antes de pasármelos los moja en un barreño. Estaban casi secos, le digo. Como son blancos, hay que lavarlos dos veces, dice. No digo nada, pero todos los calcetines son negros. Hay que poner la mesa, dice. Le advierto que mi madre ha salido y puede tardar. Me encerraré a limpiar el reloj de los leones y no comeremos hasta las seis de la tarde, dice en tono de venganza. No sé qué es el reloj de los leones, pero puedo imaginarlo. Las pinzas de la ropa tienen ahora el tamaño de una hormiga y no hay quien cuelgue nada. Por la ventana, bajo el tendedero hay cientos de niños en sus pupitres. Salvatore se acerca como si fuera su profesor, les anuncia que pronto empezará el concierto de mis dos hermanos. Un concierto de rock que nunca olvidarán, dice. Todos los niños levantan los puños, jalean. No tengo hermanos ni sé de qué habla Salvatore, pero también levanto el puño y grito, ¡Wa, yeah!
bicis y tornillos
lunes, 27 enero 2014. Voy con un pelotón de ciclistas. Subimos hacia la casa de mi abuela, pero al llegar es una especie de rancho con rejas y celadores. Uno de los celadores es Juan. Parece no reconocerme, así que intento escapar por mi cuenta. Desatornillo unas chapas que hay en la pared e intento salir por una especie de gatera. Cuando estoy a punto de escapar, pienso que quizá le echen la culpa a Juan de haberme dejado ir. atornillo la chapa y vuelvo a mi barracón.
cóctel del fin del mundo
sábado, 25 enero 2014. Nos servimos unos cócteles y caminamos hacia una fiesta, se supone. Alberto se nos adelanta. Blanco y yo tenemos que sortear el camino que comienza a ponerse feo. Blanco salta un pequeño escalón, pero cuando me toca a mí es un precipicio de más de veinte metros. Veo caer casas enteras y del cielo caen bolas de fuego, preciosas, pero que interrumpen el camino. Parece el fin del mundo, le digo a Blanco. Por eso Alberto ya está en la fiesta responde él.
gato de lana
viernes, 24 enero 2914. Estoy de visita en casa de Ángeles. La casa tiene dos pisos, parece un gran almacén. Desde el piso de arriba se puede ver el de abajo a través de una barandilla de obra. Subo. Encuentro un jersey, que se supone es mío, entre otras prendas. Alguien ha recortado el dibujo del pecho. El dibujo era un gato. Mi jersey tiene un agujero del tamaño de un gato, el gato ha cobrado vida y se pasea por la habitación. Le pregunto a Dani por qué me ha roto el jersey. No entiendes nada de moda, dice.
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Pregunto a unas niñas si saben dónde vive "La pitonisa Begoña". Señalan el piso de arriba y se ríen. Para llegar a su casa debo pasar por una escala de cuerdas. La puerta es una cortina de cuentas de colores que temo se rompan. Sólo tienes que dejarte caer, oigo que dice desde dentro. Me balanceo y entro. Está en ropa interior comiendo pipas, parece una niña. La abrazo. ¿Cómo hemos llegado a esto?, le pregunto. Colgué la respuesta en Facebook, me dice, pero como tú no tienes...
candelabro de mermelada
lunes, 20 enero 2014. Al entrar en la cocina veo un candelabro dibujado sobre la encimera. Está dibujado con mermelada de naranjas amargas.
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Al bajar del bus me encuentro a mi madre. Sale del supermecado. Mi madre comienza a perder rigidez y forma. La tomo en brazos y se va volviendo cada vez más pequeña, como si se desinflara. Corro a casa, el ascensor no sube porque lo han llamado de varios pisos a la vez. Le digo que, por favor, aguante. Le digo que la quiero, muchas veces.
botón perdido y mechas californianas
sábado, 11 enero 2014. Llevo la chaqueta negra a unos grandes almacenes. Les digo que quiero cambiarla por otra. Está usada, me dicen. En realidad vengo a donarla, respondo. Cuelgan la chaqueta en una percha y yo busco otra nueva para reemplazarla. No hay ninguna que me guste. Le digo a una vendedora que prefiero mi chaqueta vieja. Dice que cuesta 100 euros. Lo que me apena es pensar que me dejé un botón en unos de los bolsillos. Un botón de otro sueño que le dejé a Chivite en su bolso..
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Antonio aparca al final de una calle con eucaliptos, parece un sitio tranquilo. Aun así, dice que no tardemos. Uberto y yo salimos del coche a toda prisa. Entramos en un estanco a comprar entradas para un parque temático. La mujer que atiende nos cuenta que es monja y de Valladolid, y que podemos elegir el sello de la entrada. El sello de Murcia, dice Uberto. ¡Viva Murcia!, respondo yo. ¿Tú ves bien que una monja lleve mechas californianas?, pregunto. Uberto se ríe. Al llegar al coche vemos que Antonio está escondido detrás de un eucalipto. Unos diez geos armados levantan el coche como si fuera un trono de semana santa y lo colocan en otra plaza. Desaparecen. Un coche oficial pasa a toda velocidad. Se ve que nuestro coche interrumpía el paso, dice Antonio como si fuera lo más normal del mundo. Subimos a un cochecito como los que se usan en los campos de golf. Conduce Antonio, se sube por las aceras, pisa parterres. Lo miro asombrada. Todo el mundo sabe que los coches alquilados hay que conducirlos como si fueras una mujer, dice.
ambulancia extraterrestre
viernes, 10 enero 2014. Camino hacia la casa de mi abuela. Un coche viene hacia mí a toda velocidad por la acera. No sé cómo doy un salto y me agarro a dos escaleras de madera que hay apoyadas en un muro, camino con ellas como si fueran zancos. Unos pintores se asombran de mi equilibrio. Les pido disculpas por haberles quitado las escaleras (están encaramados al muro). Los pintores dicen que habría que denunciar al conductor. ¿Alguien recuerda la matrícula?, se preguntan. Era un coche pequeño con la palabra Ambulancia escrita en el capó, conducía un hombre negro, les digo. Si era un extraterrestre, entonces no hay nada que hacer, dice uno y los demás ríen la gracia. No sé qué responder, no me queda claro si llamar extraterrestre a un hombre negro es un comentario racista.
cama empotrada
jueves, 9 enero 2014. Manuel me enseña su casa. Es enorme. Si miro hacia arriba, a veces tiene techo, otras veces no. Con las paredes pasa lo mismo, a veces hay una cama empotrada, y otras una puerta que da a un museo. Mientras me habla de los inconvenientes de la casa no para de hacer cosas, incluso recibe a los visitantes del museo. Les voy a decir que bailen para hacer tiempo, dice. En un rincón de la casa hay unos veinte pares de zapatillas de deporte.
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Juan me cuenta que sigue triste. Camina a mi lado, yo no sé aconsejarle. Mi abuela sabría qué decirte, le digo. Según caminamos se va volviendo más pequeño, hasta convertirse en un niño.
aeropuerto de hierba
sábado, 4 enero 2014. Camino con Juan por unas calles con andamios. Canta una canción. Le pregunto si la letra la ha escrito él. Me mira sorprendido de que yo lo dude. Llegamos a la pista de aterrizaje de un aeropuerto, pero la pista está cubierta de hierba. Juan se aleja hacia la puerta de salida de pasajeros (que parece una portería de fútbol). Intento alcanzarlo, pero me doy cuenta de que llevo unas zapatillas de suela blanda y se me salen al andar.
sheldon y los delfines
jueves, 2 enero 2014. Paseo por lo que parece un zoo. Es de noche y veo un ojo flotante brillar en una piscina. Reconozco la mirada del actor Jim Parsons. Me hace una seña, me pide que no haga ruido. Dice que está tratando de comunicarse con los delfines. Me lo dice con la mirada de su único ojo, una especie de canica del tamaño de una pelota de tenis, que refulge en el agua.
suelo de hielo
viernes, 27 diciembre 2014. Mi madre se ha mudado y me enseña la casa nueva. Todo está manga por hombro y la distribución de las habitaciones es de locos. Para subir al dormitorio de mi hermana hay que trepar por una escala de cuerda. Está decorada con motivos árabes en tonos rosa. Horrible, no hay sitio para nada. Lo mejor es la cocina, dice mi madre. Por las mañanas el suelo parce el cielo y por las noches una piscina, dice. Tiene forma de triángulo y suelo cubierto de baldosas de cristal translúcido que da miedo pisar. Parece una pista de hielo. Lo mejor es la basura, dice. Una pared con más de cincuenta buzones verticales empotrados en la pared.
escalada en descenso
sábado, 21 diciembre 2013. Llego a un bar. Le pido a una chica que me guíe hacia el patio. Aparecemos en lo alto de un muro estrecho de más de 50 metros de altura. Ahora hay que bajar, dice la chica, y comienza a descender agarrándose a la parte estrecha del muro con las puntas de los dedos. Le digo que jamás he escalado hacia abajo. La chica se suelta y la agarro al vuelo. Grito pidiendo ayuda. Desde abajo nos miran sin hacer nada. De repente yo también estoy mirando la escena desde abajo con mi madre. Mira, soy yo, le digo.
mido dos metros
jueves, 19 diciembre 2013. No sé qué hago en una iglesia. Se parece mucho a la del colegio. En uno de los laterales veo a Federico. Hace mucho que no nos vemos. Me acerco. Mira, ahora soy casi tan alta como tú, le digo. Y para demostrárselo le doy un beso en el cuello sin tener que ponerme de puntillas.
sus manos
viernes, 13 diciembre 2013. Al llegar a mi antigua casa, veo una mancha que cae por la pared desde el último piso hasta la acera y forma un charco. No parece agua, pero tampoco es aceite. Al entrar al portal encuentro a una vecina vacunando a todo el que quiere subir en ascensor. Si no te vacunas, no subes, me dice. Decido marcharme. Abro el buzón y recojo algunas de mis cosas además del correo. Al salir veo que el C2 está a punto de salir, corro y entro al vuelo. Hay sillas sin ordenar, incluso al fondo del bus hay una mesa de formica. Dejo mis cosas sobre la mesa y me siento. Se acerca Max von Sidow sonriente. Nos saludamos como si fuéramos amigos que no se ven desde hace mucho. Se sienta frente a mí, no me suelta las manos mientras me habla. Me pregunta si me gustó lo que escribió. Le digo que era precioso. El mérito es de los traductores, dice. Sus manos están calientes y son enormes. Su cara está bronceada y parece recién afeitada, tengo ganas de tocársela. No dejamos de mirarnos ni de tocarnos las manos. Me siento completamente feliz.
champiñones
miércoles, 11 diciembre 2013. Llego a un bar después de bajar una cuesta entre dos paredes encaladas. Me siento en una mesa donde Joan está mirando la carta. Le pregunto qué va a pedir. Algo con champiñones, dice. Veo que a mi lado está Elías con una chica. La chica tiene la ropa, la piel, el pelo, incluso los ojos, como si hubiese estado metida en lejía. El pelo y los ojos tiran a rosa despintado. No quiere que Elías se acerque demasiado a mí, tira de él. Quiere pedir duces. Muchos, dice. Sus cartas son normales, la mía es un rollo de bolsas de basura donde han escrito los platos. No sé qué pedir. No pidas champiñones, dice Joan.
una pistola
sábado, 7 diciembre 2014. Llego a la que se supone es la casa de Iker. Parece una casa de los 70, con el tejado plano, las habitaciones grandes con ventanas de rejas negras. En lo que parece un dormitorio hay dos camas de bambú sin hacer. Duermen en dos camas, qué raro, pienso. También hay un sofá con mantas revueltas, mucho desorden. Una chica me lo va mostrando todo. No digo nada. Hay una puerta cerrada. Ahí duermo yo, dice la chica. Me encierro cada noche porque él duerme con con pistola en la mano, dice.
siempre hay noviembres
viernes, 6 diciembre 2014. Intento encontrar las cajas en unos grandes almacenes. Quiero pagar un vaso que llevo en la manos y tengo prisa. Donde se supone que deberían estar, hay una parking desierto. Oigo voces y corro hacia ellas. Una pareja muy joven acaba de encontrar una bufanda en el suelo y lo celebran. Por una parte no comprendo tanta celebración (la mitad de la bufanda está mojada y sucia), pero por otra envidio que la hayan encontrado antes que yo. Los sigo por un pasillo luminoso de puertas que se van abriendo a nuestro paso. En una, un coche aparece de repente y trata de atropellarnos, pero se queda atascado. Un hombre sale y dispara a la chica varias veces sin éxito. Ahora es cuando la apuñala, dice el chico y huye. El hombre ve que me no me voy, deja a la chica y me persigue. Me escondo detrás de unas cajas enormes de electrodomésticos. Pienso que podría esquivar un cuchillo, pero no balas. Abro una caja y saco un brazo de batidora para usarla de mazo si el hombre me encuentra.
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Hay unas mesas de madera muy rústicas. Hay gente que habla en pequeños grupos. Se supone que es la noche en la que los muertos vienen a visitarnos. A mi lado está mi tía Paqui. Le digo que me preocupa mi padre, que me dijo que sabía que moriría en noviembre. Pero noviembre ya ha pasado, responde ella. Siempre hay noviembres, le digo. ¿Ves esas sombras?, señala. Por el cielo pasan nubes que parecen cuadros expresionistas y al llegar a un punto se vuelven nubes grises. Está bien que todas se vuelvan grises, dice. No sé qué quiere decir. Alguien sirve un licor pastoso, los que no tienen vasos ponen las manos.
hueco
miércoles, 4 diciembre 2013. Estamos en lo que parece un hospital, aunque es una sola sala con muchas camas. Nos adjudican un hueco en la pared para colocar toallas y nuestra ropa. Alberto está en la cama, pero no parece enfermo. En la cama de al lado hay un chico con heridas en las piernas, su ropa en el suelo con manchas de sangre. Un accidente de moto, pienso. De repente la sala se llena de parientes que vienen a visitar a alguien. Un grupo de enfermeras se abre paso entre ellos dando palmadas, como lo harían entre gallinas. Una de ellas señala nuestro hueco con toallas y alerta a las demás: ¡Se han duchado!
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