valkiria

sábado, 24 octubre 2020. Mati juega con dos niñas. Perkins, al fondo, parece aburrido. Las niñas marchan con su madre y Mati se entristece de repente. La saludo, pero no dice nada. ¿Os habéis peleado?, pregunto a Perkins. Tampoco responde.
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Llegamos a un restaurante que al entrar parece muy pequeño. Alberto descubre una puerta que da a un pasillo con múltiples salas. Todas las mesas vacías. Los asientos son de porcelana, como si hubieran cortado bañeras por la mitad. Vamos con alguien (que no recuerdo). Elegimos mesa, esperamos, pero no aparece ningún camarero. Alberto se enfada y dice que nos vamos. Le digo que tenga paciencia, que yo misma iré a por la comida. En ese momento entra el camarero con unos platos enormes de estofado.
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Estoy jugando con una trenza de esparto. Dos chicos me la piden. Sospecho que la quieren para secuestrar a una chica rubia que pasea con su novio. Me la quitan. El supuesto novio lanza un vaso de agua a la cara de su novia para aturdirla. Pienso que estaba compinchado con los otros dos. Aparece la madre de la chica, una especie de valkiria, que acaba con los tres en un pispás. Mientras, yo tomo apuntes de todo lo ocurrido.

maquillaje

viernes, 23 octubre 2020. Oigo ruido en el cuarto del final del pasillo. Entro despacio esperando encontrar a un ladrón. Es Juano. Va en pijama. Se está instalando. Sobre la cama, la maleta abierta, libros y una botella de vino. Me ofrece una copa. Ha colocado pósters de grupos de los 70 en las paredes. Parece muy feliz.
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Veo una noticia sobre la Semana Negra de Gijón. Ponen imágenes del Tren Negro de hace uno años. Veo a poetas que conozco. Me veo a mí misma, muy joven y muy maquillada, alejando al cámara con la mano porque quiero dormir. Me tapo la cara con una toquilla negra. En otra imagen me entrevistan contando el sueño que he tenido, una pesadilla, digo, mi madre estaba a punto de morir y yo no podía hacer nada. Mientras miro las imágenes sólo puedo pensar en por qué aparezco tan maquillada.

peliculita

martes, 20 octubre 2020. Parece una iglesia enorme y muy blanca. En vez de bancos hay mesas redondas cubiertas por manteles también blancos. Entre las mesas hay muchísima distancia. Si achino los ojos, las mesas se mimetizan con el espacio y parece un vacío. Dos tipos manipulan algo en la pared. Yo espero a alguien que no llega. Ya hemos esperado suficiente, dice una chica. Le digo que esperaré un poco más. La chica se enfada y se va. Comienza a llegar gente y a ocupar las mesas. Me voy cambiando de sitio hasta que quedo en un rincón, junto a una puerta. La abro. Hay una bañera de porcelana. Junto a la puerta hay un monitor colgado en la pared. Lo enciendo. Película de Inga Lindström. Es la hora de la peliculita, les digo a los operarios muy contenta.

déjà vu

sabado, 17 octubre 2020. Salgo de la casa de mi abuela a toda prisa, subo a un autobús y cuando voy por la mitad del recorrido me doy cuenta de que me he dejado el bolso. Pienso si bajarme a mitad de ruta y volver, pero perdería un barco que, se supone, debo coger. Llego al puerto de una ciudad (se parece mucho a Melilla), y busco una cabina telefónica para decirle a Alberto que me traiga el bolso. Nada. Bajo unas escaleras metálicas y llego a un calabozo bajo tierra. Pregunto a uno de los hombres que están allí si me presta su móvil. Se ríe. Somos ladrones, aquí no nos dejan tener nada, mucho menos teléfono. Y al decirlo me pasa un móvil que suena en ese momento. Es Mariángeles. Le explico mi situación, dice que no entiende qué le quiero decir. Le digo que se olvide, que sólo le diga a Alberto que venga a buscarme. Uno de los ladrones me pide que lo ayude. Hay una cómoda en la celda. Dice que habrá uno de los cajones mientras vacía dentro una carretilla de tierra. ¡Acabo de tener un déjà vu!, le digo muy contenta.

sanchesky y orellas de carnaval

miércoles, 14 octubre 2020. Me despierto en que fue mi cuarto en casa de mis padres. Llega Purranki y, sin mediar palabra, se pone a ordenar la habitación. Dobla mi ropa con cuidado y la va colocando sobre una silla. ¿Recuerdas que te regalé una tele?, dice. No sé si quiere que se la devuelva o que le dé algo a cambio. Me arreglo deprisa y salgo de la casa. Es de noche. Detrás de mí bajan un montón de adolescentes en monopatín. Una chica me dice que no tenía que haber salido, que ya sé de sobra que de 10 a 12 la calle es para ellos. Por que tú lo digas, pienso. No os molesto, si fuera en coche o en moto..., le digo. Intento congraciarme con ella contándole que yo tenía un Sanchesky naranja (mentira, era de mi amigo Paco). Le recomiendo varias películas mientras llegamos a una furgoneta donde venden comida. Una Mirinda, pide. Varias chicas chinas buscan y van enseñando distintas bebidas. La Mirinda ya no existe, le digo. La chica se enfada muchísimo y desaparece. Se ha hecho de día, llego a calles que no conozco (con las que he soñado otras veces). He olvidado el móvil, no puedo a avisar a Alberto para decirle que me he perdido. Pienso que si cierro los ojos la intuición de mis pies me llevará a casa de mi abuela. Así es. Mi abuela está en la cocina preparando orellas de carnaval. La casa huele a bolitas de anís. En la entrada hay un teléfono góndola que nunca había visto. Intento llamar a casa de mis padres, pero me equivoco de número varias veces. Una de mis tías se pega a mí para cotillear. Acabó insultándola para que me deje en paz. El teléfono se ha desarmado. Decido irme. Busco mis gafas. Mi hermana, cuando nadie la ve, me dice que mi tía me las ha escondido, y señala el cajón de una mesita de noche. Mi tía al ver que las he encontrado se enfada muchísimo, más que la chica del monopatín. Pienso que Alberto debe de estar preocupado porque no he podido llamarlo en todo el día. Salgo a la calle, no sé volver a casa.

spa, sombrilla y columpios

martes, 13 octubre 2020. Subo por el Camino Nuevo hacia mi colegio, por la acera de enfrente. Las dos aceras están en obras y valladas. Han puesto un semáforo Cuando llego a la que era la casa del jardinero, veo que la han convertido en un spa. Eduardo está esperando su turno. Lleva un kimono hasta los pies y el pelo largo peinado de peluquería, como si fuera uno de los ángeles de Charlie de los años 70. Nos alegramos mucho de vernos, nos abrazamos. La chica dice que nos demos prisita porque puede perder su turno (dice prisita y a los dos nos sienta muy mal, como si hubiera sido el mayor de los insultos). Eduardo me cuenta cosas atropelladamente mientras mira el reloj que hay en la pared. Yo no sé lo que dice, sólo tengo ojos para su pelo.
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Al salir a la terraza veo que han construido un bloque justo al lado y han colocado una sombrilla enorme que da sombra a toda la calle. En la azotea han colocado mesas y sillas metálicas como las que había antiguamente en el kiosco del parque. Una pareja con muy mala pinta bebe Fanta. No comprendo cómo una sola barra puede sostener una sombrilla tan grande. Me fijo en que la han adosado a nuestra pared. Pienso que no la han sellado bien y cuando llueva nos entrará agua. En la acera de enfrente también han construido. En el último piso se agolpan tres filas de niños que miran hacia abajo. Aplauden y jalean. Las cornisas que tienen justo delante empiezan a caer. Los niños de la primera fila están a unos centímetros del vacío. Les grito desde casa, pero no me sale la voz.
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Caminamos por un camino de eucaliptos con Carmen y Enrique. De cada árbol cuelgan, alrededor del tronco, cuatro columpios muy rudimentarios (tablas cuadradas con cadenas). Casi todas las cadenas están rotas, y vueltas a unir con cuerda. Pienso que si nos sentamos se romperán. Sería mejor haber puesto jaulas, dice Enrique muy serio.

hueso ibérico y chorradas

domingo, 11 octubre 2020. Tenemos que irnos. En ese justo momento mi madre quiere enseñarme algo del frigorífico y en vez de esperar a que yo vaya, lo arranca y me lo trae. Empieza a salir gas. Pienso en cómo se enfadará mi padre. Nos vamos, antes de cerrar la puerta miro hacia atrás. Parece una casa abandonada.
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Parece un museo, Míchel y yo vamos mirando las vitrinas. Dice algo (no recuerdo qué) y nos partimos de la risa. Yo incluso caigo a suelo de tanto reírme.
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Mi madre está en la cama, pero la cama es la estantería de las bandejas de carne de un supermercado. Dice que no puede hacerle ningún encargo a la vecina porque si le pide hueso le trae zanahorias y le dice que el hueso no existe. Miro a su alrededor, hay bandejas con hueso, morcillas. Hay de todo, le digo, yo te lo traigo, ¿quieres hueso o hueso ibérico? Sí, y tocino de beta. Mi madre se pone muy contenta. Mi padre dice que buscó el número de Bosch en la guía y ya no atienden al teléfono, que seguramente sólo venden por internet. Está muy enfadado, señala un rincón del dormitorio. Lo ves, ya faltan tres cosas, el frigorífico, la tele y el teléfono. Dice que el teléfono se lo ha llevado mi hermana y que se pasa el día comprando a través de su número. Mira, dice y me da varios folios con lo que se supone son compras de mi hermana. Hay pedidos de comida, ropa y chorradas. Al lado de cada pedido, como si fuera un diario, la descripción de cómo estaba de ánimo (feliz, triste, aburrida, etc). Cuando está feliz pide ropa, cuando está triste comida. Le digo a mi padre que no entiendo qué quiere que haga, que hable él con mi hermana. Por lo bajo, le digo a mi hermana que cuando vaya a la psicóloga, e vez de contarle que le tiene fobia a las arañas, le diga que tiene un problema de comprar compulsivamente.

taxi caja y casa colmena

viernes, 9 octubre 2020. Estoy en la cola del supermercado. Se me cuela todo el mundo. No tengo prisa, pienso. Al llegar a la caja, es un taxi en el que todos están sentados a los lados, como si fuera una camioneta, pero muy apretados. Sobre todo hay ancianos. Uno de ellos me dice que vaya sacando lo que he comprado. Como no hay cinta, le enseño cada producto y él apunta el precio con un lápiz en un papel que ha sacado de su cartera. Zapatos de caballero 103 euros, dice en alto. Vuelvo a guardarlos. Así con todo. El taxi caja va a toda velocidad hacia el aeropuerto. Supongo que después dará la vuelta para dejarme en casa, pienso. De repente estoy en casa y Alberto se está probando los zapatos. Son muy cómodos, no me gustan, dice.
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Estoy en el balcón de una casa colmena. Veo otros balcones. En cada uno hay familias chinas tomando el fresco. Algunas tienen el suelo pintado de verde y otras de color ladrillo. Pienso que esos colores me dan mucha paz, que podría vivir en una de esas casas. La familia con la que estoy sonríe todo el tiempo, me ofrecen dulces, las niñas van vestidas con trajecitos de encajes y volantes. Entre ellas está Julia, la hija de Pepe Domínguez. Nos abrazamos, nos alegramos mucho de vernos. Le pregunto qué hace allí y dónde está su padre. Se lleva el índice a los labios para que no diga nada. Empiezo a sospechar que tanta sonrisa y tanto dulce no era normal, que la han secuestrado y maquino un plan para rescatarla.

famosos

miércoles, 7 octubre 2020. Llegamos a un restaurante. En la entrada hay una fuente enorme de ensalada. Pienso que es de adorno, pero Alberto se sirve un plato. También uno de alubias y un trozo enorme de tarta que no sé de dónde ha sacado. Al ver las caras atónitas de los camareros, les pregunto si es autoservicio. No es. Alberto ya está sentado en una mesa. Menudas raciones se ha puesto, me dice uno. Voy a sentarme con él. Hay unas vistas impresionantes de Madrid. Junto a la mesa hay unas estanterías llenas de libros. Entre ellos veo los poemas de Klee editados en tamaño cuentos de Calleja. Mientras Alberto come me levanto a mirar libros. Hay una circunferencia hecha de piedra. Para ver lo que hay dentro hay que escalarlo y saltar. Veo a Carmen Borrego intentándolo. Lleva un vestido muy ajustado y no puede. Tengo vértigo, dice. Yo paseo alegremente por el filo del muro. Dentro está Terelu, dice que quiere comprar un libro que se titula Guarra, pero no sabe el nombre de la autora. Da igual, me dice, sólo lo quiero para decirle a la dependienta: "Quiero ese libro, Guarra". Su propio chiste le parece tan divertido que se ríe a carcajadas. Veo llegar a Fernando Simón en un mini amarillo. Más que un mini parece un coche de juguete. Aparca delante del restaurante, abre la puerta del coche y pone un tenderete donde vende unos libritos sobre el coronavirus (parecen fotocopias dobladas a tamaño cuartilla con una grapa). Me acerco, le digo que debe de ser muy raro que lo quieran desconocidos, que hasta yo lo veo como de la familia. Dice que no es así, se queja de que lo convirtieran en un héroe y de repente en villano, y señala el coche como diciendo: Mira a lo que he llegado. Aparece marcos, me dice al oído que tenemos que ayudarlo comprándole algún librito.

hielo contemporáneo

domingo, 4 octubre 2020. Entro en lo que se supone es un museo de arte contemporáneo. Es enorme, sin paredes ni obras. La obra que se expone, se supone, es el suelo de hielo por el que me deslizo. Avanzo sin dificultad. Hay flechas bajo el hielo que se iluminan para indicar el camino. Alguien me sigue. Estoy completamente sola, pero sé que alguien me sigue.

acomodador

sábado, 3 octubre 2020. Mi padre quiere que haga la lista de la compra. Le digo que no hace falta, que de la última vez que se hizo quedó en la memoria de la página del supermercado. Se enfada muchísimo, comienza a dictarla en voz muy alta. Guiño a mi madre y hago como que la escribo en una revista.
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Estoy en la escena y, a la vez, la veo desde fuera: Zona superior de un teatro. Acaba de terminar una obra o una película. La sala de va vaciando. Uno de los acomodadores mira intensamente a una chica (la chica también soy yo; estoy con mi madre y con un chico que, se supone es mi novio). Al salir, mi madre cuenta que ha estado en un curso de cocina y ha aprendido a preparar de todas las maneras posibles las albóndigas según el canon catalán. Las nombra. Mi supuesto novio, se enfada, le corrige cada pronunciación. Ella saca una libreta y pide que se las deletree. El acomodador nos sigue. Al llegar a una calles estrechas, pierdo de vista a mi madre y a mi novio. Lo llamo a gritos. Temo que el acomodador lo haya matado. Intento buscar ayuda pero, parece, me vuelto invisible.

colegio

viernes, 2 octubre 2020. Se supone que soy profesora en el que fue mi colegio. Me veo andando por los pasillos. Llevo una ropa muy sosa, una falda gris recta hasta la rodilla y un jerseicito beige de cuello redondo. Entro en mi clase, pero ya hay una profesora. Veo al fondo a Jorge, Iker y Joan. Voy a sentarme con ellos sin llamar demasiado la atención. No hay asiento, me pongo de rodillas delante de mi mesa, pero no veo la pizarra. Joan me pasa un sobre acolchado lleno de regalos. Al abrirlo, varias cosas salen rodando: tubos de negativos y canicas.

cabeza celeste

miércoles, 30 septiembre 2020. No sé de dónde he sacado una cabeza celeste de peluche. Se me acerca un tipo. Le digo que el celeste le sienta de maravilla. Se la pone. Las personas con las que se cruza huyen pensando que es un monstruo. Eso me da la oportunidad de escapar (aunque en el sueño no consta de qué escapo). Me encuentro ante una chapa de cobre con forma de gran ola. Tomo carrerilla y logro agarrarme a la cresta. El tipo de antes hace lo mismo. Los dos allí colgados. Me cuenta que la diseñó él para un concurso de la tele, que no hay nada al otro lado, que no les gustó y se la rechazaron. Me dejo caer, me deslizo hasta el suelo. Me uno a varias familias que marchan a casa. Se van metiendo en sus coches (coches de época). Hay unos zapatos en la acera. Falta Juan, les digo. Todos empiezan a buscarlo.

profesor

martes, 29 septiembre 2020. Sonia lleva una carpeta enorme. Se supone que está aprendiendo a dibujar. Me habla de su profesor de dibujo y, por lo que me cuenta, se parece mucho a uno que tuve. Le digo que le pregunté si se acuerda de mí.

lasagna familiar

lunes, 28 septiembre 2020. Mi padre le dice a alguien (sin mirarme, aunque estoy entre los dos), que debería quedarme a dormir. Le digo que no va a hacerme chantaje emocional poniendo cara de pena. Cojo mis cosas para irme. Pienso en que seguramente ya no haya trenes. + Estoy preparando una lasagna y me doy cuenta de que no hay láminas de pasta. Intento hacerla usando fideos. Mi madre se ofrece a ayudar. Salgo un momento de la cocina. Cuando vuelvo, mi madre ha mezclado un montón de ingredientes sin ton ni son y los ha puesto en bolsas de plástico. Hay incluso granos de maíz que explotaran al meterlos en el horno. También una pasta azul que no sé lo que es. Le digo a mi hermana que me ayude, que vaya encendiendo el horno o no vamos a cenar nunca. Mientras, intento separar los granos de la pasta azul. Cuándo voy a meter la fuente en el horno veo que mi hermana ha recubierto todas las paredes con bolsas. ¿Pero no te das cuenta que el plástico se va a fundir y puede hasta arder?, le digo. Como no teníamos queso, he usado bolsas de plástico, dice.

taxi a ninguna parte

domingo, 27 septiembre 2020. Estamos en el asiento trasero del coche. Dos tipos (se supone que son mecánicos) van delante. Han aparcado en una parada de taxis. Se vuelven a charlar con nosotros. Pienso que no deberíamos estar ahí. En ese momento aparece un policía, le dice al del asiento del copiloto que nos va a multar. Él le explica que estamos esperando a que el coche arranque. Pues cierre la puerta, le dice.

semillas azules

sábado, 26 septiembre 2020. Preparamos una fiesta en casa de Juan Luis (no es su casa, pero ya he soñado varias veces con ella como si lo fuera). Mis padre están en una mesa grande con un tipo que se parece a Anguita, que les explica por qué es Troskista. Mi padre, para cambiar de tema, dice: ¿Eso que sonaba era Metálica? El falso Anguita se va. Mi madre explica el porqué le ha cogido asco a la tortilla de patatas. Salgo al jardín. Hay un montón de gente, parece que la fiesta es allí. Hay alguien sentado en una silla de jardín y todos se arremolinan a su alrededor para hacerse fotos con él. Es Perkins. ¡Has venido!, le digo y lo abrazo. Nos hacemos fotos con todos y el erizo César. También está Carmen con uno de sus vestidos de flores hasta los pies. Tengo que contarte un sueño, le digo. En ese momento se pone a llover arroz y semillas azules. ¡Este era el sueño!, le digo sorprendidísima. Hago un cartucho con un folio y lo lleno de semillas. Carmen las recoge en la falda de su vestido. Mi madre se asoma, dice que podremos hacer un potaje. Jamás comería algo azul, le digo. Y todos se ríen como si hubiera contado un chiste buenísimo. Una chica me da su vaso y me manda a por hielo. La casa es enorme y me pierdo por pasillos y habitaciones. Una chica me acompaña a una especie de garaje que hay fuera. Sale agua por debajo de la puerta. ¿Esto es normal?, pregunto. ¿Tú qué crees? ¡Corre!, dice. Corremos delante de un tsunami casero. Pienso que nos va a pillar, que sería mejor agarrarse a algo en vez de correr.

jarramplas en bañador

viernes, 25 septiembre 2020. Alberto no consigue encontrar Radio Clásica en un ratio-casete muy antiguo. Le sintonizo todas las emisoras. Llaman a la puerta (es la casa de mis padres). Abro y veo a Luciano agachado. Quería darte una sorpresa y que no vieras a nadie por la mirilla, dice. Nos reímos. Hace mucho que no nos vemos, le doy un beso. Dame uno más grande, dice. Estamos los dos agachados y al darle el segundo cae de culo. Nos reímos. Me cuenta que ahora es vegetariano y se inyecta la carne. Supongo que quiere decir que se inyecta vitamina B. Le digo que yo como la mínima carne posible, pero que la vitamina B es necesaria. Aparece Pepe. Justo esta mañana estuve viendo las fotos de Cáceres y Londres (viajes que hicimos juntos). Entro a avisar a Alberto (está en la cama con los auriculares puestos). Cuando le digo que Luciano y Pepe están en el descansillo, se pone el bañador y una bolsa de papel cubriendo la cabeza. Si quieres asustarlos de verdad, ponte la cabeza de Jarramplas, le digo.

tiempo

martes, 22 septiembre 2020. Carmen mis la hora en una cajetilla de cigarros. Por cuántos quedan sabe la hora que es. Aunque no se los fume, cada vez que la abre, quedan menos.

tejados y tiza

lunes, 21 septiembre 2020. Grupo de poetas, parece. Azotea. Tabla que hace de mesa. Por hablar de algo, les digo a tres de ellas que tienen mucho en común: las tres han perdido a sus padres y hermanos. Una se enfada muchísimo y desaparece escaleras abajo. Me subo al tejado (los tejados están mal colocados, como si fuesen rocas) para darle una voz y que vuelva. Alguien me dice que Biguri ha convencido a Masip de que venga a leer. Me alegro un montón, pero para mis adentros pienso que Masip no leerá.
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Mi madre dice que se ha dejado algo en la casa de la vecina. Empujo la puerta y entramos. En la habitación del fondo hay una mesa de costura. Ayudo a mi madre a limpiar de tiza una cinturilla de pantalón que ha cosido. Ha quedado estupenda, dice muy contenta. Llaman a la puerta, veo a mi padre a través de la mirilla. Dice que mi madre ha desaparecido. Mi madre me hace señas para que no le diga que está conmigo.

viaje aplazado y libro muy feo

domingo, 20 septiembre 2020. Se supone que me iba a Madrid, pero mi abuela llama para decir que se va a Madrid a recoger a mi tía Encarna porque sospecha que está enferma. Mientras me habla, pienso que no debería ir sola. Le digo que mi madre irá con ella y yo me quedaré esos días con mi padre. No le digo que tendré que anular mi viaje.
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Enrique quiere que le les el último capítulo de un libro. El libro es muy feo, no tiene solapas, está impreso en papel satinado. Estamos sentados en unos escalones. Comienzo a leer en alto. Me río de lo malo que es el libro. Miro la portada. Es mío.

ojos verdes

sábado, 19 septiembre 2020. Mesa vacía y descompuesta de lo que parece una celebración. Solo quedamos Alberto, Javi y yo. Le digo a Javi que nunca me había fijado en que tenía los ojos verdes. Me mira muy fijo desde muy cerca. Nunca los he tenido verdes, dice.

flúor

miércoles, 16 septiembre 2020. Un tipo (se supone que es dentista, pero no lo parece) me dice que me cepille los dientes con polvos translúcidos Chanel. Le digo que no creo que funcione. Me insiste con un gesto. Me cepillo. De los dientes se desprende una telilla transparente que deja ver unas manchas amarillas. Vale, no ha funcionado, ahora tienes pecas en los dientes, dice. Prueba con la palabra Flúor. Me da un trozo de cartón de una caja de dentífrico donde pone Flúor. Intento deshacer el cartón en la boca. Paso, le digo. Voy al cuarto de baño. Hay alguien duchándose. Llamo. Es mi prima Elisa. Pasa, dice. ¿Dónde está el neceser de mi hermana? Ahí, dice pero no veo nada porque hay un vapor muy denso. Lo encuentro a tientas. Cojo su pasta de dientes blanqueante. Creo que esto lo arreglará todo, le digo.

quesitos

domingo, 13 septiembre 2020. Entro en la que era la cocina de mi abuela. Sobre la mesa hay una caja redonda de quesitos en porciones con un dibujo de unos niños comiendo queso. Pregunto si puedo comerme uno. Mi hermana dice que no, que son de su novio holandés. Mi abuela está sentada abanicándose. Me extraña que esté vestida de negro no parece ella. Este año nada de ir a Alhaurín, tenéis que venir a verme a Oslo. Mi madre y yo le decimos exagerando los gestos, para chincharla: ¡Nos encanta Alhaurín! De repente caminamos por la calle. De frente viene Scarlett Johansson con dos actores. Le han maquillado la cara de marrón oscuro. Mi abuela pregunta qué le pasa. En su próxima película hace un papel de gitana. A mi abuela le da un ataque de risa. Ya no saben que inventar, dice.

sudadera

sábado, 12 septiembre 2020. Estoy en lo que parece una librería. Pregunto a una chica si tiene algún libro de filosofía. Me da un caleidoscopio tamaño linterna por el que no se ve nada, solo unos rombos en blanco y negro. La tienda se convierte en un portal. Hay dos chicos. Uno se parece a Eduardo Laporte. Les cuento que durante el confinamiento estuve entrenando con él saques de tenis en el salón de la casa de mis padres y casi rompemos las lámparas. De repente me doy cuenta de la ropa que llevo: una sudadera gris que me llega hasta los pies. Salimos a la calle. Miramos hacia atrás. Elena Matamala va haciendo tonterías. Los chicos miran a Elena con condescendencia. Les digo que no se fíen de las apariencias, que cuando necesiten una abogada Elena es la mejor.

el episodio del taxista

martes, 8 septiembre 2020. Las calles del centro son como antes: no peatonales con las aceras estrechas. Las aceras están mojadas. Caminamos en fila. La señora que va delante mí intenta esquivar las baldosas sueltas para no salpicarse. Yo llevo las sandalias planas rojas y temo mojarme los pies. Llego a una parte de la ciudad que no conozco (y que suele salir en los sueños). Se ha hecho de noche de repente y las calles no están iluminadas. Un taxista me pregunta si me lleva. Avanzamos tan solo unos metros. La calle está cortada por obras. Le digo que no dé la vuelta, que en cinco minutos andando llegaré a casa. Son 200 pesetas, dice. Me extraña que hable de pesetas pero no le digo nada. También me extraña que en mi bolso, en vez de monedero, llevé una bolsa de plástico con cierre hermético con un billete de 500 pesetas. Se lo doy. Dice que no tiene cambio, que no me va a cobrar nada. ¿Esto es un taxi o una ONG?, pregunto. Se ríe. Dice que su novia está harta de que no cobre a los clientes, que en casa no tienen ni para comprar electrodomésticos. Mi único electrodoméstico es una paella para hacer el arroz, dice y nos reímos. Le cuento que lo primero que compré cuando iba a casarme fue una olla a presión. Me pregunta cómo funciona. Se lo explico, poniéndole de ejemplo cómo se hace un estofado. Dice que no le interesa un aparato así. Me hace gracia que le llame aparato. De repente estoy en una habitación decimonónica con muebles muy oscuros de tantas capas de barniz. Luciano está sentado en un sofá viendo una tele en blanco y negro. ¿Nos vamos?, esta habitación me da mal rollo, le digo. Luciano dice que quiere quedarse para ver cómo acaba el episodio del taxista. Miro la tele: somos el taxista y yo.

la prisa no es buena

viernes, 4 septiembre 2020. Alberto y yo vamos con prisa. Al dar vuelta a una esquina, se hace de noche de repente. Aparece una especie de presa. Alberto gira hacia la izquierda y cae al agua. Pienso (en el propio sueño) que no tengo de qué preocuparme porque como es un sueño me despertaré. No me despierto. Me asomo, a pesar de que el agua queda muy lejos del borde, se nota que es muy profunda. Dudo si lanzarme a por él o buscar ayuda. Como no debe de ver nada por la oscuridad, le digo que ande hacia su derecha, donde hay una plataforma de cemento, y que se quite la ropa para no enfriarse. Mientras, corro a por ayuda. Intento decirle a varias personas lo que ha pasado pero me salen otras palabras. Intento llamar por teléfono pero cada persona me dice un número diferente. Discuten entre ellos si es mejor el 112 o el 091. Finalmente decido tirarme yo al agua. Cuando lo hago, como si la superficie estuviera cubierta por una cama elástica, me rebota hacia arriba más de 100 metros. Desde esa altura veo a Alberto envuelto en una toalla naranja y pienso que está a salvo y, además, como es un sueño no puede pasarnos nada malo, así que me dispongo a disfrutar mi momento "vuelo". Eso lo pienso mientras voy subiendo, cuando empiezo a caer a toda velocidad, pienso que si no es un sueño voy a darme un buen golpe.

proteo

miércoles, 2 septiembre 2020. Se supone que hemos ido al cine, cada uno a una película, la mía ha terminado antes y me he vuelto a casa. Alberto me llama, dice que ya ha salido, se ha ido a la librería Proteo y ha hecho algo muy loco. Nos vemos en la puerta de Proteo, dice. Le digo que voy a acostar a los sobrinos (son pequeños en el sueño) y voy para allá. Mientras acuesto a Diego oigo ruidos. La casa está a oscuras. Al abrir la puerta del baño veo a mi suegra desnuda, afeitando el grifo del lavabo. Su piel parece de cuero (no me extraña porque murió hace tiempo; tampoco me extraña que esté allí). ¿Qué haces? Está todo muy sucio, responde sin mirarme. Le digo que no se preocupe, que ya lo limpiaré yo mañana y que se vuelva a la cama. ¿Por qué tendrías que limpiar tú mi casa?, dice muy ofendida. No le digo que ahora su casa es mi casa. En ese momento llega a mi sobrina Elena (es un bebé con pijama de ositos) y nos dice que dejemos de hacer ruido, que no puede dormir. Visto el panorama, intento llamar a Alberto para decirle que no podré ir a Proteo, pero no me su número.

arroz de saltamontes

miércoles, 26 agosto 2020. Entro con dos personas más en el ascensor de la casa de mis padres. Bajamos hasta el garaje. Un tipo abre desde fuera la puerta, nos encañona con una pistola y nos dice que salgamos. Están desguazando un coche. El cabecilla, se supone, dice que le dé mi teléfono. Te vas a a reír, le digo. Escondo el "normal" y le ofrezco un Alcatel de los antiguos. Desconfía. Le digo que es justo el que necesita porque no tiene GPS. Es el que usan los narcotraficantes, le digo poniendo cierto entusiasmo en mis palabras. Se pone tan contento que anuncia a sus compinches que va a casarse conmigo.
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Mis amigos están acampados en una playa. Para llegar debo bajar un pared completamente vertical de unos 15 metros. Me dejo caer. Voy cayendo en vertical muy lentamente. Al pisar la arena apenas se me hunden los pies unos centímetros. Entre donde estoy y la zona de baño debo atravesar una charca rodeada de gusanos de 20 centímetros. Intento cruzarla por los bordes sin aplastar ninguno. Cuando llego, mis amigos están recogiendo para marcharse.
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Mi familia está sentada en el suelo al rededor de una mesa muy baja, dispuestos a comer. Les voy sirviendo platos. Son platos exóticos, están avisados, pero no e han creído. Por ejemplo, la tarta que parece de fresas está hecha con coágulo de sangre. Y el arroz con saltamontes. Todo está muy bueno, dicen. Les repito que es comida exótica. Se ríen. Mi padre dice que está tan contento que va a volver a pintar.
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Me hacen fotos para la revista Hola con un tenista porque han descubierto que somos medio hermanos.
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Sigo a una chica disfrazada de árbol hasta los servicios de una especie de instituto con las paredes forradas de madera. Quiere saber de qué habla su novio con sus amigos, quiere saber si se drogan. Espera junto a la puerta. Yo espero a unos metros sólo por saber qué va a pasar. Después de un rato dice que los chicos se cubren entre ellos, no como las mujeres. Esto se lo cuenta a otra chica que le lava el pelo (está boca abajo, como si hiciera el pino sin manos). Salgo del edificio. Tres chicos llevan una lámpara que emite un círculo de luz plana. Intentan atacarme. Le grito a la cara ¡Noooooooooooo!, y empiezo a correr por las calles. No hay nadie. Me persiguen unos metros y me toman por loca. Llego a una zona de bares. Mis amigos están en una terraza a punto de comer. Les cuento que he descubierto que si gritas y corres como una loca te dejan en paz. No me hacen caso, hablan de un anuncio de leche condensada que, parece, les ha entusiasmado. La hija de uno de ellos lleva ropa de invierno y botas del mismo color que la piel: marrón. Les pregunto si se han dado cuenta de que la niña se ha torrado al sol. Ni caso.

jamones de verdad y pluma de mentira

martes, 25 agosto 2020. Gonper nos ha regalado un cerdo inflable azul enorme. El cerdo lleva una palabra (no la recuerdo) pintada en el culo. Gonper me ofrece un cuchillo. Temo que el cerdo explote pero, al clavárselo, saco con facilidad dos jamones (de verdad, no de plástico) enormes.
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Carmen y Enrique discuten (muy educadamente) por una pluma que ella le ha regalado a él. Él le reprocha que no tiene punta de oro. Ella le da una explicación. Él insiste en que no puede escribir sin punta y que además no es una pluma de tinta sino de aceite. Para demostrarlo, la pone sobre un trozo de tela y una mancha amarillenta comienza a expandirse.