recetas y tendedero

miércoles, 31 diciembre 2025. Abro la puerta del ascensor y está lleno (más de diez personas). Me dicen divertidos que entre, que no pasa nada. Les recuerdo que ya una vez se fue al foso. Tiran de mí, entro. De repente el ascensor es un autobús. Una señora extranjera me pregunta qué son los espetos. Sardinas asadas al fuego, le digo. Me enseña una foto de unas gambas. Le digo que la han engañado, le recomiendo un restaurante y que pida gazpachuelo. Otras señoras del bus quieren que les dé la receta. Apuntan en sus móviles lo que voy diciendo. Una de ellas dice que tengo que hacer un libro de recetas típicas malagueñas y venderlas en el autobús. Me fijo en que Alberto no está, se ha bajado en la anterior parada. Desde ,a ventanilla lo veo en una terraza tomándose una cerveza con Enrique y una chica. Abro la puerta del bus con las manos, me hago mucho daño, me bajo en marcha, caigo a la acera y no tengo piernas, tengo una de esas tablas con cuatro ruedas. Para avanzar cuesta arriba me empujo con las manos metidas en los puños del jersey. Dos moteros se me acercan. Pienso en sí llevo algo de valor en el bolso. Nada importante, pero me apenaria perder el bolso porque me lo regalo mi prima Elisa.
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Nos hemos mudado a un estudio (se parece a la que fue la casa de mi abuelo Manuel). Mi hermana vive con nosotros. Está en albornoz, en el sofá, enviando wasaps. Ha metido los platos sucios en el frigorífico, ha derramado la leche, todo está pringado (y eso que acabamos de llegar). Intento colgar la ropa recién lavada en un tendedero plegable que hay en la ventana que da al descansillo. Imposible. El tendedero acaba cayendo sobre unas chicas rusas que querían alquilar un piso. Al ver el panorama se miran y dicen: ¡De ninguna manera! La agente con su carpeta en la mano me mira con cara de odio.

macetas

martes, 30 diciembre 2025. Hay una fiesta en la plaza de la Merced. Todo está lleno de basura. Las papeleras están de adorno, pienso. Me cae agua de un piso. Una chica está regando las macetas y subo a protestar. No hay ascensor, es el último piso del edificio de la Casa Natal de Picasso. Cuando voy a quejarme, la chica que me abre se queja antes que yo del precio de la vivienda (es la actriz Cristina Castaño). ¿Ves este piso?, pues me ha costado doce mil euros, dice. El piso es un laberinto con algunas paredes cubiertas de chapas. Le digo que, a pesar de todo, es una ganga, y más en el centro de Málaga. Se pone muy contenta. ¿Cuántas habitaciones tiene?, pregunto. Tiene cuatro. Miro a mi alrededor, todo es estrecho y mal decorado. Pues con cuatro habitaciones podéis vivir tres. ¿Tres, tú crees? (se le ilumina la cara pensando en pareja e hijo/a). Sí, tú, un perro y un gato.

carroza

lunes, 29 diciembre 2025. Mi madre me enseña una foto de Grace Kelly recortada de una revista (la llevó en 1980 a la peluquería porque quería ese mismo peinado para la comunión de mi hermana). Péiname igual, me dice. Vamos en una carroza parecida a la de Cenicienta. La carroza está en marcha y es difícil peinarla.

coristas

domingo, 28 diciembre 2025. Un tipo le dice a Cristina que quiere que sea de su grupo (musical), pero para eso tendrá que mudarse a Getxo. Cristina no se lo piensa y se va con él. Le pregunto a una chica que anda por allí (y a la que no conozco de nada) si nos vamos con ella. Vale, dice. Corremos tras Cristina. ¡Llévanos aunque sea de coristas!, le grito.
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Busco en un gallinero mis antiguas cámaras de fotos, pero todas están sucias y rotas.

antenistas

viernes, 26 diciembre 2025. Antonio blanco está en la terraza de la casa de mis padres. Dice que he comprado mantecados y borrachuelos. Miro al suelo y hay dos sacos de veinte kilos. Le digo que son demasiados. Dice que es una ridiculez comprar una bandejita. De repente llaman a la puerta. Para llegar tengo que abrirme paso entre un montón de gente que no conozco. Me asomo por la mirilla. Veo a otro montón de gente, sobre todo chicas, vestidas de negro. En primera fila un hombre y dos mujeres con bata blanca. Mi madre insiste en que les abra, yo digo que no pienso abrir la puerta a alguien que no conozco. Hay cierto rifirrafe entre los que quieren que abra y los que no. Mi padre llama desde la cama y voy a atenderlo, con miedo a que abran la puerta. Oigo a mi madre abrir la puerta y gritar: ¡Solo son antenistas!

sombreros e hipopótamos

martes, 23 diciembre 2025. Voy por la calle con un grupo de poetas. Orihuela está muy joven, con el pelo muy negro. Me pregunto si habré viajado en el tiempo o se habrá teñido. De repente se nubla y empieza a llover. Saco de la mochila un montón de sombreros (algunos muy raros, como uno de Napoleón) y voy repartiendo. Una poeta muy mayor se me acerca para que le dé uno, pero solo me queda una bolsa de plástico. La cara de decepción de la señora me da mucha pena.
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Estamos con los sobrinos en una casa parecida a la que iba de niña en verano. Elena se queja de que su padre se ha metido con su cintura. Le digo que me lo explique mejor. El resumen es que no le gusta que vaya al colegio con el ombligo fuera. Le digo que es normal, que a ningún padre le gusta que miren a su hija. De repente estamos en un andén. Alberto les pregunta si se acuerdan de cuando los llevamos al cine a ver Fantasía. Elena empieza a tararear la música y yo salto a las vías a bailar imitando a los hipopótamos.
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Estoy en la cocina de casa con Camilo. Me cuenta sus desdichas. Pienso que sea como sea siempre me ha causado ternura, incluso pena. De repente se acerca y me mete el dedo en la boca. ¡Ya lo has estropeado todo!, le grito.
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Vamos en una especie de canoa por lo que parece un parque acuático. En el asiento de atrás un niño muy pequeño canta el Cara al sol. Me vuelvo. Es que somos muy de derechas, dice la madre (una morena muy guapa y muy maquillada). Ha dicho somos. Miro al niño, no tendrá más de tres años. Me parece muy bien, le digo y me vuelvo. Mira, ahí viene la atracción del Ministro de Cultura, dice. Le digo que yo pondría a un ministro de cada partido. Por ejemplo, nunca pondría a nadie de derechas como Ministro de Economía. De repente estamos en una cafetería muy cursi donde ponen té con pastas, y la chica ahora es un chico muy enérgico, como si se hubiera metido algo. No habla de política, habla de mujeres y de sus amigos, y de pasárselo bien. De repente se quita la chaqueta, la corbata y baila como un loco. Intentó encontrar Alberto pero se ha ido (supongo que harto). Salgo a buscarlo. Fuera hay una playa enorme con la arena muy blanca (parece cal). Cuando camino sobre ella debajo hay arena muy amarilla. Me da mucho asco, me estoy mareando y vuelvo a toda velocidad a la tetería. En la orilla hay una roca donde mi tía M hace que posa para una foto (fotógrafos no hay). Le digo que se agarre bien a la roca, como una lapa, porque las olas empezarán a romper en ella en un momento. La tetería ha cambiado. Ahora es una hamburguesería. Al fondo del pasillo está el mostrador desde donde llaman a los clientes para que vayan a recoger sus pedidos. Dicen mi nombre y apellido. para que no lo repitan corro hasta el mostrador (aunque no he pedido nada). Me dan un perrito caliente muy pequeño y un refresco del tamaño de un chupito.

dorayaki

domingo, 21 diciembre 2025. Voy en autobús. Momo (amigo del instituto al que no veo desde hace años) reparte entre los pasajeros tableros de ajedrez y bandejas. Algunos se quejan porque preferían lo contrario de lo que les ha tocado. A mi lado una pareja. Él me recuerda a alguien, me mira insistentemente, le pregunto si estaba en el instituto, dice que sí y se ríe. Le estrecho la cara y le digo que ahora sí lo reconozco, que era el delegado de clase. Dice, un poco azorado, que ha engordado mucho (en realidad se parece a mi profesor de estadística de la facultad). Por hablar de algo, le pregunto si todos los del autobús son amigos de Momo. Momo conoce a mucha gente, dice, a la única que no conoce es a mi novia. La novia me saluda, es japonesa y se está comiendo un dorayaki tamaño gigante. Antes de bajarnos su novia dice que necesita ir al servicio, pero no quiere ir al del autobús. Le digo que entre tranquilamente porque es muy amplio. Efectivamente es una habitación enorme, tiene hasta una mesa de comedor decorada con motivos navideños. Salimos y caminamos juntos. Pasamos junto a un hotel años 70. Una vez nos saludamos ahí, dice. Es un poco incómodo porque no sé de qué hablar con ellos.

entreplanta

sábado, 20 diciembre 2025. Estoy en lo que parece un restaurante japonés en una entreplanta. Me ponen un cuenco de gominolas de colores con forma de gusanos. ¿Sabéis que las gominolas están hechas con médula y piel de vaca?, digo muy sonriente para que no se sientan ofendidos. Se miran, miran el cuenco y nos lanzamos por un tobogán de madera que acaba en la calle. Miro a mi alrededor y no reconozco nada, no sé dónde estoy.

nísperos y cuatrillizos

viernes, 19 diciembre 2026. Acompaño a Cumpián, ha quedado para comer con su familia. Veo un árbol y le digo: ¡Mira que nísperos más grandes! Se ríe a carcajadas, son naranjas. Dice que los nísperos le gustan si se los dan ya preparados, que son un incordio a la hora de pelarlos porque la piel de las semillas deja la boca áspera. Llegamos a una tasca muy acogedora donde ha quedado con su familia. Ami dice que me quede, pero mis padres me están esperando. Uno de sus hermanos, al otro extremo de la mesa, la bendice. Cumpián pone mala cara. Le digo que son tantos hermanos que es normal que hayan salido tan dispares. Cuando llegó a casa de mis padres ya están esperándome para comer en la terraza. La terraza no tiene el cristal que la separa de la de los vecinos. Los vecinos ya están comiendo y no son otros que Cumpián y su familia. Ami pone una lona entre las dos terrazas. Para que tengáis intimidad, dice. Mientras mi familia come, le echo un vistazo a un libro que voy a regalarle a mi sobrino Abel. El libro de las maravillas. Es de segunda mano y hay anotaciones de su antiguo dueño. En la última página hay un sobre con llaveros, muñecos y pegatinas. Dudos si comprarle otro a mi sobrino Darío, aunque creo que ya es mayor libros así.
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Salgo de un coche que va hasta arriba de pasajeros. Le dijo Alberto que no se olvide de rellenarme la botella de agua para la excursión. Dice que tenga cuidado, que parece que va a llover. En ese momento se pone a llover, saco mi sombrero de agua de la mochila y me lo pongo. Por la calle todo el mundo me mira y yo me siento muy orgullosa de ser tan precavida. Llegó a una plaza que tiene un desnivel de unos diez metros. Dudo si saltar. Le pregunto a un grupo de chicas cómo se llega al otro lado. Dicen que hay que rodear la plaza a través de una galería, que dentro hay un hotel y cafeterías preciosas, que si quiero desayunar con ellas estoy invitada. Me encantaría, pero tengo que llegar pronto a casa de mis padres y cambiarme de ropa porque he quedado para ir El chorro con mis amigos. Al salir, veo una cafetería enorme con decoración años 20. Pienso que quizás sea la cafetería que me recomendó Perkins. Solo hay una chica tomando té con pastas. Sela ve relajada y feliz. En un rincón hay un camarero exquisitamente uniformado, pendiente por si ella necesitara algo. Siento cierta envidia porque sé que yo no sería capaz de estar sola en un sitio así, entreteniendo a un camarero solo para mí. Al salir de nuevo a la calle, ha dejado de llover. Pienso que no sé qué ropa me pondré para la excursión. Si me pongo vaqueros pareceré una aficionada y si me pongo ropa de senderista pasaré 
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Sonia hace las tareas de la casa. Me cuenta que está contentísima de haber tenido cuatrillizos, que así no tiene que quedarse embarazada de nuevo. Le digo que sí , que ha tenido mucha suerte. El primero un niño, la segunda una niña, el tercero gay y el cuarto lo que él/ella decida. Lo raro es que quien está en la cama, descansando del parto, es Míchel.

sin frenos, sin piernas

miércoles, 17 diciembre 2025. Llego a casa de mis padres. La puerta está entornada, le falta un trozo por arriba y está curva. No tengo que meter la llave, empujo suavemente y se abre. Está muy oscuro, ni siquiera se vé al fondo la luz que debería entrar por la terraza. Pienso que han entrado y vuelvo a cerrar. Llamo a la policía. Me disculpo, le digo que quizá sea una falsa alarma, pero una vez oí que si llegas a casa y la puerta está abierta, que no entres y llames al 061. Un chico me atiende educadamente. Dice que no puede hacer nada, que no hay suficientes policías y solo tienen un coche para toda la ciudad. Bajo a la calle, Alberto todavía está en el portal. Me pregunta qué pasa. No le digo nada porque sé que es capaz de subir, entrar en la casa y pelear con quien sea.
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Vamos en coche. Alberto para delante del estanco de calle Gordón para echar una quiniela. El semáforo se pone en verde y echa a andar. Yo voy en el asiento del copiloto. Deseo tener delante el volante y los pedales y sucede. Conduzco calle Cristo arriba, pero cuando quiero frenar se me han paralizado las piernas. Pienso que si subo por la carretera de los montes, al ser una cuesta, el coche acabará por detenerse solo. Un chico que baja en moto a toda velocidad choca conmigo. Como si fuera un globo, se aplasta un poco, vuelve a su forma original y sigue su camino.
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Salimos de la iglesia de la Victoria. Mi sobrina Elena va en silla de ruedas. Para bajar la escalera tenemos que llevarla a pulso. Pesa mucho, la gente nos mira con pena, como diciendo: esa chica tan joven y tan guapa... Cuando por fin llegamos abajo, mi sobrina se levanta y dice que está cansada de fingir. Lleva unos short vaqueros, estira piernas y se va. Pienso que tiene las piernas más bonitas y morenas que nunca.

iniciales

martes, 16 diciembre 2025. Alguien habla de que ya nadie come con cubiertos de plata. Le digo que yo uso todos los días una cucharilla y un tenedor de plata en el desayuno. Me dice que los habré robado, que no serán míos. Llevan mis iniciales grabadas, le digo, los tengo desde que nací.

régimen de estrés

domingo, 14 diciembre 2025. Entro en un comedor de lo que parece una residencia de estudiantes. Miro a mi alrededor, pero no conozco a nadie. Al fondo hay una especia de mercadillo. Entre lo que venden, una escena móvil (del tamaño de una caja de cerillas) donde una muñeca adosada a un alambre se pasea con un libro entre las manos por su cocina. Lleva unas palabras en la base: "Mientras cocino leo, y mientras leo me acuerdo de ti". La compro para enviársela a Virginia. Al darme la vuelta el comedor es una guardería. Entre las mesas hay una niña muy pequeña (no mide más de veinte centímetros) que parece perdida. La levanto para que miré y encuentre su mesa. Señala. Allí, dice. La llevo y la dejo con otras niñas. Veo a María. Ha engordado y lleva un bebé en los brazos. Me alegro de verla. Se sienta en un escalón a darle el pecho. La niña es idéntica a ella, solo que la cabeza es un ovillo de lana mojada o espaguetis. No le pregunto por si se molesta. Hablamos de los viejos tiempos, de las lecturas que organizaba Cumpián y de que llegó un día en el que se cansó de estar sola y decidió tener una hija. Dice que tiene que adelgazar, pero no quiere dejar de comer. Yo llegué a pesar este verano 46 kg sin hacer nada, solo estrés, le digo. Se ríe. Le propongo que nos pongamos a régimen a la vez. Le llamaremos "régimen de estrés", le digo y nos reímos (también la bebé) a carcajadas.

el hombre cangrejo no se entera

sábado, 13 diciembre 2025. Estoy en una casa destartalada (un chalet tipo año 70 con escaleras y barandillas de hierro pintadas de negro). Por allí anda Manuel. Se supone que somos novios, pero no queremos que la familia lo sepa (no sé si es su familia o solo los dueños de la casa). Durante el desayuno nos pasamos mensajes en papelitos por debajo de la mesa. Llegan amigos de manuel con bolsas de bebidas para hacer una fiesta. Les digo que me pidan un taxi, que a las doce tengo que estar en casa. Nada. Los chicos desaparecen y las chicas me dicen que siempre es igual, que cada fin de semana hacen lo mismo antes de la fiesta: montar una pelea con otra pandilla de la urbanización. De repente estoy sola en la casa. Oigo que entra alguien y subo a esconderme en el dormitorio de arriba. Echo el pestillo, pero la puerta es de cristal y se puede romper desde fuera. Aparece un tipo brutote, me empuja a la cama. Manuel se acerca a la puerta, se asoma y me saluda. Le hago señas para que me ayude, le digo sin emitir sonido, abriendo mucho la boca "violador", pero cree que el bruto y yo estamos jugando, y sigue sonriendo sin hacer nada. El tipo intenta violarme, pero le saco conversación, le cuento que Manuel estaba mucho más guapo con el pelo más largo y rizado, que se parecía al Hombre Cangrejo. El bruto me mira sin entender. Yo le llamo HC, le explico muy lentamente para que dé tiempo a que alguien venga a ayudarme, o se duerma de aburrimiento y poder escapar.

llaollao

viernes, 12 diciembre 2025. Estoy en casa de mis padres. Llega mi tía E muy preocupada, no sabe dónde está mi tía M (dice que se fue muy temprano y no ha vuelto). Salgo a buscarla. Voy en el bus mirando desde las tiendas que suele frecuentar. El bus se transforma en una heladería Llaollao. Unas chicas chandaleras mofan de cómo voy vestida (muy normal, vaquero y camisa de lino). Veo a mi tía y a mi hermana del brazo, mirando un escaparate. Me ven. La heladería  no tiene puerta, parece una pecera, no puedo salir. Les digo por señas que llamen a casa para decir que están bien. Se ríen y siguen su camino. De repente es de noche y estoy en la calle de mis padres. Veo a lo lejos a mi madre y a mi abuela, con paso diligente, hacia la parada de autobús de calle Fernando el Católico (está como antiguamente, con la tintorería y la mercería). Veo que van a entrar en un autobús  equivocado. Corro hacia ellas, pero no llego a tiempo.

los maroteros

jueves, 11 diciembre 2025. Estoy en la cocina de la que fue mi casa en calle Salitre. Está desordenada, hay una mesa llena de platos y vasos sucios como si hubiese habido una fiesta. Aparece el jardinero e intenta besarme. No lo entiendo porque es su nombre respetuoso y amable, pienso que quizá haya bebido. Me lo quito de encima como puedo. Dice que si no quiero nada con él por qué los saludo todas las mañanas. Aparece Araceli, una vecina de mi madre. Dice que también lo ha intentado con ella. De repente la cocina se ha transformado en un bar. Tdos miran hacia una tele que hay muy cerca del techo. Aprovecho para escaparme. Llegó a casa de mis padres y al entrar en el portal sale el actor Javi Maroto con tres niños y una perrita muy simpática. La perrita viene hacia mí, juego con ella. Él saca una tarjeta y me dice que es de una asociación, si quiero adoptarla. El portal se va llenando de gente, montan una barra de bar y un proyector. Todos se sientan en el suelo para ver un vídeo poema. Le digo a Maroto que me voy, que ya he tenido bastantes actos como esos en mi vida. Me pide que me quede. Después, con cara de ilusión, me pregunta si me ha gustado. Le digo que el poema era horrible pero la música estaba bien. El poeta (es el camarero), me oye, se ofende y dice que para mí no habrá cerveza. Mejor, pienso, porque solo quiero subir a casa de mis padres. Cuatro cervezas para los Maroteros, dice. Al volverme, veo a una pareja y a una chica (la mujer de Maroto, supongo). La chica me mira con mala cara y registra mi mochila. Él agacha la cabeza avergonzado. Le hago un gesto de que no se preocupe (en la mochila solo llevo un saco de dormir). Aparece Salud, la separo del grupo, le digo que tengo que contarle todo lo que me ha pasado. Veo a Daniel, me alegro tanto de verlo que al abrazarlo le rodeo la cintura con las piernas. A su lado hay un Daniel exactamente igual. Espero haber abrazado al auténtico, les digo. Se ríen. El auténtico Daniel se ha comprado el vídeo poema (una cinta VHS). Dice que solo por la música, porque es que Diamanda Galás. Pensé que te daba miedo, le digo y nos reímos. Veo llegar a Alberto. ¡Pensé que estaba de viaje!, le digo, lo abrazo y le pido que me saque de allí.

gorro de pelo

miércoles, 10 diciembre 2025. Me visto a toda prisa porque llegamos tarde. Odila (una amiga de la infancia a la que no veo desde hace años) se ha puesto mi ropa. Le queda mejor que a mí. Llevo un pantalón de punto y un jersey muy suave (parece que voy en pijama). Le pregunto qué tal estoy. Perfecta, dice. Pienso que siempre fue muy amable conmigo, una amiga de verdad.Odila me enseña un chorizo que ha comprado. Me pregunta si es bueno, que dónde suelo comprarlo yo. No me da tiempo a responder. Aparece un chico y le dice que el mejor chorizo es el que venden sus padres. No entiendo que se meta en la conversación (y mucho qué hace en mi cuarto). Odila me mira como diciendo, vamos a decirle que sí a todo, pero vamos a hacer lo que nos dé la gana.
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Estoy en un edificio de madera con muchas habitaciones. En algunas hay gente joven trabajando en lo que parecen maquetas, en otras muebles de madera. Concluyo que es una escuela. Las escaleras son muy rudimentarias, parece que se vayan a romper. Pienso que las han hecho los alumnos. Veo de lejos a Francisco, le hago señas para que me ayude, pero me saluda desde lejos y desaparece. Pregunto a un grupo por la salida. Haz el camino al contrario, me dicen y se ríen. He dado tantas vueltas que no sé dónde estoy. Me pica la cabeza, me quito un gorro de pelo negro (tipo Bobby ingles), pero mi pelu es igual al gorro (tipo Jackson Five pero muy enredado). ¿Con gorra o sin gorro?, pregunto al chico. Con gorro, dice con guasa y cara de susto.+
Espero a Elisa en el que fue mi cuarto de niña. Sobre la cama hay un álbum que le regalé con estampas de mi infancia y una tarjeta collage, con fotos nuestras de momentos especiales, diciéndole cuánto la quiero. Me apena pensar que quizá, en un futuro, sus hijos no le den importancia y acabe en la basura.

bolsos y burros

martes, 9 diciembre 2025. Llego a la charcutería que había cerca de casa de mi abuela. A ratos charcutería a ratos bar de copas. Espero a Sora. Llega con su hija en brazos. Me alegro mucho de verlas. La niña ya anda y habla por los codos, cuenta un montón de cosas graciosas. La gente que la escucha embobada. Sora lleva un bolso enorme con las cosas de su hija. Guardo el mío dentro del suyo para no perderlo. A la hora de irnos no encontramos el bolso. Nadie parece saber nada. Lo encuentro debajo de un taburete, pero todas las cosas están desperdigadas por el suelo. Le digo que pasemos a ver a mi abuela para que conozca a su hija. El camino se hace muy largo (solo bajar unos metros e línea recta) pero nos perdemos.

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Entro al dormitorio de mi hermana. Hay un olor muy fuerte. Corro la cama y veo un montón de botellas (de alcohol y de detergentes). También hay un charco donde se han mezclado los líquidos. Intentó limpiarlo con toallas viejas, pero cuanto más limpio más grande es el charco. Aparece Javier con una chica muy guapa. Les digo que me esperen, que termino en un momento. Se sientan sobre la alfombra, porque todo está muy revuelto. La chica dice que la alfombra es preciosa. Le digo que mi padre la compró en los años setenta (en la vida real nunca hubo alfombra en ese cuarto, siempre estuvo en el estudio de mi padre). Javier y la chica se cansan de esperar y se van. Debajo de la cama encuentro una foto de dos burros asomados a una ventana. Oigo rebuznos, me asomo al patio de luces y veo que los vecinos de abajo tiene, efectivamente, dos burros. Me hace tanta gracia que corro a contárselo a mis padres. Mis padres están acurrucados, muy juntos, en el sofá, tapados con la camilla de la mesa. Parecen muy asustados. Les enseño la foto de los burros. Mi madre me hace señas con la cabeza para que mire hacia el recibidor. Veo a mi hermana envuelta en una toalla, haciéndose las planchas. Se acerca con gesto altivo. Mis padres tiemblan de miedo al verla llegar. Le cuento que los vecinos tienen dos burros. Ya lo sé, dice y se va.

abrazo

domingo, 7 diciembre 2025. Voy por la calle y veo a lo lejos a Atencia. Nos saludamos con la mano. Corre hacia mí, se alegra mucho de verme y yo a él. Me abraza y casi nos caemos de alegría. 

queso emmental y avispas

jueves, 4 diciembre 2025. Estamos poniendo la mesa. Mi madre dice, por ahí viene tu padre. Me extraña que se haya levantado de la cama solo. Lo veo al final del pasillo, intentando reptar. Corro hacia él y le digo que se haga una bola para poder levantarlo. Lo agarro por detrás y lo subo a la cama. Está lleno de heridas. Algunas son agujeros. Parece un queso emmental.
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Mi padre y yo estamos cenando cada uno en nuestro sillón con la bandeja sobre las rodillas. De repente entra muchísimo aire y las butacas salen volando. Le digo que suelte la bandeja y se agarre bien a los brazos de la butaca. Pienso que ya que vamos a morir voy a disfrutar el vuelo. La butaca empieza a caer, se convierte en una butaca hinchable de piscina y rebota en la acera. Los dos estamos bien.
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Estoy en casa de mi abuela. Mi tía y yo vamos a Madrid. Mi tía va delante de mí con un abrigo de pelo marrón. Le digo que si se pusiera la capucha y le pegara una nariz y unos ojos parecería un oso de peluche. Mi tía se vuelve y dice que le he quitado las ganas de ir a Madrid, que me vaya sola. Al llegar al jardín, veo está lleno de animales. Pienso que los ha traido la tormenta. Hay patos de varios tamaños, gatos, perros... Uno de los perros tiene un collar con el nombre y la dirección del dueño. Lo leo en alto y el dueño aparece con su mujer por arte de magia. Se ponen muy contentos de recuperarlo. Traen a su hija para que la conozca. La niña quiere bailar conmigo. Le digo que tengo mucha prisa, que voy a perder el tren a Madrid. Hay muchísima la gente en la calle. La calle da a una autovía llena de gente que hace de coches. Algunos incluso hacen ruido de claxon con la boca. Vamos como en una procesión. Intento correr entre ellos, pero me insultan. De repente llegó a otra autovía vacía y por fin puedo correr libremente. Para cortar camino atravieso una casa, pero está llena de avispas que me pican en la cara. Aparezco en otra carretera de nuevo llena de coches. Pasan taxis libres, pero cuando me ven la cara ensangrentada pasan de largo. Decido seguir corriendo. Finalmente llegó a una carretera sin coches ni gente y me veo pasar en un autobús. La yo del autobús me saluda muy contenta. Pienso que por fin llegaré a la estación. La estación es en blanco y negro y parece de una película de Berlanga. Hay una taquilla en alto con dos viejas y un tipo que se parece al cartero de Cronicas de un pueblo. Les doy un billete de mil pesetas (de aquellos con los Reyes Católicos), pero me dicen que el tren está en marcha y no me dejarán entrar. Corro al andén donde dos viejos con uniforme polvoriento discuten si el tren puede salir o no porque tiene una avería. Me ofrezco a arreglarlo. Seguro que son los frenos, les digo. Se ríen a carcajadas.

toalla negra

miércoles, 3 diciembre 2025. Estoy muy relajada en una especie de baños públicos, tumbada en una piscina que no cubre. Empieza a llegar público. Todos son hombres. A mi lado se tumba uno muy parecido a Shaggy el de Scooby-Doo e intenta darme conversación. Me doy cuenta de que todos van vestidos menos yo. Sigo tumbada, pero me cubro con una toalla negra.
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Estoy en la cocina de  la casa de mis padres. Tengo que poner la lavadora. Como detergente, se supone, debo usar un cubo de orina que, se supone sirve para blanquear la ropa. Aparece alguien e intenta ayudarme. Mete un tubo en el cubo y se lo lleva al ojo, como si mirara por un catalejo. Le advierto que es orina y no sé de quién. Al final acaba por tirársela por encima.
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Hemos quedado en un mercadillo que hay en las afueras. Vamos en coche muy rápido por una carretera que no conozco. Veo al fondo la fábrica de cemento, pero en vez de quedar a la izquierda queda a la derecha. Pasamos a toda velocidad por hoteles muy lujosos abandonados. A la derecha, en la playa, veo los puestos. Creo que hemos llegado, le digo a Alberto. Cuando bajamos, a la entrada hay una terraza de hotel con cientos de personas completamente borrachas. No creo que sea buen plan, le digo a Alberto.

cocotología

martes, 2 diciembre 2025. Mi madre saca una caja y le da un broche a cada una de mis primas. A Cristina uno de oro con forma de rombo horizontal, muy antiguo, que era de mi bisabuela. A Elisa le da una estrella de plata muy moderna. Pienso es uno de los gemelos que yo tenía, pero no digo nada. Elisa me mira y niega con la cabeza como diciendo que no es justo. Por no dejar mal a mi madre, le digo como puede ponérselo en el ojal de la solapa e intento cambiar de tema hablando de papiroflexia. Mi madre dice que Ramón y Cajal hacía pajaritas. Elisa dice que no, que era Ortega y Gasset. Yo las dejo hablar para que no hablen de broches, no les digo que era Unamuno.

firma

lunes, 1 diciembre 2025. Estoy en un bar. Mi padre me apura para que nos vayamos a casa, pero tengo que firmar un montón de pliegos. Javi, que se supone es mi manager, me va pasando rotuladores y plumas (que voy gastando).

concierto

sábado, 29 noviembre 2025. Tengo que leer poemas en un estadio. Está completamente lleno porque antes actúa una orquesta muy famosa. Me colocan el micrófono y me dicen que tengo que salir al escenario antes de que suene la última nota. No encuentro mis poemas. Todo el público tiene una copia en la mano. Les voy pidiendo que me los presten para poder leer, pero nadie quiere soltarlos. Incluso forcejeo con algunas personas. Salgo del estadio, busco por los alrededores por si alguien ha perdido o tirado mis poemas. Nada. Vuelvo cuando está sonando la última nota. Subo al escenario. Improviso palabras que no dicen nada. El público atiende como si fueran alumnos y toman nota de todo lo que digo. Yo solo tengo ganas de llorar y largarme de allí cuanto antes.
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Imagen de una cinta transportadora donde van apareciendo bloques tamaño ladrillo de tierra negra y compacta donde hay impresas caras de hombres poniendo gestos grotescos. Yo estoy sentada sobre esos bloques y debo ir agarrándome a los bloques para que la cinta no me arrastre. Intento no hacer daño a esos hombres, como si fueran de verdad, como si no fueran solamente fotos impresas.

títere

viernes, 28 noviembre 2025. Llego a una casa enorme. Al parecer es de un chico muy joven que ha ganado mucho dinero de repente. La señora que me guía por las habitaciones habla de él como si fuera poeta, pero me extraña que un poeta pueda ganar tanto dinero. Entramos en su dormitorio y en un rincón veo una butaca de madera pintada de rojo oscuro. Preciosa, parece muy antigua. Pregunto si puedo sentarme. Claro, dice la señora un poco sorprendida. Detrás, veo que hay otra habitación con unas veinte butacas más en distintos modelos. Hay mecedoras, y hasta una cuna. Cuando salimos de la casa nos cruzamos con el supuesto poeta. Es un chico muy joven y muy delgado con el pelo rizado. Va de una habitación a otra en monopatín. La señora le dice algo y él baja la cabeza. Pienso que es simplemente un títere. A las puertas de la casa hay basura en bolsas y, entre ellas, una butaca roja. La señora me dice que está rota y no sirve para nada. Le digo que me da igual, que yo puedo arreglarla. La cojo y me la llevo antes de que se arrepientan.
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Oigo ruido en la terraza. Al correr la cortina no hay terraza, hay un jardín muy descuidado con unas vallas de madera y tela metálica rota. Se han metido unos cuantos perros con sus crías y patos de distintos tamaños. Intento echarlos, pero mientras saco a uno los otros vuelven. No sé qué hacer con las crías. No quiero dejarlas sin sus madres, pero tampoco puedo quedármelas.
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Llego a la parte de atrás del caserón que había frente a la casa de mi abuela. Hay una fiesta. Me dicen que coma lo quiera, pero no hay comida por ninguna parte. El público se arremolina en una habitación muy pequeña para servirse algo parecido a ponche de color naranja. La dueña me dice que por fin han publicado el libro (como si yo supiera de qué va la cosa), que ha quedado precioso pero que pesa demasiado y no sabe si se venderá bien. Busco la salida, quiero irme de allí.

vacaciones

miércoles, 26 noviembre 2025. Hemos quedado con Carmen y Enrique para irnos de vacaciones. Me extraño al ver que aparece Enrique al volante (no tiene carnet). Baja la ventanilla y dice que al final se quedan en la ciudad, arranca y desaparece. Se lo cuento a Alberto. Le digo que da igual, que de todos modos ya tengo la maleta hecha y nos vayamos nosotros. Alberto dice que si ellos no van él tampoco. Le grito que estoy harta, que cada vez que me hago a la idea de algo bueno nunca sucede. Le doy una patada a la maleta.

saltar de alegría

sábado, 22 noviembre 2025. Estoy en una especie de sala de espera acristalada. Alguien me dice que va a llegar mi sorpresa. Aparece Javi. Lo abrazo, me coge en volandas, me tira por el aire de alegría.

cubo

sábado, 15 noviembre 2025. Llego a casa de mis padres. Entro a la cocina y pelo patatas para hacer una tortilla. Cuando voy a la basura, el cubo está reluciente. Me pongo tan contenta que me pongo a bailar.

escenario

miércoles, 12 noviembre 2025. Estoy en una sala de teatro muy parecida a como era la de Comedores Universitarios en los 80. Aparece Daniel, jovial. Dice que está listo para empezar. No sé a qué se refiere. Sube al escenario y lee con gracia y naturalidad algo que lleva en unos folios. Me sorprende verlo tan seguro. Detrás, en una sábana que hace las veces de pantalla, se proyectan fotos. En algunas aparezco yo de joven. Todo me sorprende mucho.

piscinas

miércoles, 5 noviembre 2025. Estoy en una mesa muy larga. Todos comen. A mi lado está Pablo. Le digo algo (no recuerdo qué) y responde, ¡ojalá! Me levanto y voy a buscar a su hija (de repente es un bebé). Paso por las cocinas de lo parece un hotel. Paso por un jardín con piscinas y fuentes (ya he soñado otras veces con este sitio). Se supone que tengo que encontrar a la niña antes de que llegue alguien (no recuerdo quién). Hay cierto tono de misterio durante todo el sueño.

yogures

lunes, 3 noviembre 2025. Mi tía M llama por teléfono. Responde mi hermana. Le grita (cree que soy yo quien está al otro lado) porque no le he comprado los yogures que me encargó. Mi hermana no entiende nada. Desde donde estoy le digo que es mi hermana quien está al teléfono, no yo, y que deje de gritar. De repente estamos en casa de mi abuela. Mi tía M y yo salimos con las luces apagadas para que mi tía E no se dé cuenta de que nos vamos. De repente estamos en la plaza de Santo Domingo y vemos a mi tía E en la terraza de un bar leyendo y tomando apuntes de lo que lee.

mis mentiras punto com

viernes, 31 octubre 2025. Es mi cumpleaños y tengo que buscar mis regalos por la casa. Miro por todas partes, desmonto una silla y debajo de un doble asiento creo encontrar una pista, pero solo es una pieza más. Alberto y Pablo están en el sofá mirando cómo busco. Pablo dice que no es tan ingenioso, que no espere nada de su parte. Encuentro el regalo de Alberto (no recuerdo qué), me gusta mucho, lo abrazo y le doy un montón de besos.
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Llego a un teatro, subo al piso de arriba. Antonio está de pie pegado a la baranda, entusiasmado, mirando el espectáculo. Una señora mayor recita poemas mientras hace contorsiones dignas del Circo del sol. Antes de que termine, Antonio dice que nos vayamos porque no quiere saludar a nadie. No puedo creerme que este con él. Para comprobar que no es una alucinación cojo su vaso de cerveza vacío, lo miro de cerca, veo que es real porque todavía está húmedo, y lo dejo sobre una mesita.
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Voy hacia el antiguo CAC. Hay coches y camiones aparcados como cuando era el Mercado de mayoristas. En la puerta hay una señora uniformada, tumbada en el suelo con una tabla de madera celeste con forma de paleta a modo de gola. La cabeza le asoma por el agujero. Le pregunto si sigue la exposición de Ouka Leele. Que no, pero que hay otra que no está mal, dice sin convicción. Le pregunto si está incómoda, si quiere que le lleve un cojín para la espalda. A todo se acostumbra una, dice. Entro. La sala está llena de gente bailando. Cerca de la puerta veo bailar a Antonio con los ojos cerrados. Es muy extraño porque la nariz le crece y le decrece mientras baila. Me acerco sin que se dé cuenta y veo que escribe una carta apoyado en la barra. Es una carta de agradecimiento. Le dice a alguien que  le ha gustado mucho (no recuerdo qué) y que siempre podrá contar con el. Firma con su nuevo correo: antonio@mismentiras.com.

nuevos amigos

jueves, 30 octubre 2025. Voy por la calle con la gati de mi hermana en los brazos, como si fuera un bebé. Alguien me pregunta por qué la he sacado de casa. le digo que quería que viera mundo, que en toda su vida solo ha visto cuatro paredes. La pongo en el suelo, pero se asusta. La abrazo, me araña.
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Estamos en casa de un amigo de Alberto. Su mujer está en la cama con una toalla en la cabeza tiñéndose el pelo. Esperamos. Llega peinada de peluquería. Le hablo de mis canas rebeldes en las sienes. Ella me enseña las suyas. Ambiente artificial/cordial. Él nos sirve un cuarto litro de ginebra en vasos enormes. A mí solo un dedo, digo (por no decir que jamás bebo ginebra) y al alargar el brazo lo derramo. Alberto coge lo primero que ve (un chal) para secar y todos gritamos, ¡Nooo! Oímos a un bebé. Está a punto de caer de la cama. Cabe en la palma de la mano. He aprendido en vídeos japoneses cómo hacer una cama de su tamaño con una toalla, digo. Me dan un pañuelo, pero no me sale bien. La mujer dice que quiere organizar una fiesta, que le encanta organizar fiestas. A mí me gusta imaginar cómo queda después la casa (mesas con copas vacías y desordenadas), pero solo imaginar, no me gusta organizarlas, digo. Se ríe. De repente estamos en nuestra casa y me fijo en que el parqué está quemado. También dice que tenemos que apuntarnos juntas a un gimnasio. De repente todos están vestidos con ropa deportiva, incluso Alberto. De repente estamos en la casa de mis padres. Todos en el descansillo equipados (incluido el bebé), esperándome. Intento llamar a mi hermana para decirle que no estaré en casa, pero el móvil no tiene teclas. Voy apagando luces. Alberto vuelve a encenderlas (han cambiado la puerta por una de cristal y quiere que crean que estamos dentro; también deja encendida la tele). La puerta tiene dos cerraduras y dos llaves planas muy raras. El ascensor (también nuevo) es una jaula con barrotes de colores tamaño ataúd. Bajamos de dos en dos. Pregunto al amigo si hay un sitio donde pueda leer mientras nadan. Hay, pero me advierte que su mujer ha reservado dos horas. Nunca me aburro, digo y le enseño La experiencia de Sergi Puertas y una libreta.

cuchillo jamonero

martes, 28 octubre 2025. Estoy en una entreplanta con poca luz. Repaso un texto que alguien me ha pasado. Le digo que es demasiado retórico, que deberías decirlo todo con menos palabras. Por ejemplo, usas cinco palabras para decir "pila", le digo. Es que es una pila bautismal, dice. Pues dos palabras, ni una más. Otro chico me mira desde el fondo, se ríe y se acerca. Critica que sea tan dura (se supone que es traductor). Podrás vengarte de mí cuando leas el poema que he traducido al francés, le digo medio en broma. Abro el bolso para guardar algo y marcharme, y veo que un sándwich vegetal que llevaba lo ha mojado todo. Lo tiro a un a papelera. En la papelera hay seis cuchillos, pienso que son de usar y tirar, pero son metálicos. Se lo digo al chico, se acerca y mira. Una chica viene corriendo, rebusca en la papelera y saca un cuchillo jamonero eonorme. Temo que quiera clavármelo. Corro escaleras abajo. Desde la calle, me vuelvo por si el chico se ha asomado a la ventana a despedirme. Veo su silueta, pero como no llevo las gafas puestas no sé si me saluda.

cuadrícula

lunes, 27 octubre 2025. Vamos en coche. Alberto ve una plaza en cuesta donde han dibujado una cuadrícula con tiza. Me hace un gesto y le digo que sí. Bajamos para verla de cerca. En cada cuadrícula hay, de repente, un silla (cada una distinta a la otra). Nos sentamos. La tranquilidad se acaba cuando empiezan a llegar mujeres y niñas. Van arregladas como para una fiesta. Le pregunto a una de ellas qué son las cuadrículas. Me explica algo sobre un santo y señala a una niña que dibuja algo en el suelo, entre las sillas. Una chica se me acerca con un perrito en los brazos. Está preñada, me dice con cara de felicidad (lo dudo porque es un cachorro). Me lo pone en los brazos a pesar de decirle que no quiero cogerlo. Temo que se me caiga porque es muy pequeño. Le noto una gran barriga y dos corazones latiendo. Se lo devuelvo. Efectivamente está preñada, le digo.

broche

domingo, 26 octubre 2025. Entro en casa de mis padre y ya estoy sentada en una silla de tijera. Un perro salta de un lado a otro pasando por encima de mis piernas (sin rozarme).
Llevo el broche plateado enorme con forma de rosa (el que me regaló mi cuñada). Una señora se acerca y me dice que es un broche precioso, que nunca ha visto nada igual. Me lo quito y se lo pongo en la solapa de su abrigo.

a dos manos

sábado, 25 octubre 2025. Entro en casa de mis padres y, en vez de salir a recibirme la gati, salen dos perritos peludos muy monos. Se tumban para que le rasque la barriga. Rasco a cada uno con una mano. La gati me mira desde lejos con cara de pocos amigos.

viento

viernes, 24 octubre 2025. Hace mucho viento. Mi madre y yo recogemos a toda prisa la ropa tendida. Mi madre desde la ventana de la cocina, yo desde la ventana del que fue mi cuarto. Voy quitando pinzas sin darme cuenta de que la ropa va cayendo al vacío. Mi madre, en vez de regañarme, se ríe.
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Me despierto. Una chica muy seria con una bata blanca me dice: Todo lo que has soñado ha pasado. No sé si primero fue el sueño y después los hechos, o al revés.

de tiendas

jueves, 23 octubre 2025. Entro con mamá a una tienda muy sofisticada. La ropa está colgada de manera que hace un recorrido como en un museo. Están especializados en prendas que normalmente no serían de cuero (blusas, camisetas, incluso ropa interior). Una señora se prueba una falda de vuelo. El cuero es tan fino que flota. Le digo con un gesto que cuando camine se le irá subiendo. Llegamos a una zona de complementos. Hay abanicos de tela semitransparente desflecados por el borde. También hay sujetadores a juego. Mi madre quiere regalarme uno. Le digo que no me gustan, aunque no estoy segura de si me gustan.

abrigo blanco y autobús descarrilado

miércoles, 22 octubre 2025. Estoy en la parte más alta de un cine antiguo con varios niveles. Huele a humedad, a antiguo. Los asientos son de espuma roja gastada. Proyectan una película de Truffaut (ayer vi un documental sobre su vida). Cada dos minutos encienden las luces para que el público aplauda cada escena. Me canso, me levanto y salgo a la calle por un ventanuco que da a un andamio. Veo a Virginia a lo lejos. Empieza a llover. Le digo que entre conmigo al cine para que no se le moje su abrigo nuevo (me envió ayer una foto con él puesto). Subimos por el andamio y entremos por el ventanuco. Todo sigue igual. Virginia me mira con cara de, "¿pero dónde me has traído?".
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Estoy en la terraza de un restaurante con la familia Cabezón Beltrán (se supone que estamos en Uruguay; la mesa a ratos es mesa, a ratos el capó de un coche enorme descapotable). El camarero se acerca y, cuando vamos a pedir, estornuda y se va. Ellos están de espaldas a lo que sucede, yo de frente a la entrada del bar. Veo cómo el camarero y dos chicas se quitan los delantales y cierran. Ariadna se ha puesto a hacer equilibrios sobre unos raíles que hay junto a la mesa-coche. Le gritamos que se baje, que es muy peligroso. Pasa de nosotros. Se baja en el último instante antes de que llegue el tren. El tren es un autobús muy largo. Aprovecho y me subo porque es muy tarde y he quedado con Alberto. De repente el autobús está en Málaga y entra en calle Fernando el Católico. Pienso que no tendrá espacio para dar la curva. Así es. El conductor se baja llorando. Entra una conductora e intenta maniobrar hacia atrás. Vamos a ir marcha atrás hasta Mangas Verdes, dice un pasajero y todos ríen la gracia. Yo estoy de mal humor porque voy a llegar tarde, así que me bajo en marcha (el autobús se ha convertido en un tren de juguete), tomo el autobús (ahora tren) entre los dedos y me lo llevo a casa. En casa dibujo el recorrido de las calles sobre la alfombra del comedor y coloco el tren con cuidado para que los pasajeros no se lastimen. Hago el recorrido maniobrando con cuidado mientras pienso dónde estará Alberto. Con una mano muevo el tren, con la otra lo llamo por teléfono. Alberto está enfadado, dice que no aparecí y se fue. Le explico que un autobús ha descarrilado y lo tengo en el comedor. Alberto dice que es la peor excusa que ha oído nunca. Ya sé que es un sueño dentro de un sueño, pero tengo que acabarlo para que todos los pasajeros puedan despertar en sus casas, le digo.

pelo imantado

martes, 21 octubre 2025. Estamos en casa con toda la familia. Esta oscureciendo. Estoy cansada y digo si nos vamos a dormir. Alberto dice que ha quedado con Jane. Me asomo desde la terraza y veo a una chica esperando. Tiene la melena perfecta. Mientras espera juega a piola con unos niños. Me miró al espero. Mi pelo está mal cortado y tieso. Si lo toco se eriza como las virutas del reloj de arena que me regaló ayer Sora. De todos modos bajo con mi prima Elisa. Han llegado varias amigas de Jane. Hablan en francés, pienso, para que yo no me entere de qué dicen (no saben qué hablo francés). Elisa me hace una seña. Volvemos a casa. Mientras ponemos la mesa, un tipo (supuestamente novio de Elisa), me dice que él sabe cosas, pero no puede decírmelas. Seguimos poniendo la mesa en silencio.

moqueta

sábado, 18 octubre 2025. Estamos en una habitación de hotel y queremos irnos a la cama, pero nuestra sobrina nieta está dentro viendo la tele. Pienso que mejor no molestarla, así que nos tumbamos en la moqueta. Veo que en la tele hay un concurso en el que participa mi sobrino Abel. Todos llevan capucha, no se les ve la cara. Alberto me pregunta cómo lo he reconocido. Es el que corre como un pato aunque no tenga los pies planos, le digo.

sólo un momento

lunes, 13 octubre 2025. Le digo a mi madre que me gusta mucho cómo tengo el pelo ahora (largo y espeso), pero creo que voy demasiado clásica. Levanto la melena por la mitad y le digo que la corte, pero no quiere. Entro en una galería bajo un edificio. Hay una tienda de gominolas, mantecados, juguetes y calcetines. El dependiente se acerca muy lentamente y me pregunta si necesito ayuda. Le digo que voy a comprar regalos de navidad para mis sobrinos y me haga varios paquetes. De todo un poco, le digo. Mientras está poniéndome las chucherías y los calcetines en paquetes de celofán, me dice que se acuerda de mí, que me ha crecido mucho el pelo. No sé de qué me conoce, pero me hace ilusión que me recuerde.
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Etoy en una plaza, es de noche. Parece que va a haber una verbena. Me acerco a dos chicas y les digo si conocen al grupo que va a tocar. No. Se llama Sólo un momento y tienen una canción que me encanta, les digo. Se la canto. Cuando llego a la parte que dice: "oú, vieo, no vea habe" me miran con cara de estupefacción. Una de ellas es Maricarmen Laporte (estaba en mi clase en 1°BUP). Tú tienes que conocerla porque la letra la escribió tu hermano, le digo.

ese

sábado, 11 octubre 2025. Veo una película donde instruyen militarmente a unos niños. Todos van uniformados, hasta un bebé de menos de un año. Desfilan hasta salir de la pantalla. Me aburro y salgo al jardín. Se supone que es la casa de Mesa Toré. Están metiendo tomates en cajas. Las cajas tienen la tapa transparente. Le pregunto qué va a hacer con ellos. Tirarlos. Abro una caja y son tomates cortados a gajos flotando en agua. Pruebo uno y no sabe a nada. Le digo que yo me encargo de reciclarlos, que los tomates irían a un contenedor y las cajas, al ser mixtas, a dos distintos. Un tipo alto llega y me pregunta cómo fue eso de traducir a una poeta francesa. Se lo cuento y les doy a cada uno un pliego de poemas. De repente Mesa Toré se enfada muchísimo, dice que me he referido a él como "ese". No recuerdo haberlo hecho, pero le pido disculpas. Hay confianza, dice el tipo alto, no vamos a nombrarte con nombre y apellidos cada vez que hablamos. Nada, desaparece ofendidísimo. Le digo al tipo alto que me voy a mi casa, que no soporto más que tiren comida y ver a tantos niños desfilando. El tipo intenta retenerme enseñándome una escultura de latón. Le da golpecitos con el pie para que resuene. ¿Quieres que te enseñe mi colección de postales?, por que no sé si lo sabes, pero más que escribir lo que me gusta es la pintura. Dice que no quiere verlas y se tumba en una hamaca.
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Se supone que estoy en un hostal. Me cepillo los dientes. Cuando voy a escupir mi tía está desmontando el lavabo. Intenta recolocarlo, lo pone del revés y lo cambia varias veces de posición porque no atina. No quiero mantener más tiempo el agua sucia en la boca y la escupo por el balcón. Protestan desde la calle. ¡Yo sé quién ha sido!, oigo gritar. Pienso que ya no podré salir de esa habitación nunca más.

museo

viernes, 10 octubre 2025. Estoy en el antiguo dormitorio de mi tía M en casa de mi abuela (cuanto todavía tenía un arco que daba al salón comedor, en vez de puerta). Busco la dirección de Sora en una agenda muy pequeña. No entiendo mi letra. Se apaga la luz y se enciende la lamparita que hay junto al sofá. Como si estuviera haciendo algo malo, corro a la cama y me tapo hasta la cabeza para que crean que duermo. Es Alberto. Menos mal, le digo. Dice que va a salir a pasear. Salgo de la cama y voy con él. Lleva pijama y batín. Yo voy desnuda, con el camisón arrugado y sujeto delante del cuerpo. Estamos en el paseo marítimo. Algunos pescadores sacan el copo. Está muy oscuro, así que me coloco bien el camisón sin miedo a que me vea nadie. De repente es de día y estamos en el Jardín de los Monos. Hay mucha gente en la parada del autobús. Me parece reconocer a Javier. Subimos. Los asientos están muy pegados unos a otros y nos molestan las piernas. Alberto quiere levantarse pero no puede. Finalmente nos bajamos. Un chico baja detrás de nosotros, se acerca, saluda. Es Javier (no se parece en nada). Le digo que no lo había reconocido, si se ha hecho algo en el pelo (lleva el pelo casi en cresta y muy oscuro). Estamos en una habitación vacía y  nos acercamos a un pequeño lavabo que hay en un rincón. Bebemos como si fuéramos animales. Alberto intenta quitarle algo del cuello a una chica gorda y bajita. ¿Qué era? Una garrapata, dice. Es que tengo pulgas, dice la chica. La miro con asco. Dos azafatas nos dicen que es la hora y nos ponen unos auriculares (se supone que estamos en un museo). De los auriculares sale una pajita. Una de las azafatas me la mete a la fuerza en la boca por más que le digo que no quiero beber nada. Salimos a la calle para cruzar a otro edificio. En el hall, Caína se queja de que alguien le debe dinero. Pablo llama a alguien por teléfono y dice que ya lo ha solucionado. El portero del museo se acerca a la pareja de Pablo y le retuerce el brazo. Después agarra a Caína por el cuello y le estampa la frente en la pared. Caína cae al suelo inconsciente. Corro hacia ella. El portero le pone un sombrero y me la entrega como si fuera un saco. Dice que a partir de ahora no le reclamemos dinero a nadie. Nos vamos a urgencias, le digo y cargo con ella. Al salir a la calle, la calzada tiene un enrejado por donde podemos caer. Tenemos que dar un rodeo para llegar hasta el río, a la altura de Comisaría. Intento parar a un coche de policía pero pasa de largo. Intento para un taxi, pero me enseña un cartel de cartón donde ha escrito algo que no llego a leer.

equinoccio

jueves, 9 octubre 2025. Tengo unos papeles delante, sobre una mesa muy tosca de madera hecha con tablones. Me fijo en que los papeles son una quiniela rota. Intentó montar el puzzle y copiarla en un papel para mirar los resultados. Todos son equis. Pienso en la palabra equinoccio. Pienso en la palabra equino. "Nada que ver", escribo en uno de los trozos de papel.

fotos de mermelada

miércoles, 8 octubre 2025. Marcos y yo estamos en una habitación decimonónica. Hablamos muy bajito para que no nos oiga nadie. Como pensamos que nos pueden espiar por la ventana, en vez de cerrarla nos metemos en la cama y nos tapamos hasta la cabeza. Alguien se asoma y pregunta cuándo empieza la fiesta. Nos miramos y pensamos que no ha servido de nada tomar tantas precauciones. La habitación se va llenando de personajes extraños, parecidos a los de la serie Fantasmas. 
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Tengo delante un móvil enorme que ocupa casi toda la mesa. Abro la galería e intento borrar fotos. Las marco, le doy a papelera, pero no se borran. Tengo que pasar páginas (el móvil tiene páginas) para pulsar otra papelera. Me extraña que muchas fotos sean de cantantes de pop coreano. En otra página hay fotos de postres, pero los postres son en 3D y se pueden comer. Mi madre mete el dedo en cada uno y los va probando. Le regaño. Dice que no pasa nada y vuelve a comerse la mermelada de cada dulce que ve. ¡Eres diabética!, le grito.

mi querido bill

martes, 7 octubre 2025. Estoy en una azotea. Hay un grupo charlando. No participo. Un tipo me pregunta si no me aburro. Le hago un resumen: él practica gallego con su hermano porque va a prepararse unas oposiciones, la luz sobre el pelo de la chica es preciosa y ahí han puesto columpios (sobre otra azotea). Se asombra de que me haya fijado en todo eso porque parecía estar en otro mundo, dice. Dos de ellos se suben al muro. Les digo que tengan cuidado. Uno de ellos es el actor Bill Nighy. Hace el tonto y cae delante de nosotros. Le pregunto si puede mover los pies y las manos, si le duele algo. Dice que nada y se ríe. Mantiene su elegancia innata. Nos vamos a urgencias, le digo. Uno dice que va a por el coche. Yo cargo con Nighy. Al llegar a la calle no hay nadie (parece Londres). Entro a buscar ayuda en un museo, pero es un laberinto. Le digo a dos visitantes que me ayuden, pero hacen que no me entienden (a pesar de hablar español) y se escabullen. A estas alturas Nighy está completamente inconsciente, me pesa cada vez más, se me cae hacia atrás. Me asomo a una ventana y grito ¡Help! muchas veces seguidas, pero nadie me hace caso.

luna de miel

lunes, 6 octubre 2025. Llegamos a la boda de Raquel y Federico. Nos cuesta encontrar el sitio porque es en unas naves enormes en mitad del campo. Me llama la atención lo blancas y nuevas que parecen las naves.. No sé si las han pintado para la ocasión. Resulta que es una de esas bodas múltiples. Hay más de cien parejas para casarse (cada una con sus invitados). Comenzamos la búsqueda. Entramos en la primera nave. Alberto está cansado y se sienta en uno de los bancos de atrás. Inmediatamente un perro se le sube para jugar. Le digo que ni lo toque porque si no el perro nos perseguirá todo el día y acabaremos llevándonoslo a casa. Unas señoras nos miran mal, pensando que hemos llevado un perro a misa (la nave por dentro es una iglesia barroca). Seguimos buscando. Alguien me dice que perdemos el tiempo, que ya se han casado y están camino de su luna de miel en Nueva York. Bajo a toda prisa un terraplén que da a un camino de tierra y veo pasar su coche de largo que, como en las películas, deja atrás una enorme polvareda.

la fiesta final

domingo, 5 octubre 2025. Descampado cerca del mar. Oeste está apoyado en un coche grande blanco (un modelo de los años 70) como si estuviera esperando a alguien. Paso con dos niñas de la mano para dejarlas en un edificio bajo que hay detrás. Lo saludo con la cabeza. Después te voy a ver, dice.
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Bajo al portal de la casa de mis padres. Los buzones están cambiados de sitio. No tengo llave e intento sacar lo que hay dentro metiendo los dedos. Cada vez que lo hago aparece alguien y disimulo, vayan a creer que estoy robando el correo.
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Estoy en una especie de chiringuito decorado como si fuera Hawaii. Hay muchas mesas largas de madera. Se supone que estamos en un congreso de poetas. Desayunamos cada uno en una mesa y hablamos a gritos entre nosotros. Una chica me tira los tejos (a gritos) y el resto se ríe. Le digo que quién sabe, que habrá que esperar a la fiesta final. Después alguien hace un comentario, y yo le respondo algo tan gracioso (no recuerdo qué) que acabamos todos en el suelo a carcajadas.

azufre

azufre sábado, 4 octubre 2025. Alguien me dice que tengo que cenar antes de media noche porque si no la sopa sabrá a azufre. 
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Estoy delante de la barra de un bar. Detrás de la barra hay una pista de hielo y una pantalla enorme. Jurdi se me acerca. Me susurra al oído que la película que van a poner ya la ha visto, que es una porno y que en una de las escenas aparece el pubis de una chica pero que era tan raro y feo que no supo si era de verdad un pubis o un caballo. Lo miro asombrada. Cuando lo veas ya me dirás, dice. Un tipo con mala pinta le hace una seña a la chica que está a mi lado, ella se levanta sin ganas y, al entrar en la pista de hielo, el hielo se transforma en agua. Comienza la película, pero no en la pantalla, dentro del agua. La chica se ha dejado el pubis sobre la barra de bar y, efectivamente, parece un caballo.
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Llueve y entramos en un bar decorado como una cabaña de paja. Dentro llueve más que fuera. Me voy quitando la ropa y la retuerzo para sacarle el agua. Llevo el último libro de Carles. También se ha mojado. Lo abro. Pienso que al tener forma de acordeón se secará antes. Aparecen Elisa y Andrés. Salimos del bar. Elisa dice que se ha comprado una moto para llevar a mi madre al médico. No digo nada, cosa que ella interpreta como que no estoy de acuerdo y se enfada muchísimo porque dice que fui yo quien le dijo que tenía que solucionar los traslados al médico. No sé de qué habla, pero sigo sin decir nada. Andrés me pregunta cuál es el sitio más cutre donde hemos hecho lectura de poemas. Hago un repaso, pienso en bares pero ninguno me parece demasiado cutre.

cabra montesa

miércoles, 1 octubre 2025. Estoy en una habitación que parece un parque de bolas. Una pareja tiene un niño con unas orejas enormes. El niño me mira insistentemente y, por decirle algo, le preguntó cómo se llama. La madre me mira mal y se lo lleva. Hay un cuadro muy grande. Parece que el padre del niño espera algún comentario (quizá lo haya pintado él, pienso). Le digo que me recuerda mucho a un pintor, pero no me sale el nombre (un expresionista alemán). Él nombra a algunos pintores que no tienen nada que ver. No me da buena espina. Me alejo disimuladamente. Detrás de un poyete de obra (es todo muy precario), hay una tele antigua donde alguien ha puesto un vídeo en el que se ve a mi tía M pintando un retrato. Mi prima Elisa hace de modelo (es una niña; lleva un camisoncito blanco). Pienso que podría ir parando el vídeo y hacer fotos para que mi tía lo viera, pero una señora apaga la tele de un golpe y dice que esa cinta es inmoral. Otra señora me lanza unos tacos de goma que esquivo como puedo. A partir de ahí me toca escapar de una masa que me persigue. Una chica dice que en esa isla tratan muy mal a los turistas y que me vaya cuanto antes. Corremos hacia el puerto, pero el barco ya ha zarpado. Llegamos a una zona alta donde, al parecer, llevan a los turistas diciéndoles que es un sitio típico. Los tumban boca abajo sobre la tierra con la excusa de hacerles una foto, les ponen encima una cabra montesa, les dicen que sonrían y, en ese momento, la cabra les da un cabezazo y los mata. La chica se queda espantada por qué no sabía qué eso pasara en su pueblo. Queda en shock cuando ve unos barracones con montones de cuerpos muertos y apilados, envueltos en lonas y cuerdas.

hojas amarillas

domingo, 28 septiembre 2025. Estoy en una salón de actos estrecho con bancos de madera (podría decirse que es una capilla). Alguien me dice si ya sé qué poemas voy a leer. No sé de qué me habla. Miro a mi alrededor y todo el mundo repasa unas hojas como si tuvieran que aprenderlas de memoria. De repente recuerdo que hoy era el homenaje a Cumpián. No llevo poemas ni bolso donde buscarlos. Intento salir del banco, pero estoy rodeada por ambos lados. De repente alguien desde detrás me pasa unas hojas amarillas con poemas. Cuando me vuelvo para darle las gracias es el propio Cumpián, que me guiña y se desvanece.

cama amarilla

jueves, 25 septiembre 2025. Estamos en una especie de covertizo. Voy señalando cosas: aquí había tal, allí cual, etc. ¿Qué es esto?, pregunto. Eso era mi cama, dice Cantos. Intento montarla (es una especie de hamaca amarilla). Cantos la extiende en el suelo (al tocarla ha pasado de rígida a blanda). La ponía aquí, la inflaba y dormía muy bien, dice. Salimos del cobertizo, es de noche, nos acercamos al coche para irnos. Salvatore me abraza y llora. Mi tío abandonó sus cosas en la otra orilla, dice entre lágrimas.

el monje asesino

miércoles, 24 septiembre 2025. Voy con Carlos Areces por la calle. Va muy serio y callado. No me atrevo a decirle cuánto lo admiro. Le pregunto si es verdad que escribe novelas y si me dejaría leer alguna. Dice que sí, pero que son muy serias y seguramente la gente crea que van a ser de humor, que ha publicado una de la vida de un monje asesino. Dice que quiere enseñarme algo. Entramos en un patio de vecinos con muchas macetas. De repente desaparece. Pienso que no le he dicho que tengo un montón de fotos de niños y niñas de comunión y que quería dárselas. Me doy cuenta de que llevo un libro suyo en la mano. La cubierta es de papel de seda morado que se va haciendo cada vez más grande hasta el punto de tener que hacerlo una bola y tirarlo. El libro es una novela de Areces.
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Mis tías están dentro de la bañera de mi casa, sentadas en el borde mirando hacia la pared. Se supone que están enfadadas conmigo por algo. Les digo que es una tontería enfadarse porque tenemos que seguir viéndonos queramos o no.
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Buscamos un bar para tomar algo. Hay uno en una plaza con algunas mesas vacías. Un niño de unos doce años me dice que tienen buenas tapas y que la mesa de dentro está muy fresquita. Se lo digo a Alberto pero elige una en la acera, la más alejada del bar. Pienso que el pobre niño tendrá que dar largos viajes para servirnos. De repente estamos en otra mesa con dos tipos (se supone que son amigos de Alberto), les han servido jarras de cervezas y a mí vino Oloroso. Nos dicen que la especialidad es el brócoli. Preguntamos si hay algo más. Que no. Pues brócoli para todos. Les pregunto qué iremos a ver mañana (se supone que estamos en otra ciudad). Los dos tipos dicen que tienen que irse a sus casas. Alberto dice que él también tiene plan, volver a casa e ir a nadar. Me siento totalmente decepcionada. En ese momento pasa el niño por la acera, que ya vuelve a su casa. Se gira y me saluda con una sonrisa enorme. Levanto el brazo y lo saludo felicísima.
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Estoy en la terraza de la casa de mis padres. Se supone que tengo que llevar a mi tía E al médico, pero no quiere ir. Se lo estoy contando a mi hermana para que me eche una mano, pero dice que ella ya ha quedado. Suena el timbre de la puerta. Cuando voy a abrir suena el teléfono. Pienso que es Andrés, que como no le he abierto a tiempo, me está llamando. Cojo el teléfono y, efectivamente, es Andrés. Le digo que ahora le abro, pero me dice que está en su casa, que solo llamaba para charlar. Le digo que tengo que abrir la puerta, que estoy muy liada. Al ir a la puerta, veo que está abierta. Abro del todo. Es mi tía E (parece muy joven). Le pregunto por qué no ha empujado ella sola la puerta, si ya estaba abierta. Dice que no quería molestar. Entra directamente en la cocina, abre el grifo y se sirve un vaso de agua.

pircing

martes, 23 septiembre 2025. Estoy en casa de mis padres. Han organizado una comida. Han puesto dos mesas en L. En un extremo está mi cuñada con sus hijos. Voy al cuarto de baño. Está sucio y el techo roto. Pienso que me da vergüenza que alguien entre y lo vea. En ese momento empujan la puerta (tampoco hay pestillo), la sostengo con el pie. Es mi sobrino Diego. Dice que necesita mi ayuda. Abro la puerta y el cuarto de baño se transforma en un descampado. Quiere que le quite un pircing para que no se le enganche al comer. Lo tiene en la oreja, arriba del todo, y lleva una cadena hasta el labio. Intentó quitársela sin hacerle daño. Le pregunto si le duele. Dice que no me preocupe, que él se la quita todas las noches antes de irse a dormir.

frutas naranjas

sábado, 20 septiembre 2025. Estoy en el comedor de la casa de mi abuela. He preparado la mesa con muchos platos distintos porque viene Joan a cenar. Come con ganas. Le digo si quiere postre, pensando que me dirá que no. Hace un gesto de, eso ni se pregunta. Voy a buscar qué hay. En un mueble del pasillo (es la primera vez que lo veo), hay un flan, dos tarrinas muy pequeñas de natillas, un trozo de bizcocho. Lo pongo todo en una bandeja para que pueda elegir. Mi tía Paqui me llama desde el cuarto de estar. En la mesa hay restos de frutas, algunas no las conozco. Me cuenta algo supuestamente divertido y me río por compromiso para irme y no hacer esperar a Joan. De la mesa del cuarto de estar he cogido unas cuantas uvas y unas frutas naranjas con pinta de dátiles, que no sé lo que son. Cuando vuelvo al comedor le pongo la bandeja delante. Ha llegado Jorge. Les digo que elijan, que pueden comer todo lo que quieran. Eligen las frutas naranjas, que de repente se han vuelto muy grandes y me parecen muy jugosas. Pruebo una y no me sabe a nada. Después de las frutas cogen un trozo de pizza como si no hubieran comido en años. No entiendo nada.
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Vamos por lo que parecen los pasillos del metro. Llevo un cómic que he leído y no me ha gustado. Alberto me lo quita de la mano y lo pone en una estantería giratoria que hay en un puesto. La chica le llama la atención, él sigue andando. Le digo a la chica que si se lo quiere quedar y vender está como nuevo. Me dice que las cosas no se hacen así, que si lo quiero donar tengo que ir al piso de abajo. Le pido disculpas. Unos metros más allá Alberto se ha sentado en el suelo (no se parece en nada Alberto). Dice que no le gusta el hotel. Le digo que no tenemos por qué quedarnos, incluso podemos irnos ya a casa y olvidarnos de la lectura que hay por la noche. Dice que a la lectura sí podemos quedarnos. No estás en situación de elegir, le digo, a partir de ahora voy a decidir yo: baja recepción y dile a la chica que no nos podemos quedar, que nos ha surgido un imprevisto, mientras yo voy a recoger nuestras cosas, cogemos el coche y nos vamos a los Picos de Europa. Alberto se levanta del suelo y desaparece. Entro en nuestra habitación. Es una habitación minúscula y está llena de gente porque es una habitación compartida (ayer vimos un documental sobre micropisos). De repente todos se van, dicen que dejan la habitación solo para nosotros. De todas formas no me quiero quedar allí, los muebles están muy viejos y el cuarto de baño solo tiene un lavabo. Intento recoger nuestras cosas, pero lo único que hago es ponerme calcetines unos encima de otros. Alberto llega. Le pregunto si ha cancelado la habitación. Se encoge de hombros.

pañal

viernes, 19 septiembre 2025. Cuando voy a cambiarle los pañales a mi padre, veo que el anterior se lo han puesto sin lavarlo. Le digo que espere un momento, que no encuentro pañales limpios ni la hoja de reclamaciones.

dificultades

jueves, 18 septiembre 2025. Estoy en casa de mis padres y llego tarde al colegio. Busco mi ropa pero está toda tirada por el suelo del que fue mi cuarto. Tengo que llevar la comida, huevos duros, pero no encuentro un cazo para cocerlos. Mi hermana intenta ayudar pero me da un táper. Le explico que si pones un táper al fuego o sobre la vitrocerámica se quema. Me mira con cara de no entender. Voy de un lado a otro a toda velocidad metiendo libros y cosas en la mochila. Me va persiguiendo por toda la casa leyéndome las instrucciones de algo. Mi madre, que ya estaba levantada, se ha vuelto a acostar vestida (incluso lleva un collar de perlas). Veo que mi padre se ha levantado e intenta subir la persiana. Ha dejado el andador a un lado y temo que se caiga. ¡Que alguien ayude a papá!, grito. Entro en el cuarto de mi hermana. Detrás de la puerta, en el suelo, hay dos mochilas con llaves. Como no me da tiempo a buscar las mías me las llevo todas. Algo se mueve dentro de la cama de mi hermana. Es mi tía M (no sé qué hace allí), y me dice que no haga tanto ruido, que quiere dormir hasta el medio día. Miro el reloj, tenía que haber salido de casa a las 08:30 y son las 8:45. Dudo si abandonar y quedarme en casa, pero pienso que hace mucho que no voy al colegio. Salgo al descansillo, hay cola para el ascensor. Bajo las escaleras de tres en tres. Voy pensando que como hace tanto que no voy quizá hoy haya examen o vayan por una lección de la que no sé nada. Aprendo rápido, pienso. Al llegar al portal me doy cuenta de que llevo un perro pequeño blanco. El perro corre delante de mí y se aleja (la correa va extendiéndose). Pienso en si sería mejor parar un taxi para llegar a tiempo, pero creo que no llevo ni dinero ni tarjeta. Pienso en a quién le podré dejar el perro mientras estoy en clase, porque lo veo demasiado nervioso para que se quede quieto durante tantas horas bajo el pupitre.

cortinas de cretona

miércoles, 17 septiembre 2025. Estoy en una habitación que recuerda a la casa de la vecina de mi abuela, con muebles y cortinas de cretona. La supuesta dueña de la casa está a mi lado, saca algo del bolso y me lo enseña. Lo vuelve a guardar inmediatamente. A mi izquierda está Sonia. Me hace gestos de que tenemos que largarnos de allí cuanto antes. Dicho y hecho. Sonia se levanta y se va. La señora me dice que desde donde está no puede ver bien la tele, que corra el sofá. No hay ninguna tele pero empujo el sofá que se ha convertido en una cama enorme y pesada. Sonia vuelve. La señora la echa a gritos. Salgo detrás de ella con la excusa de pedirle disculpas (le digo a la señora), pero con intención de no volver. Sonia dice que la peluquera me está esperando. Abro la puerta de un local muy moderno. La peluquera está tumbada en el suelo con postura de pasar de todo. Me mira con desgana y rencor. Sé quien eres, pero no te he reconocido, dice. Pienso que está molesta porque hace mucho que no voy a cortarme el pelo.

clase de hipocresía

martes, 16 de septiembre de 2025. Llego a una clase. Se supone que soy la profesora. Hay sillas, sillones y sofás. Alumnas en su mayoría (entre ellas, personajes de la tele, como Terelu Campos). Subo a la tarima, no sé qué decir. Lo digo abiertamente: no sé de qué voy a daros clase durante todo un curso. Podemos hablar de nuestras cosas, dicen. Tenemos que buscar un tema, digo y les pregunto: ¿alguien puede definir la hipocresía?
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Vamos en el C1. Un tipo nos pregunta dónde esta la parada del C2 y si falta mucho. Le digo que justo en la esquina, que solo debe bajar y subir porque el C2 viene justo detrás, y además es gratis porque no ha pasado una hora entre uno y otro. Al llegar a la parada vemos a un señor en el suelo. Alberto me dice que le va a tocar atenderlo. El tipo que quería tomar el C2, al ver tanto alboroto, empuja a los demás viajeros para salir, se baja y para un taxi a pesar de que el C2 está justo detrás. Este hombre es tonto, le digo a Alberto, que todavía está dudando si va a bajar a ayudar o no.

red de sueños y la chica bebé

domingo, 14 septiembre 2025. Al lado de la cama he puesto una bolsa de red para que los sueños se vayan guardando solos y no tener que apuntarlos a la mañana siguiente.
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Estoy en una clase bastante vetusta con asientos de madera y terciopelo rojo. Justo antes de que entre el profesor me suena el móvil (el móvil es un billete de tren; lo desdoblo y respondo). Un tipo me pregunta si soy fulanita nosequé Gil (solo recuerdo el segundo apellido). Se ha equivocado, le digo, pero él insiste. ¿Seguro que no eres tú?, porque estoy buscándola para algo muy interesante. Lo dejo hablar porque tiene la voz muy bonita. Habla de otras chicas, todas pintoras, también, dice. Pensé que preguntabas por escritoras, le digo. Su voz me suena, me recuerda a la de Sergio Gaspar. Le pregunto si conoce a una tal Isabel Bono. No la conoce (me río). De repente estoy en un vagón de tren. La revisora me pide el billete (qué es el móvil por el que estoy hablando), me lo quita, lo mira y dice que está equivocado, lo arruga y lo tira al suelo. ¡Oiga, que estaba hablando por teléfono!, le digo y recojo el billete, lo estilo y me lo vuelvo a poner en la oreja, pero ya no se oye nada. Los demás pasajeros me miran como si estuviera loca. Me obligan a bajar en la siguiente parada. Estoy en un andén de un pueblo que no conozco. Llega a una chica que me recuerda a Jessa de la serie Girls. Pelea con un camarero porque ha pedido un menú pero a la hora de pagar no tiene dinero. Me hace gracia y me uno a ella. Dice que tenga cuidado con mi maleta, que me la ate a la pierna (lo intento, pero me es imposible andar, desisto). Llegan tres tipos muy guapos, parecen sacados de un casting de Hair. Una chica muy bajita y no precisamente guapa (aunque no es fea, es que tiene cara de bebé) llora porque está enamorada de uno de los tres melenudos y no es correspondida. La consuelo acariciándole la cara y la cabeza, exactamente como haría con un bebé. Se queda dormida. Los chicos se despiden y se van en moto. Nosotras nos vamos por las callejuelas del pueblo. Le digo a la falsa Jessa que uno de los chicos le ha metido algo en el bolsillo trasero del pantalón. Pienso que pueden ser drogas, pero es una lata con huevos de pascua. Por si acaso, los deja en el alféizar de una ventana. Una niña viene corriendo a traérnosla. Os habéis dejado esto, dice sonriente. Le damos las gracias y volvemos a deshacernos de ella, esta vez tirándola a una papelera.

mi mascota era un robot

viernes, 12 septiembre 2025. Estoy en una habitacióncon luz macilenta. Tengo que leer unos poemas. Empiezo de memoria, pero no recuerdo el final del texto. Cojo un libro y empiezo de nuevo. El libro es de texto, de 1°EGB. Incluso tiene anotaciones con letra de niña. En vez de leer le voy contando al público lo que voy encontrando. Aquí preguntaban el nombre de mi mascota y escribí: T12-M2.

seguro

jueves, 11 septiembre 2025. Estamos en la planta de arriba de la librería Traficantes de sueños, aunque parece un restaurante. Nos han servido un vino blanco muy turbio. Un cocinero desde detrás del mostrador pregunta si nos gusta porque tiene un sabor muy peculiar. Aparece Araceli (trabaja en la librería) y bajamos con ella al patio. El patio es un autobús. Hablamos de los seguros de decesos. Le digo que siempre me han parecido absurdos, que mis padres me apuntaron nada más nacer, que todo ese dinero se lo podrían haber gastado en viajar, que de todas formas si te mueres y no tienes dinero, en la calle no te van a dejar, te entierran de todos modos. Nadie en el autobús me da la razón.

alfombra de césped

miércoles, 10 septiembre 2025. Parece un vídeo musical. Estoy con cuatro personas más, tumbados boca arriba en el césped. Una chica canta y nosotros repetimos el estribillo. Cantamos en inglés. La letra dice algo así como "recuerda que estás aquí y ahora, agárrate bien al suelo, recuerda este momento los días grises". Me agarró al césped (parece una alfombra muy mullida). La chica nos pide que repetimos el estribillo más y más fuerte.
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Mi tía E dice que tendría que cortarse el pelo, pero no puede ir a la peluquería. Me ofrezco a cortárselo. Empiezo por los lados, pero alguien me llama y tengo que salir urgentemente. Cuándo vuelvo veo a mi padre con los brazos cruzados delante del horno. Le pregunto si está preparando la cena. Asiente. Le pregunto desde cuándo sabe usar el horno, pero no dice nada, está enfadado, le pido disculpas por llegar tan tarde. Se le ve joven y fuerte. Mi tía aparece como si se hubiese hecho una permanente, pero lo tiene blanco. Se parece mucho a mi abuela. Estoy sorprendida de que ella misma se lo haya peinado. Pienso si mi tía M se enfadará con ella y conmigo por cortárselo. Mi hermana quiere enseñarme lo que ha hecho con el que fue en mi cuarto en casa de mis padres. Lo ha ordenado, parece enorme, hasta hay una mesa camilla. Quiero hacerle una foto para enseñársela a Alberto y vea lo bien que ha quedado, pero cada vez que disparo mi hermana aparece en ropa interior y tengo que borrarla.

examen

martes, 9 septiembre 2025. Estamos en calle Cuarteles, en la acera delante de la panadería El burrito. Me entretengo jugando con el broche de estrella que me regaló Alberto. Es tan pequeño que se me escapa de las manos, cae en la acera. Los busco por todas partes, entre el bordillo, en el asfalto... Nada. No quiero perderlo porque me lo trajo de la URSS en 1984 y ya es una reliquia. Aparecen una madre y una hija.Ya estamos aquí, dicen (como si las hubiéramos estado esperando a ellas), podemos irnos. Empujan un coche que comienza a rodar solo. Hay tráfico, les digo que tengan cuidado y corro detrás del coche para intentar montarme en marcha y reconducirlo. De repente estamos en el rellano de la casa de mis padres esperando el ascensor. Entramos. La madre  se queda fuera y oímos que cae. Salimos. Tiene una pierna rota. De la pierna le salen tripas. Otra vez estamos en la acera y varias personas llaman al 112. Os dejo en buenas manos, les digo y me voy a toda prisa porque tengo un examen. Llego tarde a clase. Las puertas ya están cerradas. Abro con cuidado y busco un asiento libre. Qué bien, dice un chico cuando me siento a su lado. No te creas, no vas a poder copiar mucho porque no he estudiado. Los profesores empiezan a repartir fuentes de comida (no platos, fuentes) como si fueran folios en blanco. Nos ponen primer y segundo plato. También un plato con unas tortas de pasas prensadas. Pienso que va a sobrar más de la mitad, que es un despilfarro. Un profesor mayor vuelca otro plato de tortas dentro de mi bolsa. Para después, dice. Podéis empezar el examen, dice una profesora. En mi mesa no hay espacio para escribir ni tampoco tengo papel. Pongo las fuentes en el suelo y me levanto a pedir un folio. La profesora me tiende una servilleta de papel La servilleta es de cuadros celestes y blancos. No hay preguntas así que improviso. Decido escribir una carta de amor a la comida. Escribo: "Nada como una servilleta de Vichy celeste para expresar mi amor". Cuando voy a arrugarla, porque me parece una chorrada, la profesora me la quita de las manos y me dice que he terminado. Te vamos a aprobar de todos modos, dice y me guiña.

suegra

lunes, 8 septiembre 2025. Estoy sentada (hacia dentro) en el poyete de la ventana de un bar. Una chica entra y toca la flauta. Se pone delante de mí y dice que son 16,38 euros. Le digo que no voy a dar nada y menos así, con una tarifa. La chica me amenaza con algo que lleva escondido en el pelo.
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Subo (entre niñas de uniforme) el Camino Nuevo hacia el que fue mi colegio. Al ir acercándome a la puerta noto cierto revuelo. Las aceras están como entonces, sin losas, de tierra y piedras, pero esta vez embarradas. Hay tipos muy raros en coches muy raros (tipo Mad Max). Se oyen hasta disparos. Las niñas siguen apiñándose delante de la verja del colegio que sigue cerrada. Pienso que son tontas, que aprovechen y se vayan a casa, que se alegren de que hoy no haya clases. El ambiente es cada vez más peligroso. Veo un camión aparcado y me meto en la cubeta, bajo una lona, esperando a que todo pase.
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Estamos en una habitación con las paredes verde pito, en silencio, comiendo fideos chinos. Cada uno come de su caja, ni siquiera los volcamos en un plato. Las cajas son tan grandes y profundas como las de palomitas que ponen en los cines. Veo como los demás las rebañan metiendo las manos o la cara dentro. Yo intento sacar lo que hay e el fondo con unos palillos. Solo conozco a Alberto que, sentado a mi lado, es el único que no come con ganas. Raúl Cimas aparece de repente (se supone que es el dueño de la casa) y dice que necesita papel higiénico. Su mujer le da un rollo y desaparece. Aparece de nuevo haciendo la V de victoria, feliz, gritando que ni quiero lo ha necesitado. Abraza por detrás a una señora que estira masa con un rodillo sobre la mesa de la cocina. ¡Esa es mi suegra!, grita. Necesito ir al cuarto de baño, pero la puerta tiene una ventana de cristal redonda (pueden verme desde fuera), además no hay pestillo y el váter está demasiado lejos de la puerta como para aguantarla. No sé qué hacer, si arriesgarme. Antes que nada busco papel y no hay. Sobre el lavabo hay toallitas húmedas, pero al coger una se deshace entre los dedos como si fueran espuma.
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Alguien ha subido a Facebook unas fotos en las que salgo con Nené, Ángeles y otra chica en un balancín. Todas llevamos jerséis verdes tirando a turquesa. En otra sale el erizo César (con su pantalón verde). A pie de foto han escrito: ¿Qué pasa con el verde? Todo el mundo pone comentarios jocosos. No entiendo de qué se ríen.

circo

domingo, 7 septiembre 2025. Estoy en la entrada de un circo. Van llegando algunos amigos. Primero Enrique y Lucas (Enrique ha adelgazado mucho), después Andres y Daniel, finalmente Juano (me llevo una gran sorpresa y alegría porque hacía mucho tiempo que no nos veíamos). No hablamos, no les digo nada. Solo, según llegan, voy agarrándoles las caras entre las manos y dándoles un beso. Se van sentando en una grada que hay a mi izquierda.
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Llego a la que fue la casa de mi abuela. Le explico a alguien que antes el jardín era de césped, no de losas, y lo felices que fuimos en esa casa. Según hablo la luz va cambiando, haciendo el jardín y la casa más y más bonitos.

kimono

viernes, 5 septiembre 2025. Llego a la que era mi casa de calle Salitre. El portal es distinto, tiene varias zonas de buzones, algunas escondidas. Los buzones pueden abrirse sin llave. Eso no me gusta nada. Afortunadamente en el mío no hay nada. Cuando subo, la casa tiene un patio andaluz lleno de macetas. Me recibe Mario Virgilio en kimono. Lo encuentro muy guapo y de buen humor. Pone música que sale por unos altavoces gigantes que hay junto a una barra de obra. Bailamos.

basura

jueves, 4 septiembre 2025. Me despierto en el suelo de la cocina de casa. Todo está manga por hombro. Una chica, que no sé de dónde ha salido, me dice que observe las pistas, y se desvanece. Por las pistas, pienso que me han secuestrado en mi propia casa. Un chico muy macarra (no tendrá más de veinte años) me lo confirma, se ríe orgulloso. Le digo que me da igual lo que haya hecho conmigo, que no quiero saberlo, pero que ya podría haber sido más ordenado y no dejar, por ejemplo, los yogures fuera del frigorífico. Meto restos de comida en bolsas de basura. Aparece un tipo que, al parecer, dormía en el pasillo. Le hago señas para que busque ayuda, le señalo las bolsas de basura, le digo con gestos que con la excusa de bajarlas avise a la policía. No me entiende , desisto.
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Mi hermana y yo hemos salido, cada una por nuestro lado, a comprar un regalo para el cumpleaños de mi madre. Me pierdo por las calles, me encuentro a Marina (lleva andador, me entretiene), intento llamar a mi hermana pero el móvil no funciona (es un móvil diminuto, del tamaño de un mechero y no veo las teclas). Pienso que me mate lleva demasiado tiempo sola y vuelvo a casa. Llamo por fin a mi hermana desde el fijo. Le dijo que ya sé l que podemos comprarle, una mantelería bonita. Dice que me encargue yo, que ella ya está en casa desde hace mucho. Te estoy llamando desde casa y no estás aquí, le dijo. Me cuelga.

calle arriba, calle abajo

miércoles, 3 septiembre 2025. Tengo que llevar la pajarita de mi sobrino a casa de mi abuela. Va dando saltitos delante de mí mientras subimos la calle. Cuando veo que está cansado le voy poniendo miguitas de pan delante para que vaya comiendo y avanzando. Al llegar a la puerta Abel me abre con una sonrisa, pero la pajarita ha desaparecido.
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Estoy con un grupo de personas que no conozco, apiñados en una habitación muy pequeña (las paredes y los asientos son color mantequilla y, eso, me inquieta mucho; quiero irme cuanto antes de allí). Se supone que debemos fallar un premio de poesía. Hay tres finalistas. Yo espero que gane Sonia. De repente todos se ponen en pie y dicen: ¡Uno, dos y tres...!, y gritan mi nombre. Me echo a llorar. Pero si no me he presentado, les digo. Tu amiga presentó uno de tus libros, dicen. Todos aplauden, brindan y se ríen. Yo salgo sin que se den cuenta y bajo la calle hacia casa de mi abuela a toda velocidad mientras sigo llorando.

fórmula

martes, 2 septiembre 2025. Estoy en un hotel que se parece mucho al Miramar. Me asomo a la terraza y se me cae un papel que va directamente a la piscina. No sé lo que hay escrito pero temo perder algo muy valioso. Veo como un chico rubio lo lee y se ríe. Mi madre dice que baje rápidamente a por él. Voy en camisón y calcetines. Mi madre dice que no me arregle, que baje tal y como estoy. Me pongo unas chanclas de plástico muy feas que no sé de dónde han salido. Voy hecha un fantoche. Hay dos puertas de ascensor y en el sueño consta que una es falsa y no puedo equivocarme. Pulso el botón que no es, se hunde y suena una alarma. Pulso inmediatamente el otro y la puerta se abre. Bajo al jardín. No encuentro al chico, miro entre los setos, pregunto si alguien lo ha visto. Una chica que vende bebidas señala hacia un macetero. Detrás hay una especie de pecera esférica con varias bolas gelatinosas. Le pregunto a las bolas cuál de ellas es el chico rubio. Las bolas se ríen, se empujan entre ellas. Casi me echo a llorar, les explico que ese papel era muy importante para mí. Una de las bolas sale a la superficie y me habla (tiene una bola más pequeña dentro). Dice que entregó el papel a un señor con barba, que en el papel había una fórmula secreta que salvaría a la humanidad y el señor de las barbas ha escrito un libro y ahora es multimillonario. Podrías ser tú si no hubieras dejado caer el papel, dice. Me vuelvo y en una de las ventanas del hotel hay una pila de ejemplares del libro con la foto del señor de las barbas en la portada. Me da igual que se haya hecho millonario. Me da igual que sea él o yo quien haya salvado al mundo. Mi madre me pregunta con gestos desde la terraza si he conseguido el papel. Le digo que sí.

muchos ceros

lunes, 1 septiembre 2025. Aunque ya estoy en casa de mis padres, tengo que ir a casa de mis padres. Decido ir cruzando el garaje para probar una llave que me ha dado la presidenta. Pulso el menos uno, abro la puerta y en vez de garaje hay un loft improvisado, amueblado precariamente. Hay gente joven, desde los diez años hasta los cuarenta. Cruzo entre ellos, ni me miran (unos sentados en sofás, otros alrededor de una mesa, otros preparando café en una barra de bar de obra). Mis padres están en un apartado oscuro, en la cama. Les digo que hay que levantarse, que ya son las tres de la tarde. Se asombran muchísimo. Oigo a lo lejos la voz de mi hermana. La veo con una especie de megáfono, dando instrucciones. Todos la miran con ilusión. Les dice que habrá para todos. No sé de qué habla. Me acerco y le pregunto de qué va todo eso y quiénes son esas personas. Se sienta en un sofá apartado y me dice con gesto triste y asustado: muchos ceros. No te entiendo. Ceros, muchos ceros, y tres. Explícate mejor. Les he prometido tres millones de euros a cada uno por ser mis amigos. Me enfado muchísimo pero me contengo, le digo serenamente que los amigos no se compran, que ya se lo he advertido muchas veces. No te preocupes (la calmo), no pasa nada, no te habrán creído, sabrán que es broma. De repente se ha convertido en una niña y se echa a llorar. No, no es broma, están esperando al notario para cobrar, pensaba pagarles con el dinero de mamá y papá, dice. ¿De verdad crees que tienen tres millones de euros? Mi hermana al oírme se desmaya (como hacía de niña cuando no quería hacer algo). Paso con ella en los brazos (pesa muy poco) entre la gente, que nos grita y abuchea reclamando el dinero prometido. Les digo que ha habido un malentendido, que no hay ningún dinero. Algunos se van, otros nos siguen e insultan mientras voy con ella inconsciente por la calle, sorteando varios andamios que hay en la acera. No sé bien dónde llevarla porque no reconozco las calles. Pienso en cómo estarán mis padres, si se habrán levantado solos de la cama, temo que se caigan o que los que han quedado en casa los insulten o agredan. (Me despierto sudando con el corazón a mil).

líquido fucsia

domingo, 31 agosto 2025. Vamos a cruzar hacia ollerías pero pasan muchos coches. Un autobús casi embiste a Alberto, le pasa a menos de cinco centímetros. Le grito que tenga cuidado. Cuando miro ya no está.
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Llegó a casa de mis padres. En el descansillo, junto a la puerta, mi hermana está poniendo botellas vacías. Una se le derrama y deja una mancha fucsia hasta el ascensor. Le digo que hay que limpiarlo antes de que llegue alguien y se caiga. Me da un estropajo de aluminio. Me tira una toalla de playa para que yo me encargue. Cuando lo tengo todo limpio aparece con más botellas y basura. Le digo que no puede dejar eso ahí, que lo meta en casa. Llegan dos vecinas y me ven arrodillada en el suelo limpiando. Me miran con decepción.
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Estamos en sevilla. He dejado Alberto en el hotel porque está enfermo y busco una farmacia. Todas las calles están vacías y a oscuras. Una señora explica a otra desde un balcón que están en fiestas. Le digo a la señora que me gusta más Sevilla así, vacía. La señora cierra el balcón enfadada. Tengo sed, entro en un bar, pido una caña. A la hora de pagar me dicen que son nueve con cuarenta euros. Pienso que se han equivocado, pero no digo nada. Les sienta muy mal cuando digo que quiero pagar con tarjeta. A mi lado una chica muy borracha le dice a sus amigos que va a robar la copa en la que bebe porque es muy bonita. Los amigos se apartan de ella. Temo que se caiga. Salgo del bar, las calles siguen muy oscuras, no sé si sabré volver al hotel.

bebida verde

sábado, 30 agosto 2025. El corte inglés ha organizado una semana de la moda. Solo pueden asistir diez personas. Sonia y yo logramos entrar. Nos meten en una habitación pequeña y en penumbra con sofás alrededor. Los hay de dos y tres plazas. Entramos a trompicones, Sonia se sienta en uno de dos y yo en uno de tres. Alguien nos da una bebida a cada una. A mí me toca un vaso alto de cerveza (casi de un metro), pero tiene agua. A Sonia le dan un vaso bajo y ancho con un líquido verde. Me hace señas desde lejos, como diciendo: qué asco. Nos reímos. De repente alguien dice que me toca. Hay dos puertas con dos funcionarios para renovar el carnet de conducir. Me dicen que elija bien, que como me toque el malo no me lo da. Entro en el de la derecha. Es un señor mayor muy afable (me recuerda a mi profesor de Derecho Civil). Me pregunta si me han advertido de algo, que hay gente muy supersticiosa que cree que si le toca él  es un hueso, o que hay que entrar con el pie derecho en su oficina. Nos reímos. Me renueva el carnet sin preguntar nada ni hacerme ninguna prueba. Una chica entra y le pregunta donde está nosequé cosa. Los tres nos agachamos a mirar por debajo de todos los muebles sin saber bien qué buscamos.
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Elisa ha organizado una cena para darme una sorpresa. Es una especie de entreplanta abierta con más de cien mesas. Todas están preparadas con manteles blancos y muchas copas.Todas están vacías menos una, en la que está Francis. No va a venir nadie, le dijo. Veo a mi madre a lo lejos, a la sombra de un árbol. Le digo que se acerque para hacer una foto de grupo, pero se limita a saludar con la mano sin cruzar la calle.
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Se supone que estoy en casa de Sonia. Es una casa enorme y destartalada tipo años 70. Está en la cocina preparando la cena. Dice que ha tenido una gran idea. Le digo que ya sé cuál, que lo soñé esa misma noche. Vas a incluir poemas en tu novela, le digo. Eso es, dice y se ríe. La veo muy feliz. Sobre la mesa del salon hay una libreta negra que, se supone, regalé a Míchel. Al pasar las paginas, algunas estan escritas, en otras hay fotos de revistas pegadas y en otras hasta se ven películas. Me alegra que le hayas dado buen uso, le digo. Dice que no es nada y que no me fije en su letra, que es muy fea. Nos reímos. Cuando salgo al jardín veo a mi madre en una silla de playa. Parece tranquila y feliz. De repente, de debajo de la manguera salen unas serpientes sin cuerpo, solo las cabezas, y se le acercan. Las espanto con las manos a pesar del asco que me dan.

cuadro de barro

viernes, 29 agosto 2025. Ami ha organizado una fiesta en honor a su hermano. Estamos en un patio con balcón corrido de madera en el primer piso. Cada cual ha hecho algo conmemorativo. Un tipo con pelo largo me enseña un retrato en tonos marrones que parece estar hecho con barro. ¿A que lo he clavado? No sé cómo decirle que no se parece en nada a Cumpián, que ha pintado a Jim Morrison. Pon tu fima también, me dice sonriendo de oreja a oreja. Sorprendentemente, veo pasar a Paco que lo mira y sonríe. ¿Cómo negarme? Lo firmo con tinta amarilla. 

ola de arena

jueves, 28 agosto 2025. Paseo por una playa de arena muy fina y muy blanca con Salud y Elisa. Aparece una ola de arena que no acaba de caer. Remuevo con el pie. Elisa dice que tenga cuidado. Le digo a Salud que estoy segura de que debajo hay piedras negras. Aparecen. No podemos llevarnos ninguna porque la ola de arena cae. Huimos.