miércoles, 23 marzo 2011. Antonio y yo hemos estamos en Zaragoza para ver un partido del Patín Reus. Estamos muy ilusionados porque, se supone, Joan debuta como jugador. Estamos en una explanada enorme, de fondo suena una música impersonal que le da a la imagen un tono tristón. Un perro enorme negro se acerca a nosotros, empujo a Antonio hacia la pared y me pego a él dándole la espalda. El perro se me abalanza y me lame la cara. Siento un asco enorme. No te preocupes, le digo a Antonio, ya se cansará. Pienso que si veo a Joan le pediré su stick para deshacerme del perro.
facebook con teletransporte
martes, 22 marzo 2011. Abro el facebook de Octavio y entro en un enlace de su muro. Al clicar sobre el enlace estoy dentro de él, en una calle de Zaragoza. En el sueño consta que para salir del enlace al que uno se ha teletransportado sólo tiene que cerrar los ojos. Todo el mundo pasea con los ojos muy abiertos y sin pestañear. Da un poco de angustia, la verdad, porque no se ve ningún gesto natural. Algunos incluso se sostienen los párpados con los dedos. Pienso que si esta locura sigue de moda acabaremos todos con el aparato que le ponían al de "La naranja mecánica". Cuando voy a cerrarlos para salir de allí, veo a un tipo muy mayor regañando a Nacho (le regaña en verso, me recuerda al Oso Yogui). Al parecer, Nacho ha tratado de subir por un tobogán en el que había un letrero de prohibido. Salgo en su defensa, le digo al tipo que en realidad el letrero sólo marca un horario y el horario es bastante absurdo. El tipo rompe el horario en pedacitos y me acuerdo de aquel poema de Juan que decía que cortaba cuadraditos de papel. Sólo por pensar en Juan, aparece. ¡Compañera!, dice. Me cuenta que mi madre acaba de cruzar la calle, pero que no le ha dicho nada porque él no habla chino. Se ríe de su propio chiste. Estoy tan cansada, tengo tanto sueño, me duelen tanto los tobillos. Todo eso empieza a superarme un poco. Pienso que hay que tener cuidado con dónde se clica y en quién se piensa. En un descuido de Juan, cierro los ojos.
coche de choque y marcapáginas
domingo, 20 marzo 2011. Daniel mira una foto en la que aparece Vicente con sus dos hermanos. Noto que se va enfureciendo. Al cabo de unos segundos grita: ¡Por qué no se acercan!, ¿es que les da miedo rozarse?, ¡Que se acerquen, joder!, ¡que se acerquen!, ¿es que nos se quieren? Le digo que es un exagerado, que sólo es una foto y que además no conoce a Vicente de nada. Vicente quiere mucho a sus hermanos, ni digas ni una palabra sobre él, le digo y me alejo.
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Alberto deja el coche en el parking de Económicas y dice que lo espere. De repente el coche se pone en marcha solo, me paso al asiento del conductor, pero los pedales no funcionan, sólo puedo girar el volante para no golpearme con otros coches. De repente el volante deja de girar y el coche avanza rapidísimo marcha atrás. Choco con unos contenedores. Una señora me da las gracias, piensa que he chocado a propósito para no atropellarla. Pienso que quizá Alberto me está gastando una broma y teledirige el coche. Alberto llega en ese momento y le explico lo ocurrido. Alberto está tan agobiado con lo que ha ocurrido, que no le digo que va en pijama.
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Mi prima Elisa y yo estamos escondidas detrás de la puerta abatible de lo que parece un restaurante lujo. Las dos llevamos vestidos de fiesta. Me siento muy insegura porque mi vestido deja un hombro fuera y no me gustan nada las asimetrías. Elisa dice que le daremos un susto a la primera persona que entre. Por la rendija veo llegar a mi madre. Intento decirle a mi prima que no la asuste, pero la voz no me sale. Elisa levanta los brazos y lanza un rugido de ogro. ¡Nooooooo!, grito, todo lo fuerte que soy capaz, pero mi grito no se oye.
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Noto que el bolso me pesa, lo abro y veo que dentro alguien ha metido varias latas de alubias y lentejas. Pienso si se habrán arrugado los marcapáginas que me regaló Nuria. Efectivamente. En el sobre hay marcapáginas que no recordaba, varios más pequeños con poemas de Gallero y de Karmelo. Este es el poema que te dije, el mejor de los que he escrito, dice una nota. El poema dice algo así como que la primera vez que la vio no intercambiaron palabra alguna, y que al subir a su casa y poner un disco, decidió que le llamaría como la canción. Al leer el poema veo una habitación con libros y elepés por todas partes, parece un piso de estudiante de los años 70. Pienso que la canción es "Misty". Pienso que le enviaré a Chivite el único marcapáginas que no se ha arrugado.
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Alberto deja el coche en el parking de Económicas y dice que lo espere. De repente el coche se pone en marcha solo, me paso al asiento del conductor, pero los pedales no funcionan, sólo puedo girar el volante para no golpearme con otros coches. De repente el volante deja de girar y el coche avanza rapidísimo marcha atrás. Choco con unos contenedores. Una señora me da las gracias, piensa que he chocado a propósito para no atropellarla. Pienso que quizá Alberto me está gastando una broma y teledirige el coche. Alberto llega en ese momento y le explico lo ocurrido. Alberto está tan agobiado con lo que ha ocurrido, que no le digo que va en pijama.
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Mi prima Elisa y yo estamos escondidas detrás de la puerta abatible de lo que parece un restaurante lujo. Las dos llevamos vestidos de fiesta. Me siento muy insegura porque mi vestido deja un hombro fuera y no me gustan nada las asimetrías. Elisa dice que le daremos un susto a la primera persona que entre. Por la rendija veo llegar a mi madre. Intento decirle a mi prima que no la asuste, pero la voz no me sale. Elisa levanta los brazos y lanza un rugido de ogro. ¡Nooooooo!, grito, todo lo fuerte que soy capaz, pero mi grito no se oye.
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Noto que el bolso me pesa, lo abro y veo que dentro alguien ha metido varias latas de alubias y lentejas. Pienso si se habrán arrugado los marcapáginas que me regaló Nuria. Efectivamente. En el sobre hay marcapáginas que no recordaba, varios más pequeños con poemas de Gallero y de Karmelo. Este es el poema que te dije, el mejor de los que he escrito, dice una nota. El poema dice algo así como que la primera vez que la vio no intercambiaron palabra alguna, y que al subir a su casa y poner un disco, decidió que le llamaría como la canción. Al leer el poema veo una habitación con libros y elepés por todas partes, parece un piso de estudiante de los años 70. Pienso que la canción es "Misty". Pienso que le enviaré a Chivite el único marcapáginas que no se ha arrugado.
agujeros y dientes
sábado, 19 marzo 2011. Un hombre bastante rudo, hace agujeros en las losas de la terraza con extrema facilidad, como si hundiera los dedos en tierra húmeda. Después de meter unas hierbas largas en cada agujero, pasa a ducharse. Alberto y su hermana dicen que están preocupados porque su madre está más mandona que nunca. Les digo que está igual que el último año, sólo que ellos no pasan suficiente tiempo con ella como para apreciarlo. Cuando vuelvo a mirar la terraza, sólo hay agujeros, nada de hierbas. Lo ves, ya las ha arrancado, hay que hablar con ella, dice mi cuñada y me empuja a la habitación donde su madre juega con un niño. ¿No era mejor esperar a que el jardinero se fuera para arrancar las hierbas?, le pregunto. No dice nada. Mi cuñada se queja de que también arrancó una costilla de Adán que tenía en su dormitorio y que por eso puso pestillo. Pienso que nada de lo que se reprochen tiene sentido porque no van a cambiar. La abuela de Alberto aparece de repente, camina con dificultad hacia un estanque muy sucio que, también, ha aparecido de repente en la terraza. Se tira de cabeza. Alberto está tan cansado que no reacciona. Corro tras ella y me tiro para sacarla, pero cuando ya estoy dentro, ella sale con gesto travieso, de un salto. Aún dentro del agua, pienso que habrá que tapar los agujeros de la terraza.
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Alberto, Andrés y yo miramos estanterías con juguetes antiguos en lo que parece un museo. Andrés se fija en unos cochecitos de lata diminutos. Le cuento que el padre de mis sobrinos tenía una caja llena y que un día mi cuñada los tiró a la basura. Y lo peor de todo es que mi sobrina guardaba cada diente que se le caía en uno de esos coches; ahora no tiene ni dientes ni juguetes, le digo. (Me despierto con fiebre.)
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Alberto, Andrés y yo miramos estanterías con juguetes antiguos en lo que parece un museo. Andrés se fija en unos cochecitos de lata diminutos. Le cuento que el padre de mis sobrinos tenía una caja llena y que un día mi cuñada los tiró a la basura. Y lo peor de todo es que mi sobrina guardaba cada diente que se le caía en uno de esos coches; ahora no tiene ni dientes ni juguetes, le digo. (Me despierto con fiebre.)
de la pradera
viernes, 18 marzo 2011. Llego a Correos. Hay mucha cola. Algunos clientes se me cuelan, otros me piden dinero prestado o monedas sueltas porque hay que pagar la cantidad exacta. ¿No devuelven cambio?, pregunto. Sin responder, un hombre con traje y corbata deja la cola y se marcha indignado. Un tipo joven habla demasiado alto por el móvil. Le dice a alguien que le compre el cuadro más grande que haya. ¿Las qué?, ¿meninas?, bueno, ese mismo, dice. Cuelga y mira a su alrededor. Sin que yo le pida explicaciones, me cuenta que ha decidido ser coleccionista. No digo nada, sólo le sonrío muy brevemente como solemos sonreír a un extraño que nos parece idiota. ¿Por qué no me crees?, ¡responde!, me grita indignado. Sólo quieres impresionarla, le digo señalando a Virginia. Virginia no hace cola, está extasiada mirando una pradera verde y luminosa por un agujero en una puerta. El tipo se tapa la cara y llora. Me recuerda a Ader en su vídeo "Demasiado triste para contártelo". Lo consuelo, le digo que si de verdad quiere ser coleccionista debería empezar por comprar obras pequeñas de artistas locales. Cuando se quita las manos de la cara, se ha convertido en Juan y sonríe. ¡Compañera, qué alegría verte!, dice. Para aumentar mi grado de confusión, entra Chiquito de la Calzada dando sus saltitos correspondientes. Se abraza al empleado al grito de, ¡Pecadorl! Juan se ríe, casi aplaude. Es que cumplen años el mismo día, me explica. Están todos tan contentos que pienso que es la oportunidad ideal para pedirles posar en una foto con el erizo César.
test de estar vivo
miércoles, 16 marzo 2011. Estoy en la terraza de un bar con unos amigos. Andrés está al otro extremo de la mesa, me río sola al oírlo hablar, me hace gracia cómo comienza las conversaciones. Por ejemplo, le dice a una chica con cara de asombro, como si fuera una noticia de última hora: ¿Te has enterado? Cuando la chica lo mira con curiosidad, él le dice: Sé hacer jabón. Javier aparece con un bote enorme y lo deja encima de la mesa. Dice que es un test de embarazo. Purranki, sentado a mi lado, dice que su mujer tuvo que hacerse un test muy complicado. Llevaba hasta cables, dice. Yo les cuento que una vez compré uno en una farmacia, sólo había que poner unas gotas de orina y esperar cinco minutos. En una pantallita, simplemente, aparecía escrito sí o no, les digo. Eso era un test para saber si estabas viva, dice Purranki. Pues me salió que no, le digo. Se ríen.
cubo de playa
martes, 15 marzo 2011. Veo a Juan bajar la cuesta de mi casa. Lleva un cubo de playa de niño. Mientras lo miro, pienso que el amor es un cubo de playa vacío.
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Llaman con fuerza, con los nudillos, a la puerta de casa. No abro. Pienso que son amigos de mi vecino musulmán. La puerta se abre un poco debido a los golpes. La empujo con todas mis fuerzas para que no puedan entrar. Alberto me dice que tenía que haber apagado las luces y echado las cortinas.
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Aunque en realidad tiene dos hijos y una hija, en el sueño Salud tiene cuatro hijas y juega con tres de ellas en una piscina. Jurdi tira a la cuarta a una piscina profunda desde unos cincuenta metros de altura. La niña no sale. Les grito a los bañistas que la ayuden, pero nadie me hace caso. Yo estoy demasiado lejos para llegar a tiempo. Los bomberos vacían la piscina, abren el suelo y dejan al descubierto un túnel subterráneo por donde pasan coches y el metro. No entiendo dónde ha ido a parar la niña. En la piscina de al lado, Salud sigue jugando con sus supuestas tres hijas.
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Llaman con fuerza, con los nudillos, a la puerta de casa. No abro. Pienso que son amigos de mi vecino musulmán. La puerta se abre un poco debido a los golpes. La empujo con todas mis fuerzas para que no puedan entrar. Alberto me dice que tenía que haber apagado las luces y echado las cortinas.
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Aunque en realidad tiene dos hijos y una hija, en el sueño Salud tiene cuatro hijas y juega con tres de ellas en una piscina. Jurdi tira a la cuarta a una piscina profunda desde unos cincuenta metros de altura. La niña no sale. Les grito a los bañistas que la ayuden, pero nadie me hace caso. Yo estoy demasiado lejos para llegar a tiempo. Los bomberos vacían la piscina, abren el suelo y dejan al descubierto un túnel subterráneo por donde pasan coches y el metro. No entiendo dónde ha ido a parar la niña. En la piscina de al lado, Salud sigue jugando con sus supuestas tres hijas.
globos de ida y vuelta
lunes, 14 marzo 2011. Unos hombres con túnica predican en una explanada. La gente les sigue entusiasmada. me pregunto qué ganarán con ello. Todo el mundo lleva globos de colores. ¿Dónde los habéis comprado?, pregunto. Me señalan a una señora con túnica. Después del espectáculo, todos sueltan los globos. La señora de la túnica se dedica a recogerlos y volverlos a guardar. Pienso que ese es su negocio, vender siempre los mismos globos. Intento salir de allí metiéndome a cuatro patas por un túnel. Me doy cuenta de que he perdido la libreta donde apunto los sueños. La señora de los globos me la devuelve. Me mira con muy mala cara.
cartero
domingo, 13 marzo 2011. Por debajo de la puerta de la casa de mi abuela, empiezan a entrar sobres y avisos de Correos. Mis tías no quieren que abra porque dicen que puede ser un ladrón. Abro de todos modos, un hombre con las piernas muy cortas dice que ya están aquí los libros que pedí. Las piernas del hombre cambian de forma, de repente son largas, de repente de madera con articulaciones atornilladas, de repente son de goma. Se sienta a mi lado y habla. No sé qué hacer.
sobre el agua
sábado, 12 marzo 2011. La casa de mi suegra está manga por hombro. El suelo está levantad y e mezcla con ropa y zapatos. Intento rescatar mi ropa. Mi cuñada llega en coche y aparca sobre la ropa que tenía ordenada. Mi suegra lava a mano uno de mis pantalones vaqueros hasta gastarlos por completo. No digo nada, me encierro en un dormitorio, le digo a Alberto que no deje entrar a nadie, pero dice que ha llegado Javier con las poetas. Unas veinte mujeres están sentadas en el cuarto de estar, debaten sobre un libro que han escrito contra el Papa. Jorge llega repartiendo hojaldres. Miro en una vitrina adiciones antigua de Gabriel Aresti. Veo reflejado en el cristal, que llega por detrás, Tesán. Me abraza y dice que le han robado los zapatos. Su chaqueta azul dos tallas más pequeñas me da mucha pena. Quiero irme de allí. Joan llega, me toma de la mano y salimos. Empezamos a caminar sobre todo lo que nos vamos encotnrando, incluso el mar. No te preocupes, le digo, esto es sólo un sueño y no podemos hundirnos. Me aprieta contra su cuerpo mientras caminamos. No sé cómo decirle que estuve a punto de suicidarme seis días atrás. ¿Se me nota en los ojos?, le pregunto. ¿El qué? Pienso que Juan hubiera sabido de qué hablaba. Ayúdame a buscar un hotel, no quiero volver nunca más, le digo.
federico del barrio y unos toros muy cívicos
miércoles, 9 marzo 2011. Entro en lo que parece una sala de profesores. Detrás de una mesa está el dibujante Federico del Barrio que, con un gesto y sin decir nada, me invita a que me siente frente a él. Después de mirarme, muy serio, durante unos segundos, me pregunta por qué no les informé de que me había matriculado de dos carreras a la vez. Medicina y Derecho, ¿me equivoco?, dice manteniéndome la mirada. No tengo la menor idea de lo que está hablando, pero estoy tan sorprendida y encantada de tenerlo allí, frente a frente, que no digo nada y asiento con la cabeza para poder estar con él un rato más.
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Begoña, Marta y yo somos las únicas pasajeras de un autobús de línea bastante destartalado. Nos miramos muy serias. Yo conduciré, dice Marta decidida. Yo saco un plano enorme del jardín que tenemos delante. Un jardín rectangular con albero y unos cuantos setos. Debes esquivar los parterres, cruzar el jardín y aparcar lo más lejos posible de los toros, le digo. Begoña y yo nos sentamos al fondo del autobús, se supone, para hacer contrapeso. Avanzamos. Marta hace un recorrido impecable, pero cuando aparca, una manada de toros se acerca a la puerta del autobús y se ponen ordenadamente en fila, como si hicieran cola para entrar. Ni se te ocurra abrir las puertas, le digo a marta.
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Begoña, Marta y yo somos las únicas pasajeras de un autobús de línea bastante destartalado. Nos miramos muy serias. Yo conduciré, dice Marta decidida. Yo saco un plano enorme del jardín que tenemos delante. Un jardín rectangular con albero y unos cuantos setos. Debes esquivar los parterres, cruzar el jardín y aparcar lo más lejos posible de los toros, le digo. Begoña y yo nos sentamos al fondo del autobús, se supone, para hacer contrapeso. Avanzamos. Marta hace un recorrido impecable, pero cuando aparca, una manada de toros se acerca a la puerta del autobús y se ponen ordenadamente en fila, como si hicieran cola para entrar. Ni se te ocurra abrir las puertas, le digo a marta.
al vacío
martes, 8 marzo 2011. Andrés y yo salimos de la cafetería del CAC. Se ha hecho de noche y al otro lado del río se ven fuegos artificiales. Andrés dice que prefiere dar un rodeo. Pienso que los fuegos le asustan como a Darío, su hijo, pero no digo nada. Caminamos paralelos al río, hacia el mar, junto a un seto rectangular alto y denso. Cada vez está más oscuro, no se ve absolutamente nada, hasta el punto que debemos caminar agarrados el uno al otro, y los dos al seto, para no perdernos. Date prisa, dice Andrés. Corremos todo lo rápido que somos capaces, el seto me araña el brazo derecho y la cara. De repente noto que pierdo pie, que sigo moviendo las piernas como si corriera en el aire. Parece que tanto el seto como la calle han desaparecido y caemos al vacío. Date prisa, dice, no dejes de correr.
demasiados muertos
domingo, 6 marzo 2011. Mi madre dice que ha llegado un paquete para mí. Ya sé lo que es, le digo con pena. Hay fotos plastificadas y un carnet. Mi madre me mira muy seria. No deberías meterte en esas cosas, me dice. En el sueño consta que pertenezco a una asociación clandestina de suicidas. Cada suicida elige al siguiente y el siguiente deberá ser el que reciba el paquete. Miro la foto del tipo, se parece a Cat Stevens. El carnet lleva una cadenita a modo de llavero. Sé que debo colgarla del bolso o de dónde sea, pero siempre llevarla a la vista para que los demás suicidas clandestinos vivan tranquilos, sepan que es a mí a quien le toca morir.
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Preparo lentejas en una cocina estrecha. Toda la encimera es una vitrocerámica, temo que llegue mi hermana, no se dé cuenta y se queme. Cocino intranquila. Mi madre se asoma, coge un puñado de clavos y los echa a la olla. No le digo nada, pero cuando se va los saco y los escondo. La oigo hablar desde la otra habitación, dice algo sobre un programa de la tele en el que resucitan a los muertos en directo. Me asomo y veo una especie de cuerpo momificado color tierra sentado en una silla. Los presentadores hablan a cámara como si nada. Pienso que el muerto tiene el mismo color que las lentejas que estoy preparando. Siento un asco inmenso.
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Vicente Ortiz me dice que han abierto un local clandestino para que cada cual haga lo que mejor sepa. Sabré llegar porque han colocado señales en algunas aceras. Las señales son círculos divididos en cuartos. Depende del color de los cuartos y del dibujo que formen, entiendo. Veo círculos en verde por las aceras. Se parecen a los test de inteligencia que nos hacían en el colegio. Sólo si adivinas cómo es la siguiente figura encontrarás el local. El local es blanco. Lo mismo hay un tipo pintando en una pared que una chica muy joven amamantando a su bebé. Las habitaciones están separadas por paneles de vinilo transparente. Veo a Vicente en una sala con un cesto de pinzas de tender. Lo has encontrado a la primera, me dice muy sonriente. Esto se parece demasiado a estar muerto, le digo.
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Preparo lentejas en una cocina estrecha. Toda la encimera es una vitrocerámica, temo que llegue mi hermana, no se dé cuenta y se queme. Cocino intranquila. Mi madre se asoma, coge un puñado de clavos y los echa a la olla. No le digo nada, pero cuando se va los saco y los escondo. La oigo hablar desde la otra habitación, dice algo sobre un programa de la tele en el que resucitan a los muertos en directo. Me asomo y veo una especie de cuerpo momificado color tierra sentado en una silla. Los presentadores hablan a cámara como si nada. Pienso que el muerto tiene el mismo color que las lentejas que estoy preparando. Siento un asco inmenso.
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Vicente Ortiz me dice que han abierto un local clandestino para que cada cual haga lo que mejor sepa. Sabré llegar porque han colocado señales en algunas aceras. Las señales son círculos divididos en cuartos. Depende del color de los cuartos y del dibujo que formen, entiendo. Veo círculos en verde por las aceras. Se parecen a los test de inteligencia que nos hacían en el colegio. Sólo si adivinas cómo es la siguiente figura encontrarás el local. El local es blanco. Lo mismo hay un tipo pintando en una pared que una chica muy joven amamantando a su bebé. Las habitaciones están separadas por paneles de vinilo transparente. Veo a Vicente en una sala con un cesto de pinzas de tender. Lo has encontrado a la primera, me dice muy sonriente. Esto se parece demasiado a estar muerto, le digo.
bañador de un solo tirante
sábado, 5 marzo 2011. Cristina Teva, de Canal+, sale en una revista. Lleva un bañador con un solo tirante. Pienso que le queda muy bien y, con sólo pensar que me gusta, veo que llevo uno igual. Me fijo en que es el mismo que solía llevar cuando tenía diez años, sólo que entonces iba a tado al cuello. Recordar aquel bañador, de repente, me da escalofríos. Las palabras de la revista aparecen un desaparecen al pasar la vista por encima. Links ocultos, pienso. Cristina me mira desde la revista, sonríe y echa a correr.
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Estoy esperando a que alguien venga a recogerme al colegio, pero en vez de esperar en la puerta, espero en una sala vacía en el último piso donde las monjas no nos dejaban subir. En el sueño consta que estoy esperando a un hombre al que quiero. Una niña espera conmigo. Pienso que es mi amiga Begoña de pequeña, pero no digo nada. Me voy, dice con pena. No te preocupes, yo también me iré pronto, le digo a sabiendas de que nadie vendrá a por mí. Dejo que pasen unos minutos para dar tiempo a que Begoña-niña se haya marchado, y bajo la escalera. El suelo de la planta baja es de arena y alguien ha escrito en árabe "Te quiero". Pienso que ha sido Begoña, porque en el fondo ella también sabía que nadie vendría a por mí.
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Estoy esperando a que alguien venga a recogerme al colegio, pero en vez de esperar en la puerta, espero en una sala vacía en el último piso donde las monjas no nos dejaban subir. En el sueño consta que estoy esperando a un hombre al que quiero. Una niña espera conmigo. Pienso que es mi amiga Begoña de pequeña, pero no digo nada. Me voy, dice con pena. No te preocupes, yo también me iré pronto, le digo a sabiendas de que nadie vendrá a por mí. Dejo que pasen unos minutos para dar tiempo a que Begoña-niña se haya marchado, y bajo la escalera. El suelo de la planta baja es de arena y alguien ha escrito en árabe "Te quiero". Pienso que ha sido Begoña, porque en el fondo ella también sabía que nadie vendría a por mí.
mejillones y fantasmas
miércoles, 2 marzo 2011. Estoy con mi hermana y mi prima Cristina en una especie de nave industrial convertida en restaurante. La comida tiene muy mala pinta. Maldonado se sienta con nosotras y pide arroz con almejas a la camarera. La camarera le sirve un plato de arroz aguado y un mejillón enorme. Almejas, repite mirándola fijamente a los ojos. La camarera, sin apartar la mirada, mete la mano en la sopera y le pone varios mejillones en el plato. Maldonado se levanta ofendidísimo, le lanza varios billetes a la cara y se marcha. En la puerta han colocado un equipo de música con muchos cables, para salir tengo que tumbarme en el suelo e ir arrastrándome. Todos se ríen, incluso se acercan para hacerse fotos conmigo como si fuera una atracción de circo. Mi prima empieza a decir cosas muy raras. Mi hermana y yo nos miramos, pensamos que se ha vuelto loca. Buscamos una cabina para llamar a su marido, pero cada vez que lo intento las monedas se me caen al suelo. Finalmente consigo hablar con alguien, pero me dice que me he equivocado de número. El chico que está al otro lado del teléfono me cuenta que está muy nervioso porque tiene que irse de viaje y no sabe qué meter en la maleta. Intento ayudarle sin quitarle ojo a mi hermana y a mi prima. En ese momento aparece un montón de gente corriendo detrás de un coche de la policía. Hay fantasmas en un edificio, me dice mi hermana. Cuelgo. La policía dice que hagamos una cola y entreguemos un objeto personal a los nuevos inquilinos cuando llegue nuestro turno. Sólo llevo encima la ropa y un pasador en el pelo. No quiero deshacerme de él, pienso. Mi hermana dice que les dé tabaco y podremos irnos. No sé de qué me habla porque yo no fumo, pero, efectivamente, llevo una cajetilla en el bolsillo. La abro y sólo queda uno. ¿Será poco?, le pregunto a mi hermana que se encoge de hombros. Me fijo en el cigarrillo. Ni siquiera es de verdad, es de aquellos de plástico con boquilla que vendían hace años en las farmacias.
albañiles al unísono
martes, 1 marzo 2011. Al pasar por una obra intento ponerme de acuerdo con unos albañiles para que cuando Antonio pase por la acera le griten todos a la vez: ¡No seas exagerado!
diseñadora clandestina
lunes, 28 febrero 2011. Oigo una conversación. Alguien habla de una chica que va a casarse y no tiene el vestido de novia. Dibujo con disimulo un vestido para ella. Alguien me señala, escondo los dibujos en una carpeta y disimulo escribiendo números sobre el mantel de papel que cubre la mesa. Me hacen preguntas, yo me encojo de hombros como si no entendiera el idioma. Cuando me quedo sola, termino el boceto del vestido de novia e intento enviárselo a la chica por mail.
hermès
viernes, 25 febrero 2011. Para pasar de una calle a otra sin tener que dar un rodeo, entro en una tienda muy lujosa. Bajo una escalera muy empinada. Según avanzo mi ropa va volviéndose, eso que llaman, elegante. Traje de chaqueta, tacones muy altos y joyas. Según bajo los escalones van desapareciendo bajos mis pies, se van haciendo más y más estrechos hasta el punto de tener que saltar el último tramo. Unas chicas con uniforme de Hermès aplauden, no sé bien si mi agilidad o mi indumentaria impecable. Salgo sin mirarlas, intentando que no noten lo avergonzada que me siento. Una vez en la calle noto que, a cada paso, la ropa empieza a quedarme cada vez más grande.
villa borghese y olivia newton john
miércoles, 23 febrero 2011. En un parque que me recuerda a Villa Borghese, hay una escalera de piedra enorme. Juano me llama para que me acerque, dice que quiere que lo ayude a subir. Está muy débil. Me pide que busque un buen banco para morir. Pasamos por delante de varios, pero a todos les pongo pegas. Pienso que si no se sienta no morirá.
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Llego a un aula donde las mesas están puestas en semicírculo. La luz está encendida y las persianas echadas. No lo entiendo porque afuera luce el sol, pero no digo nada. La profesora dice que va a repartir los exámenes, pero en vez de eso un camarero chino reparte platos de comida y vino. Andrés está sentado frente a mí y cada vez que pasa el camarero le dice algo en chino. Andrés lleva una camiseta blanca con las letras JDK. Me resulta muy raro verlo vestido en colores claros. Alberto dice que sale a dar un paseo, agarra a Darío, el hijo de Andrés, de la mano y sale. Me voy con ellos. Recorremos el paseo marítimo hasta llegar a un espigón. Le digo que volveré por la arena. Alberto se queda jugando en la playa con Darío. La playa está llena de piedras mojadas. Cada vez que cojo una se seca inmediatamente en mi mano y se vuelve rugosa y fea. Entre las piedras hay una con forma de caja, incluso tiene una pequeña bisagra. Pienso que alguien la ha puesto ahí para que yo la encuentre. La agito, la vuelco sobre la arena, salen varias conchas transparentes, vuelvo a agitarla y se rompe. Cerca de la orilla hay estanterías con conchas de rayas y posavasos. Después de mirarlas un rato, pienso que son falsas. Además, yo no colecciono conchas, digo en voz alta. Decido llevarme un posavasos para Andrés. Así se acordará de mí en el trabajo, porque seguro que bebe Coca-cola e el trabajo, pienso. Todos los posavasos son de Coca-cola, pero son muy feos. Una chica que canta me distrae. Se parece mucho a Olivia Newton-John. Me mira y sonríe mientras mete la toalla en una bolsa. Mi hermana te adora, tiene todos tus discos y colecciona fotos tuyas, le digo. Sonríe. ¿Hablas español?, le pregunto mientras se aleja.
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Llego a un aula donde las mesas están puestas en semicírculo. La luz está encendida y las persianas echadas. No lo entiendo porque afuera luce el sol, pero no digo nada. La profesora dice que va a repartir los exámenes, pero en vez de eso un camarero chino reparte platos de comida y vino. Andrés está sentado frente a mí y cada vez que pasa el camarero le dice algo en chino. Andrés lleva una camiseta blanca con las letras JDK. Me resulta muy raro verlo vestido en colores claros. Alberto dice que sale a dar un paseo, agarra a Darío, el hijo de Andrés, de la mano y sale. Me voy con ellos. Recorremos el paseo marítimo hasta llegar a un espigón. Le digo que volveré por la arena. Alberto se queda jugando en la playa con Darío. La playa está llena de piedras mojadas. Cada vez que cojo una se seca inmediatamente en mi mano y se vuelve rugosa y fea. Entre las piedras hay una con forma de caja, incluso tiene una pequeña bisagra. Pienso que alguien la ha puesto ahí para que yo la encuentre. La agito, la vuelco sobre la arena, salen varias conchas transparentes, vuelvo a agitarla y se rompe. Cerca de la orilla hay estanterías con conchas de rayas y posavasos. Después de mirarlas un rato, pienso que son falsas. Además, yo no colecciono conchas, digo en voz alta. Decido llevarme un posavasos para Andrés. Así se acordará de mí en el trabajo, porque seguro que bebe Coca-cola e el trabajo, pienso. Todos los posavasos son de Coca-cola, pero son muy feos. Una chica que canta me distrae. Se parece mucho a Olivia Newton-John. Me mira y sonríe mientras mete la toalla en una bolsa. Mi hermana te adora, tiene todos tus discos y colecciona fotos tuyas, le digo. Sonríe. ¿Hablas español?, le pregunto mientras se aleja.
melones de caramelo
lunes, 21 febrero 2011. Voy con mis sobrinos a una piscina. Para llegar hay que bajar por una escala mal colocada en un túnel vertical. Para tener las manos libres tiro primero la toalla. Consigo bajar muy rápido. Las piscinas no son los que esperábamos, más bien parece un balneario de pueblo bastante abandonado. Unas mujeres miran el agua con los brazos cruzados. Dicen que el agua está caliente. Meto un pie. Más caliente que el agua de un río, les digo. Me miran mal. Mi sobrina se tira al agua si pensárselo mucho. De repente aparece todo el pueblo celebrando una fiesta, reparten caramelos. Los que más éxito tienen, hasta el punto de que todo el pueblo pelea por ellos, son unas bolas verdes con forma de melón.
rosenvinge
sábado, 19 febrero 2011. A las puertas de un bar hay cierto revuelo. Hay un coche negro aparcado, un guardaespaldas abre la puerta y sale Froilán, el hijo de la infanta Elena, con dos amigos. La gente quiere acercarse a verlo, se dan codazos. Alberto y yo nos alejamos de allí como podemos. Al pasar por delante de un kiosco vemos la foto del niño entrando al bar. Es imposible, le digo al kiosquero, acabamos de verlo entrar. Soy el más rápido, responde él mostrándome una foto suya posando a lo 007. Me fijo en que la portada es en realidad una foto digital mal impresa en un folio, colocada sobre una revista. Me río. Seguimos caminando. Me fijo en los zapatos de Alberto, son de ante marrón. No sólo me extraña verlo con unos zapatos así sino que además los zapatos llevan bolsillos laterales. Alberto los palpa para ver si hay algo dentro y saca un puro. Sigue palpando y saca una ristra de chorizos y una morcilla. He perdido de vista a Alberto, y cuando me vuelvo lo veo con unas gafas de sol de cristales rosas y un polo a juego. A su lado caminan dos chicas, una es Christina Rosenvinge. Yo atónita. Rosenvinge alaba las gafas rosas, le explico que me las regalaron con un tinte para el pelo. Pues ya te hace falta, dice señalándome las canas. Entramos en un restaurante. Me fijo en que llevo el chubasquero amarillo mientras que todos los demás van vestidos elegantemente. Deseo que debajo del chuvasquero lleve el vestido negro que me puse para la boda de Cantos. Voilá. Rosenvinge me mira sorprendida. La camarera ya ha traído sus cenas y me apremia para elija. Todo me parece horrible. En la carta sólo hay platos grasientos que mezclan gambas fritas con trozos de pizza.
planeta imaginario
viernes, 18 febrero 2011. Parece que he viajado en el tiempo. Un pueblo está en fiestas. Las casas tienen las puertas abiertas y una especie de fanfarria va entrando en cada una para que las chicas canten y bailen. Entre la gente reconozco a mi madre de joven. Intento acercarme a ella y sentarme a su lado. Al fondo de la casa unas niñas muy pequeñas y muy sucias, que parecen muñecas de trapo, pelean entre ellas, se tiran del pelo. Mi padre, también muy joven, se acerca a las niñas y las separa. Me parece increíble verlo con tanta fuerza y decisión. Los ojos de una de las niñas parecen de cristal, está llorando. Me acerco a ella, me pide que la lleve al hospital y que investigue al psiquiatra que está tratándola porque abusa de otras niñas.
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Intento cruzar calle Larios. Cada vez que pongo un pie en la calzada aparecen vehículos militares a toda velocidad. Araceli explica en voz alta, sin mirar a nadie, el nombre de cada vehículo y el tipo de gases que expulsan a distintas velocidades.
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Alguien me ata a una silla con un tubo de plástico transparente, como en un capítulo que vi de niña de "Planeta imaginario".
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Estoy en una habitación con la luz apagada. A lo lejos veo la luz encendida de una casa. Afino la vista y acerco la imagen como si tuviera unos anteojos. Reconozco la habitación donde escribe el escritor Chivite. En una pared hay pósters de conciertos, casi todo grupos de los 70. Una mujer se levanta, deja unos folios sobre la mesa y se acerca a la escalera. Me fijo en su ropa, lleva un pantalón de peto vaquero en consonancia con los pósters de la pared. Baja la escalera, Chivite camina delante. Tiene casi todo el pelo blanco, le contrasta con la barba negra. Me extraña que lleve barba. Antes de desaparecer escalera abajo, mira hacia arriba sonriente y se despide de una de sus hijas. Pienso en que no va a creerme cuando le diga que he visto su cuarto desde casa.
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Intento cruzar calle Larios. Cada vez que pongo un pie en la calzada aparecen vehículos militares a toda velocidad. Araceli explica en voz alta, sin mirar a nadie, el nombre de cada vehículo y el tipo de gases que expulsan a distintas velocidades.
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Alguien me ata a una silla con un tubo de plástico transparente, como en un capítulo que vi de niña de "Planeta imaginario".
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Estoy en una habitación con la luz apagada. A lo lejos veo la luz encendida de una casa. Afino la vista y acerco la imagen como si tuviera unos anteojos. Reconozco la habitación donde escribe el escritor Chivite. En una pared hay pósters de conciertos, casi todo grupos de los 70. Una mujer se levanta, deja unos folios sobre la mesa y se acerca a la escalera. Me fijo en su ropa, lleva un pantalón de peto vaquero en consonancia con los pósters de la pared. Baja la escalera, Chivite camina delante. Tiene casi todo el pelo blanco, le contrasta con la barba negra. Me extraña que lleve barba. Antes de desaparecer escalera abajo, mira hacia arriba sonriente y se despide de una de sus hijas. Pienso en que no va a creerme cuando le diga que he visto su cuarto desde casa.
zuchkerman, café aguado y fotos selladas
jueves, 17 febrero 2011. Llego a lo que parece un hotel de paredes de piedra. No hay techos, se ve el cielo y algunas ramas de árboles. Ordeno mi ropa en un armario. Una chica, que se parece mucho a mi amiga Carmen, dice que me vista porque están a punto de llegar. Me pongo unas bragas color frambuesa y un kimono de vinilo transparente. Pego la espalda contra la pared y espero. Al rato aparece un tipo que se parece a mi amigo Iker. Pega su cuerpo contra el mío y dice algo en inglés. Pienso que no es Iker, que es el actor Josh Zuchkerman. Hazlo de una vez, le digo y desaparece.
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Desde una ventana veo un jardín donde sólo hay una mesa con un juego de café. Pienso que se debe de estar muy bien ahí, al sol. Nada más salir, comienza a llover. Un grupo de chicas llega con unas hamacas y se tumban bajo la lluvia. Intento aguantar el chaparrón, hago como si no lloviera, bebo de las tazas, pero el café está frío y aguado. Las tazas van encogiendo bajo la lluvia hasta convertirse en tazas del tamaño de un dedal.
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Alberto ha ido a recoger unas fotos. El mostrador la de tienda parece más una barra de bar. Una chica muy gorda saca sobres de fotos y los reparte. Mi amigo Rafa le dice a la chica que en su sobre había un ticket donde dice que tiene derecho a elegir dos canciones. Es mentira, me lo encontré en el suelo, dice en voz baja mientras me guiña un ojo. La chica busca un listado de canciones y Rafa elige dos. La chica trabaja a toda velocidad, pone sellos en las fotos antes de entregarlas, algunos sellos los pone sobre la cara de los retratados. Protesto. Le digo a Alberto que cómo consiente que le estropeen sus fotos. La chica dice entre lágrimas que son órdenes de su jefe, que hay que sellar siempre las fotos. Todos los clientes me miran con odio porque he hecho llorar a la chica. ¿Y por qué no las sellas por detrás?, le digo. Todos los clientes la miran a ella sorprendidos.
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Desde una ventana veo un jardín donde sólo hay una mesa con un juego de café. Pienso que se debe de estar muy bien ahí, al sol. Nada más salir, comienza a llover. Un grupo de chicas llega con unas hamacas y se tumban bajo la lluvia. Intento aguantar el chaparrón, hago como si no lloviera, bebo de las tazas, pero el café está frío y aguado. Las tazas van encogiendo bajo la lluvia hasta convertirse en tazas del tamaño de un dedal.
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Alberto ha ido a recoger unas fotos. El mostrador la de tienda parece más una barra de bar. Una chica muy gorda saca sobres de fotos y los reparte. Mi amigo Rafa le dice a la chica que en su sobre había un ticket donde dice que tiene derecho a elegir dos canciones. Es mentira, me lo encontré en el suelo, dice en voz baja mientras me guiña un ojo. La chica busca un listado de canciones y Rafa elige dos. La chica trabaja a toda velocidad, pone sellos en las fotos antes de entregarlas, algunos sellos los pone sobre la cara de los retratados. Protesto. Le digo a Alberto que cómo consiente que le estropeen sus fotos. La chica dice entre lágrimas que son órdenes de su jefe, que hay que sellar siempre las fotos. Todos los clientes me miran con odio porque he hecho llorar a la chica. ¿Y por qué no las sellas por detrás?, le digo. Todos los clientes la miran a ella sorprendidos.
corte de pelo veloz
miércoles, 16 febrero 2011. Salgo del dormitorio de mi abuela. En el cuarto de estar están sentados en fila, como si fuesen en autobús, los poetas José Luis Gallero y Nacho Fernández. Están mirando hacia la tele, pero la tele está apagada. Mi abuela dice que tengo el pelo demasiado largo. Me fijo en que, efectivamente, me llega a la cintura. No entiendo cómo ha podido crecerme tanto en una noche. Una de mis tías se ofrece a cortármelo. Gallero y Nacho aplauden la idea. Mi tía me corta el pelo a toda velocidad con unas tijeras enormes que más bien parecen de jardín.
manzanas secas
martes, 15 febrero 2011. Me dejo caer sobre un seto de pascueros de un parque público. Me sostienen como si estuviera sobre un colchón. Una chica me dice que el árbol ya tiene manzanas. Nos ponemos debajo, buscamos una entre las ramas. Están secas como el corcho, no saben a nada.
more or less
domingo, 13 febrero 2011. Alberto me presenta a una chica extranjera muy joven. Se supone que yo me voy y ella se queda a vivir con él. Le voy enseñando la casa, cosas prácticas como dónde están los utensilios de cocina, la ropa blanca, y cosas así. Justo antes de marcharme, cojo unos marcapáginas y los corto en cuatro trozos idénticos. Y esto es todo, más o menos. La chica me mira sonriendo. More or less, le digo. La chica está tan contenta que da pequeños aplausos y mira a Alberto encantada.
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Estoy en el último cuarto de la que era la casa de mi abuela. Desde allí veo el pasillo oscuro y la puerta que daba al jardín. Por debajo de la puerta una ranura de luz. Me acerco muy despacio, me descalzo para no hacer ruido y miro por la ranura, a ver si hay alguien. Un gato maúlla. Abro la puerta y unos diez gatos pequeños se acercan, me olisquean los pies y se me agarran a los bajos del pantalón. Pienso que han tenido una buena idea, porque así puedo trasladarlos a todos a la vez hasta la cocina. En la cocina, con todos los gatos enganchados, busco leche y platos pequeños para que coman. Cuando les estoy poniendo de comer llega mi prima Elisa y dice que no pueden quedarse. Le explico que no es para siempre, que sólo les daré de comer unos días y después se irán. Ella, ere que erre, intenta espantarlos cada vez que se acercan a los platos, incluso se bebe la leche que ya les había puesto para evitar que ellos coman.
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Estoy en el último cuarto de la que era la casa de mi abuela. Desde allí veo el pasillo oscuro y la puerta que daba al jardín. Por debajo de la puerta una ranura de luz. Me acerco muy despacio, me descalzo para no hacer ruido y miro por la ranura, a ver si hay alguien. Un gato maúlla. Abro la puerta y unos diez gatos pequeños se acercan, me olisquean los pies y se me agarran a los bajos del pantalón. Pienso que han tenido una buena idea, porque así puedo trasladarlos a todos a la vez hasta la cocina. En la cocina, con todos los gatos enganchados, busco leche y platos pequeños para que coman. Cuando les estoy poniendo de comer llega mi prima Elisa y dice que no pueden quedarse. Le explico que no es para siempre, que sólo les daré de comer unos días y después se irán. Ella, ere que erre, intenta espantarlos cada vez que se acercan a los platos, incluso se bebe la leche que ya les había puesto para evitar que ellos coman.
(paréntesis)
(hola
que nunca digo nada porque soy muy de mi pueblo
como decía mi abuela, pero
que me hace mucha ilusión y me intriga
enormemente
ver 90ymuchos cuadraditos de colores
ahí a la derecha
que no dejo poner comentarios
porque no tengo tiempo de responder
y poruqe me corta mucho que me digan cosas, pero
que feliz de veros ahí
que si algo
estoy en bkbonoarrobagmailpuntocom
a mandar
y graciasgraciasgracias)
que nunca digo nada porque soy muy de mi pueblo
como decía mi abuela, pero
que me hace mucha ilusión y me intriga
enormemente
ver 90ymuchos cuadraditos de colores
ahí a la derecha
que no dejo poner comentarios
porque no tengo tiempo de responder
y poruqe me corta mucho que me digan cosas, pero
que feliz de veros ahí
que si algo
estoy en bkbonoarrobagmailpuntocom
a mandar
y graciasgraciasgracias)
delfín-lobo
sábado, 12 febrero 2011. Estoy en una cala pequeña, en la orilla, el agua me cubre hasta las cintura. Espero a que lleguen las olas para meter la cabeza dentro del agua porque sólo así puedo ver las piedras que hay en el fondo. El agua no es azul, es completamente transparente. Veo que en una de las olas llega un delfín. Según se va a cercando le van creciendo pelos en el lomo hasta convertirse en una especie de lobo con cuerpo de pez. Cuando la ola llega, el delfín-lobo me ataca, me muerde los brazos y las piernas. (Me despierto gritando.)
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Manolo Martínez, el cantante de Astrud, me enseña su nueva casa. Dice que ha comprado la planta entera del hotel para poder invitar a sus amigos sin tener que preocuparse de si tiene o no camas. Me va enseñando todas las habitaciones. En una de ellas está Norma Duval leyendo una revista. Se queja de que su antiguo marido le hacía los mismo regalos que a sus otras mujeres. Pienso que esa casa parece un parque temático, pero no digo nada. Manolo me regala un collar con piedras muy grandes, me lo pone. Disimuladamente me lo quito y me lo enredo en la muñeca a modo de pulsera para que llame menos la atención. Dice que lo compró en un lugar muy peligroso.
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Mi madre y yo esperamos a alguien en un portal. Mi madre le dice a todo el que pasa que soy escritora. Yo niego con la cabeza cuando mi madre no me ve. Me hace contarles historias a todo el que pasa. Yo empiezo a contar, pero nadie me hace caso. Un chico me dice que la historia no estaba mal, pero que no queda bien que mi madre me quite la palabra y las termine ella.
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Manolo Martínez, el cantante de Astrud, me enseña su nueva casa. Dice que ha comprado la planta entera del hotel para poder invitar a sus amigos sin tener que preocuparse de si tiene o no camas. Me va enseñando todas las habitaciones. En una de ellas está Norma Duval leyendo una revista. Se queja de que su antiguo marido le hacía los mismo regalos que a sus otras mujeres. Pienso que esa casa parece un parque temático, pero no digo nada. Manolo me regala un collar con piedras muy grandes, me lo pone. Disimuladamente me lo quito y me lo enredo en la muñeca a modo de pulsera para que llame menos la atención. Dice que lo compró en un lugar muy peligroso.
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Mi madre y yo esperamos a alguien en un portal. Mi madre le dice a todo el que pasa que soy escritora. Yo niego con la cabeza cuando mi madre no me ve. Me hace contarles historias a todo el que pasa. Yo empiezo a contar, pero nadie me hace caso. Un chico me dice que la historia no estaba mal, pero que no queda bien que mi madre me quite la palabra y las termine ella.
campana de gauss
martes, 8 febrero 2011. Nuria, a la que no veo desde los ocho años, llega a una estación de metro. Pienso que no ha cambiado nada. Se encuentra con un tipo, al que se supone yo estaba esperando, y se van abrazados. De repente aparece Blas, mi profesor de matemáticas del instituto. Me pregunta si sabría resolver un problema para la Olimpiada de matemáticas. Saco una libreta y le enseño el problema ya resuelto. La campana de Gauss, lo sabía, dice muy sonriente. Ahora saltemos, dice señalando una ventana que está en un tercer piso.
pepinillos rodantes
lunes, 7 febrero 2011. Dejo rodar desde lo alto de la cuesta de Carrión unos botes de cristal llenos de pepinillos. Juan se acerca y me dice que así no podrán comérselos las gaviotas. Abrimos los botes y dejamos que los pepinillos rueden cuesta abajo.
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