montacargas, vagón cafetería y calcetín perdido

domingo, 3 mayo 2020. Creo que voy por los pasillos (estrechos y oscuros) de un hospital. Quiero salir cuanto antes. Entro en una especie de montacargas donde los pulsadores son unas pestañas metálicas con letras que no me dicen nada. Le doy a una de ellas y aparezco en una tienda de telas (donde ya he estado en otros sueños). Ni siquiera me bajo. Pulso otra pestaña y veo que se ha colado un chico. No digas nada, me dice. Ahora las paredes son transparentes y todo el mundo puede vernos. Golpean la puerta para que abramos. El chico se acerca a mí para que lo proteja. El montacargas se pone en posición horizontal y caemos a un extremo. Desde el otro nos fumigan con un gas que nos adormece. (Me despierto tosiendo).
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Estoy en lo que parece el vagón cafetería de un tren. Mi hermana es una niña de cuatro años y está sobre un taburete. Yo hablo con Oeste de horario tan apretado que nos espera cuando lleguemos. Mi hermana comienza a desinflarse como si fuera un globo, hasta que queda arrugada en el suelo. Aguanta, le digo, sigue respirando que ya mismo llegamos.
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He ido a casa de oeste a cuidar de sus hijos (en el sueño tiene hijo e hija, no dos hijas como en la realidad). También tiene un perro enorme que se nos echa encima cada vez que intentamos ordenar la casa. La casa es una especie de cabaña enorme de madera donde todo gira alrededor de la cocina. Los niños quieren jugar a disfrazarse y van sacando un montón de ropa que tengo que ir recogiendo y doblando para cuando llegue su madre esté todo en orden. En el centro de la cocina hay una cama elástica que lo hace todo más difícil. Oeste y yo nos sentamos a descansar un momento, agotados, sobre un montón de ropa con forma de sofá. Me doy cuenta de que he perdido un calcetín. ¡Hay que encontrarlo antes de la media noche!, le digo, y volvemos al trabajo.

minibús a ninguna parte

sábado, 2 mayo 2020. Llego al antiguo edificio de telefónica en el lateral de la catedral donde antes se cogía el autobús. Los asientos están oxidados. Después de un buen rato sin llegar a movernos, el conductor dice que hemos llegado. Todos salen dócilmente. Los sigo. Montan en una furgoneta blanca que me recuerda al minibús del colegio. Una monja en el asiento del conductor nos dice que paguemos con tarjeta y que dejemos sitio en el centro porque tiene que recoger a un niño que vendrá con su cama y a todo sexto curso. Los asientos están puestos alrededor, con los respaldos pegados a las ventanillas. Me siento y espero más por curiosidad que porque crea que me llevará a algún sitio.
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Entro en el cuarto de baño de la casa de mis padres y veo que el nivel del agua del váter comienza a subir. Llamo a mi hermana para que me traiga una fregona. El agua, tal como de desborda, desaparece. El váter se convierte en una fuente cuadrada en mitad del un patio de una iglesia. Sigo limpiándola. Por donde paso la fregona, el mármol negro se transforma en blanco resplandeciente. Unos tipos me miran trabajar, dicen que le pase la fregona también a las columnas. Las columnas son unas torres de madera que adornan un retablo que la fuente tiene a modo de cabecero. Una de las torres se desprende, hago malabares con la fregona para que no caiga al suelo y se rompa. ¿Habéis visto lo que he hecho?, les digo satisfecha. Pero ellos ya están a otra cosa, fumando en un rincón del patio, sin hacerme caso. Cuando vuelvo a mirar la fuente se ha convertido en una cama.

lógica de plástico

viernes, 1 mayo 2020. Mi tía Encarna (tiene 89 años) conduce muy rápido hacia el aeropuerto. Quiero preguntarle cuándo se ha sacado el carnet, pero no le digo nada para no distraerla. Cuando por fin llegamos, el aeropuerto es la piscina de un hotel. Pienso que no nos dejarán entrar. Déjame a mí, dice mi tía, y saca del bolsillo unos muñecos de plástico con juguetes diminutos de playa (cubo, palas, cernidores). Venimos con niños, dice muy segura, y nos dejan pasar. Los muñecos, al ver la piscina (que está acordonada con cinta blanca y roja), cobran vida y escapan al agua. Temo que se ahoguen. No entres en su lógica, dice mi tía tumbada felizmente en una hamaca, ¿no ves que son de plástico?
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Bajamos directamente de un avión al un hall muy parecido al del Museo del Louvre. Me pongo en una cola (no sé para qué es) mientras Alberto baja con una maleta muy pesada. Veo desde lejos que se la deja a una chica con dos niños, y desaparece. Veo cómo la chica, cansada de esperar, se va con la maleta. Cuando vuelve le regaño. ¡Cómo se te ocurre dejar mi maleta a una desconocida! No te preocupes, será muy fácil dar con ella. Caminamos por calles muy anchas completamente vacías. No la vamos a encontrar porque no recuerdo su cara, dice Alberto. De repente, una chica sale de un portal con sus dos niños. Lleva el mismo vestido que la chica del museo-aeropuerto. ¡Es ella!, digo. Nos acercamos despacio como si no quisiéramos asustarla. La chica no sabe de qué maleta le hablamos.
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Se supone que mi padre y yo acabamos de ver una película, y la canción de los títulos de créditos era Hear Somebody Whistle. Empezamos a ver otra, que comienza con el mismo tema. Mi padre y yo nos miramos. Están abusando demasiado ya de este temita, decimos a la vez. (Creo que es la primera vez que oigo claramente música en un sueño.)

curva amarilla

miércoles, 29 abril 2020. Dibujo un sistema de coordenadas en una pizarra tipo velleda. Después trazo una curva amarilla ascendente hasta el número 100. La miró satisfecha. Se supone que es la curva de la vida de Pablo y todos los años que le quedan por vivir.

pelo de regaliz

martes, 28 abril 2020. Entro en el cuarto de baño de la casa de mis padres. Veo en el espejo que tengo el pelo muy largo, pero en realidad no es pelo, parecen cables negros del grosor de un dedo, o regaliz blando.

síndrome del batallón

domingo 26 abril 2020. Hay varios bares y en todos hay poetas muy jóvenes a punto de comenzar una lectura. La calle es estrecha y desde un bar se puede ver y oír a los poetas de enfrente. Comienzan a leer, me aburro, veo a Elena entrar al bar de enfrente con un chico muy joven. Cruzo para saludarla. Le dice al chico que subamos a su casa. El chico vive en el último piso del edificio donde yo vivía hace diez años, pero la distribución de las habitaciones es diferente. Elena manda al chico a su cuarto, lo trata como si fuera su madre, pienso. No recuerdo de qué hablamos. Alguien hace señas desde la calle para que le abra el portal. Recuerdo que quedé en ir a comer a casa de mis padres. Me despido de Elena, el chico sale de su cuarto, le doy dos besos. Me llamo Isabel encantada de conocerte. El chico no comprende. No nos habían presentado, le digo. En el portal hay un batallón con uniformes de gala. Me abro paso, corro para llegar a tiempo a casa de mis padres. Mi madre abre la puerta malhumorada. Me han dicho que prefieres pasar el tiempo con soldados que con nosotros. Si es así tienes un problema muy grande, me he informado y se llama "Síndrome del batallón", deberías ir al psicólogo, me dice en el descansillo, sin dejarme siquiera entrar en casa.

fogonazos

sábado, 25 abril 2020. Camino con mi sobrino Darío. Es tan alto como yo. Me cuenta que su padre le pega. No le digo nada porque pienso que se solucionará cuando tenga la altura de su padre.
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Estoy con Iker y Joan en un hotel. Cada uno se su habitación, deshaciendo las maletas. Hablamos a través de la pared, como si en realidad no quisiéramos vernos.

peña el gato

jueves, 23 mayo 2020. Tengo que hacer la maleta y no encuentro mi ropa porque alguien la ha desordenado (como es habitual en mis sueños). Se supone que llegué con una maleta pequeña y ahora me falta espacio. Decido no llevarme nada. Espero al autobús en una especie de cueva/bar. Unos chicos preguntan por mi camiseta (amarilla con la cabeza de un burro, donde debajo pone "Peña el gato, San Marcos 2004"). Les cuento que inventamos una peña para ir a las fiestas de San Marcos. Les hace tanta gracia que no quieren que me vaya, quieren que un amigo la vea. Llaman a la puerta de una cueva más pequeña que hay en la propia cueva porque su amigo está dentro, durmiendo. Mientras, les explico que la blusa que llevo sobre la camiseta era de mi abuela y que tuve que hacerle unos ojales de más para poder ponérmela. Les explico cómo se hacen los ojales. Me escuchan extasiados.
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Sala de ordenadores. Llevo una vía en el brazo. Van a instalarme un programa para morir sin dolor, desapareciendo como si me esfumara en el aire. Unas chicas tratan de impedirlo a toda costa. Veo cómo se esconden bajo la mesa para cazarme. Cojo un armario para protegerme y camino hacia el ascensor. Al llegar a la calle es carnaval. Hay puestos vendiendo disfraces. Cojo del suelo un trozo grande de plástico blanco y me cubro con él como si fuera un fantasma. Una chica que lleva una cámara me dice que necesitaré algo más para mi disfraz (no sabe que sólo estoy escondiéndome). Le pregunto si puedo acompañarla a hacer fotos. Claro, serás mi iluminadora personal, responde.
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Mi madre cuenta que su médico era muy malo. No entiendo nada. Siempre dijo que no había tenido un médico mejor. No le digo nada, estoy distraída. Mientras oigo su voz de fondo no puedo apartar la vista de uno de esos artilugios que ponen en los bancos para que nos roben los bolígrafos que hay tirado en la acera, entre hojas secas.

sèvres

martes, 21 abril 2020. Manuel le hace fotos a una chica sobre una tarima forrada de tela color burdeos. La chica va contando cosas, dice que es su novia, pone poses provocativas. Le pregunto a Sonia si a ella también le hizo fotos en la tarima. Sí, pero yo no hice el tonto, responde. Nos miramos como diciendo: Qué pena. Después, la chica reparte regalos. A mí me da una libreta (en realidad es un tomo Dumbo de los 70 encuadernado en gusanillo). Es la tercera libreta que me regalan hoy, le digo contentísima. Mi hermana le sirve a Manuel un café en una taza antigua de mi madre que. Al levantarla se rompe en varios pedazos. ¿La has metido en el microondas? No dice nada. Le cuento a Manuel cuando un amigo rompió unas tazas de mi suegra y esta le dijo con ironía: No te preocupes, sólo eran de Sèvres.
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Llego a casa de mi prima Elisa y los niños me llevan de la mano hasta el patio (se ha convertido en un enorme descampado). Hay un tobogán, cunitas y dos columpios. Las cunitas arrastran y no se pueden usar, los columpios están mojados. Hay charcos de barro por todas partes. Les digo que sería mejor jugar dentro de casa. Mi sobrina Nadia escapa y cae por un agujero que hay en la acera. Le pregunto a gritos si está bien. Aguanta, ya bajo a por ti, le digo. Veo que de un salto se encarama a unas flores enormes de plástico que hay en el agujero y se queda dormida.
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Estoy cosiendo. Oeste llega con sus hijas y bailan. A cada movimiento su ropa se agranda hasta tal punto que el cuello de la camiseta le atrapa los brazos. Le ayudo a ponérsela en su sitio. Me cuesta mucho trabajo porque no deja de bailar.

aplausos

sábado, 18 abril 2020. La casa de mis padres está completamente desordenada, como si hubiera pasado un tornado. Hay ropa por el suelo, cajas de cartón vacías, platos sucios y hasta trozos de madera como si alguien hubiera estado haciendo bricolage. Oigo que aplauden desde las terrazas. Mamá, ya es la hora, le digo. Como he estado ordenando estoy despeinada. Busco un peine, no hay. Mi padre dice que mi hermana se los ha llevado todos, y me da un cepillo de los que usaba para cepillar sus chaquetas. Veo en el espejo que tengo el pelo teñido de celeste y que me cuelgan estrellitas de purpurina. Cuando llego a la terraza veo a los vecinos muy bien vestidos, familias enteras ordenadas por tamaño (como los Hermanos Dalton). Cuando me ven dejan de aplaudir y desaparecen.

mascarilla

viernes, 17 abril 2020. Estoy en el súper y busco unas alpargatas para el verano. En la parafarmacia hay mascarillas de tamaño descomunal hechas con camisetas viejas y toallas. No creo que sirvan para nada, pienso. En ese momento un hombre grande y gordo me empuja, las coge todas y las echa a su carrito.

tobogán

jueves, 16 abril 2020. Sr. Chinarro y yo miramos por una trampilla a unas chicas que trabajan de camareras. Van en bragas. Mira, es Scarlett Johansson, dice asombrado. Caminamos con cuidado por una pista de hielo que lleva a un parque infantil. Él, en todo momento, hace lo posible para que yo no me caiga. En el parque se tira por un tobogán pero se queda atrapado. Intento sacarlo tirándole de los pies. Nos despedimos junto a una gasolinera, donde lo espera una chica con un cochecito de bebé rojo.

gatos chatos

miércoles, 15 abril 2020. En un muro de la calle han colocado unas estanterías. En las estanterías hay lagartos. De repente se transforman en gatos chatos y perros lanudos. Me miran con ojitos de pena. No estoy segura de si son de verdad o peluches que alguien ha abandonado.

obras de arte

martes, 14 abril 2020. Estamos en un parque con las sobrinas. Hay un concierto y una exposición de objetos de cerámica muy feos. Mi sobrina los pasea entre ellos, pienso que romperá alguno sin querer, pero no le digo nada porque siempre me llaman negativa. Efectivamente, al darse la vuelta, empuja uno sin querer y se hace pedazos. Alberto va a hablar con el artista. Le da un folleto donde dice que si paga el seguro antes de las 21h, no tendrá que pagar la obra de arte. ¿Obra de arte?, era un rectángulo de barro cocido, protesto. El seguro hay que pagarlo en la catedral y son casi las 21h. Salgo corriendo pero, por un lado me pesan las piernas, y por otro cada vez que avanzo algo me encuentro en un barrio distinto. En un callejón, una pareja camina muy lentamente delante de mí. Hay vestidos extendidos en el suelo. Dudan si cogerlos. Les digo que se animen, acabarán en la basura, vamos, les digo. La chica coge un vestido de novia de encaje y se lo pone. Es una calle sin salida que da al dormitorio de un niño. La cuna también está llena de ropa de bebé muy cursi. Les digo que se la queden por si tienen hijos y me abro paso para salir por la ventana. Es un piso muy alto y demás tiene rejas. Veo que en el reloj de la catedral son las 21.05h. Ya que se me ha pasado la hora, les pregunto si puedo quedarme con un pañuelo de seda verde oscuro. Cuando salgo por fin de la habitación, al tomar el ascensor me veo reflejada en el espejo: soy muy bajita, muy gorda y llevo el pelo rapado y rubio platino. No entiendo que ha pasado, pero tengo que volver cuanto antes al parque. Le digo a Alberto que no he podido pagar el seguro y que la pieza costaba 280 euros y me responde que no pagará más de 20 por ella. En el parque han organizado un campeonato de hockey sobre hielo. Todos llevan unas camisetas (del mismo color que mi pañuelo de seda), con un escudo con una F. El organizador dice: "Y ahora vamos a dar las gracias a la persona que ha patrocinado este campeonato donando toda su ropa". Señala a Penélope Cruz, que en ese momento dice que de eso nada, que su ropa es suya, se quita una peluca idéntica a su propio pelo (que sigue teniendo debajo) y se va corriendo escaleras abajo, gritando que se arrepiente de haber sacado a sus hijos en los créditos de su última película. Nadie le hace caso y todos jalean al entrenador.

cuentas y huesos

miércoles, 8 abril 2020. Mientras hago la cama de mis padres, mi madre le habla a Juan y Medio de lo guapa y hacendosa que soy. ¿No me estará vendiendo?, pienso. Mi padre dice que he hecho la cama mal, que esa no es su almohada. Entre las sábanas hay cuentas de collar y huesos de aceituna. Por más que los quito, vuelve a aparecer.

hablar

domingo, 5 abril 2020. Estoy en la terraza de mis padres. Oeste está en la terraza de al lado. o podemos vernos. Hablamos a través la cristalera esmerilada y las macetas de mi madre.
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Habitación vacía y muy blanca. En el centro un sofá también blanco donde una mujer y su hijo hablan. Van vestidos de blanco, ella lleva corona. Estoy sentada en el suelo, les hago preguntas como si los entrevistara. Llegan dos hijas en patinete. Lleva unos monos muy ceñidos blancos. Las acompaña un séquito de guardaespaldas y perros con bozal.

de tapadillo

viernes, 3 abril 2020. Alberto y yo vamos por una calle tranquila a la que dan casitas con jardín. Pasan dos carteros en moto, vestidos como en aquella serie "Crónicas de un pueblo". Pienso que son policías camuflados. Me separo de Alberto dos metros para que crean que no vamos juntos. No llevamos guantes ni mascarilla y Alberto, además, no lleva camiseta. Sonia aparece detrás de un poste de luz (de aquellos antiguos, enormes de cemento), nos hace señas, dice que conoce una peluquería que abre de tapadillo. Entramos en una galería de comercios, todos están cerrados. La peluquería tiene la persiana metálica bajada hasta la mitad, pero dentro está oscuro y no se ve a nadie. Mejor nos vamos, les digo. Sonia dice que salgamos por un ventanuco donde escondió una cuerda por si llegaba el caso. ¿No es más fácil salir por donde hemos entrado? Alberto y Sonia deslizan una cuerda hacia la calle e intentan salir por el ventanuco, pero es demasiado pequeño. La escena parece de Buster Keaton. Yo los observo desde la acera, donde llevo ya un rato esperándolos.

cómics y furgo de campaña

miércoles, 1 abril 2020. Oeste y yo entramos en una biblioteca. En el mostrador de entrada tienen dos pilas de cómics para que la gente se los lleve. Nos llevamos un montón como si fuéramos niños.
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Camino con una niña que, se supone, es una poeta extraordinaria a pesar de su juventud. Llegamos a un aparcamiento improvisado. Nos despedimos. La niña se mete en una furgoneta. La furgoneta está hecha con un armazón de listones de madera sobre los que han colocado tela plastificada de mantel. Al subir la niña se desmorona como una tienda de campaña. La madre de la niña y sus amigas (que parecen venir de jugar al baloncesto), me pregunta que qué hacía con su hija. Le explico que su hija escribe y hemos estado... no me deja terminar y se lanza hacia a mí para pegarme. Sus amigas la detienen. Les digo que podemos acercarlas a su casa ya que se han quedado sin furgo. En ese momento, en segundo plano, veo que Alberto, cansado de esperar, se marcha en el coche. Corro tras él. Nada. La niñas, su madre, las amiga y yo nos quedamos en el aparcamiento sin saber qué hacer.

yo quería un sofá

martes, 31 marzo 2020. Entro al salón y Alberto ha unido los dos sillones (quitándoles un brazo a cada uno) para que parezcan un sofá. Está tan ilusionado con su invento, que no le digo nada.

en obras

domingo, 29 marzo 2020. Mi padre es joven y fuerte de nuevo y ha hecho obra en toda la casa. Ha tirado tabiques y distribuido en otro orden las habitaciones. Donde antes estaba el cuarto de baño, ahora hay una habitación para un bebé con estanterías llenas de juguetes. Las estanterías también las ha fabricado él. Ha cambiado los muebles de cocina por módulos que parecen jaulas. Está rara, parece una tienda de todo a cien, pero no digo nada, lo animo. En otra habitación ha puesto cuatro colchonetas en el suelo para durmamos mis primas, mi hermana y yo. Una de mis primas me cuenta que es muy desgraciada. Mientras, habla, me fijo en que tiene la piel completamente quemada por el sol. Cuando termina de hablar le digo: la única manera de llevarse bien es no siendo dramáticos.

el bar del perro

sábado, 28 marzo 2020. Espero a la entrada de un bar. Está hasta arriba. Mientras, le regaño a una niña (que se parece mucho a mi hermana), por estar todo el día pegada al móvil. Entramos. Las mesas están muy juntas. Cada dos minutos pasa un perro enrome entre el hueco que queda entra las mesas y se frota en las piernas de una pareja muy cursi. Aguanto la risa. Una señora muy mayor, igualita a Pauline Kael, se ríe a carcajadas. Nos llevaríamos bien, pienso.

raíces

lunes, 23 marzo 2020. Pasmos por delante de un caserón abandonado. En el jardín hay dos árboles, uno enorme y frondoso, y otro completamente seco con forma de garra. Le explico a una pareja de extranjeros y sus tres hijos que el seco no es un verdadero árbol, son las raíces del otro, que han salido de la tierra. La mujer quiere entrar. Alberto y ella se suben a la verja para colarse. Les digo que aunque esté abandonada, ahora hacen visitas guiadas y cobran una entrada. Si os pillan tendría que vivir con este (señalo al extranjero) y viste muy mal (lleva un pantalón de cuadros por la rodilla y un chaleco lleno de bolsillos).
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Al llegar a casa me encuentro a varios vecinos. Como no quieren subir juntos en el ascensor por culpa del virus, se apelotonan en el portal. Sólo Sandra, la vecina del segundo, lleva mascarilla.

entrada

sábado, 21 marzo 2020. He quedado con mis padres. Abro el armario y es una pequeña terraza acristalada. Saco la ropa y pongo dos cojines. Este será mi rincón, me digo feliz. A la entrada del cuarto de baño hay una chica que me entrega una llave (esto, en el sueño, me parece de lo más normal). Elige la que quieras. Parece que han convertido la casa en un hotel. Las habitaciones no están a lo largo de un pasillo sino en una especie de laberinto, como si hubieran aprovechado la distribución del piso.  Entro en una, la cama está deshecha y parece que hay alguien duchándose. Salgo con cuidado y se lo digo a la chica. Elige otra. Prefiero marcharme sin duchar. Me miro en un espejo y veo que llevo un vestido de punto plateado años 60. Bailo un poco para ver qué tal me queda. Me pongo un cinturón. Pruebo a ponerme otro igual sobre el pecho para que parezca que estoy plana. Oigo a mi madre que dice a lo lejos: ¡Te estamos esperando!
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Voy hacia un estadio de fútbol, parece que es un gran partido. Muchos padres con sus hijos y todos con sus bufandas, camisetas y hasta bubucelas. Llevo a un niño de la mano. Sólo tengo una entrada y un papelito medio roto que pone con mala letra "Entrada". El portero, que va vestido de sacerdote, me habla en inglés. Dice que el papelito debo canjearlo en taquilla. Cuando estoy a punto de marcharme oigo que se le escapa un deje andaluz. ¡Tú eres más andaluz que yo!, le digo. No se lo digas a nadie, por favor. Toma mi papelito y nos deja entrar.

mi vaso

jueves, 19 marzo 2020. Restaurante algo destartalado con mesas enormes donde tardan en servir. Los manteles llegan hasta el suelo o están mal colocados, pienso. Estoy sentada entre dos personas que no conozco. Pienso que mi asiento era más allá porque mi vaso está a unos metros. Alguien me lo pone delante. No bebo por si no era el mío. No comemos, sólo esperamos. La chica que salía en la película que vi anoche, La caótica vida de Nada Kadic, actúa para nosotros (mitad danza, mitad mimo). Después todos aplauden se levantan. Se reparten en los coches. Cuando voy a entrar en uno, la chica de la película se cuela. Todos se van. Espero junto a las mesas. Suena un teléfono. Me comunican que ha habido un accidente y los que iban en el coche que yo iba a coger han muerto.

cal

lunes, 16 marzo 2020. Alberto y yo nos hemos metido a investigar una residencia de ancianos. Pasamos por salas y pasillos casi como si fuéramos invisibles. Esto no es lo que enseñaban en la tele, dice Alberto. Yo le digo que no hable, que camine sin llamar la atención. Llegamos al final, pero la puerta está cerrada, temo que nos pillen. Hay una puerta de madera muy sucia, la empujo y llegamos a una sala enorme en obras con montones de cal, tierra y cemento. Levanto una tabla, pero detrás sólo hay un pequeño agujero por el que no quepo. Alguien desde fuera abre una puerta oculta que da a la calle. Es un guarda jurado regordete muy amable. ¿Podemos salir por aquí? Pasen, pasen, responde sonriente. Una vez a salvo en la calle me sacudo la cal de la ropa y le digo a Alberto que seguro que el vigilante era vasco, si no, nos hubiese denunciado.

una copa

domingo, 15 marzo 2020. Estoy en la barra en curva de un bar. Es un arco de madera muy pulida, me gusta el tacto, pongo las palmas de las manos abiertas para notarla mejor. Desde mi extremo, veo a Oeste que mira su copa. Una copa, pienso, no me lo esperaba. Yo tengo delante un vaso de Duralex enorme. Escribo algo en un trocito de cartón y se lo enseño disimuladamente, pero no me mira. Doy golpecitos sobre la barra para que mire hacia mí. Nada. Sólo veo cómo mira vibrar el líquido de su copa.

de tacones, maletas y toboganes

sábado, 14 marzo 2020. Estoy escribiendo en el ordenador. Llaman a la puerta. Sigo a lo mío. De repente se abre y entran varias chicas con shorts y tacones arrastrando sus maletas. Miran el piso calibrándolo. No está mal, dice una. ¿Y la terraza?, pregunta otra. Ya os podéis largar, les digo, me estáis rayando el parqué con tanto tacón y tanta maleta. Las empujo fuera, se quejan, dicen que han alquilado el piso para vacaciones.
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Un tipo me sigue por calle María. Calle María se va convirtiendo en una cuesta empinadísima que acaba en una especie de laberinto por el que lanzarse, tipo los toboganes de un parque acuático. Una señora que barre la puerta de su casa le dice al tipo que me deje en paz, que de dónde ha salido y cómo se llama. Le pone la escoba a modo de parapeto. Aprovecho para lanzarme por el laberinto-tobogán. Pero el tipo empuja a la señora y consigue lanzarse detrás de mí. Mientras bajo a toda velocidad me olvido del tipo y pienso en esa señora, y en que no me conoce de nada. Qué maravilla que todavía queden personas así, me digo. 

a oscuras

martes, 10 marzo 2020. Salgo de casa. El rellano está a oscuras. La vecina se ha dejado la puerta abierta. Puedo ver su casa a contraluz y como una de sus gatas viene hacia mí. Le acaricio la cabeza y el lomo. Me parece mucho más áspero que otras veces. Veo la silueta de la vecina en su puerta. ¡Deja en paz a mi abuelo!, grita.

público

domingo, 8 marzo 2020. Parece un bar. Estoy a la mesa con mi tía Paqui y mi tío Juan (que murieron). Llega mi sobrino Abel. Todo es muy blanco (paredes, mesa, luz) y estamos muy callados. Pienso que han "vuelto" por un rato para conocer a su nieto. Les cuento lo divertido e inteligente que es. Nadie nos sirve nada. Solo hablamos, todos con la misma postura: muy rectos con las palmas de las manos sobre el mantel de papel. Mi tía parece muy feliz.
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Oeste tiene que inaugurar un acto. Habla desde un salón. Yo estoy en el jardín. Han abierto un toldo que no me permite ver ni oír nada. Intento bajar, pero la escalera está llena de periodistas con enormes cámaras que me impiden el paso. Temo que se vaya y no poder saludarlo de lejos siquiera.
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Estoy en la casa de mis padres. Al correr la cortina veo que en todas las terrazas hay un montón de personas mirando hacia nuestra casa. Hay tanta gente que algunos están sentados en el suelo y les cuelgan las piernas. Pienso que alguien habrá colocado una pantalla en nuestra fachada y están viendo un partido, o algo así. Se les ve muy felices. Algunos llevan traje y corbata. En un momento determinado todos brindan con copas altas de champán. Y desaparecen. En las terrazas solo quedan camisas y corbatas amontonadas en el suelo.

psicosis

martes, 3 marzo 2020. Estoy esperando algo/alguien en la acera, apoyada en una barandilla de rayas roja y blanca. Una chica en patinete frena y me pregunta si ya ha sido la lectura. Sé que pregunta por mi lectura pero me da vergüenza decirle que soy yo. Le digo que se ha anulado porque todo está vacío, la sala, el centro comercial y las calles. Las dos miramos la calle como si fuera la primera vez que las vemos. Hay que irse, dice. Tira el patinete y corre. Corro tras ella. Un chico y un niño nos llaman desde un hueco en un muro. El hueco tiene forma de puerta pero no hay puerta. La imagen se ve desde arriba: es una habitación perfectamente cuadrada sin techo, con dos huecos sin puerta y el suelo de tierra. Tenemos que esperar, dice el chico. Tenemos que huir, dice la chica. Salimos por el otro hueco y llegamos a una habitación "blanda" donde sólo hay una salida: un agujero pequeño por donde no creo que quepamos. Todos salen porque el agujero también es blando. Temo que mis hombros no quepan, así que meto primero los pies. Consigo salir medio descoyuntándome. En la calle hay grupos en fila que rocían con esas manqueras finas y metálicas que se usan para fumigar. Volvamos atrás, les grito, conozco una peluquería donde nos dejarán escondernos.