miércoles, 21 enero 2026. Tenemos que cruzar un puente colgante. Las tablas no son travesaños, están puestas al hilo de la marcha. Faltan muchas, hay que ir con mucho cuidado. Al llegar al final no hay nada, solo una cueva. Aparece detrás de mí un niño en bicicleta. Le digo que tenga cuidado, que las ruedas pueden entrar en los huecos de las tablas que faltan. El niño retrocede y desaparece en un segundo. Noto que algo me sube por la pierna. Es una especie de iguana blanca. Me la quito como puedo, pero aparecen más. Aunque Alberto intenta quitármelas no da abasto. (Me despierto gritando).
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Llegan unos libros que supuestamente he pedido (no recuerdo haber pedido nada y menos esos libros enormes con aspecto de tomos de enciclopedia). Ni siquiera me suena el autor. Al abrir uno, aparecen dos monedas de diez céntimos. En otro un kopek y, lo que parece, un molde para hacer insignias soviéticas. Se lo doy a Alberto. Andrés está a su lado y no muestra ningún interés (me extraña). De repente voy con mi madre hacia Pasillo del matadero. En vez de bolso lleva un molde pero para hacer insignias fascistas. Si lo llego a saber no te lo doy, le digo. Mi madre se ríe. ¿Qué más da?, dice. A nuestra derecha hay un túnel con ventanas por donde vemos gente haciendo footing. Me fijo en dos chicas, una morena y una rubia platino. La rubia va detrás. De repente acelera y pasa a la morena. Se miran, la morena se alegra y se ríen. Qué suerte tienen, pienso.